Te soñé otra. Yogyakarta, Indonesia

Llevaba tiempo oyendo hablar de ella y cuando finalmente nos encontramos me sorprendió: me la había imaginado distinta. Siempre se referían a ella como la capital cultural del país, la segunda ciudad de Java –no en tamaño- pero sí donde residía el alma javanesa contemporánea. El lugar de los jóvenes –aunque la ciudad universitaria sea Bandung- y el lugar donde todos los bulés –extranjeros- trotamundos de paso siempre querían quedarse, para vivir Indonesia más que para hacer dinero, que el dinero espera en Jakarta. Ciudad de tradición, de cultura y de modernidad. Todas estas cosas repasaba en el listado de mi imaginario mientras cruzaba en tren los exquisitos paisajes del centro de la isla de Java camino de Yogyakarta, la capital cultural de Indonesia.

Te soñé otra, sí, pero te confieso que me enamoraste lo mismo. No pude no rendirme a tus encantos desconchados, a tus maneras informales, a tus colores en los rincones y al ejército de durmientes que vigilan el sueño de una ciudad que se negó a serlo. Yogyakarta no es una ciudad, o sí que lo es, pero es que su encanto reside en el hecho de que la ciudad tal como la concebimos quedó atrapada entre dos trozos de pueblo grande. Como un huevo frito al plato, valga la similitud. Donde la ciudad es la clara que flota entre la yema del Kraton que es un pueblo que quedó atrapado entre ruinas, algunas vivas y otras muertas, y los arrabales de la ciudad propiamente dicha que vuelven a ser trozos de pueblo que le cuelgan de los faldones de la urbe moderna que no pudo con el talante desenfado de la Yogya de siempre.

Ante el desparpajo de la supuesta ciudad que no lo era, estructuré mi paso por Yogyakarta a partir de 3 puntos de referencia que seguí a rajatabla. El primero, mis desayunos copiosos con libro y té. El segundo, pasear por pasear sin rumbo y dejando las glorias del pasado para el final. Y el tercero, no dejar pasar ni una sin retratar el alma joven rebelde y revuelta que embadurna tus paredes con tanto arte.

1 de primero. ¡Ai qué suerte la mía que sin buscarlo lo encontré! Un rincón apartado del poco bullicio matutino de las avenidas desiertas del Kraton. Un lugar donde tenían comida recién hecha ya de buena mañana, donde había una mesita en un rincón a la sombra, con una estera a la espalda por la que se colaban los rayos del sol salpicándolo todo de luz y alegría. Desayuno a la indonesia con mi arroz, mi mucho picante por favor y mis dosis de tempe para calmar el mono. Algo de té y para postre todo el tiempo del mundo para devorar día tras día las palabras de Stieg Larsson ¿Lo devoré yo o me devoró él a mí? Purito estado ingrávito en el que quedaba suspendido saboreando cada instante con una intensidad difícilmente descriptible con palabras. Purito estado de gracia en medio de una cotidianidad en la que yo era claramente un ente extraño que se sentía como en casa.

2 de segundo. Empezaba cada jornada en el punto exacto donde la había dejado el día anterior: en casa de Ale, mi anfitriona de CouchSurfing en Yogya. Una bella ecuatoriana con busto de esfinge, que estudió Bellas Artes en los EE.UU. y que acabó aterrizando en Yogya y estudiar el arte Batik. Que se gana la vida como la mayoría de los otros bulés, dando clases de inglés a las nuevas generaciones de indonesios adinerados, mientras se piensa su siguiente gran salto por el mundo. En el umbral de esa puerta empezaba mi jornada, pero lo que me venía por delante sólo lo sabía la siguiente esquina.

Pronto descubrí que tras las murallas de la antigua ciudad nada había cambiado. Descubrí que todos seguían conociéndose entre ellos y que por eso dejaban las puertas abiertas y las macetas en la calle. Para adornar sus casas, sí, pero para hacer de la calle un lugar de todos. Me quedé atrapado en las puertas, en los marcos, en las contraventanas. En todos esos rincones llenos de colores que se mezclaban sin rubor de formas que yo siempre pensé que serían imposibles o incorrectas. Sin vergüenzas, sin manías, el rojo con el verde, el rosa con el verde limón, y suma y sigue, y déjate llevar que sobre gustos estará todo escrito, pero también está todo por descubrir.

Calles que corren paralelas a palacios tras muros toscos encalados. A cementerios con sus tumbas musulmanas que son el patio de tres casas con su pozo. Y los pozos. ¿Pozos en el corazón de una ciudad histórica? Pues claro que sí, porque el pueblo se convirtió en ciudad, para luego convertirse en histórica, pero siguió siendo pueblo y dónde iban a ir a buscar el agua sino al pozo que está en el patio que es un arenal al que abren todas las puertas. Donde se sientan las señoras y donde corretean los niños. La casa que se abre al patio que se abre a la calle que se abre al mundo. El concepto de espacio privado en Indonesia no existe, y para bien o para mal, vivir allí implica estar dispuesto a salir del baño y encontrarte a los vecinos sentados en tu salón viendo el televisor ¿Porqué debería cerrar la puerta? ¿Por qué pedir permiso para entrar? Si al final todos somos vecinos y tu casa es la mía como la mía es tuya. Yogya, la ciudad que aún siéndolo se resistió a dejar de ser pueblo.

Y entre pozos, patios, cementerios y ropas tendidas aparecen las ruinas de monumentos de otros tiempos de los que la gente cuelga las maravillosas jaulas de los pájaros que cantan los amaneceres. Así, a palo seco, con el mismo desparpajo que rige la vieja Yogya, aparecen de pronto Los Baños del Sultán que me tuvieron a sus pies. Por ser portugués el arquitecto –la arquitectura portuguesa siempre tendrá mi admiración- y por saber dejar de ser él mismo para servir y hacer sentir a los demás. Un vocabulario formal y una sencillez tan escueta que supieron hacer de unas tapias encaladas color crema, rematadas con alguna que otra escultura mitológica, un lugar canto a los sentidos y al placer. El Tamansari -los baños del sultán-, aún siendo una sombra de lo que debieron ser, conservan esa chispa que te hace soñar con el murmullo del agua, con el olor de flores exóticas y raros inciensos. Con cuerpos desnudos chapoteando en las albercas a la luz del sol o en las noches de luna llena. La sensualidad y el erotismo de oriente…

Y tras la puerta del Tamansari otro callejón y la puerta de la casa de enfrente abierta de par en par. Remonto hacia el norte en busca de la línea del ferrocarril y cruzo cajuelas que corren junto a riachuelos, de puentecillos que saltan de lado a lado. Talleres donde hacen y empaquetan artesanalmente los dulces de venderán en la superturística Jalan Malioboro –el equivalente a Las Ramblas de Barcelona- un lugar de paso del que más vale huir.

Yogya, te soñé otra y siendo la que eres me gustas todavía más. Ante tu frescura y tu desparpajo impuse orden y te estructuré en torno a 3 verdades tan incuestionables como arbitrarias. De las 2 primeras he hablado pero de la tercera, por ser lo que es y por ser tan distinta a todo lo demás, dejaré pasar 4 días más. No son palabras lo que está por venir, son imágenes que retratan la excepcionalidad de esta ciudad en la amplia región del sureste asiático.

…continua en el siguiente post, GraffCity

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. magda

    ok Franc, em rendeixo definitivament a Yogyakarta i a la teva ploma. :*

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