Lliçons de Pedra. Prambanan & Borobudur, Indonesia

Selvas, aldeas perdidas ancladas en el tiempo, volcanes gigantescos que se convirtieron en lagos, islas paradisíacas cuyos fondos marinos están poblados por criaturas de leyenda. Playas negras y mega-ciudades superpobladas. Indonesia parece tenerlo todo pero falta algo en esta lista: Piedras.

En Indonesia hay poca piedra -que es como yo le llamo a los vestigios históricos, los monumentos de toda la vida-. Y éste es un dato que dice mucho de las sendas que recorrieron las civilizaciones que se cuajaron en este universo de islas y cuyos testimonios arquitectónicos son más bien escasos. Aunque por suerte siempre hay excepciones, y en este caso ambas se encuentran muy cerca de Yogyakarta. Pasen y vean las glorias hindúes de Prambanan y el gigantesco mandala budista de Borobudur.

Llevaba unos días atrapado en mi divina rutina de Jogja y sabía que tenía pendientes una visita a los conjuntos arqueológicos más importantes de toda Indonesia: Prambanan y Borobudur. La típica excursión turística a la que apuntas y que te pone las cosas fáciles y con la que sin más cumples el expediente. Supongo que me salió mi vena chulesca o mi orgullo viajero, y me negué a pasar por el aro, así que alquilé una moto para ir a mi aire. Y visto lo visto todavía no sé si me salió a cuenta, porque a veces también vale la pena dejar de ser viajero para ser turista sin más y a mucha honra que tampoco es pecado.

El caso es que opté por la moto y teniendo en cuenta que el momento glorioso para visitar Borobudur es el amanecer, sólo me quedaba visitar Prambanan al ocaso. Y como Borobudur está a 60km de Jogja y Prambanan tan sólo a 17km estaba claro el plan de ruta: Alquilar moto al medio día, viaje a Prambanan para disfrutar del atardecer y salir disparado hacia Borobudur antes de que me pille la noche en las siempre alborotadas carreteras javanesas.

Venga valiente, campeón e inconsciente. Ver el atardecer en Prambanan implica comerte la hora punta del final del día en la periferia de Jogya, que aunque la hayas cantado como un pueblo no deja de ser una ciudad bulliciosa que se rige por códigos indonesios. Y eso implica que más te vale estar con los ojos bien abiertos, las orejas limpitas para oír lo que te viene por detrás y la mirada periférica trabajando al 200% si no quieres acabar siendo el bulé tontaina que acabó por los suelos porque no vio las diez motocicletas que le salieron por ambos lados cuando el semáforo estaba todavía en rojo. Atención: Esta no es tierra para cándidos. Sabiendo que voy hacia el este, siendo incapaz de pronunciar todavía hoy día el nombre de estas célebres ruinas, finalmente consigo llegar. Aparco, pago una barbaridad de rupias por la entrada –precio extranjero porque los locales pagan el 15% que yo- y estamos dentro.

Honestamente, venía sin expectativa alguna, incluso dudé en ir, pero por aquello del “venga va, ya que estamos aquí”, pues alá, para allá fuimos. Y honestamente, me encantó. Supongo que el rodaje en el arte de visitar monumentos ayudó. Primer consejo: salte de la bulla. Cuando se trata de monumentos las hordas de turistas no quedan bien en la foto. Así que vete directo hacia donde no hay nadie. Segundo consejo: no vayas donde va Vicente, y si lo que estás viendo es grande, menos. Vicente va al centro del meollo, pero resulta que en estos complejos monumentales siempre es un plus salirte lejos, fuera del camino y poder tener una perspectiva general del todo. Créeme, lo vas a saborear mucho más. Tercero y último: Los dos primeros consejos son el mismo y son válidos pero no son suficientes, así que si todo el mundo está en un sitio es porque hay algo que vale la pena ver. No te hagas el estrecho, vete para allá y se un turista más. Aprender a viajar/vivir implica aprender que todos los roles son válidos. Lo difícil es saber discernir cual es el apropiado a cada momento.

La luz era perfecta, el entorno asilvestrado con montones de sillares esparcidos por el suelo le daban el aire de ruina que le habían despojado las avenidas con parterres que te marcaban el camino central. Y sí, pensaba que Prambanan era el “patito feo” y que iba para fichar, pero me pareció extremadamente elegante. Sus torres alzándose al cielo con porte pero sin soberbia. La textura copiosa de sus muros enfatizada por la luz menguante. La repetición sistemática de un motivo a diferentes tamaños y con ligeras variaciones. La percepción de que el conjunto monumental se expande a medida que te acercas y prestas atención a los murales que narran en piedra las epopeyas de la mitología hindú.

Prambanan es hijo de los tiempos en los que los reinos del sur de la India hacían mella en estas islas y sentaban las bases y las lógicas de las futuras civilizaciones que estaban por llegar. Éste es un templo hindú por su barroquismo, por su esencia vertical y porque su vocabulario, aún sin tener paragón directo en el subcontinente indio, es hijo de ese delirio formal que mana de sus textos sagrados y de su mitología en general que impregna todo lo que toca.

He dado ya suficientes vueltas y va cayendo el sol y estoy más que satisfecho de la visita. Es hora ya de subirme de nuevo a la moto y recorrer los 80 km que me separan de Borobudur. Al final pasé demasiado tiempo aquí y se me viene la noche encima. No es tanto el follón y el caos circulatorio al que al final te acostumbras, es el frío. Durante el día el sol del trópico es tórrido e implacable, pero se va y la noche viene fresca. Y si vas en moto y en camiseta, pues ya no te cuento. Carretera y manta y encuentro una cama en medio de la nada donde pasaré las pocas horas que me separan de la madrugada. Porque Borobudur es madrugada y es amanecer.

Los eruditos lo sabrán mejor que yo, pero no por eso dejaré de contarlo. Borobudur no es un templo, Borodubur es un mandala, un mapa del universo cósmico y de la mente humana visto según la filosofía budista. Y este mapa –como todo mapa del tesoro- muestra un camino, el camino hacia el Nirvana, el fin del sufrimiento en este mundo y los que estén por venir –los budistas como los hindúes creen en la reencarnación de las almas-. El budismo, a diferencia de las religiones occidentales que conocemos –judaísmo, cristianismo e islamismo-, es ateísta –sin dios todopoderoso y omnipresente-. El budismo, más que una religión de fe es un compendio de prácticas, un método o una manera de ejercitar la mente de cada uno con la única intención de pacificarla y liberarla de las cadenas que la atan al sufrimiento humano en esta vida, lo que nos angustia y nos quita el sueño. Ese método, ese camino, es lo que está representado en este mandala –mapa- que es Borobudur, como los pórticos románicos y los murales en nuestras iglesias del medievo. Una manera de dejar constancia de una enseñanza de forma gráfica y explícita más allá de escritos en tiempos de analfabetismo e imprentas por inventar.

Borobudur se construyó en el año 825 de nuestra era, durante la época de influencia del budismo en Java para más tarde ser abandonado y olvidado a la jungla. No fue hasta 1814 que el inglés Thomas Stamford Raffleslo lo presentó al mundo occidental. Allí seguía, erguido en medio de las llanuras de Kedu, enterrado bajo capas de ceniza volcánica, rodeado de jungla, de palmeras y de montañas con el todavía humeante volcán Gunung Merapi al fondo. Borobudur es sinónimo de amanecer, sinónimo de deambular por sus terrazas, de dejarse perder y de perder la mirada en sus paisajes lejanos y en sus frisos cercanos. En los centenares de budas que pueblan este mapa del universo hecho de piedra y silencio.

Borobudur es el reto de huir de las hordas de turistas para repensar que toda aspiración humana siempre es un reto individual que apunta hacia arriba, que toda mejora está basada en un recorrido sin prisa pero sin pausa hacia lo mejor de nosotros mismos. Borobudur es un templo de significado oscuro en una isla lejana de un tiempo antiguo, pero su mensaje es claro y próximo: Que no hay término medio, que todo lo que no avanza hacia la luz se sume en la oscuridad. Que más allá de dioses o demonios, al final eres tú el que escoge ser un poco mejor o un poco peor de lo que fuiste ayer, o de lo que esperas ser mañana… Lliçons de Pedra -lecciones de piedra-.

GraffCity. Yogyakarta, Indonesia

…viene del post anterior, Te soñé otra

Y es que no hay 2 sin 3.

Jogja se distingue de todas las demás ciudades del sureste asiático porque parece ser que los jóvenes de hoy tomaron el relevo de las artes de ayer. El pueblo que se resistió a ser ciudad no pudo escapar a su destino, o a su pasado. Seguiría siendo pueblo pero los recortes de muros de ciudad hablan por sí mismos.

No diré más porque las imágenes lo cuentan todo –al menos para mí y para el que quiera y sepa escuchar- y porque ya hablé de ello en una Postal que ya entonces gritaba Achtung! Acthung! –¡Atención! ¡Atención! en alemán-.

 

Te soñé otra. Yogyakarta, Indonesia

Llevaba tiempo oyendo hablar de ella y cuando finalmente nos encontramos me sorprendió: me la había imaginado distinta. Siempre se referían a ella como la capital cultural del país, la segunda ciudad de Java –no en tamaño- pero sí donde residía el alma javanesa contemporánea. El lugar de los jóvenes –aunque la ciudad universitaria sea Bandung- y el lugar donde todos los bulés –extranjeros- trotamundos de paso siempre querían quedarse, para vivir Indonesia más que para hacer dinero, que el dinero espera en Jakarta. Ciudad de tradición, de cultura y de modernidad. Todas estas cosas repasaba en el listado de mi imaginario mientras cruzaba en tren los exquisitos paisajes del centro de la isla de Java camino de Yogyakarta, la capital cultural de Indonesia.

Te soñé otra, sí, pero te confieso que me enamoraste lo mismo. No pude no rendirme a tus encantos desconchados, a tus maneras informales, a tus colores en los rincones y al ejército de durmientes que vigilan el sueño de una ciudad que se negó a serlo. Yogyakarta no es una ciudad, o sí que lo es, pero es que su encanto reside en el hecho de que la ciudad tal como la concebimos quedó atrapada entre dos trozos de pueblo grande. Como un huevo frito al plato, valga la similitud. Donde la ciudad es la clara que flota entre la yema del Kraton que es un pueblo que quedó atrapado entre ruinas, algunas vivas y otras muertas, y los arrabales de la ciudad propiamente dicha que vuelven a ser trozos de pueblo que le cuelgan de los faldones de la urbe moderna que no pudo con el talante desenfado de la Yogya de siempre.

Ante el desparpajo de la supuesta ciudad que no lo era, estructuré mi paso por Yogyakarta a partir de 3 puntos de referencia que seguí a rajatabla. El primero, mis desayunos copiosos con libro y té. El segundo, pasear por pasear sin rumbo y dejando las glorias del pasado para el final. Y el tercero, no dejar pasar ni una sin retratar el alma joven rebelde y revuelta que embadurna tus paredes con tanto arte.

1 de primero. ¡Ai qué suerte la mía que sin buscarlo lo encontré! Un rincón apartado del poco bullicio matutino de las avenidas desiertas del Kraton. Un lugar donde tenían comida recién hecha ya de buena mañana, donde había una mesita en un rincón a la sombra, con una estera a la espalda por la que se colaban los rayos del sol salpicándolo todo de luz y alegría. Desayuno a la indonesia con mi arroz, mi mucho picante por favor y mis dosis de tempe para calmar el mono. Algo de té y para postre todo el tiempo del mundo para devorar día tras día las palabras de Stieg Larsson ¿Lo devoré yo o me devoró él a mí? Purito estado ingrávito en el que quedaba suspendido saboreando cada instante con una intensidad difícilmente descriptible con palabras. Purito estado de gracia en medio de una cotidianidad en la que yo era claramente un ente extraño que se sentía como en casa.

2 de segundo. Empezaba cada jornada en el punto exacto donde la había dejado el día anterior: en casa de Ale, mi anfitriona de CouchSurfing en Yogya. Una bella ecuatoriana con busto de esfinge, que estudió Bellas Artes en los EE.UU. y que acabó aterrizando en Yogya y estudiar el arte Batik. Que se gana la vida como la mayoría de los otros bulés, dando clases de inglés a las nuevas generaciones de indonesios adinerados, mientras se piensa su siguiente gran salto por el mundo. En el umbral de esa puerta empezaba mi jornada, pero lo que me venía por delante sólo lo sabía la siguiente esquina.

Pronto descubrí que tras las murallas de la antigua ciudad nada había cambiado. Descubrí que todos seguían conociéndose entre ellos y que por eso dejaban las puertas abiertas y las macetas en la calle. Para adornar sus casas, sí, pero para hacer de la calle un lugar de todos. Me quedé atrapado en las puertas, en los marcos, en las contraventanas. En todos esos rincones llenos de colores que se mezclaban sin rubor de formas que yo siempre pensé que serían imposibles o incorrectas. Sin vergüenzas, sin manías, el rojo con el verde, el rosa con el verde limón, y suma y sigue, y déjate llevar que sobre gustos estará todo escrito, pero también está todo por descubrir.

Calles que corren paralelas a palacios tras muros toscos encalados. A cementerios con sus tumbas musulmanas que son el patio de tres casas con su pozo. Y los pozos. ¿Pozos en el corazón de una ciudad histórica? Pues claro que sí, porque el pueblo se convirtió en ciudad, para luego convertirse en histórica, pero siguió siendo pueblo y dónde iban a ir a buscar el agua sino al pozo que está en el patio que es un arenal al que abren todas las puertas. Donde se sientan las señoras y donde corretean los niños. La casa que se abre al patio que se abre a la calle que se abre al mundo. El concepto de espacio privado en Indonesia no existe, y para bien o para mal, vivir allí implica estar dispuesto a salir del baño y encontrarte a los vecinos sentados en tu salón viendo el televisor ¿Porqué debería cerrar la puerta? ¿Por qué pedir permiso para entrar? Si al final todos somos vecinos y tu casa es la mía como la mía es tuya. Yogya, la ciudad que aún siéndolo se resistió a dejar de ser pueblo.

Y entre pozos, patios, cementerios y ropas tendidas aparecen las ruinas de monumentos de otros tiempos de los que la gente cuelga las maravillosas jaulas de los pájaros que cantan los amaneceres. Así, a palo seco, con el mismo desparpajo que rige la vieja Yogya, aparecen de pronto Los Baños del Sultán que me tuvieron a sus pies. Por ser portugués el arquitecto –la arquitectura portuguesa siempre tendrá mi admiración- y por saber dejar de ser él mismo para servir y hacer sentir a los demás. Un vocabulario formal y una sencillez tan escueta que supieron hacer de unas tapias encaladas color crema, rematadas con alguna que otra escultura mitológica, un lugar canto a los sentidos y al placer. El Tamansari -los baños del sultán-, aún siendo una sombra de lo que debieron ser, conservan esa chispa que te hace soñar con el murmullo del agua, con el olor de flores exóticas y raros inciensos. Con cuerpos desnudos chapoteando en las albercas a la luz del sol o en las noches de luna llena. La sensualidad y el erotismo de oriente…

Y tras la puerta del Tamansari otro callejón y la puerta de la casa de enfrente abierta de par en par. Remonto hacia el norte en busca de la línea del ferrocarril y cruzo cajuelas que corren junto a riachuelos, de puentecillos que saltan de lado a lado. Talleres donde hacen y empaquetan artesanalmente los dulces de venderán en la superturística Jalan Malioboro –el equivalente a Las Ramblas de Barcelona– un lugar de paso del que más vale huir.

Yogya, te soñé otra y siendo la que eres me gustas todavía más. Ante tu frescura y tu desparpajo impuse orden y te estructuré en torno a 3 verdades tan incuestionables como arbitrarias. De las 2 primeras he hablado pero de la tercera, por ser lo que es y por ser tan distinta a todo lo demás, dejaré pasar 4 días más. No son palabras lo que está por venir, son imágenes que retratan la excepcionalidad de esta ciudad en la amplia región del sureste asiático.

…continua en el siguiente post, GraffCity