La cola del Dragón. Delta del Mekong, Vietnam

El Mekong es uno de los grandes ríos del mundo, el octavo en longitud. Pero más allá de su longitud y su caudal están las historias que evoca el nombre de este río mítico. El Mekong no es un río, es un Dragón cuya Cola se abre camino por el sureste asiático, desde la meseta del Tíbet hasta los arrozales frente al mar de China donde su furia se vuelve fértil y mansa desembocando en 9 gigantescos ramales, la Cabeza del Dragón. Lo mío con el Mekong viene de lejos así que el género epistolar me ha parecido la mejor opción, íntima y personal.

Querido Mekong,

Cuando nos presentaron por primera vez dudé de ti. Preguntamos por ese río bravo de aguas turbias que corría al fondo del valle y nos dijeron que eras el Mekong. Todos nos miramos sorprendidos pensando en los paisajes y en el talante que evocaba tu nombre: un río lento y perezoso, grande y ancho, calmo y continuo. Mekong sonaba a calor y arrozales, pero ahora te contemplábamos desde esta roof en la aldea de Xitang, al norte de Yunnan, frontera con el Tíbet y camino del Khawakarpo, a unos 3500 metros sobre el nivel del mar. Fuiste una de las sorpresas de aquella memorable jornada.

Pasaron los meses y yo sabía que en esta nueva aventura que emprendía nos encontraríamos de nuevo, pero no pensaba que lo nuestro daría para tanto. En nuestra segunda cita andaba colgado en la parte trasera de una pick-up con mi rala melena al viento. Dejaba atrás mi segunda incursión a Myanmar y hacía camino para pasar las navidades en el norte de Laos. A lo largo de la frontera entre Myanmar, Tailandia y Laos, en el triángulo dorado, corrías por el margen izquierdo de la carretera y ya ofrecías otro aspecto. El mismo río, las mismas aguas y aún así tan distinto de aquella primera vez. Aquel día eras frontera entre dos países y desde el atardecer en el terrado de aquel hostal de Huay Xay me despedí de Tailandia para encarar el ambiguo destino que me aguardaba en Laos.

Subí hasta las junglas de Phongsaly y descendí por un tributario tuyo, el Nam Ou. Frente a sus aguas pasé un memorable año nuevo de baja intensidad y por ellas llegué hasta Luang Prabang, fue nuestra tercera vez pero no fue la vencida. Tras Vientiane corriste paralelo a la carretera, en esta ocasión por la derecha, mientras hacíamos camino hasta Thakek para encarar el “Loop” y frente a tus aguas tomamos aquella última cerveza Serge, Leo y un servidor antes de despedirnos para siempre. Después de una noche infernal en bus nos volveríamos a encontrar al día siguiente a los lomos de una de tus 4000 Islas y durante 4 días acampé en Don Det donde, frente a tus aguas y tus atardeceres, decía adiós a Laos tumbado en mi hamaca.

En Stung Treng nos vimos de nuevo, éramos ya como de la familia, y en Kratie, al cabo de unos días, volví a surcar tus aguas en busca de tus delfines. Los vimos, a lo lejos, pero como éramos demasiados y ruidosos te guardaste tus regalos para otros. Nos ofreciste, eso sí, una espléndida puesta de sol al belga, a la francesa y al español antes de reencontrarnos con los holandeses de Thi Lo Su. En Kratie no vi a tus delfines pero me devoraron tus mosquitos.

No eres el Tonlé Sap, porque que él es un lago y tú un río, pero el Tonlé Sap y tú sois uno. A ratos es él quien te alimenta, a ratos le alimentas tú. El lago no está de lejos de Phnom Penh, la última capital que cruzas antes de dejarte llevar por el mar. Aquí eres plano y cortas la ciudad en dos, y más allá de los restaurantes de carretera pasado el puente japonés parece no haber nada. Pero en la otra orilla, por el contrario, palpita la capital de Camboya en 1,2,3,4 y hasta 5 “tomas”.

¿Y qué nos queda ya? ¿Tu cauce se acorta y nuestro tiempo se acaba? Llegas a Vietnam donde finalmente tu nombre y tu mito parecen cobrar sentido. El Gran Dragón Mekong, el Río Grande del Sureste Asiático: amplio, fértil, inmenso.

continúa  en el siguiente post, La cabeza del Dragón…

 

Viaje al centro de la Tierra. Kong Lo, Tham Phu Kham & Xieng Liab. Laos

Siente el frío, siente la roca, siente la oscuridad y siente el murmullo del agua que fluye bajo la montaña. Siente el vacío que se eleva decenas de metros sobre tu cabeza. Siente como este mundo lejano te es próximo. Siente de nuevo como las entrañas de la tierra te atraen. Siente como dan significado a algo que siempre fue tuyo pero que con los tiempos modernos y bajo el eterno brillo de las luces de tungsteno y de neón creíste haber perdido. En Laos descubrí las cuevas y me hechizaron por completo.

Seguimos avanzando contra corriente, río arriba. Pero a pesar de la hora y del solemne amanecer del que venimos, aquí, es noche cerrada. Las entrañas de la tierra son negras y húmedas. Negras. ¿Te has planteado alguna vez que es la oscuridad absoluta? ¿Has fantaseado en alguna ocasión con bucear en la nada? Kong Lo es la nada. Es una nada en la que retumba el eco del paso de nuestro bote, una barquita a motor con sus 5 pasajeros. Es la nada rota por 3 haces de luz alborotados incapaces de abarcar la inmensidad de este templo pagano excavado en el corazón de la montaña. Es una nada muy llena que se define por un vacío que no se puede explicar, que sólo se puede experimentar en silencio, a la ida, y con la adecuada banda sonora, a la vuelta.

Como las muñecas rusas, las gigantescas cavernas de Laos son paisajes contenidos dentro de otros paisajes. El río se define por unos márgenes, pero sus orillas son dura roca relamida por el paso del tiempo que se pliega sobre nuestras cabezas. Y alzar la vista a este cielo es estremecerse al atisbar un techo que el desgate del tiempo convirtió en un mar de agujas del revés. Enormes, monstruosas y sensuales guillotinas que penden sobre nuestras cabezas en el espesor de esta noche sin principio ni final.

Y este paisaje no es sólo un río que atraviesa la montaña, ni sólo el reflejo de los miedos de los que lo cruzan. Hay playas de arenas finas en sus márgenes y hay bosques de árboles de roca. Árboles de piedra que al rato crecen hacía arriba y al rato crecen hacia abajo, lentamente, gota a gota. Desembarcamos en una de esas playas subterráneas y en el corazón de la tierra hay un interruptor hijo de los tiempos modernos que los humanos colocaron para enaltecer a los tiempos antiguos. Paseamos por este jardín bulboso de formas caprichosas en un laberinto de perspectivas cambiantes que nos desbordan por completo. Cada rincón, cada giro y cada pliego son un universo en sí mismos.

Cada rincón, cada giro y cada pliego fue un universo en sí mismo. La mayor parte del trayecto, tanto el de ida como el de vuelta, fue a oscuras, nuestras linternas no daban para más. Imaginamos más de lo que vimos y creo estuvo bien que fuera así. Los lugares mágicos, como las personas especiales, no son tanto aquellas que te dan respuestas como aquellas que te generan dudas o te empujan soñar. Durante el recorrido a través de Kong Lo nadie habló, no se hizo comentario alguno porque las palabras habrían estado de más. Durante el recorrido a través de Kong Lo mis labios no dejaron sonreír a la oscuridad mientras mi cabeza hervía en un mar de sueños, reflexiones, dudas, preguntas y respuestas, y sueños, muchos sueños. La nada al comienzo, la nada al final, y entre medio un río de bravo de sensaciones que no consigo describir.

The Loop. Thakek, Laos

Cuando daba clases de Photoshop en Barcelona solía comentar a los alumnos que no había atajos y que, comparándolo con el mundo de la escalada, en la mayoría de las ocasiones era mejor dar 3 pasitos en corto en vez de intentar dar uno demasiado largo para acabar teniendo un traspié.

Con los miedos creo que pasa un poco lo mismo y este viaje también trata de esto. No tanto de serpientes, tarántulas o saltos al vacío desde un avión. Cuando me refiero a miedos pienso en esas doscientas cosas que dejamos de hacer cada día bajo la etiqueta de “me da corte”, “qué palo” o “yo no estoy para esos trotes”.

Una tarde de sábado en Bangkok, mientras pasábamos el rato holgazaneando en casa de Ana, nos pusimos a ver videos en YouTube. Cuando llegó su turno y le dio al play, me quedé con una frase de los siete minutos de discurso: “Haz cada día una cosa que te dé miedo”. A estas alturas ya no me creo que los valientes lo sean porque despertaran una mañana y decidieran saltar por la ventana sin red. Me huelo que los valientes lo son porque cada día decidieron dar un pasito adelante en vez de darlo hacia atrás.

El Loop de Laos era para mí una esas doscientas cosas que un año atrás hubiera dejado de hacer bajo la etiqueta de “yo no sé” o “yo no estoy para esos trotes”. Así es. Cuando cogí ese vuelo de ida y sin regreso destino a Bangkok el 18 de Octubre del 2011 yo no sabía ir en moto, no tenía carnet de conducir y aunque lo intuía, ignoraba los misterios de las marchas de un motor. En Hsipaw decidí dar ese primer paso hacia adelante y a pesar de mi “miedo” llegué a Namhsan. En Mae Salong di mi segundo pasito y durante ese día en la carretera me cayeron algunos regalos del cielo.

Así que cuando llegó el momento de arrancar la moto para completar el Loop de Laos ya no tenía frente a mí un abismo insalvable. Había dado ya antes dos pasitos cortos y sólo tuve que alargar la mano para completar mi objetivo y dejar atrás mis miedos y mis reparos.

Frente a mí, 450km de ruta circunvalando el centro del país durante cuatro días, cruzando paisajes intensos a ratos, aburridos en otros. A mi lado, un buen par de compañeros de armas: El Gran Serge y Leo, un romano pretoriano adquisición de última hora.

Y el Loop ¿Qué és Loop?. Loop significa vuelta y de eso se trata: de darse una vuelta, nada más, sólo que dando la vuelta uno se cruza con algunos momentos impagables que sólo la independencia de una moto puede proporcionar. Porque hay paisajes que se pueden ir a ver, pero hay otros que tienes que cruzarlos para poderlos comprender y disfrutar.

Los primeros 180km fueron de lo más aburridos, pero eran la antesala de un mar de agujas de piedra caliza ennegrecidas por el paso del tiempo sobre el que se le superponía otro mar de voluptuosa vegetación. Era el contraste de verde, blando y vegetal, con lo negro, duro y mineral.

Cruzado el mar de olas de roca bajamos un puerto que de curvas tan cerradas había conseguido volcar algún que otro camión en medio de la calzada. Descendimos al valle para tomar el desvío dirección Tham Kong Lo, La Cueva. Durante media hora enfilamos un tramo de carretera recta al más puro estilo de la ruta 66 que cruza los desiertos del oeste americano. En todo momento escoltados a lado y lado por enormes torres eléctricas cual molinos quijotescos contemporáneos bajo un dramático cielo encapotado que amenazaba tormenta.

Un tramo de muro continuo, de unos 30 quilómetros de largo y cientos de metros de altura acotaba el valle a mano izquierda. Ni la luz de sol poniente fue capaz de arrancarle un brillo o un contorno a aquel paredón de piel áspera y parda. Era una enconada que se iba cerrando sobre nosotros a medida que avanzábamos. Llegamos a las puertas de La Cueva pero el paso ya estaba cerrado y tuvimos que esperar a la mañana siguiente. Retrocedimos, preguntamos y encontramos donde pasar la noche. Y mientras ésta acaba por llegar nos dimos un paseo de esos de dar por dar y nos topamos con una aldea oculta tras los árboles, más allá de los campos de cultivo y a la vera de un río. Paseando, saludando, sonriendo. Qué regalo terminar la jornada junto al río donde los niños y las mujeres habían ido a bañarse en ese tramo de un extraño azul verdusco.

Cuando amaneció Serge ya estaba dispuesto y listo para la caza. Vio que la luz prometía y se echó al campo. Con los ojos llenos de lagañas y en acto reflejo saqué la cabeza por la ventana y entendí porqué había dejado atrás las sábanas calientes para echarse sin desayunar a una fresca mañana. Le seguí, pero andando mi propio camino, y durante esa hora con el estómago vacío y la boca pegajosa, estuve allí. Estuve disfrutando de esos instantes, de los colores, de las texturas, de la luz y de las sonrisas de los campesinos que hacía ya rato que trabajaban los campos. Estuve allí, en una de esas mañanas que siendo como todas las demás son únicas en sí mismas y que con el paso de los años no se le olvidan a uno.

Y luego La Cueva. Un lugar que come aparte. Un lugar del que si queréis os hablo en un próximo Post. Tham Kong Lo, uno de los lugares más mágicos que nunca he visitado y en el que puedes soñar despierto. Un viaje a los infiernos entendidos como misterio, no como sufrimiento. Un lugar inundado de luz negra capaz de aclarar rincones de una memoria ancestral que curiosamente sentí tan cercana.

Dejamos atrás el descenso al Hades y el resto del trayecto del día no deparó más misterios ni sorpresas. Algún mercado de aldea de nombre innombrable en el que mujeres de rostros anónimos me regalaron sonrisas enormes por comprarles dulces de los que ahora ya no recuerdo ni el gusto ni el aspecto. Las sonrisas, sólo el calor de sus sonrisas. Y alguna instantánea de nubes y montañas memorables que conseguimos arrancarle a docenas de paradas durante en el trayecto. Carretera y manta que dicen en mi tierra para acabar llegando a Lak Sao, otro de esos lugares dejados de la mano de dios que decidieron crecer alrededor de un cruce de carreteras camino de Vietnam. Una habitación llena de mosquitos, una cena callejera de batalla, de las que hacen currículum viajero y un crep local que le puso el broche de oro a la jornada y a esa fría velada de sábado noche.

Y al tercer día los cielos se abrieron y diluvió. Y lo hizo en el tramo menos propicio, cuando el asfalto había quedado atrás y cruzábamos caminos de polvo en medio de la jungla. Polvo que con las primeras gotas se convirtió en barro. Barro que resbalaba como el hielo y lluvia que nos caló hasta los huesos. Durante hora y media intentamos avanzar, nos detuvimos ante el embate del aguacero y sonreímos porque éramos 3, conscientes de lo distinta que habría sido nuestra suerte si sólo hubiéramos sido 1. Era una de esas situaciones en las que la suma de las partes fue mayor que las partes por separado y en las que viajar en grupo valió la pena.

Cruzada la jungla volvió el asfalto o al menos dejamos atrás el polvo que yacía bajo el barro. Y al parar a comer frente al Embalse y en medio de la nada, ya bajo el amparo del cobertizo, diluvió una vez más, con más rabia y más furia que antes. Los dioses nos hacían notar que a pesar de estar calados hasta los huesos, teníamos que estar agradecidos, que habíamos sido afortunados y que su ira podía ser infinita.

Un embalse, El Embalse. La jornada anterior, frente a la laguna de Kong Lo, un alemán que hacía la ruta en sentido inverso, nos habló de praderas de agua cubiertas de esqueletos de árboles muertos que parecían nacer y morir en el reflejo del cielo. Un paisaje imposible ante el que cuestionar su pertenencia al mundo de los cielos o al mundo de los infiernos. Un lugar puramente poético que parecía cobrar sentido bajo el gris plomizo de los cielos de tormenta que dejábamos atrás. Un paisaje de ensueño, un desbarajuste medioambiental y social, efecto colateral del progreso que azota Laos y que tiene su origen en el País del Centro, comúnmente conocido como China.

Nos acercábamos al fin, cerrábamos el círculo y durante la última jornada exploramos nuestra última cueva durante la última mañana. Xieng Liab. Una caverna enorme pero corta donde presenciamos una silenciosa batalla de luces que se libraba roca a roca, pliegue a pliegue. Luces cálidas penetraban por una de las bocas y se fundían con las luces frías que asomaban por el otro extremo. Una lucha a cámara lenta pero de inusitada violencia, sólo apta para ojos atentos y almas despiertas.

Exhaustos, con los culos planos de tanta moto y las ropas sucias de 4 días de marcha aceleramos el paso de vuelta a Thakek, a la vera del río, el amigo Mekong. Orgullosos de nuestra pátina de polvo, sudor y roña brindamos con unas Beerlao bien fresquitas y aguadas por el hielo. Orgullos y cansados dimos media vuelta por esta calle que es Thakek y que siempre te lleva hasta el río. Era medio día y podríamos haber devuelto las motos, pero Serge estuvo ágil y supo adivinar que no era el momento. Mejor sería volver al hostal, ducharse y empaquetar los bultos, y hacer tiempo hasta el atardecer. Y ese fue el momento. Allí me encontraba yo, conduciendo bajo exuberantes árboles centenarios por la calle mayor del pueblo al final de la cual se ponía el sol sobre el Mekong. Envuelto en una nube de scotters y cargado con mis mochilas. Una vez más se me salía la risa por las costuras sintiéndome parte de todo esto.

En ese momento conmigo mismo me sentí a gusto y me sentí orgulloso, no por haber hecho nada que nadie hubiera hecho antes. Orgulloso por haber vencido mis miedos y mis reparos, y alegre por haber disfrutado los siempre suculentos frutos que la vida depara a los valientes, aquellos que en vez de dar un paso atrás decidieron dar un pasito adelante.