Un trocito de mi patria en el País de Buda. Bagan & Pindaya, Myanmar

Mi patria no siento que la definan ni límites, ni fronteras y mucho menos banderas. Mi patria siento que la forman paisajes, momentos, sabores y personas. Hoy me he cruzado en varias ocasiones con mi patria aún estando en Myanmar, en el país de Buda.

A primera hora de la mañana, después de levantarme y desayunar he ido a buscar un taxi para la excursión del día. Al pasar por un puesto de comida no he podido dejar de redesayunarme un par de porras que nada tienen que envidiar a las de la Rosita de Mataró. Resulta que en Myanmar las porras son también desayuno típico y se encuentran por todas partes. Luego, durante el día viajando a Pindaya me ha parecido que por algún extraño sortilegio estaba cruzando las tierras de la Cataluña interior. Un paisaje radicalmente distinto a todo lo que he venido viendo durante las últimas semanas. Un precioso pedacito bien grande de mi patria 360ª a mi alrededor. El final del día, mientras escribo estás líneas, lo cierro con un brebaje llamado Double Strong II, que es lo más parecido que he encontrado a mi benerada Voll-Damm, el cierre a un día con sabor a la Iberia Oriental.

Pero el título del post habla del País de Buda, y sepan que en Myanmar el budismo y sus expresiones lo impregnan todo, absolutamente todo. Los últimos días los he pasado a entre la mítica e impresionante Ciudad de Bagan y la Cueva Sagrada de Pindaya.

La Ciudad de Bagan era para mí uno de esos sitios míticos que desde jovencito sabía que existían aunque no supiera bien donde ubicarlo. Un lugar, una gran explanada entre un gran río y unas montañas que aparecía literalmente poblada de templos, pagodas y zedis de todos los tamaños y en todas sus posibles variaciones. Un lugar que hace 1000 años vio nacer algo único en el mundo, el equivalente de todas las catedrales de Europa en una superficie similar a la isla de Manhattan. Ese mundo nació de la conversión de un rey al Budismo y su respuesta fue la construcción compulsiva y continuada de una ciudad consagrada a Buda. Durante casi 300 años floreció pero a la llegada de los ejércitos mongoles de Genghis Khan se desvaneció. La ciudad pereció y durante años y años se consideró un lugar maldito habitado por espíritus y bandidos.

Subido a la cima de una de sus múltiples pagodas contemplo un vasto horizonte entrecortado por torres y más torres. Al atardecer las siluetas se entremezclan con la bruma, el humo de las hogueras y las nubes de polvo. El contorno de la montañas al fondo se les suma haciendo las veces de telón. El sol desciende veloz y en el cielo las nubes comienzan su baile de colores. La explanada se tiñe de tonos cálidos, la hierba y los árboles respiran aliviados al aflojar el implacable calor del día. Bagan es un espectáculo que hay que verlo desde arriba para poder comprender su magia.

Los dos días que le he dedicado han sido a golpe de pedal, montado en una bicicleta escacharrada que debieron fabricar en los tiempos de la fundación de la ciudad. Caminos de arena, pequeños templos, algunos llenos de turistas pero otros abandonados y invadidos por la maleza. Pedalear por aquí, descansar por allá, echarme una siesta esperando a que baje el sol. Todo un universo de piedra que nace de la hierba y asoma entre los árboles, o entre las aldeas o entre rebaños de vacas y cabras. Al rato, cansado, se me pasa por la cabeza pensar que tampoco era para tanto. Entonces vuelvo a subir a algún templo y se me recuerda que sí, que sí hay para tanto, que este lugar es único y mágico, a pesar de la hordas de turistas que lo infestamos y de las correspondientes hordas de vendedores que nos hostigan.

Cansado de tanta piedra me relajo un rato a la sombra de alguna pagoda y entre tanta foto me doy el premio de disfrutar el momento. A veces me gusta imaginar las cosas fuera de contexto, no sabría como explicarlo: Para mi tiene tanto interés contemplar la Barcelona actual desde Montjuic, como imaginarla cuando las murallas medievales definían sus límites con las actuales rondas. Y desde ese mismo punto de observación y teniendo muy presente el plano de la época romana, me imagino la ciudad sobre el pequeño Monte Táber, con sus imponentes murallas cercándola, rodeada de campos y la Rambla como un torrente seco salpicado de cañaverales desembocando en una playa sin puerto. Con Bagan me pasó lo mismo, pero claro, a lo bestia. Y es que sentarse allá arriba y imaginar esas moles de ladrillo flotando en un mar de casitas y edificios y palacios. Uauh! Todo eso desapareció, pues sólo los templos se construyeron de piedra y ladrillo para durar. Lo demás, hecho de manera, acabó por desaparecer. Imaginar/Ver esa ciudad bulliciosa, llena de vida y de gente es casi tan estimulante como contemplar sus ruinas.

Lo que queda ahora es un cadáver moribundo comparado con su antiguo esplendor. Como también se me antoja como cadáver moribundo si la comparo con esa ciudad fantasma abandonada que debía ser todavía hace apenas 50 años. Tras la puesta del Sol espero que aparezca la Luna. Quedamos tres en la cumbre de la pagoda y la noche, generosa, nos recompensa. Recorrer, aunque sea brevemente, ese mundo a la luz de la luna por caminos de tierra y entre la maleza me transporta a ese momento en que la ciudad era morada de bandidos y espíritus. Casi tan fascinante como la ciudad viva, la ciudad muerta seguía siendo ella misma.

Ahora, por el contrario, es morada de almas de paso que deambulan por un espacio con espíritu de parque temático. La poblamos los turistas en busca de nuestra foto perfecta o nuestro momento catártico. Y la pueblan también los birmanos reconvertidos en víctimas de la fiebre del turista. Después de 3 semanas por primera vez me he vuelto a sentir un mono blanco con la cartera llena de dinero al que hay que ordeñar si se puede. Al final es parte del juego, es la reacción lógica a nuestro comportamiento depredador “cultural”. Y lo pongo entre comillas porque dudo que todo esto tenga alma de cultura, más se me antoja alma de retrato de mesilla de té, o de trofeo viajero. Nadie dijo que fuera fácil, ni que encontrar un equilibrio sea sencillo.

Abandono Bagan encantado por lo visto pero con ganas de volver a la otra Myanmar, a la de las personas. Ahora estoy en Kalaw y hoy he pasado el día con una desbordante pareja holandesa. Desbordante de simpatía, de alegría y de ganas de disfrutar. Deben tener los 40 pasados y se han dado un break de 3 meses en sus trabajos para viajar y ver mundo. Son realmente majos y ha sido un placer visitar con ellos la Cueva de Pindaya: Un microcosmos en las entrañas de la montaña que está poblada por más de 8000 estatuas de Buda. Grandes, pequeñas, feas, elegantes. La cueva en un sacro-lugar-kitsch consagrado, como no, a Buda. Todo es Buda. El paisaje aparece siempre salpicado de pagodas. Las calles de los pueblos y la ciudades siempre salpicadas de monjes y monjas. Los cafés, los buses, las casas, los hostels, siempre hay un altar, un retrato, o otro monje de paso.

A más de más de la cuevas hemos tenido el gusto de ver como hacen los típicos parasoles asiáticos. En una de las múltiples tiendecillas/taller del pueblo, unas gentes encantadoras nos han explicado todo el proceso, con demostración in situ incluída y sin ponerse pesados a la hora de vendernos alguna pieza. Me quedo encantado y con ganas de comprarme una, porque, a parte de ser una maravilla de ingenio y artesanía me parecen sencillamente preciosas. Y encima buen precio! Pero me lo repienso, y no me veo 1 año paseando la sombrilla por estos mundos orientales y me quedo con las ganas para la próxima.

Y así termina mi último baño de budas y pagodas. Ahora, desde Kalaw, quedan 3 días de trekking por las montañas, entre pueblitos y paisajes de primera categoría, para acabar llegando al archifamoso Lago Inle. Veremos que tal me sienta este nuevo baño de gentes y sonrisas.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. Mercè&Jordi

    Franc!!! magífic, estem ben pillats mirant fotos i llegint els teus escrits. Ens fas venir ganes de voltar, de sortir de Rosselló i respirar aire nou. Aquí tot està igual, de moment mantenint certes rutines formals amb poc contingut. Vull dir que un va al despatx i al correu només hi ha propaganda de viatges i entreteniments i el telèfon no tan sols sona…i no més trobem a la Mònica, això sí, super relaxada. Però ens ho agafem en sentit positiu, descobrim que s’hi està força bé sense presió, que es pot anar al cine a la tarda i fer una becaina de tant en tant.
    T’anirem seguint el rastre, en Jordi est al.lucinant!! Ah, aviat et treus el carnet de conduir oi?? Un petó guapo, Mercè i Jordi

    • haha El carnet de conduir!? però si aquí no cal tenir-lo per fer anar la moto ;p hehe

      Me n’alegro que gaudiu de les fotos i dels escrits. És la “feina” que me “impossat” durant el viatje i que així em puguin seguir els de casa.

      Una abraçada forta i a seguir gaudint de la calma i la falta de pressió :D

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