La Cima de la Montaña. Gunung Rinjani, Indonesia

Un paso, tomo aire, levanto un pie y otro paso…

Éste es ahora mi mundo. Mi universo ha quedado reducido a esto, a este paso que sigue a otro que puede que siga al siguiente; todo lo demás ha dejado de existir. El sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás, tres al frente y otro atrás. Hago mis cuentas y me digo que “todo está bien Franc, te salen dos hacia adelante”. A cada resbalón estoy un poco más cerca de la cumbre.

La ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa. Marchamos torpemente por el filo de la navaja en una extraña procesión pagana, somos muchos pero estoy a solas. Hay caminos que sólo puede recorrer uno mismo. La luna como testigo, el gigantesco cráter solitario sobre el mar de nubes, el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo, brillan mis ojos en la noche y sonrío para mis adentros a cada vistazo rápido al espectáculo que me rodea. Por algún extraño motivo mis paraísos son siempre así, momentos como éste: lugares de nada, de vacío, hechos de noche o de alba, de luna, de nubes, lugares donde no se puede estar, lugares de paso. Lugares de una belleza solemne. Lugares sagrados que las palabras nunca podrán describir porque dejaron de ser lugares en el mundo para convertirse en estados del alma.

Cargo a cuestas, tonto de mí, la cámara, dos lentes y el trípode. Justo antes de encarar la última cresta me detengo para tomar un par de fotos, no puedo resistirme. Sé que este lugar y este momento son y serán eternos hasta el día que me muera. Se me hielan las manos, estoy tiritando, Eva y Guillem reaparecen mientras el resto sigue montaña arriba.¿Qué puedo decir de este cielo, de este lago de escamas plateadas, del mar de nubes que se extiende hacia los confines del mundo?¿Qué puedo contar de la luna que alumbra las tinieblas por las que desfilamos, de estos cielos infinitos?

Entre foto y foto ya no me siento los dedos, hace demasiado frío y hay que continuar. Me despido de Guillem y Eva y enfilo el último tramo de 3 días de travesía desde Senaru. Mi mirada fija en el suelo, mi atención fija en mi respiración. Mis ojos puestos en las sombras que la luna arroja sobre la gravilla. Es ahí donde hay que pisar, donde otros antes pusieron sus pies, donde sé que si piso no resbalaré. Ya no veo nada, sólo pienso en el siguiente paso, sólo pienso en la cima y en el frío, y en el sol. En el sol que está por venir, el sol que siempre termina por salir. Perdí la noción del tiempo, perdí la noción de la distancia. La cumbre me parece tan lejana, estoy agotado, pero tengo fuerzas, las justas, servirán, sé que llegaré, sí, pero tengo que relajarme.

El filo de la navaja por el que subimos es un no-lugar, un sendero resbaladizo de no más de un metro y medio de ancho expuesto a los elementos, a lado y lado una caída sin final. Hace demasiado frío, tengo que descansar pero el viento es demasiado intenso como para quedarme parado aquí sin más. Hay un corte, unas rocas y ahí me escondo, agazapado en cuclillas, viendo a los demás pasar, tomando aire y un traguito de agua. Un par de minutos, con sólo 2 minutos bastará, respiro hondo y sonrío para mis adentros una vez más, empapado y en calma, alegre, atrapado en este ahora sin ayer ni mañana. Cálculo que quedarán tres cuartos de hora más cuando al girar la cuesta y tras cinco minutos de marcha me sorprendo a mí mismo en la cima. ¿¡Qué demonios hago ya aquí!? Se me escapa una carcajada, me río de mí mismo y de mi torpeza. Esperándome lo peor me sorprendo diciéndome que tampoco fue para tanto. Las cimas de ayer empequeñecen ante las conquistas de hoy. Pero todavía está todo por llegar. Sin el sol ni un atisbo del alba, todavía sigo en la noche, en el frío, envuelto en un viento más crudo que nunca, cada soplo un latigazo.

El mundo es un lugar extraño y las cimas de las montañas lo son aún más. Los vastos horizontes, los espacios infinitos y los mil y un caminos a seguir desaparecen en las cimas de las montañas. Son pequeñas, cabemos todos sí, pero siguen siendo pequeñas, puntos en el mundo que representan una paradoja, la del callejón sin salida abierto a los cuatro vientos, otro no-lugar. Estamos rodeados de precipicios, de trampas mortales, de estrellas, de un mar de nubes, de lagos volcánicos en los que nacen otros volcanes. ¿Pero para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo?

Sigue soplando el viento, tirito sin parar. Me encontré con Conrad y con nuestros porteadores. Me dan galletas que me saben a gloria pero ahora sólo rezo –¿Rezo?- para que salga el sol. Cargué hasta la cima del Rinjani con mi trípode, las lentes y la cámara pero tendría que haber traído una muda seca… tonto. No quiero caer enfermo pero como siempre, al final, se trata de aguantar hasta que el horizonte claree sobre Sumbawa, hasta que las estrellas empiecen a desvanecerse y se rompa el hechizo de la noche.

Amanece finalmente sobre los mares de Indonesia alumbrando un espectacular diálogo de colosos pues lo único que destaca en este paisaje onírico son las mastodónticas cimas del Gunung Agung en Bali y el Gunung Tambora en Sumbawa, el sol que viene y la luna que se va, y una misteriosa sombra triangular gigantesca que se pliega sobre el horizonte… ¿Qué demonios es eso? ¿Estoy alucinando por el cansancio? Tardo unos segundos en adivinar que somos nosotros, es la cima de Rinjani proyectándose sobre el mar de nubes y ¡Plegándose en vertical sobre el horizonte! ¿Sobre el horizonte? ¡El horizonte no es un lugar, el horizonte es la línea imaginaria en la que se encuentran cielo y tierra, pero en esencia no existe! ¡Y aún así, al alba en la cima del Rinjani el horizonte se convierte en un plano concreto -como en los confines del Show de Truman– donde las sombras del mundo terrenal remontan los cielos!

Ya ha salido el sol y los temblores y el frío de hace un rato ya son sólo recuerdos. Los otros grupos emprenden la vuelta a casa y Eva y Guillem siguen sin aparecer. Tampoco el último porteador que los acompañaba. La pareja alemana tampoco ha llegado y Conrad y los otros dos porteadores están también de vuelta. Quedan unas cuantas horas de descenso hasta llegar a Sembalun Lawang así que no puedo entretenerme más en la cima. Hecho el último vistazo a mi alrededor y pese a no haber estado más de una hora me despido como si éste fuera ya uno de mis lugares. Por delante la bajada, por delante el descenso al trote loco saltando por la gravilla, recreándome en el paisaje espléndido que la noche y el cansancio ocultaron. Haciendo balance de los pasos que me llevaron hasta aquí a través de una sinfonía de paisajes cambiantes, de amaneceres y atardeceres. De dos noches muy frías en las que apenas ninguno de nosotros pudo pegar ojo. Del baño en aguas sulfurosas en el río, junto a la cascada. Balance y vuelta una vez más a ese momento en la noche en el que todo mi universo se resumía a ese siguiente paso.

Pensaba entonces en lo elemental de toda existencia, en la futilidad de elucubrar sobre posibles mañanas cuando a duras penas uno se tiene en el ahora. Pensé por un momento que debía ser así como los ya miles de personas que me he cruzado en el camino hacían para sobrevivir en su implacable día a día, azotados por la pobreza, por la enfermedad, por la incertidumbre del próximo bocado. Pensaba con el juicio nublado por la noche y el cansancio que puede que sea éste el motivo por el que la gente de mundo de bien, con todas las necesidades básicas cubiertas emprende aventuras como éstas. No es la cima, es el camino, y tampoco es el camino, es la vuelta a ese estado primordial de incertidumbre en el que vive la inmensa de la humanidad. Es la incertidumbre en la que vivieron muchos de nuestros padres cuando eran niños en los años grises de la posguerra española. Es la consciencia de que el ahora es preciado y que de sueños puede que se viva –o se malviva- pero que de ellos ni come ni viste uno.

¿Para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo innecesario? A toro pasado, con la panza llena y tras la cumbre habría dicho que vine por los impresionantes paisajes y momentos que este trekking de 3 días me ha regalado, para superarme a mí mismo o para tener batallitas que contar a los nietos. Pero con la panza vacía, mientras sufría y padecía sin necesidad a las 3 de la madrugada, helado de frío y resbalando en esta maldita cuesta de arenilla –purito castigo divino urdido por sádicas deidades griegas- te diría que vine aquí para sufrir y para sentirme vivo, para volver ese estado primordial de incertidumbre que es infinitamente más natural al ser humano que la nómina a final de mes y el contrato indefinido.

Al final resultó que la cima de la montaña -ese callejón sin salida abierto a los cuatro vientos- no fue la única paradoja. La otra y la que más, es que una vez logrado lo que siempre añoramos –la seguridad y la certeza de una agradable vida previsible y sin demasiados sobresaltos- miles de occidentales recorremos medio mundo para someternos a situaciones innecesarias que nos vuelvan a hacer sentir vivos. Y los que no, se quedan en casa y flirtean con la vecina o el vecino para no sentir que ya está todo dicho y hecho. Y los que no, tienen hijos sin saber cómo ni porqué o porque les dicen que ya toca. Una huída constante hacia adelante, un búsqueda sistemática de la novedad, una versión encubierta de ese estado primordial de incertidumbre que nos define como seres humanos, nos guste o no, seamos conscientes de ello o no.

La Carga. Kawah Ijen, Indonesia

Al final tuvimos que madrugar y no le creí hasta que dejamos atrás los campos de arroz; nunca lo habría logrado por mi cuenta con una moto de alquiler. Una vez dentro de la exuberante jungla tropical la calzada está hecha unos zorros, llena de baches y pedruscos en medio del camino, totalmente impracticable a menos que vayas montado en un jeep como el nuestro. A medida que ascendemos por la meseta van quedando atrás las costas orientales de la isla y asoma sobre el horizonte la vecina Isla de Bali. Pero Bali es el mañana, hoy todavía estoy en Java, camino del Kawah Ijen, mi última parada antes de tomar un vuelo a Kuala Lumpur para renovar por dos meses más mi visado indonesio.

De las costas de Banyuwangi a las terrazas de arrozales y bosques de canela y café. De las plantaciones a la jungla, y de la jungla a un paisaje de bosques. En apenas una hora hemos salvado un desnivel de más de 2000 metros hasta llegar a la entrada del parque en el Valle de Paltuding. El lugar donde pagamos peaje los turistas, donde viven y duermen los cargueros, donde están los almacenes. Parece que vayamos de paseo al campo pero aquí todos sabemos que vamos a su encuentro. Antes de subir pasamos por la tienda para comprar agua para nosotros y cigarrillos para Ellos. ¿Ellos?

Son todos hombres, son de aquí y de allá, buscavidas con casa y familia que vienen a pasar dos semanas porque dormir en casa cada noche sería una ruina –demasiado poco lo que ganan para pagarse el autobús a diario-. Son tipos tan duros como afables que llevan años subiéndole y bajándole las dos caras al cráter del Kawah Ijen. A una cara las romanas que marcan el peso de la carga, unas balanzas moralmente desequilibradas incapaces de establecer una relación justa entre el coste de la carga –un trabajo de titanes- y su valor –unos pocos euros al día-. Al otro lado las fumarolas que regurgitan azufre directamente desde el infierno.

Ambas son caras de una misma moneda y ambas son bellas, cada una a su manera. Por un lado el camino zigzagueante -3km de subida constante- que discurre entre frondosos árboles y olor a tierra húmeda. La cara verde, suave, esponjosa donde las rocas de azufre parecen objetos venidos de otro planeta. Por el otro la roca pelada y agrietada. Áspera y rota por el paso del tiempo. El lago turquesa al fondo -tan bello como tóxico- y las columnas de vapor de azufre señalan el camino, el destino, el punto concreto en el que las entrañas de la tierra se encuentran con los hombres de carne y hueso que, a pesar del peligro y la dureza, guerrean con ella a golpe de pico para arrancarle sus tesoros y ganar el pan para los suyos.

El entorno atrapa; los pozos de azufre te atraen. Y mientras más turistas de los que esperaba bajamos por el empinado sendero nos vamos cruzando a cada rato con Ellos. Sonríen, se paran, te piden un cigarrillo y se dejan tomar una foto. Se sientan, se relajan y se lo fuman o se lo guardan en el bolsillo. Yo ni me siento ni me relajo. Estoy tenso porque siento que compro el peso de su carga a un precio demasiado barato. Pero ellos me responden con una sonrisa, con una pregunta “¿De dónde eres?” Se saben protagonistas de la obra ¿Una tragedia? ¿Griega? Sísifos de tez oscura condenados a subir la carga cuesta arriba hasta su último suspiro. Hay orgullo en muchas de sus miradas, sí, pero en otras hay una extraña resignación. Una resignación limpia de reproche donde aún hoy sigo creyendo que debería haberlo. Repaso las fotografías y les vuelvo a mirar a la cara, a sus ojos y sigo viendo lo mismo. Miradas cansadas pero limpias. Miradas conscientes de la dureza de sus vidas pero, creo que, inconscientes de su injusticia.

La realidad es ésta: Viene al Kawah Ijen porque hace muchos años vi un reportaje de James Nachtwey que –como todo lo que él hace- se grabó con fuego en mis recuerdos. Tras venir aquí y subir y bajar, para luego volver a subir, pero justo antes de volver bajar, traté de levantar un par de cestas cargadas de azufre que esperaban en la cima al margen del camino. La realidad es ésta: no pude con la carga, ni un mísero milímetro. Ni por un atisbo fui capaz de levantar los aproximadamente 80 kilos de roca fosforesecente que estos hombres –como tú y como yo- carretean día sí, y día también por un sendero de tierra y rocas, en el que yo sudé la gota gorda, ligero de equipaje y calzando mis botas de montaña, cuando ellos calzan sandalias baratas de plástico. Jugándose la vida a riesgo de despeñarse y dejándose la salud a la merced de las nubes de gases venenosos en las que laboran. Algunos con máscaras, sí, pero muchos otros con pañuelos o camisetas atadas al cuello como única protección. Todo por unos 5 o 6 euros al día a cambio de un azufre que servirá para cosméticos…

La realidad es ésta: He pasado dos meses viajando por Java y Sumatra, dos islas tan bellas como dolorosas. Yo las he disfrutado, y mucho, pero mi última parada en el Kawah Ijen me recuerda que la belleza de este país va a la par de una injusticia social imposible de argumentar; la de otro país rico cuya población sigue siendo pobre.

Carreteras Secundarias. Danau Maninjau, Indonesia

… viene del post anterior,  Puedo llegar cuando quiera

Al final uno siempre acaba llegando, no lo duden, es cuestión de tiempo y paciencia. Yo también llegué a la estación de autobús de Bukittinggi y antes de lo que esperaba, todavía era noche cerrada. Adormilado y con los ojos llenos de lagañas arramble con mis bártulos, me bajé del bus y me refugié en la única persiana levantada. Deberían correr las 5 de la madrugada y tenía un par de horas más por delante hasta zarpar dirección Danau Maninjau. Me lo tomé con la calma del que lo tiene todo hecho y con un par de cafés pagué mi derecho a cobijarme en el único local abierto a esas horas y en esos lares, el de un padre y una hija diligentes que ponían a punto su parada mientras el resto de la ciudad apuraba las últimas caladas de sus sueños más dulces.

Son ya las siete y con la extraña euforia que te da el trasnochar tomé finalmente el bus con destino a Tanjung Raya, mi campo base a la orilla del lago. Los paisajes que desfilan por la ventana en este amanecer son simplemente bellos, adoro Sumatra. Campos verdes, arrozales, pueblitos de colorines y algún volcán perdido en el horizonte. El buen humor que me acompaña no hace más que crecer en esta ascensión suave pero continua hasta que llegamos al borde. Sabía que subíamos pero no pensé que en realidad escalábamos un volcán. Al final de la ascensión: la carena y una carretera de curvas que desciende hasta en el fondo de la caldera. Porque eso es lo que es este lago, otro volcán enorme que de tan grande y tras tanto tiempo acabó por llenarse de agua.

Me siento afortunado por haber llegado al final de este largo viaje. Y doblemente afortunado me siento al llegar por sinuosos callejones de villorrio de provincias a una playita rodeada de sencillos bungalows donde pasaré las próximas 3 noches. Acuerdo el precio de la habitación con la dueña, dejo mis cosas y me pongo el bañador para darme un chapuzón. Son las 8 de la mañana, el sol ya se asoma iluminando la cara oeste de este lago de aguas sorprendentemente calientes y me pregunto dónde quedan mis andanzas por Sibolga. Flotando panza arriba sobre la superficie se me escapa una sonrisa de oreja a oreja que no puedo contener. Danau Maninjau, me gustas.

Estoy feliz pero tremendamente agotado tras las últimas 40 horas de viaje y las dos últimas noches de mal dormir, la mañana será para descansar y la tarde para escribir. Ahí está el palacete frente al lago en el que pasaré las horas con mi ebook mientras cae el chaparrón al atardecer. Cae también la noche, se va el sol y el canto del almuecín me recuerda lo lejos que quedan ya las tierras cristinas de Batak y Nias. Se apaga el día por completo y la orilla de este lago luce sencilla y elegante como collar perlado, reflejo de luces en la orilla cuya brisa trae consigo un estridente rumor de tambores alocados que nos desconcierta a todos.

Tras el día de descanso que saboreé con plena conciencia hemos decidido con Carla –una chica portuguesa, también viajera de larga duración- que mejor alquilamos una moto entre dos para abaratar costes. Está curtida, curada de espantos y es interesante, así que creo que valdrá la pena compartir la jornada. Nos levantamos pronto, desayunamos indonesio y enfilamos la carretera que rodea el lago. Buscamos “la cascada” y ésta, dependiendo de a quién le preguntemos, parece encontrarse a 5, 13 o a 20 kilómetros. Su distancia es relativa, se expande y contrae a media que avanzamos hacia ella, pura mecánica cuántica. Voy con la mirada puesta en la carretera pero por el rabillo del ojo me da que allá arriba, al pie de las montañas nos estamos perdiendo cositas buenas. Tras casi una hora de marcha, de haber preguntado un montón de veces por la dichosa cascada y de no estar disfrutando mucho del recorrido le digo a Carla que por mí, a la primera que podamos torcemos a la derecha y que venga lo que sea. Y cómo Carla está viajada y curtida y también tira de su instinto me da el visto bueno. Dicho y hecho, primera a la derecha y cómo no, al cabo de 5 minutos y tras una cuesta de espanto en la que aguanto el tipo empieza la Fiesta.

¡Ai lo que no los estábamos perdiendo! ¡Ai que las carreteras principales están para lo que están! Pero la fiesta, la Fiesta siempre se cuece entre bambalinas. Hay que salirse del supuesto camino marcado, hay que probar, hay que errar, porque sólo probando te puedes perder, y sólo el que se ha perdido acaba por abrir esas puertas de más que te llevan a lugares inesperados. Regalos caídos del cielo que aguardaban en los márgenes a la espera del que torciera la primera a la derecha.

El paisaje a lado y lado del camino es un juego escalonado de campos de arroz, un complejo sistema de charcas que son en realidad piscifactorías y de pueblos de colorines formados por casas de madera siguiendo una extraña fusión colonial local que me tiene enamorado. Todo tiene ese aire alborotado de jardín bien cuidado que creció a su aire pero que se cuida con mimo. El alminar de la mezquita de cubiertas que a los lejos me recordaron a cáscaras de huevo puestas del revés nos indican que ya estamos en otra aldea. Son construcciones sencillas y de escasos medios, pero con la gracia y la dignidad que sólo la gente humilde y sin pretensiones sabe transmitir.

Vamos saludando a todo el personal que no para de sonreírnos mientras comentan entre ellos la jugada de ese par de bulés -extranjeros- que deben haberse perdido. Nos marcamos unas carreras con unos chavalines que van en bici y en una de nuestras paradas desciframos “el enigma de los tambores”. Una comparsa, con uniformes de gala que parecen irles grandes a todo el mundo, está ensayando al borde camino y nos regalan un recital, en primicia y en exclusiva, sólo para nosotros dos. Un hombre nos toca una serenata con una trompeta hecha de hojas de palmera enrolladas que me recuerda a un remolino. Yo me rió, me emociono y maldigo el no tener una cámara a mano para inmortalizar el momento.

Carla y yo nos cruzamos una mirada que lo dice todo: Estos son los momentos que hacen que viajar sea algo especial. Estos son los momentos porque los que uno se la juega y se sale del camino marcado aún a riesgo de llegar a ninguna parte. Son los momentos como éste los que te confirman que la gente es buena, alegre y generosa.

Retomamos la ruta, se nos acaba nuestra carretera secundaria y antes de retomar la búsqueda de “la cascada” nos tomamos una mariscada de almejas en miniatura al ajillo y con perejil. Volvemos al camino marcado, makassar padang -bar de menú local- junto a la carretera principal y por enésima vez la dichosa pregunta: “Disculpe ¿Para ir a la cascada?”.

Llegamos, la encontramos y al final resulta que no era para tanto, salvo un rayo de sol que en el momento preciso cruzó el denso follaje para ir a caer justo en el salto de agua. Un pedazo de dicha divina que tal cual llegó se fue. Yo me tumbo sobre una piedra grande para echarme la siesta y Carla se pierde por el bosque durante un rato ¿El reloj? Lo dejamos en casa.

Hemos cumplido el objetivo, hemos encontrado “la cascada” y ahora toca volver. Pero resulta que le tomamos mal la medida al lago y ha acabado siendo más grande de lo que pensábamos. Avanzamos hacia la orilla sur para descubrir que ésta era la cara buena. Alzando la vista a las paredes que suben casi verticales desde la orilla del lago uno puede mirar de frente al rostro del volcán. Hay poco margen para la jungla y los campos y las casas tienen un aspecto más asilvestrado. Estamos disfrutando pero se va acercando el atardecer y con él vienen las nubes negras y la amenaza del chaparrón diario. Le doy gas, Carla no dice nada, pero con su silencio me pide que no me duerma en los laureles mientras a cada rato tenemos que cruzar un sinfín de puentes de troncos llenos de barro bajo los cuales corren arroyos envalentonados. Sangre fría y mucha convicción, y de paso me abstengo de comentarle a Carla que en realidad no tengo carnet y que aprendí a conducir hace sólo unos meses.

Al final llegamos a Tanjung Raya porque al final uno siempre acaba llegando, no lo duden, es cuestión de tiempo y paciencia. Lo mejor del Danau Maninjau lo tuvimos que ver a toda prisa y nada más dejar la moto descarga el chaparrón. Durante una hora todo se detiene, pero poco importa ya porque nosotros estamos de vuelta sentados en el palacete frente al lago. Cae el sol, se rompen las nubes y sigue lloviendo cuando por unos instantes una mancha de luz providencial desafía la negrura iluminando el centro del lago. Magia, pura magia…

Ha sido un buen día que pone punto y final a 6 buenas semanas viajando por Sumatra. Una isla cuyo nombre siempre me hizo vibrar y soñar despierto aún ignorándolo todo de ella. Un nombre, Sumatra, que tras estos 41 días recorriéndola a fuego lento me la siento muy mía. Aquí llegué con los ánimos por los suelos, dudando de mí, de este viaje y del proyecto “Outteresting.com”. Tras la tormenta, la calma, y tras la calma necesaria, la ruta y la carretera, y siempre siempre siempre, a cada rato y cada momento su buena gente.

Gracias Sumatra. Hasta la próxima Sumatra.

 

SuperVolcán. Danau Toba, Indonesia

Las enciclopedias definen al Lago Toba como un supervolcán, un cataclismo de magnitudes planetarias que hace unos 70.000 años puso patas arriba el clima del planeta entero. De aquel desbarajuste nació este lago gigantesco de 100 kilómetros de largo por 30 de ancho en el corazón de Sumatra. Pasados los siglos y los milenios, aquella tierra muerta y yerma se convirtió en un lugar tan singular que lo mismo estás paseando entre arrozales junto a la orilla del lago, que ves bosques y paisajes alpinos en las laderas de la montaña, o te tomas un coco bajo las palmeras entre ambos. Y por si el encanto y la calma de este lago no fueran suficientes, la Isla de Samosir y sus alrededores son el hogar de los Toba Batak, un pueblo que levantan casas que parecen barcos a la deriva en medio del monte.

Mi último día en Berastagi amaneció nublado pero poco importaba porque sabía que en cuestión de horas estaría con los pies en remojo a la orilla del Lago Toba. Sin haber previsto nada del viaje pagué la cuenta y dije eso de “Disculpe, ¿Para ir al Lago Toba?”. Era fácil y tomando el bus que salía de la esquina de enfrente sólo necesitaría de dos transbordos para llegar a la pequeña península de Tuk Tuk que le cuelga a la Isla de Samosir, en centro del lago. Una jornada de viaje fácil y limpia a través de la campiña Batak.

Atrás quedan las frondosas junglas de Aceh y la sensación de avanzar por lugares remotos. El territorio Batak es una extensión de tierra fértil y clima templado. Campos de verduras, hortalizas y árboles frutales. Pocos bosques sobre un horizonte interrumpido por la silueta de algún volcán. Cielos azules y aldeas sosas a lado y lado de la carretera. Choca y sorprende este cambio de paisaje tan gradual como radical que va a la par de la desaparición de las omnipresentes mezquitas para dar paso a las más variopintas congregaciones cristinas: los Pentecosteses, los Adventistas del Séptimo Día, alguna que otra iglesia Católica desperdigada y muchos otros credos más que no conseguí retener. Toda esta disparidad de versiones del cristianismo da lugar a pueblos de mala muerte en los que habrán hasta tres iglesias para no más de treinta casitas. Me sorprende constatar que a la febril construcción de mezquitas en Aceh le sigue en Batak la febril proliferación de templos cristianos. Musulmanes o cristianos, los habitantes de Sumatra parecen tener, sea cual sea su credo, un ferviente sentimiento religioso y una pasión por levantar casas para dioses.

El paisaje, más bien indiferente durante todo el trayecto, empieza a ponerse interesante a medida que nos vamos acercando al lago. De repente me doy cuenta que lo que me parecía una llanura era en realidad una meseta que se precipita de forma abrupta sobre el lago. Bosques de pinos y abetos motean las laderas de hierba verde y el azul intenso de las aguas al fondo completan esta escena alpina. Bajamos serpenteando por una carretera de curvas sin fin que a cada giro regala un postal. Al fondo, en las tierras llanas, los campos de arroz maduro amarillean junto a los nuevos brotes de ese verde tan intenso que parece irreal. Es tiempo de siega y de siembra en esta tierra fértil capaz de alternar ambas al mismo tiempo.

A medida que perdemos altura, entre tanta curva, campo y pedazo de lago azul, empiezan a aparecer las cubiertas de las casas de los Toba Batak. Elegantes, estilizadas, caprichosas. Con cubiertas a dos aguas formando una elegante curva en la cumbrera y rematadas en aguja en los extremos. Tradicionalmente de paja, las nuevas cubiertas son ahora de chapa ondulada que envejece mal con el tiempo pero cuyos tonos rojizos casan bien con los fachadas de maderas talladas. Los Toba Batak, al contario de que Karo Batak –sus parientes lejanos de Berastagi– viven en poblados de casas unifamiliares levantadas en una o dos hileras frente una calle o plaza central que es el lugar de encuentro donde se desarrolla la vida diaria. Son espacios cuya esencia es el vacío definido por la espectacular arquitectura que los enmarca  y por el intenso azul del cielo.

Mi paso por el lago me dejó un muy buen sabor de boca, del de esos buenos días recorriendo el mundo montado en una moto. Echarse a la carretera, poco a poco, con toda la calma del mundo disfrutar del paisaje, de la gente y de la arquitectura. A mi ritmo y parando cuando quiero para explorar, para descansar o para charlar con el ejército de curiosos de turno. Fue un buen día en la carretera acompañado de Joline, una chica holandesa que andaba viajando sola por Sumatra.

Más o menos teniendo una ruta clara –la Isla de Samosir tampoco da para muchas variantes- nos dejamos llevar. Y dejándonos llevar encontramos poblados escondidos tras lomas y bosques. Casas tradicionales abandonadas al tiempo que habían envejecido con la sobria elegancia de una buena ruina. Bajamos al lago para ver como se bañaban los búfalos y apostamos por subir a la cima de la montaña para comer. La misma carretera por la que había llegado el día anterior parecía más sinuosa y más empinada en moto, y en medio de una cuesta y a más de cuarenta kilómetros del hostal, mi cadena se salió y en menos que canta un gallo un buen sumatrense se enguarró las manos para enseñarme mecánica al uso y fijar mi moto para el resto del día. Como pago una sonrisa y un buen estrechón de manos, y yo ya aprendí una cosa más.

Llegamos al mirador de Tele al medio día del sol ecuatorial. Nos tomamos una descanso, cominos lo que pudimos y charlé con tres españoles que también se habían perdido por el mundo y llevaban ya como 10 meses. Tras una siesta haciendo tiempo hasta que la luz volviera a estar en su punto emprendimos la vuelta a casa parando a cada rato que el paisaje nos parecía demasiado pintoresco como para pasar de largo. Echándonos a andar por los campos de arroz donde una cuadrilla de jornaleros nos invitaron a té y a falta de palabras nos reímos todos juntos por reírnos durante un buen rato. Un partido de fútbol al atardecer junto a la orilla y unos chavales en cueros dándose el último chapuzón del la jornada a la sombra del volcán.

Se nos está haciendo tarde, y a cada minuto que pasa la luz de torna más cálida bañándolo todo en oro. Siento el impulso de detenerme a cada momento y Joline ya no sé qué pensará, pero no puedo evitarlo. Los dos niños que corren colina abajo hinchando una lona enorme al viento. El horno donde cuecen los ladrillos. Los críos que se bañan con la ropa puesta en la alberca. Dos casitas solitarias que parecen festejar junto al lago al atardecer tras un campo de maíz.

Han sido dos muy buenos días dando tumbos por el lago. Un lugar que por su excesivo tamaño no resulta impresionante –la proporción importa y no siempre más grande significa mejor- pero que te ofrece tal variedad de postales pintorescas que resulta irresistible. Han sido sólo dos días pero me marcho rumbo a la costa oeste convencido de que el Lago Toba es uno de esos lugares exquisitos en su sencillez en los que dejarse perder una semana, dos o media vida. Y me marcho convencido de que siendo un SuperVolcán no lo es tanto por su tamaño desde el aire como por lo intenso y exquisito que sabe a pie de tierra montado en una moto o paseando por sus orillas al atardecer.

Mi primer Volcán. Berastagi, Indonesia

…este post sabe mucho mejor con música, haz click aquí

Yo nunca antes había estado en un volcán y ahora mismo acabo de llegar de uno, mi Primer Volcán. Se llama Gunung Sibayak y puede que no sea ni el más grande ni el más espectacular, pero es mi primer volcán y hoy, merodeando por el borde de su cráter, corriendo arriba y abajo entre las rocas y echándole un ojo a las fumarolas me he sentido como el niño más feliz del mundo. La de hoy no ha sido una experiencia de adulto, lo de hoy ha sido volver a ser crío y pasearme despierto por un decorado de ensueño. Duro y escarpado, sí, pero sublime y sutil en sus muchos matices, como a mí me gusta.

A pesar de lo contento que estoy ahora tengo que confesar que cuando me he despertado esta mañana me lo he pensado dos veces, o puede que hayan sido tres. En Berastagi ya está fresquito de por sí, de hecho, durante las noches duermo con toda la ropa puesta y dos mantas y paso justito. Y hoy se levanta el día nublado y chispeando. Me hago el remolón en la cama, bajo las mantas, como el niño chico que no quiere ir de excursión y que prefiere hacerse el malito para quedarse en casa viendo la tele. Pero esto del viajar solo, sin nadie que te arrastre, obliga ante todo a mucha disciplina, y me repito aquello de que “¿De tan lejos viniste para quedarte en la cama?”. Ok, vale, arriba chicos que hoy toca ir de excursión y en el menú hay un volcán cuya fama es la de ser el más facilón de todo Indonesia. Día nublado, volcán fácil, creo que podré con ello.

No me visto porque ya llevo la ropa puesta de la noche –ventajas del frío-, salgo a la calle y desayuno al más puro estilo makassar padang indonesio, arrocito con vete tú a saber qué, mucho picante y tempe, que no me falte el tempe. Opelet amarilla -autobús local- en la acera de enfrente y en veinte minutos estoy en la entrada, paga simbólica y por delante un par de horas de ascensión. Y con todas las ganas del mundo me aburro como una ostra durante la siguiente hora y media. Nada que ver, día feote, nadie por el camino y para colmo una buena cuesta al final. Llego a un llano intermedio para no encontrar la escalera que me la han puesto detrás de todo ese mogollón de arbustos –cualquiera la encuentra-. Esto no promete nada, pero de repente la vegetación empieza a cambiar, se vuelve arisca, primitiva, y la escalera adquiere tonos épicos –ni Moisés subiendo al Sinai- y todo se va quedando pelado mientras el viento silba y me zarandea si me despisto. Primer salto de alegría al ver las tres fumarolas que echan humo, purito humo venido de las entrañas de la tierra. Esto ya es otra cosa.

Me lo tomo con calma, saboreo mi presa lentamente, rodeándola, buscando el mejor ángulo de aproximación y cuando la tengo a tiro, disparo. Una tras otras las instantáneas y los puntos de vista se suceden dejándome totalmente extasiado. Éxtasis de principiante que como no sabe no espera, y lo que no se espera es que tras la loma se oculta el cráter y cuando termino por subir la cuesta me quedo con la boca abierta y los ojos como platos. Estoy tan contento, estoy tan alucinado. Puede que no sea el volcán más grande, ni el volcán más espectacular pero yo ando tan contento como un niño el día de reyes.

El enorme muro negro que se alza sobre la laguna de arenas blancas y pálidas aguas turquesas. El amasijo de rocas desmenuzadas que hierve en vapores sulfurosos, una lluvia amarilla que mancha la negra roca y haciéndola brillar de amarillo fosforescente. Los senderos de tierra parda que zigzaguean por todos lados moteados en algún punto de una vegetación escuálida que debió perderse por aquí hace mucho tiempo y que no supo encontrar el camino de vuelta. Lo que viene después son más de dos horas dando vueltas sobre mí mismo, sobre el volcán, descubriendo un par de tiendas ocultas –qué buena idea acampar aquí por la noche bajo la luna y junto al volcán- y vueltas y más vueltas.

No sé dónde estoy. No sé si he viajado en el tiempo, cuando la tierra era un lugar inhóspito y muerto. No sé si viajé en el espacio ¿Esto era la Luna o era Marte? Y tampoco sé si he viajado en la imaginación ¿Crucé las llanuras de Gorgoroth hacia el Monte del Destino? Me lo pienso ya de vuelta en Berastagi, sentado en un puesto cerca del mercado, donde una señora me acaba de servir una mazorca de maíz a la brasa untadita en purito picante chingón. Sudo la gota gorda mientras el día se rompe y finalmente se pone a llover. Van que se me saltan las lágrimas por el picante pero me sabe tan rico que ya me he pedido otra mazorca mientras sigo pensando en la excursión de hoy y en lo que genial que es poder seguir disfrutando la vida como un chaval de 10 años que por primera vez estuvo en un volcán, su primer volcán, Mi primer Volcán.