Turquesa es el Edén. Pulau Togian, Indonesia

Ana se sienta frente a mí junto a su madre. Ana lleva más de cinco meses viajando por el sureste asiático, y la madre –una encantadora señora lleidetana con los setenta cumplidos- la acompaña en su último tramo por Myanmar. Es mi primera noche en Yangon, hace una semana que marché de Barcelona y la escucho atentamente mientras me habla con devoción de unas islas remotas en Sulawesi que flotan en las aguas tranquilas del Golfo de Tomini, las Islas Togian.

Han pasado 10 meses desde aquella primera noche en Yangon y David insiste en que no pasa nada, que podemos venir sin ningún problema, lo ha preguntado y está invitado todo el que se quiera sumar. Al auspicio de un ocaso de fuegos púrpuras y morados –incluso más conmovedor de lo habitual en Kadidiri- embarcamos en una lancha que nos lleva a una fiesta. No sabemos exactamente qué se celebra pero tiene que ver algo con el fin del Ramadán –hace ya 5 días que me vienen contando que se celebra el fin del Ramadán, pero parece ser que este fin no tiene final-. Ya ha oscurecido cuando llegamos a Wakai; hay una gran mesa con comida, niños vestidos de gala –ignoro porqué las niñas no- y muchos invitados. La fiesta ya ha comenzado pero no acaba de ocurrir nada; la gente ocupa sus asientos, charla alegremente con el de al lado y sólo se levantan para volver a llenar sus platos. Cuando todos los manjares han sido devorados y se ha dado por finiquitado el baile con organillo Casio que sólo han secundado los pequeños, la gente se retira a sus casas no sin antes pasar a saludar y agradecer a la familia anfitriona: Terima Kasih. Una velada sencilla y agradable; comimos bien y lo más importante, nos hicieron sentir bienvenidos.

Es a la vuelta, bajo una luna creciente al amparo de las noches estrelladas de las Islas Togian, cuando al asomar la cabeza por la proa veo las olas en llamas. La quilla de la lancha rasga cual cuchillo afilado la materia negra del océano excitando al plancton y haciéndolo brillar a nuestro paso. Un mar negro, un horizonte negro quebrado por siluetas de islas todavía más negras, y un cielo negro perforado por un corte de Luna y un estampado de estrellas y galaxias que impresionan pero que no alumbran ¿Y que la luz más intensa mane precisamente de las aguas que dan cuerpo al abismo? ¿Qué lugar es éste?

“y puso al este del Jardín del Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía a todos lados, para guardar el camino del Árbol de la Vida” Génesis 3-24

No, no es el negro. Los mañanas y las tardes en las Togian son la vida, son la luz. Son los verdes de la jungla que brota a nuestras espaldas, los amarillos de los rayos de sol que lo inundan todo; los azules intensos de los cielos, los azules apagados de las estrellas de mar que pululan cerca de la orilla; los púrpuras, morados y naranjas de los atardeceres, los blancos nucleares de la nubes que cual catedrales desfilan livianas sobre el horizonte; los tonos mustios de los amaneceres que nunca vemos porque siempre estamos durmiendo, los grises que imaginamos en los lomos de los delfines que nadan lejos frente a la costa. Una miríada de colores moldean el alma del viajero al paso por las Togian, pero si los sabios del mundo se reunieran y de entre todos ellos tuvieran que elegir uno, el turquesa sería el color del Edén.

Un Edén etéreo color turquesa y alegría en el que dejarse perder a la deriva aferrados a tablones de madera, despojos del naufragio de recuerdos de vidas pasadas. Y no es decir por decir ni hablar por hablar, que los dos lugares sobres los que pivotó mi estancia atemporal en Kadidiri son y están hechos de estos tablones.

Una taula parada –una mesa puesta- alrededor de la cual desfilan, desfilo y desfilamos los protagonistas de esta función de verano. La pareja suiza, él y ella largos y estilizados y con dineros; ella con aires vikingos algo masculinos, él de corte persa, sofisticado, desenfadado y amanerado –podría ser modelo pero es de oficio carpintero-. La pareja francófona, ella –belga- estirada, distante y en muletas, él –francés- dicharachero, curioso y próximo, barbarroja de ojos azules, alguien de quien tomar notas y aprender porque sabe cómo tratar a la gente –lee American Gods, yo leo Gone with the wind-. El solitario viajero sesentero con coleta, muy ligero de equipaje: tan sólo una bolsa con sus cuatro pertenencias, afable, distante, de paso; carga con una historia que nunca llegará a desvelar. El gentil francés interesante que fuma y cruza las piernas como un francés, que justo empezó su año sabático, que muere y paga por bajar al abismo a diario, y que por nada del mundo –dice- se perderá el Primavera Sound. La francesa, Elody, de pasado por el Índico a lo hija de Jacques Cousteau, que habla también mandarín y español, que vive en Pekín y que bajo una aparente candidez esconde a una superviviente implacable que consciente de sus cartas sabe cómo sacarles el máximo partido. Los holandeses, él encantado con su corte de pelo moderno, su vida y su cara bonita –que lo es- pero que sin camiseta tiene un mal tipo fofo que luce con el orgullo de una divinidad griega; ella, una divinidad griega de curvas delirantes con la barbilla demasiado en alto para lo poco que tiene que contar. La pareja catalana, ella una mandona que de tanto refunfuñar por refunfuñar se le quedó grabado en la cara el hecho de que se soporta pero que no se gusta; me cae bien, tiene buen fondo. Él, un santo bendito con una cara de ángel, todo amabilidad y buenas intenciones y no por eso menos iluso; el contrapeso inevitable a tanta ceniza. ¿Y yo? Si supieran lo que yo dije de ellos no sé si quisiera saber lo que ellos tuvieran que decir de mí.

Todo esto ocurre alrededor de unos tablones de náufrago en la playa, de una mesa a la sombra mal claveteada en torno a la cual nos reunimos al desayuno, a la hora del ángelus para comer –aquí se come cuando mandan, no cuando uno quiere- y a la hora de la cena: la última, la más y la mejor. El momento en el que degustamos el pescado fresco que un par de horas antes vimos desfilar con el ceremonial de un paso de Semana Santa desde la barca en la orilla hasta la cocina. Somos los pobres de la isla, los que duermen en bungalows desvencijados de madera cuyo único lujo es tener una mosquitera, una bombilla y un enchufe –el candado lo pones tú-. Somos los pobres de la isla pero por lo que nos cuentan los demás somos, sin lugar a dudas, los que mejor comemos y, al parecer, los únicos que no se quedan con hambre.

Tablones a los que agarrarse cuando se flota a la deriva del Edén, habiendo perdido ya la cuenta de los días, pareciéndole todo lo pasado tan distante e incierto que teme haber probado sin saberlo el fruto prohibido de los Lotófagos para no querer volver nunca más a su patria. Los tablones del muelle proyectado contra el horizonte al que sin remedio volvíamos atardecer tras atardecer, noche tras noche. Allí, tumbados boca arriba contemplando la vía láctea y las estrellas fugaces del verano, solucionando los problemas del mundo de un plumazo incluso sin estar de acuerdo, riéndonos a carcajadas, callando mucho también, callando mucho también. Diseñando planes de ataque para una vida mejor, conspirando en secreto contra el destino inmediato y soñando con lo que todavía nos queda por hacer al son de la buena música de Jesús. Al amparo de la luna que sigue creciendo, envueltos en la cálida noche de los trópicos al susurro de un mar que si no fuera por las mareas pensaríamos que se trató de un lago. Con el dulce poso en los huesos de las espléndidas jornadas de siestas en la playa, de chapuzones desde el muelle y de buceo a pulmón entre corales.

Fue en el pantalán de Kadidiri donde se selló nuestro paso por las Togian. Recordando nuestras noches de crápula por Barcelona. Las Voll Damm’s de aquel lunes que nunca vino a cuento, o las otras 14 que cayeron una tarde tonta en el Schilling. Y la Roof, siempre La Roof. A pesar de las playas de arenas blancas, del dulzor de las aguas templadas y de las muchas Bintangs, y por encima incluso de los verdes, los púrpuras y los naranjas en los atardeceres, de color turquesa es el Edén. Y echados sobre los tablones del pantalán de Kadidiri saboreamos esos momentos de pequeñas verdades y de charlas ligeras que todavía hoy evocamos con la melancolía del que un día se supo en el Edén. Soñando en una noche de verano con lo que esperábamos llegar a ser. Y lo que soñamos lo dijimos en voz alta, y lo que soñamos también, lo callamos en voz baja, a la espera, puede, de la nuevas noches que estén por venir.

Se va David, se va Jesús, y les doy las gracias y les digo ¡Hasta pronto!

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. slvia

    Te sigo. Me encanta viajar contigo y vivir experiencias increíbles, por lugares donde nunca marcaré huellas.

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