Tonlé Sap, el corazón Khmer. Camboya

El Tonlé Sap es un gigantesco lago que literalmente palpita en el corazón de Camboya. Y palpita porque se expande y se contrae de una manera formidable al ritmo de las estaciones. En la temporada de lluvias se hincha con el agua que ni el Mekong ni el mar son capaces de absorber, y de tanto hincharse llega a multiplicar por diez la extensión que tiene durante la estación seca. El Tonlé Sap a más a más de ser corazón también es un pulmón que nutre a gran parte del país con sus peces y agua dulce, ahora y durante los tiempos antiguos. Es la cuna de la Cultura Khmer.

Esta formidable y excepcional redefinición cíclica de sus márgenes y del nivel de sus aguas ha hecho que los humanos que viven cerca tengan que adaptarse a esos movimientos. Y como no estaban por la labor de construirse la casa de verano y la casa de invierno, decidieron que sus casas serían flotantes y que ya podría hacer el lago de las suyas, que ellos, para bien o para mal subirían o bajarían al ritmo que el gran lago considerase oportuno. Otros pensaron que si el lago siempre acababa por subir hasta cierto punto lo mejor sería anticiparse a sus intenciones y construir las casas en lo alto, y es por eso que, a lado y lado del río, aparecen pueblos enteros que levitan a varios metros de altura sobre delgados postes de madera u hormigón.

Éramos un barco cargado de turistas haciendo el trayecto que une Siem Reap con Battambang, la segunda ciudad del país. Los más iban abajo, los menos, los insensatos, íbamos en la cubierta, tostándonos lentamente bajo un sol implacable. Y aún así ésta era la opción correcta y la mejor manera de poder disfrutar 360º de un viaje que prometía y que cumplió las expectativas.

Durante las ocho horas que duró el trayecto se desplegó ante nosotros un continuo rosario de aldeas flotantes, que dieron paso a nómadas del lago en sus barcas varadas en la orilla, para acabar cruzando los arrabales de la ciudad. Fue un recorrido turístico que tuvo poco de atracción y algún que otro guantazo de realidad. Al final de la jornada los pocos que quedábamos en cubierta creíamos estar aturdidos por el intenso sol, pero en realidad lo que nos secó la alegría y las palabras fueron las escenas de pobreza cotidiana que vimos desfilar a nuestro paso.

Creía haber visto lo suficiente de Camboya como para haberme hecho a la idea del nivel de pobreza extrema, pero estaba equivocado. Por suerte uno nunca se acostumbra ésta y si eso llegara a ocurrir muchas cosas se habrían perdido para siempre. Me dejó sin palabras ver a esas familias viviendo en chabolas sin paredes y con techos de plástico apuntalados en estructuras de palos a punto de colapsar. “Esto es todo lo que tienen, todo lo que tienen…” me repetía. Una barca en la orilla y un campamento de cachivaches esparcidos por el suelo. Los niños correteando medio desnudos o en harapos, la mujeres cocinando en rudimentarios hornillos y los hombres pescando en este río de aguas turbias y exhausto, sin oxígeno que alimente los peces que flotan muertos a lo largo del recorrido. Pescan pescados que luego ahúman en pequeñas hogueras que apilan en montocitos que luego les vendrán a comprar para venderlos en los mercados de las ciudades.

“Realmente no tienen nada…”. ¿Dónde quedan las escuelas para romper el ciclo de pobreza? ¿Dónde quedan los hospitales para curar a los enfermos o alumbrar a los niños? ¿Bajo qué techos se cobijarán cuando lleguen las fuertes lluvias? Un guantazo de realidad en la cara. De pobreza y de alegría. De niños que se juegan y se bañan en el río al atardecer junto a unas orillas que a medida que nos acercamos a Battambang se van llenando de más y más basura. De adultos que al final de la jornada juegan a voleibol en una pista improvisada y que saludan con amplias sonrisas al barco de turistas que deja a su paso olas que tumban a los pescadores de sus barcas pero que son el momento álgido del día para los chavales que chapotean en esas aguas embarradas y exhaustas.

Exhaustas como muchas de las caras que suspiran indiferentes desde sus chozas de palos y plásticos mientras nos contemplan al pasar. Indiferentes porque sin saberlo deben saber que ni estas líneas que escribo, ni los muchos barcos que vendrán mañana, ni las muchos fotos que les tomarán, van a significar ninguna mejora en la vida que les tocó vivir por haber nacido en un bote a la orilla del Tonlé Sap.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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