Rafis & el Taxista. Pulau Weh, Indonesia

… viene del post anterior, Estoy despierto ¿Dónde estoy?

Rafis,

Al igual que los 20 delfines que nos acabamos de cruzar, Rafis parece ser un enviado de los cielos. Es un chaval de unos 12 años que ha reunido todo el coraje del mundo para acercase al bulé -extranjero en jerga local- y preguntarle cómo se llama. “Me llamo Franc, ¿Y tú?” – “Mi nombre es Rafis”. Es un sol de niño y mi sola respuesta le llena de orgullo. Nervioso y satisfecho mira al horizonte mientras se piensa su segunda pregunta. “¿De dónde eres?” – “Soy de Barcelona, y tú?” – “Soy de Banda Aceh, pero vamos de vacaciones -3 días- a Pulau Weh”. Me lo miro de arriba abajo, sonrío y pienso “¡Qué tío más majo!”. Ahí va la tercera pregunta “¿Cúal es tu trabajo en Barcelona?”. “Arquitecto, diseño casas y edificios para la gente”. Se le ponen los ojos como platos y flipa un poco. “¿Y te gusta tu trabajo?”. Ufff, ahí el que flipa soy yo.

En un fracción de segundo me respondo a mí mismo que sí, que me encantaba mi trabajo, que me encantaba mi vida, que era una buena vida con muy buena gente a mi alrededor. En esa fracción de segundo me pregunto qué cojones hago aquí y porqué demonios dejé atrás todo aquello. Con su cuarta pregunta, este chaval de 12 años ha lanzado un torpedo que ha dado de lleno a mi línea de flotación emocional que ha resistido 7 meses a flote a casi todo. Se me llenan de lágrimas los ojos y no tengo valor de mirarle a la cara mientras le respondo que sí, que mi trabajo me gustaba muchísimo. Me muerdo el labio inferior y me froto los ojos como si estuviera cansado de no haber dormido bien la  noche anterior y ya las lágrimas se secan. Me lo miro de nuevo y mientras le sonríe al horizonte va y me suelta “Creo que te va a gustar mucho mi país. Indonesia es un lugar muy bonito”. ¡La madre que lo parió! En otra fracción de segundo se me suben las lágrimas de nuevo mientras pienso que “Yo también lo creo, que si los indonesios son tan buena gente como tú es imposible que no acabe rendido a esta tierra”. Rafis está más que satisfecho y mientras yo me sigo frotando la cara y mirando al horizonte, él me da las gracias y se despide para volver adentro con su familia. ¿Las gracias? Joder, las gracias te las tengo que dar yo a ti por haberme puesto contra las recuerdas y haberme hecho dar cuenta de tantas cosas con sólo 4 preguntas.

El Taxista,

Tras dos horas en el ferry llegamos a tierra firme. En el barco he conocido a Aji, un indonesio de Medan, y a Ambar, su medio novia americana. También han venido a la isla a pasar el puente. Arramblamos con otro extranjero para llenar el taxi que nos llevará a Iboih, a la otra punta de la isla. Voy sentado en el asiento del copiloto mientras los tres van detrás charla que te charla. El otro bulé es un sueco adicto al submarinismo que invierte su dinero y sus vacaciones en viajar por el mundo para submergirse en las mejores aguas del planeta, a eso vino a Pulau Weh.

Yo miro por la ventana, miro al paisaje, miro a esta nueva isla, a este nuevo rincón de mundo que me está gustando. Pero también estoy mirando hacia adentro. El asunto de la cámara me tiene obcecado. La conversación con Rafis me tiene obcecado. Mi “mala suerte” me tiene obcecado. Sigo la conversación de los de atrás en este taxi maltrecho que bien podría caerse a trozos en cualquier momento.

A medio trayecto siento que alguien me toca la pierna. Me giro sorprendido y me encuentro con la mirada preocupada del taxista que apenas habla inglés pero que ha encontrado las palabras necesarias: “¿Te ocurre algo?”. ¡Dios! Este hombre, que se gana la vida llevando a turistas con su coche y que apenas habla inglés, me ha mirado a los ojos y ha visto que había algo dentro de mí que no iba bien. Este hombre que apenas me conoce y que en 20 minutos nunca más me volverá a ver lleva observándome media hora y ha sentido que yo no estaba bien mientras los demás que bien me podrían haber entendido hablaban de todo y nada en la parte de atrás. Este hombre sin apenas cruzar palabra me ha mirado y me ha comprendido. Me ha lanzando el tercer torpedo del día, directo a mi línea de flotación emocional. Siento que de verdad se ha preocupado por mí y que lo ha hecho de todo corazón. Miro al frente, me suben de nuevo las lágrimas y me muerdo el labio inferior mientras le respondo que “no pasa nada, que sólo se me ha roto la cámara”. Me vuelve a mirar directamente a los ojos, y no puedo más que decirle que “Gracias, que no se preocupe, que está todo bien”.

Seguimos nuestro viaje y en un momento un grupo de niños revolotean junto a la calzada. La primera impresión es que están molestando a una chica. Gritan algo y el taxista para y se baja. La chiquilla tiene la mirada perdida y los niños la rodean entre curiosos y asustados. Aji traduce y nos comenta que la chica está poseída por un espíritu mientras el taxista la agarra por los hombros y empieza el exorcismo susurrándole a la oreja conjuros que invocan a Alá para que el espíritu maligno abandone el cuerpo de la niña. Al cabo de unos minutos la niña se desmaya y cae al suelo.

Aji nos comenta aquí estas cosas pasan a menudo, más allá del islam, el mundo de los espíritus sigue estando presente. El sueco me comenta que sí, que en su país esto también ocurre, pero que lo llaman de otra manera, más “científica”. Yo ya no sé qué pensar ni me molesto en ello. Yo solo sé que este hombre hace un rato me ha mirado a los ojos y que más allá de toda barrera lingüística, cultural o religiosa, ha sido capaz de ver que dentro de mí había algo no iba bien mientras que a los de atrás les ha sudado tres narices –y no es que se lo reproche, la verdad, aquí cada uno carga con su cruz-.

Estoy en el paraíso, tiburones de varios metros cruzan ante mí y soy incapaz de verlos. Se me rompe la cámara y un niño con sus preguntas inocentes me pone contra las cuerdas y casi me hace llorar. El que está poseído soy yo, pero no es por ningún espíritu maligno. Soy yo mismo que ando enmarañado en mí mismo y después de una charla con un buen amigo por Skype creo que ha llegado el momento de parar. Encontraré un lugar bonito y tranquilo y tras 7 meses dando tumbos, me detendré.

… continúa en el siguiente post, El cielo es Azul

Estoy despierto ¿Dónde estoy? Pulau Weh, Indonesia

“Estoy despierto ¿Dónde estoy? Estoy en la isla, estoy en Pulau Weh”.

Miro por la ventana del bungalow, una caseta de madera con agujeros por todas partes, el más barato. Son la 5 de la mañana y una luz violeta tamizada por la mosquitera despunta en el horizonte. He dormido bien pero al volver a tomar consciencia mi corazón se encoje. Todo es bello pero yo me siento triste. La cama parece flotar en un oscuro e incierto mar de melancolía y tengo que hacer un esfuerzo para levantar la mosquitera y empezar este nuevo día.

Me visto y voy hacia la playa de Iboih. Haremos una inmersión al alba, en ese momento en el que los peces de la noche vuelven a las profundidades mientras que los que dormían despiertan y emergen al calor del nuevo sol. Es mi primera inmersión desde Koh Tao y no quiero cometer errores con el equipo, estoy inquieto y no quiero olvidar ningún detalle. Montamos en la lancha y la escena no puede ser más preciosa. El pueblo duerme en calma, la superficie del mar resplandece con los colores del amanecer y el lomo de la islita de Pulau Rubiah se recorta contra el horizonte. El viento y el susurro del suave oleaje y el motor de nuestra lancha son la banda sonora de este momento idílico. Las chicas bromean – llevan cientos de inmersiones – y llegamos a destino.

Habrá que descender rápido, la corriente es muy fuerte y podría llevarnos demasiado lejos del grupo. Bajaremos directamente hasta los 30 metros, justo al lado del acantilado en las tinieblas de estas aguas al extremo norte de Sumatra. Bajo el agua me siento como en un sueño. No he dado ese paso fuera de la cama y en realidad me he vuelto a dormir. El paisaje del fondo marino es un peñasco pronunciado que se dobla y se pierde en las profundidades. La fuerte corriente nos empuja y nos agarramos a las rocas cortantes con las manos. Mis gafas se están empañando y respiro demasiado rápido, miro hacia arriba, hacia el mundo que despierta, pero al mirar abajo me parece que estoy nadando en la nada. No es miedo, es otra vez ese sentimiento de melancolía que no me deja. Ahora ya sólo somos dos, el instructor y yo. Navegamos por ese mundo irreal y buscamos tiburones y mantas raya. Hace rato que he perdido la orientación y simplemente me dejo llevar y le sigo. En un momento me señala algo pero tengo las gafas empañadas y no veo nada. Era un tiburón enorme a escasos 5 metros, me comenta al volver a la superficie. Apenas he durado 30 minutos. He respirado demasiado rápido: la corriente y los nervios.

Arriba todo sigue siendo bello y el sol ya ha levantado cabeza sobre el horizonte. Esperamos media hora más hasta que las chicas salen, y siguen riendo y bromeando. Vuelvo al pueblo y por la tarde habrá otra inmersión más. Con Karsten y los franceses. Será al otro lado de la isla, en el jardín de corales y esta vez lo haré mejor. Otra vez en pleno control de mis facultades, otra vez suave y tranquilo.

Pulau Weh es realmente un pequeño paraíso. Me gusta esta isla y me gusta Iboih. Me gustan sus paisajes y la actitud de la gente en su día a día. Me hecho al mar frente a los bungalows y con tan solo unas gafas y un tubo me paseo durante 3 horas y me cruzo con cientos de peces de colores, con un pulpo que me mira y que se cambia de traje a cada movimiento que hago. Una morena gigantesca me da un susto de muerte, y serpientes marinas bailan ingrávidas sobre el fondo de corales. Y arriba en sus cielos vuelan murciélagos enormes al anochecer y durante el día un águila reina en las nubes. Iboih es un sendero del que cuelgan las casas de huéspedes, cerca de las dos playitas, de alguna tienda y algún café. Paseando en un atardecer dirección al colmado miro a lo lejos, al muelle donde pescan algunos lugareños y juegan otros niños. En un instante una enorme raya águila salta del agua para volver a caer y desaparecer unos segundos después. Pulau Weh es un edén.

“Estoy despierto ¿Dónde estoy? Estoy llegando a destino, estoy llegando a Banda Aceh”.

Finalmente dejé atrás Malasia. Los problemas con los pasaportes y las cámaras y finalmente empieza la gran aventura por Indonesia, borrón y cuenta nueva. Aterrizaje en Medan procedente de Kuala Lumpur y primer round con los taxistas para determinar cuánto valen las cosas en este nuevo país. Doy mil vueltas y finalmente consigo un buen precio y un destino acertado. Compro el billete y cruzo de nuevo la ciudad –esta vez en labi-labi– para llegar a la central donde me espera un bus de 12 horas que me llevara al norte, a Banda Aceh.

Hemos llegado y de la estación al muelle vamos 3 turistas en una moto con sidecar pintada con curiosos colorines, colores de Indonesia. Llegamos temprano y tendremos que esperar cinco horas hasta que salga el primer barco. Me gusta Indonesia y me gusta su gente y voy hacia la Isla. Al subir al ferry empieza el festival. Vamos hasta los topes porque es puente y resulta que los muy musulmanes de todo Indonesia están celebrando que Jesucristo subió a los cielos en la segunda pascua. Todo el mundo es tan majo, el mar, la luz del sol, el sentimiento de estar avanzando hacia un lugar remoto en el extremo de la mítica Sumatra. Hablo con la gente, me preguntan y me hacen fotos y se las hago yo, y de repente ERROR 20. No me lo puedo creer, la cámara ha vuelto a fallar. No me lo puedo creer. Respiro hondo, compruebo mil veces. La cámara ha vuelto a fallar y parece ser que aquella nube gris que se formó en Tailandia me ha seguido hasta Indonesia.

Estoy cabreado, harto, triste y frustrado. Me despido cortésmente de la señora y de su familia y voy a perderme a un rincón del ferry. Quiero gritar, quiero mandarlo todo a paseo. En éstas, recostado contra la pared, con las manos en las rodillas y cabizbajo la gente empieza a aplaudir y a gritar. Algo pasa. Levanto la cabeza y una manada de más de 20 delfines nadan hacia nosotros. Saltan, juegan, ¿Danzan? El barco, la isla al fondo, el volcán detrás. ¡Joder con la puta cámara! El azar se ríe de mí en mi puta cara. Estoy cabreado y navego hacia el paraíso y sólo se ha jodido una cámara -la tercera en menos de 6 semanas-. Y es ahí donde aparece Rafis.

continúa en el siguiente post, Rafis y el Taxista…