Topicazo. Agra, India

No hay nada más cargante que un topicazo. Ese refrito de un refrito de esos alguienes cansinos que nunca están por la labor de pensar por sí mismos. Ese refrito tan refrito que viene respaldado por esos otros muchos alguieneses que vehemente comulgan por comulgar con esas ruedas de molino que son los tópicos. Dicho lo dicho, ahí va un tópico que oí hasta la saciedad antes, durante y después de pisar Bhārat Mātā:

“La India, o la amas o la odias, y es muy probable que –teniendo suerte- llegues a sentir ambas cosas a la vez.”

¡Topicazo! Topicazo que uno puede que intuya desde el minuto cero. Pero topicazo que no se comprehende intrínsecamente hasta que la apabullante realidad india no te empuja hasta tus límites haciendo saltar por los aires todo atisbo de autocontrol, moderación y la siempre inconsistente corrección política. Hubo un día en que la realidad de este país -que siempre me impuso mucho respeto, por no decir miedo- hizo saltar por los aires todo lo ‘políticamente correcto’ que había en mí, haciéndome perder los papeles como nunca antes los había perdido en mi vida. La historia sigue tal que así…

Era un día cualquiera –viajando por India ningún día es un día cualquiera-. La noche anterior había dormido poco y mal. Sobre las once y media, misteriosamente, surgieron de la nada dos autobuses cargados con un centenar de adolescentes que se presentaron en el hotel de Fatehpur Sikri donde pasaba la noche. A falta de camas y a esas horas, ese centenar de adolescentes acamparon en el porche frente a las habitaciones. ¿Adolescentes de excursión, noche y silencio? Tres factores que sencillamente no conjugan, y menos en India. Y a pesar de eso uno quiere creer –qué mala cosa es esto de tener fe- que se irán a dormir pronto y en silencio. Iluso… De poco sirvió mi paciencia durante la primera hora, y de mucho menos mi numerito de huésped occidental indignado clamando en el desierto por mi derecho al descanso.

Durga-Puja-Agra_07_Franc-Pallarès-LópezA la mañana siguiente me subí al primer bus dirección Agra, infame destino turístico de oscura reputación y ciudad del inigualable Taj Mahal. La calma aparente a primeras horas de la mañana es tramposa, el cielo es de un azul impecable, pero hoy habrá tormenta aunque yo todavía no lo sepa. Según el calendario hindú, hoy como cada año, se celebra el Vijayadashami, la victoria de Durga sobre la tiranía que el búfalo endemoniado Mahishasura había instaurado en la tierra tras haber derrotado a los devas -dioses- con su ejército de demonios. La eterna batalla del bien contra el mal. Un mes de preparativos que vengo siguiendo desde Kolkata y que finalmente eclosionarán hoy. ¿Y que es lo primero que hago tras encontrar habitación? Darme una ducha, echarme un rato y encerrarme en el hostal para ensimismarme en este blog. Se cuela por el agradable patio el rumor de la tormenta, pero hago como que no lo oigo. Desfilan los demás huéspedes hablando del huracán que recorre las calles, pero no les escucho. ¿Salir a la calle? Sí, pero sólo para comer algo. Hoy paso de todo.

La tormenta ya se ha desatado. El guardián de las puertas del infierno ha corrido finalmente los portones que guardaban centenares de pequeñas carrozas con figuras de la diosa y altavoces a todo volumen. Arrecian los primeros vendavales y desfilan las multitudes cantando y bailando. Todo el mundo ríe pujando las carretas engalanadas con murtis de paja y barro, mientras yo hago como que no ocurre nada. Sólo quiero comer algo tranquilo mientras leo un rato con la cabeza a miles de kilómetros de aquí. Estoy huyendo, me hago el loco, miro para otro lado. Hoy sigo pasando de la vida porque India me tiene agotado.

Pero es imposible, no se puede negar lo evidente: el desfile es constante y no parece que vaya a aflojar. Este barullo ya no hay quien lo pare: una riada de gente manando de todos los callejones para desvanecerse de nuevo en la maraña de callejas de esta parte de la ciudad. Hoy la alegría inunda las calles de Agra y yo mientras pretendo mantenerme al margen. Porque estoy cansado, porque hay algo de polvo holi en el aire y no quiero mancharme yo ni que se manche la cámara. Porque la indiferencia es posiblemente uno de los pecados más tristes que se puedan cometer, y por eso mismo vuelvo a mi habitación, cojo la cámara y a regañadientes me obligo a salir a la calle, pero lejos del follón. Hoy mejor voy dando un paseo tranquilo hasta el Fuerte Rojo.

Durga-Puja-Agra_04_Franc-Pallarès-LópezPor el camino la tormenta amansa a medida que me alejo del epicentro. Paso junto a las taquillas del Taj Mahal y cruzo el parque Shahjahan cuando finalmente veo a lo lejos las imponentes murallas del fuerte. Por las avenidas van camiones cargados de gente. Tomo algunas fotos. El ambiente festivo es bueno pero mucho más relajado que en Taj Ganj. Todo va bien hasta que ocurre lo inesperado: un camión repleto de chavales pasa junto a mí saludando y uno de ellos me echa un montón de polvo holi directamente a la cámara. Sin más, con toda la mala hostia del mundo, como si por estos lares la juventud no supiera que a los trastos electrónicos estas cosas no les sientan nada bien.

Todos se descojonan y yo me quedo tan perplejo que durante los primeros segundos no reacciono. Respiro hondo mientras siento como el odio y la rabia me cuecen las entrañas. Respiro hondo, el camión ya ha pasado, estoy a punto de explotar pero me obligo a calmarme. “Siéntate en el aquel bordillo –me digo- e intenta calmarte”. El objetivo está lleno de este polvo tintado que es demasiado fino. Tan fino como para haberse colado dentro del juego de lentes a través del tambor del zoom. Respiro hondo mientras empiezo a maldecir al niñato y a su gracia de mierda que ya intuyo me va a costar un buen montón de euros -esta lente es la pieza más cara de mi equipo-. Vuelven los fantasmas de Malasia y Sumatra. Mientras mi cabeza va a mil por hora, mientras limpio torpemente el objetivo y maldigo a ese puto niñato, ocurre lo que suele ocurrir en India cuando algo inesperado sucede: Una multitud se congrega a mi alrededor.

“Por favor ¿Me podríais dejar solo?” -les pido amablemente-. Pero ni caso, es más, el círculo se estrecha. “Por favor ¿Haríais el favor de dejarme en paz? Gracias” –insisto una segunda vez, más firme pero igual de amable-. Y por supuesto ni puto caso pues yo, aquí y ahora, soy el espectáculo y a quién le importa lo que me haya pasado o lo cabreado que pueda estar. “¡Me cago’n la puta! ¡Haced el puto favor de dejarme en paz! ¡Cojones!”. Y ya está… Perdí los papeles por completo y éstos parroquianos siguen mirándome con sus estúpidas sonrisitas estampadas en la cara. Me levanto, camino veinte metros más abajo para sentarme de nuevo al margen de todo y calmarme un poco. Pero al cabo de un minuto vuelvo a estar rodeado por la misma multitud. “Por favor ¿Me podríais dejar solo?” –vuelvo a insistir amablemente-. Pero ni puto caso y el círculo se estrecha aún más, y exploto de nuevo y doy voces y chillo por los descosidos mientras me abro paso dando aspavientos e insultándolos a todos. Y a ellos les da absolutamente igual porque sigo siendo un espectáculo. Ahí los tienes plantados, mirándome con esa risita estúpida tan irritante estampada en la cara, y mientras más me cabreo más divertida les resulta la escenita. Lo han conseguido, me han doblegado, de rodillas me pone India tras más de un año de viaje. Estoy agotado y agobiado de tanto todo.

Durga-Puja-Agra_05_Franc-Pallarès-López¡A tomar por culo todo! ¡Hasta las narices estoy de India y de los indios! Este país no me compensa. Por cada maravilla hay cien inconvenientes, cien incomodidades. Viajar barato por India tiene un coste físico y un gasto en la moral que me ha desbordado. Desde que dejé Kolkata hace ya tres semanas me ha resultado imposible sentirme cómodo y a gusto con la gente. ¿Dónde quedan las sonrisas laosianas o camboyanas sin más? Aquí todo es follón, polvo y basura, agobios y el achuche constante de gente sólo preocupada por sacarme unas cuantas rupias de más. Todo es regateo y pelearse para que no me tomen el pelo cinco veces antes del desayuno. Me rindo, abandono la India, me voy. Me vuelvo al hostal, me meto en la web de Liligo y me compro el primer billete en oferta que encuentre. Un mes en India ha sido suficiente y a estas alturas prefiero estar en cualquier otra parte donde me traten como algo más que un fajo grasiento de rupias a desplumar.

Me vuelvo, me voy, y mientras voy volviendo para irme y no volver nunca más, caigo en la cuenta de que no me puedo marchar todavía, que primero tengo que solucionar el problema del pasaporte en Delhi y que por lo menos me queda un mes más en el país. Mientras me vuelvo y me sigo yendo para no volver nunca más, se me va bajando el calentón y caigo en la cuenta que juzgar a 1200 millones de personas por la mala experiencia de tres semanas en puntos calientes de turisteo puede que no sea algo muy justo, así que queda decidido: Tengo que hacer Couchsurfing ya mismo y tengo que conocer ‘buenos indios’ lo antes posible. Mientras me sigo volviendo para irme, me voy calmando lo suficiente como para abrir los ojos de nuevo al momento presente. Mientras me acerco de nuevo al ojo del huracán, entre nubes de colores y bandadas de dakinis revoloteando a mi alrededor, me rindo a los hechos y tengo que admitir que hoy no es un día cualquiera. Que esta alegría y esta magia son algo muy especial. Y me jode en el alma porque sigo profundamente cabreado y por el momento mi prioridad es encontrar refugio donde limpiar la cámara y pensar con calma.

Finalmente llego a la seguridad de mi habitación, donde reina el silencio y sé a ciencia cierta que ninguna turba danzarina me asaltará con polvitos del demonio. Limpio con todo el cuidado posible la cámara y compruebo que efectivamente éste se ha colado dentro del objetivo pero que de momento sigue funcionando. ¿Qué hacer? ¿Retirarme? ¿Huir? ¿Abandonar? ¡Qué cojones! ¡Volvamos a la calle! ¿Estamos en India, no? ¿Hay un festival increíble ahí afuera, no? ¡Pues déjate de pucheros niñato llorica! Al toro, siempre de frente y por los cuernos.

“La India, o la amas o la odias, y es muy probable que –teniendo suerte- llegues a sentir ambas cosas a la vez.”

Durga-Puja-Agra_18_Franc-Pallarès-LópezLo que vino después no se puede describir con palabras -las imágenes que acompañan este relato cuentan más por sí solas- pero si no tuviera más remedio yo lo definiría como una gran borrachera de alegría. Me sorprendió lo primero que la mayoría fueran mujeres. Mujeres bailando, mujeres riendo, mujeres dando palmas. Todas esas mujeres que en el día a día ocupan un segundo plano, hoy, en la fiesta a su diosa Durga, toman las calles y son más ellas que nunca. Mujeres, muchas mujeres, todas guapas y todas diosas por un día.

Color, más color que nunca en la India. Color de las ropas, de la música, de las sonrisas, de las miradas que brillaban e irradiaban aún más color. Color de nubes de polvo holi. Color en las carretas y hasta en las vacas vestidas de gala. El color rojo de los muros del recinto del Taj Mahal que queda a nuestra izquierda mientras nos dirigimos –eso parece, yo sigo a la marabunta- a la vera del río Yamuna. Color dorado de sol al atardecer y mucho color de alegría en forma líquida. Toda la rabia que hace apenas un rato sentía por todos se ha metamorfoseado en una alegría por todo y para todos. Hay algo eléctrico en el ambiente y ya nadie quiere desplumarme o marearme, ahora todos quieren jugar y reír conmigo.

Un patriarca en toda regla, ebrio, en su salsa, era Él. Menea la cadera, márcate un bailoteo con el vecino y posa en exclusiva para mí. Nos hemos encontrado, obviamente no nos entendemos pero ha quedado todo claro entre nosotros. Él será mi musa durante la próxima hora y mi llave a las puertas del cielo. Durante una hora este encantador barrigudo cincuentón me secuestra –y yo me dejo encantado- para que le tome fotos a toda su familia, para que baile para él y sus amigos. ¡Hasta dinero me dan! Y nos reímos a carcajada limpia y yo les tomo fotos y ellos se descojonan y yo me siento a las puertas del cielo. Me enseñan su carroza con su Durga, su león y algún otro figurante que no reconozco -está claro que son gente pudiente- y me exigen que como parte ya de la familia cargue también con ella. ¡Faltaria más! ¡Dadme Durgas a mí! Y casi me deslomo haciendo de costalero hindú, así que me vuelvo a lo mío que es bailar y tomarle fotos a la familia. Con la cámara envuelta en plásticos, la situación me está desbordando por momentos y en el momento máximo de gloria me fundo la tarjeta de memoria. Me quedo ‘a ciegas’ y sin espacio en la cámara.

Durga-Puja-Agra_26_Franc-Pallarès-LópezSon los dioses, es Durga que me hace saber que a partir de ahora cruzo terreno sagrado. Bajando las escaleras que llevan al río somos una marabunta informe alborotada, y dentro de esta marabunta informe, con mi cámara inoperativa, me entrego a la fiesta como el que más. Por allá va nuestro paso de Durga camino del río para hundirse en sus aguas a modo de ofrenda. Por allá va poniendo el sol y, solemne, por acá se alza el Taj Mahal. El imponente Taj Mahal mostrándose en toda su gloria en este punto junto al río prohibido a los turistas. Y yo aquí, en medio de un corro de gente, bailando, jaleado como una hindi-super-star. Moviendo las caderas como una Shakira barbuda, sudada y mal vestida. Dando palmas, riéndome, por dios que se me sale la mandíbula de tanta risa, y esta gente que no para de jalear y aplaudir, riéndose de mi pero esta vez con cariño y respeto.

Es tal el follón que estamos armando que al final aparece un oficial de policía con un garrote y al verme allá se le salen los ojos de las órbitas. ¿Un guiri aquí? ¡Blasfemia! Mil sorries Mr. Officer mientras reculo agotado no sin antes despedirme de mi familia adoptiva. Uno a uno, palmadas en el hombro, abrazos efusivos porque el momento bien se lo vale. Y Mr. Officer insiste, y toda la tropa reniega, lloran por mi perdida en una absurda comedia de tres al cuarto mientras junto al río los brahmanes siguen con sus pujas y las Durgas de barro y paja se hunden para siempre en las aguas del Yamuna.

Aquí y ahora, en estos peldaños al atardecer en Agra junto al Taj Mahal y frente al río, diciendo adiós con la mano a la comparsa de no menos treinta encantadores personajes y maleantes de buen corazón que se despiden de mí con efusivos gestos, gritos varios y amplias sonrisas sinceras. ¡Ay India! ¡Qué perra y traidora es esta tierra que lo mismo te arroya y te aplasta sacando lo peor de ti, lo mismo te atrapa y te eleva por la nubes dándote lo mejor de sí! India, realidad de extremos, tan fecunda para tópicos resabidos que pudiendo resultar obvios no serán verdaderos hasta que los sufras, mames y disfrutes  en primera persona y sin misericordia.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

4 Comentarios

  1. magda

    jeje. recordo la història càmera i polssims de colors. Ningú amb tanta cintura com tu per capotejar el tema amb paciència (i a sobre treure’n un post així de brutal).
    Comparteixo sensacions però, d’esgotament i d’agraïment infinit per tot el que ens passava.

  2. javier bicicleting

    Mejor imposible la manera con la que has descrito esas sensaciones de la amada y odiada india . buenísimo!

    • Gracias fiera! ;D Qué te voy a contar a ti que tienes Postgrado, Máster y Doctorado en lidiar con la gran nación India! ;D Un abrazo desde Estocolmo y que sigas rodando por muchos años ;)

      Franc

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