Rutas. Bali & Nusa Tenggara, Indonesia

1. Recorrido:

1.1 Bali

Des del Aeropuerto hasta Padangbai / 8 días (Julio 2012)
Campo base en Ubud (1-2-3-4-5-6-7-8) / Lugares visitados recorriendo la isla en motocicleta: Ubud > Gunung Kawi > Danau Batur > Batukaru > Pura Bekasih

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1.2 Nusa Tenggara

Desde Padangbai (Bali) hasta Maumere (Flores) / 20 días (Agosto 2012)
LOMBOK / Lembar – Ferry desde Bali > Senggigi (1-2) > Gunung Rinjani (3-4-5-6) > Sembalun (7) > SUMBAWA / Poto Tano – Ferry desde Lombok > Bima (8) > FLORES / Labuanbajo (9-10) > Bajawa (11-12-13) > Moni – Mt Kelimutu (14-15) > Maumere – Wodong (16-17-18-19) > Ferry a Makassar – Sulawesi (20)

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2. Presupuesto & Gastos:

2.1. Bali

Des del Aeropuerto hasta Padangbai / 8 días (Julio 2012)
Billete de avión Kuala Lumpur – Bali90€  / Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur: 42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 150€ / Gasto medio diario: 18,75€


Cambio Julio 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 8000 a 14000 Rp
· Precio Cerveza: 28000Rp (botella 660cl)
· Precio Habitación: 81000Rp la noche + desayuno

2.2. Nusa Tenggara

Desde Padangbai (Bali) hasta Maumere (Flores) / 20 días (Agosto 2012)
Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 372€ / Gasto medio diario: 18,60€


* A tener en cuenta que los gastos de hospedaje habría que multiplicarlos por 1,75 teniendo en cuenta que durante 2 semanas compartí habitación con mis compañeros de viaje y se abarataron considerablemente los gastos, aún siendo temporada alta.

Cambio Agosto 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 8000 a 15000 Rp
· Precio Cerveza: 30000Rp (botella 660cl)
· Precio Habitación: De 75000Rp de media la noche.

3. Escritos:

01. El Ritual. Bali, Indonesia.
02. El dorado siempre luce. Bali, Indonesia.
03. Guapa. Bali, Indonesia.
04. La Cima de la Montaña. Gunung Rinjani, Indonesia.
05. La Metáfora del Porteador. Gunung Rinjani, Indonesia. Sección Irreflexiones.
06. Temporada Alta. Labuanbajo, Indonesia.
07. El Cambiazo. Bajawa, Indonesia.
08. Postales. Bienvenida Indonesia. Bajawa. Sección Postales.
09. Camarote Bien Ventilado. Kelimutu & Wodong, Indonesia.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Temporada Alta. Labuanbajo, Indonesia

El Arte de Viajar se me antoja muy similar al Arte de Parrandear.

La compañía es uno de los dos grandes factores. La primera y la más básica la de uno mismo, ya que con mal cuerpo no llegaremos muy lejos y con una depresión a cuestas espantaremos a todo el personal. La paz de espíritu de cada uno es indispensable, pero los compañeros de viaje en las noches de crápula son definitorios. Salir de fiesta es como bailar y somos lo que nuestra pareja de baile nos permita llegar a ser así que habrá que escoger bien. La conexión entre ambas partes hará que cuaje la magia en los antros más sórdidos y en las situaciones más mediocres. Da igual donde estemos si estamos con quien debemos.

El segundo gran factor en el Arte de la Parranda es el tempo. El que controla el tempo y sabe moverse al compás siempre sabe cuándo es el momento de llegar, cuándo ha llegado la hora de partir, y sobre todo cuándo es el momento de dar esa última estocada para que la juerga termine de forma limpia y no se echen a perder los logros previos. Controlar el tempo es saber dejarse llevar por el ritmo del momento, anticipándose a los nuevos vientos que siempre están por venir, intuyéndolos en el estado de ánimo propio y ajeno.

Finalmente llegamos a Flores y andaba más que bien servido de buena compañía con la visita de Eva y Guillem, pero me falló el tempo. Habiendo viajado durante más de 9 meses a mi ritmo, capeando lo imprevisible, se me pasó por alto lo evidente: Llegó el agosto y con él, la Temporada Alta.

Tras cruzar la cara este de Lombok por el Valle de Sembalun, montados en la parte trasera de una camioneta disfrutando del verde de la jungla y los campos de arroz, desembarcamos en la vecina Isla de Sumbawa. Otro mundo, un salto hacia otras latitudes, unos paisajes sorprendentemente secos en comparación con el resto de Indonesia. Una nueva costa que nos supo a Mediterráneo: por las rocas contra el mar, por el color de la tierra y por la vegetación rala y espinosa. Cruzamos Sumbawa al trote, amontonados los tres al fondo de un autobús lleno hasta los topes, viendo desfilar la isla por la ventana y con el martilleante pío-pío de varias docenas de pollitos que agonizaban en una caja de cartón tras nuestras cabezas, al fondo del fondo del autobús. Infinita jornada de viaje, noche al paso en Bima y al día siguiente 8 horas más de ferry desde Sape hasta Labuanbajo: Por fin Flores.

Mi última isla en la provincia de Nusa Tenggara antes de embarcarme hacia Sulawesi. Flores, un plato fuerte por definición espoleado por el exotismo de su aislamiento. Un plato suculento a compartir entre demasiados durante la dichosa Temporada Alta –uno se ha malacostumbrado a tenerlo siempre todo para él-.

Quería hacer submarinismo en las aguas de Komodo y bailar con gigantescas mantas raya y tiburones. Quise ver con mis propios ojos dragones vivos, y quería querer muchas cosas pero me faltó planificar. Acostumbrado a ir sobre la marcha y a mis anchas no anticipé que en temporada alta la gente viene con el tiempo justo y con todo reservado desde hace semanas e incluso meses. Son los felices como yo los que se quedan sin poder subir al barco, a la merced de averías de última hora sin margen de maniobra y de profesionales muy poco profesionales que le dejan en tierra sin poder ver ni dragones, ni mantas raya, no más que el rostro frustrado de uno mismo reflejado en el espejo.

Salvó lo amargo de mi paso por Labuanbajo un paseo al atardecer. Viendo como cargaban los búfalos en el ferry, paseándome por el mercado de pescado local y haciendo la mona con los nenes de turno que jugaban al fútbol con camisetas de Real Madrid o hacían el tonto por los callejones multicolores entre el nuevo paseo marítimo en construcción y la carretera. Me salvaron la tarde la dos Bintang que me tomé al atardecer en aquella terracita mientras pensaba cómo contaría las noches de Bangkok.

Amaneció al tercer día, se torció todo sin remedio. Trastoqué todos mis planes y en nada ya había empaquetado y estaba montado en bus que tardaría horas en arrancar, que recogería casualmente a Eva y Guillem por el camino tras su noche de novios en una islita, y que al cabo de otra jornada maratoniana por la infinitas curvas del interior de Flores para acabar llegando a Bajawa en el corazón de la isla.

Vamos al trote, a contra-reloj. Una carrera hacia adelante, a sabiendas de que siendo temporada alta no sólo está todo lleno, sino que a más a más la amabilidad de los locales se ve enturbiada en demasiadas ocasiones por el afán de inflar los precios por eso del “a ver si cuela”, con malas maneras en ocasiones. Resulta odioso y frustrante, y en éstas, si quiero seguir perfeccionando mis formas en Arte del Viajar, tendré también que aprender a moverme en estos tiempos y a estos ritmos: tragándome mis orgullos, renunciando a la improvisación continua y poniéndole mejor cara al mal tiempo.

La Metáfora del Porteador. Gunung Rinjani, Indonesia

“…el sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás…”

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

“…el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo…”

Es la Metáfora del Porteador: la mitad del mundo carga a cuestas con la otra mitad. Pudimos llegar a la cima porque otros cargaban mucho por muy poco. Con ese mucho con el que nosotros no pudimos y con el que ellos no tuvieron más remedio que lidiar para ganarse un jornal. En mi épica batallita por la Cumbre del Rinjani olvidé comentar una cosa: llegué a la cima por mi propio pie, sudando mi propio sudor y conjurando a mis propios demonios. Pero si lo conseguí fue porque los Porteadores llevaron mi carga –y la suya- a sus espaldas, no yo.

No es que me repita una y otra vez sobre los mismos temas. Lo que pasa es que los temas vuelven una y otra vez a mí. Cruzando el mundo uno se cruza con ellos. En Hoi An eran los Cuerpos Menudos, en el Kawah Ijen fue La Carga y hoy en el Gunung Rinjani son los Porteadores. No es una opinión, es un hecho: la mitad del mundo carga a cuestas a la otra mitad ¿Una tragedia? Sin lugar a dudas, pero es que no es exactamente así.

En realidad son hasta 3 las personas del tercer mundo que llevan a cuestas a cada uno de los que habitamos en el primer mundo. Y si fuéramos más precisos, es muy probable que llegáramos a la conclusión que la buena vida de cada uno de nosotros le cuesta una vida precaria a 4, 5 o hasta 6 personas de este planeta. Y va en aumento ya que en primeros mundos como España cada día más gente se acerca a la pobreza mientras unos pocos avariciosos insaciables sin escrúpulos concentran más y más dinero para futuras vidas que nunca vivirán.

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

Lo fue para mí que iba bien vestido y bien calzado. No me imagino cómo debió ser para los porteadores que hacían el mismo camino calzando sandalias de plástico baratas y calcetines. No me imagino cómo le sentó el frío de la cima del Rinjani -3726m sobre el nivel de mar- vistiendo sus escasas ropas de abrigo. Y hacer todo esto después de estar dos días carreteando nuestras tiendas, nuestra comida y nuestra agua.

Son todos chavales jóvenes y alegres que al final te acaban confesando que están hasta las narices de subir al Rinjani por undécima vez. Tres jornadas trabajando como una mula por unos ocho euros al día, puede que nueve. Porque toda la batallita épica de mi ascensión al volcán no hubiera sido posible sin ellos. Porque nuestra comodidad tiene un precio, que es barato porque la diferencia la pagan ellos con una vida precaria, no nosotros a pesar de haber abonado el importe en efectivo.

Lo mismo que pasa a pequeña escala ocurre a gran escala. Vivimos con mucho de más porque otros se ven obligados a vivir con mucho de menos. Curiosamente en España estamos empezando a comprender que no es que no haya para todos –que lo hay-, es que unos pocos se lo han metido en el bolsillo y mierda para los demás. Así de crudo y pelado aunque muchos quieran pintarlo más complejo.

Subiendo a la cima del Rinjani también había castas más allá de la de turistas y porteadores. Entre los privilegiados turistas que recorremos medio mundo para ver un amanecer sobre las nubes hay turistas y Turistas –nótese la mayúscula-. Los hay con sus trekking VIP que cargan – si todavía cabe- con más de lo estrictamente innecesario: sillas plegables para sentarse -una piedra en el monte no basta-, refrescos variados según la ocasión, ¿¡Fuegos artificiales!? -¿¡Quién cojones necesita que le carguen fuegos artificiales cuando va subir volcanes en Indonesia!?- y mil bobadas más… Pero sobretodo, sobretodo, sobretodo que no falte el baño privado portátil. Porque, créanlo o no, hay gente que aún estando en el monte no pueden ir a mear junto a un árbol sin más. Son tan especiales que les tienen que cavar un hoyo en el suelo y montar un chiringuito exclusivo…

Suena a chiste pero en realidad es una broma de mal gusto. Si el mundo fuera un lugar más equilibrado estos jóvenes estarían trabajando en sus pueblos junto a sus familias por unos sueldos más decentes que lo que cobran haciendo lo que hacen. Y en ese mundo más equilibrado, cada turista tendría que cargar con sus caprichos y sus privilegios, para tomar consciencia real de lo que vale un peine, o para llegar a la conclusión al final de la primera cuesta de que realmente tanta fanfarria era sencillamente innecesaria. Que con mucho menos también se vive y se disfruta.

Es la Metáfora del Porteador, la metáfora de nuestro de mundo y un revulsivo que te ayuda a comprender y a separar lo superfluo de lo necesario cuando sales al monte y, espero y deseo, cuando vuelva a mi vida de ropas bonitas, copas a 10 euros y sueldos seguros a final de mes.

La Cima de la Montaña. Gunung Rinjani, Indonesia

Un paso, tomo aire, levanto un pie y otro paso…

Éste es ahora mi mundo. Mi universo ha quedado reducido a esto, a este paso que sigue a otro que puede que siga al siguiente; todo lo demás ha dejado de existir. El sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás, tres al frente y otro atrás. Hago mis cuentas y me digo que “todo está bien Franc, te salen dos hacia adelante”. A cada resbalón estoy un poco más cerca de la cumbre.

La ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa. Marchamos torpemente por el filo de la navaja en una extraña procesión pagana, somos muchos pero estoy a solas. Hay caminos que sólo puede recorrer uno mismo. La luna como testigo, el gigantesco cráter solitario sobre el mar de nubes, el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo, brillan mis ojos en la noche y sonrío para mis adentros a cada vistazo rápido al espectáculo que me rodea. Por algún extraño motivo mis paraísos son siempre así, momentos como éste: lugares de nada, de vacío, hechos de noche o de alba, de luna, de nubes, lugares donde no se puede estar, lugares de paso. Lugares de una belleza solemne. Lugares sagrados que las palabras nunca podrán describir porque dejaron de ser lugares en el mundo para convertirse en estados del alma.

Cargo a cuestas, tonto de mí, la cámara, dos lentes y el trípode. Justo antes de encarar la última cresta me detengo para tomar un par de fotos, no puedo resistirme. Sé que este lugar y este momento son y serán eternos hasta el día que me muera. Se me hielan las manos, estoy tiritando, Eva y Guillem reaparecen mientras el resto sigue montaña arriba.¿Qué puedo decir de este cielo, de este lago de escamas plateadas, del mar de nubes que se extiende hacia los confines del mundo?¿Qué puedo contar de la luna que alumbra las tinieblas por las que desfilamos, de estos cielos infinitos?

Entre foto y foto ya no me siento los dedos, hace demasiado frío y hay que continuar. Me despido de Guillem y Eva y enfilo el último tramo de 3 días de travesía desde Senaru. Mi mirada fija en el suelo, mi atención fija en mi respiración. Mis ojos puestos en las sombras que la luna arroja sobre la gravilla. Es ahí donde hay que pisar, donde otros antes pusieron sus pies, donde sé que si piso no resbalaré. Ya no veo nada, sólo pienso en el siguiente paso, sólo pienso en la cima y en el frío, y en el sol. En el sol que está por venir, el sol que siempre termina por salir. Perdí la noción del tiempo, perdí la noción de la distancia. La cumbre me parece tan lejana, estoy agotado, pero tengo fuerzas, las justas, servirán, sé que llegaré, sí, pero tengo que relajarme.

El filo de la navaja por el que subimos es un no-lugar, un sendero resbaladizo de no más de un metro y medio de ancho expuesto a los elementos, a lado y lado una caída sin final. Hace demasiado frío, tengo que descansar pero el viento es demasiado intenso como para quedarme parado aquí sin más. Hay un corte, unas rocas y ahí me escondo, agazapado en cuclillas, viendo a los demás pasar, tomando aire y un traguito de agua. Un par de minutos, con sólo 2 minutos bastará, respiro hondo y sonrío para mis adentros una vez más, empapado y en calma, alegre, atrapado en este ahora sin ayer ni mañana. Cálculo que quedarán tres cuartos de hora más cuando al girar la cuesta y tras cinco minutos de marcha me sorprendo a mí mismo en la cima. ¿¡Qué demonios hago ya aquí!? Se me escapa una carcajada, me río de mí mismo y de mi torpeza. Esperándome lo peor me sorprendo diciéndome que tampoco fue para tanto. Las cimas de ayer empequeñecen ante las conquistas de hoy. Pero todavía está todo por llegar. Sin el sol ni un atisbo del alba, todavía sigo en la noche, en el frío, envuelto en un viento más crudo que nunca, cada soplo un latigazo.

El mundo es un lugar extraño y las cimas de las montañas lo son aún más. Los vastos horizontes, los espacios infinitos y los mil y un caminos a seguir desaparecen en las cimas de las montañas. Son pequeñas, cabemos todos sí, pero siguen siendo pequeñas, puntos en el mundo que representan una paradoja, la del callejón sin salida abierto a los cuatro vientos, otro no-lugar. Estamos rodeados de precipicios, de trampas mortales, de estrellas, de un mar de nubes, de lagos volcánicos en los que nacen otros volcanes. ¿Pero para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo?

Sigue soplando el viento, tirito sin parar. Me encontré con Conrad y con nuestros porteadores. Me dan galletas que me saben a gloria pero ahora sólo rezo –¿Rezo?- para que salga el sol. Cargué hasta la cima del Rinjani con mi trípode, las lentes y la cámara pero tendría que haber traído una muda seca… tonto. No quiero caer enfermo pero como siempre, al final, se trata de aguantar hasta que el horizonte claree sobre Sumbawa, hasta que las estrellas empiecen a desvanecerse y se rompa el hechizo de la noche.

Amanece finalmente sobre los mares de Indonesia alumbrando un espectacular diálogo de colosos pues lo único que destaca en este paisaje onírico son las mastodónticas cimas del Gunung Agung en Bali y el Gunung Tambora en Sumbawa, el sol que viene y la luna que se va, y una misteriosa sombra triangular gigantesca que se pliega sobre el horizonte… ¿Qué demonios es eso? ¿Estoy alucinando por el cansancio? Tardo unos segundos en adivinar que somos nosotros, es la cima de Rinjani proyectándose sobre el mar de nubes y ¡Plegándose en vertical sobre el horizonte! ¿Sobre el horizonte? ¡El horizonte no es un lugar, el horizonte es la línea imaginaria en la que se encuentran cielo y tierra, pero en esencia no existe! ¡Y aún así, al alba en la cima del Rinjani el horizonte se convierte en un plano concreto -como en los confines del Show de Truman– donde las sombras del mundo terrenal remontan los cielos!

Ya ha salido el sol y los temblores y el frío de hace un rato ya son sólo recuerdos. Los otros grupos emprenden la vuelta a casa y Eva y Guillem siguen sin aparecer. Tampoco el último porteador que los acompañaba. La pareja alemana tampoco ha llegado y Conrad y los otros dos porteadores están también de vuelta. Quedan unas cuantas horas de descenso hasta llegar a Sembalun Lawang así que no puedo entretenerme más en la cima. Hecho el último vistazo a mi alrededor y pese a no haber estado más de una hora me despido como si éste fuera ya uno de mis lugares. Por delante la bajada, por delante el descenso al trote loco saltando por la gravilla, recreándome en el paisaje espléndido que la noche y el cansancio ocultaron. Haciendo balance de los pasos que me llevaron hasta aquí a través de una sinfonía de paisajes cambiantes, de amaneceres y atardeceres. De dos noches muy frías en las que apenas ninguno de nosotros pudo pegar ojo. Del baño en aguas sulfurosas en el río, junto a la cascada. Balance y vuelta una vez más a ese momento en la noche en el que todo mi universo se resumía a ese siguiente paso.

Pensaba entonces en lo elemental de toda existencia, en la futilidad de elucubrar sobre posibles mañanas cuando a duras penas uno se tiene en el ahora. Pensé por un momento que debía ser así como los ya miles de personas que me he cruzado en el camino hacían para sobrevivir en su implacable día a día, azotados por la pobreza, por la enfermedad, por la incertidumbre del próximo bocado. Pensaba con el juicio nublado por la noche y el cansancio que puede que sea éste el motivo por el que la gente de mundo de bien, con todas las necesidades básicas cubiertas emprende aventuras como éstas. No es la cima, es el camino, y tampoco es el camino, es la vuelta a ese estado primordial de incertidumbre en el que vive la inmensa de la humanidad. Es la incertidumbre en la que vivieron muchos de nuestros padres cuando eran niños en los años grises de la posguerra española. Es la consciencia de que el ahora es preciado y que de sueños puede que se viva –o se malviva- pero que de ellos ni come ni viste uno.

¿Para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo innecesario? A toro pasado, con la panza llena y tras la cumbre habría dicho que vine por los impresionantes paisajes y momentos que este trekking de 3 días me ha regalado, para superarme a mí mismo o para tener batallitas que contar a los nietos. Pero con la panza vacía, mientras sufría y padecía sin necesidad a las 3 de la madrugada, helado de frío y resbalando en esta maldita cuesta de arenilla –purito castigo divino urdido por sádicas deidades griegas- te diría que vine aquí para sufrir y para sentirme vivo, para volver ese estado primordial de incertidumbre que es infinitamente más natural al ser humano que la nómina a final de mes y el contrato indefinido.

Al final resultó que la cima de la montaña -ese callejón sin salida abierto a los cuatro vientos- no fue la única paradoja. La otra y la que más, es que una vez logrado lo que siempre añoramos –la seguridad y la certeza de una agradable vida previsible y sin demasiados sobresaltos- miles de occidentales recorremos medio mundo para someternos a situaciones innecesarias que nos vuelvan a hacer sentir vivos. Y los que no, se quedan en casa y flirtean con la vecina o el vecino para no sentir que ya está todo dicho y hecho. Y los que no, tienen hijos sin saber cómo ni porqué o porque les dicen que ya toca. Una huída constante hacia adelante, un búsqueda sistemática de la novedad, una versión encubierta de ese estado primordial de incertidumbre que nos define como seres humanos, nos guste o no, seamos conscientes de ello o no.