La Ciudad Frígida. Singapur

Espectacular, recauchutada, tensa, de piel lisa, limpia, sin mácula, impoluta. Con todo en su sitio, con sus medidas perfectas. Mujer de relucientes escamas de cristal y muslos de acero. La ciudades tienen nombre de mujer y Singapur es una joven dama de oriente que nació de padres occidentales –en 1819 por el británico Stamford Raffles y la Compañía Británica de las Indias Orientales- pero que alcanzó su mayoría de edad en 1965 cuando fue expulsada de la Federación Malaya por desavenencias raciales.

Tras este doloroso portazo en las narices -la malaya Malasia exigía a la china Singapur que renunciara a derechos básicos en favor de la minoría malaya- y tras un fulgurante resurgir económico la nueva dama quiso ser tan o más divina que Nueva York, y no contenta con ello le quiso pisar los talones a la híbrida de las híbridas: Hong Kong. Pero hay algo en esta mujer espectacular que lejos de atraer te deja indiferente, hay un algo en ese “todo tan demasiado bien puesto” que cuando te dispones a tomarla entre tus brazos para zambullirte en sus misterios te echa para atrás. A pesar de las curvas de sus edificios futuristas y de los labios carnosos de su infinidad de parques, a pesar de ese rostro perfecto de acero y cristal, a pesar de todo ello la tomas y su cuerpo no responde. Un bloque de hielo, rígido y sin vida, sin deseo. El amor y la fascinación por las ciudades se rigen también por las leyes de la erótica y de la atracción, y Singapur -a pesar de todas sus bondades objetivas- es una ciudad frígida.

Me paseo por su Little India y todo está en un sitio, ligeramente indio pero perfectamente empaquetado y encapsulado. Me paseo por su Chinatown y todo sigue en su sitio, ligeramente chino pero perfectamente empaquetado y encapsulado. Aterrizo en su flamante aeropuerto que brilla en cada rincón y que luce unos suelos impolutos en los que se podría comer –mucho más higiénicos que la mayoría de vajillas en las que vengo comiendo-. El impacto viene acrecentado porque tres noches atrás dormía en la jungla en Batutumonga, pero el impacto se mantendrá fresco incluso a mi llegada al flamante aeropuerto de Bangkok que comparado con éste sabe a vecino humilde de recursos limitados. En Singapur hay mucho dinero y se gasta copiosamente en un afán por hacer que cada rincón de esta ciudad esté libre de mácula.

Y la prueba de fuego no está en el centro financiero, ni en las turísticas Chinatown o Little India, o en la nueva flamante Marina Bay. La prueba de fuego está en las barriadas, en los barrios periféricos que separan el centro del aeropuerto. En esas tierras donde nunca hay nada que ver y en las que viven las clases obreras. Son estos barrios los que en cualquier gran ciudad del planeta te dan una medida más exacta de la situación social de un país más allá de las imágenes de postal. Así pues ¿Cómo son sus barrios obreros? Bloques enormes de hormigón sin gracia alguna, todos impolutos, como recién pintados y rodeados de parques y vegetación. Decentes e intachables, humildes y sencillos pero espléndidos. Nada dejado al azar, nada de lo que avergonzarse ante las visitas. Una fachada impecable e implacable.

Impecable e implacable… Ésta podría ser una buena definición de cómo se ha llegado hasta aquí. Antes de que yo llegara me lo pensé bien un par de veces: porque es ciudad cara y yo pobre, y porque ya me habían contado… Al final opté por hacer lo de siempre: comprobarlo por mí mismo.

Joaquín y Ana me hablaron de ella en Ubud como la encarnación del mal. Un lugar sin alma, opulento hasta el insulto construido con los dineros más negros del planeta –Singapur es un paraíso fiscal, y como tal es destino de fortunas turbias hechas a expensas del sufrimiento de otros-. Un lugar que como todo lugar esplendoroso –sirva cualquier gran gloria occidental o nuevas urbes asiáticas o pérsicas- funciona gracias a una clase social esclava que trabaja mucho por muy poco. Un lugar que se pasa muchos de los derechos humanos por el arco del triunfo y cuyos índices de libertad de expresión y democracia están muy por dejado de naciones diabólicas como la China comunista. Y aún así, Singapur está muy lejos de cualquier eje del mal o de cualquier condena occidental. Lo dicho, Ana y Joaquín la veían como la encarnación del mal, donde el dinero es el valor supremo y lo demás -las personas, lo importante- es prescindible.

Me hablan de ella Ido y Roten que han estado unos días en casa de unos familiares que viven aquí desde hace unos años. Me comentan que el índice de suicidios de jóvenes en Singapur es de los más altos del mundo –a pesar de los altísimos estándares de vida, nadie aquí se mata por falta de comida en el plato-. La presión en la existencia de todo ciudadano de esta ciudad-estado por triunfar es tan grande, la competitividad a estas tempranas edades tan salvaje, que muchos no pueden con la presión. Me recuerda a las historias que me contaba Randal en Barcelona sobre su natal Hong Kong, donde los jóvenes dejaron de tener amigos –friendships– para centrarse en tener contactos –networking-.

Argumenta Astrid –gala y profesora de francés aquí durante un año- que el modelo penitenciario en Singapur es un éxito. Fruto de un sistema legal de los más restrictivos y brutales que incluye la pena de muerte y hasta la prohibición de los chicles, o si lo prefieres latigazos por vandalismo callejero -con rayar y pintar un coche basta-. Todo un sin fin de leyes que regulan la vida diaria de la ciudad. Argumenta que los índices de criminalidad en esta ciudad son de los más bajos del mundo entero, y no puedo no contestarle que suele pasar también en el mundo entero que en lugares tan ricos y con tantos medios económicos la gente suele tener alternativas más viables a la delincuencia y la cárcel. No tienen tanta suerte los que nacieron pobres en las barriadas de la vecina Jakarta, en ambientes hostiles que les empujan inevitablemente a verse en situaciones donde la delincuencia es la menos mala de la opciones.

Y me lo cuenta mi amigo Hans –una de las razones por las que al final decidí hacer escala en Singapur en mi camino a Bangkok-. Con Hans hacía 8 años que no nos veíamos –desde que partí de Helsinki– y parece mentira qué poco pueden llegar a cambiar las cosas en tanto tiempo. Hans, un tipo finlandés medio sueco y medio koreano que en este intervalo de tiempo ha vivido en Nueva York, Nairobi y en Tokio. Un ciudadano del mundo, culto e interesante, y despierto, sorprendentemente despierto. Descubro tras sus lentes Le Corbusierianas unos ojos rasgados que te observan desde muy adentro. Descubro mientras acompaña sus precisas y meditadas explicaciones con sus manos de pianista que las mueve exactamente igual que Félix, otro apátrida de los tiempos fineses, cuya mirada -también muy precisa- venía desde muy adentro.

Hans ha vivido durante casi dos años en Singapur trabajando como mercenario de la arquitectura -quién no lo es- y ya está listo para marchar. ¿La razón? No es ni el sueldo –es bueno-, ni el piso –es bonito y bien ubicado-, ni el clima –donde antes viviera fuera tan o más extremo que aquí-. Hans se quiere ir porque la vida en Singapur es reguladamente estéril y asfixiante, culturalmente luce un espléndido encefalograma plano a golpe de talonario, y más allá del ambiente afterwork de clubs sofisticados se cuece muy poco en esta ciudad muy cosmopolita pero vital e intelectualmente poco estimulante. Hans -un devoto de su amada Tokio– me confirma con sus otras palabras y con su experiencia directa lo que yo ya venía sintiendo mientras intentaba enrollarme con la despampanante Singapur por sus callejones y por sus caras más punkies hypermaquilladas. Singapur estará todo lo buena que tú quieras, pero es frígida, todo fachada: de tan impecable te resbala.

Y todo esto Hans me lo va contando a ratos. Un rato en el court food del barrio junto a su casa –la comida en toda la ciudad es excelente, variada y barata-. Y me lo cuenta en otro rato mientras nos hacemos los divos en el bar del Marriott Hotel, él con una copa de vino blanco y yo con mi gin&tonic de hendricks y su rodaja de pepino. Y me lo sigue contando mientras pacientemente espera a que tome las fotos de la espectacular Singapur en su momento de máximo esplendor: la Noche, cuando todos los gatos son pardos. Pero la Singapur nocturna es de todo menos parda: divina, brillante, vibrante y multicolor. La mujer perfecta de día lo es más noche cuando viste su traje de luces y lentejuelas tras su máscara de maquillaje ¿Una máscara que enfatiza o que oculta?

“Ocurre con las ciudades como con los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un miedo. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra.” Italo Calvino, en Las Ciudades Invisibles.

No lo oculto: ¡Me fascinan las ciudades! Me fascinan porque las veo como lo que son: el objeto más gigantesco y más complejo fruto de los seres humanos. La expresión última -consciente o inconsciente- de unas aspiraciones, de unos deseos. De unos deseos, o de sus reversos, de unos miedos. Las ciudades pueden ser como las personas -y tiene su lógica porque son hijas las unas de las otras-. Y porque las ciudades son como las personas no puedo dejar de preguntarme porqué Singapur es frígida ¿Porqué cuando eras una cría te rechazaron y aún a pesar de eso -y de muchos sacrificios- ahora brillas como una gran dama? ¿O porque buscando obsesivamente tu pureza y tu perfección, acabaste por olvidar tu impureza y tu imperfección, condiciones sin las cuales resulta casi imposible enamorarse de las ciudades o de las personas?

Rutas. Malasia Peninsular

1. Recorrido:

Desde la frontera de Tailandia en Bukit Kayu Hitam hasta Indonesia via KL / 26 días
Georgetown (1-2-3-4) > Kuala Lumpur (5-6-7) > Melaka (8-9) > Kuala Lumpur (10) > Cameron Highlands (11-12-13-14) > Taman Negara (15-16-17) > Kota Bharu (18) > Perhentian Islands (19-20-21) > Kuala Lumpur (22-23-24-25-26)

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2. Presupuesto & Gastos:

Desde la frontera de Tailandia en Bukit Kayu Hitam hasta Indonesia via KL / 26 días (Abril-Mayo 2012) / Visado gratuito de 90 días al llegar al aeropuerto – Pasaporte válido para 6 meses / Gastos Totales durante el Viaje: 478€ / Gasto medio diario: 18,4€

 Cambio Abril-Mayo 2012 / 1€ = 4 Ringgit
· Precio Plato de Comida: De 4 a 7 Ringgit
· Precio Cerveza: De 5 a 8 Ringgit (330cl)
· Precio Cama en Dormitorio: De 15 a 25 Ringgit

3. Escritos:

01. Te busqué y no te encontré. Malacca, Malasia.
02. Y todos tan distintos. Georgetown, Malasia.
03. Cruces, cumbres & calvarios. Kuala Lumpur, Malasia. Sección Irreflexiones.
04. Mar de té. Cameron Highlands, Malasia.
05. Esta jungla es un desierto. Taman Negara, Malasia.
06. Postales. Una vela. Gua Kepayang. Sección Postales.
07. Noches de blanco satén. Pulau Perhentian, Malasia.
08. Rojo Tono Alba. Pulau Perhentian, Malasia. Sección Gentes.
09. Las Dos Torres. Kuala Lumpur, Malasia.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Las Dos Torres. Kuala Lumpur, Malasia

Las dos Torres Petronas despuntan en cielo de Kuala Lumpur, dos agujas plateadas de cantos afilados brillando en la negrura de la noche. Las Torres Petronas fueron el hito que puso a Malasia -en general- y a Kuala Lumpur -en particular- en mapa mundial de las ciudades más avanzadas, la hija ejemplar de una de las economías más dinámicas del planeta. Fue el mito de las dos Torres Petronas el que alimentaba mis expectativas mientras me dirigía por primera vez hacia una ciudad a la que volví hasta 4 veces más y que en mi imaginario había crecido por encima de su tamaño en la realidad.

Fue esa ilusión, cocinada a fuego lento en mi cabeza durante tantos años, la que me hizo ver en aquella madrugada de miércoles una ciudad venida del mundo de los sueños. Una megalópolis asiática idílica en la que elegantes torres de apartamentos de acero y cristal se alzaban orgullosas iluminadas en la noche sobre pedazos de jungla parcheada por cinturones de autopistas de corte occidental. Un mundo perfecto de ficción desfilando ante mi mirada atónita y mi mandíbula desencajada mientras Cristina seguía durmiendo en el sillón de al lado. De noche todos los gatos son pardos y una fotografía es, por definición, una ilusión. Y fue así que a la mañana siguiente y durante los días posteriores fui descartando la errónea idea preconcebida que cargaba a cuestas para zambullirme en la ciudad real que me hechizó con su naturalidad y fresca variedad. Una ciudad que también contaba con sus muestrario de callejones truculentos y barrios periféricos dignos, pero sin alma ni gracia alguna.

A la cuarta Kuala Lumpur que visité la encontré todavía de noche y totalmente vacía. Serían las 5 de la madrugada cuando desembarcaba por sorpresa, procedente de las Islas Perhentian, en una terminal que desconocía. Despertaba al alba del día anterior en un paraíso pero con el corazón encogido por una morriña intensa que se explicaba, en gran parte, porque ese día se casaban mis amigos Marta y Víctor. Había pasado toda la jornada viajando y esperando como ocho horas para volver a viajar de noche. Todo el mundo iba a estar allá, todos juntos y todos guapos y todos alegres y felices. Y sin saberlo yo lo sabía. Sabía que los echaba de menos.

Hice tiempo en la soledad de un restaurante abierto hasta el amanecer, esperando que abrieran el monoraíl. Esperando a que amaneciera para que esta ciudad me pareciera menos dura, aunque la verdad era que ya me sentía como en casa. Cuando a las ocho de la mañana llegué al hostal lo primero que hice fue conectarme para ver si algún despistado se había dejado el skype abierto. Y sí, allí estaban todos, todos bien entonados y alegres y felices porque un par de los nuestros se habían casado aquella tarde. Amanecía en mi pequeña Kuala Lumpur y yo, ya con el corazón contento, saluda en vivo a mis amigos en las madrugadas del Maresme.

Kuala Lumpur ya me la siento como muy mía. Muy mía no tanto porque la visitara tantas veces. Me la siento tan mía porque Kuala Lumpur es en realidad una ciudad pequeña y abarcable. Un trocito de mundo muy bien conectado por una gran variedad de transporte público de última generación. Una ciudad que te podrá ofrecer alojamiento algo caro pero que a cambio te regala comida variada por todas partes y a buen precio. Variada y abarcable: su Chinatown, su Little India y sus zonas de grandes megamalls –grandes centros comericales- están en realidad a un tiro de piedra los unos de los otros. Las elegantes Torres Petronas por otra parte tampoco están tan lejos y siempre puedes dejarte caer dándote un paseo. Es una ciudad que mezcla bien su pasado colonial británico con sus callejones mugrientos y sus boutiques de diseño vanguardista donde todo lo que se vende tiene precios prohibitivos.

Es una ciudad nueva cuyo nombre significa en realidad “confluencia del río fangoso”. Una ciudad que tiene su fundación en unas minas de estaño explotadas por emigrantes chinos -1850- y que empezó a crecer a golpe de ladrillo bajo mano inglesa alrededor de 1890. Una ciudad que es tan nueva que avistándola desde la Torre KL nos damos cuenta con Cristina que su perfil no nos impresiona, y dándole vueltas descubrimos que es porque muchos edificios están a oscuras al caer la noche, para extrañamente constatar al día siguiente paseando por el centro que muchos de ellos siguen vacíos aún teniendo ya varios años.

Tengo una extraña sensación caminando por una ciudad de megamalls muchos de los cuales ya pasaron sus mejores años y vegetan en la más triste de las decadencias, mientras a tres cuadras más allá se renueva la apuesta de querer seguir siendo eternamente la más joven y la más guapa del baile. Solamente eso y nada más. Ese tipo de apuestas vitales que envejecen mal y que aquí se hace tristemente plausible.

Es una ciudad que luce orgullosamente su independencia reconquistada, al tiempo que jóvenes acampan en la Merdeka Square pidiendo un sistema político hecho por y para cuatro. Una Kuala Lumpur que se jacta de estar en vanguardia y que lo está por reflejar también los problemas del mundo entero: Una multiculturalidad intrínseca a si misma que parece no estar del todo resuelta. Una minoría china que lleva centenares de años viviendo allí y que siendo emprendedora por naturaleza disfruta de menos derechos que los “técnicamente” malayos. Otra minoría antigua -pero renovada recientemente- que viene de India, Sri Lanka, Bangladesh, Pakistán o de la vecina Indonesia. La casta inferior obrera que levantó las dos Torres y todo lo demás. La que fue bienvenida cuando nadie quería trabajar tan duro por tan poco y que ahora es etiquetada como un “problema” aún debiéndosele gran parte de las glorias tan insignes de las que presume Malasia.

Una gloria que, una vez más, es reflejo del dinero que es poder, y del poder que es dinero. Un poder económico que quiere manar de la vanguardia, pero que reside, guste o no, en el estaño, el aceite de palma –que ha arrasado centenares de miles de hectáreas de selva virgen- y del todo poderoso petróleo. Las Dos Torres se llaman Petronas, y Petronas vende petróleo. Es el oro negro el que una vez más pagó vanidades y sueños locos que aún siendo prescindibles no dejan de maravillarnos.

Kuala Lumpur, por no hablar de Malasia, es un pequeño rompecabezas con sus escasos 28 millones de habitantes. La ciudad y el país son reflejo de muchos mundos y muchos tiempos condensados en un mismo instante y en un mismo lugar. Y aún así, tras mi 5ª visita, me la siento muy mía. Como un pueblo grande, como un joven portento adolescente que en la virulencia de la afirmación de su contrariada identidad despierta una empatía que mana del saberse que todos hemos estado o estamos atrapados en los mismos retos y las mismas incertidumbres.

Rojo Tono Alba. Pulau Perhentian, Malasia

Alba es un bofetón en la cara. Alba y su carcajada contagiosa es la prueba de que “no son las circunstancias, es lo que tú decides hacer con tus circunstancias”. No tengo una foto de Alba, pero tengo un cuadro de Rothko.

La primera vez que presencié un Rothko fue en Londres, en la Tate Gallery, me gustó pero no me impresionó. La segunda vez que presencié un Rothko fue en San Francisco, en el MOMA, y esta vez Sí me impresionó. Estábamos al final de aquel viaje épico de 6 semanas por los EE.UU. con Andreu y durante nuestra parada en Frisco nos dejamos caer por el museo para ver algo de arte moderno y poner algo de orden en nuestras vidas tras 5 días de locura viviendo en una hermandad universitaria al más puro estilo americano. No podría decirles nada de lo que vi porque lo único que recuerdo de aquel templo a la sensibilidad humana fue un gigantesco y magnético cuadro Rojo que me hizo, literalmente, vibrar. Era una Rothko Rojo. Pero era rojo y era púrpura y era granate y era negro y lo era todo y sentí cómo vibraba al fondo de la sala. Era un universo delimitado por cuatro costados y un supuesto único color, pero dentro de sus límites era todo eso y mucho más. Se expandía por momentos y parecía albergar todas las cosas en un mismo punto.

Todo esto viene a cuento porque me parece haber comprendido que unos límites no definen necesariamente unas limitaciones. Los límites suelen ser físicos e indiscutibles, pero las limitaciones suelen ser invenciones humanas, y como las tales, nos la ponemos nosotros, y como tales, lo mismo que nos las ponemos nos las podemos quitar: “no son las circunstancias, es lo que tú decides hacer con tus circunstancias”.

No sé nada de Alba. Sólo sé que cuando ríe lo hace con ganas. Que lo pregunta todo y que lo responde todo. Que acaba de pasarse año y medio viviendo en la India colaborando con la Vicente Ferrer. Que cuando nos conocimos viajaba con dos muy buenas amigas y mejores personas, Patty y Helena, y se les había sumado Marta hacía nada. También sé que aún teniendo claros sus límites nunca se impondrá ninguna limitación. Cuando toque bucear en arrecifes de coral y jugar con peces multicolores lo hará y lo disfrutará. Cuando el plan sea quemar la noche de Kuala Lumpur lo hará y lo disfrutará. Que cuando toque saltar del faro, subirá las escaleras a tientas y dará un paso al frente dispuesta a saltar al vacío y vivir la vida.

Alba sigue viajando al 200% sobre su 100%. Hace mucho que no sé de ella pero estoy seguro que sigue partiéndose la caja a la mínima que puede. Puede que los límites que le fueron impuestos de nacimiento no le permitan ver con los ojos, pero Alba parece ver y vivir cada momento con toda su alma más allá de lo que su sentido de la vista le permita.

No sé nada de Alba, pero pienso en ella cada vez que me sorprendo no viviendo el momento al 100%. Pienso en su curiosidad y en sus carcajadas cada vez que me sorprendo medio mustio sin motivo. Alba es una prueba irrefutable más de que vendrán tormentas, el cielo se tornará negro y estará todo perdido y el mundo será de los que no lo merezcan. Pero la vida, la vida es y siempre será de los que hayan aprendido a captarla y a vivirla, y ese es por encima de todos, el más valioso y preciado de todos los sentidos. Pero con éste no se nace. Éste, se conquista.

Noches de blanco satén. Pulau Perhentian, Malasia

Ha bajado la marea y me parece que, si quisiera, podría andar por el mar hasta el fin del mundo. Y si bien mirar hacia adelante es importante no menos es mirar de vez en cuando hacia atrás, por aquello de no perderse en uno mismo, o en este mi caso, dejar la orilla de la pequeña Pulau Perhentian demasiado lejos. Serán como las 3 de la madrugada y brilla en el cielo una espectacular luna llena. El agua del mar que me llega por ombligo está tibia, algo fresca, lo justo para sentir el cuerpo en tensión. Todo el universo a mi alrededor está envuelto en un silencio roto por el suave chapoteo del mar contra casco de los botes. Todo el universo en calma y bañado en plata en esta noche de blanco satén.

Cuánto tiempo ha pasado desde que nos dimos las buenas noches y todos fueron a dormir no lo sé. En este momento de eternidad me dejo perder en esta noche tropical de mediados de mayo. Una noche que, como la de ayer y la de mañana, la pasamos en la playa, junto a las hogueras, bebiendo, bailando, charlando, bailando y gozando de la vida como se sólo se puede gozar en una pequeña isla de aguas turquesas, cocoteros y alojamiento barato que raya la indigencia.

En esta islita que se cruza en diez minutos lo pasé a lo grande en compañía de un francés cuyo nombre ya olvidé, y con dos soles del norte: Asta, noruega, y Ana, polaca. Asta, una jovenzuela con escasos 21 años, fotógrafa y abandonada por el momento a una vida nómada por el sureste asiático fotografiando payasos en sus más bizarras variantes. Ana, una polaca de piel tostada por el largo sol del que viene gozando desde hace meses, con una sonrisa cálida que ilumina la escena pero con una mirada glacial que refleja algo que callan sus palabras y que revelan sus maneras. Una superviviente nata que se curtió para tirar pa’ lante, lo mismo que suaviza sus formas cuando ya se siente relajada. Todo un desafio a la inteligencia –porque de tonta no tiene un pelo- y la mano izquierda –porque disfrutar de su compañía sin sufrir percance alguno requiere temple-.

Días de levantarse tarde para darse un baño, leer a la sombra antes de darse otro baño o ir a almorzar al centro de la isla al único bar que tiene internet y que no te cobra un ojo de la cara. Días de dejar que pase el tiempo hasta que llegue el atardecer para cruzar de nuevo la islita e ir a ver al muelle cómo se pone el sol por el occidente. Días que son los previos de las noches que dan comienzo con la proyección de la película petarda de turno que es la excusa para encontrarnos a una hora y en un lugar antes de asaltar los chiringuitos que prenden música en los altavoces y fuego en la playa.

Y por si Asta y Ana no fueran suficiente, van y aparecen de nuevo el Cuarteto Calavera. 4 huracanes catalanes que conocí en Taman Negara y que reaparecen con el estruendo de sus risas en las Perhentian. Patty –con quien resulta que compartimos conocidos de instituto y una buena amiga de universidad-, Alba, Helena y Marta. Los dioses han querido ser generosos conmigo y uno de los días lo paso en compañía de estas 4 espléndidas mujeres de mundo buceando alrededor de la isla. Buceando a tubo y a pulmón para acabar viendo tiburones de un par de metros, nadar con tortugas de mar, quedarme embobado en jardines de colar que desafían cualquier teoría del color que pudiera haber aprendido. Y rematando la jornada  al atracar en un playa que bien podría ser ibicenca o catalana, para ver centenares de anémonas y peces payaso, y un gigantesco pez loro que se pegó un susto conmigo casi tan grande como con el que me pegué yo con él.

Mi paso por las Perhentian -este pequeño paraíso frente a la costa oriental de Malasia- hubiera sido redondo de no haber sido, una vez más, por esta cámara que me ha vuelto a fallar. Frustración, rabia e impotencia que no consigo contrarrestar por mucho que lo intente. Frustración, rabia e impotencia a las que finalmente consigo sobreponerme dejándome mecer en un mar a oscuras de aguas tibias, algo frescas, en una chispeante noche de luna llena que bañó mi mundo entero de un inolvidable blanco satén.

Esta jungla es un desierto. Taman Negara, Malasia

En el corazón de Taman Negara todo fluye. Todo fluye porque el agua reina. Reina el agua por los cauces de aguas turbias que cuartean el parque. Reina el agua en la inclemente lluvia torrencial que, implacable, barre sistemáticamente las llanuras y las colinas. Y sigue reinando el agua en un ambiente sofocante donde la humedad no baja del 100% y reina el agua que fluye por los troncos de los árboles que pecando de orgullo se alzan rectos y majestuosos hacia los cielos siempre opacos. Pecan de orgullo porque si bien saben que el terreno es arcilloso e inestable, no saben cómo dejar de ser ellos mismos y acaban sucumbiendo a las tormentas, que ablandarán la tierra, y a los vientos, que atormentarán sus vanidosas copas para terminar tumbándolos de nuevo sobre el suelo de la jungla. Y tras la caída y el estruendo, el agua seguirá fluyendo por los ríos turbios, los troncos rectos y por nuestras sienes empapadas.

Esta es la jungla más antigua del planeta, un lugar que durante 130 millones de años –los dinosaurios se extinguieron hace tan sólo 65 millones- escapó a los cataclismos planetarios y a los cambios climáticos. Yo sabía que venía a ver jungla, mucho verde, a sudar a borbotones y a vérmelas de nuevo con las sanguijuelas. Lo que no sabía es que comprendería que no todas las llamadas junglas lo son, ni que sudar es una cosa y otra bien distinta es vivir empapado, ni que las sanguijuelas son ciertamente un animal tan repugnante como fascinante, y que aquí, en Taman Negara, cientos de ellas acechan en los caminos a la espera de su próximo huésped.

Llegamos en barco hasta Kuala Tahan tras 3 horas de travesía en lancha por el río y saldríamos de aquí a la mañana siguiente rumbo al norte donde tras 2 horas río arriba. A lado y lado siempre la impenetrable jungla envuelta en jirones de niebla, que en realidad son nubes cargadas de humedad preparándose para el nuevo chaparrón. Somos 7 y nuestro guía, Hakim. Un tipo menudo y fibrado que me cuenta que si de joven fue un poco bebedor y pendenciero, desde que nació su pequeña se ha vuelto un buen musulmán y un abnegado padre. Que le gusta su trabajo –aunque cargue con una mochila que bien podría equivaler a su peso corporal y que ninguno de nosotros conseguimos levantar- pero que en lo único que piensa cuando está en la jungla es en volver a casa para ver a su pequeña.

Los demás miembros del grupo son un pareja francesa muy parisiense, tres amigos alemanes y otra pareja, de alemanes también, que sorprenden por su edad, su buena forma física y lo bien que se toman todas las contrariedades de la ruta. Son uno de esos casos que me reconforta encontrar para comprobar que esto del viajar y vivir aventuras no termina ni a los 30, ni a los 40, ni a los 70. Somos un buen grupo, extenso y variado y de una sana alegría contenida.

La ruta por el bosque lluvioso es lenta y pesada. Empezamos todos muy dispuestos a hacer lo imposible por no embarrarnos hasta que uno tras otro comprendemos que será imposible, que esta arcilla clara en la que se asienta el bosque será tan parte nuestra como lo será el sudor y el agua de ríos que tendremos que cruzar y que nos calará hasta los huesos. Porque habrá que cruzarlos, claro que sí. Todo fluye en este parque y si bien los caminos siguen trazados fijos, el tamaño y la profundidad de los riachuelos puede variar de un día para otro. Lo que ayer era un arroyo, hoy significa cargar la mochila sobre la cabeza y adentrarse en aguas embarradas donde es imposible saber qué se pisa y cuándo darás el paso en falso. Cruzamos ríos, y no fueron ni uno ni dos ni tres, cruzamos ríos y fueron hasta siete.

Y entre río y río las sanguijuelas me suben por las piernas, y a cada rato me las voy quitando. De nada sirven los esprais ni los pantalones largos. Al final, lo mejor, y lo que nos recomienda Hakim es vestir corto y estar atento. Sólo así las podrás ver escalándote la pantorrilla para arrancarlas a tiempo. Pero deberás ser ágil e implacable porque ellas son rápidas y astutas como el mismísimo demonio. Por otro lado, si consiguen morderte sin que te enteres, mejor será dejarlas hacer hasta que hinchadas de sangre y exhaustas se dejen caer por sí mismas porque sólo así te ahorrarás la hemorragia –las sanguijuelas aplican en anestésico para la mordedura y un anticoagulante durante el proceso de succión-.

Y pesar del barro, de los ríos y de las sanguijuelas siento que esta jungla es decididamente distinta a todas las anteriores que visité en este viaje. Es la humedad, es su impenetrabilidad, es la sensación de ver como todo es un constante germinar, crecer, morir y podrirse. Es la exuberancia de una naturaleza en su estado más indómito y agresivo. Es entender que perderte aquí sería morir, que este ambiente te es hostil y que con una noche bastará. Una noche que pasaremos en una cueva en el corazón de la jungla, Gua Kepayang. Una cueva con el piso de barro seco, cubierta murciélagos, pero que nos cobijará durante el diluvio nocturno. Una cueva inhóspita pero que tras el paso por la jungla nos reconforta como el más cálido de los hogares. En la noche y a la lumbre de las velas, mientras pretendemos secar nuestras ropas empapadas que nunca secarán, siento que son estos instantes los hacen que valga la pena todo el sin sentido de este hoy y del mañana. Este deambular por esta tierra de nadie sin rumbo ni destino.

O puede que vaya errado, puede que esta tierra sí sea de alguien. Porque Taman Negara está poblada por centenares de criaturas, criaturas entre las cuales también cuentan los humanos, y más concreto los Batek. De los Batek sorprende sobretodo su aspecto. Sorprende porque no tienen rasgos asiáticos en absoluto y por el contrario recuerdan a los pueblos de Nueva Guinea o a los aborígenes australianos. Taman Negara es una jungla pero también fue una isla o una cárcel, una cárcel que atrapó y aisló a los Batek durante miles de años en su migración hacia tierras lejanas. Y los aisló mientras los nuevos malayos llegaban del norte y repoblaban la península. Quiso el paso de los años y la llegada de la civilización, romper el hechizo y liberar a los Batek de su aislamiento. Pero la liberación fue más una conquista.

Hoy en día los Batek no pueden vivir dentro de los límites de parque, su hogar ancestral. Han sido despojados de todo título de propiedad y por supuesto condenados a vivir en una estado semi-nómada en los márgenes. En un mundo de nada que no es la vida moderna que ni pidieron ni quisieron, ni su vida pasada a la que nunca renunciaron. Sin educación ni organización no pueden plantar cara a la nueva Malasia que ha tomado posesión de su mundo, y sólo les queda un mal vivir y mal vender su ancestral sabiduría a turistas sin escrúpulos a los enseñar cómo hacer fuego o cómo disparar una cerbatana. Para más no sirven y para más no cuentan. Totalmente marginados y expoliados navegan a la deriva de los márgenes del parque hasta que el último de los suyos se haya diluido en este mundo moderno implacable con el débil que no tiene voz.

Amanece y la luz del nuevo día se cuela a través del techo de la jungla hasta el interior de la cueva mientras desayunamos y recogemos el campamento. No hace ni 24h que estamos aquí pero todos tenemos la sensación que ha pasado mucho más tiempo. Nos vestimos de nuevo con las ropas empapadas de ayer que no se secaron y retomamos la marcha.

Los recuerdos y las sensaciones de la jornada de hoy se confunden con los de ayer. Esta jungla será verde, pero en realidad es un desierto cuya solemne monotonía es precisamente lo que engancha y enamora. Esta jungla es un desierto habitado por elefantes, tigres, leopardos y hasta rinocerontes. Pero todos ellos son tímidos o precavidos y bien se cuidan de perderse en las entrañas de la jungla, bien lejos de los humanos. Aislados del mundo por la humedad sofocante que todo lo empapa, aislados por las lluvias torrenciales que azotan día sí y día también esta tierra, aislados por la maraña de ríos y riachuelos de aguas que embarradas que fluyen sin parar cincelando con su lento devenir la historia de la selva más antigua del planeta Tierra.

Mar de té. Cameron Highlands, Malasia

Empezaba a caer el sol y se notaba entre la niebla ese tamizado y sutil apagarse del día. Ya estaban cerrando cuando en un último momento llegamos casi a la cima y cruzamos el cercado que cerraba las obras. Subí los escalones en construcción y de repente me había precipitado al fondo de un bosque eterno donde el aire siendo ligero era espeso, donde la brisa y la llovizna me acariciaban la piel y donde las sombras difusas de los árboles cubiertos de musgos antiguos parecían susurrarme palabras que no llegué a comprender. En el fondo de este bosque que está en la cima de una montaña experimenté como nunca antes que los árboles tienen vida, que es sentida y reposada y que sigue sus tiempos. Me habría podido dejar perder en este instante eterno en este lugar atemporal pero el día que se apagaba por instantes, caía la noche y los gritos de Juri me hicieron volver de nuevo a la realidad de las Cameron Highlands.

Hay algunos momentos en el viaje en los que te preguntas aquello de ¿porqué vine aquí? Otros, la gran mayoría, piensas lo otro, lo de ¡Ostras, no está mal! ¡Me gusta, sí, tiene su punto! ¡Esto es especial! Y hay otros días, los más escasos, en los que sencillamente te quedas prendado del momento y del lugar. Mi paso por la Cameron Highlands tuvo algo de efecto yo-yo, propiciado por una visita relámpago de vuelta a Kuala Lumpur para cambiar mi nueva cámara que falló tras sólo 12 días de haberla estrenado. Pero insistí, porque si bien es un potentísimo foco turístico local, con toda la frivolidad que el turismo de masas implica, las Cameron Highlands me tenían reservados tres de momentos más que me supieron a gloria.

Siguiendo la Ruta Número 1 nos dejamos perder por un bosque verde y húmedo a rabiar que gotea misterio bajo la niebla que fluye entre las ramas cual volutas de espeso humo de cigarrillo de tertulias. Subimos como podemos, agarrándonos a las raíces en esta ascensión casi vertical en la que la humedad y el sudor se mezclan nublándonos la vista para descubrir al paso que ya alguien se llevó el camino, dejando tras de sí árboles caídos y barrancos recién despeñados con la tierra todavía fresca. En medio de esta nada me pregunto por este lugar y porqué siendo tan inhóspito me sienta tan sereno. Hoy me acompaña Juri, uno de los húngaros con quien he hecho buenas migas y con el que charlamos por los descosidos durante todo el descenso a través de plantaciones de té. Él se detiene a cada rato para tomar fotos, yo no. Mi cámara nueva se ha fundido y yo con ella. Mañana volveré a Kuala Lumpur a por otra nueva.

Ya estoy de vuelta y Juri y Rita me esperaban aquí. David y Amanda ya partieron. Me proponen ir al Jardín de las Mariposas haciendo autostop y respondo que por supuesto. En media hora ya estamos allí y nos tiramos 2 horas más disfrutando como niños con todos los bichos que allá tienen. Jugar con una serpiente o con un gigantesco insecto palo, o ver de cerca a los lagartos o a escorpiones de un palmo. Y mariposas, muchas mariposas y todas enormes. Somos 3 niños grandes que hoy han querido ser pequeños de nuevo y se han dejado maravillar por las cosas mágicas de este mundo. Cosas mágicas que son la vida misma pero que nos quedan tan lejos en ese mundo asfaltado de ciudades antiguas llamado Europa.

Se acerca el fin y mi paso por estas tierras frescas que son excepción en la tórrida y vaporosa Malasia, pero todavía no he visto lo que vine a ver. Las suaves colinas ondulantes, el mar de olas verdes cuyo cuerpo estriado lo definen las plantaciones de té. El té que trajeron los ingleses y que ahora es seña de identidad malaya. Que las imágenes hablen por sí mismas hasta donde las palabras queden cortas. Que los ojos de cada cual otorguen el valor en la justa medida a estas naturalezas artificiales fruto de la mano del hombre que acabaron por convertirse en gigantescos jardines por los que pasear la vista y los buenos ratos con unos compañeros de viaje de aquellos que uno siente que ya son amigos y que podrían serlo por el resto de la vida.

Una pareja de las pocas que abundan en estos mundos de petate siempre al hombro. Amables, interesantes, curiosas y tan enamoradas de sí mismas que de tanta alegría que tienen les sigue quedando cariño e interés de sobra por y para el mundo y los habitantes que lo vivimos y lo viajamos.

Y todos tan distintos. Georgetown, Malasia

A la pregunta de por qué me hice arquitecto le he ido cambiando la respuesta con los años. Si hoy me lo preguntan diré que me hice arquitecto porque creo fervientemente que en lugar bonito es más fácil ser feliz. Tan sencillo como esto.

Llegué a la isla de Penang en uno de esos increíbles autobuses malayos a través de una de esas increíbles autopistas malayas. Después de 6 meses porque carreteras infames en transportes al borde del desguace, viajar por Malasia se está convirtiendo en algo sumamente placentero, todo un lujo teniendo en cuenta mis elementales estándares de confort. Llegué a la isla de Penang un poco a la expectativa de lo que me encontraría tras la desilusión de Malacca y creo que esta vez tuve la suerte de ir a parar a uno de eso lugares bonitos y confortables que tanto han escaseado en mi ruta. No es que no los haya, es que no me los puedo pagar porque se me salen del presupuesto. Pero la Old Penang Guesthose cumplía todos los requisitos y ya en el preciso instante en el que crucé el umbral entendí que aquí iba a estar muy a gusto. Dejar los trastos en el dormitorio, darme una ducha y listos para salir a la calle cámara nueva en mano para descubrir una ciudad que me sedujo des del primer minuto.

Georgetown, aunque los malayos se empecinen en referirse a ella como Penang, es fruto de esa globalización que empezó mucho antes del internet. Fue la globalización que acompañaba al colonialismo más feroz y esa fue la razón por la que en 1786 desembarcó en esta isla escasamente poblada uno de esos buscavidas de las Indias Orientales. El inglés Francis Light estableció un nuevo puerto, construyó la fortaleza de rigor y empezó el florecimiento de esta ciudad que vendría a ser punto de encuentro de muchas razas del mundo entero. Los malayos por supuesto, aún no pareciendo la mayoría. Los chinos, que sin ser mayoría parecen abarcarlo todo. Y luego los indios, los bengalíes, inmigrantes de Sri Lanka, Bangladesh, Myanmar, Japón, y por supuesto, Ingleses. Y más, muchos más para esta ciudad que supo cómo mezclar y que todavía conserva todos esos aires al mismo tiempo.

La excelente arquitectura colonial inglesa, neoclásica y victoriana, contrasta con la omnipresente trama urbana colmada de arquitectura china de las colonias. Casas y más casitas adosadas las unas a las otras, construidas con los mismos motivos pero dispuestos con tal infinita variedad que a cada rato me sorprendo fotografiando otra puerta más, con sus ventanucos y la serigrafías particulares con el nombre de la familia trazados en estilosos caracteres chinos.

Luego te descuidas y te encuentras en medio de una pequeña Little India con su música a todo volumen dando ambiente a las calle y rodeado de tiendas de saris de brillantes colores y mucha lentejuela, y dorado, que no falte el dorado que eso siempre luce. Un pequeño templo de colores pastel que parece hecho de caramelo en el estilo del sur de la India y uno ya se vuelve a ver catapultado hacía la trama urbana de casitas bajas que está moteada a cada rato por sus templos de tejados estilizados y sus casas comunales: una especie de club social y lugar de culto a los ancestros.

Y al final de cada escapada siempre dispuesto a volver a mi hogar, a mi lugar bonito en el que refugiarme. Georgetown puede que no tenga para tanto, pero yo le dediqué hasta seis días y no me sobró ninguno. Al compás del desayuno con tostadas y mermelada, y marcado por el ritmo del chaparrón del medio día que tornaba los cielos del color del plomo y descargaba tal cantidad de agua que parecía dar la jornada por finalizada. Pero siempre volvía a salir el sol y era la excusa perfecta para visitar la exquisita catedral protestante y la espacialmente sorprendente catedral católica. Y luego estaba la mezquita malaya y el templo chino envuelto en una nube de incienso y colmado mugre en los rincones.

Pero toda esta bella historia de multiculturalidad y mundos encontrados no fue siempre pacífica. Cada nacionalidad tenía y vivía en zona, mezclados pero no revueltos. En el transcurso de los siglos también hubieron momentos de tensiones, de matanzas y de toda la tropelía de salvajadas a las que recurren los humanos cuando ponen más acento en lo poco que les separa que en lo mucho que los une. Los años oscuros ya pasaron y las tres culturas parecen convivir en serena armonía, cada uno a lo suyo sin darse pisotones ni robarse las novias.

Tras ya varios días en la ciudad, y dando por finiquitado lo que tenía que ofrecerme todavía me sorprendió con algunos pequeños regalos caídos de cielo. Un domingo por la mañana, un paseo por el antiguo distrito financiero acabó con una muy sugerente puesta en escena de las supuestamente recatadas mujeres malayas. Una masiva clase de aeróbic en plena calle, de mujeres de todas las edades, la mayoría cubiertas con su velo musulmán. Recatadas sí, pero cuando la música empezó a sonar sus cuerpos empezaron a moverse con las posturas más sensuales que he visto en pocas discotecas en occidente. Aún con las calenturas frescas de la clase de aeróbic, decidí seguir andando hasta los muelles para encontrarme por casualidad con los jettys. Y un jetty viene a ser algo así como un pueblito de madera que cuelga de una calle, pero que en vez de estar en tierra, se levanta sobre el mar. Que manual de rincones amables y de vida sencilla. Que reguero de casitas de muñecas de los más variopintos colores.

Y cerrando ese mismo domingo, al atardecer, tras el aguacero del medio día, me dejé caer por el cementerio protestante. Era una tarde lúgubre y oscura, en la que merodeé a solas entre tumbas antiguas y monumentales, cubiertas de musgos tiernos de un verde intenso que sabía a vida y que contrastaba con la muerte del lugar. Un buen rincón de la ciudad donde fantasear un poco y preguntarse el porqué de tanta tumba suntuosa si total al final acabamos todos igual.

Me voy despidiendo ya de Georgetown no si antes mencionar una manifestación. No fue la virgen ni buda ni ningún santo musulmán. La manifestación en cuestión era de un amplio grupo de la sociedad de este país que anda cansada de una democracia de paripé en la que siempre acaban mandando los mismos para si mismos. Que hacen y deshacen las leyes según les convenga y que siguen respaldando a una realeza –los diferentes sultanes- que gozan de unos privilegios por encima de la población por el simple hecho de ser hijos de su padre y de su madre –quién no lo es-. Me pilló por sorpresa que a tantos miles de kilómetros de distancia de España y Cataluña hubiera en las calles de Georgetown y en las de todo el país, un grueso de gente manifestándose por unos motivos que bien podrían ser los nuestros.

Ya ven ustedes, la globalización y todos tan distintos para al final acabar compartiendo los mismos anhelos y las mismas inquietudes. Da igual que sean malayos, chinos, hindúes, españoles o catalanes. Un mundo en el que interés y los privilegios de unos pocos prevalece sobre el interés de la mayoría es un mundo que siempre valdrá la pena desafiar.

Te busqué y no te encontré. Malacca, Malasia

“Huyeron justo antes del alba, en el momento más frío y oscuro de la noche. Huían de los enemigos que cercaban al imperio que tras años de dominio se desmoronaba por momentos bajo el empuje de los nuevos dueños y señores de estas aguas. Los javanes no nos dieron cuartel y cruzamos el estrecho hacia tierras nuevas y extrañas. Atrás dejo mi hogar, las colinas verdes de Sumatra, sus ríos y sus junglas espesas y oscuras como la noche.

En esta nueva tierra extraña nos persiguen nuestros enemigos de ayer y los lugareños tampoco nos dan cuartel. Son vasallos del poder siamés que reside en Ayutthaya, allá en el norte por encima de la península. No nos queda más remedio que seguir remontado la costa hacia el norte hasta que finalmente hoy hemos encontrado este lugar. El río que nos abastece de agua dulce y su puerto de aguas profundas lo convierten en el emplazamiento ideal.

Mi nombre es Parameswara y soy el útlimo de mi casa, los Srivijaya, descendiente de un antiguo linaje que se remonta cientos de años más allá de los mares de Sumatra hasta la India. La ciudad que hoy fundo se llamará Malacca, una nueva joya de oriente y el nuevo punto de encuentro entre las tierras bañadas por el océano Índico y los mares de la China. Corre el año 1400.”

Esta es la historia del que sería primer Sultán de lo que actualmente conocemos como Malasia, un país muy reciente y con una historia y una idiosincrasia muy particulares. Parameswara se convirtió al Islam bajo de la mano de mercaderes indios venidos del Gujarat, al oeste del Indostán. Pero consolidó su poder y la seguridad de sus aguas y sus puertos gracias a la protección de la nueva China Imperial Ming. Las impresionantes Flotas del Tesoro al mando del Almirante Zheng He que durante dos décadas surcaron el Índico, establecieron un antes y un después en lo que vendría a ser el período más próspero de la nueva Malacca desde su localización estratégica aún hoy en día –no es casualidad que la ciudad-estado de Singapur florezca tan sólo unos cientos de kilómetros al sur-.

Atraídos por sus riquezas llegaron primero los portugueses con sus cañones y sus artes de guerra implacables -1511-, y años más tarde los holandeses -1641- que acabaron dejándola en un segundo plano a favor de su Batavia –la actual Jakarta, capital de Indonesia-. Con los años Malacca cayó en declive y hoy es de algún modo el patio de recreo de la nueva Malasia, tan sólo a un par de horas de su flamante capital Kuala Lumpur.

Esta historia tan épica como seductora había despertado en mí un interés especial por esta pequeña localidad-museo que también es Patrimonio de la Humanidad. Pero tras las dos noches que pasamos debo de decir que me defraudó un poco. Si bien es cierto que tiene un encanto festivo bastante entrañable, los rastros de Little India brillan por su ausencia. El legado holandés es bastante limitado y del paso de los portugueses queda una portalada y una iglesia en cueros sobre la colina. Lo mejor que luce Malacca es su herencia china. Ahí sí que uno se reconforta un poco con el esfuerzo de la visita y le puede arrancar algunos buenos rincones con carácter propio y algo que contar.

Por lo demás lo dicho, el patio de recreo de esta nueva Malasia que por un lado encumbra su legado histórico para luego convertirlo en pasto de masas indiferentes de fin de semana ávidas de un souvenir en el mercado nocturno, o de un paseo en carricoche-multicolor con los últimos éxitos techno de la temporada. Mi épica Malacca ¿Dónde estabas que te busqué y no te encontré?

Postales. Una vela. Gua Kepayang

A fuera hay tormenta y aquí dentro hay una vela encendida. A fuera llueve a cántaros y a cada rato el cielo estalla haciendo de la noche día.

A buen resguardo y con la mirada fija en esa vela, mi mente se catapulta al pasado, a las tormentas de mi niñez, cuando era noche cerrada y a veces saltaban los plomos. Corríamos mi hermano y yo por el piso clamando lo evidente, gritando “¡Se ha ido la luz! ¡Se ha ido la luz!”. Aparecían entonces las velas y se hacía de nuevo la Luz, pero ésta era distinta, ésta era especial. Siempre las mismas velas bien guardas en un estante de la despensa, en el bote de la tapa naranja, aguardaban durante meses a la espera de un nuevo apagón para poder salir y volver a prender. Habría muchas más, feotas y medio rotas, pero yo recuerdo sobre todo la del bautizo -el de mi hermano Xavi o el mío, quién sabe-, toda ella recargada de florituras muy pascuales.

Durante unos minutos y por arte de magia, al prender la llama la casa se transformaba en otro lugar. La oscuridad la hacía más grande y más densa, y el silencio y la calma se hacían más y más profundos. Pasear por la casa en la penumbra, siguiendo el rastro del resplandor de las velas que se derramaba por los pasillos y rebotaba en las ventanas y en los mil reflejos de la lámpara de araña del comedor. ¿Y qué decir de los espejos? Es en la oscuridad y a la luz de las velas cuando los espejos se transforman, volviéndose objetos tenebrosos que devuelven imágenes nuevas, imágenes que ya dejaron de ser el simple reflejo de la realidad. Pasear por la casa en la penumbra, siguiendo el rastro de las voces de mis padres o de mi hermano. Voces que la oscuridad tornaba en ecos, murmullos, susurros o los gritos de mi madre: “Franc! ¿Dónde estás?”.

Me encantaban esos momentos pero la alegría me duraba poco. Siendo un niño de ciudad nacido en los tiempos modernos no entendía la diversión de una noche sin electricidad y pronto me aburría. Finalizada la exploración de todo el piso sólo me quedaba esperar hastiado y ansioso a que volviera la luz para ir corriendo a encender la tele y comprobar que efectivamente de los enchufes volvía a manar el precioso fluido eléctrico.

Pasaron los años, y las velas y su luz pasaron a significar cosas nuevas. Velas alrededor de las cuales se ocultaban mejor las vergüenzas y los miedos, haciendo más fáciles las confesiones entre amigos en aquellas tardes de sábado durante los primeros años de universidad. O las 200 velas que alguna noche ardieron a la vez en un ático de Barcelona, bajo La Roof, inundando el salón de una luz tan cálida y tan intensa que bien podría haberse desbordado por el balcón hacia la Gran Vía, derramándose lentamente por la fachada como una cascada de una lava ligera e inmaterial.

Y ahora una vela arde de nuevo en el suelo de esta cueva, Gua Kepayang, en el corazón de una jungla muy antigua llamada Taman Negara. Una vela que adquiere un nuevo significado. No hay nada que explorar, no hay nada que compartir, nada está a punto de desbordar. Hoy esta vela sólo significa silencio, calma, reposo. Esta vela que me ha hecho pensar en el pasado ahora me invita a recostarme sobre mi lecho para contemplar con la mente en blanco las siluetas recortadas de unos árboles y unas palmeras que asoman a la entrada de esta cueva. Unos árboles y unas palmeras que a cada nueva descarga cobran nueva vida al tiempo que danzan al son de los vientos de la tormenta y de la noche.

Cruces, cumbres & calvarios. Kuala Lumpur, Malasia

Cristo cargó con la cruz y murió en ella porque así lo quiso. Siendo dios todopoderoso podría haberse escaqueado, pero la grandeza del mito está en que prefirió morir para poner en evidencia hasta donde pueden llegar la intolerancia, el odio y el fanatismo de los humanos.

Cruces. Cargamos con cruces y también lo hacemos porque queremos, pero al contrario que en el pasaje del calvario, la mayoría de las veces lo hacemos sin saber el porqué. Lo hacemos por miedo, por inercia, por inconsciencia. Cargamos a cuestas con cruces que nos lastran y arrastran hacia nuestro calvario particular. Durante casi los 3 primeros meses de este viaje yo cargué a cuestas con una bien grandota. Una que seguro muchos de ustedes cargan o habrán cargado alguna vez: Tenía que ser feliz.

Era mi primera noche en Yangon y andaba resacoso de tanto Color cuando en la mesa de al lado oí hablar castellano. Saludé, me saludaron y me invitaron a sentarme. Eran Ana y su madre. Ana estaba al final de sus 6 meses de viaje en solitario por Australia y el sureste asiático y su madre la acompañaba durante las últimas semanas por Myanmar. Yo por el contrario estaba al principio del mío y andaba todavía muy muy perdido. Mientras Ana comentaba sus ires y venires hizo una afirmación que me marcaría para los próximos meses: Durante todos y cada uno de los días transcurridos Ana había sido Feliz. Me chocó. Me chocó porque yo llevaba ya una semana y sentía de todo menos felicidad. Estaba angustiado, tenso, ansioso, maravillado, inquieto, excitado, sorprendido, a algunos ratos alegre, pero Feliz, Feliz No.

Durante los siguientes días, semanas y meses sus palabras resonaron en mi cabeza, y a cada momento de calma, cuando me preguntaba honestamente si era feliz mi respuesta era que No. No conseguía ser feliz a cada día que pasaba, no me invadía una sensación de plenitud total ni la consciencia de estar viviendo en una nube. A pesar de ello seguí viajando, seguí conociendo gente maravillosa, viviendo momentos intensos, experimentado chispazos de alegría y de ilusión. Estaba disfrutando pero seguía sin ser Feliz.

Andaba ya por Laos, viajaba río abajo por el Nam Ou y ensayaba en mi cabeza variaciones sobre la conversación por Skype que tenía apalabrada con una buena amiga. Fue entonces cuando caí en la cuenta, se abrieron los cielos y me dije aquello de: ¡Franc, que burro eres! Caí en la cuenta que antes de empezar este viaje había creído que iba a ser un continuo de experiencias increíbles salpicadas de alguna que otra reflexión. A estas alturas me di cuenta que este viaje era todo lo contrario: una continua reflexión salpicada de alguna que otra experiencia increíble.

Caí en la cuenta también que había estado “obsesionado” con ser feliz, no porque así lo creyera desde un buen principio. Andaba “obsesionado” con ser feliz porque otro lo había sido antes que yo, y porque yo acepté su verdad como propia. Cegado por las palabras de Ana había despreciado valores como la serenidad, la calma, la alegría, la ilusión, la belleza, la satisfacción. La culpa, palabra muy ibérica y católica, no era de Ana, la responsabilidad era sólo mía. Yo decidí cargar con la cruz, decidí dar por bueno que debía ser feliz, más allá de mis propias vivencias o méritos. Asumí que la felicidad me correspondía a mí. Asumí que era mía por el simple hecho de estar viajando y viendo mundo. Lastrado por el peso de tan descomunal carga y atrapado en ese simple juego de palabras olvidé que no somos lo que aspiramos, somos lo que hemos sabido vivir, sentir y valorar.

Querer ser feliz no me convierte en una persona feliz. Querer ser una persona alegre no me convierte en una persona alegre. Querer estar en paz no me hace estar en paz. Querer que mi pareja sea perfecta no la convierte en perfecta. Querer que mis amigos sean los mejores no los hace mejorar, y esperar que mis padres sean perfectos no los convierte en dioses.

Lo que marca la diferencia no es lo que me ocurre o quien me rodea, lo que marca la diferencia es como reacciono ante los acontecimientos y como valoro a los míos. ¿Viajar por viajar, vivir por vivir, sentir por sentir, amar por amar? ¿Porqué no? Tomar lo que venga, sea bueno o malo, y ser capaz de sacar lo mejor de ello, sin prejuicios. Sin prejuicios.

Ya no quiero ser feliz. Ya me da igual si llego o no a ser feliz. Me conformo con sentirme alegre cuando tengo motivos para alegrarme. Me conformó con disfrutar de cada momentito a la lumbre de un brasero o la sombra de un cocotero. Me conformó con despertarme sereno en la soledad más absoluta. Doy por buenos todos los malos momentos si consigo darles la vuelta y sacarles algún provecho, por pequeño que sea. Nos quisieron hacer creer que tenemos que llegar a la cumbre y que quedarse a 10 pasos es haber fracasado. Y cuando hablo de cumbre no me refiero al Congreso de los Diputados o a Consejero Delegado del Banco Santander. Nos colaron que la cumbre era Doña Felicidad y que quedarse a medio camino era estar incompleto. ¿Si no me siento feliz quiere decir que soy infeliz? Por suerte, NO. Cuán enfermo hay que estar para menospreciar el esfuerzo, la dedicación y el placer de una escala por el simple hecho de no hacer cumbre. Cuan enfermo tuve que estar para menospreciar tanta alegría, aventura, silencio y el rico abanico de matices y sensaciones que produce el viajar. Y todo porque alguien mencionó que había sido feliz y yo no lo era.

Cargamos con cruces porque alguien nos dijo que seríamos correspondidos por el simple hecho de amar y les creímos. Cargamos con cruces porque alguien nos dijo que si trabajábamos duro seríamos recompensados y les creímos. Cargamos con cruces y nos damos de bruces porque el meollo de todo está en que los corazones alegres son los que toman lo que tienen y no aquellos que viven de lo que tendrán. Cargué con mi cruz porque desprecié lo que tenía en pos de aquello que creía que merecía. Teniéndolo casi todo seguía pareciéndome insuficiente.

No se preocupen, ya ando más ligero. Dejé atrás mis ansias y mis aspiraciones de ser plenamente feliz. Duermo bien por las noches y ya no miro con receló a la gente que sonríe por las calles. Y aún así sigo dándole vueltas al asunto, pensando en todas aquellas verdades que di por buenas porque sí, porque lo manda quien lo mandé o porque lo dice la gente. Y ahí sigo dándole vueltas a todas esas cosas que cargo a cuestas en mi mochila, cruces o no, repasando cuáles son realmente mías y cuáles no, y cuáles son las imprescindibles y me hacen bien, y cuáles son las que sobran y sólo me hacen mal porque pesan tanto que no me dejan avanzar, y ocupan tanto que ya no dejan sitio para las cosas buenas que siempre están por llegar.