Temporada Alta. Labuanbajo, Indonesia

El Arte de Viajar se me antoja muy similar al Arte de Parrandear.

La compañía es uno de los dos grandes factores. La primera y la más básica la de uno mismo, ya que con mal cuerpo no llegaremos muy lejos y con una depresión a cuestas espantaremos a todo el personal. La paz de espíritu de cada uno es indispensable, pero los compañeros de viaje en las noches de crápula son definitorios. Salir de fiesta es como bailar y somos lo que nuestra pareja de baile nos permita llegar a ser así que habrá que escoger bien. La conexión entre ambas partes hará que cuaje la magia en los antros más sórdidos y en las situaciones más mediocres. Da igual donde estemos si estamos con quien debemos.

El segundo gran factor en el Arte de la Parranda es el tempo. El que controla el tempo y sabe moverse al compás siempre sabe cuándo es el momento de llegar, cuándo ha llegado la hora de partir, y sobre todo cuándo es el momento de dar esa última estocada para que la juerga termine de forma limpia y no se echen a perder los logros previos. Controlar el tempo es saber dejarse llevar por el ritmo del momento, anticipándose a los nuevos vientos que siempre están por venir, intuyéndolos en el estado de ánimo propio y ajeno.

Finalmente llegamos a Flores y andaba más que bien servido de buena compañía con la visita de Eva y Guillem, pero me falló el tempo. Habiendo viajado durante más de 9 meses a mi ritmo, capeando lo imprevisible, se me pasó por alto lo evidente: Llegó el agosto y con él, la Temporada Alta.

Tras cruzar la cara este de Lombok por el Valle de Sembalun, montados en la parte trasera de una camioneta disfrutando del verde de la jungla y los campos de arroz, desembarcamos en la vecina Isla de Sumbawa. Otro mundo, un salto hacia otras latitudes, unos paisajes sorprendentemente secos en comparación con el resto de Indonesia. Una nueva costa que nos supo a Mediterráneo: por las rocas contra el mar, por el color de la tierra y por la vegetación rala y espinosa. Cruzamos Sumbawa al trote, amontonados los tres al fondo de un autobús lleno hasta los topes, viendo desfilar la isla por la ventana y con el martilleante pío-pío de varias docenas de pollitos que agonizaban en una caja de cartón tras nuestras cabezas, al fondo del fondo del autobús. Infinita jornada de viaje, noche al paso en Bima y al día siguiente 8 horas más de ferry desde Sape hasta Labuanbajo: Por fin Flores.

Mi última isla en la provincia de Nusa Tenggara antes de embarcarme hacia Sulawesi. Flores, un plato fuerte por definición espoleado por el exotismo de su aislamiento. Un plato suculento a compartir entre demasiados durante la dichosa Temporada Alta –uno se ha malacostumbrado a tenerlo siempre todo para él-.

Quería hacer submarinismo en las aguas de Komodo y bailar con gigantescas mantas raya y tiburones. Quise ver con mis propios ojos dragones vivos, y quería querer muchas cosas pero me faltó planificar. Acostumbrado a ir sobre la marcha y a mis anchas no anticipé que en temporada alta la gente viene con el tiempo justo y con todo reservado desde hace semanas e incluso meses. Son los felices como yo los que se quedan sin poder subir al barco, a la merced de averías de última hora sin margen de maniobra y de profesionales muy poco profesionales que le dejan en tierra sin poder ver ni dragones, ni mantas raya, no más que el rostro frustrado de uno mismo reflejado en el espejo.

Salvó lo amargo de mi paso por Labuanbajo un paseo al atardecer. Viendo como cargaban los búfalos en el ferry, paseándome por el mercado de pescado local y haciendo la mona con los nenes de turno que jugaban al fútbol con camisetas de Real Madrid o hacían el tonto por los callejones multicolores entre el nuevo paseo marítimo en construcción y la carretera. Me salvaron la tarde la dos Bintang que me tomé al atardecer en aquella terracita mientras pensaba cómo contaría las noches de Bangkok.

Amaneció al tercer día, se torció todo sin remedio. Trastoqué todos mis planes y en nada ya había empaquetado y estaba montado en bus que tardaría horas en arrancar, que recogería casualmente a Eva y Guillem por el camino tras su noche de novios en una islita, y que al cabo de otra jornada maratoniana por la infinitas curvas del interior de Flores para acabar llegando a Bajawa en el corazón de la isla.

Vamos al trote, a contra-reloj. Una carrera hacia adelante, a sabiendas de que siendo temporada alta no sólo está todo lleno, sino que a más a más la amabilidad de los locales se ve enturbiada en demasiadas ocasiones por el afán de inflar los precios por eso del “a ver si cuela”, con malas maneras en ocasiones. Resulta odioso y frustrante, y en éstas, si quiero seguir perfeccionando mis formas en Arte del Viajar, tendré también que aprender a moverme en estos tiempos y a estos ritmos: tragándome mis orgullos, renunciando a la improvisación continua y poniéndole mejor cara al mal tiempo.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. eva

    amore, welcome to the real world! El món de la minoria que dins de la majoria poden permetre’s unes vacances a l’altra punta del món ;)

    Magnífica la teva imatge traient el cap per les petites finestres d’aquell bus de colors i cridant “Evaaa, Guillemmm”, quan et fèiem a l’altra punta de l’illa! És molt guai llegir aquestes històries 8 mesos després!

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