“Y me invitaron a subir”. Battambang, Camboya

Llegué a Battambang totalmente empachado de templos y piedras. Llegué a Battambang algo frustrado por haber pasado el día anterior sin poder moverme del barco mientras todo ocurría a mi alrededor. Llegué a Battambang con ganas de agarrar la cámara y echarme a la calle a ver el qué. Nada de impresionantes templos a las afueras de la ciudad ni de billetes demasiado caros para trenes de bambú. Calle, calle y más calle.

Y a la calle me eché con el mapa bien guardado, intentando recordar cómo era aquello de sonreír con la mirada para conectar con la gente a falta de palabras. Me eché a la calle medio perdido sin dejar de saber donde estaba y empecé a dar vueltas con la cámara al cuello, olfateando con la vista y las orejas a la búsqueda de chispazos de esa cotidianidad que no garantiza titulares pero que, si la sabes encontrar y saborear, vale su peso en oro.

De buena mañana fui al mercado y desayuné unos churros con té por tres pesetas. Y con la panza llena saludé a la encantadora señora del telar que trabajaba junto a un par de bellezas peluqueras que charlaban mientras esperaban a las primeras clientas. Un hombre se asomó al balcón para saludar al nuevo día y todavía andaba con el torso desnudo cuando posó para mí por encima de los carteles. Carteles macabros como el del dentista del pueblo o como aquel otro que me alertaba de la bravura de un perruco recién lavado y bien peinado. Y antes de llegarme al templo para charlar sobre la ola de frío siberiano que azotaba Europa, me pasé por la barbería y me mandaron a la clínica para echarle un ojo a un par de coquetas enfermeras que vestían rosa chicle de pies a cabeza.

Había llegado a los límites de la ciudad y la masa de los edificios se empezaba a diluir cuando decidí dar media vuelta. Me había quedado con hambre y quería repetir. Enfilé de nuevo la calle rumbo norte cuando el griterío de los niños y las bicicletas amontonadas en la acera me alertaron que estaba llegando a la escuela, aquella que está delante del antiguo cine donde un par de operarios arreglaban una bombilla subidos a una escalera. Y allí fue, en la esquina de enfrente, cuando oí retumbar los ecos de un sarao. Levanté la cabeza posando la mirada sobre todas y cada una de las ventanas de aquella esquina hasta que les vi. Tres chicos vestidos con inmaculadas camisas blancas me saludaban desde el balcón del que parecía manar el estruendo. Les devolví el saludó, les tomé un retrato y haciéndoles señas les pregunté por la música. Fue entonces cuando se miraron entre ellos y me invitaron a subir.

Ah! Música para los oídos, danzas para la vista, sonrisas para el corazón. En el primer piso de un edificio destartalado anclado en los años 70 ensayaban bailes tradicionales un grupo de chicos y chicas bajo la atenta mirada de las dos profesoras. Durante casi una hora permanecí sentado en un rincón embrujado y extasiado por el espectáculo. Sensualidad a ratos, picardía en otros. Cuánta energía, cuánto dinamismo al ritmo de música tradicional y gritos de alegría, y de palmas y golpes de gong. Danzas de cortejo, danzas religiosas. Ah! La vida, el alma y la tradición de un pueblo condensados en el frescor y la viveza de una docena de cuerpos jóvenes, elásticos y bellos, que danzaron y sonrieron sin parar sobre aquel suelo que de tan lindo y pulido parecía un mantel.

Abandoné el local de ensayo borracho de vida y alegría. Me lancé de nuevo a las calles a la búsqueda de nuevos chispazos de realidad, sabiendo y aceptando de antemano que ya nada superaría por hoy lo vivido en aquel primer piso anclado en otro tiempo.

La encantadora monja octogenaria, la extraña nena de la tienda de los altavoces gigantes y el señor que vendía gafas de sol en día nublado  fueron los puentes que crucé sobre un mar de trivialidades hasta llegarme al mercado donde cortaban pescados, descuartizaban gorrinos y pelaban fruta. El mercado donde niños empuñaban pistolas de juguete, se fundían los metales para forjar nuevas joyas y donde algún que otro vendedor aprovechaba un rincón para echarse la siesta en su hamaca, entre coles y lechuguinos. Y por la tarde más calle, más gente, más niños. Más chispazos de alegría, más reflejos de vida en las fachadas decadentes de arquitecturas de sorprendente interés de las que cuelgan paraguas en los balcones.

El sol ya se ponía cuando llegué al hotel y me reencontré con mis compañeras de viaje del día anterior que habían ido a visitar templos y trenes de bambú. Cuando me preguntaron que había hecho durante el día no supe bien que responderles. “Poca cosa”, pensé en un primer momento. Pero luego recapacité, sonreí y decidí contarles aquella historia de “cuando deambulaba por las calles de Battambang y me invitaron a subir…”.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. jordi darder

    M’ha agradat molt aquest racó de món que has trobat. Sembla que els llocs ni fu ni fa, no hagin de res i va i et conviden a l’escola de dansa del poble!
    Tothom qui trobes està disposat a que els hi facis una foto? Aquest post té algun retrat esplèndid, i alguna foto certament inquietant com la de la figura estirada amb el corb que se li menja el budellam!?
    Sé qui ha anat a veure els orangutans de la Dra Biruté Galdikas com sembla que faràs, i ha tornat impressionat, diuen que és un viatge a l’origen, que tens els nostres recontrabesavis davant i fa l’efecte d’entendre-t’hi!!
    Esperem el post.
    Salut Franc!
    Darder

    • Doncs sí Jordi, hi ha dies que no en donaries un duro i surten rodons ;D

      El personal és bastant receptiu a les fotos en general, però sempre els demano permís amb un sonriure d’orella a orella i amb el “bon dia” local de turno. I en general he de dir que anar amb el “camarón” ajuda bastant, els fa sentir especials. Això i el fet d’anar sol. Suposo que si anés amb grup semblaria que anem de safari, però anant sol semblo el guiri simpàtic que s’ha perdut i que fa fotos a coses que no tenen res d’especial ;)

      Tema Orangutans i la Dra. Galdikas està a la llista de coses a fer a Borneo, però ara que paro per Sumatra el plan es veure els animals en estat salvatje a la jungla. Lo de Borneo amb l’excursió amb barca pel riu per anar a trobar els centres de recuperació fijo que cau. A veure si es deixen fer bones fotos :D

      Salut!

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