Turquesa es el Edén. Pulau Togian, Indonesia

Ana se sienta frente a mí junto a su madre. Ana lleva más de cinco meses viajando por el sureste asiático, y la madre –una encantadora señora lleidetana con los setenta cumplidos- la acompaña en su último tramo por Myanmar. Es mi primera noche en Yangon, hace una semana que marché de Barcelona y la escucho atentamente mientras me habla con devoción de unas islas remotas en Sulawesi que flotan en las aguas tranquilas del Golfo de Tomini, las Islas Togian.

Han pasado 10 meses desde aquella primera noche en Yangon y David insiste en que no pasa nada, que podemos venir sin ningún problema, lo ha preguntado y está invitado todo el que se quiera sumar. Al auspicio de un ocaso de fuegos púrpuras y morados –incluso más conmovedor de lo habitual en Kadidiri– embarcamos en una lancha que nos lleva a una fiesta. No sabemos exactamente qué se celebra pero tiene que ver algo con el fin del Ramadán –hace ya 5 días que me vienen contando que se celebra el fin del Ramadán, pero parece ser que este fin no tiene final-. Ya ha oscurecido cuando llegamos a Wakai; hay una gran mesa con comida, niños vestidos de gala –ignoro porqué las niñas no- y muchos invitados. La fiesta ya ha comenzado pero no acaba de ocurrir nada; la gente ocupa sus asientos, charla alegremente con el de al lado y sólo se levantan para volver a llenar sus platos. Cuando todos los manjares han sido devorados y se ha dado por finiquitado el baile con organillo Casio que sólo han secundado los pequeños, la gente se retira a sus casas no sin antes pasar a saludar y agradecer a la familia anfitriona: Terima Kasih. Una velada sencilla y agradable; comimos bien y lo más importante, nos hicieron sentir bienvenidos.

Es a la vuelta, bajo una luna creciente al amparo de las noches estrelladas de las Islas Togian, cuando al asomar la cabeza por la proa veo las olas en llamas. La quilla de la lancha rasga cual cuchillo afilado la materia negra del océano excitando al plancton y haciéndolo brillar a nuestro paso. Un mar negro, un horizonte negro quebrado por siluetas de islas todavía más negras, y un cielo negro perforado por un corte de Luna y un estampado de estrellas y galaxias que impresionan pero que no alumbran ¿Y que la luz más intensa mane precisamente de las aguas que dan cuerpo al abismo? ¿Qué lugar es éste?

“y puso al este del Jardín del Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía a todos lados, para guardar el camino del Árbol de la Vida” Génesis 3-24

No, no es el negro. Los mañanas y las tardes en las Togian son la vida, son la luz. Son los verdes de la jungla que brota a nuestras espaldas, los amarillos de los rayos de sol que lo inundan todo; los azules intensos de los cielos, los azules apagados de las estrellas de mar que pululan cerca de la orilla; los púrpuras, morados y naranjas de los atardeceres, los blancos nucleares de la nubes que cual catedrales desfilan livianas sobre el horizonte; los tonos mustios de los amaneceres que nunca vemos porque siempre estamos durmiendo, los grises que imaginamos en los lomos de los delfines que nadan lejos frente a la costa. Una miríada de colores moldean el alma del viajero al paso por las Togian, pero si los sabios del mundo se reunieran y de entre todos ellos tuvieran que elegir uno, el turquesa sería el color del Edén.

Un Edén etéreo color turquesa y alegría en el que dejarse perder a la deriva aferrados a tablones de madera, despojos del naufragio de recuerdos de vidas pasadas. Y no es decir por decir ni hablar por hablar, que los dos lugares sobres los que pivotó mi estancia atemporal en Kadidiri son y están hechos de estos tablones.

Una taula parada –una mesa puesta- alrededor de la cual desfilan, desfilo y desfilamos los protagonistas de esta función de verano. La pareja suiza, él y ella largos y estilizados y con dineros; ella con aires vikingos algo masculinos, él de corte persa, sofisticado, desenfadado y amanerado –podría ser modelo pero es de oficio carpintero-. La pareja francófona, ella –belga- estirada, distante y en muletas, él –francés- dicharachero, curioso y próximo, barbarroja de ojos azules, alguien de quien tomar notas y aprender porque sabe cómo tratar a la gente –lee American Gods, yo leo Gone with the wind-. El solitario viajero sesentero con coleta, muy ligero de equipaje: tan sólo una bolsa con sus cuatro pertenencias, afable, distante, de paso; carga con una historia que nunca llegará a desvelar. El gentil francés interesante que fuma y cruza las piernas como un francés, que justo empezó su año sabático, que muere y paga por bajar al abismo a diario, y que por nada del mundo –dice- se perderá el Primavera Sound. La francesa, Elody, de pasado por el Índico a lo hija de Jacques Cousteau, que habla también mandarín y español, que vive en Pekín y que bajo una aparente candidez esconde a una superviviente implacable que consciente de sus cartas sabe cómo sacarles el máximo partido. Los holandeses, él encantado con su corte de pelo moderno, su vida y su cara bonita –que lo es- pero que sin camiseta tiene un mal tipo fofo que luce con el orgullo de una divinidad griega; ella, una divinidad griega de curvas delirantes con la barbilla demasiado en alto para lo poco que tiene que contar. La pareja catalana, ella una mandona que de tanto refunfuñar por refunfuñar se le quedó grabado en la cara el hecho de que se soporta pero que no se gusta; me cae bien, tiene buen fondo. Él, un santo bendito con una cara de ángel, todo amabilidad y buenas intenciones y no por eso menos iluso; el contrapeso inevitable a tanta ceniza. ¿Y yo? Si supieran lo que yo dije de ellos no sé si quisiera saber lo que ellos tuvieran que decir de mí.

Todo esto ocurre alrededor de unos tablones de náufrago en la playa, de una mesa a la sombra mal claveteada en torno a la cual nos reunimos al desayuno, a la hora del ángelus para comer –aquí se come cuando mandan, no cuando uno quiere- y a la hora de la cena: la última, la más y la mejor. El momento en el que degustamos el pescado fresco que un par de horas antes vimos desfilar con el ceremonial de un paso de Semana Santa desde la barca en la orilla hasta la cocina. Somos los pobres de la isla, los que duermen en bungalows desvencijados de madera cuyo único lujo es tener una mosquitera, una bombilla y un enchufe –el candado lo pones tú-. Somos los pobres de la isla pero por lo que nos cuentan los demás somos, sin lugar a dudas, los que mejor comemos y, al parecer, los únicos que no se quedan con hambre.

Tablones a los que agarrarse cuando se flota a la deriva del Edén, habiendo perdido ya la cuenta de los días, pareciéndole todo lo pasado tan distante e incierto que teme haber probado sin saberlo el fruto prohibido de los Lotófagos para no querer volver nunca más a su patria. Los tablones del muelle proyectado contra el horizonte al que sin remedio volvíamos atardecer tras atardecer, noche tras noche. Allí, tumbados boca arriba contemplando la vía láctea y las estrellas fugaces del verano, solucionando los problemas del mundo de un plumazo incluso sin estar de acuerdo, riéndonos a carcajadas, callando mucho también, callando mucho también. Diseñando planes de ataque para una vida mejor, conspirando en secreto contra el destino inmediato y soñando con lo que todavía nos queda por hacer al son de la buena música de Jesús. Al amparo de la luna que sigue creciendo, envueltos en la cálida noche de los trópicos al susurro de un mar que si no fuera por las mareas pensaríamos que se trató de un lago. Con el dulce poso en los huesos de las espléndidas jornadas de siestas en la playa, de chapuzones desde el muelle y de buceo a pulmón entre corales.

Fue en el pantalán de Kadidiri donde se selló nuestro paso por las Togian. Recordando nuestras noches de crápula por Barcelona. Las Voll Damm’s de aquel lunes que nunca vino a cuento, o las otras 14 que cayeron una tarde tonta en el Schilling. Y la Roof, siempre La Roof. A pesar de las playas de arenas blancas, del dulzor de las aguas templadas y de las muchas Bintangs, y por encima incluso de los verdes, los púrpuras y los naranjas en los atardeceres, de color turquesa es el Edén. Y echados sobre los tablones del pantalán de Kadidiri saboreamos esos momentos de pequeñas verdades y de charlas ligeras que todavía hoy evocamos con la melancolía del que un día se supo en el Edén. Soñando en una noche de verano con lo que esperábamos llegar a ser. Y lo que soñamos lo dijimos en voz alta, y lo que soñamos también, lo callamos en voz baja, a la espera, puede, de la nuevas noches que estén por venir.

Se va David, se va Jesús, y les doy las gracias y les digo ¡Hasta pronto!

Temporada Alta. Labuanbajo, Indonesia

El Arte de Viajar se me antoja muy similar al Arte de Parrandear.

La compañía es uno de los dos grandes factores. La primera y la más básica la de uno mismo, ya que con mal cuerpo no llegaremos muy lejos y con una depresión a cuestas espantaremos a todo el personal. La paz de espíritu de cada uno es indispensable, pero los compañeros de viaje en las noches de crápula son definitorios. Salir de fiesta es como bailar y somos lo que nuestra pareja de baile nos permita llegar a ser así que habrá que escoger bien. La conexión entre ambas partes hará que cuaje la magia en los antros más sórdidos y en las situaciones más mediocres. Da igual donde estemos si estamos con quien debemos.

El segundo gran factor en el Arte de la Parranda es el tempo. El que controla el tempo y sabe moverse al compás siempre sabe cuándo es el momento de llegar, cuándo ha llegado la hora de partir, y sobre todo cuándo es el momento de dar esa última estocada para que la juerga termine de forma limpia y no se echen a perder los logros previos. Controlar el tempo es saber dejarse llevar por el ritmo del momento, anticipándose a los nuevos vientos que siempre están por venir, intuyéndolos en el estado de ánimo propio y ajeno.

Finalmente llegamos a Flores y andaba más que bien servido de buena compañía con la visita de Eva y Guillem, pero me falló el tempo. Habiendo viajado durante más de 9 meses a mi ritmo, capeando lo imprevisible, se me pasó por alto lo evidente: Llegó el agosto y con él, la Temporada Alta.

Tras cruzar la cara este de Lombok por el Valle de Sembalun, montados en la parte trasera de una camioneta disfrutando del verde de la jungla y los campos de arroz, desembarcamos en la vecina Isla de Sumbawa. Otro mundo, un salto hacia otras latitudes, unos paisajes sorprendentemente secos en comparación con el resto de Indonesia. Una nueva costa que nos supo a Mediterráneo: por las rocas contra el mar, por el color de la tierra y por la vegetación rala y espinosa. Cruzamos Sumbawa al trote, amontonados los tres al fondo de un autobús lleno hasta los topes, viendo desfilar la isla por la ventana y con el martilleante pío-pío de varias docenas de pollitos que agonizaban en una caja de cartón tras nuestras cabezas, al fondo del fondo del autobús. Infinita jornada de viaje, noche al paso en Bima y al día siguiente 8 horas más de ferry desde Sape hasta Labuanbajo: Por fin Flores.

Mi última isla en la provincia de Nusa Tenggara antes de embarcarme hacia Sulawesi. Flores, un plato fuerte por definición espoleado por el exotismo de su aislamiento. Un plato suculento a compartir entre demasiados durante la dichosa Temporada Alta –uno se ha malacostumbrado a tenerlo siempre todo para él-.

Quería hacer submarinismo en las aguas de Komodo y bailar con gigantescas mantas raya y tiburones. Quise ver con mis propios ojos dragones vivos, y quería querer muchas cosas pero me faltó planificar. Acostumbrado a ir sobre la marcha y a mis anchas no anticipé que en temporada alta la gente viene con el tiempo justo y con todo reservado desde hace semanas e incluso meses. Son los felices como yo los que se quedan sin poder subir al barco, a la merced de averías de última hora sin margen de maniobra y de profesionales muy poco profesionales que le dejan en tierra sin poder ver ni dragones, ni mantas raya, no más que el rostro frustrado de uno mismo reflejado en el espejo.

Salvó lo amargo de mi paso por Labuanbajo un paseo al atardecer. Viendo como cargaban los búfalos en el ferry, paseándome por el mercado de pescado local y haciendo la mona con los nenes de turno que jugaban al fútbol con camisetas de Real Madrid o hacían el tonto por los callejones multicolores entre el nuevo paseo marítimo en construcción y la carretera. Me salvaron la tarde la dos Bintang que me tomé al atardecer en aquella terracita mientras pensaba cómo contaría las noches de Bangkok.

Amaneció al tercer día, se torció todo sin remedio. Trastoqué todos mis planes y en nada ya había empaquetado y estaba montado en bus que tardaría horas en arrancar, que recogería casualmente a Eva y Guillem por el camino tras su noche de novios en una islita, y que al cabo de otra jornada maratoniana por la infinitas curvas del interior de Flores para acabar llegando a Bajawa en el corazón de la isla.

Vamos al trote, a contra-reloj. Una carrera hacia adelante, a sabiendas de que siendo temporada alta no sólo está todo lleno, sino que a más a más la amabilidad de los locales se ve enturbiada en demasiadas ocasiones por el afán de inflar los precios por eso del “a ver si cuela”, con malas maneras en ocasiones. Resulta odioso y frustrante, y en éstas, si quiero seguir perfeccionando mis formas en Arte del Viajar, tendré también que aprender a moverme en estos tiempos y a estos ritmos: tragándome mis orgullos, renunciando a la improvisación continua y poniéndole mejor cara al mal tiempo.

Estoy despierto ¿Dónde estoy? Pulau Weh, Indonesia

“Estoy despierto ¿Dónde estoy? Estoy en la isla, estoy en Pulau Weh”.

Miro por la ventana del bungalow, una caseta de madera con agujeros por todas partes, el más barato. Son la 5 de la mañana y una luz violeta tamizada por la mosquitera despunta en el horizonte. He dormido bien pero al volver a tomar consciencia mi corazón se encoje. Todo es bello pero yo me siento triste. La cama parece flotar en un oscuro e incierto mar de melancolía y tengo que hacer un esfuerzo para levantar la mosquitera y empezar este nuevo día.

Me visto y voy hacia la playa de Iboih. Haremos una inmersión al alba, en ese momento en el que los peces de la noche vuelven a las profundidades mientras que los que dormían despiertan y emergen al calor del nuevo sol. Es mi primera inmersión desde Koh Tao y no quiero cometer errores con el equipo, estoy inquieto y no quiero olvidar ningún detalle. Montamos en la lancha y la escena no puede ser más preciosa. El pueblo duerme en calma, la superficie del mar resplandece con los colores del amanecer y el lomo de la islita de Pulau Rubiah se recorta contra el horizonte. El viento y el susurro del suave oleaje y el motor de nuestra lancha son la banda sonora de este momento idílico. Las chicas bromean – llevan cientos de inmersiones – y llegamos a destino.

Habrá que descender rápido, la corriente es muy fuerte y podría llevarnos demasiado lejos del grupo. Bajaremos directamente hasta los 30 metros, justo al lado del acantilado en las tinieblas de estas aguas al extremo norte de Sumatra. Bajo el agua me siento como en un sueño. No he dado ese paso fuera de la cama y en realidad me he vuelto a dormir. El paisaje del fondo marino es un peñasco pronunciado que se dobla y se pierde en las profundidades. La fuerte corriente nos empuja y nos agarramos a las rocas cortantes con las manos. Mis gafas se están empañando y respiro demasiado rápido, miro hacia arriba, hacia el mundo que despierta, pero al mirar abajo me parece que estoy nadando en la nada. No es miedo, es otra vez ese sentimiento de melancolía que no me deja. Ahora ya sólo somos dos, el instructor y yo. Navegamos por ese mundo irreal y buscamos tiburones y mantas raya. Hace rato que he perdido la orientación y simplemente me dejo llevar y le sigo. En un momento me señala algo pero tengo las gafas empañadas y no veo nada. Era un tiburón enorme a escasos 5 metros, me comenta al volver a la superficie. Apenas he durado 30 minutos. He respirado demasiado rápido: la corriente y los nervios.

Arriba todo sigue siendo bello y el sol ya ha levantado cabeza sobre el horizonte. Esperamos media hora más hasta que las chicas salen, y siguen riendo y bromeando. Vuelvo al pueblo y por la tarde habrá otra inmersión más. Con Karsten y los franceses. Será al otro lado de la isla, en el jardín de corales y esta vez lo haré mejor. Otra vez en pleno control de mis facultades, otra vez suave y tranquilo.

Pulau Weh es realmente un pequeño paraíso. Me gusta esta isla y me gusta Iboih. Me gustan sus paisajes y la actitud de la gente en su día a día. Me hecho al mar frente a los bungalows y con tan solo unas gafas y un tubo me paseo durante 3 horas y me cruzo con cientos de peces de colores, con un pulpo que me mira y que se cambia de traje a cada movimiento que hago. Una morena gigantesca me da un susto de muerte, y serpientes marinas bailan ingrávidas sobre el fondo de corales. Y arriba en sus cielos vuelan murciélagos enormes al anochecer y durante el día un águila reina en las nubes. Iboih es un sendero del que cuelgan las casas de huéspedes, cerca de las dos playitas, de alguna tienda y algún café. Paseando en un atardecer dirección al colmado miro a lo lejos, al muelle donde pescan algunos lugareños y juegan otros niños. En un instante una enorme raya águila salta del agua para volver a caer y desaparecer unos segundos después. Pulau Weh es un edén.

“Estoy despierto ¿Dónde estoy? Estoy llegando a destino, estoy llegando a Banda Aceh”.

Finalmente dejé atrás Malasia. Los problemas con los pasaportes y las cámaras y finalmente empieza la gran aventura por Indonesia, borrón y cuenta nueva. Aterrizaje en Medan procedente de Kuala Lumpur y primer round con los taxistas para determinar cuánto valen las cosas en este nuevo país. Doy mil vueltas y finalmente consigo un buen precio y un destino acertado. Compro el billete y cruzo de nuevo la ciudad –esta vez en labi-labi– para llegar a la central donde me espera un bus de 12 horas que me llevara al norte, a Banda Aceh.

Hemos llegado y de la estación al muelle vamos 3 turistas en una moto con sidecar pintada con curiosos colorines, colores de Indonesia. Llegamos temprano y tendremos que esperar cinco horas hasta que salga el primer barco. Me gusta Indonesia y me gusta su gente y voy hacia la Isla. Al subir al ferry empieza el festival. Vamos hasta los topes porque es puente y resulta que los muy musulmanes de todo Indonesia están celebrando que Jesucristo subió a los cielos en la segunda pascua. Todo el mundo es tan majo, el mar, la luz del sol, el sentimiento de estar avanzando hacia un lugar remoto en el extremo de la mítica Sumatra. Hablo con la gente, me preguntan y me hacen fotos y se las hago yo, y de repente ERROR 20. No me lo puedo creer, la cámara ha vuelto a fallar. No me lo puedo creer. Respiro hondo, compruebo mil veces. La cámara ha vuelto a fallar y parece ser que aquella nube gris que se formó en Tailandia me ha seguido hasta Indonesia.

Estoy cabreado, harto, triste y frustrado. Me despido cortésmente de la señora y de su familia y voy a perderme a un rincón del ferry. Quiero gritar, quiero mandarlo todo a paseo. En éstas, recostado contra la pared, con las manos en las rodillas y cabizbajo la gente empieza a aplaudir y a gritar. Algo pasa. Levanto la cabeza y una manada de más de 20 delfines nadan hacia nosotros. Saltan, juegan, ¿Danzan? El barco, la isla al fondo, el volcán detrás. ¡Joder con la puta cámara! El azar se ríe de mí en mi puta cara. Estoy cabreado y navego hacia el paraíso y sólo se ha jodido una cámara -la tercera en menos de 6 semanas-. Y es ahí donde aparece Rafis.

continúa en el siguiente post, Rafis y el Taxista…

Luna verde. Koh Tao, Tailandia

“Pues polvo eres y en polvo te convertirás” Gn 3:19

Éstas son palabras del Génesis y puede que anden en lo cierto una vez muertos. Pero mientras estemos vivos nunca seremos polvo. Mientras sigamos vivos siempre seremos Agua.

Cómo describir el mundo perceptivo que se abre ante un humano cuando se sumerge por primera vez bajo el mar y por las artes mágicas de la técnica le es dada la oportunidad de respirar bajo las aguas. Lo primero que uno descubre es que el mundo en el que siempre vivió nunca fue realmente tridimensional. En teoría sí, pero en la práctica la fuerza de la gravedad siempre nos mantuvo pegados a la tierra y el ir hacia arriba siempre fue un ir hacia delante más trabajoso. Bajo el agua, desaparecida la tiranía de la gravedad, sólo queda flotar y desplazarse a voluntad.

Cómo describir ése instante en el que se comprende que la superficie del mar es realmente una frontera tan radical y definitiva como lo pueda ser la última capa de la atmósfera terrestre. Más allá de la superficie, espejo de feria que todo lo distorsiona, está nuestro mundo donde las cosas caen y sólo existen la izquierda y la derecha y el delante y el atrás. Tras esa frontera no son sólo las leyes físicas las que se alteran. Los océanos constituyen un mundo habitado por criaturas que ya siguen otra lógica. Es realmente otro planeta que si bien hoy en día nos parece cercano gracias a la televisión, en realidad está lejos, muy lejos.

Bajo las aguas, alimentados por la técnica y nuestro tanque de oxígeno, el ruido de nuestra respiración se vuelve atronador. Las burbujas, prueba de que seguimos vivos, se convierten en el latido, en el compás que marca nuestra existencia. Los sonidos aparecen amortiguados. Todo es más azul, oscuro y conceptos como la línea del horizonte ya carecen de sentido. El infinito mundo de los océanos se manifiesta poco a poco, la visibilidad es reducida y más allá de los diez, veinte o treinta metros que nos permita ver el estado de la mar, lo que percibiremos a todo nuestro alrededor es la nada oscura, profunda e insondable.

Son estas tinieblas y las criaturas que las habitan lo que ha atemorizado y fascinado a los humanos durante siglos. Son esas tinieblas y ese misterio y las ansias por descubrir y comprender la belleza de los océanos lo que atrae a miles de personas hacia las aguas, ése medio hostil para los humanos, para bucear, comprender y empezar a amar un mundo que siéndonos extraño es a fin de cuentas el nuestro. A fin de cuentas y mientras estemos vivos, somos y seremos agua.

Vine a la isla de Koh Tao guiado por una fe ciega en las Crónicas de una Cámara: descubrir el sureste asiático era una misión que requeriría adquirir habilidades especiales entre las que el submarinismo era una de las esenciales. Koh Tao: una pequeña isla a un tiro de piedra de Bangkok en la que en 4 días puedes aprender a bucear, conocer a gente espléndida y saborear exquisitos atardeceres a la orilla del mar y noches fiesta de baja intensidad. Una maquinaria perfectamente engrasada para disfrutar y aprender.

En mi primer asalto me acompañaron mis padres, Conchi & Txelo, y durante mi curso de Open Water los dioses me regalaron la compañía de Tiina, Marcus, Christina & Rahel, el Clan Koh Tao. Y no sólo eso, porque el bueno de Anthony fue nuestro instructor y lo pasamos en grande bajo las aguas, en el barco y en el playa frente a las hogueras en las cálidas noches del golfo de Tailandia.

Volví a Bangkok a pasar los últimos días con la familia, y el mismo día en que mis padres volvían a España se manifestó entre las brumas mañaneras del infame Khao San Road Dora la Exploradora –mi amiga Cristina de toda la vida-. Al cabo de unas horas, tras despedirme de mis papás ya estábamos montados de nuevo en el bus nocturno que nos llevaría al muelle, y de allí a la isla.

Atrás queda todo, atrás queda el mundo de los sueños que palpita en la impenetrable oscuridad de la noche bajo el manto de las aguas. Estoy en la cubierta del barco y la noche de Koh Tao me parece clara y cristalina, todo es intenso y bien perfilado. Las luces de la orilla, la silueta de las colinas, las estrellas de este cielo y una luna bastante llena. Estoy solo, saboreando estos momentos posteriores a mi primera inmersión nocturna. Y es que acabo de soñar de despierto y deambular en vida en la nada oscura que es éste inmenso desierto negro, el océano tras ponerse el sol.

Salté a las aguas oscuras y los músculos más inverosímiles me empezaron a atormentar. Calambres por todas partes, en las piernas, en ambas, en los gemelos y en los muslos, por delante y por detrás. Por unos instantes el dolor me invade por completo y tengo la certeza que no podré hacerlo, y parecen ser los nervios y las excitación los que me juegan malas pasadas. Tomo aire y en el agua estiro y me trago mi dolor. Las ganas me pueden y esta noche, sí o sí, viajaré despierto al mundo de los sueños.

Para mí no es tanto lo que vi durante aquella inmersión. Para mí fue la sensación y la certeza que el mundo es más denso y más complejo de lo que siempre dimos por supuesto. Que realmente hay diferentes planos y diferentes dimensiones en esta misma realidad. La simple oscuridad y el vacío inmenso e impenetrable que es el mar te transporta a un estado de suspenso que te hace dudar de tus sentidos. Y en este mundo de nada los jardines de coral y las criaturas marinas te hacen sentir como un cosmonauta en el espacio exterior. El haz de luz de nuestras linternas es el machete que corta la materia densa y gelatinosa y con estos nuestros cuchillos nos vamos abriendo paso a través de la espesura de esta nada.

Apago mi luz por unos instantes para mirar hacia abajo. Nada Negro Nada Vacío. Apago mi luz por unos instantes para mirar hacia arriba y una luna verde y temblorosa se alza victoriosa tras la superficie como la única referencia en este mundo. Éste es el gran momento, el que recordaré para siempre en la brumas de mi memoria, el paisaje más elemental que nunca mi imaginación ni mis sueños más locos alcanzaron a alumbrar. Tan abstracto, tan onírico y aún sí tan hijo legítimo de la más pura realidad tamizada por el vaivén de las olas del mar. Una luna verde desdibujada que danza sobre un fondo negro, húmedo y frío.