7 Consejos & Sugerencias para tus Trekkings en Nepal. 2ª Parte

… viene del post anterior, 7 Consejos & Sugerencias para tus Trekkings. 1ª Parte

4. Equipo

La vestimenta y el equipo que vayas a llevar depende de a donde y cuando vayas a hacer el Trek. La lista a continuación hace referencia al material que utilicé para los treks del Campo Base Annapurna y Campo Base Everest en Abril y Mayo respectivamente.

Ropa

> botas de montaña (¡usadas!)
> calcetines (min.3p)
> pantalones de hiking
> camisetas de secado rápido (no algodón)
> forro polar
> leotardos
> guantes
> chaqueta
> chaleco plumón
> sandalias de playa
> gorro forro polar
> sombrero protección solar
> poncho de lluvia

Equipo

> saco de dormir (3-4 estaciones)
> mochila excursiones diarias
> linterna de cabeza
> palos de trekking
> gafas de sol
> crema solar (+50)
> cantimplora
> pastillas purificadoras

Varios

> crema de labios
> kit de aseo
> papel higiénico
> toalla secado rápido
> botiquín
> kit para ampollas
> libro i/o cartas
> bolsas de plástico
> candado

* Aviso para fotógrafos: Id bien provistos de tarjetas de memoria, hay mucho que fotografiar +  id bien provistos de baterías (cargar baterías es “caro”) y mantenedlas en caliente (bolsillos interiores) para que no se descarguen por el frío.

** Aviso para golosos: Si os van los kit kats, snickers o galletas en general, es una buena idea comprar provisiones a buen precio en Kathmandú. Ocupa poco en la mochila y durante la ruta es un capricho que se paga hasta 5 veces su precio en la ciudad.

5. Porteadores & Guías

5.1. Porteadores

Nunca me llegué a acostumbrar a ello, y con muchos que hablé del tema, me comentaron lo mismo. Cada vez que me cruzaba con un PORTEADOR cargando esos monumentales bultos, mal equipados, dejándose la salud y en ocasiones jugándose la vida, a cada ocasión sentía un punzada. El trabajo de porteador es necesario en estos valles con malas comunicaciones, pero que sea necesario no implica que tenga que ser sistemático para incluso en situaciones innecesarias. Y qué situación más innecesaria que un señor se deje la salud para llevarte tus ropitas.

Personalmente considero que si no hay un impedimento mayor de salud, cada trekker debería cargar con sus propias cosas, es un tema -para mí- Moral. “Que cada uno cargue con su mierda”, comentábamos con Vicente, de ValenciaA la contra otros esgrimían que eso generaba actividad económica y que el sueldo que recibían los porteadores era “elevado”.

Es imposible estar de acuerdo en que nuestro paso por sus valles debe generar riqueza para ellos, pero si lo que quieres es dejarte el dinero allá, hay otras formas mejores que explotar la necesidad de estas gentes para que te carguen tus ropitas: Puedes contratar a un GUÍA.

5.2. Guías

Un guía local que conozca los caminos, las plantas, las historias, las costumbres. Un guía que te permita zambullirte en la cultura Sherpa. Y si pagarle a un guía para que te muestre su cultura no te parece poca actividad económica, siempre puedes comprar artesanía local de calidad (nada de baratijas de plástico o souvenirs mediocres) que aporta un valor añadido real y que incentiva el mantenimiento de costumbres y oficios. Y si todavía te queda dinero, siempre puedes buscar una ONG que trabaje in situ por la salud y la educación de las comunidades locales, porque eso, a larga, también genera actividad económica.

Así que lo dicho, “Que cada uno cargue con su mierda” y si lo que se quiere es colaborar con el desarrollo de estas zonas hay alternativas a recurrir a trabajos forzados innecesarios, por muy supuestamente bien pagados que estén -que nunca estarán suficientemente bien pagados y sino pruébenlo en sus casas…-.

6. Permisos

6.1. Tarjeta TIMS

Disponer una tarjeta TIMS es obligatorio para todos los Trekkers. TIMS (Trekking Information Management System / www.timsnepal.com) es un registro para  tener censados y controlados a todos los excursionistas. Se pueden realizar en Pokhara o en Kathmandú. En el caso del Trekking al Campo Base del Everest también se puede realizar en in situ*. Son necesarias dos fotos de carnet, el pasaporte y una fotocopia de éste, y unas 1740Rp. * Información Mayo 2013. No está de más comprobar que esta opción sigue vigente.

6.2. Entrada Parques Nacionales

El mantenimiento y la conservación de los Parques Nacionales se financia en parte con las entradas que pagamos para su disfrute. Varían según el parque (Annapurna 2000Rp / Everest 3000Rp). En el caso del Annapurna se puede conseguir en el mismo lugar en Pokhara donde se consigue la tarjeta TIMS, y en el Everest in situ, al igual que su TIMS respectiva.

7. Disfruta

Llegamos al final y lo que pretendían ser “7 Consejos & Sugerencias” sobre temas a tener en cuenta durante tus treks por los Himalayas se han convertido en una buena parrafada, lo sé. Todas estas “verdades” no son absolutas, son aproximaciones a la espera de ser cuestionadas por otros viajeros con el afán de mejorar -espero vuestros comentarios y observaciones-. Pero en última instancia, lo que he pretendido con estos posts es intentar aclararte un poco las cosas para que te lances a la aventura.

Mi paso por los Campos Base de los Annapurnas y del Mt Everest ha sido sin lugar a dudas una de las experiencias más bellas de toda esta aventura. Disfruté como un crío de los paisajes, de los bosques, los glaciares, las nieves, del frío, de los atardeceres, y disfruté muchísimo también de las muchas horas pasadas con otro trekkers contándonos batallitas alrededor de una estufa. Espero pues, que teniendo en cuenta estos consejos puedas prepararte mejor tu aventura, evitar posibles imprevistos y concretarte en lo verdaderamente importante: ¡Disfrutar!.

¡Felices Treks!

7 Consejos & Sugerencias para tus Trekkings en Nepal. 1ª Parte

Descubrir los Himalayas recorriendo sus sendas, sus bosques y sus glaciares es sin lugar a dudas una de las experiencias más intensas que se puedan vivir. La majestuosidad de sus paisajes y sus gentes son la recompensa al esfuerzo físico realizado y dejarán sin lugar a dudas una huella imborrable en el viajero.

Pero no hay que olvidar que como toda actividad de montaña y como toda “intrusión” cultural y medioambiental, un Trek implica tomar precauciones y asumir responsabilidades, y por encima de todo, respeto máximo a los lugareños y al medio ambiente.

A continuación desgranaré algunas directrices generales que en última instancia deberían completarse con una guía de viajes o de treks especializada.

1. Salud:

1.1. Seguro de Viaje:

Los Treks al ABC (Annapurna Base Camp) & EBC (Everest Base Camp) son circuitos de montaña perfectamente trazados y mantenidos periódicamente. Los protocolos de ascensión (ver siguiente apartado)  están perfectamente definidos y la red de Lodges (albergues de montaña) es extensa. No por eso hay que olvidar que los accidentes pueden ocurrir y que no dejan de ser en lugares aislados. Por lo tanto, tener un Seguro de Viaje que cubra una eventual evacuación es indispensable. Un rescate a 4000m cerca del Mt. Everest puede costar entre 2.500$ y 10.000$, y el pago tiene que estar clarificado por adelantado. Así que no lo olvides: SÍ al Seguro de Viaje.

En este caso deberás llevar siempre encima: Pasaporte `+ Fotocopia Pasaporte + Copia de Póliza de Seguro + Tarjeta de Crédito.

1.2. Mal de Altura:

El Mal de Altura es la falta de adaptación del organismo a la hipoxia falta de oxígeno– de la altitud. La gravedad del trastorno está en relación directa con la velocidad de ascenso y la altitud alcanzada. De manera inversa estos síntomas normalmente desaparecen al descender a cotas más bajas. Lo oiréis a menudo: El Mal de Altura mata“, y como es cierto y es fácil de evitar os comento los siguientes aspectos a tener en cuenta:

Precauciones > Asciende lentamente (300-500m de altura/día), no hagas demasiados sobresfuerzos, come alimentos con muchos hidratos de carbono, bebe mucha agua (nada de alcohol ni cafeína).
Síntomas > Dolor de cabeza, pérdida del apetito y nauseas, vómitos, cansancio, mareos, sueño interrumpido, sensación de ahogo.
Soluciones > Detenerse en la ascensión para dar tiempo al que el cuerpo se aclimate. Durante este proceso de aclimatación, ascender durante el día para volver a una cota más baja a pasar la noche. Si aparecen los síntomas se puede tomar Diamox (250mg cada 12h), pero si los síntomas persisten hay que descender*.
* Mientras cenábamos en Gorakshep tras culminar el Campo Base del Everest, caída ya la noche, tuvieron que evacuar a un turista. Al no haber luz el helicóptero no podía volar, con lo que tuvieron que carrear en camilla y con oxígeno al turista por un sendero entre peñascos y glaciares. Una situación peligrosa con final incierto y que a buen seguro podría haberse evitado. El Mal de Altura mata, así que es indispensable ser prudente.

1.3. Botiquín:

Un botiquín básico consistiría en: Gasas, vendas, esparadrapo, tijeras y iodoAntidiarreicos y sueros / Ibuprofeno / Termómetro / Diamox para el mal de altura / Antibióticos* / Compeed para evitar llagas en los pies. / Crema Solar +50.

* En mi caso contraje una infección de garganta con tos seca en plena ruta y tuve que descender al final a Namche Bazar para hacer una visita a la farmacia.

2. Respeto

2.1 Humano

No hay nada más triste, vergonzoso -vergüenza ajena- y frustrante que ver a otros viajeros/turistas tratando sin respeto a los lugareños. Hay una ley muy sencilla que nunca hay que olvidar:

“Que pagues dinero por unos servicios no te da derecho a todo, y mucho menos, a tratar irrespetuosamente a las personas.”

Partiendo de la base que todos somos iguales (independientmente de tu cuenta corriente), en este caso es importante no olvidar que no dejamos de ser nosotros los que vamos a visitar su tierra, y por lo tanto debemos tratarles con la afabilidad y los agradecimientos mínimos con los que se trata a un anfitrión que te permite visitar a su hogar.

[faq-toggle title=”Algunas normas locales a tener en cuenta,” color=”gray”]

> Vestir con decoro. Ni shorts demasiado cortos ni escotes de sábado noche.
> No hacer demostraciones de afecto en público. Barra libre en la intimidad.
No compres antigüedades. Podrían haber sido sustraídas ilegalmente y a fin de cuentas éste es el patrimonio cultural de la comunidad.
No señales a las personas con tus pies sucios o con el dedo.
No pases por encima de personas que estuvieran sentadas en el suelo. Si no hay más remedio pide amablemente permiso.
No uses tu mano izquierda. Se considera sucia e impura.
Recibe y da con las dos manos.
Pide permiso antes de tomar una foto.
No des a los niños locales bolígrafos o dulces. No los conviertas en pedigüeños. Si realmente quieres hacer una aportación entérate de quien es el maestro/maestra y entrégaselos a él/ella.
No incentives la limosna. En vez de ello estimula el comercio local y paga precios justos. Eso implica no estrangular al vendedor, pero también la responsabilidad de no pagar precios inflados.
Descálzate antes de entrar en una casa o monasterio. Las mujeres deben abstenerse de tocar a monjes y lamas.
> Pasa por la Stupas siguiendo el sentido de las agujas del reloj.
> No comas, bebas, fumes o seas ruidoso en lugares religiosos.[/faq-toggle]

2.2 Medioambiental

Aunque por suerte hoy en día este tipo de comentarios ya se dan por asumidos, creo que debido a su importancia nunca están de más. Vamos a un espacio natural cuya supervivencia depende de la reducción del impacto de nuestro paso. En última instancia lo que te voy a comentar es puro sentido común “casi universal” y consiste en no hacer cosas que tú NUNCA tolerarías que se te hicieran.

Basura > Llévate todo lo que trajiste. Los valles de alta montaña no son ciertamente un buen lugar para desplegar un sistema de recogida de basura como el de nuestras ciudades y pueblos, así que colabora asumiendo tu parte y llévate de vuelta a casa los papeles, los plásticos y/o pilas que hayas traído contigo.
Agua  > Viaja con tu propia botella. Es muy probable que al final del día acabes consumiendo entre 3 o 4 botellas de agua que al final de una semana de trekking serían unas 25 botellas de plástico. Todo ese montón de basura se puede reducir a CERO si te compras tu propia cantimplora y la vas rellenando con agua hervida y filtrada (la encontrarás en todos los Lodges) o, como hice yo, haciendo uso de pastillas purificadoras de agua (iodo). Haciendo esto último no sólo te ahorrarás un dineral, sino que reducirás tu impacto (menos botellas y menos combustible malgastado en hervir agua) y podrás tomar agua a cada momento de cualquier manantial.
Ríos > No hagas tus necesidades cerca de un manantial o de un río. El monte es muy ancho y no hay necesidad alguna de contaminar las aguas con tus heces.
Calefacción> Si tienes frío abrígate. El combustible natural a esas alturas escasea, y lo último que nadie quiere es que se vayan talando bosques por capricho. El transporte de bombonas de gas tiene una alto coste humano y económico. Así que si tienes frío abrígate, y si sigues teniendo frío, abrígate aún más. Pide mantas en el Lodge y no vayas por las noches de los Himalayas en camiseta corta exigiendo que te calienten la habitación.
Fauna & Flora > No toques nada. Disfrútalo -que se puede- desde la distancia, con mesura y respeto, sin salirte de los trazados. A fin de cuentas, todo lo que perseguimos en este apartado es reducir el impacto de nuestra huella en este entorno natural, por respeto a sus habitantes y para disfrute nuestro.

3. Dinero

Tráete todas tus ruppias contigo. Durante los treks aquí descritos no encontrarás cajeros automáticos. Lo que si encontrarás son cambistas (en los mismos Albergues) o bancos (en Namche Bazar) que te cobrarán unas comisiones mucho más altas. Así que haz tus previsiones e intenta llevar unas ruppias de más. Ni que decir que nunca está de menos tener un depósito de emergencia en euros.

continúa  en el siguiente post, 7 Consejos & Sugerencias para tus Trekkings. 2ª Parte…

Rutas. Trekking Campo Base Everest, Nepal

1. Recorrido:

* La ruta del gráfico superior es la recomendada. La que indico a continuación es la que yo hice (bajo mi responsabilidad), acortando un día de aclimatación en Namche (aún haciendo excursión por la tarde) y teniéndome que detener en Gokyo y descender a Namche por malestar general y una infección en la garganta (síntomas de Mal de Altura). La espera final en Lukla se debió al mal tiempo y la escasez de vuelos.

Desde Lukla hasta EBC (Everest Base Camp) vuelta por Gokyo / 16* días (Mayo 2013)
Lukla-Monjo (1) > Namche Bazar (2) > Deboche (3) > Dingboche-Chukhung (4-5) > Lobuche (6) > EBC-Gorakshep (7) > Kala Patthar-Dzongla (8) > Cho La Pass-Dragnag (9) > Gokyo (10-11) > Namche Bazar (12-13) > Lukla (14-15-16)

Descargar Ruta Trekking Campo Base Everest para Google Earth
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2. Presupuesto & Gastos:

Desde Lukla hasta EBC (Everest Base Camp) vuelta por Gokyo / 16 días (Mayo 2013)
Permiso Trekking: 3000Rp / Carnet TIMS: 1735Rp / Billete de avión Kathmandu-Lukla (i/v): 223€ + 400Rp Taxas Aeropuerto en Efectivo (i/v) / Gastos Totales durante el Trekking (sin avión): 314€ / Gasto medio diario: 19,60€

Relación de Gastos. Nepa - Trekking Campo Base Everest

Cambio Marzo-Mayo 2013 / 1 = 111,90 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 100Rp a 400 Rp
· Precio Cerveza: 400Rp (botella 660cl) en Lukla
· Precio Habitación: 170Rp la noche
· Precio Ducha Agua Caliente: De 200Rp a 400Rp
· Recarga Baterías: De 200Rp a 250Rp la hora.

Todos los precios vienen fijados por el comité regional. En el caso que se viaje independientemente en grupo se puede negociar la gratuidad de la habitación a cambio de tomar todas las comidas en el lodge (como yo iba sólo nunca funcionó). Aún así el alojamiento es lo más barato; la comida y sobretodo los caprichos (chocolatinas, duchas, baterías, cervezas,..) es lo más caro.

Los precios entre los lodge de un mismo asentamiento no varían mucho, pero sí la calidad y la amabilidad. Si después del trekking quedan fuerzas vale la pena perder 15 minutos comparando. Como siempre, el consejo de los viajeros que están de vuelta suele ser la mejor garantía.

Rutas. Trekking Campo Base Annapurna, Nepal

1. Recorrido:

Desde Phedi hasta ABC (Annapurna Base Camp) vuelta por Naya Pul / 8 días (Abril 2013)
Pokhara-Phedi-Tolka (1) > Chhomrong (2) > Himalaya (3) > ABC (4) > Bamboo (5) > Ghandruk (6-7) > Nayapul-Pokhara (8)

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2. Presupuesto & Gastos:

Desde Phedi hasta ABC (Annapurna Base Camp) vuelta por Naya Pul / 8 días (Abril 2013)
Permiso Trekking: 2000Rp / Carnet TIMS: 1735Rp /  Gastos Totales durante el Trekking:  133€ / Gasto medio diario: 16,70€

Relación de Gastos. Nepal - Trekking Campo Base Annapurna

Cambio Marzo-Mayo 2013 / 1 = 111,90 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 100Rp a 400 Rp
· Precio Cerveza: 400Rp (botella 660cl) en Ghandruk
· Precio Habitación: 150Rp la noche
· Recarga Baterías: De 200Rp la hora.

Todos los precios vienen fijados por el comité regional. En el caso que se viaje independientemente en grupo se puede negociar la gratuidad de la habitación a cambio de tomar todas las comidas en el lodge (como yo iba sólo nunca funcionó). Aún así el alojamiento es lo más barato; la comida y los caprichos (chocolatinas, duchas, baterías, cervezas,..) es lo más caro.

Los precios entre los lodge de un mismo asentamiento no varían mucho, pero sí la calidad y la amabilidad. Si después del trekking quedan fuerzas vale la pena perder 15 minutos comparando. Como siempre, el consejo de los viajeros que están de vuelta suele ser la mejor garantía.

La Metáfora del Porteador. Gunung Rinjani, Indonesia

“…el sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás…”

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

“…el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo…”

Es la Metáfora del Porteador: la mitad del mundo carga a cuestas con la otra mitad. Pudimos llegar a la cima porque otros cargaban mucho por muy poco. Con ese mucho con el que nosotros no pudimos y con el que ellos no tuvieron más remedio que lidiar para ganarse un jornal. En mi épica batallita por la Cumbre del Rinjani olvidé comentar una cosa: llegué a la cima por mi propio pie, sudando mi propio sudor y conjurando a mis propios demonios. Pero si lo conseguí fue porque los Porteadores llevaron mi carga –y la suya- a sus espaldas, no yo.

No es que me repita una y otra vez sobre los mismos temas. Lo que pasa es que los temas vuelven una y otra vez a mí. Cruzando el mundo uno se cruza con ellos. En Hoi An eran los Cuerpos Menudos, en el Kawah Ijen fue La Carga y hoy en el Gunung Rinjani son los Porteadores. No es una opinión, es un hecho: la mitad del mundo carga a cuestas a la otra mitad ¿Una tragedia? Sin lugar a dudas, pero es que no es exactamente así.

En realidad son hasta 3 las personas del tercer mundo que llevan a cuestas a cada uno de los que habitamos en el primer mundo. Y si fuéramos más precisos, es muy probable que llegáramos a la conclusión que la buena vida de cada uno de nosotros le cuesta una vida precaria a 4, 5 o hasta 6 personas de este planeta. Y va en aumento ya que en primeros mundos como España cada día más gente se acerca a la pobreza mientras unos pocos avariciosos insaciables sin escrúpulos concentran más y más dinero para futuras vidas que nunca vivirán.

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

Lo fue para mí que iba bien vestido y bien calzado. No me imagino cómo debió ser para los porteadores que hacían el mismo camino calzando sandalias de plástico baratas y calcetines. No me imagino cómo le sentó el frío de la cima del Rinjani -3726m sobre el nivel de mar- vistiendo sus escasas ropas de abrigo. Y hacer todo esto después de estar dos días carreteando nuestras tiendas, nuestra comida y nuestra agua.

Son todos chavales jóvenes y alegres que al final te acaban confesando que están hasta las narices de subir al Rinjani por undécima vez. Tres jornadas trabajando como una mula por unos ocho euros al día, puede que nueve. Porque toda la batallita épica de mi ascensión al volcán no hubiera sido posible sin ellos. Porque nuestra comodidad tiene un precio, que es barato porque la diferencia la pagan ellos con una vida precaria, no nosotros a pesar de haber abonado el importe en efectivo.

Lo mismo que pasa a pequeña escala ocurre a gran escala. Vivimos con mucho de más porque otros se ven obligados a vivir con mucho de menos. Curiosamente en España estamos empezando a comprender que no es que no haya para todos –que lo hay-, es que unos pocos se lo han metido en el bolsillo y mierda para los demás. Así de crudo y pelado aunque muchos quieran pintarlo más complejo.

Subiendo a la cima del Rinjani también había castas más allá de la de turistas y porteadores. Entre los privilegiados turistas que recorremos medio mundo para ver un amanecer sobre las nubes hay turistas y Turistas –nótese la mayúscula-. Los hay con sus trekking VIP que cargan – si todavía cabe- con más de lo estrictamente innecesario: sillas plegables para sentarse -una piedra en el monte no basta-, refrescos variados según la ocasión, ¿¡Fuegos artificiales!? -¿¡Quién cojones necesita que le carguen fuegos artificiales cuando va subir volcanes en Indonesia!?- y mil bobadas más… Pero sobretodo, sobretodo, sobretodo que no falte el baño privado portátil. Porque, créanlo o no, hay gente que aún estando en el monte no pueden ir a mear junto a un árbol sin más. Son tan especiales que les tienen que cavar un hoyo en el suelo y montar un chiringuito exclusivo…

Suena a chiste pero en realidad es una broma de mal gusto. Si el mundo fuera un lugar más equilibrado estos jóvenes estarían trabajando en sus pueblos junto a sus familias por unos sueldos más decentes que lo que cobran haciendo lo que hacen. Y en ese mundo más equilibrado, cada turista tendría que cargar con sus caprichos y sus privilegios, para tomar consciencia real de lo que vale un peine, o para llegar a la conclusión al final de la primera cuesta de que realmente tanta fanfarria era sencillamente innecesaria. Que con mucho menos también se vive y se disfruta.

Es la Metáfora del Porteador, la metáfora de nuestro de mundo y un revulsivo que te ayuda a comprender y a separar lo superfluo de lo necesario cuando sales al monte y, espero y deseo, cuando vuelva a mi vida de ropas bonitas, copas a 10 euros y sueldos seguros a final de mes.

La Cima de la Montaña. Gunung Rinjani, Indonesia

Un paso, tomo aire, levanto un pie y otro paso…

Éste es ahora mi mundo. Mi universo ha quedado reducido a esto, a este paso que sigue a otro que puede que siga al siguiente; todo lo demás ha dejado de existir. El sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás, tres al frente y otro atrás. Hago mis cuentas y me digo que “todo está bien Franc, te salen dos hacia adelante”. A cada resbalón estoy un poco más cerca de la cumbre.

La ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa. Marchamos torpemente por el filo de la navaja en una extraña procesión pagana, somos muchos pero estoy a solas. Hay caminos que sólo puede recorrer uno mismo. La luna como testigo, el gigantesco cráter solitario sobre el mar de nubes, el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo, brillan mis ojos en la noche y sonrío para mis adentros a cada vistazo rápido al espectáculo que me rodea. Por algún extraño motivo mis paraísos son siempre así, momentos como éste: lugares de nada, de vacío, hechos de noche o de alba, de luna, de nubes, lugares donde no se puede estar, lugares de paso. Lugares de una belleza solemne. Lugares sagrados que las palabras nunca podrán describir porque dejaron de ser lugares en el mundo para convertirse en estados del alma.

Cargo a cuestas, tonto de mí, la cámara, dos lentes y el trípode. Justo antes de encarar la última cresta me detengo para tomar un par de fotos, no puedo resistirme. Sé que este lugar y este momento son y serán eternos hasta el día que me muera. Se me hielan las manos, estoy tiritando, Eva y Guillem reaparecen mientras el resto sigue montaña arriba.¿Qué puedo decir de este cielo, de este lago de escamas plateadas, del mar de nubes que se extiende hacia los confines del mundo?¿Qué puedo contar de la luna que alumbra las tinieblas por las que desfilamos, de estos cielos infinitos?

Entre foto y foto ya no me siento los dedos, hace demasiado frío y hay que continuar. Me despido de Guillem y Eva y enfilo el último tramo de 3 días de travesía desde Senaru. Mi mirada fija en el suelo, mi atención fija en mi respiración. Mis ojos puestos en las sombras que la luna arroja sobre la gravilla. Es ahí donde hay que pisar, donde otros antes pusieron sus pies, donde sé que si piso no resbalaré. Ya no veo nada, sólo pienso en el siguiente paso, sólo pienso en la cima y en el frío, y en el sol. En el sol que está por venir, el sol que siempre termina por salir. Perdí la noción del tiempo, perdí la noción de la distancia. La cumbre me parece tan lejana, estoy agotado, pero tengo fuerzas, las justas, servirán, sé que llegaré, sí, pero tengo que relajarme.

El filo de la navaja por el que subimos es un no-lugar, un sendero resbaladizo de no más de un metro y medio de ancho expuesto a los elementos, a lado y lado una caída sin final. Hace demasiado frío, tengo que descansar pero el viento es demasiado intenso como para quedarme parado aquí sin más. Hay un corte, unas rocas y ahí me escondo, agazapado en cuclillas, viendo a los demás pasar, tomando aire y un traguito de agua. Un par de minutos, con sólo 2 minutos bastará, respiro hondo y sonrío para mis adentros una vez más, empapado y en calma, alegre, atrapado en este ahora sin ayer ni mañana. Cálculo que quedarán tres cuartos de hora más cuando al girar la cuesta y tras cinco minutos de marcha me sorprendo a mí mismo en la cima. ¿¡Qué demonios hago ya aquí!? Se me escapa una carcajada, me río de mí mismo y de mi torpeza. Esperándome lo peor me sorprendo diciéndome que tampoco fue para tanto. Las cimas de ayer empequeñecen ante las conquistas de hoy. Pero todavía está todo por llegar. Sin el sol ni un atisbo del alba, todavía sigo en la noche, en el frío, envuelto en un viento más crudo que nunca, cada soplo un latigazo.

El mundo es un lugar extraño y las cimas de las montañas lo son aún más. Los vastos horizontes, los espacios infinitos y los mil y un caminos a seguir desaparecen en las cimas de las montañas. Son pequeñas, cabemos todos sí, pero siguen siendo pequeñas, puntos en el mundo que representan una paradoja, la del callejón sin salida abierto a los cuatro vientos, otro no-lugar. Estamos rodeados de precipicios, de trampas mortales, de estrellas, de un mar de nubes, de lagos volcánicos en los que nacen otros volcanes. ¿Pero para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo?

Sigue soplando el viento, tirito sin parar. Me encontré con Conrad y con nuestros porteadores. Me dan galletas que me saben a gloria pero ahora sólo rezo –¿Rezo?- para que salga el sol. Cargué hasta la cima del Rinjani con mi trípode, las lentes y la cámara pero tendría que haber traído una muda seca… tonto. No quiero caer enfermo pero como siempre, al final, se trata de aguantar hasta que el horizonte claree sobre Sumbawa, hasta que las estrellas empiecen a desvanecerse y se rompa el hechizo de la noche.

Amanece finalmente sobre los mares de Indonesia alumbrando un espectacular diálogo de colosos pues lo único que destaca en este paisaje onírico son las mastodónticas cimas del Gunung Agung en Bali y el Gunung Tambora en Sumbawa, el sol que viene y la luna que se va, y una misteriosa sombra triangular gigantesca que se pliega sobre el horizonte… ¿Qué demonios es eso? ¿Estoy alucinando por el cansancio? Tardo unos segundos en adivinar que somos nosotros, es la cima de Rinjani proyectándose sobre el mar de nubes y ¡Plegándose en vertical sobre el horizonte! ¿Sobre el horizonte? ¡El horizonte no es un lugar, el horizonte es la línea imaginaria en la que se encuentran cielo y tierra, pero en esencia no existe! ¡Y aún así, al alba en la cima del Rinjani el horizonte se convierte en un plano concreto -como en los confines del Show de Truman– donde las sombras del mundo terrenal remontan los cielos!

Ya ha salido el sol y los temblores y el frío de hace un rato ya son sólo recuerdos. Los otros grupos emprenden la vuelta a casa y Eva y Guillem siguen sin aparecer. Tampoco el último porteador que los acompañaba. La pareja alemana tampoco ha llegado y Conrad y los otros dos porteadores están también de vuelta. Quedan unas cuantas horas de descenso hasta llegar a Sembalun Lawang así que no puedo entretenerme más en la cima. Hecho el último vistazo a mi alrededor y pese a no haber estado más de una hora me despido como si éste fuera ya uno de mis lugares. Por delante la bajada, por delante el descenso al trote loco saltando por la gravilla, recreándome en el paisaje espléndido que la noche y el cansancio ocultaron. Haciendo balance de los pasos que me llevaron hasta aquí a través de una sinfonía de paisajes cambiantes, de amaneceres y atardeceres. De dos noches muy frías en las que apenas ninguno de nosotros pudo pegar ojo. Del baño en aguas sulfurosas en el río, junto a la cascada. Balance y vuelta una vez más a ese momento en la noche en el que todo mi universo se resumía a ese siguiente paso.

Pensaba entonces en lo elemental de toda existencia, en la futilidad de elucubrar sobre posibles mañanas cuando a duras penas uno se tiene en el ahora. Pensé por un momento que debía ser así como los ya miles de personas que me he cruzado en el camino hacían para sobrevivir en su implacable día a día, azotados por la pobreza, por la enfermedad, por la incertidumbre del próximo bocado. Pensaba con el juicio nublado por la noche y el cansancio que puede que sea éste el motivo por el que la gente de mundo de bien, con todas las necesidades básicas cubiertas emprende aventuras como éstas. No es la cima, es el camino, y tampoco es el camino, es la vuelta a ese estado primordial de incertidumbre en el que vive la inmensa de la humanidad. Es la incertidumbre en la que vivieron muchos de nuestros padres cuando eran niños en los años grises de la posguerra española. Es la consciencia de que el ahora es preciado y que de sueños puede que se viva –o se malviva- pero que de ellos ni come ni viste uno.

¿Para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo innecesario? A toro pasado, con la panza llena y tras la cumbre habría dicho que vine por los impresionantes paisajes y momentos que este trekking de 3 días me ha regalado, para superarme a mí mismo o para tener batallitas que contar a los nietos. Pero con la panza vacía, mientras sufría y padecía sin necesidad a las 3 de la madrugada, helado de frío y resbalando en esta maldita cuesta de arenilla –purito castigo divino urdido por sádicas deidades griegas- te diría que vine aquí para sufrir y para sentirme vivo, para volver ese estado primordial de incertidumbre que es infinitamente más natural al ser humano que la nómina a final de mes y el contrato indefinido.

Al final resultó que la cima de la montaña -ese callejón sin salida abierto a los cuatro vientos- no fue la única paradoja. La otra y la que más, es que una vez logrado lo que siempre añoramos –la seguridad y la certeza de una agradable vida previsible y sin demasiados sobresaltos- miles de occidentales recorremos medio mundo para someternos a situaciones innecesarias que nos vuelvan a hacer sentir vivos. Y los que no, se quedan en casa y flirtean con la vecina o el vecino para no sentir que ya está todo dicho y hecho. Y los que no, tienen hijos sin saber cómo ni porqué o porque les dicen que ya toca. Una huída constante hacia adelante, un búsqueda sistemática de la novedad, una versión encubierta de ese estado primordial de incertidumbre que nos define como seres humanos, nos guste o no, seamos conscientes de ello o no.

Los Pequeños Hombres Rojos. Gunung Leuser, Indonesia

Esta jungla no es llana, brota en el corazón montañoso de Sumatra. Subimos y bajamos y volvemos a subir por senderos resbaladizos agarrándonos a ramas, árboles y raíces. A medio camino siempre hay un punto en el que el paisaje adquiere ese aspecto tan sintético: un espacio definido por elementos lineales verticales -troncos de árboles gigantes- que conectan dos masas verdes de follaje, arriba tiemblan ingrávidas las copas de los árboles, abajo palpita en la eterna penumbra el suelo de la jungla. Resulta un paisaje tan sintético y tan simétrico que uno piensa que bien podría dársele la vuelta y ponerlo del revés y nada en el orden de este mundo se alteraría. Y bien podría ser, si no fuera porque los humanos no podemos dejar de vivir con los pies amarrados a la tierra, mientras que las copas de los árboles son el inaccesible reino de los amos y señores del bosque, Los Pequeños Hombres Rojos.

Tras dos días siguiendo el cauce del Río Alas por las carreteras del corazón de Sumatra  llegué a Ketambe, la puerta trasera del Parque Nacional Gunung Leuser, morada de la más diversa fauna que cuenta entre sus glorias con esquivos elefantes pigmeos, tigres, leopardos, gibones de todos los colores y orangutanes, los Pequeños Hombres Rojos. Nuestros primos lejanos, que junto a los gorilas, los chimpancés y los bonobos, se cuentan en los primates superiores más próximos a los humanos, aún siendo los orangutanes un rara avis, por ser los únicos que viven fuera de África –exclusivamente en las islas de Borneo y Sumatra– y por ser la más antigua de las cuatro especies.

Habrán pasado un par de horas desde que comenzamos la marcha, Simon y Karen –una pareja australiana discreta y agradable- y nuestro guía, Urin. El día es soleado y sin lluvia, pero cubiertos por más de treinta metros de follaje sobre nuestras cabezas el suelo de la jungla es eterna penumbra en un silencio relativo: el zumbido incansable de los insectos, el canto de un pájaro lejano y poco más. Poco aunque suficiente para que Urin dé la señal y agazapado entre las hojas que bordean el sendero escudriñe el techo de la jungla. Ha oído algo y él ya sabe quién es. Son Ellos, están allá arriba y Urin, con su mirada experta, ya ha desenmarañado el enredo de ramas y follajes tras el que levitan.

Hasta 4 individuos pacen en las copas de dos árboles gigantescos. Urin nos los va mostrando uno a uno, aunque parece mentira lo difícil que resulta distinguirlos en un primer momento. Por un rato que se me hace eterno, mis ojos se posan en todas y cada una de las ramas que Urin apunta con el dedo sin ver nada, hasta que de repente allí está. Tan arriba, tan lejos pero tan cerca que veo como se detiene por un instante y me mira. Un ser con cuatro brazos –porque las piernas no son tales- que le salen de un cuerpo redondete. Un cabeza negra con dos ojos negros que te clavan una mirada distraída pero certera. Y todo ello envuelto en una manta de pelo rojizo, largo, que le cuelga por todo el cuerpo como mechones deshilachados. El orangután, un animal tan fascinante como esquivo y aquí sobre nuestras cabezas tenemos a cuatro que lenta e implacablemente se desplazan de rama en rama, en un jugar que es en realidad su comer. Durante un largo rato nos movemos por suelo, fascinados, con las cabezas volcadas hacia atrás, con una boca abierta que esboza una sonrisa. La sonrisa de un niño que por primera vez se encuentra frente a otro ser con el que sólo antes había soñado en los libros, en el colegio o frente al televisor.

Atrás queda nuestro primer encuentro con estos seres de cuento y hacemos vía hacía el que será nuestro campamento base durante las dos noches que pasaremos en la jungla. Un lugar idílico junto al río, un respiro de la densa jungla y un vistazo al cielo azul que tan lejos queda de todo esto. El río en esta jungla tan espesa es como un hachazo en la tierra, un corte en la masa verde impenetrable. Una masa cuya impresionante altura viene acentuada por la topografía agreste del lugar. ¿A qué distancia estarán las copas de esos árboles en los que jugarán la manada de gibones blancos al amanecer? ¿30, 40, 50 metros? Puede que más.

Se pone el sol y tras el baño y un intenso café de Sumatra con mucho poso, me pierdo sobre una roca junto al río mientras se cuece la cena. Comida insípida típica de trekking a la lumbre del fuego y vuelta a la vera río. Cae la noche y bailan de nuevo las luciérnagas en una oscuridad densa, compacta. Bailan y son como suspiros en la noche que al balancearse se desvanecen sin dejar rastro tras de si. Y mientras, yo sigo colgado de una roca escuchando música y diciéndome que siempre me gustó la voz de Richard Ashcroft.

Amanece lluvioso y yo sin haber pegado ojo la noche anterior. La taza de café estaba cargada para mantener a un elefante en pie y el rugido incesante del río a escasos metros del tendal tampoco ayudó. Amanece nublado y lluvioso y eso no sólo significa que habrá que caminar empapados toda la jornada. La lluvia y la humedad implican que tarde o temprano las sanguijuelas harán su aparición. Ya las sufrí y haciendo justicia al dichoso insecto, al final no es para tanto, pero no dejan de ser un engorro desagradable que sinceramente no apetece.

Remontamos río arriba por los márgenes siguiendo un sendero empinado y resbaladizo. La humedad es sofocante y al poco de iniciar la marcha estamos todos empapados. Raíces y ramas son al tiempo amigas y enemigas. Amigas por a ellas nos asimos en el último momento antes de caer, enemigas porque hay que andarse con mil ojos: para no trabar el pie, para que no te azote una vara en la cara. Y el rió, el estruendo del río que me mantuvo en vela la noche anterior nos acompaña. Y el río que hay que cruzar.

No me gusta cruzar ríos y hoy lo cruzaremos como seis veces. No me gusta porque aunque es poco profundo la corriente baja fuerte, las rocas del lecho son resbaladizas y cargo a cuestas con el equipo fotográfico. Hasta seis veces para acabar empapados hasta la cintura. Resoplo de mal humor, molesto con Urin aunque él no tiene nada que ver.  Cómo hay que verse, a estas alturas y yo todavía con pataletas de niño chico. El premio a tanto remojo fuera de lugar ha valido la pena y una cascada espléndida en el corazón de la jungla nos da la bienvenida con su voluptuoso caudal. Un manantial de vitalidad que levanta una nube de agua que parece danzar alrededor de un arco iris en algún escaso momento en el que asoma un rayo de sol.

Y tras la vuelta al campamento y una intentona frustrada por secar nuestras ropas empapadas me echo una siesta para despertarme con un buen manchurrón de sangre enorme en el muslo del pantalón. Sanguijuelas, dichosas sanguijuelas… Esta vez al menos no la vi.

Durante la tarde volvemos a la búsqueda del orangután y esta vez encontramos a una madre con su cría. Y por esta vez no los tenemos lejos, están al alcance de la mano, en las ramas bajas de un árbol, a escasos ocho metros. La cría, más curiosa que la madre, no deja de observarnos mientras juguetea con la jungla entera con sus cuatro brazos y sus melenas alocadas que le dan un aire cómico de sabio loco. Que simpática, tan curiosa y tan desmelenada, tan errática y tan ágil. A cada paso parece que va a caer para agarrarse en el último momento a la siguiente rama, mientras se balancean anticipando ya el siguiente paso.

Al tercer día amaneció nublado, también. Seguíamos empapados aunque al menos esa noche evité el café y dormí como un bendito. Simon, Karen y un servidor, algo cansados y satisfechos de nuestro paso por Gunung Leuser, le medio pedimos a Urin que nos lleve de vuelta a la civilización de Ketambe. Urin se hace el remolón -tiene un programa que cumplir si quiere ganarse el sueldo y que su jefe no le riña- pero le convencemos que daremos la cara por él -nada más faltaría-. Finalmente accede y nos lleva de vuelta a casa no sin antes hacer una última intentona por escarpadas lomas cubiertas de vegetación que no nos traen más que sudor, resoplos y el orgullo de echar la vista atrás y pensar que por ahí hemos subido.

Vuelta a la civilización del villorio de Ketambe que tiene aires prehistóricos que me hacen pensar en el Macondo de García Márquez, enclavado en las colinas que envuelven al Río Alas allá al fondo del valle, una calle y cuatro casas no más. Vuelta triste a la civilización para cruzar parcelas que no son ni bosque ni campos de cultivo y que nos golpean con la triste sensación de que avanzan hacia la jungla. La triste sensación que casa con la certeza que ya cargamos. Que los humanos se comen el bosque a bocados, y que por cada bocado humano el mundo de Los Pequeños Hombre Rojos se encoje más, y más, y más, y más… ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde?

Ya no quedan muchos, son más bien pocos, y en estado salvaje muchos menos. Ver sus cuerpos enormes, tan extraños y tan humanos a la vez, levitar cual funambulistas entre las copas de árboles gigantescos. Cruzar tu mirada fascinada con su mirada expectante e indiferente al mismo tiempo, distraída, es una sensación impagable. Constatar la maravilla de la diversidad y de la diferencia, de la esencia del fenómeno que llamamos vida. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Esta jungla es un desierto. Taman Negara, Malasia

En el corazón de Taman Negara todo fluye. Todo fluye porque el agua reina. Reina el agua por los cauces de aguas turbias que cuartean el parque. Reina el agua en la inclemente lluvia torrencial que, implacable, barre sistemáticamente las llanuras y las colinas. Y sigue reinando el agua en un ambiente sofocante donde la humedad no baja del 100% y reina el agua que fluye por los troncos de los árboles que pecando de orgullo se alzan rectos y majestuosos hacia los cielos siempre opacos. Pecan de orgullo porque si bien saben que el terreno es arcilloso e inestable, no saben cómo dejar de ser ellos mismos y acaban sucumbiendo a las tormentas, que ablandarán la tierra, y a los vientos, que atormentarán sus vanidosas copas para terminar tumbándolos de nuevo sobre el suelo de la jungla. Y tras la caída y el estruendo, el agua seguirá fluyendo por los ríos turbios, los troncos rectos y por nuestras sienes empapadas.

Esta es la jungla más antigua del planeta, un lugar que durante 130 millones de años –los dinosaurios se extinguieron hace tan sólo 65 millones- escapó a los cataclismos planetarios y a los cambios climáticos. Yo sabía que venía a ver jungla, mucho verde, a sudar a borbotones y a vérmelas de nuevo con las sanguijuelas. Lo que no sabía es que comprendería que no todas las llamadas junglas lo son, ni que sudar es una cosa y otra bien distinta es vivir empapado, ni que las sanguijuelas son ciertamente un animal tan repugnante como fascinante, y que aquí, en Taman Negara, cientos de ellas acechan en los caminos a la espera de su próximo huésped.

Llegamos en barco hasta Kuala Tahan tras 3 horas de travesía en lancha por el río y saldríamos de aquí a la mañana siguiente rumbo al norte donde tras 2 horas río arriba. A lado y lado siempre la impenetrable jungla envuelta en jirones de niebla, que en realidad son nubes cargadas de humedad preparándose para el nuevo chaparrón. Somos 7 y nuestro guía, Hakim. Un tipo menudo y fibrado que me cuenta que si de joven fue un poco bebedor y pendenciero, desde que nació su pequeña se ha vuelto un buen musulmán y un abnegado padre. Que le gusta su trabajo –aunque cargue con una mochila que bien podría equivaler a su peso corporal y que ninguno de nosotros conseguimos levantar- pero que en lo único que piensa cuando está en la jungla es en volver a casa para ver a su pequeña.

Los demás miembros del grupo son un pareja francesa muy parisiense, tres amigos alemanes y otra pareja, de alemanes también, que sorprenden por su edad, su buena forma física y lo bien que se toman todas las contrariedades de la ruta. Son uno de esos casos que me reconforta encontrar para comprobar que esto del viajar y vivir aventuras no termina ni a los 30, ni a los 40, ni a los 70. Somos un buen grupo, extenso y variado y de una sana alegría contenida.

La ruta por el bosque lluvioso es lenta y pesada. Empezamos todos muy dispuestos a hacer lo imposible por no embarrarnos hasta que uno tras otro comprendemos que será imposible, que esta arcilla clara en la que se asienta el bosque será tan parte nuestra como lo será el sudor y el agua de ríos que tendremos que cruzar y que nos calará hasta los huesos. Porque habrá que cruzarlos, claro que sí. Todo fluye en este parque y si bien los caminos siguen trazados fijos, el tamaño y la profundidad de los riachuelos puede variar de un día para otro. Lo que ayer era un arroyo, hoy significa cargar la mochila sobre la cabeza y adentrarse en aguas embarradas donde es imposible saber qué se pisa y cuándo darás el paso en falso. Cruzamos ríos, y no fueron ni uno ni dos ni tres, cruzamos ríos y fueron hasta siete.

Y entre río y río las sanguijuelas me suben por las piernas, y a cada rato me las voy quitando. De nada sirven los esprais ni los pantalones largos. Al final, lo mejor, y lo que nos recomienda Hakim es vestir corto y estar atento. Sólo así las podrás ver escalándote la pantorrilla para arrancarlas a tiempo. Pero deberás ser ágil e implacable porque ellas son rápidas y astutas como el mismísimo demonio. Por otro lado, si consiguen morderte sin que te enteres, mejor será dejarlas hacer hasta que hinchadas de sangre y exhaustas se dejen caer por sí mismas porque sólo así te ahorrarás la hemorragia –las sanguijuelas aplican en anestésico para la mordedura y un anticoagulante durante el proceso de succión-.

Y pesar del barro, de los ríos y de las sanguijuelas siento que esta jungla es decididamente distinta a todas las anteriores que visité en este viaje. Es la humedad, es su impenetrabilidad, es la sensación de ver como todo es un constante germinar, crecer, morir y podrirse. Es la exuberancia de una naturaleza en su estado más indómito y agresivo. Es entender que perderte aquí sería morir, que este ambiente te es hostil y que con una noche bastará. Una noche que pasaremos en una cueva en el corazón de la jungla, Gua Kepayang. Una cueva con el piso de barro seco, cubierta murciélagos, pero que nos cobijará durante el diluvio nocturno. Una cueva inhóspita pero que tras el paso por la jungla nos reconforta como el más cálido de los hogares. En la noche y a la lumbre de las velas, mientras pretendemos secar nuestras ropas empapadas que nunca secarán, siento que son estos instantes los hacen que valga la pena todo el sin sentido de este hoy y del mañana. Este deambular por esta tierra de nadie sin rumbo ni destino.

O puede que vaya errado, puede que esta tierra sí sea de alguien. Porque Taman Negara está poblada por centenares de criaturas, criaturas entre las cuales también cuentan los humanos, y más concreto los Batek. De los Batek sorprende sobretodo su aspecto. Sorprende porque no tienen rasgos asiáticos en absoluto y por el contrario recuerdan a los pueblos de Nueva Guinea o a los aborígenes australianos. Taman Negara es una jungla pero también fue una isla o una cárcel, una cárcel que atrapó y aisló a los Batek durante miles de años en su migración hacia tierras lejanas. Y los aisló mientras los nuevos malayos llegaban del norte y repoblaban la península. Quiso el paso de los años y la llegada de la civilización, romper el hechizo y liberar a los Batek de su aislamiento. Pero la liberación fue más una conquista.

Hoy en día los Batek no pueden vivir dentro de los límites de parque, su hogar ancestral. Han sido despojados de todo título de propiedad y por supuesto condenados a vivir en una estado semi-nómada en los márgenes. En un mundo de nada que no es la vida moderna que ni pidieron ni quisieron, ni su vida pasada a la que nunca renunciaron. Sin educación ni organización no pueden plantar cara a la nueva Malasia que ha tomado posesión de su mundo, y sólo les queda un mal vivir y mal vender su ancestral sabiduría a turistas sin escrúpulos a los enseñar cómo hacer fuego o cómo disparar una cerbatana. Para más no sirven y para más no cuentan. Totalmente marginados y expoliados navegan a la deriva de los márgenes del parque hasta que el último de los suyos se haya diluido en este mundo moderno implacable con el débil que no tiene voz.

Amanece y la luz del nuevo día se cuela a través del techo de la jungla hasta el interior de la cueva mientras desayunamos y recogemos el campamento. No hace ni 24h que estamos aquí pero todos tenemos la sensación que ha pasado mucho más tiempo. Nos vestimos de nuevo con las ropas empapadas de ayer que no se secaron y retomamos la marcha.

Los recuerdos y las sensaciones de la jornada de hoy se confunden con los de ayer. Esta jungla será verde, pero en realidad es un desierto cuya solemne monotonía es precisamente lo que engancha y enamora. Esta jungla es un desierto habitado por elefantes, tigres, leopardos y hasta rinocerontes. Pero todos ellos son tímidos o precavidos y bien se cuidan de perderse en las entrañas de la jungla, bien lejos de los humanos. Aislados del mundo por la humedad sofocante que todo lo empapa, aislados por las lluvias torrenciales que azotan día sí y día también esta tierra, aislados por la maraña de ríos y riachuelos de aguas que embarradas que fluyen sin parar cincelando con su lento devenir la historia de la selva más antigua del planeta Tierra.

Postales. Una vela. Gua Kepayang

A fuera hay tormenta y aquí dentro hay una vela encendida. A fuera llueve a cántaros y a cada rato el cielo estalla haciendo de la noche día.

A buen resguardo y con la mirada fija en esa vela, mi mente se catapulta al pasado, a las tormentas de mi niñez, cuando era noche cerrada y a veces saltaban los plomos. Corríamos mi hermano y yo por el piso clamando lo evidente, gritando “¡Se ha ido la luz! ¡Se ha ido la luz!”. Aparecían entonces las velas y se hacía de nuevo la Luz, pero ésta era distinta, ésta era especial. Siempre las mismas velas bien guardas en un estante de la despensa, en el bote de la tapa naranja, aguardaban durante meses a la espera de un nuevo apagón para poder salir y volver a prender. Habría muchas más, feotas y medio rotas, pero yo recuerdo sobre todo la del bautizo -el de mi hermano Xavi o el mío, quién sabe-, toda ella recargada de florituras muy pascuales.

Durante unos minutos y por arte de magia, al prender la llama la casa se transformaba en otro lugar. La oscuridad la hacía más grande y más densa, y el silencio y la calma se hacían más y más profundos. Pasear por la casa en la penumbra, siguiendo el rastro del resplandor de las velas que se derramaba por los pasillos y rebotaba en las ventanas y en los mil reflejos de la lámpara de araña del comedor. ¿Y qué decir de los espejos? Es en la oscuridad y a la luz de las velas cuando los espejos se transforman, volviéndose objetos tenebrosos que devuelven imágenes nuevas, imágenes que ya dejaron de ser el simple reflejo de la realidad. Pasear por la casa en la penumbra, siguiendo el rastro de las voces de mis padres o de mi hermano. Voces que la oscuridad tornaba en ecos, murmullos, susurros o los gritos de mi madre: “Franc! ¿Dónde estás?”.

Me encantaban esos momentos pero la alegría me duraba poco. Siendo un niño de ciudad nacido en los tiempos modernos no entendía la diversión de una noche sin electricidad y pronto me aburría. Finalizada la exploración de todo el piso sólo me quedaba esperar hastiado y ansioso a que volviera la luz para ir corriendo a encender la tele y comprobar que efectivamente de los enchufes volvía a manar el precioso fluido eléctrico.

Pasaron los años, y las velas y su luz pasaron a significar cosas nuevas. Velas alrededor de las cuales se ocultaban mejor las vergüenzas y los miedos, haciendo más fáciles las confesiones entre amigos en aquellas tardes de sábado durante los primeros años de universidad. O las 200 velas que alguna noche ardieron a la vez en un ático de Barcelona, bajo La Roof, inundando el salón de una luz tan cálida y tan intensa que bien podría haberse desbordado por el balcón hacia la Gran Vía, derramándose lentamente por la fachada como una cascada de una lava ligera e inmaterial.

Y ahora una vela arde de nuevo en el suelo de esta cueva, Gua Kepayang, en el corazón de una jungla muy antigua llamada Taman Negara. Una vela que adquiere un nuevo significado. No hay nada que explorar, no hay nada que compartir, nada está a punto de desbordar. Hoy esta vela sólo significa silencio, calma, reposo. Esta vela que me ha hecho pensar en el pasado ahora me invita a recostarme sobre mi lecho para contemplar con la mente en blanco las siluetas recortadas de unos árboles y unas palmeras que asoman a la entrada de esta cueva. Unos árboles y unas palmeras que a cada nueva descarga cobran nueva vida al tiempo que danzan al son de los vientos de la tormenta y de la noche.

A la lumbre de un brasero. Phongsaly, Laos

Sentados a la lumbre de un brasero dentro de esta cabaña, todo lo demás es negra noche. Las ascuas de la cena y una vela solitaria sobre la mesilla del rincón, la única luz. Con el culo dolido por los rústicos taburetes -demasiado duros, demasiado bajos-, sobre un piso de tierra batida. La lluvia cayendo sobre el techo de hojalata y el ondulante vaivén de las brasas son lo único que rompe la calma. ¿La rompen o la acentúan? Hace ya un buen rato que nadie dice nada y ni falta que hace. En esta remota aldea de los Akha, de nombre Peryenxangmai, una vez caída la noche, se pierde el sentido de eso que nosotros entendemos por tiempo.

Tres días en la jungla. Una jungla a veces seca y ligera contrasta con otros tramos de espesa y exuberante vegetación. Siempre cuesta arriba y siempre cuesta abajo. En este mundo, los únicos tramos planos son las cimas de las montañas y los fondos de los valles, en los que nos guste o no, tendremos que descalzarnos para cruzar un río u otro, de aguas cristalinas pero heladas. En ambos extremos es donde descansan las aldeas.

Después de inmolar mi estabilidad emocional invirtiendo la víspera y el día de Navidad en dos largas jornadas de interminable viaje extenuante, cruzando zonas remotas del norte de Laos y sin apenas haber podido tomar aliento y con todas las ropas sucias, me embarqué en este trekking de tres días jungla adentro que nos llevaría en un viaje en el tiempo hacia lugares y costumbres de otras épocas. Un mundo apuntalado en un delicado equilibrio entre la tradición y las ventajas de la vida moderna, colgado de colinas definidas por densa vegetación y envueltas en una permanente neblina que al rato las esconde y al rato las muestra. Una red de caminos superpuesta a este paisaje se esconde bajo la espesa vegetación y conecta un sistema de aldeas de tribus que viven aisladas pero dependientes del mundanal ruido. Bendecidas o manchadas por el progreso siguen su camino al tiempo que, poco a poco, se abren a la visita de los extranjeros.

Las noches las pasamos con las familias, en sus casas de bambú y madera. Donde las hogueras se hacen dentro, donde el humo lo llena todo y los ojos escuecen y te lloran. Duermes con ellos, los hombres a un lado, las mujeres a otro. El piso es duro y frío, de tierra batida. Los muebles son escasos y los cuerpos descansan sobre altillos de esteras de bambú. La cena se mata, se pela, se cocina y se sirve en el mismo espacio. Una gallina que entró de la mano de un chiquillo atada de pies y bocabajo es sacrificada en apenas unos minutos. Desplumada y descuartizada. Cocida y devorada por los comensales y con Lao Lao se riega la comida. Es un licor fuerte, huele a aguardiente y sabe a mil demonios. La luz no se enciende, la luz arde porque no hay bombillas. Sea una vela en la mesilla, sea la hoguera donde se calienta el resto de la familia que espera su turno que sólo llegará cuando nosotros hayamos saciado el apetito. Los niños y las mujeres pueden esperar, los invitados no. Son las costumbres del lugar que nos hacen sentir incómodos pero que hay que aceptar. Se nos permite participar, pero las objeciones o los reproches nos lo llevamos cada uno a su casa, pues aquí están de más.

Cae el sol, y sobre el poblado de casas de bambú y techos de paja se hace la noche. Sólo la vida dentro de las chozas rompe el silencio. La vida en todas sus facetas. Por un lado la tradicional, con sus chácharas y sus risas alrededor del fuego. Por otro lado la moderna, en forma de ruidoso transformador eléctrico que quema combustible para que los ricos de la aldea puedan escuchar música techno a todo volumen en medio de la jungla, en la cima de la colina. Bien alto y bien fuerte para que todos sepan que ellos son los ricos, ellos son los elegidos, aquellos que tienen acceso a la vida moderna y a todas sus bendiciones. Occidente y el progreso traen a las montañas del norte de Laos música techno y decibelios a borbotones. Nos es que lo lleve yo, como embajador del oeste, pero de todo lo que podrían permitirse y escoger, curiosamente escogen esto.

Al día siguiente, después de una noche fría donde el sueño y el descanso han sido escasos, amanece en la aldea. Las mujeres hace rato que andan despiertas, carreteando el agua sobre sus espaldas, cocinando para los hombres, para los animales, y cuando todos hayan comido, supongo que también para ellas. Son esquivas, no se dejan fotografiar. Visten como si el tiempo no hubiera pasado, las ropas occidentales carecen de sentido para ellas. Con sus telas y abalorios de plata sobre sus cabezas parecen reinas de los montes, dignas y orgullosas, y aun cubiertas por una pátina de carestía. Lo visten con la misma naturalidad con la que huyen de las lentes de las cámaras como si del diablo se tratase.

Hemos llegado hasta este rincón del mundo y hemos encontrado lo que andábamos buscando: Una vida “original” en estado puro alejado del turismo convencional. Somos claramente cuerpos extraños que sobramos y en este esfuerzo gratuito e innecesario por acercarnos a ellos me pregunto qué es lo que realmente buscamos al venir hasta aquí. ¿Qué es lo que realmente espero aprender de todo esto? ¿Porqué todo tiene que ser tan auténtico y original? ¿Porqué sólo vale la pena si es así? ¿Y qué implicación real tiene todo esto en mi vida, más allá de foto o la anécdota simpática que contar?

Me hago estas preguntas, les doy cien vueltas y aunque aventure mil respuestas, aún no tengo conclusiones. No se preocupen, cuando lo sepa, seguro se lo cuento. Permanezcan atentos.

Tótó Big Heart. Kalaw, Myanmar

¿Puede el corazón de una persona ser más grande que ella misma? Yo creo que sí, les presento a Toetoe.

Me he encontrado con Scott por el pueblo y los dos andamos buscando guía para un trekking de 3 días desde Kalaw hasta el Lago Inle. Después de preguntar aquí y allá, nos queda una última opción: Hemos quedado a las 5 en punto en el Eastern Paradise para hablar con “Tótó” y ver que nos propone. Ahí llega, nos la presentan y resulta que Toetoe* (aunque se pronuncie Tótó) es una mujer. Quedamos enamorados de su voz y su sonrisa. Pausadamente nos propone su ruta y nos cuenta lo que nos mostrará. Su voz es suave, transmite paz, tranquilidad y cariño. Habrá que esperar un día más para el trekking pero a mi ya hace rato que me ha convencido.

Y nos echamos al monte el grupo entero. Ella viste unos pantalones largos de color rosado, algo gastados por el tiempo. En la mano un paraguas para protegerse del sol. En la cabeza un simpático sombrero de paja. En la cara, unos ojos bellísimos, su sonrisa hipnótica y contagiosa, y bastante thanaka. Es realmente bella. Camina pausadamente con sus zapatos algo demasiado grandes. Son buenos, pero decididamente no son su talla. Alguien se los regaló y ella los usa. Hablamos todos con todos, cambiando de compañero de charla a cada rato. Cuando me toca con ella me da por preguntarle si ha vivido toda la vida en Kalaw. Pregunta genérica y trivial, pero es que nos acabamos de conocer y todavía no hay confianza.

Trivial fue la pregunta, pero nada de trivial tuvo la respuesta. Toetoe me cuenta como llegó a los 10 años a Kalaw, huyendo en cierto modo de su aldea, cuando una noche, alguien no cuidó bien el fuego y la casa de palma y madera prendió, y con ella la aldea entera y con ella muchos de sus habitantes. La familia de Toetoe huyó, otros quisieron salvar “lo valioso” y acabaron por perder la vida. Toetoe conservó la suya pero perdió todo lo demás. Así que a los 10 años empezó una nueva vida en Kalaw donde un familiar los acogió. Y todo esto me lo cuenta pausadamente, sin hacer estruendo, sin dramatizar, sin pizca alguna del orgullo o la lástima del superviviente. Serena y tranquila.

Con la mirada todavía atónita y la mandíbula ligeramente desencajada, decido que la próxima pregunta será sobre el tiempo o sobre el nombre de éste o aquel árbol. El día avanza y acabamos pasando por una aldea donde hay una escuela y se oyen unas voces que claman al cielo a grito pelado el abecedario en inglés. Esto hay que verlo. Y después del juego, de las fotos, los hellos y los bye-byes no puedo dejar de preguntarle a Toetoe si tienes hijos. Y me responde irónicamente entre risas y carcajadas que 10. Algo ya me olía yo. Y es que es muy extraño que una mujer de 33 años se dedique en estas tierras a hacer la veces de guía con extranjeros. La amplia sonrisa de Toetoe se reserva algún misterio más. Empiezo a elucubrar teorías, pero al rato una de las chicas es más descarada que yo, y sirviéndose de la complicidad femenina le sonsaca su historia.

Los hombres por estos lares hacen más bien poco. Las mujeres llevan la pesada carga, una vez más, de tirar para adelante la casa y los niños. Los hombres se juntan, hacen algo, o simplemente beben whisky barato que en realidad es etanol con aromas y colorantes. La rotunda Toetoe concluye que visto lo visto ella lo tiene claro: nada de hombres. Las madres, nos cuenta, cuidan a los niños y estos en realidad sólo las quieren a ellas. El padre poco pinta, y habiendo poco roce hay poco cariño y así es difícil que los hijos les quieran. En el camino nos cruzamos con una madre que, al tiempo que trabaja en la cosecha del trigo, carga a sus espaldas con su bebé de apenas 2 meses.

La historia de Toetoe en concreto pasa por un matrimonio arreglado a los 20 años por su madre, con un hombre que para colmo es musulmán siendo ella budista, y que al poco de estar casados ya tiene una amante. El contrato apenas dura 3 años pero Toetoe ya tiene dos hijos. Curiosamente a la mayor la conocí en el cyber-café el día antes, y me sorprendió su inglés, su soltura y su educado descaro para buscar clientes. Caigo en la cuenta de todo esto cuando Toetoe empieza a hablar de ella. Sí, la niña del cyber sólo puede ser su hija. Y el chico, su otro hijo, a pesar de ser bueno es vago, y parece destinado a convertirse en otro hombre más de la aldea.

A Toetoe no le gusta su trabajo, y a todos nos sorprende porque a cada rato no para de sonreír. Sonríe, te mira, sonríe. Lleva 5 años haciéndolo y cuenta con hacerlo 3 más. Y luego, a lo mejor ser maestra o poner una casa de té. Pero por el momento toca seguir yendo arriba y abajo, paseando a los turistas. Hay que pagar las facturas, y las clases de inglés especiales para su hija, y las clases particulares de informática, también para la pequeña que ya tiene 13 años y que si hubiera nacido en occidente ya les digo yo que se comía el mundo con su desparpajo y su salero.

Y mientras Toetoe sigue andando, habla con todo el mundo en las aldeas por donde pasamos, y nos baña a cada minuto con su sonrisa. Con sus preciosos ojos negros que nos miran alegres bajo la sombra de su gorro de paja. Y esto mientras nos cuenta, después de cruzarnos con una aldeana muy muy mayor que nos pide medicamentos para aliviar el dolor de su pierna, que ella quiere morirse a los 40. Morir joven para no tener que sufrir la vejez en estas tierras. Son paisajes bellos los que vamos cruzando pero también los pueblan mujeres como la de antes: pasados los 70, delgada como un palo, piel curtida como el cuero, con una pierna dolorida, y todavía en el campo, trabajando de sol a sol.

Al final del viaje Toetoe nos ha contado 3 cosas. De las 3 bastaría una sola para ensombrecer el corazón más alegre, pero no han sido suficientes para nublar el suyo. Me quedan muchas preguntas para Toetoe, muchas dudas, me gustaría saber más de ella y de su vida. Aún así, al menos hay una cosa que me ha quedado clara, pero que muy clara, y es que Toetoe tiene un corazón tan tan grande que todas las penas son pocas. Tan tan Grande que si se la miran detenidamente en la foto verán como se le sale por los ojos y le brilla a través de su alegre sonrisa.

* A todo el grupo nos encanta su nombre y no perdemos oportunidad de pronunciarlo. A mi, por el momento se me hace imposible hablar de ella sin mencionarlo a cada tres palabras.

A través de paisajes sencillos y sutiles. Trekking Lago Inle, Myanmar

Escribo este post un poco bastante a destiempo. Y no porque la experiencia que narraré no valiera la pena, ni porque fuera tan indescriptible que escape a las limitaciones de mi palabra escrita. Me aventuro a pensar que la experiencia fue tan sencilla (que no simple) que es por es por eso que se me escurre entre las manos.

Fueron tres días de trekking saliendo desde Kalaw y caminando a través de colinas, campos y aldeas hasta las orillas del Lago Inle. Como todo en esta vida, el camino era el motivo y por fin podíamos descansar de coches, monjes, calles, pagodas, luces. Al menos yo lo necesitaba. Como necesitaba también un poco de actividad física intensa, de sol, aire, sudor, nubes y dolor en los pies. Necesitaba de esa grata sensación que reporta el haber llegado a un lugar por el propio esfuerzo, porque fueron tus piernas y tu voluntad las que te llevaron a tu destino. Esto era lo que necesitaba, pero no tenía claro lo que esperaba. De hecho no esperaba nada y tuve la suerte de encontrarme con casi todo.

Primero con el hecho que nuestra guía fuera “la Guía” y que sin Tótó todo hubiera sido distinto, aunque no sabría decir en que manera. Tótó sencillamente emanaba luz y tranquilidad, era agradable belleza andante, sazonada con un poco de sencillez, amabilidad y algo de picardía. La receta perfecta.

Lo segundo que percibí como generoso regalo de los dioses fueron mis compañeros de viaje. El equipo estaba integrado por un interesante y bien equilibrado conjunto de personas “easygoing” como aquí se les llama, con más de cinco dedos de frente por cabeza y con muchas ganas de disfrutar y poner las cosas fáciles a los demás: Scott, Savina, Jarkko, Oliver y Nadja. Lo tuve clarísimo pasadas las dos primeras horas, cuando todos ya habían hablado con todos, se habían presentado y habíamos empezado a compartir el viaje, que no sólo es andar por el monte y tirar fotos. Que también es conocer y interactuar con quien te acompaña.

Los paisajes no fueron impresionantes pero fueron sutiles, creo que tampoco los tildaría de bonitos. Bellos, suaves o delicados serían palabras más adecuadas. Y tan distintos de todo lo que había visto hasta el momento a lo largo de Myanmar donde la jungla y cierta “sabana” parecen ser la norma común y general. Las fotos se explicarán mejor que las palabras, y seguramente también se quedarán cortas en comparación con la realidad.

De todo lo bueno, de todos esos centenares de pequeños momentos, de todas esas charlas sin significado que tanto pueden llegar a significar, de todo ello me quedo con el segundo día entero. Con mi despertar autista habitual al son del Unplugged de Lauryn Hill mientras disfruto del amanecer, de mis compañeros, del desayuno y de las verdades como puños que canta la buena de Lauryn. Con todo el paisaje que casi ininterrumpidamente nos acompaña y con los campos de semillas de sésamo que todo lo salpican de amarillo. Con un cielo rabiosamente azul y con unas nubes rabiosamente blancas y contorneadas. Con un vendedor ambulante de “porras” que surge de la nada montado en su moto. Con el hecho que Tótó ha escogido una ruta donde no encontramos ningún otro turista.

La primera noche estuvo bien, durmiendo en casa de gente local. Pero durante la segunda noche esquivamos al dichoso monasterio y la pasamos en Una Aldea. Ese paseo con el grupo al atardecer, la tontería de los niños y el canto de unas mujeres, que a estas horas todavía siguen faenando los campos con buen humor. Ni las fotos de este atardecer ni las palabras de un servidor nunca podrán describir la sensación de gratitud que sentí. Gratitud con no sé qué. Pero a fin de cuentas Gratitud por un día tan bello que de tan sencillo se me ha hecho tan difícil de escribir.