Memorial Choeung Ek / “El Campo”. Phnom Penh, Camboya

… viene del post anterior

 A apenas 17km de Phnom Penh se encuentra el Memorial Choeung Ek. Una vez más sabía a lo que venía y una vez más me quedé mudo. Hay poco que ver en este lugar y es precisamente ese poco lo que vuelve a fascinarme y a horrizarme.

En estos prados se encontraba el principal campo de exterminio y enterramiento de Camboya durante la dictadura de los Jemeres Rojos, uno de los miles que hay por todo el país. En una superficie relativamente pequeña se asesinaron durante 3 años, 8 meses y 20 días a más de 8.000 personas a sangre fría. Siempre de noche, siempre a traición. Siempre a garrotazos o con armas blancas para ahorrar munición. A veces incluso degollados con hojas de palmeras que cortan como cuchillas. Siempre envueltos por el estridente son de las marchas militares y los cantos revolucionarios a todo volumen para ahogar los chillidos de las víctimas. Aquí crecen árboles cuya única función fue recibir el impacto de los cráneos de los bebés.

El terreno aparece salpicado por decenas de cráteres, fosas comunes que con las lluvias, año tras año, no dejan de regurgitar huesos humanos y trozos de ropa. Hay poco para ver en este lugar porque lo importante es escuchar los testimonios que desfilan por la audioguía. Nunca fui muy amante de estos artilugios pero en este lugar es excepción. Deambular por el recinto atento a las palabras y a los testimonios mientras intento imaginarme este infierno en su máximo esplendor. Tan horroroso y tan rudimentario. ¿Qué fácil resulta atormentar y masacrar a otros? ¿Tan sencillo?

En el centro del recinto se levanta el monumento con los restos de más de 5000 cadáveres. La mayoría cráneos, cada cráneo una cabeza y cada cabeza un par de cuencas vacías cuyos ojos debieron llorar y suplicar por su vida. Cada cráneo una boca que gimió y gritó de dolor, de rabia, de impotencia, de miedo. Cada cráneo, una cabeza llena de sueños y de recuerdos, cada una capaz de amar y de querer y de vivir y de sentir. Todas ellas cortadas antes de tiempo, devoradas por el paso del tiempo, y aún así las cuencas vacías de los ojos mantienen la mirada fija sobre las hileras de turistas que desfilamos con nuestras cámaras. Sin mirarnos nos miran, y sin decir palabra no dejan de contarnos su historia.

En un estante hay una Virgen con el Niño. Sí, ésta es de las nuestras. Hay una estampita de la Virgen y el Niño a la que el tiempo le comió el color. Alguien la puso allí, alguien que desfiló ante las miradas vacías de estos cráneos y sintió la necesidad de darles lo que tenía. Camboya será budista, pero por suerte la compasión y el afecto entre humanos no entienden de religiones ni de fronteras. Más allá, frente a una fosa, la visión de unas pulseritas que alguien dejó colgadas de una valla humedecen mis ojos por un momento. Ese homenaje discreto al dolor ajeno sentido como propio. Ese abrazo sentido hacia unos seres que nunca conocimos ni conoceremos pero cuya tragedia sentimos como propia.

Se puede entender la Camboya de hoy sin las glorias de Angkor y el Imperio Khmer, pero resultaría imposible hacerlo sin tener mínimamente presentes las miserias y las desgracias que llevan asolando esta tierra durante los últimos 40 años. Unas miserias interpretadas por actores principales, los Jemeres Rojos, y por otros actores secundarios pero no menos importantes y responsables del descomunal desbarajuste, Estados Unidos, China, Tailandia, Vietnam y la Comunidad Internacional. Lo que ocurrió en Camboya durante esos 3 años, 8 meses y 20 días fue perpetrado por camboyanos a camboyanos. Camboyanos que guiados por el odio, la ignorancia pero sobretodo el miedo al dolor y a su muerte, llevaron a cabo de forma sistemática el exterminio de un cuarto de la población. El 25%. 1 de cada 4 habitantes de país, 1 de cada 4 miembros de una familia. Piensen en la suya y echen números y pónganles nombre para hacerse una idea.

Barra de hierro, machetes, cuchillo, el hambre extrema y las enfermedades derivadas fueron las herramientas de la matanza. Entre 2 y 3 millones de personas muertas a manos de sus compatriotas en busca del enemigo interno. Muertas a manos de compatriotas que temían morir sino mataban. Un Imperio del Miedo que se alimenta de la ignorancia, pero que nace del odio de unos pocos elegidos hacía el resto de la humanidad. Unos elegidos que en sus ansias de grandeza osaron hostigar al vecino Vietnam, reclamándole unas tierras que tiempos ha fueron Camboyanas. Es aquí cuando empieza el fin del horror. Vietnam contra ataca y en poco tiempo se hace con el control del país que ocupará militarmente durante los próximos 10 años. Corre el año 1979 y tras 4 años de terror y sinrazón Camboya está asolada y su población totalmente traumatizada.

Ha caído el Jemer Rojo pero la pesadilla y locura está lejos de acabar. Parte del nuevo gobierno tutelado por Vietnam está formado por renegados de los Jemeres Rojos, antiguos compañeros de Pol Pot convertidos en nuevas gentes de bien. El resto del régimen ha huido al oeste, a Tailandia, donde son reconocidos como Gobierno legítimo de Camboya por la Comunidad Internacional (léase EE.UU.). Durante años contarán con un asiento en las Naciones Unidas y recibirán el respaldo de Estados Unidos, China y Tailandia. Estados Unidos porque están contra el gobierno comunista de Vietnam contra el que ellos perdieron la guerra. China porque Vietnam es aliado de la URSS y por lo tanto su enemigo. Tailandia porque teme la influencia comunista de Vietnam y de paso le interesa tener una Camboya pobre y débil. La explotación de materias primas y la expoliación de los recursos del vecino siempre es más llevadera si éste es fácilmente corrompible.

Durante todos estos años Occidente respalda a los autores del genocidio Camboyano. Los respalda políticamente, económicamente y militarmente y es así como la guerra de baja intensidad sigue, como toda la zona oeste de Camboya acaba quedando sembrada de minas, hipotecando más si cabe el futuro de este país pobre que ahora depende para su sustento de unas tierras mortíferas. Durante este período de guerra de guerrillas más y más elementos del Jemer Rojo van cambiando de bando y se van integrando en las estructuras de poder de Camboya. Los asesinos de ayer son los legítimos gobernantes de hoy en esta democracia de partido único.

Y de hoy significa de HOY. Los libros de textos en las escuelas –la educación en Camboya es elemental o inexistente- no comentan nada del genocidio. Las nuevas generaciones saben lo que saben por el boca a boca de sus allegados. Es más, el país está plagado de monumentos que conmemoran la relación con el vecino Vietnam y la versión oficial conmemora cada año el día en el que los actuales líderes -y excolaboradores de Pol Pot- consiguieron convencer a los vietnamitas para derrocar al Jemer Rojo y devolver la libertad y el poder al pueblo Camboyano.

Los gobernantes de hoy son los asesinos de ayer. El sistema de partido único garantiza la pervivencia de una democracia de paripé corrupta hasta la médula que beneficia a unos pocos. La educación y la sanidad están abandonadas y corren por cuenta de las miles de ONGs que trabajan en el país. Los Jemeres Rojos fueron perdiendo apoyo a medida que pasaron los años y no fue hasta la muerte de Pol Pot en 1998 que se disolvieron definitivamente. Durante mi estancia están teniendo lugar los juicios. Casi 30 años después algunos cabecillas serán juzgados, pero la mayoría murieron o han sido absorbidos por las estructuras de poder actuales, algunos incluso amnistiados por el Rey. La gran mayoría, los ejecutores que por miedo o convicción torturaron y mataron a sus compatriotas, seguirán con sus vidas, pared con pared con las víctimas, como si el Genocidio Camboyano nunca hubiera ocurrido.

S-21 / “La Escuela”. Phnom Penh, Camboya

¿Cómo contar algo ya contado mil veces aún siendo incapaz de entender su significado real? Un significado que sólo puede comprenderse desde dentro, desde el dolor. Un dolor que, pudiendo ser buenamente compartido, escapa a toda concepción mental. El dolor extremo y gratuito que sólo los humanos son capaces de hacer a otros humanos. Un sufrimiento que es la proyección de un odio visceral hacia otros, hacia “el otro”. Un odio que es hijo del miedo, ¿pero miedo a qué?

El 17 de Abril de 1975 se declaró el Año 0 en Camboya. Ese día el ejército del Jemer Rojo, liderado por Pol Pot, tomó la ciudad de Phnom Penh y derrocó al dictador Lon Nol que durante los últimos 5 años había gobernado el país con la ayuda del amigo americano. El mismo amigo que le ayudó en su golpe de estado, el mismo que bombardeó impunemente amplias zonas fronterizas de Camboya, el mismo que llevaba años intentando machacar al país de vecino en la tan cinematográfica Guerra de Vietnam.

Durante años Pol Pot y su camarilla habían controlado zonas periféricas en el este del país en el que instauraron su visión particular del comunismo. Un comunismo maoísta volcado en la concepción de una sociedad totalmente agraria, una sociedad “ideal” previa a todo progreso, a toda burguesía e incluso previa al feudalismo. Una sociedad totalmente horizontal y libre de los venenos de la familia, la religión o la educación.

Ese mismo día, el 17 de Abril de 1975, se procedió al vaciado de las ciudades. En cuestión de horas todos los habitantes recibieron la orden, a punta de pistola, de abandonar sus hogares y sus pertinencias para desplazarse a las zonas rurales. Las familias fueron separadas, el dinero abolido y todos los militares, policías y funcionarios del antiguo régimen, junto sus familias, fueron aniquilados. El resto marchó durante días por los caminos de todo el país dirección a los campos de trabajo. Los niños, los ancianos, los enfermos y las embarazadas. Marcharon hasta donde pudieron y los que no dieron para más encontraron la muerte en el camino. Los arcenes aparecían salpicados de cadáveres y en las carreteras los camiones reventaban los cuerpos a su paso.

Al final del camino, a los supervivientes les aguardaba un infierno en la tierra en una de las mil versiones que es capaz de adoptar bajo el ingenio de los humanos. Un infierno en las llanuras de arrozales de Camboya, bajo el sol implacable del trópico, en jornadas de trabajos de doce, catorce o más horas. Sin apenas comida, sin apenas descanso, bajo la amenaza de muerte constante. Enfermedades y miedo como pan de cada día. Con las familias desmigajadas, borrando cualquier rastro de humanidad.

La “Gente del 17 de Abril”, los antiguos habitantes de las ciudades, habían sido los últimos camaradas en unirse a la revolución y por la tanto eran sospechosos por principio. Las milicias, campesinos reclutados y adoctrinados en las zonas más pobres y rurales del este de Camboya eran la base sobre la que se levantaba la estructura de poder. Una estructura de poder y mando que se sustentaba sobre el miedo y el odio. Un odio que manaba desde la cima y que se iba extendiendo y amplificando a medida que descendía hasta los niveles inferiores. ¿Y en la cima quién? En la cima el núcleo duro de la revolución. Los que se hacían llamar camaradas pero que bien se cuidaban de vivir en un mundo aparte donde no les faltó de nada ni a ellos ni a sus familias. Una camarilla de camboyanos formados y educados en París. Una camarilla de pseudo-intelectuales que lo primero que hicieron fue arrasar cualquier atisbo de insteligenstia. Los que hablaban idiomas, los que tenían estudios o los miopes con gafas fueron acusados, torturados y sentenciados a muerte bajo la etiqueta del “Enemigo Interno”, imaginarios espías de la CIA o el KGB. Mantener al pueblo ciego, mudo e ignorante. He aquí una de las principales prerrogativas de todo sistema totalitario. Pensar está mal visto. Pensar, razonar y preguntar el peligroso.

Yo ya sabía a lo que venía, lo había leído ya en muchas ocasiones y había visto reportajes en la televisión. Era el S-21, el mayor centro de tortura durante el Jemer Rojo. Un lugar en el que entraron cerca de 20.000 presos y de los que sólo sobrevivieron 7. Una antigua escuela de bien que fue reconvertida en centro de detención y terror durante los 3 años, 8 meses y 20 días que duró la pesadilla. Recorrer sus patios, sus pasillos y sus aulas deja sin palabras. Sin palabras. Yo sabía lo que venía a ver porque ya lo había visto, y me quedé mudo. Fascina y horroriza lo primario y lo básico de todo el complejo, de las herramientas de tortura, de las celas levantadas a toda prisa en hileras mal puestas de ladrillos. Fascina y horroriza descubrir, una vez más, cuan fácil es hacer sufrir a otro ser humano. Qué poco basta para atormentar a niños, mujeres, ancianos, bebés, todos ellos inocentes, y todos ellos culpables de haber nacido en el momento y el lugar equivocados. El S-21 es un infierno que choca y sorprende por su sobriedad. Nada de cavernas ardientes ni calderos envueltos en llamas eternas. Tan solo unas aulas vacías de paredes peladas y suelos a cuadros amarillos y blancos. Y en el centro somieres y más somieres, uno en cada aula. Todos iguales, todos distintos.

Somieres. Algo me ha atrapado y no puedo no fotografiarlos a todos. Sin saber porqué llega un punto en el que me parece un sacrilegio olvidarme alguno de ellos. Como si dejar de hacerlo fuera obviar lo que en ellos ocurrió. Retratos. Metros y más metros de los retratos de la víctimas. Sus caras y sus miradas me han atrapado también. Murieron hace años pero sus miradas siguen vivas, muy vivas.

Mudo y con el alma abatida dejé las aulas, cogí una moto y me fui a “El Campo”.

Continúa en el siguiente post…