Mar de té. Cameron Highlands, Malasia

Empezaba a caer el sol y se notaba entre la niebla ese tamizado y sutil apagarse del día. Ya estaban cerrando cuando en un último momento llegamos casi a la cima y cruzamos el cercado que cerraba las obras. Subí los escalones en construcción y de repente me había precipitado al fondo de un bosque eterno donde el aire siendo ligero era espeso, donde la brisa y la llovizna me acariciaban la piel y donde las sombras difusas de los árboles cubiertos de musgos antiguos parecían susurrarme palabras que no llegué a comprender. En el fondo de este bosque que está en la cima de una montaña experimenté como nunca antes que los árboles tienen vida, que es sentida y reposada y que sigue sus tiempos. Me habría podido dejar perder en este instante eterno en este lugar atemporal pero el día que se apagaba por instantes, caía la noche y los gritos de Juri me hicieron volver de nuevo a la realidad de las Cameron Highlands.

Hay algunos momentos en el viaje en los que te preguntas aquello de ¿porqué vine aquí? Otros, la gran mayoría, piensas lo otro, lo de ¡Ostras, no está mal! ¡Me gusta, sí, tiene su punto! ¡Esto es especial! Y hay otros días, los más escasos, en los que sencillamente te quedas prendado del momento y del lugar. Mi paso por la Cameron Highlands tuvo algo de efecto yo-yo, propiciado por una visita relámpago de vuelta a Kuala Lumpur para cambiar mi nueva cámara que falló tras sólo 12 días de haberla estrenado. Pero insistí, porque si bien es un potentísimo foco turístico local, con toda la frivolidad que el turismo de masas implica, las Cameron Highlands me tenían reservados tres de momentos más que me supieron a gloria.

Siguiendo la Ruta Número 1 nos dejamos perder por un bosque verde y húmedo a rabiar que gotea misterio bajo la niebla que fluye entre las ramas cual volutas de espeso humo de cigarrillo de tertulias. Subimos como podemos, agarrándonos a las raíces en esta ascensión casi vertical en la que la humedad y el sudor se mezclan nublándonos la vista para descubrir al paso que ya alguien se llevó el camino, dejando tras de sí árboles caídos y barrancos recién despeñados con la tierra todavía fresca. En medio de esta nada me pregunto por este lugar y porqué siendo tan inhóspito me sienta tan sereno. Hoy me acompaña Juri, uno de los húngaros con quien he hecho buenas migas y con el que charlamos por los descosidos durante todo el descenso a través de plantaciones de té. Él se detiene a cada rato para tomar fotos, yo no. Mi cámara nueva se ha fundido y yo con ella. Mañana volveré a Kuala Lumpur a por otra nueva.

Ya estoy de vuelta y Juri y Rita me esperaban aquí. David y Amanda ya partieron. Me proponen ir al Jardín de las Mariposas haciendo autostop y respondo que por supuesto. En media hora ya estamos allí y nos tiramos 2 horas más disfrutando como niños con todos los bichos que allá tienen. Jugar con una serpiente o con un gigantesco insecto palo, o ver de cerca a los lagartos o a escorpiones de un palmo. Y mariposas, muchas mariposas y todas enormes. Somos 3 niños grandes que hoy han querido ser pequeños de nuevo y se han dejado maravillar por las cosas mágicas de este mundo. Cosas mágicas que son la vida misma pero que nos quedan tan lejos en ese mundo asfaltado de ciudades antiguas llamado Europa.

Se acerca el fin y mi paso por estas tierras frescas que son excepción en la tórrida y vaporosa Malasia, pero todavía no he visto lo que vine a ver. Las suaves colinas ondulantes, el mar de olas verdes cuyo cuerpo estriado lo definen las plantaciones de té. El té que trajeron los ingleses y que ahora es seña de identidad malaya. Que las imágenes hablen por sí mismas hasta donde las palabras queden cortas. Que los ojos de cada cual otorguen el valor en la justa medida a estas naturalezas artificiales fruto de la mano del hombre que acabaron por convertirse en gigantescos jardines por los que pasear la vista y los buenos ratos con unos compañeros de viaje de aquellos que uno siente que ya son amigos y que podrían serlo por el resto de la vida.

Una pareja de las pocas que abundan en estos mundos de petate siempre al hombro. Amables, interesantes, curiosas y tan enamoradas de sí mismas que de tanta alegría que tienen les sigue quedando cariño e interés de sobra por y para el mundo y los habitantes que lo vivimos y lo viajamos.

De Carpintero en Mae Salong. Tailandia

Si van justos de tiempo no vengan a Mae Salong. No es que no valga la pena, a mí, en concreto me fue de perlas. El caso que estos 3 días me han venido genial y por motivos muy diferentes.

Durante el primer día, realmente necesitaba y me apetecía usar el cuerpo. Andar, andar y andar. Subir y bajar cuestas y sobre todo sudar y jadear. La excursión, o el hiking -que queda más sofisticado- no tenía mucho de especial. Pero lo dicho, el cuerpo me pedía una subida de revoluciones y el intenso paseo de seis horas sirvió para eso.

El segundo día lo había dispuesto con la intención de ampliar mis habilidades ciclomotoras. Por un lado para no olvidar las artes aprendidas durante la ascensión a Namhsan, y por otro como calentamiento del Loop de Laos, para el que cada día queda menos. Pero amaneció nublado y no estaba dispuesto, por el momento, a pasarme cinco horas sobre una moto cruzando bellos paisajes pero sin tener la luz favorable y con riesgo de lluvias. Mae Salong, del cual todavía no he contado nada, está en la montaña y créanme si les digo que las cuestas y sus curvas merecen mucho respeto y prudencia. Así pues me homenajeé con un día libre, y pude así disfrutar de mi primer día de nubes y frío en mucho tiempo. Sí, oyeron bien, y es que de tantos soles y cielos azules, ayer gocé saboreando a cada momento del cielo encapotado y la fría brisa que se colaba por entre mis ropas. Ni que decir que jugaba con ventaja y mi alegría de ánimos venía espoleada por una cita especial al final de la jornada. Había quedado para charlar con David y Andreu, dos buenos amigos de la lejana Barcelona. El día pasó lento pero ágil. Trabajé en el Blog, en las fotos y estuve productivamente perezoso.

Y al tercer día, el de la reencarnación, amaneció de nuevo, nublado. Pero esta vez no podía posponerlo, y si bien es de recibo disfrutar de un día de calma, uno no se vino a la otra punta del mundo para quedarse sin verlo. Hechas las presentaciones con mi potro motorizado y trazado el plan de ruta, emprendo el camino hacía mi destino. Una vuelta por las montañas, unos 70km por buenas carreteras y paisajes que han prometido prometer. Crucemos los dedos y que el viento azote de nuevo mis rosadas mejillas.

El titular del día lo podría despachar con un “lo logramos y nos sentimos cómodos”. Los paisajes estuvieron bien, algunas veces más intensos que otras, pero como los dioses estaban generosos, a medio camino me hicieron los honores de presenciar la inauguración de una nueva Stupa y un nuevo Buda -resulta que en el país todavía había sitio para uno má-.. Curioso evento en medio de la nada, pero bien surtido de público: gentes de los montes y habitantes de las ciudades, y como no, una ración de monjes para añadir color y sonoridad al evento. Las almas piadosas de Chiang Rai habían venido a las montañas para acumular méritos. Un grupito de encantadoras señoras de bien que habían financiado la construcción de la nueva Stupa, vistieron sus ropas informales más inmaculadas para recibir las bendiciones de los monjes, acumular buen karma y repartir comida a los rústicos aldeanos de la montañas.

Mae Salong es un pueblo algo especial. Paradigmático sería una palabra más ajustada. Y es que toda la zona, a medio camino entre China, Myanmar, Tailandia, Laos y Vietnam, es pasto de minorías étnicas asentadas en los montes, que siglo tras siglo fueron migrando de aquí para allá bajo el empuje de civilizaciones “más potentes” (Chinos Han, Birmanos, Thais, Vietnamitas, …). El resultado es un constante mosaico de aldeas vecinas donde no siempre tienden a entenderse en el mismo idioma o vestir las mismas ropas. Son Pueblos sin patria, en muchos casos desplazados del país vecino, por uno u otro conflicto. Mae Salong es fruto de la Guerra Civil China que durante dos décadas enfrentó a “Comunistas” Vs “Nacionalistas”. Los vencidos tuvieron que huir y después de su paso y expulsión de Myanmar, fuerzas del ejército derrotado del Kuomintang y sus familias encontraron asilo en el norte Tailandia. Mae Salong, es tan chino -o yunanés- como tailandés. Existe desde apenas 50 años y ha pasado de ser un centro de cultivo y tráfico de opio, a convertirse en destino turístico centrado en la explotación del té y el café.

A las colinas colindantes conseguí arrancarles alguna postal idílica de campos de té y aldeas de bambú y paja. Pero debo admitir que lo que más me divirtió fue descubrir un curioso lugar en extraño equilibrio entre el brillante Akira Toriyama y Alicia en el País de las Maravillas. Un lugar consagrado al té, al turismo de masas y a la más delirante interpretación de ambos. Un lugar abandonado, vacío y triste que a mi me alegró el día.

Y a pesar de todo lo dicho, Mae Salong me ha servido para darme cuenta de un par de cosas, para seguir irreflexionando un poco sobre lo que no me gusta y puede mejorarse. Que de eso también se trata este viaje, de tener tiempo sentarme tranquilamente ante el espejo. No tanto deleitarme ante mi espléndido porte, como para ver reflejados ese puntos donde la mesa todavía cojea. Y hacerme las veces de Carpintero, desmontando la pata si es necesario y para fijar una nueva.