Entre dos mares. Khao Sok, Tailandia

Echando la vista atrás, el paso por el Parque Nacional de Khao Sok queda enmarcado en 2 momentos. 2 momentos a solas con mi música y conmigo mismo tras ya 4 semanas viajando en compañía. En el lugar del que venimos –léase la península ibérica- la soledad es una peste, pero estando en ruta uno se vuelve adicto a ella, y sólo cuando la reencuentra de nuevo se da cuenta de cuánto la echó de menos.

Khao Sok es mundo aparte que pivota entre las Islas del Golfo de Tailandia y el Mar de Andamán. Parece una tierra de nadie eclipsada por destinos de playas paradisíacas, cocoteros y mares turquesas. Pero Khao Sok se vale por sí mismo. Son sus picos de roca caliza salpicados de un verde que desafía las leyes de la gravedad y el sentido común. Son unos cielos azules que sustentan exquisitas composiciones de nubes de algodón blancas como la nieve. Y todo ello se levanta sobre un plano continuo que es agua y que define el perímetro de un lago artificial. Un invento de los humanos y del progreso que ofrece la posibilidad de adentrarse en un paisaje de jungla de los tiempos jurásicos cómodamente sentado en una lancha bajo un sol implacable.

Llegamos a destino y frente a un cementerio de árboles ahogados flotaban las casitas que serían nuestro hogar por esa noche. A Cristina le pareció tétrico, con razón, a mi me pareció poético, sin razón también. Por la tarde paseíllo en kayak, ahora remas tú que yo estoy cansado, ahora remo yo, que sigo cansado pero que ya me toca. El kayak, ese gran invento de los dioses para poner en evidencia los problemas de comunicación de las parejas. Suerte que Cristina y yo sólo somos amigos y que nos dimos por perdidos hace ya mucho tiempo. El cielo azul que dio el pistoletazo de salida a nuestra expedición se fue volviendo oscuro y más oscuro a cada golpe de remo, y como no, al final nos pilló el chaparrón. Pero poco importaba, nos habíamos reído un buen rato con nuestra triste demostración de potencia física luchando contra la inexistente corriente que nos llevaba en la dirección contraria. Y a más a más, caliente estaba el aire, calientes las aguas del lago y calentita la lluvia aunque nos cayera a cubos.

Se hizo de noche y siguió lloviendo. Cristina ya dormía cuando tomé posiciones en el pantalán, repantingado sobre un flotador enorme, con algo de zumo de cebada y con Concha Buika cantándome al oído.

La tormenta de aquella noche fue monumental, absolutamente apocalíptica. El aparato eléctrico iluminaba las montañas al fondo, las islas al frente y las siluetas tristes de los troncos muertos entre ambas. Rayos que por un momento hicieron de la noche día y que iluminaron de tal forma la jungla que pude ver el verde intenso de los árboles y azul oscuro de las aguas en uno de aquellos brutales fogonazos. Y mientras Concha me susurraba al oído algo sobre “la niebla”, yo me perdía en mí mismo pensando en cosas de gran importancia que ahora ya ni recuerdo y recordando a cada ratito lo a gusto que se está aquí.

Rompía el alba en el lago y a falta de safari nocturno por la tormenta de la noche anterior, fuimos a la búsqueda de fauna al amanecer. Me quedo con aquellos rayos de sol colándose entre las nubes y rebotando sobre la superficie del agua tornándolo todo plata, oro y azabache. Plata las aguas, oro las nubes. Las montañas, las islas y los árboles muertos, todos ellos negro azabache al contraluz. Todo esto al este, al amanecer. Y mientras la niebla levantaba aparecieron los colores al otro lado, al oeste. Y vimos los árboles mecerse por el peso de los gibones que merodeaban en sus ramas aullando entre ellos. Y vimos el cielo roto por el vuelo de un par de calaos que en su suave planear parecían ir demasiado lentos como para seguir flotando.

Y volvimos y desayunamos y volvimos a partir. El desayuno sería el que fuere, pero el plato fuerte del día era un pequeño trekking por la espesa jungla de Khao Sok para llegar a un cueva. Oigo hablar de cuevas y ya se me va la cabeza. El pequeño trekking fue bien llevadero, no había cuestas, el camino estaba bien marcado y seco, pero, y digo pero, había alguna que otra sanguijuela. Y bastó con tener alguna subiendo por la pantorrilla y constatar cuan asqueroso es este pequeño animal para que el cruce de la espesa jungla se convirtiera en algo más que un paseíllo por el campo. Tras una hora andando y algún que otro avistamiento de pequeño reptil, llegamos a la boca de la cueva, y empezaba la fiesta en este volver a las entrañas de la tierra. Primero secos, viendo como a cada paso la caverna se estrechaba. Como los techos estaban plagados de murciélagos y como poco a poco el caudal del río que se abría paso ente las rocas se volvía más profundo y más caudaloso.

Yo disfruté como un enano a cada paso en falso que me hundía en la incertidumbre. A cada recoveco oscuro que impedía ver más allá de lo que uno pudiera imaginar. Con el agua literalmente hasta el cuello pero entre risas y nervios y la tranquilidad de estar con un par de guías que sabían lo que se hacían y que se divertían con nosotros sin complejos. Cruzamos la cueva, mi cámara sobrevivió en su bolsa anti-naufragios, y volvimos a la luz y la jungla. Nos sin antes presenciar una demostración de cómo se hipnotizan ranas y se las pone a dormir boca a arriba. Nuestras amigas las rusas salieron de la cueva algo atacadas, y Cristina salió serena pero algo preocupada por las sanguijuelas que mediaban entre nosotros y la lancha.

La vuelta fue frenética, a trote por no decir corriendo. Dora la Exploradora, mostrando su cara más “decidida” mandó correr a toda la expedición con tal de salir de aquella jungla lo antes posible y con el mínimo de mordeduras de sanguijuelas posibles. Le seguimos la corriente porque no teníamos más remedio, y porque sinceramente, las sanguijuelas, aunque indoloras tampoco eran plato de gusto para nadie. Y aún así todo sea dicho, las sanguijuelas son asquerosas y conceptualmente odiosas, pero mucho menos molestas que los mosquitos de toda la vida.

Sobrevivimos a la cueva, a las sanguijuelas y a nuestros miedos. Y antes de volver a casa, nuestras amigas rusas sugirieron un último paseo por el lago. Sabían dónde iban y nuestro guía fue lo suficientemente generoso para no regatearnos un último momento de gloria al atardecer. Montañas que se alzan hacia el cielo con gracia y descaro. Árboles que levitan sobre la nada y que mantienen en esta ingravidez las poses más gráciles. Cielos azules y otra vuelta más entre estas paredes que son acantilados y que son fuente de inspiración cuando llega el momento de imaginar mundos futuros e inalcanzables –léase las famosas montañas aleluya de la lejana Pandora de Avatar-.

Pero este mundo es real y sí está al alcance de la mano. Está entre las Islas del Golfo de Tailandia y el Mar de Andamán. Está tierra a dentro en esa porción de Tailandia que se descuelga por la península camino de Malasia. Estuvo para mí al alcance de la mano, a medio camino entre los susurros de Concha Buika en lago, y entre las melodías hipnóticas de Yann Tiersen al atardecer de vuelta en una furgoneta a través de la Tailandia menos turística y geológicamente más espectacular. Un mundo entre dos mares que yo siempre recordaré entre dos momentos rociados con la mejor música.

Luz de luciérnagas. Trekking Ratanakiri, Camboya

La mayoría de la veces la gente cree que un viaje como éste es una secuencia continua de lugares increíbles, personas fascinantes y momentos inolvidables. A veces es así, otras no. Todo varía y fluctúa enormemente y son tantos los factores en juego que difícilmente puedes anticipar cuál será un gran día y cuál no. Lo que sí les puedo garantizar al 100% es que un viaje como éste sí es una secuencia continua de silencios. De silencios en los que uno se queda a solas consigo mismo: durante las interminables horas de autobús, en los paseos por montañas o junglas, en las expediciones a través de las ciudades y sus callejones.

Y ocurre a veces que en uno de esos interminables silencios, colgado de una hamaca en medio de la jungla y a la luz de las luciérnagas, uno tiene consigo mismo uno de esos delirantes pero honestos diálogos, y acaba por darse cuenta del porqué de muchas de las cosas que ocurrieron en su vida. Bajo el implacable y cegador resplandor de las luciérnagas no hay lugar donde esconderse ni excusarse. No hay sombra que pueda ocultar por más tiempo las piadosas mentiras y brillan en su simplicidad las verdades como puños.

Vine hasta Ratanakiri porque quería conocer esta parte del país alejada de las rutas turísticas más tradicionales. Quería y necesitaba un poco de ejercicio físico y aunque costó, acabé por conseguir compañeros de trekking con los que poder asumir el gasto de los 3 días que se nos venían encima. Una pareja de viajeros, que se habían conocido unas semanas atrás en un voluntariado en Takeo y que tras congeniar decidieron viajar. Matt, un curioso americano de Minessota, miembro del club del 5%. Y Sigi, el belga menos belga con el que me he cruzado hasta el momento. Ambos gentes sencillas, generosas y prácticas. Con un sentido del humor sobrio, sin aspavientos, pero que goteaba constantemente.

El trekking valió la pena, una vez más, porque dimos con el guía perfecto. Bonny era uno de esos: listo y despierto, resuelto y con sentido del humor, para el que ésto no era sólo un trabajo. Estaba claro que sabía de lo que hablaba y que para él poder contar el pasado y el presente de su país era una necesidad vital. Bonny sufría del mal que acarrea el saber, el pensar y el recordar. El saberse en un país donde la gente es muy pobre a costa de otros que son muy ricos. El pensar que los ricos lo son a costa de la ignorancia y el miedo de los pobres que alimentan regularmente. El recordar que los gobernantes actuales fueron los criminales de antaño. La realidad de Camboya es simple y compleja, pero la pobreza, la ignorancia y el miedo patrocinados durante más de 30 años por un gobierno “democrático” hacen mella hasta en el ánimo de los valientes que deciden pensar y recordar.

Durante los tres días cruzamos el río en dos ocasiones. Un río cuyo nivel subía y bajaba al capricho y necesidades del otro lado de la frontera. Y es que cuando los directores de la presa, ubicada en Vietnam, decidían que era momento de cerrar, en el lado Camboyano el cauce del río era tan bajo que impedía su navegación (y a falta de carreteras los pueblos quedaban aislados). Pero cuando estos buenos operarios decidían que había demasiada agua, entonces las compuertas se abrían y las tierras de esta gente se inundaban durante días. El río desbordaba incapaz de asumir el caudal. Las cosechas se perdían y los animales morían, y las gentes tenían que huir a las colinas, hacia la jungla. Y así los pobres se hacían más pobres, y falta de dinero y comida, los niños en vez de ir a la escuela tendrían que ir al campo a trabajar. Tan simple y tan claro. Y como suele ocurrir en estos casos, las compensaciones económicas tenían lugar, claro que sí, tan sólo que siendo Camboya un país tan corrupto y estas gentes tan vulnerables, el dinero no llegaba más allá de la capital.

Jungla y aldeas. A eso vinimos y valió la pena y lo disfrutamos. Pero de todo ello me quedo con las explicaciones de Bonny sobre el pasado no tan lejano en esta área, donde empezó Todo. Donde los Jemeres Rojos comenzaron su revolución. Visitamos aldeas fundadas tras los campos de trabajo, conocimos a gentes que sobrevivieron a ello. Nos mostraron los campos donde les explotaron, aterrorizaron y enterraron a algún compañero revoltoso que le dio por pensar y protestar. Los presentes no se entienden sin sus pasados, y es por eso por lo que la memoria es algo tan valioso y tan poderoso. Sentados en los pupitres de una escuela vacía, Bonny, nos cuenta como la historia se re-escribe en los libros y en las fiestas nacionales, y como aquellos que fueron verdugos se presentan como indispensables salvadores de la patria y benefactores del pueblo.

Vine hasta aquí para adentrarme en el corazón de las tinieblas de la jungla camboyana, al tiempo que cruzábamos pueblos de cultos animistas donde los sacrificios y los rituales regían el día a día. Vine hasta aquí en busca de otras realidades paralelas, y las encontré, pero no estaban fuera, sino dentro de mí.

Al final del primer día, después de acampar junto a la cascada y darnos el merecido chapuzón, vino la cena, y tras la cena la noche cerrada, la oscuridad y el final de la jornada. Colgado dentro de mi hamaca y envuelto por la noche y los ruidos de la jungla quedé atrapado de nuevo en la cadena de silencios. De nuevo dentro de ese torbellino invisible que son las ideas superponiéndose unas a otras en ese diálogo infinito de dudas y preguntas que intentan responderse a sí mismas. Lo más fácil y lo más difícil. Aclararse uno mismo, entenderse uno mismo, ser Honesto con uno mismo.

Me gusta pensar que fue el pálido resplandor de las tres luciérnagas que como un susurro desafiaban al negro absoluto de la noche. Me gusta pensar que bajo su implacable y cegadora luz, donde no hay sombra ni engaños, mis piadosas mentiras dejaron paso a simples verdades como puños.

(niños! Por mucho que les digan, no dejen nunca de pensar por sí mismos y de intentar se cada día un poco más honestos con ustedes. La pereza siempre acaba pasando factura.)