Y Muy Salvaje. Khajuraho, India

Bañábase desnuda la bella Hemavati en el estanque de Rati Talab, entre flores de loto y reflejos de luna en una noche tibia de verano. Era hija de Hemraj, brahman Purohit del Raja Indrajit, de la casa de los Gaharwar, en la ciudad sagrada de Kashi –Varanasi-. Tal era su belleza, tal el porte de su busto, el talle de su cintura y el brillo en la redondez de sus caderas empapadas, que Chandra –el diós lunar- no pudo resistirse, y haciéndose hombre bajó a la tierra y poseyó a la bella Hemavati.

Desesperada, Hemavati maldeció a Chandra por haber mancillado su honor, y Chandra, queriendo enmendar sus errores prometió a Hemavati que sería madre de un gran hombre: ‘Parte ahora hacia el oeste, marcha lejos de Kashi hasta llegar al bosque de los khajurs’.

Siguiendo la estela de Hemavati, yo también dejo atrás Varanasi y marcho hacia el oeste en busca del desparecido bosque de los khajurs –palmeras datileras- donde todavía siguen en pie los Templos de Khajuraho, el legado del mitológico Chandravarman, el hijo de la Luna que parió la bella Hemavati. Estos templos son el legado en piedra que la dinastía Chandela dejó al mundo y uno de los ejemplos más sublimes de arquitectura y escultura –aquí ambas se funden- de la India.

Fue otra noche muy fría en la sleeper class, aunque esta vez estuve menos solo. Me acompañaban en el vagón la Rusa Galina que venía haciendo auto-stop desde Moscú con su tienda de campaña –una mujer fuerte y bien torneada, de armas tomar si se gira mal tiempo-, y Matt el Australiano, que hacía poco había descendido de los Himalayas después de pasar varios meses de voluntario en un orfanato en Nepal. Otra noche de traqueteo y frío punzante deseando que llegue ya el nuevo día cuando al fin, las tierras de Madhya Pradesh nos regalan una delicia de amanecer. Lentamente un sol rosado se va alzando sobre un horizonte incierto que se pierde entre suaves colinas y brumas matutinas. Una hierba alta y dorada lo cubre todo, y la campiña aparece moteada por grandes árboles de un verde oscuro casi negro y parches de tierra fresca de campos recién arados. Si no fuera por algún colorido sari trabajando ya a estas horas, juraría a pies juntillas que este tren desfila por la meseta, allá lejos en Iberia. Pero la visión alucinógena de un enorme nilgai comiendo de un árbol –antílope local también conocido como ‘toro azul’- me despierta definitivamente de mis sueños y mis elucubraciones. Amanece en India y estamos llegando ya a Khajuraho.

Khajuraho_13_Franc-Pallarès-LópezCon la estación de tren a 7km al sur, el trayecto hasta el pueblo acaba rozando lo absurdo. Un escuadrón de autorickshaws nos esperaba desde hace rato y entre la quincena de turistas y los Mr. Driver estalla la batalla por un precio razonable –uno que al menos no sea abusivo-. Una batalla donde el temple, la velocidad y la convicción son claves. Bien jugada: rápida y certera, tenemos ya nuestro rickshaw con un par de italianas, pero la guerra no ha terminado. Si la batalla de hace apenas unos minutos era entre foráneos y locales por ese precio razonable, la siguiente batalla es a muerte sólo entre occidentales: todos luchamos por ‘la habitación barata’. Así que bajo las promesas de una propina –que hace apenas unos minutos regateábamos con firmeza- y apelando a la virilidad de nuestros jinetes, se entabla una endiablada carrera de autos locos hasta el pueblo. Avanzan por el flanco derecho la joven americana fornida que carretea un sitar a cuestas -me contará más tarde que aprende por el camino- y el chico majo que teniendo medio culo fuera del asiento no deja de sonreír. El bólido de la Rusa Galina y Matt el Australiano nos pisa los talones cuando dejamos atrás el aeropuerto entre nubes de polvo y bocinazos -¿Hay aeropuerto en Khajuraho?-. Todos midiendo los tiempos hasta el próximo cruce, elucubrando los radios de curvatura óptimos de la siguiente rotonda, y en última instancia jaleando a nuestros Mr. Driver con la mente puesta en esa habitación barata que por la mera presencia de tanta clientela quedará en quimera y no más.

¿Una ducha? ¿Una cabezadita para descansar del viaje? Eso es para los débiles y los infieles. A cada minuto que pasa, el sol sigue su ascenso imparable, y los devotos de la caja oscura nos debemos a la mejor luz, y a vernos obligados a deambular cámara en mano a ciertas horas y no a otras. La siesta tendrá que esperar.

Khajuraho_25_Franc-Pallarès-LópezPero hoy ya voy tarde: cada día tiene un sólo amanecer y hoy ya tuve el mío. Y voy con prisas y cansado, y peor todavía, vengo de Varanasi. Los templos de Khajuraho son sencillamente impresionantes y no tanto por su tamaño -aunque algunos son enormes moles de roca-. Su estado de conservación es excelente a pesar de sus mil años -la dinastía Chandela floreció entre el 950 d.C. y el 1050 d.C.-, y en una arquitectura como ésta, donde la escultura y la atención al detalle no son adicionales a la volumetría sino que conforman la volumetría en sí misma, eso significa que venir a Khajuraho es poder contemplar las excelencias artísticas de la India en toda su plenitud. Abrumado por tal desbordante acumulación de matices, el ojo inexperto corre el riesgo de dar, sin querer, la batalla por perdida con un paso en falso atrás, marchándose con la sensación de que habiendo visto uno estaban vistos todos. Y es que en la arquitectura, como con un buen vino, una buena película o un partido de fútbol, es necesario entrenar el paladar para poderlos disfrutar. No basta con mirar embobado y asentir mecánicamente. Hay que hacer el esfuerzo de ver para poder llegar a comprender.

No pueden no gustarte estas montañas de piedra labrada, pero resulta demasiado tentador zanjar la visita con un “todo más de lo mismo”. A mí me pasó…

Todavía resacoso de la avasalladora Varanasi, me despistaron los rebaños arquetípicos de turistas occidentales y los jardines afrancesados con los que desafortunadamente decidieron ambientar estas perlas. Ante la exquisitez de una joya barroca, siempre vestirla con sobriedad, siempre con sobriedad. La magia de una ruina consiste, precisamente, en que siga siendo una ruina. Y resulta que el sol ya está demasiado alto, y que realmente necesitaba aquella siesta, y que para colmo ya me han intentado avasallar con malas maneras antes de entrar al reciento. Al insistente chico no le bastó con que declinara amablemente su oferta hasta en diez ocasiones, sino que me siguió interpelándome bruscamente, y hasta que no me crucé y subí el tono no se dio por aludido. Algo hastiado, encuentro un banco apartado a la sombra de un árbol y me tumbo a dormir y a esperar que caiga el sol. ¿Dos horas? ¿Tres? No lo sé, voy abriendo un ojo a cada rato para pasar revista hasta que harto de esperar me pongo de nuevo en marcha.

¿Y los templos? Exquisitos, deliciosos, recargados, barrocos por fuera y por dentro. Rabiosamente elegantes de perfil, imponentes al frente; misteriosos en sus entrañas. Siempre siguiendo el mismo patrón, el del templo dentro del templo, la muñeca rusa que guarda en su interior el sancta sanctórum donde habita el ídolo, a veces en forma de Vishnú, en otras ocasiones en forma de sobrios lingams representando a Shiva.

Khajuraho_35_Franc-Pallarès-López¿Y el porno? ¿Dónde está el porno? Sí, porno, mucho porno y muy salvaje. Toda descripción o relato previo a una visita a Khajuraho parte de este detalle como el hecho singular a destacar. E indiscutiblemente lo es porque pocos ejemplos de erótica sagrada pública habrá en el mundo entero. Y sí, hay porno y muy salvaje en los muros de Khajuraho –un pobre burro petrificado, del susto supongo, da fe de ello-. Y yo también vine –secretamente, claro, no se lo digan a nadie- para echar una miradita, rápida. Pero tampoco hay tanto y seguro que cosas más subidas de tono hemos visto todos, así que no vengan aquí sólo para ‘eso’. A ‘eso’ me refiero al Kama Sutra que allá por donde va levanta polvareda y supongo que dice mucho de nosotros que así lo haga, y dice mucho también de ellos –los constructores de Khajuraho- que hablaran tan abiertamente de un asunto que cuando no es tabú se trata con una frivolidad apabullante. Otra cara mal disimulada del mismo conflicto interno -léanse niñas cantoras que tienen que lamer martillos y desnudarse sobre bolas de demolición-.

El Kama Sutra es precisamente ni lo uno ni lo otro, y claro, acá en occidente como ya no somos mojigatos nos quedamos con el eso de lamer un martillo, o lo que es igual: con que el Kama Sutra no es más que un manual de posturas exóticas –y yóguicas, porque hay que estar muy en forma para dar la talla-, cuando en realidad era -y sigue siendo- un tratado sobre la sexualidad, como los hay también en la tradición literaria India sobre la alimentación, la salud, la astronomía o cualquier otro aspecto importante que afecte al ser humano. Una sexualidad que no se entiende ni como pecado, ni como libertinaje frívolo sin ton ni son. Una sexualidad divina -en el sentido más mundano de la palabra- donde el único pecado es precisamente ése: la frivolidad,  y donde el énfasis se pone en la percepción del sexo como un arte del juego y el placer hacia, para y por el otro.

Khajuraho_43_Franc-Pallarès-LópezAl final sólo fueron dos noches y me marcho de Khajuraho con mal cuerpo. Me sentí echado con cajas destempladas y algo tuvo que ver aquel aeropuerto en un pueblo tan pequeño como éste y los vuelos diarios a Delhi. Un ruta aérea ciertamente ruinosa pero que sigue siendo rentable porque alguien sigue estando dispuesto a pagar el precio. Ese alguien son muchos de aquellos rebaños arquetípicos de turistas occidentales que, estando en todo su derecho a venir aquí en avión y partir cuanto antes tras un chapuzón en la piscina del hotel, han trastocado sin remedio eso que yo llamo el “equilibrio del ecosistema turístico” basado en el respeto mutuo y el precio justo de las cosas.

Me resultó imposible moverme por el pueblo sin ser constantemente abordado, interpelado y achuchado por gente que directa y grotescamente sólo quería sacarme las perras. No sólo eso, es más, exigían dinero casi por todo a cambio de casi nada. Porque sí, porque se lo atribuían como un derecho y a mí como una obligación. Y no es que fueran miserables -ciertamente gente muy humilde-, pero con gente más humilde me crucé en Camboya, Myanmar o en Kolkata aquí mismo en la India, y nunca me encontré esto. Sólo una vez, sólo en Pulau Nias, y en aquella ocasión como en ésta, la responsabilidad era gran medida del turista extranjero que llegó repartiendo dinero sin ton ni son, por lástima que no por querer ayudar, por ser magnánimo sin tener en cuenta que de este modo no mejora nada, sólo empeora.

El viaje continúa y ancha es India, pero resultó triste y agotador sonreír y que a cambio te pidieran dinero.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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