La Cala Negra. Batu Karas, Indonesia

¿Por qué será que a veces las cosas simplemente son? ¿Por qué será que, sin ser un día ni mejor ni peor que el de ayer, hoy me siento eufórico? Deben ser los amaneceres y las noches en vela. Como cuando éramos más jóvenes y no concebíamos que una buena noche de fiesta de verano no acabara en la playa viendo otro nuevo amanecer. Será eso, sí. Será esta delicia de amanecer que me ha recibido en este pequeño rincón de mundo, en esta calita de arenas negras como el carbón de Baltasar y con estos surferos de estar por casa que habitan en Batu Karas.

Noches de fiesta veinteañeras que a los treinta he cambiado por noches de espera, de autobuses y de llegadas de madrugada. Crucé Jakarta en bus, al atardecer, en hora punta y en transporte público, cómo a mí me gusta. Viajando barato, espachurrado como uno más y con la mirada clavada en la ventana, viendo desfilar 18km de la ciudad de Jakarta que no sale en las guías. Una ciudad plana y extensa, monótona, cruzada por canales de aguas estancadas, negras, que desprenden nauseabundos hedores pestilentes que marean. Ciudad vibrante, que desborda de vida a cada esquina, que pareciendo ordenada a primera vista, te acaba por mostrar sus miserias tras la fachada de avenidas relativamente dignas.

Cené en el makasar padang de rigor de la estación y me regalé un helado, como premio y porque sí, mientras esperaba a que saliera mi autobús para Pandangaran. Otra noche de viaje, pero está vez tengo donde apoyar la cabeza, la panza llena y voy hacia la playa. Y por algún motivo extraño que no consigo descifrar me siento eufórico. Una euforia que mana de una mezcla de alegría y seguridad, pero sobretodo de una total indiferencia ante la incertidumbre. Me siento tan sereno y tan seguro de mí mismo que tras más de 8 meses de viaje me atrevo con música triste: Sylvain Chauveau. Muy triste pero no menos bella.

Llegué antes de tiempo, me apeé en la estación y fui hacia la luz del único puesto abierto donde unos parroquianos taciturnos seguían un partido del mundial en el televisor. Serán las 4 de la mañana y me piden un dineral por llevarme a Cijulang. Le digo que sí, que se espere que yo también me espero y que cuando seamos unos cuantos y el precio sea razonable, lo volvemos a hablar. Desenfundo mi portátil, mi USB 3G y ahí me tienen a las 4 de la madrugada trabajando en el Blog la mar de a gusto. No ha amanecido todavía cuando Mr. Driver se lo repiensa y me ofrece el precio razonable que ambos ya sabíamos. Enfundo mi oficina móvil, pago mis dos cafés de sobre y seguimos el viaje. Va prendiendo poco a poco el nuevo día y damos vueltas de más para llenar la bemo para acabar llegando al siguiente destino, donde me vuelven a pedir una millonada, y donde vuelvo a recordarles aquello de que yo prisa no tengo porque a mí nadie me espera, y tras un pis rápido ya tengo a un nuevo Mr. Driver con una propuesta razonable para llevarme de paquete en su moto a la cala negra de Batu Karas.

¡Qué mañana más radiante y qué buenos paisajes desfilan a ambos lados de la carretera! Tras pagar el peaje cruzamos un puente de bambú y cables de acero que seguro están fuera de toda normativa, pero que parece resistir al vaivén de las motos. Llegada espléndida, negociación fácil del precio de una habitación que está a exactamente 8 pasos de la arena de la playa y me siento que lo mío con Batu Karas ha sido un flechazo a primera vista. Nos hemos gustado y más que nos vamos a gustar.

Éste es lugar sencillo y especial. No es de lo más espectacular que uno pueda encontrarse en Java pero cuenta a su favor con una extensión enorme de paisajes preciosos que esperan que los descubras a tu ritmo montado en moto. Si te dejas y le dejas, Batu Karas y sus alrededores te regalan playas de arena negra sobre las que el oleaje descarga sin parar y en las que si esperas siempre acaban por aparecer pescadores que faenan incansables con sus redes. Y si sigues esperando el cielo y los vapores del mar harán que la luz se torne mágica para hacer que los paisajes más elementales irradien alegría y serenidad. Y rematando la faena, estos indonesios que me siguen en sus trece. En sus trece de ser majos a más no poder, de devolverte diez sonrisas por cada una que tú les das. Me río con ellos, se ríen conmigo y nos reímos todos del dormilón que se echa la siesta mientras los demás tiran de las redes para recoger de la mar la pesca de la jornada.

Batu Karas y su Cañón Verde que nunca llegué a visitar. Móntate en una moto tras otro amanecer dorado en la playa negra y déjate llevar por una sucesión de vistas a cual mejor. Campos de arroz de un verde tan intenso que parece irreal. Cielos tan azules que te duelen los ojos de sólo mirarlos. Toda esta zona es un entramado de ríos y canales cuyos márgenes quedan poseídos y desdibujados por palmerales que nacen de las mismas aguas y que se suben a las riveras. Palma, palma y más palma que lo tijeretea todo. El cielo, el río, los campos de arroz. Todo recortado, toda la luz filtrada y rota en mil pedazos. Y tras palma y más palma, cansado de una carretera que ya no me cuenta nada decido dar un giro, la próxima a la derecha. Sin estar perdido ignoro a dónde llegaré, pero sé que el mar está enfrente así que tarde o temprano nos tendremos que encontrar.

Y me encuentro contigo, mar bravo del sur de Java que implacable azotas estas costas de inmensas playas de arenas negras. Me alejo del bullicio de Cabo Tiburón y sigo por un caminito hacia la nada. Cascotes en pie me recuerdan que por aquí también pasó el dichoso Tsunami y que si bien algunos volvieron y reconstruyeron sus casas, la mayoría se cansó de perderlo todo dejando atrás unas cuantas paredes peladas en pie entre una maleza espinosa. Paro y me voy hacia la playa. Una playa y unas olas y un cielo que parecen fuera de escala. Todo es extrañamente inmenso y yo parezco demasiado pequeño, y fantaseo con pasar una noche de luna llena en un lugar como éste. Inmenso, vacío, solitario, a la merced del viento y del rugido del mar.

Cae el sol, se acerca la noche y debo volver a mi rincón de mundo soñado en el que viví cuatro dias. Un último vistazo a estos ríos, a estos campos de verde que te quiero verde, y al puente de bambú que crucé de madrugada tras pagar peaje, y al que volví porque me lo quería mirar bien mirado, del derecho y del revés. Homenaje al ingenio humano.

Me quedé prendado de la pequeña Batu Karas, por ser pequeña, por no tener pretensiones, porque en el chiringuito de la esquina me servían arroz con mucho tempe mientras pasé horas literalmente poseído por Stieg Larsson y su Millennium. Me quedé prendado de Batu Karas porque, de la noche a la mañana sin saber cómo ni porque, siento que he dado un paso de gigante en este viaje.

Lo dicho, me siento eufórico de alegría, de seguridad y de esta total indiferencia ante la incertidumbre que me da mucha paz para afrontar los contratiempos que estén por llegar.

La Carretera a Namhsan. Hsipaw, Myanmar

Llegamos al lugar en la moto de David. Hace ya una hora que es noche cerrada y casi todo el pueblo está a oscuras, pero la casa donde tendrá lugar el ritual está iluminada y ya se oye el ruido de los tambores y los gongs. Hay un grupo de gente y en el centro alguien salta y baila al son de la música y al ritmo de gritos de alegría. Esto Namhsan, un pueblo perdido en las montañas de Myanmar, el centro del territorio Shan y hoy es el último día del Festival Kahtain. Quién me habría dicho tan solo hace unas horas, cuando mi moto estaba totalmente clavada en el barro, que el día acabaría siendo tan especial. La carretera a Namhsan no fue fácil, pero la recompensa bien valió la pena.

Llegué aquí viniendo de Hsipaw, a medio camino entre Mandalay y la frontera China. Ir a Namhsan fue una recomendación especial de Fred. Teniendo en cuenta que era la tercera vez que estaba en Myanmar y que había visto medio mundo, no podía desaprovechar su consejo. El único problema era cómo llegar. Namhsan está fuera del circuito turístico y el principal motivo es su acceso. Tardé unas 7 horas, con algunas pausas, en recorrer apenas 55 millas. El primer tramo de carretera es aceptable, pero pasado el primer gran puente la cosa se complica y la carretera se convierte en un camino de piedras que cruza la jungla entre subida y bajada.

Pasado el segundo puente el paisaje empieza a mejorar al tiempo que comienza la ascensión hasta alcanzar los 1800 metros de altitud. A medida que avanzo encuentro más y más piedras, arenilla, pero lo peor está por llegar: el barro. Unas 4 o 5 veces se me queda clavada la moto, se cae, la levanto, se cae, no arranca. Después de invocar a medio santoral ibérico lo único que me repito es “qué valga la pena, qué valga la pena”. Por suerte juegan a mi favor el buen tiempo y el escaso tráfico. Para más suerte mía he llenado el depósito el doble de lo que me habían recomendado, por si acaso, y justo se me termina el carburante a las puertas del pueblo. La verdad es que el paisaje se lo vale: montañas y montañas en el corazón de Myanmar, lomas coronadas por pueblecitos en medio de jungla y bosques de bambú y plantaciones de té. Y en la parte baja del río, arrozales de un color amarillento que contrasta con el intenso verde del entorno y el marrón de las aguas turbias.

Lo primero al llegar es llenar el depósito. Pregunto, me miran, me dicen que sí, me dicen que no, y al final un birmano simpático dice que me acompaña. El birmano simpático coge su metralleta, se monta en mi moto y me lleva a la tienda donde me venden una botella de gasolina. Creo que me la están colando, que me cobran el doble, y me temo que el militar en cuestión se va a quedar con la mitad del dinero. Pero claro, a ver quién le discute a un personaje con metralleta colgada del cuello y a sus colegas que están a escasos 20 metros. Al final da igual, tengo carburante para llegar al único hostal del pueblo. El único hostal y yo el único turista. Esto pinta genial y el primer feeling del pueblo es muy positivo. Dejo mis cosas en el cuarto y salgo a la calle cámara en mano y mi mochila a la espalda. Son pasadas las 3 y el sol empieza a caer, así que tengo por delante la mejor luz para las fotos y me acabo de comer un par de bollos dulces que están tremendos.

Namhsan es una calle larga que recorre la cresta de una montaña dejando a lado y lado verdes valles y bellas vistas de la comarca. Resulta ser mucho más grande de lo que esperaba y mucho más pintoresco. La gente está encantada de saludar al mono peludo blanco que se pasea armado con una cámara. Fotico por aquí, sonrisa por allá, un bye bye y un minglaba a cada paso. Al rato oigo follón, algo pasa. Empiezo a ver gente y más gente vestida de gala, con trajes tradicionales, pero de los de domingo. Por un momento pienso que hay una boda, pero al cabo de un rato me dejo caer por un monasterio donde se oye jolglorio y… Bingo! Dentro hay festival y un montón de señoras encantadoras vistiendo sus mejores galas. En cuanto me ve el monje que parece ser el director de orquesta me hace una señal, y en vez de echarme a patadas me invita a subir al pequeño altillo y me insiste en que lo fotografíe todo. Pues venga, “your happyness is my happiness” reza mi mantra particular. Estoy encantado con mi suerte, y el barro y la carretera me quedan ya muy lejos.

El Festival de Kahtain se celebra una vez al año y básicamente, a parte de los bailes, las ropas y la visita en tropel de todos los aldeanos de la zona, consiste en un sinfín de ofrendas a los monjes y monjas del pueblo. Uno tras otro se hacen ofrendas de dinero, mantas y otos objetos básicos de un monje. Los billetes andan montados como si fueran arbolillos de navidad, haciendo figuras o sencillamente composiciones geométricas. Lo mejor, como siempre, las ropas, las caras, las sonrisas orgullosas del que antes de salir de casa se ha dicho eso de “hoy sí que voy guapo”. Me doy un hartón de retratar y a pesar de la falta de luz, creo que alguna foto hará justicia al evento.

Salgo del templo, me dejo perder un poco más y subo por el final de la calle a la cima de una colina que, cómo no, está coronada por un bosque de pagodas. Genial. El atardecer, el pueblo a mis pies y rodeado de valles y montañas. El día ya ha valido la pena, pero lo mejor todavía está por llegar. Bajando la última cuesta se me acerca un chico que me pregunta en perfecto inglés las preguntas estándar: ¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas?, pero éste, a diferencia de los 153 birmanos que ya me ha preguntado antes, habla un perfecto inglés. Al minuto ya me ha invitado a casa de sus abuelos que está en frente, y ya estamos sentados alrededor del fuego tomando el té y comiendo unas pastas. Todo riquísimo, cómo, y tras charla que te charla, un poco de aquí un poco de allá, David (el nombre inglés que se ha asignado) me comenta que esta noche hay un evento, un ritual, que si quiero me recoge en el hostal y vamos a verlo. Faltaría más!

A las 6.30, después de haber descansado del intenso día me recoge y vamos para la casa. Es de noche, la música suena, y se oyen gritos, y nada más llegar se retiran los notables y los vips de la aldea al piso superior. Bingo! Nosotros podemos subir, y en condición de guiri de la aldea con cara de “esto es la leche” se me presenta al mandamás que me pone al día de la relevancia del evento. Todo es muy austero, estas gentes no son ricas, pero la autenticidad y la honestidad lo recubre todo de una solemnidad de suple las carencias materiales. Las hombres y las mujeres más importantes del pueblo y de las principales aldeas están reunidos para hacer sus ofrendas al monje y a la monja superiores del pueblo. A cambio reciben su bendición y después de varios parlamentos por parte del jefe de la aldea deseando felicidad y prosperidad a todos los asistentes se da por concluída esta parte del ritual. Rezos, mantras y música de tambores y gongs ponen punto y final a la escena, por el momento.

Los bailes y los rezos proseguirán durante toda la noche, intercalándose unos con otros, y mientras, esperamos a bajo en el patio. La casa en cuestión resulta ser la cooperativa del pueblo donde se procesa el té. Y es que la vida en Namhsan gira alrededor del té. Los valles verdes que lo rodean están repletos de plantaciones de té y de opio, pero eso no me lo cuentan. Las calles que recorrí por la tarde estaban cubiertas de esteras sobre las que secaban al sol las hojas previamente tostadas. Aprovecho la ocasión y entre foto y foto (todo el mundo quiera la suya y llegan a ponerse muy insistentes) me cuentan todo el proceso con todos los cachivaches necesarios desplegados ante mi. No puedo dejar de repetirme que esto es genial. Estoy muy muy cansado, y al día siguiente he quedado en que me apuntaba a la excursión de David con sus amigos a no sé qué monasterio perdido por no sé dónde. La verdad es que me da igual con tal que me dejen acompañarlos.

Amanece y el pueblo está patas arriba. Si el día anterior me había parecido la bomba, resulta que el día grande es hoy. Festival para todos, y todos con sus mejores galas. La lástima es que ya había apalabrado el día con David y al final lo que parecía ser un planazo acabó en un sinfín de esperas interminables hasta que estuviéramos todos y siempre faltaba alguien. Al final todo quedó en una excursión relámpago al monasterio en cuestión por una carretera con tramos bastante malos. No siempre se puede acertar y atrás queda el evento del año de la comarca, en un lugar remoto y de difícil acceso donde la vida tradicional de estas gentes se mantiene en estado puro y relativamente sin interferencias.

Por delante queda de nuevo la carretera a Namhsan. Con los ánimos altos y 5 litros de sangre fría corriéndome por las venas hago el viaje de vuelta en 5 horas y media. El barro se ha secado y supongo que la experiencia también cuenta. Llego a Hsipaw con el culo totalmente dolorido, la espalda y las cervicales hechas polvo y los tendones de las manos tan hinchados por la tensión que se me transparentan a través de la piel.

Namhsan valió la pena, la carretera también. Al venir a Asia sabía que tenía pendiente aprender a ir en moto para poder disfrutar de algunos momentos impagables. El caso es que en mi vida nunca había conducido una moto y tampoco tengo permiso de conducir para coche. Ahora, después de mi bautizo y del máster acelerado en conducción de alta montaña con motocicleta urbana ya me veo listo para el Loop de Laos, el interior de Bali o lo que me echen.

De momento me despido con las manos todavía doloridas escribiendo desde un bus averiado en medio de ninguna parte camino de Mandalay y a riesgo de perder la conexión con Bagan. Lo que pasará sólo lo saben los dioses, pero la verdad es que da un poco igual. Con el gusto de los pasados días, la verdad es que todo da igual: Llegaremos cuando hayamos llegado.