El Encantador de Serpientes. Varanasi, India

Los encantadores de serpientes en realidad no encantan serpientes. Es todo más sencillo. La cobra –un animal defensivo que no atacará sino es atacada- reacciona ante el movimiento del encantador que sopla su ‘pungi’ sin parar, meciéndolo constantemente desde una distancia prudencial. Son los vaivenes de la flauta lo que sigue la cobra y no la música –perciben las vibraciones, pero no la música como nosotros la entendemos-.

La cobra parece estar bajo un hechizo y el público nos quedamos fascinados por la esbelta figura desplegada del animal, por la textura y las marcas de su piel, por el atuendo del faquir y por el exotismo del entorno en general. Pero no hay magia ni hay hechizo, tan sólo una dinámica bien aprendida y unas respuestas ya conocidas de antemano, lo demás, el embrujo, lo ponemos nosotros, o mejor dicho: nuestra ignorancia del asunto sumada a nuestras ganas de creer para tener qué contar.

Varanasi está lleno de encantadores de serpientes. Las calles y los ghats están atiborrados de ellos. Lucen sus mejores galas e interpretan a la perfección su papel. La pose, la mirada entornada al infinito, los gestos lentos y delicados. Estos encantadores seducen y hechizan a millares de personas.

Tras una semana en Varanasi no he podido sacudirme de encima esa sensación de que todo lo que ha ocurrido a mi alrededor, al final se podría resumir en un ‘sálvese quien pueda’. Todo es rito, pero un rito que me suena hueco. ¿Cargado de simbolismo? Sí, puede, y seguro que muy antiguo y muy complejo, no lo dudo. ¿Que mis percepciones y valoraciones se apoyan en la ignorancia y la novedad? También lo asumo. Pero en general, el ambiente en los ghats y en las calles no exhala valores, no se perciben valores. No hay hermandad, no hay reflexión, no hay compasión. Es un torbellino de gentes venidas de todos los rincones de la India y del mundo entero para ver, cumplir y partir. ¿Cumplir con qué? Con lo que mande el brahmán de turno si hay suerte y recursos –aquí al menos tendremos unos conocimientos sólidos-. O cumplir con lo que bhaddars y yatrawals –cazadores de peregrinos- manden a cada momento en un tour guiado por el ‘TOP 10’ de la santidad en Varanasi. Puede que tampoco ayudara el que mi hostal estuviera junto a la calle que une el Templo de Kashi Vishwanath y con el Lalita Ghat. Y puede que al pasar no menos de cinco veces al día por esa calleja y verme atropellado sistemáticamente por estampidas de peregrinos abriéndose paso a codazos y empujones, yendo ahora al río ahora al templo, pensará más en unos San Fermines que una experiencia íntima y espiritual.

Pero no me resigno. Sigo deambulando por la ciudad y sí que en algunos casos, un hombre mayor, aquella anciana sentada rezando frente al río, algo sí se ve. Y es entonces cuando entramos los turistas y extranjeros variopintos. Unos con un hambre voraz por devorar todo momento fotogénico, por raspar algún instante mágico más allá del atropello y la marabunta –que también cotizan en los álbumes de recuerdos, pero en otra categoría-. Y luego están los otros también, esos que vinieron aquí de ‘turismo catártico’, con esas ansias de ser más místicos que los más místicos, más papistas que el Papa, hasta rozar absurdos que sorprenden hasta a los indios.

Puede que con estas palabras me delate, pasando a engrosar las filas de esos peregrinos sedientos y desorientados que buscan ver y cumplir para poder partir con la conciencia tranquila a riesgo de no haber comprendido nada. Lo sé y lo asumo. Porque pasados los meses tras mi primera visita me enteré de que más allá de la Varanasi de romería, la de postalita y estampita, la del circo de sadhus de pastiche y encantadores de serpientes que en realidad no encantan serpientes, más allá de toda esta parafernalia, Varanasi es -y siempre ha sido- meca del conocimiento; y que esa mitad suya tan desconocida es en realidad tan intrínsecamente esencial como la otra de las postales.

Ciudad de conocimiento, ciudad de poesía, de medicina, de danza, de música, de literatura. Ciudad de artistas y eruditos que han conservado e innovado saber humano durante milenios. Por aquí pasó Buda, Sankara, Ramananda, Trailinga Swami, Kabir, Guru Nanak, Tulsidas, Ananda Mayi Ma y muchos muchos más. Todos ellos grandes nombres de los que apenas sabemos nada en occidente, y todos ellos grandes nombres que hablaron precisamente de lo que cojeamos en occidente. El saber en Varanasi sigue vivo aunque se enfrente al dilema de los tiempos modernos. Por un lado la muerte lenta de las tradiciones frente a la imparable invasión cultural de occidente -remasterizada por el potente tamiz indio-: los jóvenes se miran en espejos muy distintos a los de sus padres. Por el otro lado, una nueva avalancha de occidentales huyendo precisamente de lo que los jóvenes indios abrazan y buscando aquello que estos jóvenes repudian: saber y tradiciones milenarias que puedan dar respuesta a la desazón que se cuece en sus siglos XXI particulares. Otra paradoja más a añadir a la infinita lista que ya acumula la ciudad.

Me fui de Varanasi sin saber lo que sé ahora. Me entero por K. Chandramouli que “el Ganga Aarti -ritual frente al río que reúne multitudes a diario- ha sido reintroducido recientemente, más con fines comerciales a modo de representación teatral, que a fines sagrados”, y caigo en la cuenta de que pasé por Varanasi con lo ojos muy abiertos, pero poco más. Me quedé embobado con la simpleza de la serpiente, con la mirada fija en el ir y venir de cachivaches varios que trajinaban siete mozos bienintencionados en siete escenarios muy bien dispuestos en Dasaswamedh Ghat. Embobado por la música y el incienso, por el atrezo en general. Pero durante mi estancia en esta ciudad sin parangón en el mundo entero -y probablemente en la historia de la humanidad y eso es mucho decir- pasé de largo de las escuelas música y danza, no conocí a ningún pandit -erudito del sánscrito- y ni tan siquiera me dejé caer por la venerable Universidad para echar una ojeada. Le di la espalda sin saberlo a una de las principales fuentes que alimentan esta ciudad sin parangón, para quedarme sólo con la postal de los que se limitan a beber de ella.

A Varanasi hay que venir con tiempo y sin prisas, y en última instancia y sobretodo, con algo más que un par de ojos bien abiertos y demasiadas tarjetas de memoria. ¿El qué? No lo sé… Tendré que volver.

El Cambiazo. Bajawa, Indonesia

Hoy la fiesta en Bema empezó bien temprano. Se inaugura una nueva casa en esta aldea de los ngada y, aún siendo todos muy católicos, el culto a los espíritus y a los antepasados sigue muy vivo. Es en ocasiones como la de hoy en las que honrarlos debidamente se convierte en algo indispensable para mantener el buen orden de las cosas. Ya temprano en la mañana se sacrificaban búfalos y cerdos a golpe de machete, y a machetazos se descuartizan en el centro de la aldea hasta hacerlos picadillo. Rituales, baile de machetes, ofrendas y oraciones, sangre escarlata salpicando la tierra seca y fuego en los tres calderos humeantes. ¿Y nosotros? ¿Dónde andan Eva, Guillem y Franc que se lo están perdiendo?

¿Qué dónde andamos? Pues al principio pensábamos que estábamos de camino pero pasada la primera hora nos dimos cuenta que andábamos atrapados en una espera infinita dentro de un bus-camión al ritmo del Waka-Waka de Shakira dando vueltas por los alrededores de Bajawa para acabar volviendo irremediablemente al mismo callejón junto al mercado. Nuestra alegría tempranera por haber encontrado fácilmente bus hacia Bema se va apagando minuto a minuto al vernos atrapados en este bucle de locos sin pies ni cabeza. El Día de Marmota de Bill Murray queda en nada en comparación con las 3 horas que me tiré en este viaje a ninguna parte. Una prueba de titanes en la que puse a prueba toda mi paciencia para mantener la calma cada vez que irremediablemente acabábamos llegando de nuevo al callejón.

No sé si fueron 10 o 15, pero si dijera que fueron hasta 20 vueltas las que dimos puede que no estuviera exagerando. Guillem perdió la paciencia al cabo de hora y media, y yo, por hacerme el machote curtido en esperas absurdas aguanté el suplicio hora y media más. ¿Qué porqué? Pues porque cada vez que arrancábamos de nuevo el conductor de me aseguraba que sí, que ahora sí que nos íbamos de verdad. ¿Qué porque aguanté? Por puro morbo. Ya fascinado por la capacidad de absurdo de este Mr. Driver me preguntaba hasta dónde sería capaz de llegar. Y llegó, vaya que si llegó, pero no lejos en espacio que siempre acabábamos en el mismo sitio. Lejos en el tiempo y en el consumo más tonto de gasolina que jamás se haya visto. Ni todos los Waka-Waka, ni todas las sonrisas ante mi mirada desencajada hicieron mella en el ánimo de estos chavales que tenían claro que vaciarían el depósito las veces que hiciera falta, pero que ellos a Bema no iban hasta que el bus-camión no estuviera a reventar.

Y finalmente llegamos, y me descolgué como pude por el lateral poniendo el pie en la rueda del camión ante la mirada de medio pueblo a la espera que el patoso del bulé -extranjero en jerga local- rodara por los suelos –poco faltó-. Bema ¡Hola Bema! ¡Al fin Bema! Y vaya sol de justicia que cae sobre el pueblo a esta hora del ángelus. Dos hileras de casas dispuestas a lado y lado de una calle central rota en varios niveles, salpicada de tumbas, graneros y monumentos megalíticos. Un pueblo que me recordó a las aldeas de Pulau Nias. Parecidas pero distintas.

Salvo los tres calderos de bruja piruja en los que llevan horas cociendo pedazos de cerdo y búfalo, y los pocos hombres que siguen picando carne bajo un toldo, todos los demás han corrido a la sombra de sus porches. Yo no me veo dando vueltas bajo esta solana y me llego hasta el mirador al final del pueblo, para echarme una siesta a la sombra de unos árboles y para ver el mar que asoma a lo lejos enmarcado en colinas verdes de jungla espesa. Todo ello bajo la imponente mirada del volcán Wawo Muda que preside la aldea.

Ronroneo, me desperezo y me doy un paseo, pero nada, ni un alma en la calle. Algunas mujeres tejiendo los tradicionales ikats -telas que visten a modo de faldas-, otros hombres de parlamento en los porches vistiendo sus ropas tradicionales y luciendo sus machetes a la espalda, y los nenes jugando por los patios traseros de las casas mientras los mayores siguen reunidos en familia bajo los porches dándose un atracón.

Habrán pasado un par de horas desde que llegué cuando el sistema de audio -siempre desmesurados y espectaculares en estas latitudes- anuncia algo. Tras un ritual de escalada suicida en el tejado de la casa a inaugurar en cuestión, se da el pistoletazo de salida y todas las gentes salen de sus casas para tomar asiento sobre unos troncos de bambú que resultaron ser banquitos. Al final de la intensa jornada matando carne, cortando carne, cocinando carne e hirviendo gigantescas cantidades de arroz, toda la aldea se reúne para celebrar la generosidad de los anfitriones. Grandes, pequeños, hermanos, primos y turistas de paso. Todos carretean una cesta tejida con hojas de palma para recibir la carne y yo, algo desbordado por la súbita procesión y por el implacable azote de este sol que no afloja me enzarzo en una conversación con Eric, que me endiña una cestita y me invita a sentarme en cuclillas junto a él y sus hermanos. Una cestita que me llenarán de arroz y de suculentos pedazos de carne de búfalo. Mientras Eric me invita a cenar a su casa tras el reparto intento recordar cuándo fue la última vez que comí un buen trozo de carne fresca y me relamo los labios pensando en lo que viene. Uno, el otro y el de más allá y al fin me toca a mí. Dos paladas de arroz blanco y un buen manojo de suculenta carne grasienta. Dicho y hecho.

Ya tenemos el botín y Eric moviliza a la tropa dirección al porche de la casa familiar. En un momento veo a Eva y Guillem, con sus respectivos cestitos caminando sonrientes hacía sus respectivos porches –que no quede ni un bulé sin su parte-. Eric me cuenta que lleva una moto en Bajawa, que sus hijos tendrán que estudiar sí o sí. Que él es católico y que claro, yo como me llamó Franc, pues soy Franciscus, como el santo amigo de los animalitos. Se ríe a carcajadas mientras charla con la familia pero cuando se dirige a mi adopta un perfil de lo más formal. Las mujeres de la familia han pasado recogiendo nuestros cestos –para acabar de cocer bien la carne, me comenta Eric- y mientras andan trajinando dentro de la casa los hombres esperamos en el porche tomando Arak –un espeso menjunje alcohólico casero de jugo de palma, ajo, cebolla y jengibre… ligerito…- y charlando de “cosas de hombres”.

Se acerca la traca final, nos rugen las tripas y las mujeres empiezan a desfilar hacia el porche con los cuencos llenos a rebosar de comida. Yo estoy encantado de haberme conocido, más que entusiasmo por cómo ha ido la jornada, por la compañía de Eric y de su familia, y claro está por el exultante efecto del Arak. Borracho de una gratitud infinita alzo mi plato con las dos manos, mientras sonrío a los cuatro vientos y repito religiosamente y sin parar el Terima Kasih -muchas gracias- mirando a los ojos de todos y cada uno de mis anfitriones, para acabar mirando a mi plato de vuelta y darme cuenta de el cambiazo.

En estos lares lo de la carne es cosa seria y siempre escasa, y supongo que será por eso que los suculentos pedazos de carne fresca cocida en su grasa se me han convertido en unos tristes trozos de intestinos –pura goma imposible de mascar que me produce alguna arcada- que salpican el abundante arroz blanco simple así sin más. Levanto de nuevo la vista y sonrío ante las miradas expectantes: Terima kasih, terima kasih, terima kasih y el plato acaba quedando limpio y reluciente, pues no podía ser de otro modo.

El dorado siempre luce. Bali, Indonesia

…viene del post anterior, El Ritual

Durante una semana, en la esquina de Jalan Raya con Jalan Suweta, junto al Palacio Real de Ubud, habían estado armando un enorme Lembu, un toro negro estilo Osborne versión calé –con mucho oro colgándole del cuello-; todo de mentira, sí, pero no por eso menos sugerente. Y tras el toro se encaramaba hacia los cielos un templete, una hornacina fuera de escala, un no sé qué que quién sabría decir para qué serviría o qué finalidad tendría. Demonios, dragones, jabalíes, elefantes, y dorado, mucho de dorado que eso siempre luce.

Llegado el día señalado las calles amanecieron tomadas por el ejército para -supongo- proteger a los locales de las hordas de turistas que infestamos el paso del sepelio armados con nuestras cámaras, atrincherados tras nuestros visores, dispuestos a documentar el Palabon, lo más sagrado de lo sagrado, cómo si ésta fuera nuestra exclusiva y cómo si nadie lo hubiese hecho antes –cada año, por estas fechas, ocurre exactamente lo mismo-. Pues allí estaba yo, con mi mochila a cuestas, con mi equipo de lentes dispuestas en el bolsillo lateral izquierdo; primero tímido, luego gallardo e intrépido, descarado al final. Atento a los címbalos y a los tambores, a los movimientos dentro del complejo palaciego hasta que se abrieron las puertas y empezaron a salir los notables, y los más más notables se me suben al templete que hace esquina y que será el mirador de intocables. La pamplina real que lo mismo lleva una glamurosa flor de hibisco tras la oreja, lo mismo se prende un gadget bluetooth para el teléfono móvil mientras le ríe las gracias al general de turno. El mundo de los poderosos envuelto en la siempre inaccesible áurea aristocrática, tan cerca y tan lejos de nosotros, la peble.

Los aledaños de los dos pasos se van animando. Salen las damas de la corte vestidas de púrpura, enfundadas en sedas y encajes. Corre por allá, como sorprendida por el desbarajuste general, la familia del difunto cuyo primogénito porta el regio retrato. Andan sueltas en medio del follón las reinas de la belleza que, vistiendo el púrpura también, montan sobre sillas gestatorias a los hombros del populacho. Un populacho que parece orgulloso de cargar a cuestas los muertos de la realeza, y que me digo yo que qué menos que cada uno cargue con los suyos. Pues no, que aquí le dieron también la vuelta al calcetín y los que mandan se las ingeniaron para que hasta en la muerte fueran los de abajo los que carretearan los despojos de los suyos mientras ellos se lo miran desde la tribuna o dirigen la procesión montando el toro calé.

¡Qué locura! ¡Qué desbarajuste! ¡Qué suenen los timbales! ¡Golpead los gongs, los platillos y qué viva Bali! Esto ya no es un entierro ¿Esto es? ¡Esto ya no sé que es! Se han alzado los pasos y un señor con un altavoz grita, y otros silban silbatos y todos chillan y la policía grita que nos apartemos, que vienen, que van, que pasan ¡Que por dios! ¡Que se quiten que los van a aplastar! ¿Dónde está el entierro? ¿Qué fue del funeral? La descomunal estructura, híbrido de paso de semana santa sevillana y falla valenciana, avanza entre vaivenes y trompicones por la calle mayor ¡Corren como locos! ¿Alguien manda? Parece que aquí mandan todos y no manda nadie. Tambores, címbalos, gongs a porrazo de militar de servicio que perdió la hoja de ruta hace rato. El tinglado, el trasto, con sus dragones, sus elefantes y sus jabalíes, y dorado mucho de dorado que eso siempre luce, avanza por la calle mayor, sin impedimentos, que hoy no hay luz en Ubud porque descolgaron los cables, que al medio día pasa el sepelio y con lo grande que es el trasto al igual se lleva por delante todo el cableado y en vez de unas horas no tiramos una semana sin electricidad.

Estoy agotado… Al tiempo que llenaba las tres tarjetas de memoria me ido vaciando yo mismo, así que a medio quehacer me tengo que volver a mi cuarto, a vaciar las tarjetas y recobrar fuerzas. Queda por delante lo mejor, la cremà, pero yo estoy exhausto, cansado y para bien. Cansado de cosas buenas que me han pasado, que llevó ya aquí siete días y muchos rituales. Pero por hoy ya basta, por esta vez ya no más. Y me pierdo la cremà, la pira y las llamas donde arderán el toro calé, el león escarlata con cola de pez y corona verde -un Naga Banda-, y la cosa, el trasto, el tinglado ése enorme que es más alto que todas las casa de Ubud puestas una encima de la otra, y que lleva dorado, mucho de dorado que eso siempre luce.

¡Ay por dios qué follón! ¡Qué desbarajuste! Mejor me quedo en mi cuarto, en la terracita de mi casa de huéspedes, pensando en el ayer, en los otros rituales menos regios, más reposados, más anónimos, puede que menos histéricos pero más sentidos. Ceremonias con las que siempre te puedes encontrar en tus paseos en moto por Bali. Acércate lento, suave, sin armar bulla y vistiendo con decoro. Para ti será sólo una buena foto más, pero para ellos es su vida, su razón de ser. Los balineses son amables y acogedores, sí, pero no siempre fui bienvenido, no siempre me dejaron cruzar la tapia que separa el mundo de los hombres del mundo de los dioses y los espíritus. Y no pasa nada, que da igual, porque para mí es sólo una buena foto más pero para ellos es su vida, su razón de ser, y eso para mí sí que es sagrado.

El Ritual. Bali, Indonesia

Todo el día dando tumbos en la moto, con un destino claro per sin un camino a seguir; torciendo a cada recodo que me pareciera más interesante que lo que tuviera por delante. En la cresta de la caldera del Gunung Batur me eché la siesta sobre un banco de piedra esperando a que bajara el sol y mejorara la luz. Me desperté y conducí cuesta abajo hasta la orilla del lago para darle la vuelta al cono del volcán cuyas caras sur y oeste son pasto de gigantescas lenguas de lava que se convirtieron en roca pelada. Ensimismado en la luz del atardecer se rompe el encanto y caigo en la cuenta que está anocheciendo y que ando todavía en la otra punta de la isla. Agotado, exhausto y tras la puesta de sol tras las montañas emprendo el regreso cuando, por casualidad, paso junto a un ritual en Kintamani… Demasiada gente, demasiada bulla. Mi olfato de niño trastoso y curioso me susurra que tras la tapia están ocurriendo demasiadas cosas, que algo bueno se cuece, y que seguramente valdrá demasiado la pena como para pasar de largo.

Pero reacciono, y en un ejercicio de sentido común y autodisciplina me digo que no. Que estoy muerto, que hay que volver. Que no voy a parar ni tan sólo un minuto, ni para echar un vistacito. ¡Qué no! Grito con voz de perdedor para mis adentros ¡Estoy agotado y llevo ya casi 10 horas de ruta! Pero nada… ¡Cómo si le hablara a la pared! La moto frena suavemente y ya estoy girando hacia el parking cuando me cuento el cuento chino de “sólo un minuto, nomás, un vistazo rápido y nos vamos para casa”.

No se puede comprender Bali sin su religión –una versión del hinduismo que sobrevivió a los embates del budismo, del islam y del cristianismo-; un complejo sistema de rituales y festivales que empapan el día a día. La vida de los balineses se rige por esta espléndida coreografía sagrada cuyas ramificaciones se extienden a la danza y al arte de la escultura. Pero más allá de estas artes clásicas, esta sofisticación y esta espiritualidad las sobrepasan y se desbordan inundando su día a día en una puesta en escena que tiene lugar a cada momento, en cada rincón de la isla y a diferentes escalas. Desde las pequeñas ofrendas diarias en los negocios o en los altares de los familiares en el patio de cada casa, hasta todo un sinfín de ceremonias que marcan y acompañan a todo balinés a lo largo de su paso por esta vida. Rituales practicados de forma individual, rituales practicados en familia o rituales que implican semanas de preparación por parte de todos los miembros de la aldea.

Bali siempre está de gala, de fiesta, de celebración. La mayoría de las veces de forma callada, un susurro en la intimidad. Otras, como cajas de truenos abandonas a su voluntad: ruidosas, caóticas, turbas de fieles devotos que toman las calles por asalto, extasiados, ebrios de jarana. Del nacimiento a la muerte. Pidiendo protección y fortuna a los dioses y a los buenos espíritus que habitan en todos los rincones de esta isla exuberante. Trazando laberintos de símbolos para confundir a los demonios y proteger a los seres queridos o a las cosechas. Cada mañana al alba, en cada rincón de esta isla, se preparan con esmero miles de ofrendas efímeras de una delicadeza exquisita. Miles de ofrendas hechas con hojas de palma trenzadas y flores, frutas, arroz, galletas, no hay límite, o puede que sí lo haya; uno solo, y es preciso: todo debe ser bello y elegante. Una elegancia y un gusto por las cosas bien hechas tan extendido que se aprecia en sus ropas, en las telas que visten ellas, en los pliegues de los tocados que portan ellos. En la sistemática sobriedad barroca de sus templos y templetes. Bali será hindú, sí, pero paseando por sus aldeas y por sus templos no pienso en la India, pienso en otra isla, pienso en Japón y en esa cultura tan suya donde la belleza, como fin último y en sí mismo, se manifiesta en cada acto y en cada gesto.

El Ritual vertebra la vida de esta isla y de estas gentes más allá del implacable avance del turismo durante los últimos 30 años. El ritual se vive con devoción, con orgullo, con una pasión y un frenesí que se contagian. Contagiado y borracho de frenesí corría yo aquella primera noche fría en la cresta del volcán en la que decidí no parar para acabar parando. Desbordado, fascinado, ensoñado en medio de una función que no comprendía, pero cuyo principio atisbé que pasaba por la sistemática ofrenda a cambio de una bendición. Una noche helada en la que corría borracho, embelesado por el efecto narcótico del sonido del chambelan -un instrumento balinés que en realidad son muchos sonando al mismo tiempo- y cuyo misterio hipnótico no fui capaz a descifrar. Un festival por el que andaba suelto el loco del pueblo con una toalla atada a la cabeza; los nenes que me exigían el peaje por estar allí: que les tomara un retrato. Con toda esta gente aldeana que me recibe con sorpresa y con los brazos abiertos, y con sonrisas, muchas sonrisas y algunas carcajadas entre los grupos que se sientan alrededor de un fogoncillo a pasar la noche, a esperar eso que todos vinieron a ver y que yo sigo sin saber qué es. Es noche fría y esto está lejos de acabar, tengo por delante casi dos horas en moto y abandono la partida.

La abandoné, sí, pero ella no me abandonó a mí. Al día siguiente y al otro y al otro, me seguí cruzando con los lugareños atareados en sus preparativos, ellos a lo suyo y ellas con sus asuntos, todos en pleno frenesí, esta vez a la luz del día, ocupados en la preparación de los Ngaben, las cremaciones anuales de sus muertos. Porque es el funeral, que no la muerte en sí misma, el momento clave en la existencia de todo balinés. Un correcto funeral con su correspondiente cremación garantizará la liberación del alma del cuerpo amortajado. De lo contrario el espíritu quedaría errante, nunca más podría volverse a reencarnar, se perdería en una nada que es peor que los infiernos. Es por eso que este dispendio imprescindible y costoso. Y a falta de tiempo para ahorrar el dinero suficiente, las familias entierran temporalmente a sus muertos hasta que reúnan los ahorros para todo el festejo.

Llegada la fecha, toda la aldea se pone en marcha. Desentierran a los suyos, corren a por los preparativos, todos efímeros todos hechos con delicadeza y esmero. Altares de caña y bambú presididos por retratos con guirnaldas de flores del paraíso que honran a los difuntos y guardan sus cuerpos. Se construyen pasos coronados con palios bajo los que se portan animales sagrados: Lembus -toros negros y rojos-, leopardos, engendros mitológicos, leones escarlata con colas de pescado y coronas verdes ¿Serán dragones? Todo preparado con el esmero de lo que se hace para siempre aún a sabiendas que su destino es la hoguera, pasto de las llamas y del fuego purificador.

Si la ceremonia del Ngaben es el ritual por excelencia, por encima de todas las cremaciones está el Palabon, el funeral de un miembro de la familia real. Los planetas se alienaron, y puestos que en mi travesía por Indonesia pasaba por Bali durante esta semana, los dioses dispusieron que el ritual de los rituales, el Palabon, tuviera lugar a escasas tres calles de mi hospedaje durante mi último día en la isla.

…continúa en el siguiente post, El dorado siempre luce