Cuando uno anda por las calles de Yangon tienen una sensación ambigua, mejor, una duda. Juego a imaginarme su pasado o su origen y dudo entre dos versiones posibles. La primera es que Yangon ya existía y fue abandonada en algún momento. Luego, sus actuales habitantes la encontraron y ocuparon de nuevo sus calles, sus casas, sus templos. La segunda, es que decididamente, los habitantes actuales fueron los de siempre, aunque por algún motivo desconocido, la ciudad fue asolada por una guerra. Una guerra del tiempo contra sus gentes. Levantó sus aceras, oxidó las fachadas de sus edificios, reventó el asfalto de sus calles, y bañó de una pátina constante y vibrante todas sus superficies, horizontales y verticales. Al final del primer día todavía no he decidio cúal de las dos historias es la que contaré.
Mientras sigo dudando, lo que sí os contaré es que me he enamorado de un color. Un color que cubre muchas de las fachadas de esta ciudad. Es un azul verdoso o un verde azulado. Está en los edificios más antiguos, de un origen colonial que sin duda sabe a británico. Cubre también otros edificios de madera, que parecen salir de una versión tropical de las mil y una noches.
Me enamorado tambien de algo que palpita por todos los rincones, pero no con el ritmo frenético de Bangkok. Aquí en Yangon es la pausa la que marca el compás. Una pausa que se podría llamar vida sazonada con algo o mucho de mezcla. Esta tierra llamada Myanmar habita entre dos mundos: por un lado la India, por otro el universo Chino.
Caminando por las calles, miradas indias me miran. Caminando por las calles, miradas chinas me miran. Caminando por las calles, miradas birmanas me miran. Las mezquitas, las pagodas y los templos hindúes se suceden, uno tras otro. No son un constante, pero sí un punto de referencia. Y no sólo es la arquitectura la que articula el pulso de esta ciudad. Ni sólo sus gentes. Es su comida en la variedad de puestos que pueblan esas aceras reventadas por esa guerra imaginaria o por el simple paso del tiempo y el descuido. A pesar de todo, a pesar de la mezcla y a pesar de ser un enclave entre dos mundos, Yangon y Myanmar son su mundo. Un mundo en el que la vegetación crece literalmente sobre las fachadas. Un mundo en el que en cada esquina puede crecer un frondoso árbol, envuelto en pañuelos de colores, acompañado por una templete, a veces budista, a veces hinduista. Una ciudad contenida en una trama urbana rígida, precisa y exacta, estrecha y alargada, heredera de los tiempos en que Yangon era británica. Una ciudad en la que más allá del límite de fachada, la vida se amontona de manera caótica y frondosa, densa y oscura.
Yangon, Myanmar, día cero. Queda un mes por delante.



M’ha encantat! Segueix així que ens permet viatjar a tots amb tu.
Sembla que llegeixi a Italo Calvino
;D Ala piropo! Gracies fiera, grande grande el sr. Calvino, tot i que ara precisament m’estava lleguint coses del Borges, un altre monstre. M’agrada veure que ‘los fieles seguidores’ son la meva gent
i com les fotos són l’ànima de les teves lletres! Porto dos posts, i segueixo viatjant amb tu… fins ara *