Y Muy Salvaje. Khajuraho, India

Bañábase desnuda la bella Hemavati en el estanque de Rati Talab, entre flores de loto y reflejos de luna en una noche tibia de verano. Era hija de Hemraj, brahman Purohit del Raja Indrajit, de la casa de los Gaharwar, en la ciudad sagrada de Kashi –Varanasi-. Tal era su belleza, tal el porte de su busto, el talle de su cintura y el brillo en la redondez de sus caderas empapadas, que Chandra –el diós lunar- no pudo resistirse, y haciéndose hombre bajó a la tierra y poseyó a la bella Hemavati.

Desesperada, Hemavati maldeció a Chandra por haber mancillado su honor, y Chandra, queriendo enmendar sus errores prometió a Hemavati que sería madre de un gran hombre: ‘Parte ahora hacia el oeste, marcha lejos de Kashi hasta llegar al bosque de los khajurs’.

Siguiendo la estela de Hemavati, yo también dejo atrás Varanasi y marcho hacia el oeste en busca del desparecido bosque de los khajurs –palmeras datileras- donde todavía siguen en pie los Templos de Khajuraho, el legado del mitológico Chandravarman, el hijo de la Luna que parió la bella Hemavati. Estos templos son el legado en piedra que la dinastía Chandela dejó al mundo y uno de los ejemplos más sublimes de arquitectura y escultura –aquí ambas se funden- de la India.

Fue otra noche muy fría en la sleeper class, aunque esta vez estuve menos solo. Me acompañaban en el vagón la Rusa Galina que venía haciendo auto-stop desde Moscú con su tienda de campaña –una mujer fuerte y bien torneada, de armas tomar si se gira mal tiempo-, y Matt el Australiano, que hacía poco había descendido de los Himalayas después de pasar varios meses de voluntario en un orfanato en Nepal. Otra noche de traqueteo y frío punzante deseando que llegue ya el nuevo día cuando al fin, las tierras de Madhya Pradesh nos regalan una delicia de amanecer. Lentamente un sol rosado se va alzando sobre un horizonte incierto que se pierde entre suaves colinas y brumas matutinas. Una hierba alta y dorada lo cubre todo, y la campiña aparece moteada por grandes árboles de un verde oscuro casi negro y parches de tierra fresca de campos recién arados. Si no fuera por algún colorido sari trabajando ya a estas horas, juraría a pies juntillas que este tren desfila por la meseta, allá lejos en Iberia. Pero la visión alucinógena de un enorme nilgai comiendo de un árbol –antílope local también conocido como ‘toro azul’- me despierta definitivamente de mis sueños y mis elucubraciones. Amanece en India y estamos llegando ya a Khajuraho.

Khajuraho_13_Franc-Pallarès-LópezCon la estación de tren a 7km al sur, el trayecto hasta el pueblo acaba rozando lo absurdo. Un escuadrón de autorickshaws nos esperaba desde hace rato y entre la quincena de turistas y los Mr. Driver estalla la batalla por un precio razonable –uno que al menos no sea abusivo-. Una batalla donde el temple, la velocidad y la convicción son claves. Bien jugada: rápida y certera, tenemos ya nuestro rickshaw con un par de italianas, pero la guerra no ha terminado. Si la batalla de hace apenas unos minutos era entre foráneos y locales por ese precio razonable, la siguiente batalla es a muerte sólo entre occidentales: todos luchamos por ‘la habitación barata’. Así que bajo las promesas de una propina –que hace apenas unos minutos regateábamos con firmeza- y apelando a la virilidad de nuestros jinetes, se entabla una endiablada carrera de autos locos hasta el pueblo. Avanzan por el flanco derecho la joven americana fornida que carretea un sitar a cuestas -me contará más tarde que aprende por el camino- y el chico majo que teniendo medio culo fuera del asiento no deja de sonreír. El bólido de la Rusa Galina y Matt el Australiano nos pisa los talones cuando dejamos atrás el aeropuerto entre nubes de polvo y bocinazos -¿Hay aeropuerto en Khajuraho?-. Todos midiendo los tiempos hasta el próximo cruce, elucubrando los radios de curvatura óptimos de la siguiente rotonda, y en última instancia jaleando a nuestros Mr. Driver con la mente puesta en esa habitación barata que por la mera presencia de tanta clientela quedará en quimera y no más.

¿Una ducha? ¿Una cabezadita para descansar del viaje? Eso es para los débiles y los infieles. A cada minuto que pasa, el sol sigue su ascenso imparable, y los devotos de la caja oscura nos debemos a la mejor luz, y a vernos obligados a deambular cámara en mano a ciertas horas y no a otras. La siesta tendrá que esperar.

Khajuraho_25_Franc-Pallarès-LópezPero hoy ya voy tarde: cada día tiene un sólo amanecer y hoy ya tuve el mío. Y voy con prisas y cansado, y peor todavía, vengo de Varanasi. Los templos de Khajuraho son sencillamente impresionantes y no tanto por su tamaño -aunque algunos son enormes moles de roca-. Su estado de conservación es excelente a pesar de sus mil años -la dinastía Chandela floreció entre el 950 d.C. y el 1050 d.C.-, y en una arquitectura como ésta, donde la escultura y la atención al detalle no son adicionales a la volumetría sino que conforman la volumetría en sí misma, eso significa que venir a Khajuraho es poder contemplar las excelencias artísticas de la India en toda su plenitud. Abrumado por tal desbordante acumulación de matices, el ojo inexperto corre el riesgo de dar, sin querer, la batalla por perdida con un paso en falso atrás, marchándose con la sensación de que habiendo visto uno estaban vistos todos. Y es que en la arquitectura, como con un buen vino, una buena película o un partido de fútbol, es necesario entrenar el paladar para poderlos disfrutar. No basta con mirar embobado y asentir mecánicamente. Hay que hacer el esfuerzo de ver para poder llegar a comprender.

No pueden no gustarte estas montañas de piedra labrada, pero resulta demasiado tentador zanjar la visita con un “todo más de lo mismo”. A mí me pasó…

Todavía resacoso de la avasalladora Varanasi, me despistaron los rebaños arquetípicos de turistas occidentales y los jardines afrancesados con los que desafortunadamente decidieron ambientar estas perlas. Ante la exquisitez de una joya barroca, siempre vestirla con sobriedad, siempre con sobriedad. La magia de una ruina consiste, precisamente, en que siga siendo una ruina. Y resulta que el sol ya está demasiado alto, y que realmente necesitaba aquella siesta, y que para colmo ya me han intentado avasallar con malas maneras antes de entrar al reciento. Al insistente chico no le bastó con que declinara amablemente su oferta hasta en diez ocasiones, sino que me siguió interpelándome bruscamente, y hasta que no me crucé y subí el tono no se dio por aludido. Algo hastiado, encuentro un banco apartado a la sombra de un árbol y me tumbo a dormir y a esperar que caiga el sol. ¿Dos horas? ¿Tres? No lo sé, voy abriendo un ojo a cada rato para pasar revista hasta que harto de esperar me pongo de nuevo en marcha.

¿Y los templos? Exquisitos, deliciosos, recargados, barrocos por fuera y por dentro. Rabiosamente elegantes de perfil, imponentes al frente; misteriosos en sus entrañas. Siempre siguiendo el mismo patrón, el del templo dentro del templo, la muñeca rusa que guarda en su interior el sancta sanctórum donde habita el ídolo, a veces en forma de Vishnú, en otras ocasiones en forma de sobrios lingams representando a Shiva.

Khajuraho_35_Franc-Pallarès-López¿Y el porno? ¿Dónde está el porno? Sí, porno, mucho porno y muy salvaje. Toda descripción o relato previo a una visita a Khajuraho parte de este detalle como el hecho singular a destacar. E indiscutiblemente lo es porque pocos ejemplos de erótica sagrada pública habrá en el mundo entero. Y sí, hay porno y muy salvaje en los muros de Khajuraho –un pobre burro petrificado, del susto supongo, da fe de ello-. Y yo también vine –secretamente, claro, no se lo digan a nadie- para echar una miradita, rápida. Pero tampoco hay tanto y seguro que cosas más subidas de tono hemos visto todos, así que no vengan aquí sólo para ‘eso’. A ‘eso’ me refiero al Kama Sutra que allá por donde va levanta polvareda y supongo que dice mucho de nosotros que así lo haga, y dice mucho también de ellos –los constructores de Khajuraho- que hablaran tan abiertamente de un asunto que cuando no es tabú se trata con una frivolidad apabullante. Otra cara mal disimulada del mismo conflicto interno -léanse niñas cantoras que tienen que lamer martillos y desnudarse sobre bolas de demolición-.

El Kama Sutra es precisamente ni lo uno ni lo otro, y claro, acá en occidente como ya no somos mojigatos nos quedamos con el eso de lamer un martillo, o lo que es igual: con que el Kama Sutra no es más que un manual de posturas exóticas –y yóguicas, porque hay que estar muy en forma para dar la talla-, cuando en realidad era -y sigue siendo- un tratado sobre la sexualidad, como los hay también en la tradición literaria India sobre la alimentación, la salud, la astronomía o cualquier otro aspecto importante que afecte al ser humano. Una sexualidad que no se entiende ni como pecado, ni como libertinaje frívolo sin ton ni son. Una sexualidad divina -en el sentido más mundano de la palabra- donde el único pecado es precisamente ése: la frivolidad,  y donde el énfasis se pone en la percepción del sexo como un arte del juego y el placer hacia, para y por el otro.

Khajuraho_43_Franc-Pallarès-LópezAl final sólo fueron dos noches y me marcho de Khajuraho con mal cuerpo. Me sentí echado con cajas destempladas y algo tuvo que ver aquel aeropuerto en un pueblo tan pequeño como éste y los vuelos diarios a Delhi. Un ruta aérea ciertamente ruinosa pero que sigue siendo rentable porque alguien sigue estando dispuesto a pagar el precio. Ese alguien son muchos de aquellos rebaños arquetípicos de turistas occidentales que, estando en todo su derecho a venir aquí en avión y partir cuanto antes tras un chapuzón en la piscina del hotel, han trastocado sin remedio eso que yo llamo el “equilibrio del ecosistema turístico” basado en el respeto mutuo y el precio justo de las cosas.

Me resultó imposible moverme por el pueblo sin ser constantemente abordado, interpelado y achuchado por gente que directa y grotescamente sólo quería sacarme las perras. No sólo eso, es más, exigían dinero casi por todo a cambio de casi nada. Porque sí, porque se lo atribuían como un derecho y a mí como una obligación. Y no es que fueran miserables -ciertamente gente muy humilde-, pero con gente más humilde me crucé en Camboya, Myanmar o en Kolkata aquí mismo en la India, y nunca me encontré esto. Sólo una vez, sólo en Pulau Nias, y en aquella ocasión como en ésta, la responsabilidad era gran medida del turista extranjero que llegó repartiendo dinero sin ton ni son, por lástima que no por querer ayudar, por ser magnánimo sin tener en cuenta que de este modo no mejora nada, sólo empeora.

El viaje continúa y ancha es India, pero resultó triste y agotador sonreír y que a cambio te pidieran dinero.

Guapa. Bali, Indonesia

Aterricé en Kuta con un pie en Bali y otro en la vecina Lombok, por si acaso. Por si todo lo que había oído cierto. Por si era terreno trillado de turismo de borrachera o pantomima de alto standing, tan edulcorada, tan maquillada y tan diluida que de la Bali de siempre quedaran tan sólo las migajas. Más de 30 años de intensa actividad turística procedente de todo el mundo entero habría tenido que hacer mella en el alma de esta isla y ya mucho había leído y mucho me habían contado en el camino como para hacerme ilusiones.

Y todo lo que me contaron era cierto, lo que pasa que no era todo. Se dejaron la mitad del libro, la película sin terminar. La otra media Bali que sigue viva, que sigue bella, que sigue alegre. Una Bali guapa e intensa, una Bali de ensueño que se esconde justo tras la cara torpe del que querer gustar a los foráneos a cualquier precio. Venía por 4 días, me quedé 7, y si no hubiera quedado con Eva y Guillem para subir a la cima del Rinjani, de buen seguro habrían sido no menos de 10 días en Bali, esta isla tan soñada como denostada. ¿Qué dónde está? ¿Dónde se oculta esa otra Bali que ha sobrevivido a lo previsible y a lo rancio? ¿Cómo encontrarla? Con suerte y con muchas ganas.

Con la suerte que tuve de que el Allan de Bromo me viniese a recoger al aeropuerto de Kuta pasada la media noche para llevarme a su casa en Denpasar. Con la suerte de que Allan, este balinesio de veinte-y-pocos y estudiante de diseño gráfico en Bandung, hiciera gala de la generosidad local. Pasé la noche en una buena cama –mi plan era dormir otra vez en el suelo del aeropuerto- con aire acondicionado y con un rico desayuno, y no contento con esto me llevó en su moto hasta Ubud, mi campo base para la semana que venía por delante.

Con la suerte que no encontré la habitación barata que la guía mandaba, sino que encontré otra más barata aún, más bonita si cabe, y con la pega, sí, de tener un piscina en construcción al umbral de mi puerta. Y que me digo yo que cuando por 7 euros duermes con un príncipe y desayunas como un rey, qué más da tener que saltar montones de arena para llegar a la cama. ¿Desayunos? ¿Alguien habló de desayunos? ¡Ai los desayunos! ¡Ai de mis desayunos en Bali…!

Yo, hombre amante de estructuras y de planes de ataque de quita y pon, organicé mi paso la isla en torno a un desayuno glorioso, sencillo y con unas vistas exquisitas desde una atalaya donde contemplar el despertar de Ubud, esa guardería gigantesca para adultos occidentales de la que sólo puedo hablar bien. La bruma matutina, las tapias, los árboles y los musgos que todo lo cubren; el bosque con sus árboles tropicales y las copas desmelenadas de las palmeras al fondo. Un homenaje a los sentidos y al buen gusto que sistemáticamente se repitió día tras día y que saboreé intensamente con la plena consciencia del que se sabe y siente privilegiado.

¿Y luego? Y luego Bali, luego una moto y un destino y déjate perder. ¿Qué como sé visita Balí? Pues así, escogiendo un destino e improvisando el camino. 4 jornadas en moto que al final fueron 3 porque la otra quedé atrapado entre una buena conversación con Pablo y esa diabólica terraza de la Guesthouse.

Mi primer destino, el volcán Gunung Batur pasando por el templo Gunung Kawi. Mi segundo destino, el templo Pura Luhur Bakaratu al que no conseguí llegar tras cruzar media isla por caminos que no te sabría decir. Y para el final, el Pura Besakih que yace a los pies del imponente volcán Gunung Agung. Mis destinos fueron importantes pero fue sobretodo fue por sus caminos por lo que Bali me enamoró.

¿Que qué vi? ¿Que qué me sedujo? ¡Ai, si yo te contara!… Interminables trozos de monte sesgado, un mar de olas verdes superpuestas, de crestas mullidas cubiertas de hierba. Eran las terrazas de arroz de Bali, envueltas en selva y palmerales, jardines del edén más que graneros para humanos. Bosques y más bosques que separan aldeas, y aldeas sin nombre con casas que parecen templos y de las que más de una vez me echaron a grito pelado. Porque de tan bonitas que eran y de tan decoradas que estaban y de tan sagradas que me parecieron yo pensé que eran templos mientras cruzaba el umbral y me metía dentro, y me salía al paso el señor de turno en pijama para decirme que qué hacía yo en su casa echando fotos.

¿Que qué vi? Vi caminos que no llevaban a ninguna parte, arriba en las montañas, y también vi a media aldea vestida de gala para honrar a sus seres queridos. Vi a los miles de artesanos que pican piedra, tejen y pintan en todos los rincones de esta isla. Me perdí y me volví a perder para ver a los centenares de cometas que inundan los cielos al atardecer, mastodónticas, con silueta de escualo, de 2 por 3 metros, que surcan los cielos de la isla  sin llevarse milagrosamente por los aires a los nenes que las comandan desde tierra. Vi ¿Qué vi? Vi el templo de mi Baraka, el Gunung Kawi, la postal que adornó la pared de mi habitación en Helsinki durante las noches negras de invierno y las noches blancas del verano. Siendo poco dado a la idolatría –un poquito en verdad- pasearme por el Gunung Kawi fue un no va más de mi paso por esta isla.

Y siempre Ubud, la vuelta a Ubud al final de la jornada. Un pueblo que supo crecer manteniendo el encanto en sus márgenes. Un pueblo que creció como un pulpo espatarrado, extendiendo sus tentáculos en todas direcciones sin mancillar el trozo de paraíso que quedó entre tentáculo y tentáculo. Y así es como si te sales de las tres calles principales de Ubud te sientes como si hubieras ido a parar a un pueblo de la montañas. Tranquila y rodeada de campos verdes y pequeñas gargantas por las que corren arroyos. Un encanto puede que saber algo enlatado, sí, pero bien mantenido, fresco, un gusto para los sentidos y paz para el alma trotamunda dada al cutrerio por falta de medios.

Y la gente, siempre su gente, porque mi paso por Bali no hubiera sido lo mismo de no haber tenido suerte también con esto. Primero con Allan, que se fue el mejor anfitrión y el mejor embajador de Bali. Luego con el patriarca que regentaba la Rumah Roda Guesthouse, una buena mezcla entre tendero de pueblo, hombre de negocios y sabio conocedor de los secretos de la isla y de sus rituales. Y luego los mozos del restaurante que se reían de mí ya al tercer día cuando me apostaba en mi rincón para escribir mis notas o mis relatos y adivinaban mis deseos sin tan siquiera mirarme: “One Bintang,please  -Una cerveza, por favor-”. Y mi amiga, la balinesa que regentaba 1 de los 3 únicos lugares de comida local –y no exorbitadamente cara- de todo Ubud. ¿En el menú? Lo de siempre y viva la divina rutina del arroz con tempe, picante y más tempe y más picante hasta reventar por 12000 rupias -1euro- las dos raciones.

Y ¿Y? Y Joaquín, y Ana, y Pablo y otra Ana que con una no basta. Pablo y Ana, una pareja argentina emigrada a Australia tan encantadora e interesante que qué les voy a contar: un lujo de gente con la que uno se pasaría horas de charla, guapos por fuera y por dentro. Y Ana y Joaquín, pareja vagamunda -guapa también- con los que nos reencontramos en Bali tras nuestra última quedada en Hanoi, cuando con Joaquín nos conocimos en la cima de la Montaña de la Luna a la afueras de Yangshuo, China, hará ya 3 años ¿Para cuándo, por fin, un buen vino y un buen jamón en la madre patria?

Me voy de Bali, habiendo comprendido que la mitad de esta isla son sus paisajes, y que la otra mitad son sus rituales. Y que lo que une a ambas mitades y les da sentido son sus gentes. No la bulla y los pesados de turno que te puedan atosigar en algún momento –fueron los menos-, sino los otros muchos balineses que te sonríen a cada momento, que son amables, que cuando andas perdido se ríen de ti –a buenas- y te muestran el camino –no siempre el correcto-. Me voy de Bali repitiéndome para mis adentros aquello de “¡Pero qué guapa eres!”. Qué guapa es Bali, cuánto cariño y devoción profieren sus gentes en los detalles más nimios de la vida diaria. Qué guapos son sus muchos templos anónimos en los que te pierdes a la hora del ángelus y por los que no corre ni una alma. Qué guapos fueron mis anfitriones y qué guapos fueron –y son- las dos parejas con las que compartí mis veladas al final de mis jornadas ciclomoteras.

Bali, que digan de ti lo que quieran, que será cierto y tendrán razón pero que sepas que yo, por ti, me parto la camisa cuando haga falta, porque Bali -a pesar de todo lo que le ha caído, y que no es poco- sigue siendo guapa, sí, y pa’ colmo, si la buscas se deja encontrar.

Los ‘Hoa’, ser y saber. Hoi An, Vietnam

¿Se acuerdan de Lucky Luke? No sé en qué película había una secuencia en la que montaban un pueblo del oeste en 3 minutos, y en un hueco libre entre el banco y el salón aparecía un chino que montaba una lavandería. Siempre me pregunté qué hacía un chino en el salvaje oeste. Pasaron los años y entre viaje y viaje y libro y libro descubrí que Lucky Luke no iba errado y que los chinos llevan muchos años -siglos- moviéndose. Y que si bien llegaron hasta el salvaje oeste para construir ferrocarriles porque no iban a hacer parada en el vecino Vietnam.

La pequeña joya de Hoi An es hija, en parte, de este proceso: un puerto comercial frente al río Thu Bon y junto al mar al que arribaron a mediados del s. XVII centenares de refugiados chinos a raíz de la caída de la dinastía Ming a manos de los manchúes. Los chinos “han” llegaron y se asentaron, y se mezclaron con los locales vietnamitas en este importante enclave comercial que también estaba habitado por japoneses y otras naciones comerciantes a lo largo del mar de la china en contacto con el océano Índico -India, Arabia y África-, pivotando sobre las islas de las especies y el archipiélago Indonesio en general.

Hoi An es fruto del legado de esa época y de los años y siglos que la siguieron. Los chinos trasplantaron su cultura y mantuvieron sus cultos levantando templos a sus ancestros. Estos comerciantes construyeron sus mansiones fruto de las riquezas del comercio y apostaron por el refinamiento más que por la ostentación. La ciudad floreció y en el frente ribereño y en las callejuelas brotaron casas y villas y así creció la pequeña urbe. El destino quiso, y la llegada de los colonos franceses ayudó, que los flujos comerciales se desviaran al norte, hasta Da Nang, y fue así como Hoi An cayó en el olvido y desapareció del escenario de la historia permitiéndole sobrevivir en el estado “intacto” hasta nuestros días.

Pasaron 200 años y hoy Hoi An es Patrimonio de la Humanidad y un casco antiguo momificado que ha pasado por un lavado de cara y alguna que otra operación de cirugía estética para a hacerla más visitable a nuevas olas de inmigrantes de paso, los comúnmente denominados turistas. Los puritas que me había cruzado por el camino me avisaron de lo evidente: Hoi An ya no es lo que era: poca es la gente que parece vivir en un casco antiguo lleno de hoteles y tiendas de recuerdos. Y tenían razón, pero en este caso, fuera quien fuese quien cortó el bacalao, decidió hacerlo con algo de cariño y sensibilidad. Y si bien Hoi An no deja de ser un museu plagado de tiendas de souvernirs con cierta calidad, en esta ciudad se aplica aquello de quien tuvo retuvo. Como siempre, lo único que hace falta es algo de tiempo y ganas para correr las cortinas para ver que se cuece entre bambalinas.

Busqué y rebusqué como gusto de hacerlo y encontré y mucho. Encontré un sinfín de templos en buena forma en los que me fascinaron las combinaciones de colores y gusté de perderme en sus detalles, en sus manchas, en sus secuencias de espacios que misteriosamente estaban casi todos vacíos. Busqué y rebusqué y pagué entrada a algunas de las antiguas mansiones y me deleité en sus juegos de luces y el diseño exquisito de sus mobiliarios y sus patios con sus macetas y el musgo de sus pavimentos. Busqué y rebusqué y tuve la suerte de que –por esta vez- me encontraran.

Algunos descendientes de aquellas familias que arribaron a estas costas huyendo de una muerte segura hace más de 350 años guardaban el recuerdo de su origen. Origen y memoria que celebran cada año y que coincidió con mi paso por uno de los muchos templos a los ancestros que salpican la ciudad. El rito, la ceremonia, los trajes de gala, el clasismo y el buen sentido común de dejarme caer al olerme que algo se cocía puertas adentro y presentarme con mi mejor sonrisa respetuosa para que acabaran invitándome a participar de su historia. De su historia y de su banquete y de sus risas y de la dignidad de saberse descendientes de inmigrantes que llegaron a tierra extraña y prosperaron.

Hoy en día, aquellos chinos “han” son los vietnamitas “hoa”, una minoría bien formada que ocupa un lugar privilegiado en la clase media-alta de la sociedad de Vietnam. Estos descendientes de aquellas primeras familias se preocupan por venerar a sus ancestros, pero aún más se preocupan por perpetuar sus costumbres, una de las cuales tiene que ver con la obsesión por la formación y la educación. Fue esta “obsesión” por la educación la que me permitió entrar por la puerta grande a este momento tan especial. Fueron las ganas de una madre y profesora de inglés porque su hijo practicara la lingua franca de nuestros tiempos las que me llevaron a sentarme a su mesa para compartir sus bocados con un quinteto de abuelitas risueñas y muy hambrientas, implacables con los palillos. Pero fue la tranquilidad y la naturalidad con la que aquel chaval de 11 años aceptó los deberes de su madre en domingo y se puso a preguntarme por mi vida. No lo hacía por curiosidad –que se le veía en la cara que no– pero percibí que lo hacía con gusto porque entendía que era por su bien.

Los japoneses llegaron, los chinos llegaron, los vietnamitas ya estaban. Los japoneses se fueron, los chinos prosperaron, los franceses llegaron y todo se lo llevaron. La ciudad cayó en el olvido y los tiempos modernos la convirtieron en vedette, pero algo de aquel orgullo y del sentido común les sigue dictando que, a pesar de todo y frente la adversidad, el clan y el conocimiento son las claves de la prosperidad, ahora y antes.

Frente al río y al atardecer, apostado en una terraza-atalaya, escribo y brindo con una Saigon –zumo de cebada local- por lo mejor de la cultura china, de ahora y de antes, y por algo más que empieza a cocerse a en mi interior y que huele a cansancio después de ya casi 5 meses en éste no parar por las lejanas tierras de oriente.

La Ciudad Hueca. Chiang Mai, Tailandia

Con Chiang Mai a mis espaldas y ya dentro de mi cabeza encapsulada en forma de recuerdo, la ciudad toma la forma de Cascarón Elíptico. Y como toda buena Elipse, mi ciudad mental se genera a partir de dos centros. Sus centros son dos mercados que, como dos almas distintas, opuestas y complementarias, la definen.

El Primero, el que visité el domingo por la noche nada más llegar, me pareció enorme, silencioso, ordenado, bonito. No recuerdo haber estado nunca en uno igual. Siendo honesto y sin ser un comprador compulsivo ni sufrir el Síndrome de Diógenes, creo que me habría llevado la mitad de lo visto si hubiera dispuesto del dinero y del lugar donde meter esa montaña de bellos trastos de escasa utilidad. Estando a reventar, la gente circulaba ordenadamente, nadie alzaba la voz y un sinfín de artistas callejeros perfectamente dispuestos amenizaban la velada. Los habitantes de este centro, de este primer polo, eran mayoritariamente thais, de lo más “in” y la mayoría gente joven. El resto, la minoría invitada, éramos los occidentales. Me gustó lo que vi, y aun percibiendo que todo había sido dispuesto y que había poco margen para la improvisación, me pareció un lugar/evento muy recomendable.

Al día siguiente andé y andé por la ciudad, como me es costumbre, conectando los puntos de interés a través de las rutas más aleatorias e innecesarias, con la clara intención de encontrarme con la verdadera ciudad y descubrir los pequeños tesoros cotidianos que siempre se esconden a la vuelta de la esquina más insospechada. En éstas llegué al Otro Mercado, al suyo. Uno más de los ya muchos que llevo grabados en la retina. Lleno hasta los topes, caótico, ruidoso, envuelto en un permanente olor a no se sabe qué. Esa mezcla que es la infinidad de frutas, carnes, pescados y verduras, a medio camino entre la frescura y la putrefacción. Subí unas escaleras, caminé por corredores y me dejé perder de nuevo en un mundo sin referencias esperando a que la siguiente esquina me sorprendiera.

Ese mercado era como los demás, y ya me gustaba así, pero me pareció feo. Las ropas no tenían gracia alguna, las canastas de pescado seco me producían ese doble efecto de curiosidad y repulsión. Todo estaba amontonado y a pesar de algún pasillo lateral escondido surtido de la más amplia variedad de redes, nada me sedujo. Aún así éste era el “suyo”, ésta era “la realidad”, aunque puede que sólo fuera la suya, pero no la de la Ciudad.

Chiang Mai es una ciudad hueca, que no vacía, y aunque sus murallas la dibujen cuadrada, yo la pienso elíptica. Sus dos centros reflejan una realidad complementaria, a mi entender no bien resuelta. Por un lado un mundo salpicado de templos, que se mezclan con una densa trama de hoteles, casas de huéspedes, cafés, centros de masajes, spas y tiendas chick. Sobre estas dos tramas, y rellenando los huecos, florece o languidece la ciudad thai propiamente dicha, siendo ésta la mayoritaria. Y aún así, sumando las tres, Chiang Mai me ha parecido una ciudad con alma, pero con un alma hueca y siamesa, claramente definida en su perímetro pero vacía en su interior. Ninguna de las tres (la ciudad histórica, la ciudad turística y la ciudad thai)* ha sido capaz de imponerse claramente, ni tampoco de fundirse “armónicamente” con las otras. La sentí como una buena declaración de intenciones a falta de concretar.

Y aún así, con Chiang Mia a mis espaldas, debo admitir que en un primer instante me sedujo, y que pasados unos días reafirmo lo primero que pensé: Es una ciudad joven, no tanto por su edad (es antigua) más por cierta cándida inmadurez que bien llevada puede convertirla en un buen rincón en el que vivir. ¿Cuál será su destino? ¿Cómo evolucionara el joven mozo? ¿Tendrá el coraje de tomar las riendas de su propia identidad o esperará a que otros decidan por él/ella?

*Existe otra Ciudad que no menciono. Es la enorme Universidad rellena de buenos rincones en los que dejarse caer. Pero ésta, en relación con las demás, me parece más un satélite orbitando en la periferia, a la espera, espero, de colisionar con el planeta Chiang Mai.