Una gigantesca milonga a ritmo de claxon. Ho Chi Minh City, Vietnam

Saigón me recibió siempre al atardecer. Siempre con el sol cayendo sobre el horizonte tras de mí mientras el autobús se adentraba en la maraña de esta ciudad de 7 millones de habitantes, capital económica de Vietnam. El sol lo doraba todo y las fachadas de las calles frente a los canales brillaban sobre el juego de sombras alargadas. Fue mi mirada distraída al reflejo de estas aguas, negras y pulidas como un espejo de obsidiana, la que me alertó de las bandadas de escualos que nadaban por los cielos. Miré arriba y las siluetas negras de decenas de tiburones bailaban al son de los vientos mientras los niños correteaban por las calles y reían en esos dulces momentos al final del día y justo antes de la cena.

Cuando quedaron atrás las aguas urbanas y calles de asfalto como ríos se abrían paso entre los edificios, fue entonces que los enjambres de motocicletas impusieron su ley en esta hora punta del atardecer. Un impresionante zumbido de miles de motocicletas fluía por las arterias de la ciudad bombeado al ritmo acompasado de los semáforos. Un tumulto que lejos de ser caótico parecía funcionar con la precisión de un reloj. Cruzar una avenida de Saigón -su nombre oficial es Ho Chi Minh City-pudo parecer un reto suicida en un primer momento, pero bastó comprender las leyes que rigen escrupulosamente este universo y aprender a bailar con ellas. Las calles de Saigón eran como una gigantesca milonga que se movía a ritmo de claxon.

Es difícil saber cuándo se ha entrado en la ciudad, pero a partir de cierto momento las avenidas aparecen flaqueadas por imponentes columnatas de enormes árboles cuyos troncos suben rectos y pelados hacia el cielo. Es difícil saberlo porque la ciudad se presenta bastante homogénea y la altura de los edificios es constante. Pero a lo lejos, allá en el antiguo centro, se alza una Torre de Marfil, de vidrio y acero, que con su elegante silueta domina la ciudad y más que apuntar al cielo lo que hace es apuntar a una nueva Vietnam que también se deja entrever en los comercios y los cafés más “chick”.

Pero el secreto de Saigón no está ni en las torres de marfil ni en las avenidas arboladas. En los espacios hiper-densos y macizos de los corazones de manzana hay un mundo de callejones al más puro estilo asiático. Mi hostal está en uno de ellos y es fascinante jugar a perderse en sus mil giros y recodos. Desde mi atalaya en el corazón de esta urbe me siento espectador privilegiado, durante el rumor del día, pero sobretodo en el murmullo de la noche. Y dejando caer mi mirada distraída por las azoteas me doy cuenta de lo increíblemente minúsculas que son. Apenas dos metros y medio de anchura por cinco de fondo. Parece que no pueda ser pero al bajar a la calle y mirar atentamente veo que la gran mayoría de estas casas son en realidad esbeltas torres que crecen como agujas hacia el cielo apiladas las unas junto las otras. Tan sólo una colección de cuartitos amontonados, unos sobre los otros, como cajas de zapatos conectadas por escaleras que suben casi verticales para poder aprovechar al máximo la superficie.

El espacio está tan fragmentado que ya no queda lugar dentro de las casas y la calle es el pasillo de este hormiguero comunal. Es increíble pasearse por los callejones y ver desfilar la vida de las familias expuestas en este escaparate que regala visiones íntimas e impagables de su cotidianidad: las mujeres que se hacen la pedicura, el nene que termina los deberes para ver los dibujos animados o aquel hombre que medita al lado del altar del comedor y que viste un torso tatuado con enigmáticas efigies y escritos indescifrables. Todo está a la vista en este micro-cosmos que se desvanece en un abrir y cerrar de ojos al girar la esquina y salir, o entrar, de nuevo a la ciudad. Y a cada vez que vuelvo a pasar me parece descubrir otro fraccionamiento, otra división, otra nueva mitad sobre aquella mitad previa.

Saigón, en su corazón, es en realidad una ciudad que crece fractalmente pero hacia dentro y esta continua subdivisión sobre sus límites establecidos no sólo es horizontal sinó que verticalmente aparecen altillos y ventanucos en los lugares más insospechados, y aquella reja de ventilación era en realidad una ventana, que daba a una litera que estaba sobre la barbería.

continúa en el siguiente post,  Saigón, capital de Vietnam del Sur

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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