Entusiasmo Van der Schrieck. Myanmar

Se llama Frederik Van der Schrieck, pero bien podría llamarse Entusiasmo Van der Schrieck y seguramente le haría más justicia. Cuando lo conocí me estaba preparando para un viaje para el que, sinceramente, no estaba preparado. Habría sobrevivido, pero los ánimos habrían quedado por los suelos. Fred apareció en medio de aquella estación de trenes de Mandalay. Vistiendo su sombrero lo vi cruzar a lo lejos y pensé: Genial, otro guiri en el tren, hay partido.

El caso es que los buenos de los birmanos pensaron que estaría bien poner a los dos turistas juntos en el tren y les doy las gracias. Fred, a parte de llamarse Entusiasmo, Risa, Buen Feeling o espíritu abierto a la vida, a más a más se dedica a trabajar para Médicos sin Fronteras. No es médico, pero se encarga de que los dineritos se gasten bien gastados. Minuto cero y pensé en la suerte que acababa de tener. Habiendo visto medio mundo, algunos de los lugares más punks del momento (Afganistán, Somalia, Sudán, Pakistán, Egipto,…) resulta que la conversación no giró entorno a nada de eso. Y no porque no fuera interesante ni me muriera de ganas de oír de ello, sino porque él tenía otras cosas en la cabeza y a mi me parecieron más interesantes que los grandes titulares.

Fred estaba en las mías, o yo en las suyas. Un año para él, por Asia, y justo había empezado hacía 2 semanas. La diferencia, muchas más, es que Fred viste unos espléndidos 34 años en un traje de casi 2 metros de altura y casi 10 años de experiencias por Asia como viajero, su tercera vez en Myanmar.

Y al final lo interesante es el día a día de las personas, más allá de sus trabajos o su cuenta corriente. Fue un placer partirse la caja a las 3 de la mañana, después de 31 horas en un tren que traqueteaba con espasmos que tumbaban los asientos y hacían que la decrépita escena general pareciera una película de dibujos animados de los años 30. Fue un placer no tener donde dormir y que diera con la solución, y que con su entusiasmo convenciera a unos encantadores birmanos que nos dejaran tomar unos red bulls y ver la champions hasta que amaneciera. Fue un placer ver el mundo y las relaciones humanas a través de sus ojos, y oír sus inquietudes y sus dudas sobre qué hacer y cómo hacerlo. Y también fue un placer ver como el alcohol (maldito/bendito alcohol – niños no beban!) le jugaba malas pasadas, suaves, y dejaba entrever sus debilidades, suaves también, pero mostrando una vez más que no hay baluarte inconquistable ni barco sin fugas.

Fred, un monumento andante con sonrisa galopante, asegura ver en la cara de las personas su alma, aunque todavía no se ha decidido a contarme que vió en la mía, en aquel tren, ante aquel panorama. No se preocupen, con Fred nos volveremos a ver, próxima parada Bangkok 22-N, y ya entonces, si me lo cuenta se lo cuento.

Ayeryawady, el río grande de Myanmar

Un titular podría ser “Hemos llegado”. Elemental, lo sé, pero acertado. Tengo la sensación que han sido estos 5 días los que finalmente me han puesto en el sitio, encarrilado definitivamente en mi viaje. Si tengo que dar más explicaciones me quedaré corto seguro, tampoco las hay, es más una sensación.

El plan en sí era sencillo, las expectativas limitadas, y nada se ha salido del guión: Myanmar, sus paisajes y sus gentes, y todo orbitando alrededor de una barcaza que se desliza lentamente por el Ayeryawaday, el río grande de Myanmar. Es como si después del meneo del Tren, de la sacudida general, hiciera falta un tiempo de lento reposo para que todo sedimentara a su ritmo. Las ideas estratificándose según su densisad y importancia, y al final todo acaba encontrando su sitio. Y así ha sido para mí.

No sé con qué momento me quedo. ¿Son las 8 horas varados en un banco de arena sin que pase nada? ¿O el anochecer en cubierta seguido de la parranda berbenera de unos chavales de apenas 20 años que vuelven a casa por vacaciones, cargados con una guitarra y varias botellas de whisky barato? ¿O navegar en la noche cerrada, en la popa del barco, donde otros chicos, muy distintos a los primeros, tocan sus 3 canciones en un susurro que corta la noche bajo la única bombilla que ilumina la escena? ¿O puede que sea la voz entrecortada de un monje que justo antes de ir a dormir se pregunta si los generales que gobiernan este país tienen corazón? Durante estos días no ha pasado nada, y precisamente esa nada nos ha permitido ver desfilar la vida de esta gente sin apenas interferencia alguna. La vida a dos tiempos paralelos que puntualmente se cruzaban.

Por un lado el barco, compartiendo un espacio tan limitado con tanta gente todos estos días. Ayer Fred lo comentaba y es cierto: Somos una gran familia que está de paso, y llega un punto en el que te cruzas por la mañana con el de ayer y le preguntas sin que te entienda qué tal ha dormido, y él te contesta, sin que yo le entienda, que genial, que muy bien aunque hacía un poco de frío. Y es que no se trata de si nos entendemos o no, se trata de que, como queremos, nos comprendemos.

Por otro lado está la vida fuera del barco, todo ese trozo de país que hemos cruzado. El paisaje podría catalogarse de monótono, pero olvídense de la connotación negativa de la palabra. El río, la orilla, una casas y otras chozas. Unos bueyes o unas vacas aran las tierras fértiles en los márgenes como si estuviéramos en la edad media. Árboles imponentes y extensos cañaverales salpicados de palmeras. Y de fondo, a lo lejos, colinas suaves coronadas por nubes frondosas y bien perfiladas.

No pasa nada, todo se repite. Curiosamente los días transcurren sorprendentemente rápidos, y las noches tan y tan frías, parece que no terminan nunca. Hemos escogido la opción barata y compartimos cubierta con 60 personas más. Nos levantamos con esa sensación de haberlo pasado peor que el de al lado por no haber venido bien preparados. Entre lástima y orgullo intentamos volver a poner en su sitio nuestros huesos maltrechos y nuestros músculos contracturados. El orgullo dura poco, y es que aunque estemos en los primeros puestos del ránking de pringados que lo han pasado mal durante la noche, pronto descubrimos que en el bote hay gentes mucho más humildes, que aún sabiendo a donde iban, tampoco podían permitirse pasar la noche en mejores condiciones.

A nadie le sobra el dinero, pero a algunos les falta más que a otros. Lo único que los iguala a todos son sus sonrisas, son sus miradas. Es su curiosidad y su amabilidad. Son gentes sencillas y honestas y tremendamente educadas. Durante todo el viaje, entre todo el amontonamiento y las incomodidades no hay ni una sola bronca. No alcanzo a ver una sola mala mirada, y créanme que me he pasado muchas horas observándoles, o más bien contemplándoles.

Durante estos días, si algo ha quedado patente es la incontestable dignidad y las exquisitas maneras de los birmanos. No lo siento tanto como una formalidad contenida, sino como una manera de ser auténtica. Y es entonces cuando no puedo evitar volver la vista atrás y pensar cuán “civilizados” somos nosotros en comparación con ellos.

Clase Preferente. Mandalay-Myitkyina, Myanmar

Estoy en Mandalay y tengo que llegar a Myitkyina. Pregunto en la estación de tren y después de mil averiguaciones y de cantar la alineación de Barça, una vez más, consigo los horarios y los precios para mi destino. Son 25 horas y una noche en el tren y pienso que por esta vez estaría bien estirarse un poco y pagar los 20$ que vale la clase preferente. Dos días después me dirijo a la estación. He estado haciendo tiempo en el hotel y para ser sinceros no he tenido un buen día. No por nada, sólo porque la cabeza a veces va por libre y piensa a la suya, y no necesariamente acorde con el momento ni con las circunstancias. Lo único que tengo en mente es que tengo tiempo para relajarme en el tren, que disfrutaré del paisaje y que podré dormir estirado. Sólo aspiro a un tablón horizontal que me permita no ir doblado como el 4 durante las 25 horas del trayecto.

Llego a la estación, pregunto por el andén, bajo y me encuentro con el tren… Y miro y busco la clase preferente y la encuentro, y me convenzo de que no es ésta, que debe haber otra que sea claramente preferente. Y claro, la realidad tiene las suyas, y se impone, vaya que sí se impone. Finalmente un alma caritativa me echa un cable, me muestra el vagón y me encuentra mi asiento. El primer pensamiento que cruza mi cabeza es que “esto va a doler”. Estamos a oscuras, no veo nada y lo poco que veo está a medio camino entre triste y miserable. El vagón está hasta los topes de chavales, no problemo, pero son militares y cargan con sus armas. Nunca las había visto tan de cerca, de hecho las tengo en frente y pienso si estará puesto el seguro (cómo si yo supiera algo de seguros de ametralladoras). No es tanto la situación como el hecho de ver que la clase preferente son unos asientos teóricamente acolchados (al igual) y que no puedo comunicarme con nadie. El tren sigue a oscuras y el ambiente de los andenes, que siendo lo más animado, es deprimente. Y tan solo me quedan 25 horas por delante y intento poner cara de “no pasa nada” y “en China la pasamos peor”. Y es que no he tenido un buen día.

Y en éstas veo un sombrero que cruza el anden. Y veo que es otro guiri y pienso que estoy salvado. No tanto porque solucione lo anterior, pero como mínimo habrá alguna alma con la que me pueda comunicar. Y resulta que al cabo de unos minutos tengo al sombrero en frente sonriéndome. Y lo viste un belga de casi 2 metros llamado Fred que desborda entusiasmo, y me digo “diós, qué suerte he tenido”. Fred resulta ser un tipo interesantísimo y divertido, perfecto compañero de viaje, y pienso en esto de la vida, y en lo rápido que todo cambia y en cómo en un chasquido cualquier tren descarrilado puede volver sobre el camino.

Charlamos de todo un poco. Para empezar la típica conversación de viajeros (dónde vas, qué plan tienes, cuánto hace que viajas, dónde has estado) y luego un poco mas allá, haciendo referencia a la vida pasada, a la que dejaste atrás (qué hacías, cómo que haces esto, qué pasó… ). 5 minutos y empiezo a darme cuenta de que hay partido y que hay que estar agradecido.

Lo que viene a continuación es un buen viaje de 31 horas (nótese que ya no son las 25 iniciales) llenas de buen humor, paisajes simpáticos y mucho roce con la vida de estas gentes. De la primera noche me quedo con la imagen, de una pequeña cabaña hecha de palma. Tan humilde y sencilla que resulta extremadamente elegante. Es noche cerrada, el tren pasa por su lado, a unos escasos 3 metros, y dentro hay una mesa, y alguien sentado frente a un vela. Seguro que ni el portal de Belén fue tan sobrio y tan digno al mismo tiempo. Y este es el tipo de vida que desfila por la ventana. Escenas de bueyes y arados sobre campos y lejanas colinas. Un tren que al rato cruza arrozales verdes y dorados o corta, literalmente, cachos de jungla cerrada a su paso.

El tiempo va pasando y la gente se va acostumbrando a nosotros, y sin entendernos nos entendemos perfectamente, y se forman esas familias pasajeras de viaje, donde la gente comparte y te sonríe simplemente porque eres el de al lado. El traqueteo del tren es monumental. Hay un momento en la noche, durante el cual juego a hacerme creer que duermo, cuando en realidad me hago el dormido. En ese momento el tren se ve sacudido por un sinfín de espasmos sincopados que lo menean todo. Por un momento pienso “esto no puede ser real, alguien debe hacerlo a propósito” y mantengo los ojos cerrados. Pero no hay manera, los abro y la escena no puede ser mas cómica: Un tren decrépito cruza a media luz la noche a ritmo de cha cha cha. Sus pasajeros mal acomodados y mal dormidos en sus asientos permanecen con los ojos cerrados. Todo el vagón sube y baja al ritmo de las traviesas, los culos se levantan al tiempo que todas las caritas en paz permanecen serenas, ajenas, como sino fuera con ellas. Me giro y Fred se está descojonando a mi lado. Estallamos en carcajadas y empezamos a pensar cual sería la banda sonora más adecuada. “I´ve got a feeling that tonite is gonna be a good night” se alza como clara vencedora. No lo he contado, pero hace mucho frío, y en el fondo lo único que deseamos es que se haga de día y que el sol nos caliente de nuevo.

El día siguiente transcurre como más de lo mismo. Divina rutina pasajera. No avanzamos casi nada y nos pasamos el día parados, dejando pasar a los que bajan. Somos el tren barato y los caros tiene preferencia. Los paisajes, las paradas eternas, las sonrisas, las infinitas delicias culinarias que desfilan ante nuestras ventanas cada vez que se detiene el tren hacen del día de viaje algo sabroso, agradecido, enriquecedor. La gente se relaja todavía mas, y quieren saber de ti. De dónde eres, a dónde vas, y acaban por invitarte a que te sientes con ellos. Y no tanto para charlar porque rápido se nos terminan las palabras. Pero es que ahora resulta que para estar a gusto con alguien que acabas de conocer tampoco es necesario hablar. Resulta que compartir también puede significar estar sentados mirando un tren parado en el andén.

“Esto va a doler” pensé en un primer momento. Pues doler no dolió, pero durar duró. Todo se alarga y ya vemos que no vamos a llegar a las 8 de la noche y que va para largo, y acabamos llegando a las 3 de la madrugada. La peor hora para llegar a una ciudad que no conoces, la peor hora para buscar alojamiento. El tren ya va vacío, quedamos pocos y los últimos traqueteos hacen que hasta los respaldos se vengan abajo. Y vuelve a hacer mucho frío, y estamos tan cansados que me recuerda a aquellas noches de entrega en la universidad, en las que cruzado el límite físico y mental, todo te parece divertido y ya te ríes por cualquier cosa. Y gracias que tengo con quien reírme y que Fred está tan destruido como yo.

Llegamos, cogemos un carricoche, y lo único que me pierde es un cielo estrellado impresionante que cubre la noche. No nos quieren en ninguna parte o se hacen los remolones y nos quieren hacer pagar un pastón por pasar 3 horas en el hotel. Al final el entusiasmo de Fred convence a unas buenas gentes para que nos dejen estar en el hall del hotel, tomando red bulls, mirando fútbol de champions y esperando a que amanezca.

El final de esta historia de clase preferente se sella con un amanecer espléndido, a las orillas de Ayeryawady, frente a un bote que nos espera en la orilla y con muchas risas y alguna que otra angustia a nuestras espaldas. Son las 7 de la mañana y justo aquí empieza un descenso de 5 días por el Río Grande de Myanmar.