De vuelta a la ordenadamente caótica Yangon. Myanmar

Vuelvo a estar en Yangon. Lo que aquí empezó aquí acaba. Han pasado 26 días, desde que dejé la ciudad atrás para adentrarme en el país. A la vuelta uno nunca sabe lo que se encontrará. ¿Fue real ese primer flechazo con la ciudad o simplemente un calentón de viajero pasajero? Ha resultado que no tuvo nada de calentón, Yangon me gusta, me encanta el jaleo que rezuman sus calles, me encanta el follón de su día a día o de su noche a noche. Yangon, la ordenadamente caótica Yangon.

Me había reservado un plan sencillo para la vuelta. Sencillo que no simple: Llegada intempestiva a las 5 de la mañana a la archifamosa Highway Bus Station, aterrizaje forzoso en el Mother Land Inn 2 Guest House, siesta matutina a ritmo de ipod y desayuno a las 8.30 de noddles con leche de coco y varias cosas más que ignoro, pero que religiosamente he disfrutado. Luego, algo tiempo para Outteresting.com que no vean ustedes el trabajo que da y lo a gusto que lo hago.

Y esto son los entrantes, tan sólo para hacer algo de tiempo, porque el plato fuerte del día se llama Shwe Dagon Pagoda y debe ser lo más de lo más para que, en el país de las pagodas por todas partes, sea considerada inigualable. Decido ir a pie, andando una hora larga, cruzando la ciudad. Me divierte reconocer las calles, los mercados, recordar que “ya pasé por aquí”. En mi previa visita me esmeré en conocer y patearme la ciudad y ahora redisfruto de la inversión.

Llego. Pero antes la entreveo al final de la avenida que lleva su nombre. La gigantesca campana dorada se alza sobre una colina, rodeada por una densa trama de construcciones de orden menor, doradas también, porqué no. Me descalzo en símbolo de respeto tal como manda el protocolo en estos lugares y subo las escaleras dispuesto a ensuciarme los pies una vez más. Al final, casi por sorpresa, limitando la perspectiva para incrementar su impacto, aparece la campana dorada. Es una mole de esbelta silueta perfilada contra el cielo azul. El escenario es sutilmente complejo y está acertadamente planteado. La gran pagoda aparece rodeada por ecos menores, pequeñas pagodas que la rodean e impiden entender realmente la escala de su grandeza al tiempo que la enfatizan. Todo este primer conjunto flota sobre un plano de mármol que a modo de lienzo continuo lo unifica. El resto es un sinfín de pagodas menores, de templos, de edificios auxiliares, y todos ellos dispuestos de manera ordenadamente aleatoria creando una infinidad de rincones y perspectivas cambiantes del conjunto principal. Un pequeño universo en el que se pierden los turistas y los locales. Un pequeño universo donde cada cual puede encontrar su rincón. Unos para rezar, otros para fantasear y otros para echarse una siesta en homenaje a si mismos y a los dioses. Nosotros, los turistas, para buscar esa foto que nadie vio antes y que seguro que ya se tiró.

Doy mi vuelta de reconocimiento. Me ha costado sacar la cámara, y es que estoy hasta el moño de fotos y pagodas. Y básicamente decido buscar mi rincón, el mejor rincón, y desde allí que salga lo que tenga que salir. Al final opto por relajarme, sentarme sobre el duro mármol y contemplar esta maravilla mientras pongo a prueba, una vez más, la estructura ósea de mi trasero. Vale la pena, porque justo detrás mío se quema incienso compulsivamente al tiempo que una grabación recita un mantra martilleante de lo más sugerente. Y claro, a falta de estímulos, o desbordado por ellos, me da por pensar.

Y pienso en lo increíble de este pais, y la increíble relación que tiene esta gente con su religión. Créanme, es algo fascinante recorrer Myanamar, y ver pagodas y pagodas, y monjes, y postales de budas, y gentes orando, y monasterios, y más pagodas. Un país donde la espiritualidad gotea a través de cada rincón. Aunque curiosamente no es una espiritualidad metafísica, está en el día a día, en su manera de hacer, es pura devoción. A veces dudo si tan sólo adoran ídolos o si son sólo montañas de piedra cubiertas de oro lo que veneran. Pero luego están sus sonrisas, su generosidad, su inocencia, su dignidad, su señorío. Éste es un pais de radicales religiosos donde no parece haber un solo extremista. La tolerancia y la flexibilidad lo empapan todo, y es posible que sea por eso por lo que visten la más larga dictadura militar del siglo XX aunque ya estemos en el XXI.

Y todo esto me viene a la cabeza sentado durante hora y media en un rincón, ante la imponente Shwe Dagon Pagoda. Y pienso que me sorprende que no sienta nada. Ni para bien ni para mal. Por encima del desdén está una indiferencia a caballo de la admiración, pero que no llega concretarse en una comprensión real más allá de la sorpresa y el respeto. Vamos, que lo entiendo pero no lo comprendo. Y ahora, escribiendo estas líneas, me pregunto si puede ser este el epitafio de mi paso por Myanmar, que los he entendido, pero no creo haberlos comprendido. Que para comprender no basta con nadar, ni tan solo bucear, que en cierto modo hay que ahogarse en sus aguas y tocar fondo. Que hay que perderse y diluirse, diluir ese yo occidental que todo lo filtra y lo traduce, que todo lo piensa, lo escribe y lo fotografía. A lo mejor resulta que para comprender hay que abrirse y deshacerse, para que, a partir de ahí, algo nuevo pueda crecer y finalmente comprender, desde el único punto posible, desde dentro.

Mañana dejo Myanmar, pero quedan avisados: el próximo destino pasado Bangkok se llama Mae Sot, y Mae Sot no se entiende sin Myanmar, su pasado, su presente y puede que también su futuro.

Yangon tiene un color especial. Myanmar

Cuando uno camina por las calles de Yangon tiene una sensación ambigua, mejor, una duda. Juego a imaginarme su pasado o su origen y dudo entre dos posibles versiones. La primera es que Yangon ya existía y fue abandonada en algún momento. Pasados los años, sus actuales habitantes la encontraron así tal cual medio en ruinas y tomaron posesión de sus calles, sus casas y sus templos.

La segunda es que, decididamente, los habitantes actuales fueron los de siempre aunque por algún motivo desconocido la ciudad fue asolada por una guerra incierta. Una guerra del tiempo contra sus gentes. Levantó sus aceras, oxidó las fachadas de sus edificios, reventó el asfalto de sus calles y bañó de una pátina constante y vibrante todas sus superficies -tanto las horizontales como las verticales-.

Al final del primer día todavía no he decidido cual de las dos historias es la que contaré.

Mientras sigo dudando, lo que sí contaré es que me he enamorado de un color. Un color que cubre muchas de las fachadas de esta ciudad: es un azul verdoso o un verde azulado. Está en los edificios más antiguos, de un origen colonial que sin duda sabe a británico, aunque también cubre otros edificios de madera que parecen salir de una versión tropical de las mil y una noches.

Me ha enamorado también el ritmo suave con el que palpitan todos sus rincones, tan distinto del alocado frenesí de la Bangkok en la que ayer dormía. Aquí en Yangon es la pausa la que marca el compás. Una pausa sazonada con mucho de mezcla en esta tierra llamada Myanmar que habita entre dos mundos tan inabarcables como antiguos: por un lado la India, por otro el universo Chino.

Paseando por sus calles, miradas indias me miran. Paseando por sus calles, miradas chinas me miran. Paseando por las calles de Yangon, miradas birmanas me miran. Las mezquitas, las pagodas y los templos hindúes se suceden uno tras otro. No son un constante, pero sí un punto de referencia. Y no sólo es la arquitectura la que articula el pulso de esta ciudad. Ni sólo sus gentes. Es su comida en la variedad de puestos que salpican esttas aceras reventadas por esa guerra imaginaria o por el simple paso del tiempo y el descuido -y la pobreza-. A pesar de todo, a pesar de la mezcla y a pesar de ser un enclave entre dos mundos, Yangon y Myanmar son su mundo. Un mundo en el que la vegetación crece literalmente sobre las fachadas. Un mundo en el que en cada esquina puede crecer un frondoso baniano envuelto en pañuelos de colores, acompañado por una templete, a veces budista, a veces hindú. Una ciudad contenida en una trama urbana rígida, precisa y exacta, estrecha y alargada, heredera de los tiempos en que Yangon era británica. Una ciudad en la que más allá del límite de fachada, la vida se amontona de manera caótica y frondosa, densa y oscura, haciéndote sentir que todo está por descubrir y que está todo por contar.

Yangon, Myanmar, día cero. Queda un mes por delante…