Saigón, capital de Vietnam del Sur. Ho Chi Minh City, Vietnam

… viene del post anterior, Una gigantesca milonga a ritmo de claxon

Más allá de todo esto, y de la supuesta increíble marcha nocturna que no caté, también me di un paseo por el Museo de la Guerra de Saigón que aparte de tener 3 fotos simpáticas de viejas reliquias -helicópteros, aviones, tanques, …- contiene un montón de información que a mí me pareció imprescindible.

La Guerra Americana -conocida en occidente como la Guerra de Vietnam- fue una descomunal salvajada sobre un país y una población civil inocente por parte de un enemigo extranjero que ocupó ilegalmente esta tierra violando todas las convenciones internacionales. La sangría se prolongó durante casi 20 años, las consecuencias las siguen pagando hoy en día la población civil afectada por agentes químicos vertidos entonces que degeneraron en mutaciones y enfermedades hereditarias. Por no hablar, claro está, de los centenares de miles de víctimas civiles inocentes que murieron de forma atroz y gratuita.

Me escapé también a las afueras de la ciudad para visitar los Túneles de Cu Chi, una ciudad subterránea que durante la Guerra llegó a albergar hasta 20.000 personas. Aquello, más que un memorial a las víctimas y a los ex-combatientes, parecía un parque temático de dudoso gusto en el que el guía fue el primero en tomárselo casi todo a guasa mientras jugueteaba con los maniquíes motorizados, o nos hablaba de su novia y de su moto. Acabando la visita, el bueno de nuestro guía, concluyó con una muy sabía reflexión su versión de los hechos: “Durante 20 años el pueblo de Vietnam luchó por su independencia mientras que durante ese tiempo el Ejército Americano luchaba contra el comunismo”. A juzgar por sus palabras ambos ejércitos nunca debieron encontrarse puesto que luchaban contra enemigos distintos en guerras distintas. Y aún siendo así, no fue así. Los vietnamitas lo tienen claro, lo que pasó, pasó, y desde la victoria se pueden permitir el lujo de mirar hacia adelante y pensar sólo en el futuro sin dejar por eso, de olvidar el pasado.

De vuelta a Saigón cayó por casualidad una visita a la Pagoda del Emperador de Jade que me pareció sensacional y en la que me hubiera pasado un día entero. Eso sí que es saber jugar con la luz, con el ritmo y la secuencia de los espacios, y con el color, ¡Qué color! Disfruté de nuevo con algo de buena arquitectura religiosa que me hizo recordar la genialidad barroca y las atmósferas mágicas de los templos y monasterios tibetanos, en contraste con la sosería de los templos thais y laosianos.

Y ya cuando estaba todo el pescado vendido y andaba de retirada despidiéndome de la ciudad me di un último paseo olfateando sin rumbo por las calles hasta encontrarme en la Universidad para ver como encantadoras jóvenes eran adiestradas en el manejo de armas automáticas. Una buena postal de despedida para la ciudad que fue la Capital de Sur conquistada durante la Guerra Americana. Una ciudad que vive en paz mirando al futuro próspero que se le viene por delante en forma de torres de marfil y jóvenes a la última, pero que parece querer mantener presente las reliquias de una Guerra que forjó su destino.

Saigón se llama Ho Chi Minh City desde el final del conflicto en honor al padre del Vietnam moderno. Me la habían vendido como una ciudad gris y fea, pero debo decir que la encontré soleada, alegre y palpitante. Su tráfico ordenadamente caótico, sus miles de quilómetros de callejones y sus casitas que prosiguen su división minuto a minuto hacen que esta Ciudad vibre de un modo muy especial.

Una gigantesca milonga a ritmo de claxon. Ho Chi Minh City, Vietnam

Saigón me recibió siempre al atardecer. Siempre con el sol cayendo sobre el horizonte tras de mí mientras el autobús se adentraba en la maraña de esta ciudad de 7 millones de habitantes, capital económica de Vietnam. El sol lo doraba todo y las fachadas de las calles frente a los canales brillaban sobre el juego de sombras alargadas. Fue mi mirada distraída al reflejo de estas aguas, negras y pulidas como un espejo de obsidiana, la que me alertó de las bandadas de escualos que nadaban por los cielos. Miré arriba y las siluetas negras de decenas de tiburones bailaban al son de los vientos mientras los niños correteaban por las calles y reían en esos dulces momentos al final del día y justo antes de la cena.

Cuando quedaron atrás las aguas urbanas y calles de asfalto como ríos se abrían paso entre los edificios, fue entonces que los enjambres de motocicletas impusieron su ley en esta hora punta del atardecer. Un impresionante zumbido de miles de motocicletas fluía por las arterias de la ciudad bombeado al ritmo acompasado de los semáforos. Un tumulto que lejos de ser caótico parecía funcionar con la precisión de un reloj. Cruzar una avenida de Saigón -su nombre oficial es Ho Chi Minh City-pudo parecer un reto suicida en un primer momento, pero bastó comprender las leyes que rigen escrupulosamente este universo y aprender a bailar con ellas. Las calles de Saigón eran como una gigantesca milonga que se movía a ritmo de claxon.

Es difícil saber cuándo se ha entrado en la ciudad, pero a partir de cierto momento las avenidas aparecen flaqueadas por imponentes columnatas de enormes árboles cuyos troncos suben rectos y pelados hacia el cielo. Es difícil saberlo porque la ciudad se presenta bastante homogénea y la altura de los edificios es constante. Pero a lo lejos, allá en el antiguo centro, se alza una Torre de Marfil, de vidrio y acero, que con su elegante silueta domina la ciudad y más que apuntar al cielo lo que hace es apuntar a una nueva Vietnam que también se deja entrever en los comercios y los cafés más “chick”.

Pero el secreto de Saigón no está ni en las torres de marfil ni en las avenidas arboladas. En los espacios hiper-densos y macizos de los corazones de manzana hay un mundo de callejones al más puro estilo asiático. Mi hostal está en uno de ellos y es fascinante jugar a perderse en sus mil giros y recodos. Desde mi atalaya en el corazón de esta urbe me siento espectador privilegiado, durante el rumor del día, pero sobretodo en el murmullo de la noche. Y dejando caer mi mirada distraída por las azoteas me doy cuenta de lo increíblemente minúsculas que son. Apenas dos metros y medio de anchura por cinco de fondo. Parece que no pueda ser pero al bajar a la calle y mirar atentamente veo que la gran mayoría de estas casas son en realidad esbeltas torres que crecen como agujas hacia el cielo apiladas las unas junto las otras. Tan sólo una colección de cuartitos amontonados, unos sobre los otros, como cajas de zapatos conectadas por escaleras que suben casi verticales para poder aprovechar al máximo la superficie.

El espacio está tan fragmentado que ya no queda lugar dentro de las casas y la calle es el pasillo de este hormiguero comunal. Es increíble pasearse por los callejones y ver desfilar la vida de las familias expuestas en este escaparate que regala visiones íntimas e impagables de su cotidianidad: las mujeres que se hacen la pedicura, el nene que termina los deberes para ver los dibujos animados o aquel hombre que medita al lado del altar del comedor y que viste un torso tatuado con enigmáticas efigies y escritos indescifrables. Todo está a la vista en este micro-cosmos que se desvanece en un abrir y cerrar de ojos al girar la esquina y salir, o entrar, de nuevo a la ciudad. Y a cada vez que vuelvo a pasar me parece descubrir otro fraccionamiento, otra división, otra nueva mitad sobre aquella mitad previa.

Saigón, en su corazón, es en realidad una ciudad que crece fractalmente pero hacia dentro y esta continua subdivisión sobre sus límites establecidos no sólo es horizontal sinó que verticalmente aparecen altillos y ventanucos en los lugares más insospechados, y aquella reja de ventilación era en realidad una ventana, que daba a una litera que estaba sobre la barbería.

continúa en el siguiente post,  Saigón, capital de Vietnam del Sur

Postales. Da Roof is on Fire. Ho Chi Minh City

Durante 5 años el destino del Universo se decidió, noche tras noche, en La Roof de Gran Vía. Fue para mí, sin lugar a dudas, uno de los lugares paganos más Sagrados en los que nunca he estado. Para los no iniciados, les diré que La Roof no era más que el terrado del edificio donde vivíamos la casta irreverente de los R.A. y una jauría de gringuitos itinerantes que con su ir y venir enriquecieron nuestras vidas y nos brindaron algunos de los momentos más memorables de nuestro paso por Barcelona.

En La Roof tomé interminables baños de Luna regados con Voll-Damn. Oí confesiones inconfesables. Disfruté a solas de castillos de fuegos artificiales al son de Sigur Ros. Dí o recibí algún primer beso. Amaneceres tiritando en invierno y amaneceres tibios en esas noches de verano que no podían cerrarse sin una última visita a La Roof para comprobar que todo seguía en orden, que la ciudad despertaba correctamente y que el equilibrio del Universo seguía inalterado.

Y luego estuvieron las mil y una noches que La Roof  fue sólo para mí. El lugar donde se fraguaron 1000 sueños: soñar con viajar por el mundo, soñar con fotografiarlo todo, soñar con escribirlo. Bajo el bosque de antenas y los cielos de Barcelona. Con Montjuic y el Tibidabo siempre al fondo. Y mares de ventanas perforando las fachadas para iluminar con la cálida intimidad de los hogares la fría noche de la ciudad. Todo esto y más era La Roof.

Ahora, recién llegado a Saigon, tras escurrirme por callejones truculentos y preguntar en 7 hostales distintos consigo una habitación barata. Me suben hasta el ático, se medio abre una puerta y desde una terracita arranca una escalera que me lleva directo y de nuevo a La Roof. Es distinta pero es la misma.

Vuelvo a estar en casa y cuando cae la noche subo para comprobar que efectivamente el Universo sigue en orden, que todo está en calma y que el sutil vibrar del mar de azoteas, antenas y ventanas de Saigon es el mismo que el de Barcelona. Y aún siendo tan distintos, hasta ésto compartimos.