Y todos tan distintos. Georgetown, Malasia

A la pregunta de por qué me hice arquitecto le he ido cambiando la respuesta con los años. Si hoy me lo preguntan diré que me hice arquitecto porque creo fervientemente que en lugar bonito es más fácil ser feliz. Tan sencillo como esto.

Llegué a la isla de Penang en uno de esos increíbles autobuses malayos a través de una de esas increíbles autopistas malayas. Después de 6 meses porque carreteras infames en transportes al borde del desguace, viajar por Malasia se está convirtiendo en algo sumamente placentero, todo un lujo teniendo en cuenta mis elementales estándares de confort. Llegué a la isla de Penang un poco a la expectativa de lo que me encontraría tras la desilusión de Malacca y creo que esta vez tuve la suerte de ir a parar a uno de eso lugares bonitos y confortables que tanto han escaseado en mi ruta. No es que no los haya, es que no me los puedo pagar porque se me salen del presupuesto. Pero la Old Penang Guesthose cumplía todos los requisitos y ya en el preciso instante en el que crucé el umbral entendí que aquí iba a estar muy a gusto. Dejar los trastos en el dormitorio, darme una ducha y listos para salir a la calle cámara nueva en mano para descubrir una ciudad que me sedujo des del primer minuto.

Georgetown, aunque los malayos se empecinen en referirse a ella como Penang, es fruto de esa globalización que empezó mucho antes del internet. Fue la globalización que acompañaba al colonialismo más feroz y esa fue la razón por la que en 1786 desembarcó en esta isla escasamente poblada uno de esos buscavidas de las Indias Orientales. El inglés Francis Light estableció un nuevo puerto, construyó la fortaleza de rigor y empezó el florecimiento de esta ciudad que vendría a ser punto de encuentro de muchas razas del mundo entero. Los malayos por supuesto, aún no pareciendo la mayoría. Los chinos, que sin ser mayoría parecen abarcarlo todo. Y luego los indios, los bengalíes, inmigrantes de Sri Lanka, Bangladesh, Myanmar, Japón, y por supuesto, Ingleses. Y más, muchos más para esta ciudad que supo cómo mezclar y que todavía conserva todos esos aires al mismo tiempo.

La excelente arquitectura colonial inglesa, neoclásica y victoriana, contrasta con la omnipresente trama urbana colmada de arquitectura china de las colonias. Casas y más casitas adosadas las unas a las otras, construidas con los mismos motivos pero dispuestos con tal infinita variedad que a cada rato me sorprendo fotografiando otra puerta más, con sus ventanucos y la serigrafías particulares con el nombre de la familia trazados en estilosos caracteres chinos.

Luego te descuidas y te encuentras en medio de una pequeña Little India con su música a todo volumen dando ambiente a las calle y rodeado de tiendas de saris de brillantes colores y mucha lentejuela, y dorado, que no falte el dorado que eso siempre luce. Un pequeño templo de colores pastel que parece hecho de caramelo en el estilo del sur de la India y uno ya se vuelve a ver catapultado hacía la trama urbana de casitas bajas que está moteada a cada rato por sus templos de tejados estilizados y sus casas comunales: una especie de club social y lugar de culto a los ancestros.

Y al final de cada escapada siempre dispuesto a volver a mi hogar, a mi lugar bonito en el que refugiarme. Georgetown puede que no tenga para tanto, pero yo le dediqué hasta seis días y no me sobró ninguno. Al compás del desayuno con tostadas y mermelada, y marcado por el ritmo del chaparrón del medio día que tornaba los cielos del color del plomo y descargaba tal cantidad de agua que parecía dar la jornada por finalizada. Pero siempre volvía a salir el sol y era la excusa perfecta para visitar la exquisita catedral protestante y la espacialmente sorprendente catedral católica. Y luego estaba la mezquita malaya y el templo chino envuelto en una nube de incienso y colmado mugre en los rincones.

Pero toda esta bella historia de multiculturalidad y mundos encontrados no fue siempre pacífica. Cada nacionalidad tenía y vivía en zona, mezclados pero no revueltos. En el transcurso de los siglos también hubieron momentos de tensiones, de matanzas y de toda la tropelía de salvajadas a las que recurren los humanos cuando ponen más acento en lo poco que les separa que en lo mucho que los une. Los años oscuros ya pasaron y las tres culturas parecen convivir en serena armonía, cada uno a lo suyo sin darse pisotones ni robarse las novias.

Tras ya varios días en la ciudad, y dando por finiquitado lo que tenía que ofrecerme todavía me sorprendió con algunos pequeños regalos caídos de cielo. Un domingo por la mañana, un paseo por el antiguo distrito financiero acabó con una muy sugerente puesta en escena de las supuestamente recatadas mujeres malayas. Una masiva clase de aeróbic en plena calle, de mujeres de todas las edades, la mayoría cubiertas con su velo musulmán. Recatadas sí, pero cuando la música empezó a sonar sus cuerpos empezaron a moverse con las posturas más sensuales que he visto en pocas discotecas en occidente. Aún con las calenturas frescas de la clase de aeróbic, decidí seguir andando hasta los muelles para encontrarme por casualidad con los jettys. Y un jetty viene a ser algo así como un pueblito de madera que cuelga de una calle, pero que en vez de estar en tierra, se levanta sobre el mar. Que manual de rincones amables y de vida sencilla. Que reguero de casitas de muñecas de los más variopintos colores.

Y cerrando ese mismo domingo, al atardecer, tras el aguacero del medio día, me dejé caer por el cementerio protestante. Era una tarde lúgubre y oscura, en la que merodeé a solas entre tumbas antiguas y monumentales, cubiertas de musgos tiernos de un verde intenso que sabía a vida y que contrastaba con la muerte del lugar. Un buen rincón de la ciudad donde fantasear un poco y preguntarse el porqué de tanta tumba suntuosa si total al final acabamos todos igual.

Me voy despidiendo ya de Georgetown no si antes mencionar una manifestación. No fue la virgen ni buda ni ningún santo musulmán. La manifestación en cuestión era de un amplio grupo de la sociedad de este país que anda cansada de una democracia de paripé en la que siempre acaban mandando los mismos para si mismos. Que hacen y deshacen las leyes según les convenga y que siguen respaldando a una realeza –los diferentes sultanes- que gozan de unos privilegios por encima de la población por el simple hecho de ser hijos de su padre y de su madre –quién no lo es-. Me pilló por sorpresa que a tantos miles de kilómetros de distancia de España y Cataluña hubiera en las calles de Georgetown y en las de todo el país, un grueso de gente manifestándose por unos motivos que bien podrían ser los nuestros.

Ya ven ustedes, la globalización y todos tan distintos para al final acabar compartiendo los mismos anhelos y las mismas inquietudes. Da igual que sean malayos, chinos, hindúes, españoles o catalanes. Un mundo en el que interés y los privilegios de unos pocos prevalece sobre el interés de la mayoría es un mundo que siempre valdrá la pena desafiar.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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