El Ritual. Bali, Indonesia

Todo el día dando tumbos en la moto, con un destino claro per sin un camino a seguir; torciendo a cada recodo que me pareciera más interesante que lo que tuviera por delante. En la cresta de la caldera del Gunung Batur me eché la siesta sobre un banco de piedra esperando a que bajara el sol y mejorara la luz. Me desperté y conducí cuesta abajo hasta la orilla del lago para darle la vuelta al cono del volcán cuyas caras sur y oeste son pasto de gigantescas lenguas de lava que se convirtieron en roca pelada. Ensimismado en la luz del atardecer se rompe el encanto y caigo en la cuenta que está anocheciendo y que ando todavía en la otra punta de la isla. Agotado, exhausto y tras la puesta de sol tras las montañas emprendo el regreso cuando, por casualidad, paso junto a un ritual en Kintamani… Demasiada gente, demasiada bulla. Mi olfato de niño trastoso y curioso me susurra que tras la tapia están ocurriendo demasiadas cosas, que algo bueno se cuece, y que seguramente valdrá demasiado la pena como para pasar de largo.

Pero reacciono, y en un ejercicio de sentido común y autodisciplina me digo que no. Que estoy muerto, que hay que volver. Que no voy a parar ni tan sólo un minuto, ni para echar un vistacito. ¡Qué no! Grito con voz de perdedor para mis adentros ¡Estoy agotado y llevo ya casi 10 horas de ruta! Pero nada… ¡Cómo si le hablara a la pared! La moto frena suavemente y ya estoy girando hacia el parking cuando me cuento el cuento chino de “sólo un minuto, nomás, un vistazo rápido y nos vamos para casa”.

No se puede comprender Bali sin su religión –una versión del hinduismo que sobrevivió a los embates del budismo, del islam y del cristianismo-; un complejo sistema de rituales y festivales que empapan el día a día. La vida de los balineses se rige por esta espléndida coreografía sagrada cuyas ramificaciones se extienden a la danza y al arte de la escultura. Pero más allá de estas artes clásicas, esta sofisticación y esta espiritualidad las sobrepasan y se desbordan inundando su día a día en una puesta en escena que tiene lugar a cada momento, en cada rincón de la isla y a diferentes escalas. Desde las pequeñas ofrendas diarias en los negocios o en los altares de los familiares en el patio de cada casa, hasta todo un sinfín de ceremonias que marcan y acompañan a todo balinés a lo largo de su paso por esta vida. Rituales practicados de forma individual, rituales practicados en familia o rituales que implican semanas de preparación por parte de todos los miembros de la aldea.

Bali siempre está de gala, de fiesta, de celebración. La mayoría de las veces de forma callada, un susurro en la intimidad. Otras, como cajas de truenos abandonas a su voluntad: ruidosas, caóticas, turbas de fieles devotos que toman las calles por asalto, extasiados, ebrios de jarana. Del nacimiento a la muerte. Pidiendo protección y fortuna a los dioses y a los buenos espíritus que habitan en todos los rincones de esta isla exuberante. Trazando laberintos de símbolos para confundir a los demonios y proteger a los seres queridos o a las cosechas. Cada mañana al alba, en cada rincón de esta isla, se preparan con esmero miles de ofrendas efímeras de una delicadeza exquisita. Miles de ofrendas hechas con hojas de palma trenzadas y flores, frutas, arroz, galletas, no hay límite, o puede que sí lo haya; uno solo, y es preciso: todo debe ser bello y elegante. Una elegancia y un gusto por las cosas bien hechas tan extendido que se aprecia en sus ropas, en las telas que visten ellas, en los pliegues de los tocados que portan ellos. En la sistemática sobriedad barroca de sus templos y templetes. Bali será hindú, sí, pero paseando por sus aldeas y por sus templos no pienso en la India, pienso en otra isla, pienso en Japón y en esa cultura tan suya donde la belleza, como fin último y en sí mismo, se manifiesta en cada acto y en cada gesto.

El Ritual vertebra la vida de esta isla y de estas gentes más allá del implacable avance del turismo durante los últimos 30 años. El ritual se vive con devoción, con orgullo, con una pasión y un frenesí que se contagian. Contagiado y borracho de frenesí corría yo aquella primera noche fría en la cresta del volcán en la que decidí no parar para acabar parando. Desbordado, fascinado, ensoñado en medio de una función que no comprendía, pero cuyo principio atisbé que pasaba por la sistemática ofrenda a cambio de una bendición. Una noche helada en la que corría borracho, embelesado por el efecto narcótico del sonido del chambelan -un instrumento balinés que en realidad son muchos sonando al mismo tiempo- y cuyo misterio hipnótico no fui capaz a descifrar. Un festival por el que andaba suelto el loco del pueblo con una toalla atada a la cabeza; los nenes que me exigían el peaje por estar allí: que les tomara un retrato. Con toda esta gente aldeana que me recibe con sorpresa y con los brazos abiertos, y con sonrisas, muchas sonrisas y algunas carcajadas entre los grupos que se sientan alrededor de un fogoncillo a pasar la noche, a esperar eso que todos vinieron a ver y que yo sigo sin saber qué es. Es noche fría y esto está lejos de acabar, tengo por delante casi dos horas en moto y abandono la partida.

La abandoné, sí, pero ella no me abandonó a mí. Al día siguiente y al otro y al otro, me seguí cruzando con los lugareños atareados en sus preparativos, ellos a lo suyo y ellas con sus asuntos, todos en pleno frenesí, esta vez a la luz del día, ocupados en la preparación de los Ngaben, las cremaciones anuales de sus muertos. Porque es el funeral, que no la muerte en sí misma, el momento clave en la existencia de todo balinés. Un correcto funeral con su correspondiente cremación garantizará la liberación del alma del cuerpo amortajado. De lo contrario el espíritu quedaría errante, nunca más podría volverse a reencarnar, se perdería en una nada que es peor que los infiernos. Es por eso que este dispendio imprescindible y costoso. Y a falta de tiempo para ahorrar el dinero suficiente, las familias entierran temporalmente a sus muertos hasta que reúnan los ahorros para todo el festejo.

Llegada la fecha, toda la aldea se pone en marcha. Desentierran a los suyos, corren a por los preparativos, todos efímeros todos hechos con delicadeza y esmero. Altares de caña y bambú presididos por retratos con guirnaldas de flores del paraíso que honran a los difuntos y guardan sus cuerpos. Se construyen pasos coronados con palios bajo los que se portan animales sagrados: Lembus -toros negros y rojos-, leopardos, engendros mitológicos, leones escarlata con colas de pescado y coronas verdes ¿Serán dragones? Todo preparado con el esmero de lo que se hace para siempre aún a sabiendas que su destino es la hoguera, pasto de las llamas y del fuego purificador.

Si la ceremonia del Ngaben es el ritual por excelencia, por encima de todas las cremaciones está el Palabon, el funeral de un miembro de la familia real. Los planetas se alienaron, y puestos que en mi travesía por Indonesia pasaba por Bali durante esta semana, los dioses dispusieron que el ritual de los rituales, el Palabon, tuviera lugar a escasas tres calles de mi hospedaje durante mi último día en la isla.

…continúa en el siguiente post, El dorado siempre luce

Lliçons de Pedra. Prambanan & Borobudur, Indonesia

Selvas, aldeas perdidas ancladas en el tiempo, volcanes gigantescos que se convirtieron en lagos, islas paradisíacas cuyos fondos marinos están poblados por criaturas de leyenda. Playas negras y mega-ciudades superpobladas. Indonesia parece tenerlo todo pero falta algo en esta lista: Piedras.

En Indonesia hay poca piedra -que es como yo le llamo a los vestigios históricos, los monumentos de toda la vida-. Y éste es un dato que dice mucho de las sendas que recorrieron las civilizaciones que se cuajaron en este universo de islas y cuyos testimonios arquitectónicos son más bien escasos. Aunque por suerte siempre hay excepciones, y en este caso ambas se encuentran muy cerca de Yogyakarta. Pasen y vean las glorias hindúes de Prambanan y el gigantesco mandala budista de Borobudur.

Llevaba unos días atrapado en mi divina rutina de Jogja y sabía que tenía pendientes una visita a los conjuntos arqueológicos más importantes de toda Indonesia: Prambanan y Borobudur. La típica excursión turística a la que apuntas y que te pone las cosas fáciles y con la que sin más cumples el expediente. Supongo que me salió mi vena chulesca o mi orgullo viajero, y me negué a pasar por el aro, así que alquilé una moto para ir a mi aire. Y visto lo visto todavía no sé si me salió a cuenta, porque a veces también vale la pena dejar de ser viajero para ser turista sin más y a mucha honra que tampoco es pecado.

El caso es que opté por la moto y teniendo en cuenta que el momento glorioso para visitar Borobudur es el amanecer, sólo me quedaba visitar Prambanan al ocaso. Y como Borobudur está a 60km de Jogja y Prambanan tan sólo a 17km estaba claro el plan de ruta: Alquilar moto al medio día, viaje a Prambanan para disfrutar del atardecer y salir disparado hacia Borobudur antes de que me pille la noche en las siempre alborotadas carreteras javanesas.

Venga valiente, campeón e inconsciente. Ver el atardecer en Prambanan implica comerte la hora punta del final del día en la periferia de Jogya, que aunque la hayas cantado como un pueblo no deja de ser una ciudad bulliciosa que se rige por códigos indonesios. Y eso implica que más te vale estar con los ojos bien abiertos, las orejas limpitas para oír lo que te viene por detrás y la mirada periférica trabajando al 200% si no quieres acabar siendo el bulé tontaina que acabó por los suelos porque no vio las diez motocicletas que le salieron por ambos lados cuando el semáforo estaba todavía en rojo. Atención: Esta no es tierra para cándidos. Sabiendo que voy hacia el este, siendo incapaz de pronunciar todavía hoy día el nombre de estas célebres ruinas, finalmente consigo llegar. Aparco, pago una barbaridad de rupias por la entrada –precio extranjero porque los locales pagan el 15% que yo- y estamos dentro.

Honestamente, venía sin expectativa alguna, incluso dudé en ir, pero por aquello del “venga va, ya que estamos aquí”, pues alá, para allá fuimos. Y honestamente, me encantó. Supongo que el rodaje en el arte de visitar monumentos ayudó. Primer consejo: salte de la bulla. Cuando se trata de monumentos las hordas de turistas no quedan bien en la foto. Así que vete directo hacia donde no hay nadie. Segundo consejo: no vayas donde va Vicente, y si lo que estás viendo es grande, menos. Vicente va al centro del meollo, pero resulta que en estos complejos monumentales siempre es un plus salirte lejos, fuera del camino y poder tener una perspectiva general del todo. Créeme, lo vas a saborear mucho más. Tercero y último: Los dos primeros consejos son el mismo y son válidos pero no son suficientes, así que si todo el mundo está en un sitio es porque hay algo que vale la pena ver. No te hagas el estrecho, vete para allá y se un turista más. Aprender a viajar/vivir implica aprender que todos los roles son válidos. Lo difícil es saber discernir cual es el apropiado a cada momento.

La luz era perfecta, el entorno asilvestrado con montones de sillares esparcidos por el suelo le daban el aire de ruina que le habían despojado las avenidas con parterres que te marcaban el camino central. Y sí, pensaba que Prambanan era el “patito feo” y que iba para fichar, pero me pareció extremadamente elegante. Sus torres alzándose al cielo con porte pero sin soberbia. La textura copiosa de sus muros enfatizada por la luz menguante. La repetición sistemática de un motivo a diferentes tamaños y con ligeras variaciones. La percepción de que el conjunto monumental se expande a medida que te acercas y prestas atención a los murales que narran en piedra las epopeyas de la mitología hindú.

Prambanan es hijo de los tiempos en los que los reinos del sur de la India hacían mella en estas islas y sentaban las bases y las lógicas de las futuras civilizaciones que estaban por llegar. Éste es un templo hindú por su barroquismo, por su esencia vertical y porque su vocabulario, aún sin tener paragón directo en el subcontinente indio, es hijo de ese delirio formal que mana de sus textos sagrados y de su mitología en general que impregna todo lo que toca.

He dado ya suficientes vueltas y va cayendo el sol y estoy más que satisfecho de la visita. Es hora ya de subirme de nuevo a la moto y recorrer los 80 km que me separan de Borobudur. Al final pasé demasiado tiempo aquí y se me viene la noche encima. No es tanto el follón y el caos circulatorio al que al final te acostumbras, es el frío. Durante el día el sol del trópico es tórrido e implacable, pero se va y la noche viene fresca. Y si vas en moto y en camiseta, pues ya no te cuento. Carretera y manta y encuentro una cama en medio de la nada donde pasaré las pocas horas que me separan de la madrugada. Porque Borobudur es madrugada y es amanecer.

Los eruditos lo sabrán mejor que yo, pero no por eso dejaré de contarlo. Borobudur no es un templo, Borodubur es un mandala, un mapa del universo cósmico y de la mente humana visto según la filosofía budista. Y este mapa –como todo mapa del tesoro- muestra un camino, el camino hacia el Nirvana, el fin del sufrimiento en este mundo y los que estén por venir –los budistas como los hindúes creen en la reencarnación de las almas-. El budismo, a diferencia de las religiones occidentales que conocemos –judaísmo, cristianismo e islamismo-, es ateísta –sin dios todopoderoso y omnipresente-. El budismo, más que una religión de fe es un compendio de prácticas, un método o una manera de ejercitar la mente de cada uno con la única intención de pacificarla y liberarla de las cadenas que la atan al sufrimiento humano en esta vida, lo que nos angustia y nos quita el sueño. Ese método, ese camino, es lo que está representado en este mandala –mapa- que es Borobudur, como los pórticos románicos y los murales en nuestras iglesias del medievo. Una manera de dejar constancia de una enseñanza de forma gráfica y explícita más allá de escritos en tiempos de analfabetismo e imprentas por inventar.

Borobudur se construyó en el año 825 de nuestra era, durante la época de influencia del budismo en Java para más tarde ser abandonado y olvidado a la jungla. No fue hasta 1814 que el inglés Thomas Stamford Raffleslo lo presentó al mundo occidental. Allí seguía, erguido en medio de las llanuras de Kedu, enterrado bajo capas de ceniza volcánica, rodeado de jungla, de palmeras y de montañas con el todavía humeante volcán Gunung Merapi al fondo. Borobudur es sinónimo de amanecer, sinónimo de deambular por sus terrazas, de dejarse perder y de perder la mirada en sus paisajes lejanos y en sus frisos cercanos. En los centenares de budas que pueblan este mapa del universo hecho de piedra y silencio.

Borobudur es el reto de huir de las hordas de turistas para repensar que toda aspiración humana siempre es un reto individual que apunta hacia arriba, que toda mejora está basada en un recorrido sin prisa pero sin pausa hacia lo mejor de nosotros mismos. Borobudur es un templo de significado oscuro en una isla lejana de un tiempo antiguo, pero su mensaje es claro y próximo: Que no hay término medio, que todo lo que no avanza hacia la luz se sume en la oscuridad. Que más allá de dioses o demonios, al final eres tú el que escoge ser un poco mejor o un poco peor de lo que fuiste ayer, o de lo que esperas ser mañana… Lliçons de Pedra -lecciones de piedra-.

The Loop. Thakek, Laos

Cuando daba clases de Photoshop en Barcelona solía comentar a los alumnos que no había atajos y que, comparándolo con el mundo de la escalada, en la mayoría de las ocasiones era mejor dar 3 pasitos en corto en vez de intentar dar uno demasiado largo para acabar teniendo un traspié.

Con los miedos creo que pasa un poco lo mismo y este viaje también trata de esto. No tanto de serpientes, tarántulas o saltos al vacío desde un avión. Cuando me refiero a miedos pienso en esas doscientas cosas que dejamos de hacer cada día bajo la etiqueta de “me da corte”, “qué palo” o “yo no estoy para esos trotes”.

Una tarde de sábado en Bangkok, mientras pasábamos el rato holgazaneando en casa de Ana, nos pusimos a ver videos en YouTube. Cuando llegó su turno y le dio al play, me quedé con una frase de los siete minutos de discurso: “Haz cada día una cosa que te dé miedo”. A estas alturas ya no me creo que los valientes lo sean porque despertaran una mañana y decidieran saltar por la ventana sin red. Me huelo que los valientes lo son porque cada día decidieron dar un pasito adelante en vez de darlo hacia atrás.

El Loop de Laos era para mí una esas doscientas cosas que un año atrás hubiera dejado de hacer bajo la etiqueta de “yo no sé” o “yo no estoy para esos trotes”. Así es. Cuando cogí ese vuelo de ida y sin regreso destino a Bangkok el 18 de Octubre del 2011 yo no sabía ir en moto, no tenía carnet de conducir y aunque lo intuía, ignoraba los misterios de las marchas de un motor. En Hsipaw decidí dar ese primer paso hacia adelante y a pesar de mi “miedo” llegué a Namhsan. En Mae Salong di mi segundo pasito y durante ese día en la carretera me cayeron algunos regalos del cielo.

Así que cuando llegó el momento de arrancar la moto para completar el Loop de Laos ya no tenía frente a mí un abismo insalvable. Había dado ya antes dos pasitos cortos y sólo tuve que alargar la mano para completar mi objetivo y dejar atrás mis miedos y mis reparos.

Frente a mí, 450km de ruta circunvalando el centro del país durante cuatro días, cruzando paisajes intensos a ratos, aburridos en otros. A mi lado, un buen par de compañeros de armas: El Gran Serge y Leo, un romano pretoriano adquisición de última hora.

Y el Loop ¿Qué és Loop?. Loop significa vuelta y de eso se trata: de darse una vuelta, nada más, sólo que dando la vuelta uno se cruza con algunos momentos impagables que sólo la independencia de una moto puede proporcionar. Porque hay paisajes que se pueden ir a ver, pero hay otros que tienes que cruzarlos para poderlos comprender y disfrutar.

Los primeros 180km fueron de lo más aburridos, pero eran la antesala de un mar de agujas de piedra caliza ennegrecidas por el paso del tiempo sobre el que se le superponía otro mar de voluptuosa vegetación. Era el contraste de verde, blando y vegetal, con lo negro, duro y mineral.

Cruzado el mar de olas de roca bajamos un puerto que de curvas tan cerradas había conseguido volcar algún que otro camión en medio de la calzada. Descendimos al valle para tomar el desvío dirección Tham Kong Lo, La Cueva. Durante media hora enfilamos un tramo de carretera recta al más puro estilo de la ruta 66 que cruza los desiertos del oeste americano. En todo momento escoltados a lado y lado por enormes torres eléctricas cual molinos quijotescos contemporáneos bajo un dramático cielo encapotado que amenazaba tormenta.

Un tramo de muro continuo, de unos 30 quilómetros de largo y cientos de metros de altura acotaba el valle a mano izquierda. Ni la luz de sol poniente fue capaz de arrancarle un brillo o un contorno a aquel paredón de piel áspera y parda. Era una enconada que se iba cerrando sobre nosotros a medida que avanzábamos. Llegamos a las puertas de La Cueva pero el paso ya estaba cerrado y tuvimos que esperar a la mañana siguiente. Retrocedimos, preguntamos y encontramos donde pasar la noche. Y mientras ésta acaba por llegar nos dimos un paseo de esos de dar por dar y nos topamos con una aldea oculta tras los árboles, más allá de los campos de cultivo y a la vera de un río. Paseando, saludando, sonriendo. Qué regalo terminar la jornada junto al río donde los niños y las mujeres habían ido a bañarse en ese tramo de un extraño azul verdusco.

Cuando amaneció Serge ya estaba dispuesto y listo para la caza. Vio que la luz prometía y se echó al campo. Con los ojos llenos de lagañas y en acto reflejo saqué la cabeza por la ventana y entendí porqué había dejado atrás las sábanas calientes para echarse sin desayunar a una fresca mañana. Le seguí, pero andando mi propio camino, y durante esa hora con el estómago vacío y la boca pegajosa, estuve allí. Estuve disfrutando de esos instantes, de los colores, de las texturas, de la luz y de las sonrisas de los campesinos que hacía ya rato que trabajaban los campos. Estuve allí, en una de esas mañanas que siendo como todas las demás son únicas en sí mismas y que con el paso de los años no se le olvidan a uno.

Y luego La Cueva. Un lugar que come aparte. Un lugar del que si queréis os hablo en un próximo Post. Tham Kong Lo, uno de los lugares más mágicos que nunca he visitado y en el que puedes soñar despierto. Un viaje a los infiernos entendidos como misterio, no como sufrimiento. Un lugar inundado de luz negra capaz de aclarar rincones de una memoria ancestral que curiosamente sentí tan cercana.

Dejamos atrás el descenso al Hades y el resto del trayecto del día no deparó más misterios ni sorpresas. Algún mercado de aldea de nombre innombrable en el que mujeres de rostros anónimos me regalaron sonrisas enormes por comprarles dulces de los que ahora ya no recuerdo ni el gusto ni el aspecto. Las sonrisas, sólo el calor de sus sonrisas. Y alguna instantánea de nubes y montañas memorables que conseguimos arrancarle a docenas de paradas durante en el trayecto. Carretera y manta que dicen en mi tierra para acabar llegando a Lak Sao, otro de esos lugares dejados de la mano de dios que decidieron crecer alrededor de un cruce de carreteras camino de Vietnam. Una habitación llena de mosquitos, una cena callejera de batalla, de las que hacen currículum viajero y un crep local que le puso el broche de oro a la jornada y a esa fría velada de sábado noche.

Y al tercer día los cielos se abrieron y diluvió. Y lo hizo en el tramo menos propicio, cuando el asfalto había quedado atrás y cruzábamos caminos de polvo en medio de la jungla. Polvo que con las primeras gotas se convirtió en barro. Barro que resbalaba como el hielo y lluvia que nos caló hasta los huesos. Durante hora y media intentamos avanzar, nos detuvimos ante el embate del aguacero y sonreímos porque éramos 3, conscientes de lo distinta que habría sido nuestra suerte si sólo hubiéramos sido 1. Era una de esas situaciones en las que la suma de las partes fue mayor que las partes por separado y en las que viajar en grupo valió la pena.

Cruzada la jungla volvió el asfalto o al menos dejamos atrás el polvo que yacía bajo el barro. Y al parar a comer frente al Embalse y en medio de la nada, ya bajo el amparo del cobertizo, diluvió una vez más, con más rabia y más furia que antes. Los dioses nos hacían notar que a pesar de estar calados hasta los huesos, teníamos que estar agradecidos, que habíamos sido afortunados y que su ira podía ser infinita.

Un embalse, El Embalse. La jornada anterior, frente a la laguna de Kong Lo, un alemán que hacía la ruta en sentido inverso, nos habló de praderas de agua cubiertas de esqueletos de árboles muertos que parecían nacer y morir en el reflejo del cielo. Un paisaje imposible ante el que cuestionar su pertenencia al mundo de los cielos o al mundo de los infiernos. Un lugar puramente poético que parecía cobrar sentido bajo el gris plomizo de los cielos de tormenta que dejábamos atrás. Un paisaje de ensueño, un desbarajuste medioambiental y social, efecto colateral del progreso que azota Laos y que tiene su origen en el País del Centro, comúnmente conocido como China.

Nos acercábamos al fin, cerrábamos el círculo y durante la última jornada exploramos nuestra última cueva durante la última mañana. Xieng Liab. Una caverna enorme pero corta donde presenciamos una silenciosa batalla de luces que se libraba roca a roca, pliegue a pliegue. Luces cálidas penetraban por una de las bocas y se fundían con las luces frías que asomaban por el otro extremo. Una lucha a cámara lenta pero de inusitada violencia, sólo apta para ojos atentos y almas despiertas.

Exhaustos, con los culos planos de tanta moto y las ropas sucias de 4 días de marcha aceleramos el paso de vuelta a Thakek, a la vera del río, el amigo Mekong. Orgullosos de nuestra pátina de polvo, sudor y roña brindamos con unas Beerlao bien fresquitas y aguadas por el hielo. Orgullos y cansados dimos media vuelta por esta calle que es Thakek y que siempre te lleva hasta el río. Era medio día y podríamos haber devuelto las motos, pero Serge estuvo ágil y supo adivinar que no era el momento. Mejor sería volver al hostal, ducharse y empaquetar los bultos, y hacer tiempo hasta el atardecer. Y ese fue el momento. Allí me encontraba yo, conduciendo bajo exuberantes árboles centenarios por la calle mayor del pueblo al final de la cual se ponía el sol sobre el Mekong. Envuelto en una nube de scotters y cargado con mis mochilas. Una vez más se me salía la risa por las costuras sintiéndome parte de todo esto.

En ese momento conmigo mismo me sentí a gusto y me sentí orgulloso, no por haber hecho nada que nadie hubiera hecho antes. Orgulloso por haber vencido mis miedos y mis reparos, y alegre por haber disfrutado los siempre suculentos frutos que la vida depara a los valientes, aquellos que en vez de dar un paso atrás decidieron dar un pasito adelante.

De Carpintero en Mae Salong. Tailandia

Si van justos de tiempo no vengan a Mae Salong. No es que no valga la pena, a mí, en concreto me fue de perlas. El caso que estos 3 días me han venido genial y por motivos muy diferentes.

Durante el primer día, realmente necesitaba y me apetecía usar el cuerpo. Andar, andar y andar. Subir y bajar cuestas y sobre todo sudar y jadear. La excursión, o el hiking -que queda más sofisticado- no tenía mucho de especial. Pero lo dicho, el cuerpo me pedía una subida de revoluciones y el intenso paseo de seis horas sirvió para eso.

El segundo día lo había dispuesto con la intención de ampliar mis habilidades ciclomotoras. Por un lado para no olvidar las artes aprendidas durante la ascensión a Namhsan, y por otro como calentamiento del Loop de Laos, para el que cada día queda menos. Pero amaneció nublado y no estaba dispuesto, por el momento, a pasarme cinco horas sobre una moto cruzando bellos paisajes pero sin tener la luz favorable y con riesgo de lluvias. Mae Salong, del cual todavía no he contado nada, está en la montaña y créanme si les digo que las cuestas y sus curvas merecen mucho respeto y prudencia. Así pues me homenajeé con un día libre, y pude así disfrutar de mi primer día de nubes y frío en mucho tiempo. Sí, oyeron bien, y es que de tantos soles y cielos azules, ayer gocé saboreando a cada momento del cielo encapotado y la fría brisa que se colaba por entre mis ropas. Ni que decir que jugaba con ventaja y mi alegría de ánimos venía espoleada por una cita especial al final de la jornada. Había quedado para charlar con David y Andreu, dos buenos amigos de la lejana Barcelona. El día pasó lento pero ágil. Trabajé en el Blog, en las fotos y estuve productivamente perezoso.

Y al tercer día, el de la reencarnación, amaneció de nuevo, nublado. Pero esta vez no podía posponerlo, y si bien es de recibo disfrutar de un día de calma, uno no se vino a la otra punta del mundo para quedarse sin verlo. Hechas las presentaciones con mi potro motorizado y trazado el plan de ruta, emprendo el camino hacía mi destino. Una vuelta por las montañas, unos 70km por buenas carreteras y paisajes que han prometido prometer. Crucemos los dedos y que el viento azote de nuevo mis rosadas mejillas.

El titular del día lo podría despachar con un “lo logramos y nos sentimos cómodos”. Los paisajes estuvieron bien, algunas veces más intensos que otras, pero como los dioses estaban generosos, a medio camino me hicieron los honores de presenciar la inauguración de una nueva Stupa y un nuevo Buda -resulta que en el país todavía había sitio para uno má-.. Curioso evento en medio de la nada, pero bien surtido de público: gentes de los montes y habitantes de las ciudades, y como no, una ración de monjes para añadir color y sonoridad al evento. Las almas piadosas de Chiang Rai habían venido a las montañas para acumular méritos. Un grupito de encantadoras señoras de bien que habían financiado la construcción de la nueva Stupa, vistieron sus ropas informales más inmaculadas para recibir las bendiciones de los monjes, acumular buen karma y repartir comida a los rústicos aldeanos de la montañas.

Mae Salong es un pueblo algo especial. Paradigmático sería una palabra más ajustada. Y es que toda la zona, a medio camino entre China, Myanmar, Tailandia, Laos y Vietnam, es pasto de minorías étnicas asentadas en los montes, que siglo tras siglo fueron migrando de aquí para allá bajo el empuje de civilizaciones “más potentes” (Chinos Han, Birmanos, Thais, Vietnamitas, …). El resultado es un constante mosaico de aldeas vecinas donde no siempre tienden a entenderse en el mismo idioma o vestir las mismas ropas. Son Pueblos sin patria, en muchos casos desplazados del país vecino, por uno u otro conflicto. Mae Salong es fruto de la Guerra Civil China que durante dos décadas enfrentó a “Comunistas” Vs “Nacionalistas”. Los vencidos tuvieron que huir y después de su paso y expulsión de Myanmar, fuerzas del ejército derrotado del Kuomintang y sus familias encontraron asilo en el norte Tailandia. Mae Salong, es tan chino -o yunanés- como tailandés. Existe desde apenas 50 años y ha pasado de ser un centro de cultivo y tráfico de opio, a convertirse en destino turístico centrado en la explotación del té y el café.

A las colinas colindantes conseguí arrancarles alguna postal idílica de campos de té y aldeas de bambú y paja. Pero debo admitir que lo que más me divirtió fue descubrir un curioso lugar en extraño equilibrio entre el brillante Akira Toriyama y Alicia en el País de las Maravillas. Un lugar consagrado al té, al turismo de masas y a la más delirante interpretación de ambos. Un lugar abandonado, vacío y triste que a mi me alegró el día.

Y a pesar de todo lo dicho, Mae Salong me ha servido para darme cuenta de un par de cosas, para seguir irreflexionando un poco sobre lo que no me gusta y puede mejorarse. Que de eso también se trata este viaje, de tener tiempo sentarme tranquilamente ante el espejo. No tanto deleitarme ante mi espléndido porte, como para ver reflejados ese puntos donde la mesa todavía cojea. Y hacerme las veces de Carpintero, desmontando la pata si es necesario y para fijar una nueva.