El cielo es Azul. Lampu’uk Beach, Indonesia

Encontré un lugar bonito al que huir. Encontré el lugar bonito en el que refugiarme de todo y quedarme a solas conmigo mismo. Nada que ver, nada que visitar. A solas con el silencio, a solas con una rutina diaria, a solas con lo bueno y con lo malo que cargara a cuestas. A solas con nadie porque nadie viene a la playa de Lampu’uk por estas fechas. Porque nadie quiere pasar sus días en los confines del mundo sobre los que todavía planea el fantasma de un tsunami que mató de un plumazo a más de 150.000 personas. Y el tiempo, el tiempo es tan malo que no se ve el sol, oculto tras las tormentas del Índico que azotan, inclemente y una tras otra, las costas de la punta norte de Sumatra.

Son días de un intenso gris oscuro. Días en los que un viento feroz arroja sin piedad contra estas costas lluvias inmisericordes que hacen templar los cimientos de la casita de madera colgada de un acantilado en la que me he refugiado.

9 días con sus nueve noches pasé aquí. 9 días marcados por amaneceres pálidos sin color. 9 jornadas marcadas por los cinco cantos del almuecín en la cercana mezquita de la muy musulmana Aceh. Días de atardeceres mustios en los que la luz se desvanecía con más que pena que gloria, atardeceres de nubes negras, bandadas de murciélagos que abandonaban sus cuevas en los acantilados para darse a sus cacerías nocturnas.

Qué bien me siento. Qué ricas me saben las comidas que día tras día me sirven los chicos de los bungalows, siempre las mismas siempre a la misma hora, siempre los mismos sabores sin gracia alguna repetidos hasta la saciedad. Vivo una rutina, pero no es una rutina cualquiera, esto es Divina Rutina. Despertarme con el canto de las 5 de la mezquita, levantarme sobre las 7 cuando el cuarto está ya lleno de luz pálida y descolorida. Encender el ordenador para ver una película, encenderlo para trabajar en los cientos de fotografías que aguardan su momento para florecer en toda su plenitud. Desayuno sobre las nueve, siempre una crepe de plátano con chocolate cuyo grosor varía dependiendo de quién me lo cocine, las de Agung son siempre mejores.

Vuelta al cuarto tras contemplar la playa con la mirada perdida y la mente vacía. Otra película, más fotos y más ratos ausentes con la mirada puesta en un horizonte de olas rotas sentado en el banquito de mi casita. Hora de comer, luego siesta, película, y más fotos. Al atardecer me ducho con agua fría sin apenas presión. Cae la noche y ceno lo mismo que comí: arroz con verduras y con mucho picante. Subo a tientas a mi cuarto por el caminito para una sesión doble de cine, pero ahora ya arropado entre mantas y bajo la mosquitera que da solemnidad a la alcoba. El canto del almuecín haciendo las veces de campanario, el viento de las tormentas rompiendo con sus sacudidas la cadencia de mi rutina divina con su arbitrario ir y venir.

Llueve y tiembla mi casita de madera. Llueve y se cuelan a través de las rendijas las dunas de la playa y la lluvia que este viento inclemente pone de vuelta y media haciéndola correr paralela al suelo en vez de dejarla caer como dios manda. Los días se funden unos con otros. Entre mantas descubro a un Fellini que durmió durante meses en mi filmoteca viajera y que hace cine para sí mismo y para nadie más. Que hace un cine triste o melancólico cargado de dudas y de belleza que desborda a pesar del blanco y el negro. Los días se funden y en realidad pienso más bien poco, aunque reflexione sobre el niño mediterráneo de piel demasiado fina que creció dando por sentado que el sol siempre brilla en el cielo y que las lluvias y las tormentas son un estorbo, un capricho de dioses aborrecibles que no entienden que las cosas sólo son ellas mismas bajo la clara luz del sol.

Tras más de 30 años y la compañía de mi librito de cuentos Zen –el único libro físico que me acompaña en este viaje- el niño mediterráneo de piel fina empieza a entender que las cosas sólo son ellas mismas a la luz del sol, pero que también pueden serlo bajo la luz de un día de tormenta. Y que puede que muchas de las cosas sólo sean más ellas mismas a la luz de la luna o al candor de una vela. El niño que germinó y maduró a la luz de sol y frente a un mar de intenso azur cae en la cuenta y recuerda algo que solía pensar cuando vivió en el implacable invierno finlandés: Que el cielo es siempre azul, que tras la espesa capa de nubes el sol siempre sigue brillando. Que las nubes vienen y van y que al final siempre es cuestión de tiempo que el cielo nos vuelva a parecer azul.

Lo descubrí cuando estaba en Finlandia y lo reencontré años más tarde durante mis cameos con la literatura zen. Pero en algún momento de este viaje olvidé que los recuerdos son mentiras y que inundan la razón. Dejé de mirar en el espejo del día a día para fiarme de mis memorias y acabar olvidando que nada ni nadie vive en un eterno verano y que en los inviernos también pude ser feliz.

9 días con sus nueve noches pasé colgado de un acantilado en la playa de Lampu’uk bajo un cielo de tormenta y calma. Al noveno día amaneció claro y el cielo encapotado dio paso a un cielo azul. Al atardecer se filmó un programa de cocina de la televisión estatal indonesia frente a mi casa. Y por la noche, en mi última noche, brillaba la luna creciente casi llena sobre la playa. No supe no darme un paseo solitario, en este rincón de mundo olvidado. El cielo era claro, brillaban las estrellas pero seguía soplando en viento brutal e implacable que levantaba la arena y me la clavaba en la cara y en las piernas como si fueran alfileres. El azote de las dunas me recordó a las ventiscas de mi adolescencia en los pirineos.

No había pensado mucho, había reflexionado más bien poco, pero dejaba Lampu’uk Beach con el alma en calma, reposada… Cuenta otro de mis cuentitos zen que las aguas de un lago alborotadas no consiguen reflejar la luna con claridad, pero que si se las deja reposar, sin más, al final acaban por convertirse en un espejo que lo refleja todo a la perfección… eso necesitaba yo, dejar de remover mis ideas.

9 días sin nada que ver, ni nada que visitar. 9 días a solas conmigo mismo, con lo bueno y con lo malo que cargara a cuestas. 9 días para darme cuenta que no es que salga el sol, que el sol siempre estuvo allí, que son las nubes las que lo ocultaron, y que pase lo que pase, las nubes son pasajeras por definición. Que la clave está en sobrellevar con calma la tormenta, y si es posible, disfrutarla y saborearla cobijado tras una mosquitera, bajo unas mantas y con una película de Fellini en blanco y negro, mientras afuera el cielo es negro, rugen vientos inmisericordes y sigue lloviendo a cántaros. Pero eso ya da igual, porque yo ya sé que, pase lo que pase, el cielo es siempre Azul.

Postales. Messi 10. Carretera a Lampu’uk

¿Qué edad tendrá? ¿Nueve, diez o 11 años? ¿Qué hará durante el día? ¿Irá todavía a la escuela o estará ya trabajando en los campos o aprendiendo algún oficio en los talleres? No sé nada de Él pero le estoy viendo tumbado sobre una estera en el suelo de la habitación, pensado en el partido de mañana…

Debe ser delantero, claro, no podría ser ni portero, ni defensa, ni centrocampista. Hoy debe haber habido partido o a lo mejor ha estado mirando la tele, algún programa especial. El chico vive en los alrededores Banda Aceh, a casi 10.000km de Barcelona, en la punta norte de Sumatra donde aquel épico tsunami del 2004 se llevó por delante más de 150.000 vidas humanas de un plumazo. Él sobrevivió pero, al igual que todos aquí, seguro que perdió a algún ser querido.

El chico está tumbado y sueña despierto. Sueña que mañana habrá partido y que mañana él será Leo Messi. Tiene que ser de familia humilde, vive a la afueras y la sandalia es de las baratas. Debe ser de familia humilde porque aquí son muchos los que llevan camisetas del F.C. Barcelona y casi nunca tienen pinta de ser ricos. A más a más, siempre hay imitaciones baratas que hacen las veces y que a efectos prácticos sirven igual. Tumbado en la oscuridad del cuarto mira al techo y a las luces que se cuelan por la ventana. Ha tenido una idea, mañana él será Leo Messi.

En un acto de pura psicomagia, de puro vudú, el chico decide tomar partido. Agarra sus chanclas baratas y con el cuchillo de la cocina talla en plástico el nombre y el número de su ídolo, de su diós pagano ¿Lo talla o lo esculpe? Hoy el chico no vestirá el número 10, eso lo hace cualquiera, ha decido ser más radical. Siente y sueña que por el mero hecho de inscribir su nombre en sus sandalias sus pies serán más rápidos y sus piernas más ágiles. El solo nombre del diós pagano bastará para insuflarle la confianza que necesita, la confianza que le falta. Con sus chanclas marcadas como estigmas, hoy será como Leo: Un niño grande que quiso jugar a jugar y a ser feliz con un balón. Sus amigos le aclamarán, le abrazarán, todos intentarán saltar sobre él después del Gol mientras él correrá por el campo gritando, con una mirada y una sonrisa entregadas al cielo sintiéndose rey de reyes.

Todo esto lo pensaba en una parada de labi-labi –el minibús local-, en un cruce frente a un puesto de pescado al borde la carretera. Miré al suelo y entre el barro, junto al arcén, reconocí la sandalia. Con la mirada perdida vi que había algo escrito: Messi 10. Dudé por unos instantes, pero el encuentro me fascinó tanto que me bajé y le tomé una foto mientras los otros pasajeros se reían del bulé –extranjero- y mientras el conductor me chillaba para que volviera a subir.

Nunca he sido amante del fútbol, tampoco lo odio. Me irrita, eso sí, la histeria colectiva que lo envuelve. Y aún así, mientras dejaba atrás Lampu’uk para volver a Banda Aceh, me preguntaba “¿Porqué?”. Durante los últimos días por la calle me llamaban a grito pelado Pep Guardiola. Durante los últimos meses, al pronunciar la palabra Barcelona, las puertas se me abrían, y no era por Gaudí o por las Ramblas, era por el fútbol, era por el Barça.

Hace 10 años leí en un suplemento cultural un artículo de Alejandro Jodorowsky. Argumentaba que el fútbol debía ser algo sagrado para mover el mundo de ese modo. No sé si iba en serio, se reía o simplemente fue un acto reflejo de los suyos, sin más intención.

Sigo sin saberlo pero al ver aquella sandalia de chaval allí tirada en el arcén, con el nombre y el dorsal marcados a conscientes cuchilladas, no pude dejar de pensar que Sí, que ciertamente el fútbol es religión pagana y que al menos, aquel día, hizo sentir a aquel chaval que era más que un simple chico pobre jugando al futbol con los amigos. La pasión por el fútbol y la pasión por el Gol lo elevaron por los cielos, más allá de las miserias y las alegrías de su día a día. Allá arriba, más allá de las nubes, donde aguardan los sueños y las ilusiones.