Rutas. Myanmar

1. Recorrido:

Primera Visita (Myanmar Centro & Norte) / 28 días
Yangon (1-2) > Mandalay – Amarapura – Mingun (3-4-5-6)  > Myitkyina – Bhamo – Mandalay (7-8-9-10-11-12) > Hsipaw – Namhsan (13-14-15-16) > Bagan (17-18-19) > Kalaw – Pindaya – Lago Inle (20-21-22-23-24-25-26) > Yangon (27-28)

Segunda Visita (Myanmar Este) / 4 días
Tachileik (1) > Kengtung – Loi Mwe (2-3-4) > Tachileik

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2. Presupuesto & Gastos:

* La nueva posición de Myanmar en la comunidad internacional ha tenido como consecuencia una aumento considerable del turismo y una escalada de precios en Hoteles y Guesthouse muy distinto al aquí indicado. 

Primera Visita (Myanmar Centro & Norte) / 28 días (Otoño 2011)
Billete avión Bangkok-Yangon: 142€ / Visado Express desde Bangkok: 31€ (en el mismo día) / Gastos Totales durante el Viaje: 435€ / Gasto medio diario: 15,5€


Cambio Noviembre 2011 /  1$ = 760 Kyats
· Precio Plato Comida: De 900 a 1200 Kyats
· Precio Cerveza:  De 1200 a 2000 Kyats
· Precio Habitación: De 7 a 8 Dollares

Segunda Visita (Myanmar Este) / 4 días (Invierno 2011)
Acceso desde Mae Sai (Tailandia) / Visado en la frontera: 500 Baths (12,5€) / Gastos Totales durante el Viaje: 108€ / Gasto media diario: 27€

* Es importante informarse de la situación en la zona. Durante nuestra visita era obligatorio moverse con guía y en grupo. El precio es de 1000 Baths (25€) al día, dietas y los costes de su transporte. El total es a dividir entre los miembros del grupo. Las zonas a visitar también son limitadas y los puesto de control en las carreteras impiden el viaje independiente.

3. Escritos:

01. Yangon tiene un color especial. Yangon, Myanmar.
02. Mandalay se escribe con “M”. Mandalay, Myanmar.
03. De Mandalay me quedo con sus calles. Mandalay, Myanmar.
04. Los Tesoros que rodean Mandalay. Amarapura & Mingun, Myanmar.
05. Clase Preferente. Mandalay > Myitkyina. Myanmar.
06. Ayeryawady. El río grande de Myanmar. Myitkyina > Bhamo > Mandalay, Myanmar.
07. Entusiasmo Van der Shrieck. Sección Gentes.
08. La Carretera a Namhsan. Hsipaw, Myanmar.
09. Un trocito de mi patria en el País de Buda. Bagan & Pindaya, Myanmar.
10. A través de paisajes sencillos y sutiles. Trekking Lago Inle, Myanmar.
11. Tótó Big Heart. Sección Gentes.
12. Inle, un lago inundado por el Ingenio. Lago Inle, Myanmar.
13. De vuelta a la ordenadamente caótica Yangon. Yangon, Myanmar.
14. “Los Karen”, otro nombre a no olvidar. Vídeo Documental. Myanmar.
15. Buscando paraísos perdidos. Kengtung, Myanmar.
16. Las Calzadas Birmanas. Myanmar.
17. El primero de la clase. Sección Gentes.
18. Los destinos se cruzan en el Misisipi. Sección “Tell me…”

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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El Primero de la clase. Myanmar

Deberá tener unos 10 años y hoy no irá a clase. Se perderá por el camino y lo más probable es que acabe en el lago. Subirá a alguno de los grandes árboles rodean la orilla, y saltará con todas sus ganas para que el estruendo resulte épico. O puede que todavía sea invierno y ha llegado a la conclusión que lo mejor será invertir el día pescando mientras los demás chicos están en la escuela. Él se lo puede permitir, a fin de cuentas, es el Primero de la Clase.

David es un chico listo y un cachondo. De hecho estos dos atributos suelen ir casi siempre unidos. La primera vez que nuestros caminos se cruzaron fue en Tachileik, cruzada la frontera entre Tailandia y Myanmar. Intentábamos entrar en el país y empezaron las pegas. Nos tocó como guía adjudicado sí o sí. Yo en ese momento cargaba con mi saco de prejuicios, y lo último que quería era llevar a cuestas un guía del gobierno, y encima pagarle el transporte y la comida para que acabara haciéndome lo que llevo haciendo durante los 2 últimos meses.

Resultó que yo andaba equivocado. David, lejos de ser alguien del gobierno, era un chico listo que intentaba ganarse la vida. A más a más, yo no tuve que cargar con David, David cargó conmigo durante los cuatro días que nos movimos por esta zona cerrada de Myanmar. Y para colmo, David era una buena persona que tenía mucho que enseñarme sobre actitudes a tomar en la vida, que aunque puede ser jodida, en Myanmar siempre acaba siéndolo un poquito más que allá en Barcelona.

El Primero de la Clase se tuvo que poner las pilas cuando su padre murió. A los 16 entró a trabajar como mozo de limpieza en un hotel. En éstas entabló amistad con un extranjero que al cabo de 3 meses le mandó un curso de inglés a distancia. En su tiempo libre leía, escuchaba y repetía las cintas. Hablaba sólo. Y solito lo aprendió en 6 meses. De ahí a la recepción, y desde su nueva atalaya profesional/vital/social vislumbró su futuro: sería Guía Turístico. Se movió, aprendió y se acreditó. Y el chico listo siguió creciendo y prosperando. Al cabo de unos años aplicó, ni más ni menos, que a las Naciones Unidas y de los 30 locales él fue el elegido. 2 años trabajando con occidente, aprendiendo de occidente, y viendo lo bueno y lo malo. El proyecto no acabó, pero a él lo despacharon, y siguió y siguió y siguió.

No se corta un pelo al hablar de la situación política del país, pero lo hace con elegancia y bueno humor. Cuando nos encontró en la frontera, hacía ya 3 días que estaba apostado en Tachileik con su traje de gala, esperando a que algún turista le contratara. Pagó de su bolsillo la incapacidad del Gobierno para garantizar una vida digna a gentes que acaban tomando las armas, y acaban haciendo que la zona esté vedada, y haciendo que los turistas no vengan. Acabó pagando también de su bolsillo los sobornos a las patrullas que “vigilan” la carretera y que hicieron inviable su plan de llevar a los turistas hasta Kengtung. Y sigue pagando de su bolsillo el tuk-tuk con el que quería acompañar a turistas por el país. Un tuk-tuk que hoy hemos usado, que llevaba treinta días parado a causa del conflicto, pero que mes a mes, parado o no, él sigue pagando religiosamente.

El Primero de la Clase es el pequeño de 5, de los que sólo quedan 2. 2 se quedaron por el camino siendo niños. La otra, le fue entregada a unos parientes y él no la ve. La que hace 4 se casó y ya no viene por casa. David se siente afortunado: él nació en la ciudad, y eso, en este universo de preciosas aldeas dejadas de la mano de diós, significa que tuvo posibilidad de sobrevivir a las enfermedades. Creció yendo a las escuelas. Temprano por la mañana, dos horas en la escuela China. Luego seis horas más a la birmana y luego de vuelta un par más a la china. David es hijo de la mezcla de este universo poli-étnico conocido como el Estado Shan, cruce de pueblos que se superponen a su propia historia centenaria.

Y ahí sigue él, cantado a grito pelado mientras cruzamos las montañas para llegar a la próxima aldea. Y ahí sigue él, saludando a todo el mundo, repartiendo dulces y jabón a los locales, para que ellos tengan un sonrisa y nosotros nuestra foto. Y ahí estaba él cuando nos conocimos por primera vez, siendo amable conmigo y yo un estirado desconfiado. Y ahí seguirá mañana, cuando volvamos a Tailandia, buscándose la vida, sin renunciar a ser buena persona, aunque en ello se le vaya el sueldo y los ahorros.

Le miras a la cara y tiene cuatro pelos en el bigote y en la perilla. Lleva un gorro de explorador al más puro estilo Dr. Livingston. Y ya me lo estoy viendo pasar de largo de la escuela para ir al lago, con una sonrisa en la cara, consciente de lo que es importante en la vida. Y precisamente por eso hoy no irá a clase, porque hoy el mundo empieza y acaba en un buen chapuzón.

Las Calzadas Birmanas. Myanmar

De todo este universo llamado Myanmar una de las cosas que más me caló fueron sus calzadas. No fue su estado. Ni sus dimensiones ni direcciones. Están en mal conservadas, son estrechas y no casi siempre llegan hasta donde quisieras. Lo que me chocó fue ver como las hacían.

Habrá 100 razones más en este país y en el mundo entero para que a alguien se le encoja el corazón, pero cada vez que pasaba junto a ellos, no podía dejar de sentir esa punzada en el pecho. La mano de obra que las construyen son mujeres y chavales en su mayoría. El proceso es primitivo, lento, exasperante, es un trabajo duro y minucioso, de hecho es artesanal. Se agachan, pican piedra, la recogen y la cargan en cestos, la transportan, la apilan y la aplanan. Y mientras, otros hierven el alquitrán en los bidones y sus humos putrefactos lo impregnan todo. Todos se cubren el cuerpo y las caras. Y bajo el sol abrasador y envueltos por el humo y el polvo de los camiones que no dejan de pasar, siguen de rodillas, agachados, picando piedra, recogiéndola, cargándola y colocándolas una a una.

Creo que lo que me encoge el corazón es saber que ellos saben que esto no durará. Que su trabajo, a pesar de ser necesario, es en vano. Que en pocos meses, todo sucumbirá al trote de los camiones, a las lluvias, al sol, al terreno en perpetuo movimiento. Yo lo sé, pero ellos lo saben mejor. Lo saben porque lo sufren y aún así no tienen alternativa.

Bajando por el Río Grande de Myanmar, un monje, a media voz y pasada la media noche, pedía carreteras para la gente. Lo entendí, pero no lo comprendí. Comprendo ahora que sin carreteras este país es un mar de aldeas que son como islas, y que la gente, sin carreteras, se muere porque no llega al hospital, o no prospera porque no hay quien compre sus cosechas, o no mejora porque no llega a las escuela. En este país nunca faltan carreteras decentes para que lleguemos a los destinos turísticos estrella. Ni tampoco se hecha en falta un metro de buena calzada que no conecte el rosario de bases militares. Si es necesario, se construyen carreteras que cortan la selva a pedazos, y así se aísla a los “rebeldes” y al mismo tiempo se garantiza el acceso a las fuerzas del “orden”.

Y mientras, cruzando el país, se siguen viendo a esas mujeres y a esos chavales agachados, envueltos en el polvo, el calor y los vapores del alquitrán. Piedra a piedra reconstruyen, una vez más, las Calzadas Birmanas.

Buscando paraísos perdidos. Kentung, Myanmar

Como cada mañana, la llanura sobre la que se asienta Kengtung amanece envuelta en una fría y espesa niebla que lo difumina todo. Arrastrando unas sábanas todavía pegadas a la cara y con los ojos a medio abrir por las lagañas salgo de mi cuarto. Voy en busca de los demás que me esperan desayunando en el porche. Tras ellos está la Calle, y en la Calle se representa la vida, la vida birmana en su sencillez y su autenticidad. Sus ropas comunes, sus casas comunes, la bruma, y las mujeres en sus puestos callejeros. Gentes que vienen y van, toda la escena en riguroso plano frontal. Es como un cuadro que representa a la perfección el porqué sentía que tenía que volver a este país.

De nuevo me siento en lugar que escapa al tiempo real en el que he vivido toda mi vida, un lugar anclado no sólo en el pasado, pero también en una serie de actitudes y valores que parece que siempre acaban por perderse con esto de “la modernidad” y que aquí todavía perviven. Al sentarme a la mesa del desayuno mi alegría de estar de vuelta se transforma en un “This is why I wanted to come back (esto es por lo que quería volver)” mientras señalo la calle. Ellos asienten con una sonrisa cómplice. Somos 4 y durante los próximos 4 días tampoco serán más de 4 los extranjeros que nos cruzaremos en el Estado Shan.

Myanmar se asemeja a una isla a la deriva que flota en el sureste asiático, a medio camino entre el subcontinente indio e indochina. Aislada del exterior por la dictadura militar, el país conserva una frescura o inocencia que hasta en España tuvimos pero que hace ya años dejamos atrás. Dentro del país también hay islas, y Kengtung es una de ellas. Se encuentra al este, encajado entre China, Laos y Tailandia, y desde ahí se me presentaba la oportunidad de volver a visitar una vez más a mi primer amor de este viaje. Y de hacerlo por la puerta trasera del escenario, la salida de emergencia, entre bambalinas y fuera del alcance de los focos. Después de un mes en Tailandia me moría de ganas por volver.

Por aire se puede llegar desde el centro del país, pero por tierra los extranjeros y los locales tienen el paso vedado. Sólo a través del norte de Tailandia se puede entrar y hacia allí dirigí mis pasos. Mi primer compañero de viaje se me cruzó en un pick-up mientras dejaba atrás Mae Salong: Robert un Sueco Finlandés. El dúo restante, en el siguiente bus que nos llevaría de un cruce de carretera hasta la frontera: Steve & Wendy. Una pareja de americanos que debían andar entre los 50 y los 60. Los 4 cruzamos la frontera juntos y juntos recibimos las nuevas. Debido a la situación interna en esa zona conflictiva del país, podíamos entrar, pero deberíamos estar en todo momento acompañados por un guía turístico, correr con sus gastos y tener extremadamente limitados nuestros movimientos.

Dudamos, dudé y como viene siendo norma en este viaje empecé ese proceso donde la realidad se superpone a mis planes, al tiempo que estos se van fundiendo para encajar en las nuevas circunstancias. El resultado es que tenía que amoldarme si quería seguir adelante, con lo que mis 10 días de exploración por el este de Myanmar quedaban reducidos a 4, en compañía, eso sí, de excelente comparsa.

Llegar a Kengtung fue una sinfonía de situaciones de esas en las que uno alza la vista hacia los cielos, respira hondo y se repite eso de: que sea lo que tenga que ser. Finalmente arrancamos de verdad, nos montamos en el bus y salimos de Tachileik, ciudad de fronteras. Y vinieron a reconfortar mi alma nuevos paisajes. Nuevas carreteras que serpenteaban a la par con ríos salvajes que se abrían paso a través de junglas espesas que cual murallas romanas franqueaban el camino. Paisaje virgen, fueran selvas o campos de arroz, con alguna que otra aldea de chozas de paja y bambú. Todo bien doradito, bien envuelto en luz atardecer y mi rostro sonriendo contra el cristal de la ventana. Tras cinco horas, llegada confusa pero puntual a la no-estación de autobuses de Kengtung, cena rápida de lo que sea y primera y única ronda de cervezas a cargo de Steve que celebra y agradece que haya dado la cara y que les haya llevado a destino. Se agradece que se agradezca.

Y David, nuestro guía, nos deleita con el menú de escasas aunque suculentas posibilidades que sobrepasan mis expectativas de la zona, ya de por si altas. Los otros lo notan y llega un momento en que me parece infantil ocultarlo: me voy a quedar con las ganas de hacer la mitad de las cosas que David nos está proponiendo, y sé que son muy buenas oportunidades de vivir experiencias únicas.

Aún así los dos días trekking que disfrutamos valieron su peso en oro. El balance económico final arroja un incremento del gasto, pero hay que saber cuándo es el momento de estirar el presupuesto y cuando ser tacaño equivale a ser tonto. Visitamos aldeas Akha donde las mujeres (nunca los hombres) seguían viviendo como siempre. Con sus rutinas y oficios, con sus trajes, y con sus sonrisas cómplices y sus tímidas miradas. Y David orquestó como perfecto maestro de ceremonias, repartiendo presentes cuando tocaba y a quien tocaba. Suavizando el encuentro entre los locales y los cazadores de instantáneas, al tiempo que nos contaba las mil y unas historias y costumbres de estas gentes. Que lujo de guía, que lujo de compañeros de armas y que lujo de aldeanos. Rematamos la jornada como debe de ser. Junto al lago y al atardecer, con unas cervezas y unos snacks de gusanos fritos a los que ahora resulta que soy adicto.

Al segundo día perdimos por el camino a Steve y Wendy que pagaban peaje por las andaduras del día anterior, así que Robert y yo montamos en el pick-up rojo de David y nos dirigimos hacia Moi Lwe, estación de montaña en los tiempos de la Colonia Británica. Más allá del monumental traqueteo del carricoche por los más infames caminos de montaña, para mí el día tuvo algo de especial, dejando a un lado las incomparables aldeas que una vez más visitamos guiados por Peter el Grande. Durante las semanas previas, mi banda sonora literaria, o el libro que me había acompañado eran “Los tiempo Birmanos” de George Orwell, ídolo literario de un servidor. Sentí que Moi Lwe era algo de aquello que fue, y que podía ponerle rostro a las palabras del texto mientras me paseaba por escenarios decadentes coloniales medio abandonados medio restaurados en la cima de la colina.

La vuelta a casa fue una carrera contrarreloj contra la noche birmana en la que la electricidad escasea y hace de las carreteras birmanas el peor enemigo del chasis de todo vehículo rodado. Carreteras, que a juzgar por el modo en que las construyen deberían llamarlas calzadas, las Calzadas Birmanas. En mi primera visita me quedé con las ganas hablar de ellas pero esta vez los dioses, que son sabios y me tienen bajo su cuidado, me brindaron un nuevo encuentro con su realidad. Llegamos tarde, exhaustos, pero satisfechos del pequeño montoncito de momentos y sonrisas que el día había traído consigo.

Se acababa el tiempo y Myanmar empezaba a quedar atrás, de nuevo. Pero por delante quedaba la certeza que lo vivido y sentido la primera vez no fue fruto de la novedad. Sino que Myanmar, y sobre todo su gente y sus paisajes habían conseguido transportarme como nunca antes a un tiempo que corre paralelo a este mundo cada vez más pequeño y más enmarañado. Donde parece que todos jugamos a ser el de al lado, mirando lo que come, viste o piensa, al tiempo que insistimos en ser más que nunca nosotros mismos. Paradoja de los tiempos modernos que me permite ver lo que veo, para alimentarme de ello, y sin ser yo mismo, serlo más.

Y aún así, me tiene preso la certeza que nadie regala nada y que tomar algo nuevo implica dejar por el camino algo viejo. Y me pregunto si ese algo que dejamos atrás por el camino es lo que precisamente vine a buscar de nuevo a Myanmar.

El Río Line. Mae Sot, Tailandia

Si Line hubiera nacido Río estaría permanentemente a rebosar de agua. Y aún así, su naturaleza escandinava la empujaría a ser un río a la inversa. Calmado y paciente en los tramos estrechos donde hay que estar alerta para sobreponerse a las dificultades. Bravo y alborotado en los tramos holgados por donde fluir a sus anchas salpicándolo todo de vida y alegría. De esos rios grandes y lentos, de márgenes anchos que se saborean navegándolos tranquilamente sobre una barquita. Line rebosa vida y mucha mucha energía. Desde el amanecer hasta que se pone el sol, esta noruega desafía los estereotipos y deja a su paso un reguero de vitalidad allá donde va.

A través del Sr. Albert la conocí y ella se presentó como mejor sabe: brindándome una de esas amplias sonrisas pícaras de niña traviesa pero cumplidora que ha hecho los deberes. Luego vinieron un par de preciosos ojos azules, de esos a los que los ibéricos andamos tan poco acostumbrados. Y por montera llevaba los restos de una dorada cabellera vikinga, que fue larga en otros tiempos, pero que las exigencias del guión y la vida en la jungla mandaron cortar.

Line estaba viviendo con parte del Clan Ga Yaw Ga Yaw en Mae Sot, pero su campo base era y es Noh Bo, la aldea de refugiados karen en la frontera, desde la que todavía hoy se oyen estallar la minas antipersonas. Allá es donde Line aterrizó hará 3 años con un par de arquitectos noruegos para construir un orfanato de diseño que el tiempo se encargaría de poner en su sitio, y que la quisquillosa Line cuestionó desde el principio. A ella le preocupaba que el edificio acabara sirviendo y durara, a ellos que quedara bien en la foto. A ella le importaba el trato con las personas que les estaban ayudando a construirlo, a ellos que quedara bien en la foto. Ellos se fueron con sus bonitas fotos pero Line se quedó. Había encontrado una nueva familia que sumar a la noruega, y encontró unos nuevos amigos junto a los que alumbrar El Clan Ga Yaw Ga Yaw.

Primero me los definieron como una ONG, aunque tras algunas explicaciones me pareció entender que en realidad eran una empresa constructora. Al conocerlos un poco más me di cuenta de que eran un grupo de amigos, una familia. El Clan Ga Yaw Ga Yaw son todas esas cosas y a más a más, por si fuera poco, andan constituidos como club de fútbol. Son un equipo, una piña, que ha crecido y que ha evolucionado con el tiempo, pero que permanece fiel a su espíritu: ganarse la vida echando una mano a los refugiados Karen, construyendo equipamientos para las aldeas, para la gente que los necesita. Con los materiales que tiene a mano, sea barro, madera o bambú. Y con los recursos de los que disponen y que suelen ser siempre escasos. Y aun así hacen arquitectura que facilita la vida a las personas. Y aun así sus edificios quedarán bien en las fotos.

Line es lo que en Cataluña llamamos el “Pal de paller”, el palo que aglutina la paja en el almiar y mantiene el conjunto unido contra lluvias y vientos. Los Ga Yaw Ga Yaw serán muchos y todos suman para que el barco tire adelante, pero me marcho de Mae Sot teniendo claro que es la educada y martilleante insistencia de Line lo que hace que no se desmigaje. Sólo el entusiasmo, la humildad y la perseverancia pueden hacer que el invento funcione. Y vienen las tormentas, y arrecian los vendavales, y cuando se trata de tratar personas toda delicadeza, honestidad y cariño son pocos. Hace falta mantenerse firme pero flexible. Adaptarse a la situación y al momento, dejarse llevar sin perder el rumbo. Y en eso andaba Line cuando la dejé, en un complicado ejercicio de malabarismos entre el ayer y el mañana, buscando ese punto medio donde uno se diluye en su entorno sin dejar de ser si mismo. Mostrando sus debilidades sin pudor para poder seguir creciendo.

Ahí va Line, con una sonrisa en la cara, el entusiasmo en sus ojos y la calidez en sus palabras. Con la determinación de los Ríos que siguen su camino dejándose llevar al tiempo que llevan. Adaptándose a cada momento y a cada geografía: a veces bravo, a veces manso, pero sin detenerse nunca.

Los Nombres Propios. Mae Sot, Tailandia

En Occidente pecamos o sufrimos del “síndrome de las buenas intenciones”, o así me lo parece a mí desde aquí. Y me lo parece porque así reaccioné en un primer momento cuando me contaron sobre el drama Karen que lleva en marcha décadas y aún así es totalmente ignorado, al menos, en España.

Por un momento pensé que debía contarlo, que debía fotografiarlo, que debía salvar al universo. Exagero un poco, lo sé, pero a pequeña escala fue algo parecido. Luego me sentí un poco frívolo y bastante desconsiderado al tratar de fotografiar el campo de Mae La como si campara por un zoo, ignorando el sufrimiento y la angustia que yacían bajo el mar de chozas: la vida del refugiado, la impotencia de saber que no puedes volver atrás (Myanmar) ni tampoco avanzar hacía delante (Tailandia), que cada día será igual al anterior en esta cárcel que sin serlo, lo es. Entonces vi que me venía grande salvar el mundo yo solito y me di cuenta que no “debía”, pero que si “podría” empezar por otro lado, por el lado humano, por el de Los Nombres Propios.

Tuve la suerte de conocer a Albert en Myanmar. Así que me vine a Mae Sot. Albert me presentó a Line y Line a Koe Taw. Y después de Koe Taw vinieron Phillipa, Pah Me, Peter y toda la troupe de los Ga Yaw Ga Yaw. Y como todavía andaba algo sobrado de suerte, mi estancia coincidió con la celebración del Sweet December y con un road trip de 4 días por Chiang Mai, la frontera con Myanmar y la visita en plena jungla a la aldeas de refugiados de Noh Bo y Maw Kwee.

Me sentí afortunado porque durante unas horas volví a tener 14 años, y estábamos de campamentos maristas. Celebrábamos el comienzo de adviento, y con guitarras, velas y algún cancionero pasábamos un rato juntos, chicos y chicas. Todo era inocente pero con segundas intenciones que no sabíamos como concretar. Era emocionante y las risas nerviosas, tanto de ellos y como de ellas, valían por 10 borracheras y 15 bailoteos desenfrenados en una discoteca. No había alcohol ni era necesario porque la tensión subía por las nubes con tan sólo proponer un juego. Con algo de mirinda, coca-cola y muchas galletas en enormes latas de hojalata tuvimos, en Mae Sot, más que de sobras para pasar una noche memorable, en la que Albert y un servidor acabamos cantando aquello de “pero mira como beben los peces en el río”. Y todo lo estaba reviviendo con 30 años, muy lejos de mi hogar y con un par de nuevos amigos que al cabo de unos días ya serían cinco.

Me sentí afortunado porque aterricé en la Pun Pun Farm y conocí a algunas personas y algunos modos de hacer y vivir que nada tenían que ver conmigo hasta el momento. ¿Qué sentido tiene jugar a un juego del que ya sabes todas las respuestas? ¿No es mejor que te cuenten chistes nuevos o que te sorprendan con algún argumento que te descoloque? La Pun Pun Farm es uno de esos sitios que allá en Barcelona seguramente nunca visitaría, y que una vez visitado sólo puedo decir que lo disfruté. Que aprendí y que me sorprendieron con otros planes de vida. Planes que seguramente nunca lleve a cabo ni falta que hace, pero que expandieron mis horizontes y me hicieron replantearme cosas. A partir de ahí, cuantos más matices y colores tenga mi paleta, más amplias serán mis opciones. Los modos de vida distintos al mío, mientras sean coherentes, siempre tendrán mi respeto y atención.

Pero sobretodo me sentí especial porque me hicieron sentir normal, como uno más del equipo. Fue un road trip en todo regla, a bordo de nuestro lujoso 4×4 de alquiler. Escuchamos el mismo disco 20 veces seguidas, hablamos de todo para luego estar callados durante horas. Nos reímos, me reí y se rieron de mí. Discretos pero precisos, Koe Taw y Phillipa no desperdiciaron ocasión de hacerme la burla y bautizarme con un mote en karen (a ver si alguien lo adivina). Y como uno más del equipo compartieron conmigo su vida. Y me llevaron a su hogar Noh Bo, al campo base del Clan Ga Yaw Ga Yaw, y me fui enterando de su presente, pero sobretodo de su pasado. Del drama de su vidas y sus familias. Amanecí en la jungla envuelto en espesa niebla para ser invitado al primer aniversario de la hija de Pah Me. Y luego más dosis de realidad de la vida de esta gente. El Orfanato de diseño nórdico que quedó como manifiesto a la soberbia de los jóvenes arquitectos occidentales. O La Academia que ofrece la única posibilidad a los jóvenes karen para salir adelante: la Educación -nótese la mayúscula-. Y rematamos la jornada con la visita a Maw Kwee, una aldea perdida en el corazón de la jungla, donde toda visión idílica y edulcorada de la vida de otros tiempos queda vapuleada por la cruda realidad de un día a día lleno de alegrías, pero también de carencias y limitaciones. Cuando ya creía que mis 4 días habían sido una lluvia de experiencias impagables, me quedaba todavía un último capítulo por descubrir.

Me despierto mientras conducíamos por la carretera que bordea el rió Salween, paralelos a la frontera con Myanmar. Un mar de chozas de bambú y techos de hojas secas inunda el valle y se enfila por las colinas, montaña arriba. Todo ello enmarcado en un paisaje idílico que con los últimos rayos del sol roza lo sublime. No comprendo lo que veo, porque no es un pueblo, es demasiado grande. Tampoco es una ciudad, demasiado primitivo. Y pregunto a Line y me responde que estamos en Mae Lha el campo de refugiados más grande Tailandia. Y caigo en la cuenta que una valla de alambre lo cierra y que militares tailandeses vigilan sus accesos. Line le cede la palabra a Koe Taw que pasó en él su adolescencia. Una cárcel sin oportunidades, sin futuro ni porvenir. Hará dos años que mis compañeros de viaje y nuevos amigos tuvieron que dejar a medias una escuela que construían para coger las armas e ir al frente a luchar. Koe Taw esquivó las balas en un ataque y por suerte aquí le tenemos conduciendo el coche mientras Line me lo cuenta.

Dentro del campo tampoco hay dinero y Phillipa se detiene un momento para echarle un cable a un familiar y pasarle un billete de los grandes a través de la alambrada. Mientras, yo, que ya me veía con mi reportaje fotográfico de intrépido viajero, me quedé atónito, avergonzado y lleno de dudas ante la visión de ese lugar bello a primera vista que ocultaba un mar de dramas personales, de gente que paga las consecuencias de las decisiones de otros. Son los débiles, los pobres, los analfabetos que pagan las deudas de un conflicto que padecen y cuyo fin escapa a su voluntad.

Al final del viaje no fueron los grandes titulares los me impactaron y me hicieron comprender. Fueron los Nombres Propios con sus historias personales, fueron Koe Taw, Phillipa, Pah Me y todos los demás. Va por ustedes.

De vuelta a la ordenadamente caótica Yangon. Myanmar

Vuelvo a estar en Yangon. Lo que aquí empezó aquí acaba. Han pasado 26 días, desde que dejé la ciudad atrás para adentrarme en el país. A la vuelta uno nunca sabe lo que se encontrará. ¿Fue real ese primer flechazo con la ciudad o simplemente un calentón de viajero pasajero? Ha resultado que no tuvo nada de calentón, Yangon me gusta, me encanta el jaleo que rezuman sus calles, me encanta el follón de su día a día o de su noche a noche. Yangon, la ordenadamente caótica Yangon.

Me había reservado un plan sencillo para la vuelta. Sencillo que no simple: Llegada intempestiva a las 5 de la mañana a la archifamosa Highway Bus Station, aterrizaje forzoso en el Mother Land Inn 2 Guest House, siesta matutina a ritmo de ipod y desayuno a las 8.30 de noddles con leche de coco y varias cosas más que ignoro, pero que religiosamente he disfrutado. Luego, algo tiempo para Outteresting.com que no vean ustedes el trabajo que da y lo a gusto que lo hago.

Y esto son los entrantes, tan sólo para hacer algo de tiempo, porque el plato fuerte del día se llama Shwe Dagon Pagoda y debe ser lo más de lo más para que, en el país de las pagodas por todas partes, sea considerada inigualable. Decido ir a pie, andando una hora larga, cruzando la ciudad. Me divierte reconocer las calles, los mercados, recordar que “ya pasé por aquí”. En mi previa visita me esmeré en conocer y patearme la ciudad y ahora redisfruto de la inversión.

Llego. Pero antes la entreveo al final de la avenida que lleva su nombre. La gigantesca campana dorada se alza sobre una colina, rodeada por una densa trama de construcciones de orden menor, doradas también, porqué no. Me descalzo en símbolo de respeto tal como manda el protocolo en estos lugares y subo las escaleras dispuesto a ensuciarme los pies una vez más. Al final, casi por sorpresa, limitando la perspectiva para incrementar su impacto, aparece la campana dorada. Es una mole de esbelta silueta perfilada contra el cielo azul. El escenario es sutilmente complejo y está acertadamente planteado. La gran pagoda aparece rodeada por ecos menores, pequeñas pagodas que la rodean e impiden entender realmente la escala de su grandeza al tiempo que la enfatizan. Todo este primer conjunto flota sobre un plano de mármol que a modo de lienzo continuo lo unifica. El resto es un sinfín de pagodas menores, de templos, de edificios auxiliares, y todos ellos dispuestos de manera ordenadamente aleatoria creando una infinidad de rincones y perspectivas cambiantes del conjunto principal. Un pequeño universo en el que se pierden los turistas y los locales. Un pequeño universo donde cada cual puede encontrar su rincón. Unos para rezar, otros para fantasear y otros para echarse una siesta en homenaje a si mismos y a los dioses. Nosotros, los turistas, para buscar esa foto que nadie vio antes y que seguro que ya se tiró.

Doy mi vuelta de reconocimiento. Me ha costado sacar la cámara, y es que estoy hasta el moño de fotos y pagodas. Y básicamente decido buscar mi rincón, el mejor rincón, y desde allí que salga lo que tenga que salir. Al final opto por relajarme, sentarme sobre el duro mármol y contemplar esta maravilla mientras pongo a prueba, una vez más, la estructura ósea de mi trasero. Vale la pena, porque justo detrás mío se quema incienso compulsivamente al tiempo que una grabación recita un mantra martilleante de lo más sugerente. Y claro, a falta de estímulos, o desbordado por ellos, me da por pensar.

Y pienso en lo increíble de este pais, y la increíble relación que tiene esta gente con su religión. Créanme, es algo fascinante recorrer Myanamar, y ver pagodas y pagodas, y monjes, y postales de budas, y gentes orando, y monasterios, y más pagodas. Un país donde la espiritualidad gotea a través de cada rincón. Aunque curiosamente no es una espiritualidad metafísica, está en el día a día, en su manera de hacer, es pura devoción. A veces dudo si tan sólo adoran ídolos o si son sólo montañas de piedra cubiertas de oro lo que veneran. Pero luego están sus sonrisas, su generosidad, su inocencia, su dignidad, su señorío. Éste es un pais de radicales religiosos donde no parece haber un solo extremista. La tolerancia y la flexibilidad lo empapan todo, y es posible que sea por eso por lo que visten la más larga dictadura militar del siglo XX aunque ya estemos en el XXI.

Y todo esto me viene a la cabeza sentado durante hora y media en un rincón, ante la imponente Shwe Dagon Pagoda. Y pienso que me sorprende que no sienta nada. Ni para bien ni para mal. Por encima del desdén está una indiferencia a caballo de la admiración, pero que no llega concretarse en una comprensión real más allá de la sorpresa y el respeto. Vamos, que lo entiendo pero no lo comprendo. Y ahora, escribiendo estas líneas, me pregunto si puede ser este el epitafio de mi paso por Myanmar, que los he entendido, pero no creo haberlos comprendido. Que para comprender no basta con nadar, ni tan solo bucear, que en cierto modo hay que ahogarse en sus aguas y tocar fondo. Que hay que perderse y diluirse, diluir ese yo occidental que todo lo filtra y lo traduce, que todo lo piensa, lo escribe y lo fotografía. A lo mejor resulta que para comprender hay que abrirse y deshacerse, para que, a partir de ahí, algo nuevo pueda crecer y finalmente comprender, desde el único punto posible, desde dentro.

Mañana dejo Myanmar, pero quedan avisados: el próximo destino pasado Bangkok se llama Mae Sot, y Mae Sot no se entiende sin Myanmar, su pasado, su presente y puede que también su futuro.

Inle, un lago inundado por el Ingenio. Myanmar

Hoy he dormido un poco más de lo que viene siendo habitual y ya son las 7 de la mañana cuando salgo al balcón del hotel que da una calle trasera frente al canal. Botes que van y vienen en un día que amanece nublado a la espera que el sol acabe por calentar y se desvanezca la niebla matutina. Frente a los puestos de comida grupos de gente charlan y observan a otros que, mientras, descargan los botes que vienen a Nyaungshwe de todas las partes del lago para vender sus mercancías. Me gusta este balcón, desde esta pequeña atalaya puedo espiar el ir y venir de la vida diaria de las gentes del lago, aunque éste no es un lago cualquiera. Éste es un universo a parte regido por sus propias leyes. Señoras y señores: Bienvenidos al Lago Inle.

Mientras escribo estas líneas, la ciudad de Bangkok yace medio submergida bajo las aguas del Chao Praya. Y esto lo comento porque cuando llegamos al Lago Inle y nos montamos en la lancha que nos llevaría a cruzar el lago hacía nuestro destino, por un momento pensé que estábamos de vuelta en Bangkok. Las calles inundadas, los postes de electricidad brotando del agua, al igual que las casas y las escuelas. Pero no era así.

Y es que en Inle las cosas funcionan un poco al revés. Al principio había una lago normal y tranquilo, cercado por colinas y rodeado de marismas y cañaverales. Pero resulta que alguien lo encontró, y no contentos con vivir tranquilos en sus orillas decidieron, en este caso, ser ellos los que inundaran el lago. Lo inundaron de cabañas, casas, puentes, calles y tendidos eléctricos cruzando en todas direcciones. Luego se envalentonaron y decidieron que ya no querían acercarse hasta la orilla a cultivar los huertos, que ya puestos, los plantarían sobre las aguas y así no tendrían porque volver.

Su vida sólo tendría sentido sobre sus canoas y sus lanchas, y sólo de vez en cuando recurrían a la tierra para caminar. Cuando las aldeas se volvieron más densas optaron por ceder un poco, y entre casa y casa siguieron inundando las aguas por un estrecha y precisa trama de caminos de barro blando que se hunde al paso. El lago, respondió y contraatacó, de modo que lentamente se va tragando el barro de los caminos y los cimientos de las casas, que por momentos parecen a punto de doblarse para acabar plegándose como un castillo de naipes.

El carácter de estas gentes optó por replantear lo obvio y darle un vuelta de tuerca a la realidad. Así pues, a parte de llenar las aguas poco profundas de campos y más campos de tomateras que brotan en grandes extensiones, pensaron que en el arte de pescar también se tendría que reinventar. Y así es que se puede ver a los hombres pescando en sus canoas sobre un pie, al tiempo que reman con el otro, tiran o recogen las redes con una mano, y saludan o se urgan la nariz con la otra. ¿Porqué, después de haber ganado la partida a las aguas, iban a conformarse con hacer las cosas de forma sencilla pudiendo hacerlas más complejas y bellas? Todo un espéctaculo para la vista, un homenaje al ingenio y las habilidades humanas.

Porque esto es lo que me transmitó el Lago Inle, un lugar sencillo, sin grandes paisajes o impresionantes arquitecturas. Un lugar único donde hace mucho tiempo, hombres y mujeres, dieron con otra manera de vivir, inviertiendo la lógica que rige nuestro mundo para acabar siendo ellos los que ganaran la partida a las aguas y inundaran el lago con su ingenio.

Tótó Big Heart. Kalaw, Myanmar

¿Puede el corazón de una persona ser más grande que ella misma? Yo creo que sí, les presento a Toetoe.

Me he encontrado con Scott por el pueblo y los dos andamos buscando guía para un trekking de 3 días desde Kalaw hasta el Lago Inle. Después de preguntar aquí y allá, nos queda una última opción: Hemos quedado a las 5 en punto en el Eastern Paradise para hablar con “Tótó” y ver que nos propone. Ahí llega, nos la presentan y resulta que Toetoe* (aunque se pronuncie Tótó) es una mujer. Quedamos enamorados de su voz y su sonrisa. Pausadamente nos propone su ruta y nos cuenta lo que nos mostrará. Su voz es suave, transmite paz, tranquilidad y cariño. Habrá que esperar un día más para el trekking pero a mi ya hace rato que me ha convencido.

Y nos echamos al monte el grupo entero. Ella viste unos pantalones largos de color rosado, algo gastados por el tiempo. En la mano un paraguas para protegerse del sol. En la cabeza un simpático sombrero de paja. En la cara, unos ojos bellísimos, su sonrisa hipnótica y contagiosa, y bastante thanaka. Es realmente bella. Camina pausadamente con sus zapatos algo demasiado grandes. Son buenos, pero decididamente no son su talla. Alguien se los regaló y ella los usa. Hablamos todos con todos, cambiando de compañero de charla a cada rato. Cuando me toca con ella me da por preguntarle si ha vivido toda la vida en Kalaw. Pregunta genérica y trivial, pero es que nos acabamos de conocer y todavía no hay confianza.

Trivial fue la pregunta, pero nada de trivial tuvo la respuesta. Toetoe me cuenta como llegó a los 10 años a Kalaw, huyendo en cierto modo de su aldea, cuando una noche, alguien no cuidó bien el fuego y la casa de palma y madera prendió, y con ella la aldea entera y con ella muchos de sus habitantes. La familia de Toetoe huyó, otros quisieron salvar “lo valioso” y acabaron por perder la vida. Toetoe conservó la suya pero perdió todo lo demás. Así que a los 10 años empezó una nueva vida en Kalaw donde un familiar los acogió. Y todo esto me lo cuenta pausadamente, sin hacer estruendo, sin dramatizar, sin pizca alguna del orgullo o la lástima del superviviente. Serena y tranquila.

Con la mirada todavía atónita y la mandíbula ligeramente desencajada, decido que la próxima pregunta será sobre el tiempo o sobre el nombre de éste o aquel árbol. El día avanza y acabamos pasando por una aldea donde hay una escuela y se oyen unas voces que claman al cielo a grito pelado el abecedario en inglés. Esto hay que verlo. Y después del juego, de las fotos, los hellos y los bye-byes no puedo dejar de preguntarle a Toetoe si tienes hijos. Y me responde irónicamente entre risas y carcajadas que 10. Algo ya me olía yo. Y es que es muy extraño que una mujer de 33 años se dedique en estas tierras a hacer la veces de guía con extranjeros. La amplia sonrisa de Toetoe se reserva algún misterio más. Empiezo a elucubrar teorías, pero al rato una de las chicas es más descarada que yo, y sirviéndose de la complicidad femenina le sonsaca su historia.

Los hombres por estos lares hacen más bien poco. Las mujeres llevan la pesada carga, una vez más, de tirar para adelante la casa y los niños. Los hombres se juntan, hacen algo, o simplemente beben whisky barato que en realidad es etanol con aromas y colorantes. La rotunda Toetoe concluye que visto lo visto ella lo tiene claro: nada de hombres. Las madres, nos cuenta, cuidan a los niños y estos en realidad sólo las quieren a ellas. El padre poco pinta, y habiendo poco roce hay poco cariño y así es difícil que los hijos les quieran. En el camino nos cruzamos con una madre que, al tiempo que trabaja en la cosecha del trigo, carga a sus espaldas con su bebé de apenas 2 meses.

La historia de Toetoe en concreto pasa por un matrimonio arreglado a los 20 años por su madre, con un hombre que para colmo es musulmán siendo ella budista, y que al poco de estar casados ya tiene una amante. El contrato apenas dura 3 años pero Toetoe ya tiene dos hijos. Curiosamente a la mayor la conocí en el cyber-café el día antes, y me sorprendió su inglés, su soltura y su educado descaro para buscar clientes. Caigo en la cuenta de todo esto cuando Toetoe empieza a hablar de ella. Sí, la niña del cyber sólo puede ser su hija. Y el chico, su otro hijo, a pesar de ser bueno es vago, y parece destinado a convertirse en otro hombre más de la aldea.

A Toetoe no le gusta su trabajo, y a todos nos sorprende porque a cada rato no para de sonreír. Sonríe, te mira, sonríe. Lleva 5 años haciéndolo y cuenta con hacerlo 3 más. Y luego, a lo mejor ser maestra o poner una casa de té. Pero por el momento toca seguir yendo arriba y abajo, paseando a los turistas. Hay que pagar las facturas, y las clases de inglés especiales para su hija, y las clases particulares de informática, también para la pequeña que ya tiene 13 años y que si hubiera nacido en occidente ya les digo yo que se comía el mundo con su desparpajo y su salero.

Y mientras Toetoe sigue andando, habla con todo el mundo en las aldeas por donde pasamos, y nos baña a cada minuto con su sonrisa. Con sus preciosos ojos negros que nos miran alegres bajo la sombra de su gorro de paja. Y esto mientras nos cuenta, después de cruzarnos con una aldeana muy muy mayor que nos pide medicamentos para aliviar el dolor de su pierna, que ella quiere morirse a los 40. Morir joven para no tener que sufrir la vejez en estas tierras. Son paisajes bellos los que vamos cruzando pero también los pueblan mujeres como la de antes: pasados los 70, delgada como un palo, piel curtida como el cuero, con una pierna dolorida, y todavía en el campo, trabajando de sol a sol.

Al final del viaje Toetoe nos ha contado 3 cosas. De las 3 bastaría una sola para ensombrecer el corazón más alegre, pero no han sido suficientes para nublar el suyo. Me quedan muchas preguntas para Toetoe, muchas dudas, me gustaría saber más de ella y de su vida. Aún así, al menos hay una cosa que me ha quedado clara, pero que muy clara, y es que Toetoe tiene un corazón tan tan grande que todas las penas son pocas. Tan tan Grande que si se la miran detenidamente en la foto verán como se le sale por los ojos y le brilla a través de su alegre sonrisa.

* A todo el grupo nos encanta su nombre y no perdemos oportunidad de pronunciarlo. A mi, por el momento se me hace imposible hablar de ella sin mencionarlo a cada tres palabras.

A través de paisajes sencillos y sutiles. Trekking Lago Inle, Myanmar

Escribo este post un poco bastante a destiempo. Y no porque la experiencia que narraré no valiera la pena, ni porque fuera tan indescriptible que escape a las limitaciones de mi palabra escrita. Me aventuro a pensar que la experiencia fue tan sencilla (que no simple) que es por es por eso que se me escurre entre las manos.

Fueron tres días de trekking saliendo desde Kalaw y caminando a través de colinas, campos y aldeas hasta las orillas del Lago Inle. Como todo en esta vida, el camino era el motivo y por fin podíamos descansar de coches, monjes, calles, pagodas, luces. Al menos yo lo necesitaba. Como necesitaba también un poco de actividad física intensa, de sol, aire, sudor, nubes y dolor en los pies. Necesitaba de esa grata sensación que reporta el haber llegado a un lugar por el propio esfuerzo, porque fueron tus piernas y tu voluntad las que te llevaron a tu destino. Esto era lo que necesitaba, pero no tenía claro lo que esperaba. De hecho no esperaba nada y tuve la suerte de encontrarme con casi todo.

Primero con el hecho que nuestra guía fuera “la Guía” y que sin Tótó todo hubiera sido distinto, aunque no sabría decir en que manera. Tótó sencillamente emanaba luz y tranquilidad, era agradable belleza andante, sazonada con un poco de sencillez, amabilidad y algo de picardía. La receta perfecta.

Lo segundo que percibí como generoso regalo de los dioses fueron mis compañeros de viaje. El equipo estaba integrado por un interesante y bien equilibrado conjunto de personas “easygoing” como aquí se les llama, con más de cinco dedos de frente por cabeza y con muchas ganas de disfrutar y poner las cosas fáciles a los demás: Scott, Savina, Jarkko, Oliver y Nadja. Lo tuve clarísimo pasadas las dos primeras horas, cuando todos ya habían hablado con todos, se habían presentado y habíamos empezado a compartir el viaje, que no sólo es andar por el monte y tirar fotos. Que también es conocer y interactuar con quien te acompaña.

Los paisajes no fueron impresionantes pero fueron sutiles, creo que tampoco los tildaría de bonitos. Bellos, suaves o delicados serían palabras más adecuadas. Y tan distintos de todo lo que había visto hasta el momento a lo largo de Myanmar donde la jungla y cierta “sabana” parecen ser la norma común y general. Las fotos se explicarán mejor que las palabras, y seguramente también se quedarán cortas en comparación con la realidad.

De todo lo bueno, de todos esos centenares de pequeños momentos, de todas esas charlas sin significado que tanto pueden llegar a significar, de todo ello me quedo con el segundo día entero. Con mi despertar autista habitual al son del Unplugged de Lauryn Hill mientras disfruto del amanecer, de mis compañeros, del desayuno y de las verdades como puños que canta la buena de Lauryn. Con todo el paisaje que casi ininterrumpidamente nos acompaña y con los campos de semillas de sésamo que todo lo salpican de amarillo. Con un cielo rabiosamente azul y con unas nubes rabiosamente blancas y contorneadas. Con un vendedor ambulante de “porras” que surge de la nada montado en su moto. Con el hecho que Tótó ha escogido una ruta donde no encontramos ningún otro turista.

La primera noche estuvo bien, durmiendo en casa de gente local. Pero durante la segunda noche esquivamos al dichoso monasterio y la pasamos en Una Aldea. Ese paseo con el grupo al atardecer, la tontería de los niños y el canto de unas mujeres, que a estas horas todavía siguen faenando los campos con buen humor. Ni las fotos de este atardecer ni las palabras de un servidor nunca podrán describir la sensación de gratitud que sentí. Gratitud con no sé qué. Pero a fin de cuentas Gratitud por un día tan bello que de tan sencillo se me ha hecho tan difícil de escribir.

Un trocito de mi patria en el País de Buda. Bagan & Pindaya, Myanmar

Mi patria no siento que la definan ni límites, ni fronteras y mucho menos banderas. Mi patria siento que la forman paisajes, momentos, sabores y personas. Hoy me he cruzado en varias ocasiones con mi patria aún estando en Myanmar, en el país de Buda.

A primera hora de la mañana, después de levantarme y desayunar he ido a buscar un taxi para la excursión del día. Al pasar por un puesto de comida no he podido dejar de redesayunarme un par de porras que nada tienen que envidiar a las de la Rosita de Mataró. Resulta que en Myanmar las porras son también desayuno típico y se encuentran por todas partes. Luego, durante el día viajando a Pindaya me ha parecido que por algún extraño sortilegio estaba cruzando las tierras de la Cataluña interior. Un paisaje radicalmente distinto a todo lo que he venido viendo durante las últimas semanas. Un precioso pedacito bien grande de mi patria 360ª a mi alrededor. El final del día, mientras escribo estás líneas, lo cierro con un brebaje llamado Double Strong II, que es lo más parecido que he encontrado a mi benerada Voll-Damm, el cierre a un día con sabor a la Iberia Oriental.

Pero el título del post habla del País de Buda, y sepan que en Myanmar el budismo y sus expresiones lo impregnan todo, absolutamente todo. Los últimos días los he pasado a entre la mítica e impresionante Ciudad de Bagan y la Cueva Sagrada de Pindaya.

La Ciudad de Bagan era para mí uno de esos sitios míticos que desde jovencito sabía que existían aunque no supiera bien donde ubicarlo. Un lugar, una gran explanada entre un gran río y unas montañas que aparecía literalmente poblada de templos, pagodas y zedis de todos los tamaños y en todas sus posibles variaciones. Un lugar que hace 1000 años vio nacer algo único en el mundo, el equivalente de todas las catedrales de Europa en una superficie similar a la isla de Manhattan. Ese mundo nació de la conversión de un rey al Budismo y su respuesta fue la construcción compulsiva y continuada de una ciudad consagrada a Buda. Durante casi 300 años floreció pero a la llegada de los ejércitos mongoles de Genghis Khan se desvaneció. La ciudad pereció y durante años y años se consideró un lugar maldito habitado por espíritus y bandidos.

Subido a la cima de una de sus múltiples pagodas contemplo un vasto horizonte entrecortado por torres y más torres. Al atardecer las siluetas se entremezclan con la bruma, el humo de las hogueras y las nubes de polvo. El contorno de la montañas al fondo se les suma haciendo las veces de telón. El sol desciende veloz y en el cielo las nubes comienzan su baile de colores. La explanada se tiñe de tonos cálidos, la hierba y los árboles respiran aliviados al aflojar el implacable calor del día. Bagan es un espectáculo que hay que verlo desde arriba para poder comprender su magia.

Los dos días que le he dedicado han sido a golpe de pedal, montado en una bicicleta escacharrada que debieron fabricar en los tiempos de la fundación de la ciudad. Caminos de arena, pequeños templos, algunos llenos de turistas pero otros abandonados y invadidos por la maleza. Pedalear por aquí, descansar por allá, echarme una siesta esperando a que baje el sol. Todo un universo de piedra que nace de la hierba y asoma entre los árboles, o entre las aldeas o entre rebaños de vacas y cabras. Al rato, cansado, se me pasa por la cabeza pensar que tampoco era para tanto. Entonces vuelvo a subir a algún templo y se me recuerda que sí, que sí hay para tanto, que este lugar es único y mágico, a pesar de la hordas de turistas que lo infestamos y de las correspondientes hordas de vendedores que nos hostigan.

Cansado de tanta piedra me relajo un rato a la sombra de alguna pagoda y entre tanta foto me doy el premio de disfrutar el momento. A veces me gusta imaginar las cosas fuera de contexto, no sabría como explicarlo: Para mi tiene tanto interés contemplar la Barcelona actual desde Montjuic, como imaginarla cuando las murallas medievales definían sus límites con las actuales rondas. Y desde ese mismo punto de observación y teniendo muy presente el plano de la época romana, me imagino la ciudad sobre el pequeño Monte Táber, con sus imponentes murallas cercándola, rodeada de campos y la Rambla como un torrente seco salpicado de cañaverales desembocando en una playa sin puerto. Con Bagan me pasó lo mismo, pero claro, a lo bestia. Y es que sentarse allá arriba y imaginar esas moles de ladrillo flotando en un mar de casitas y edificios y palacios. Uauh! Todo eso desapareció, pues sólo los templos se construyeron de piedra y ladrillo para durar. Lo demás, hecho de manera, acabó por desaparecer. Imaginar/Ver esa ciudad bulliciosa, llena de vida y de gente es casi tan estimulante como contemplar sus ruinas.

Lo que queda ahora es un cadáver moribundo comparado con su antiguo esplendor. Como también se me antoja como cadáver moribundo si la comparo con esa ciudad fantasma abandonada que debía ser todavía hace apenas 50 años. Tras la puesta del Sol espero que aparezca la Luna. Quedamos tres en la cumbre de la pagoda y la noche, generosa, nos recompensa. Recorrer, aunque sea brevemente, ese mundo a la luz de la luna por caminos de tierra y entre la maleza me transporta a ese momento en que la ciudad era morada de bandidos y espíritus. Casi tan fascinante como la ciudad viva, la ciudad muerta seguía siendo ella misma.

Ahora, por el contrario, es morada de almas de paso que deambulan por un espacio con espíritu de parque temático. La poblamos los turistas en busca de nuestra foto perfecta o nuestro momento catártico. Y la pueblan también los birmanos reconvertidos en víctimas de la fiebre del turista. Después de 3 semanas por primera vez me he vuelto a sentir un mono blanco con la cartera llena de dinero al que hay que ordeñar si se puede. Al final es parte del juego, es la reacción lógica a nuestro comportamiento depredador “cultural”. Y lo pongo entre comillas porque dudo que todo esto tenga alma de cultura, más se me antoja alma de retrato de mesilla de té, o de trofeo viajero. Nadie dijo que fuera fácil, ni que encontrar un equilibrio sea sencillo.

Abandono Bagan encantado por lo visto pero con ganas de volver a la otra Myanmar, a la de las personas. Ahora estoy en Kalaw y hoy he pasado el día con una desbordante pareja holandesa. Desbordante de simpatía, de alegría y de ganas de disfrutar. Deben tener los 40 pasados y se han dado un break de 3 meses en sus trabajos para viajar y ver mundo. Son realmente majos y ha sido un placer visitar con ellos la Cueva de Pindaya: Un microcosmos en las entrañas de la montaña que está poblada por más de 8000 estatuas de Buda. Grandes, pequeñas, feas, elegantes. La cueva en un sacro-lugar-kitsch consagrado, como no, a Buda. Todo es Buda. El paisaje aparece siempre salpicado de pagodas. Las calles de los pueblos y la ciudades siempre salpicadas de monjes y monjas. Los cafés, los buses, las casas, los hostels, siempre hay un altar, un retrato, o otro monje de paso.

A más de más de la cuevas hemos tenido el gusto de ver como hacen los típicos parasoles asiáticos. En una de las múltiples tiendecillas/taller del pueblo, unas gentes encantadoras nos han explicado todo el proceso, con demostración in situ incluída y sin ponerse pesados a la hora de vendernos alguna pieza. Me quedo encantado y con ganas de comprarme una, porque, a parte de ser una maravilla de ingenio y artesanía me parecen sencillamente preciosas. Y encima buen precio! Pero me lo repienso, y no me veo 1 año paseando la sombrilla por estos mundos orientales y me quedo con las ganas para la próxima.

Y así termina mi último baño de budas y pagodas. Ahora, desde Kalaw, quedan 3 días de trekking por las montañas, entre pueblitos y paisajes de primera categoría, para acabar llegando al archifamoso Lago Inle. Veremos que tal me sienta este nuevo baño de gentes y sonrisas.

La Carretera a Namhsan. Hsipaw, Myanmar

Llegamos al lugar en la moto de David. Hace ya una hora que es noche cerrada y casi todo el pueblo está a oscuras, pero la casa donde tendrá lugar el ritual está iluminada y ya se oye el ruido de los tambores y los gongs. Hay un grupo de gente y en el centro alguien salta y baila al son de la música y al ritmo de gritos de alegría. Esto Namhsan, un pueblo perdido en las montañas de Myanmar, el centro del territorio Shan y hoy es el último día del Festival Kahtain. Quién me habría dicho tan solo hace unas horas, cuando mi moto estaba totalmente clavada en el barro, que el día acabaría siendo tan especial. La carretera a Namhsan no fue fácil, pero la recompensa bien valió la pena.

Llegué aquí viniendo de Hsipaw, a medio camino entre Mandalay y la frontera China. Ir a Namhsan fue una recomendación especial de Fred. Teniendo en cuenta que era la tercera vez que estaba en Myanmar y que había visto medio mundo, no podía desaprovechar su consejo. El único problema era cómo llegar. Namhsan está fuera del circuito turístico y el principal motivo es su acceso. Tardé unas 7 horas, con algunas pausas, en recorrer apenas 55 millas. El primer tramo de carretera es aceptable, pero pasado el primer gran puente la cosa se complica y la carretera se convierte en un camino de piedras que cruza la jungla entre subida y bajada.

Pasado el segundo puente el paisaje empieza a mejorar al tiempo que comienza la ascensión hasta alcanzar los 1800 metros de altitud. A medida que avanzo encuentro más y más piedras, arenilla, pero lo peor está por llegar: el barro. Unas 4 o 5 veces se me queda clavada la moto, se cae, la levanto, se cae, no arranca. Después de invocar a medio santoral ibérico lo único que me repito es “qué valga la pena, qué valga la pena”. Por suerte juegan a mi favor el buen tiempo y el escaso tráfico. Para más suerte mía he llenado el depósito el doble de lo que me habían recomendado, por si acaso, y justo se me termina el carburante a las puertas del pueblo. La verdad es que el paisaje se lo vale: montañas y montañas en el corazón de Myanmar, lomas coronadas por pueblecitos en medio de jungla y bosques de bambú y plantaciones de té. Y en la parte baja del río, arrozales de un color amarillento que contrasta con el intenso verde del entorno y el marrón de las aguas turbias.

Lo primero al llegar es llenar el depósito. Pregunto, me miran, me dicen que sí, me dicen que no, y al final un birmano simpático dice que me acompaña. El birmano simpático coge su metralleta, se monta en mi moto y me lleva a la tienda donde me venden una botella de gasolina. Creo que me la están colando, que me cobran el doble, y me temo que el militar en cuestión se va a quedar con la mitad del dinero. Pero claro, a ver quién le discute a un personaje con metralleta colgada del cuello y a sus colegas que están a escasos 20 metros. Al final da igual, tengo carburante para llegar al único hostal del pueblo. El único hostal y yo el único turista. Esto pinta genial y el primer feeling del pueblo es muy positivo. Dejo mis cosas en el cuarto y salgo a la calle cámara en mano y mi mochila a la espalda. Son pasadas las 3 y el sol empieza a caer, así que tengo por delante la mejor luz para las fotos y me acabo de comer un par de bollos dulces que están tremendos.

Namhsan es una calle larga que recorre la cresta de una montaña dejando a lado y lado verdes valles y bellas vistas de la comarca. Resulta ser mucho más grande de lo que esperaba y mucho más pintoresco. La gente está encantada de saludar al mono peludo blanco que se pasea armado con una cámara. Fotico por aquí, sonrisa por allá, un bye bye y un minglaba a cada paso. Al rato oigo follón, algo pasa. Empiezo a ver gente y más gente vestida de gala, con trajes tradicionales, pero de los de domingo. Por un momento pienso que hay una boda, pero al cabo de un rato me dejo caer por un monasterio donde se oye jolglorio y… Bingo! Dentro hay festival y un montón de señoras encantadoras vistiendo sus mejores galas. En cuanto me ve el monje que parece ser el director de orquesta me hace una señal, y en vez de echarme a patadas me invita a subir al pequeño altillo y me insiste en que lo fotografíe todo. Pues venga, “your happyness is my happiness” reza mi mantra particular. Estoy encantado con mi suerte, y el barro y la carretera me quedan ya muy lejos.

El Festival de Kahtain se celebra una vez al año y básicamente, a parte de los bailes, las ropas y la visita en tropel de todos los aldeanos de la zona, consiste en un sinfín de ofrendas a los monjes y monjas del pueblo. Uno tras otro se hacen ofrendas de dinero, mantas y otos objetos básicos de un monje. Los billetes andan montados como si fueran arbolillos de navidad, haciendo figuras o sencillamente composiciones geométricas. Lo mejor, como siempre, las ropas, las caras, las sonrisas orgullosas del que antes de salir de casa se ha dicho eso de “hoy sí que voy guapo”. Me doy un hartón de retratar y a pesar de la falta de luz, creo que alguna foto hará justicia al evento.

Salgo del templo, me dejo perder un poco más y subo por el final de la calle a la cima de una colina que, cómo no, está coronada por un bosque de pagodas. Genial. El atardecer, el pueblo a mis pies y rodeado de valles y montañas. El día ya ha valido la pena, pero lo mejor todavía está por llegar. Bajando la última cuesta se me acerca un chico que me pregunta en perfecto inglés las preguntas estándar: ¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas?, pero éste, a diferencia de los 153 birmanos que ya me ha preguntado antes, habla un perfecto inglés. Al minuto ya me ha invitado a casa de sus abuelos que está en frente, y ya estamos sentados alrededor del fuego tomando el té y comiendo unas pastas. Todo riquísimo, cómo, y tras charla que te charla, un poco de aquí un poco de allá, David (el nombre inglés que se ha asignado) me comenta que esta noche hay un evento, un ritual, que si quiero me recoge en el hostal y vamos a verlo. Faltaría más!

A las 6.30, después de haber descansado del intenso día me recoge y vamos para la casa. Es de noche, la música suena, y se oyen gritos, y nada más llegar se retiran los notables y los vips de la aldea al piso superior. Bingo! Nosotros podemos subir, y en condición de guiri de la aldea con cara de “esto es la leche” se me presenta al mandamás que me pone al día de la relevancia del evento. Todo es muy austero, estas gentes no son ricas, pero la autenticidad y la honestidad lo recubre todo de una solemnidad de suple las carencias materiales. Las hombres y las mujeres más importantes del pueblo y de las principales aldeas están reunidos para hacer sus ofrendas al monje y a la monja superiores del pueblo. A cambio reciben su bendición y después de varios parlamentos por parte del jefe de la aldea deseando felicidad y prosperidad a todos los asistentes se da por concluída esta parte del ritual. Rezos, mantras y música de tambores y gongs ponen punto y final a la escena, por el momento.

Los bailes y los rezos proseguirán durante toda la noche, intercalándose unos con otros, y mientras, esperamos a bajo en el patio. La casa en cuestión resulta ser la cooperativa del pueblo donde se procesa el té. Y es que la vida en Namhsan gira alrededor del té. Los valles verdes que lo rodean están repletos de plantaciones de té y de opio, pero eso no me lo cuentan. Las calles que recorrí por la tarde estaban cubiertas de esteras sobre las que secaban al sol las hojas previamente tostadas. Aprovecho la ocasión y entre foto y foto (todo el mundo quiera la suya y llegan a ponerse muy insistentes) me cuentan todo el proceso con todos los cachivaches necesarios desplegados ante mi. No puedo dejar de repetirme que esto es genial. Estoy muy muy cansado, y al día siguiente he quedado en que me apuntaba a la excursión de David con sus amigos a no sé qué monasterio perdido por no sé dónde. La verdad es que me da igual con tal que me dejen acompañarlos.

Amanece y el pueblo está patas arriba. Si el día anterior me había parecido la bomba, resulta que el día grande es hoy. Festival para todos, y todos con sus mejores galas. La lástima es que ya había apalabrado el día con David y al final lo que parecía ser un planazo acabó en un sinfín de esperas interminables hasta que estuviéramos todos y siempre faltaba alguien. Al final todo quedó en una excursión relámpago al monasterio en cuestión por una carretera con tramos bastante malos. No siempre se puede acertar y atrás queda el evento del año de la comarca, en un lugar remoto y de difícil acceso donde la vida tradicional de estas gentes se mantiene en estado puro y relativamente sin interferencias.

Por delante queda de nuevo la carretera a Namhsan. Con los ánimos altos y 5 litros de sangre fría corriéndome por las venas hago el viaje de vuelta en 5 horas y media. El barro se ha secado y supongo que la experiencia también cuenta. Llego a Hsipaw con el culo totalmente dolorido, la espalda y las cervicales hechas polvo y los tendones de las manos tan hinchados por la tensión que se me transparentan a través de la piel.

Namhsan valió la pena, la carretera también. Al venir a Asia sabía que tenía pendiente aprender a ir en moto para poder disfrutar de algunos momentos impagables. El caso es que en mi vida nunca había conducido una moto y tampoco tengo permiso de conducir para coche. Ahora, después de mi bautizo y del máster acelerado en conducción de alta montaña con motocicleta urbana ya me veo listo para el Loop de Laos, el interior de Bali o lo que me echen.

De momento me despido con las manos todavía doloridas escribiendo desde un bus averiado en medio de ninguna parte camino de Mandalay y a riesgo de perder la conexión con Bagan. Lo que pasará sólo lo saben los dioses, pero la verdad es que da un poco igual. Con el gusto de los pasados días, la verdad es que todo da igual: Llegaremos cuando hayamos llegado.