Espejismos. Kolkata, India

Naranjas. Miles de naranjas. Centenares de miles de naranjas. ¡Qué despropósito! Ni un melón, ni una papaya y ni un solo mango. Tan sólo todos los millones de naranjas que parecen haber podido reunir en un insensato ejercicio de exhibicionismo.

En mi quinto día en la ciudad creía haberle tomado ya el pulso, haber comprendido que aquí, por cada metro cuadrado, sencillamente ocurren 20 cosas más al mismo tiempo que en una ciudad, pongamos, como Barcelona. Así que para pasar una tarde tranquila ideé un plan sencillo: Tomar el metro hasta MG Road y girar la primera calle a la derecha en dirección al río. Tras andar escaso kilómetro y medio me encontraría con el gran Puente Howrah y con el Mercado de Flores del Mullik Ghat al atardecer. Sobre el insulso mapa de la guía no se podía anticipar ningún inconveniente a tan asumible hoja de ruta. Pero ay de los imprudentes que caminen por la India sin esperar lo más inesperado a cada vuelta de la esquina.

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No ando más de cien metros antes de advertir que la supuesta avenida gris del mapa que debería llevarme directo al río está cortada. Cortada por camiones tuneados al más puro estilo hindi de los que penden tendales de lona azul. Y el suelo todo cubierto de paja. Y entre el suelo de paja y el techo azul de los tendales millones de naranjas amontonadas. Centeneras de hombres vendiendo naranjas. Y otros centenares carreteando sobre la cabeza cestas enormes que cargan, evidentemente, más naranjas. La sensación de irrealidad se impone y mientras avanzo con la boca abierta todo el mundo me saluda y me pide la foto para el compañero –nunca para ellos mismos, son tímidos estos indios-. Y yo pregunto ¿Porqué naranjas? ¿Porqué no otras frutas? ¿Y porqué compran éstas y no las otras? Porque a mí, al fin y al cabo, ¡Todas me parecen iguales! Y ellos se ríen y me piden otra foto meneando la cabeza como sólo ellos saben hacerlo. Y yo no me detengo, sigo adelante, porque a fin de cuentas esto era sólo una triste línea gris en el mapa y a mí me está esperando el río Hooghly al atardecer.

¿Les suena aquello de salir del fuego para caer en las brasas? Pues aquí fue justo al revés: Salí de las brasas para saltar -con los dos pies- directo a las llamas. Al desbarajuste del Mercado de las Naranjas le siguió el desbarajuste del Mercado de las Alhajas, el del Mercado de las Especies, el de los Herreros, el de las Ropas, y una secuencia interminables de bazares dispuestos en calles de apenas pocos metros de ancho colapsadas hasta los topes –y un poco más-. Un magma espeso y burbujeante de seres humanos que parecen salir de todas partes y al que se le suman los ricksaws, las motos, los carros cargados hasta la bandera, y por si fuera poco algún coche iluminado que se ve con la ¿Valentía? ¿Osadía? ¿Falta total de sentido común? de pretender circular por la calle con semejante algarabía.

Doy vueltas sobre mí mismo –literalmente- con la cámara en mano, arrastrado por remolinos de gente vociferando en plena ebullición. Totalmente desbordado por este bombardeo inmisericorde de estímulos a cada cual más sugerente, más estimulante. Deliro por unos instantes y fantaseo con que esto no es real: tiene que ser un montaje. No puede ser que todo el mundo esté aquí, lo mismo que no puede ser que hubiera tantas naranjas todas juntas tan solo unas calles más atrás. El resto de la ciudad debe estar ahora mismo vacío y en las despensas de media Kolkata tampoco quedan naranjas. Pero no es así, ésta es su realidad en estado puro: intensa, desbordante, caleidoscópica y abrumadoramente apabullante. Un día cualquiera, así, sin más.

Kolkata_109_Franc-Pallarès-LópezSe acaba Cotton Street, llego a un cruce y no hay más calle por donde seguir ¿Me he perdido? Pregunto por el Mullik Ghat y veinte manos me señalan al frente, a la no-calle. Ante mi mirada incrédula -y mi insistencia- a las veinte primeras manos se le suman otras veinte manos más que me insisten meando al unísono la cabeza como sólo los indios saben hacerlo. Se retiran los carros, los camiones y la riada de gente y por un instante se asoma una minúscula puerta al otro lado: el camino. Debo cruzar aquel umbral para adentrarme en las entrañas de ladrillo de la mole de azul pálido. ¡Y en las entrañas de la ciudad encuentro otro bazar! Más estrecho si cabe, más denso, más irreal. Un bazar lleno hasta los topes pero sin el consuelo del cielo abierto. Serpenteo por el hormiguero intentando mantener el rumbo hasta que finalmente llego a la desembocadura. Un delta, tan fértil de vida y frenética actividad que hace las delicias de mi atormentada alma. Las calles, los viaductos, los camiones de carga y descarga que alimentan y se alimentan de los bazares. Tranvías rellenos de gente en plena hora punta. Porteadores paseándose con sus descomunales mercancías sobre la cabeza y al fondo, omnipotente, el gran Puente Howrah: poesía de los ingleses hecha de pura lógica y metal.

Ya está cerca, ya está aquí el río. Cruzar unas cuantas calles más, jugarse la vida un par de veces anticipando las trayectorias de media docena de vehículos dispares que parecen coincidir precisamente donde a uno le da por pararse a tomar aliento, y ya estamos listos: Mercado de Flores, de color y un ambiente inevitablemente descafeinado después del desbarajuste del que vengo.

Terriblemente agotado –es más mental que físico pero me pesa en el cuerpo lo mismo- no me queda otra opción que emprender el camino de vuelta, esta vez por la avenida principal, Mahatma Gandhi Road. No menos caótica, con aceras porticadas tan desbordadas que de hecho, andar por en medio la calle se me presenta como la opción más razonable –en última instancia, así lo hacen ellos-. La ciudad palpitando de forma espasmódica pero acompasada; un par de paradas más para tomar algunas fotos a unos encantadores señores que regentan una sastrería del tiempo de los ingleses, o de otros chicos que venden pantalones tejanos. Fachadas de edificios coloniales sobre las que incomprensiblemente siguen naciendo árboles; todas ellas cubiertas por una capa de tiempo y mugre. Algunas de ladrillo, muchas de hormigón mohoso que resiste mal a los monzones, y de vez en cuando alguna joya de marquetería venida a menos: balcones con aires mogoles que le dan sabor de oriente de las mil y una noches.

Kolkata, una ciudad tan exasperante como emocionante. Una ciudad que al rato te noquea con sus histerias y miserias, y al rato deja con el paso cambiado sorprendiéndote un domingo por la mañana con avenidas desiertas de hombres, que no de pollos…

Kolkata_066_Franc-Pallarès-LópezPollos. Miles de Pollos. Centenares de miles de Pollos. Todos los millones de pollos que parecen haber podido reunir en otro insensato ejercicio de exhibicionismo. Subiendo por Mirza Ghalib Street hasta Market Street los domingos por la mañana sólo encontrarás cestas y más cestas de pollos. Algún que otro humano también -claro-, vendiendo o carreteando manojos de pollos atados a lado y lado de su bicicleta. Y dentro del mercado más pollos si cabe. Y también enormes pescados –el mar no anda tan lejos-. Y también alguna que otra cabeza de ¿!Vaca!? -habría que ser hindú para comprender las connotaciones religiosas y humanas que tiene jugar con la cabeza de una vaca en Kolkata-. Y a pesar de todo este hombre juguetea con la vaca sagrada y exige su foto.

Perderse por los diferentes mercados es un macabro salto a una dimensión paralela tan repulsiva que te atrapa. Aunque pueda que la exquisita amabilidad de la gente ayude algo –estos rincones quedan lejos del trajín turístico y todos aquí son encantadores- y puede que ayude también la atmósfera de inframundo que se experimenta dentro de estos edificios neoclásicos, con sus órdenes y ritmos, impregnados de una densidad que se masca y remojados en una luz cenital etérea que a ratos tiene algo de místico. Lo repulsivo, con lo amable, con lo etéreo. Un cóctel de buenas sensaciones que me catapulta hasta la zona administrativa alrededor de Lal Dighi y a los márgenes del río. Otro mundo, neoclásico también, pero vacío, yermo. Todavía es demasiado pronto y Kolkata, la ciudad impracticable, se hace la remolona bajo las sábanas de domingo para seguirme deleitando con sus avenidas vacías.

Avanza la mañana, sigue subiendo el sol imparable y me acerco para echar un vistazo a ese río que dio sentido a la fundación de la ciudad, allá en la zona de los embarcaderos donde hay poco que ver más allá de la gente bañándose en las aguas color chocolate del Hooghly -a falta de agua, limpiarse en aguas sucias es mejor que no limpiarse-. De aquí al norte, serpenteando entre calles coloniales decadentes salpicadas de chabolas –tristes plásticos contra un muro- y talleres en plena vereda. Busco la Iglesia Armenia, vestigios de una Kolkata multicultural que una vez existió, y me sorprendo al encontrar el pequeño edificio impoluto sepultado por la ciudad nueva que se ve tan y tan vieja. Irrumpo discretamente por el lateral en pleno sermón del domingo, lleno hasta los topes de fieles de tez clarita. Un edificio mágico, tan blanco en una ciudad tan gastada; con el piso alfombrado en una ciudad de asfaltos desmigajados; alumbrado por decenas de lamparitas que caen del cielo. Cantan, ofician misa media docena de sacerdotes siguiendo el ancestral rito armenio y me maravillo al contemplar por este ventanuco otro pedazo de pasado atrapado en el tiempo.

De Armenia a China en sólo tres manzanas, en una China Town que brilla por la ausencia de ojos rasgados y hanzis –caracteres chinos- y en el que abundan las barbas largas y los trazos estilizados del Corán. Alguna mujer sepultada bajo un niqab negro destaca sobre una mayoría aplastante de hombres en plena zona musulmana –curiosamente en la Kolkata hindú también cuesta ver mujeres por la calle-. Retratos de la Meca presidiendo todas las tiendas y restaurantes, y en el momento de la oración, un estallido atronador de almuecines compitiendo fieramente por la clientela no hacen más que alejar los pocos vestigios que pudieran quedar de esta supuesta colonia China. El barrio es de lo más intenso y sugerente, pero se me acabó el tiempo: el implacable sol del trópico ha alcanzado su cenit dejando las calles sin sombra bajo la que refugiarse.

Huyo al sur de la ciudad, de vuelta a mi glamurosamente decadente habitación roja. Huyo a por mi ducha de agua fría y mi siesta en cueros bajo las aspas del ventilador que baten sin parar a la espera de que llegue la tarde, y con ella el cielo se vuelva negro y descargue la nueva tormenta proveniente de las aguas del Golfo de Bengala. Las aguas de las que bebe el Maidan, el gran parque de Kolkata, un jardín asilvestrado, un gran manto verde salpicado por grandes árboles que cumple la precisa función de devolver algo de esperanza a una ciudad que se ahoga sobre si misma. El lugar para pasear a caballo oliendo a hierba fresca tras el chaparrón; prados donde revolcarse y celebrar las victorias de cricket; algunos arbustos tras los que esconderse en compañía de las discretas mujeres que ofrecen sus servicios al mejor postor.

Kolkata_094_Franc-Pallarès-LópezTodos llegan al Maidan en busca de un respiro, huyendo de la obstinada la ciudad arisca, porque soñar sale barato y en el Maidan es más fácil: a lo lejos, sobre un mar alborotado de copas verdes, tintinean contra el cielo azul cúpulas de mármol blanco. Un espejismo que aún siendo físicamente real es, por su concepción y su entorno, reflejo de una pantomima de vanidades vagas. Un monumento a una emperatriz muerta, que siempre estuvo vacío y que llegó tarde a una ciudad pobre faltada de casi todo. El Victoria Memorial es el espejismo que completa Kolkata, la paradoja última que da sentido a ese todo. Al igual que el espejismo del oasis es precisamente la ilusión que manifiesta la realidad última de la crudeza del desierto, así el Monumento a la reina Victoria es, en su absurdidad, la culminación que pone en evidencia la brutalidad y la precariedad de Kolkata. Una ciudad exhausta que es al mismo tiempo esperanza y desazón para los millares que día tras día siguen llegando del campo en busca de ese futuro mejor que sencillamente no existe. Esperanza y desazón también para los que ya nacieron atrapados en esta maraña de la que posiblemente nunca lograrán escapar.

Intentando hacerle comprender a una buena amiga de Barcelona mi paso por Kolkata, le contaba algo tal que así:

“Imagínate que te colocaran en el centro de una habitación cuyas paredes, techo y suelo, estuvieran todas forradas de pantallas. Imagina que todas estas pantallas encendidas al mismo tiempo proyectaran a todo volumen cada una algo distinto, e imagínate por un instante que para colmo todas y cada una de esas pantallas emitieran algo que a ti te pareciera irresistiblemente interesante: dulce, brutal, bello, angustiante, putrefacto, alegre, decadente, elegante, tierno,… ¿¡Te lo imaginas!?”

Pues así es como me sentí en Kolkata cada vez que salí a la calle durante los 10 días que pasé en esta ciudad, que a pesar de sus muchos pesares, fue mi bautizo en la India y uno de mis grandes amores en este viaje.

La Mirada del Otro. Kolkata, India

Agnes Gonxha Bojaxhiu, una niña nacida hace más de 100 años en los Balcanes otomanos que rigen los Sultanes desde el Palacio de Topkapi en Estambul. ¿Te suena…?

Kolkata, antaño una de las perlas de Oriente y cuna de la cultura bengalí en la que se fraguó la élite cultural e intelectual que llevaría a India hasta la independencia del Imperio Británico. ¿Te suena…?

Con el tiempo aquella niña tomaría el nombre de Teresa en esta ciudad que ahora se llama Kolkata, pero siempre se llamó Calcuta. ¿Te suena ya?

La niña creció, la niña partió, la niña cambió, y con los años quedó un cuerpo doblado por el paso del tiempo y el trabajo incansable. Una cara surcada de arrugas, muchas, que bien podrían ser el reflejo de las demasiadas penurias que a buen seguro vieron aquel par de pequeños ojos inquietos. Hoy todo lo queda de ella lo tengo frente a mí: una tumba sencilla, algunas flores y unas velas, y una virgen con el niño. Unos la llaman santa, otros fanática. Como yo no sé, vine a verlo con mis propios ojos.

Deboradores de Almas,

Y aquí estoy yo, paseándome por el pequeño museo de la “Casa Madre”, enterándome de la vida de esta mujer tan famosa y tan desconocida al mismo tiempo. Sencillo, pequeñito, naïf. Un discurso vital de un ser humano indiscutiblemente singular, pero cuyo mensaje subyacente empieza a resultarme inquietante. Un mensaje implícito machacón con referencias constantes a la “Salvación de las Almas”, con cuadros de un Jesús que clama por su “Sed de Almas”. Escritos de la Madre Teresa a la búsqueda de más y más almas hundidas en la miseria que hay que devolver al buen camino antes de que sea demasiado tarde.

Ni que decir que plantarse en la otra punta del mundo para dar lecciones de espiritualidad a otros pueblos ya es arrogante de por sí. Pero plantarse en un lugar como la India -con todo lo que carga a cuestas esta civilización- es la expresión máxima de la ceguera que produce la ignorancia y el menosprecio -la ignorancia es arrogante, se suele decir-. Siempre me pareció muy perverso cambiar credos por comida casi tanto como siempre me costó comprender porqué teniendo un credo católico –yo pasé 13 años en colegio Marista- había que cobrar un peaje por ayudar –a mí, desde luego, no es eso lo que me contaron los hermanos-.

Ya van muchos meses de viaje, pero me sigue ocurriendo que a cada momento que me salgo de mi zona de confort me siento incómodo. Así que mientras espero que me toque mi turno para registrarme como voluntario, hasta en tres ocasiones apuntito estoy de darme la vuelta e irme. Al final puedo conmigo mismo y me llega el turno. La hermana que me atiende es amable y tiene poco de radical. Me toma los datos, me hace las preguntas pertinentes y me presenta a Carmen y Ana, un par de voluntarias mejicanas que tampoco tienen mucha pinta de fanáticas devora almas y que me calman un poco la paranoia atea.

Las jornadas como voluntario pueden empezar pronto, o muy pronto. Con una misa para los creyentes –muy pronto-, y para los no creyentes –sólo pronto- un desayuno sencillo entre charla y charla con los demás voluntarios. Una plegaria todos juntos y un canto de agradecimiento para los que ya se van. Sencillo, sin pretensiones y muy emotivo, honesto. Todo eso, por supuesto, bajo la atenta mirada de los cristos piadosos que siguen sedientos de almas. Se reparten los grupos, se sale y se va a tomar el bus local cada uno hacia la casa que le hayan asignado.

Las casas de las Hermanas, como era de esperar, están en el corazón de los slums –barrios de chabolas-, lugares malditos que un turista nunca pisaría. Chozas amontonadas las unas sobre las otras, construidas con un revuelto de desperdicios, madrigueras oscuras como la boca del lobo de las que salen niños pedigüeños y madres con la mirada perdida cargando bebés sobre las caderas. A través, entre chacos de aguas infectas y montones de basuras nauseabundas, desfilamos nosotros, los impolutos salvadores de almas que lo dejaron todo –por un ratito, pero no demasiado- para venir a echar una mano. Me siento confuso y sigo perdido, sin tener nada claro a qué vine aquí. Y mi confusión aumenta tras cruzar el portón… Un mundo “perfecto”, limpio, ordenado, a miles de kilómetros de distancia del callejón por el que acabamos de andar. Espartano pero muy digno. Y mi confusión no para de crecer mientras cruzamos el patio hasta llegar a donde moran los de la casa…

Sin tiempo para asimilar nada dejamos las cosas en una cuartito y nos mandan para la azotea: se está secando la ropa de la colada y una cadena humana tiende decenas de mudas empapadas. Sin tiempo para asimilar nada bajamos abajo y otra nueva cadena humana, otra vez mezcla de voluntarios y residentes, limpia el patio entero a cubazos. Sin tiempo para asimilar nada ha llegado la hora de repartir agua al grito de ¡Pani!¡Pani! y sin tiempo de asimilar nada ya estamos recogiendo todos los vasos metal y alguien ordena que empecemos a repartir bandejas con comida. Sin haber tenido tiempo de asimilar nada me doy cuenta de que aquí en realidad nadie manda, que en cierto modo, son los propios residentes –los menos impedidos- los que organizan -sin llegar a organizar- las rutinas, y que nosotros –los voluntarios- nos limitamos a seguirles el paso como bien podemos.

Sin tiempo de asimilar nada, entre viaje y viaje la mirada se va posando en las decenas de rostros que esperan sentados a la sombra su vaso de agua y su bandeja de comida. Heridas imposibles, mutilaciones, verrugas, cicatrices y muchas miradas perdidas y mandíbulas desencajadas. Esta casa en concreto es el hogar de hombres y mujeres con problemas de salud mental. A medida que pasan las horas, los rostros, sin tener nombre propio, se van volviendo recurrentes y como se suele decir te vas quedando con la cara de la gente. Y ellos con la tuya. Hay buen humor y un muy buen ambiente, y yo no entendiendo a nadie y me entiendo con todo el mundo. Y a pesar de las miradas perdidas y esas cicatrices imposibles se va fraguando una pequeña red de complicidades pasajeras: Con aquel que tampoco está tan mal y que chapurrea inglés y te cuenta su vida. Con el otro que te toma el pelo y te pide agua tres veces hasta que al final comprendes que lo único que quería era jugar un rato, que le hicieras caso, que estuvieras por él. Con otro señor que tras varias veces tratando con él y mirándole a les ojos, me doy cuenta que le falta un brazo. ¡Qué le falta un brazo y no lo vi!

Otros muchos esperan pacientemente su afeitado. Un voluntario australiano experimentado se ha hecho con la cuchilla y la bacía del barbero, ejerciendo de maestro de ceremonias en un ritual cuanto menos sorprendente que me hace comprender muchas cosas: El anhelo inherente de todo ser humano de sentirse guapo. La necesidad del contacto con otros, la necesidad de cariño y atención que todos ansiamos. El orgullo de sentirte el rey de la fiesta, ni que sea al menos por un día, a más apurar, tan sólo durante ese ratito que dure el afeitado con cuchilla de usar y tirar. Y de ahí salto de nuevo al slum, a los callejones que cruzamos al venir para acá. Y viendo a estos hombres pienso en lo afortunados que son los de afuera -todos esos que viven en las madrigueras hechas de restos de cosas- por tener sus dos piernas con sus dos brazos. Porque no tienen estas cicatrices que sabrá dios de qué heridas vienen y porque pueden hablar sin balbucear ni babear, y porque a pesar de todo tienen a alguien a quien llorarle sus penas.

Los hombres de aquí dentro están muy tocados, pero las mujeres… Ay de las mujeres de esta Casa… Ay de esos rostros totalmente idos, de esas muchas miradas que ya no miran nada… Tan tristes, tan apagadas, tan marchitas… Una señora llora desconsolada sin parar. Llora, gime, atrapada en mundo de dolor y tinieblas. Ay de estas mujeres… ¿Qué tormentos habrán sufrido en esta ciudad inmisericorde azotada por la miseria? ¿Qué calvarios habrán tenido que padecer para llegar a este punto sin retorno? La India -como la mayoría de este mundo- no es lugar para mujeres, y mucho menos si son pobres, y mucho menos si por azares de la vida nacieron con algún impedimento. Presas fáciles, carne de cañón para desvaríos varios.

Suena música por los altavoces, algunos bailan mientras lavamos los platos y cerramos la jornada. Al medio día todos para casa y mañana más. Aunque uno que mandara mucho e hiciera poco –suele ser siempre así- se pregunte para qué volver si mañana si total será igual que hoy. Curiosamente es el único indio –de Chennai- y creo que si la casta nos pesa a nosotros, a él -por ser de aquí- todavía parece pesarle más.

La Lepra,

Hoy iremos de excursión a visitar una leprosería. Hoy iremos de EXCURSIÓN a visitar una leprosería…

La fundaron las Hermanas en 1953 pero la regentan los Hermanos. Está lejos, 25km al norte de Kolkata, que traducido a estas latitudes es el típico trayecto de tormento de polvo, ruido y calor.

La leprosería en si es el ejemplo más claro de lo que significa esta enfermedad: 2 edificios partidos por la vía del tren. A un lado, junto a la ciudad, el dispensario. Al otro lado de la vía, aislado del mundo, los talleres con los telares, las camas de los enfermos, las granjas, los huertos y por último las viviendas de las familias. Al otro lado, separados, aislados, lejos, al otro lado, que quede bien claro. Tan claro que tenemos que esperar casi una hora para poder cruzar, porque hay un tren parado en la vía y sencillamente no se puede pasar hasta que se vaya. Antes de entrar nos recalcan por activa y por pasiva que no hagamos fotos -¿¡Era necesario!?- pero obviamente siempre hay un idiota que se ve de safari. Curiosamente los Hermanos tampoco le dan más importancia, al fin y al cabo, supongo, el que se humilla es él mismo.

Y finalmente termina la eterna espera y cruzamos las puertas y vamos directos a los talleres con el taca-taca de los telares artesanales, de las mujeres hilando, los hombres tejiendo, al son del taca-taca de las agujas yendo de un lado para otro. Un salto en el tiempo, la fascinación de contemplar un proceso tan complejo cuyo resultado es tan sencillo. Fascinación por pura ignorancia; por los rostros tímidos y esquivos de los trabajadores que pacientemente soportan a nuestra miradas, que a la vez son los responsables de tejer los hábitos que por todo el mundo visten las Hermanas de la Caridad: el sari blanco con las tres líneas azules.

De los talleres a la guardería donde los niños aprenden lo básico para no engrosar las filas de analfabetos y tener alguna oportunidad. Y de las risas de los niños a las salas donde descansan los pacientes. De menos a más, de menos a más. Ana –la doctora mejicana que no devoraba almas- me confiesa lo incómoda que se siente. Le parece que estamos de safari, de visita al zoo. Entiendo lo que dice pero no comparto su sensación. Todos se incorporan a nuestra entrada y todos buscan nuestro saludo. Juntan sus dos manos, no siempre completas, y se tocan la frente mientras entonan el “Namasté”. Sonríen, buscan ansiosos nuestras miradas. Sonríen alegres de veras y se les tuerce una mueca cuando alguien se los salta. Y uno intenta hacer lo mismo y devolverles el cariño con la mirada, intentando no saltarse a nadie y asegurándose de mirar bien a los ojos. Yo no me siento de safari porque no vine a eso. ¿Porqué sonríen? ¿Porqué buscan nuestra mirada? ¿Porqué les duele no encontrarla?

La Lepra, más allá de la enfermedad, es esto: Repudio, marginación, desprecio, el destierro. Lo peor de la Lepra -nos cuenta el hermano que nos guía- no son ni tan siquiera los muñones y las cicatrices –que duelen lo mismo-. Lo peor es el repudio de la familia, de la casta. El abandono más absoluto a la suerte de uno mismo en este mundo inmisericorde. La muerte en vida. Y es por eso -creo- que tantos sonríen alegres aún teniendo muchos motivos para no hacerlo. No tanto porque sepan que nosotros les podremos ayudar en algo, o que les devolveremos los rostros desfigurados, las manos o las piernas. Sonríen -quiero pensar- porque por unos instantes vuelven a existir para el mundo que les repudió, el que está más allá de la puerta, el de al otro lado de la vía. El mundo del que cayeron sin ser culpables de nada cuando la lepra –enfermedad de los tiempos bíblicos que aún sobrevive en las bolsas de miseria de este mundo mal repartido- les echara el guante encima.

Hombres, mujeres, algunos mejor y otros mucho peor. De menos a más, pues a medida que avanzamos los casos se complican y el brillo en los ojos se apaga y sólo hay tristeza y vacío y silencio. Ya nadie alza las manos ni se entonan “Namastés”. Personas con cuerpos envueltos en gasas que cubren más que heridas. Cubren vidas de dolor, de humillaciones, y por suerte, ahora, de algún consuelo, de algún cariño, y de lo más importante, de un poco de dignidad: una cama con sábanas limpias, un techo para cuando lleguen los monzones, de un baño y de un plato de comida caliente.

Dignidad es lo que emana de cada rincón de este pequeño mundo aparte. La dignidad de los que con una mano y un muñón levantan la azada para cultivar su huerto u ordeñar sus cabras y sus vacas. Dignidad de los que trabajan en los telares ganándose su pan. Dignidad de los que saben que sus hijos no pasarán hambre, ni nadie los señalará por ser la hija de la leprosa. Dignidad, nada más. Nada de salvar almas para un supuesto sediento cristo rey.

La Mirada del Otro,

Segundo día de voluntario y sube el tono de las tareas. La misma cacofonía, el mismo caos perfectamente organizado, y por esos azares hoy me toca “dentro” del dispensario, nada de patio, hoy toca todo lo que el otro día no vi, o no quise ver.

Los que peor están están dentro. Donde está el Doctor y la mayoría de las Hermanas que el otro día brillaban por su ausencia. No estaban de parranda, estaban donde se las necesitaba: Dentro.

Me veo empujando sillas de ruedas, llevando a enfermos de un lado para otro. Ayudando a otros a incorporarse para tumbarlos en la camilla y que el Doctor los pueda atender. Los casos más duros, si cabe. ¿Qué infiernos hay que pasar para llegar a este estado? No puedo evitar preguntármelo. Aquí dentro hay cierta calma, cierto desasosiego, y de nuevo, austera dignidad. Si estando atendidos están así -me sigo preguntando- ¿Cómo estarían cuando llegaron? ¿Qué ocurrió? ¿Porqué ocurrió…?

Sigo Dentro, arriba y abajo hasta que una Hermana me indica que debo llevar a un señor a la ducha para bañarlo, cambiarle los pañales y ponerle una muda limpia. El cuerpo del señor en cuestión es la viva imagen del dolor hecho carne, una grabado goyesco. No puede andar, no puede hablar, pero sus ojos saben. Espero a que alguien venga a ayudarme, que me dé instrucciones, pero aquí, una vez más, se espera que yo haga lo que toca. Pregunto, pido auxilio y muy amablemente me dicen que me busqué la vida, que ellos andan más ocupados en cosas más urgentes y más importantes –y bien cierto que es-. Así que me toca hacerlo a mí.

Le ayudo a desnudarse, le bajo de la silla, le baño, él hace sus necesidades, lo limpio, le pongo una muda nueva y lo vuelvo a montar en la silla. Al final no ha sido para tanto y ahora se puede decir que después de esto ya somos íntimos. Y cuando lo vuelvo a acompañar al patio y lo siento de nuevo en el banquito a la sombra, el bueno del señor me devuelve una mirada que lo dice TODO… Que me lo dice todo, a mí, y yo le entiendo. Es en esa mirada en la que -por extraño que pueda parecer- me veo reflejado, y comprendo que este señor y yo no somos tan distintos. De hecho, por un instante me veo en él. En ese instante este señor que nunca sabré como se llama me sonríe con la mirada, me da las gracias con la mirada y yo me veo en él.

Cariño, respeto, dignidad. ¿Qué más se puede pedir? Leí hace un tiempo en una entrevista esta frase de una mujer que se lamentaba diciendo “Es la mirada del otro lo que me hace diferente”.  Hoy finalmente la he comprendido: El brazo amputado que no vi; la sonrisa que este señor nunca esbozó pero que sí vi. Y todos tan distintos muchos siguen clamando hoy en día a los cuatro vientos. Y todos tan iguales no puedo yo dejar de pensar. Que tampoco es que lo piense ¡Qué caray! Que es lo que machaconamente este viaje se empeña en mostrarme, día sí y día también.

La niña aquella que creció, la que partió y cambió, dejando atrás el colegio de monjas de señoritas indias de bien para dar consuelo a los moribundos que agonizaban en la cuneta de las calles de Calcuta. La que abrumada por la miseria de la hambruna del 43, la violencia del 46 o la catástrofe de la partición, fundó una orden cuyo objetivo eran los desesperados de los desesperados, los miserables de los miserables, los olvidados de los olvidados. Los hijos repudiados de nadie a los que ofreció una muerte digna en una cama, un último suspiro amable que no fuera en una cuneta para acabar picoteado por los cuervos o mordisqueado por las vacas.

La niña, la fanática, con la que no se podrá estar de acuerdo en muchas cosas, y la que desde luego no ofrece la solución final a los problemas del mundo, la salvadora de almas que al menos comprendió algo tan sencillo: que el miserable no lo es por gusto, y que qué mínimo que darle un último consuelo al moribundo. Que lo inhumano no son las llagas monstruosas que les puedan supurar, que lo más inhumano es verlos sufrir y no sentir que en realidad somos nosotros mismos.

Palos de Ciego. Kolkata, India

El sol se alza preciso por oriente en un nuevo amanecer en Kolkata. Camino a tientas por Alimuddin Street en dirección a la ‘Casa Madre‘ cegado por las lagañas y la luz del sol que me da en la cara. La mezquita de turno berrea por sus rimbombantes altavoces plateados la llamada a la plegaria del momento, la segunda del día a juzgar por mi sufrida experiencia en Indonesia. Y al frente, saliendo al paso de una calle medio desierta en una ciudad medio dormida, me cruzo con una silueta envuelta en una nube de polvo que avanza lentamente hacia mí. Un susurro, una sombra a contraluz que deambula arrastrando los pies.

Nuestro encuentro dura un instante, nos cruzamos apenas unos segundos, pero aún hoy, pasados los meses, todavía pienso en él. Primero distingo su ‘kufi’ -gorrito musulmán- para luego entrever que va con un palo por delante, para finalmente descubrir que no es un palo, que es tubo fluorescente. Este señor es ciego y ante la postal del momento se me encoje el corazón…

Que en Kolkata -ciudad de caos abrasadoramente desbordante, paradigma de la ciudad hostil por antonomasia, donde cruzar la calle con dos ojos y dos orejas ya es una aventura- este hombre se abra paso a través de 14 millones de almas con un tubo fluorescente por delante es un prodigio y un sinsentido. ¿Desamparo? ¿Inocencia? ¿Candidez? ¿Desesperación? ¿Fragilidad? Fragilidad… la de su existencia y las existencias de esos otros tantos millones de seres humanos que penden de un hilo y que parecen ganarle la partida a la injusticia de haber nacido en esta ciudad, lugar maldito, pelando por cada bocanada de aire.

El milagro de haber sobrevivido, el coraje de seguir hacia adelante, como sea, con lo que sea, aunque lo único que se tenga a mano sea un triste tubo fluorescente que alguien abandonó en un rincón y que por el momento, por muy frágil que fuere servirá hasta que deje de hacerlo, hasta que estalle en mil pedazos y ni recoger los trozos valga ya la pena. Y entonces, volver a levantarse, volver a caminar a tientas hasta encontrar una nueva vara, otro nuevo bastón, lo que sea, como sea, porque en la nada y ante la nada cualquier ayuda es una bendición, aunque nomás valga para llegar hasta la próxima esquina, aún a sabiendas de que con ella puede que lo único que consigas sea cruzar la próxima calle. Lo que sea, como sea, dando palos de ciego al amanecer de este nuevo día envuelto en una nube de polvo, peleando a cada paso por la siguiente bocanada de aire.

Bellos por Durmientes. Kolkata, India

Aparecen por todas partes: lo mismo duermen haciendo malabares sobre una barandilla abalaustrada, lo mismo andan recostados a las puertas del templo a la diosa Kali, la negra, la de los tres ojos rojos y la gran lengua dorada.

Descansan –lo vieron mis ojos- al atardecer, justo antes de que se abran los cielos y caiga el diluvio, reposando su maltrecha osamenta en el carrito de los helados a las puertas del monumento a la Reina Victoria, siempre encima, nunca debajo, para que no nos roben los helados mientras soñamos que somos los héroes de las películas y que al final nos casamos con la chica guapa de la mirada triste. Duermen todos como ángeles, como si lo de la vida fuera en realidad una broma, Maya, una ilusión. Duermen los bellos benditos y alguno soñara con el rugido del dragón junto al estruendo de una avenida en Kolkata, otro con el siseo de una gran serpiente al son de miles de suelas gastadas arrastrándose por la calle cortada.

Hará apenas unos días que puse mi primer pie en la India, y parece que aquí todos juegan a un juego. Que cuando cae la noche de repente se hacen todos los dormidos y se desploman allá donde los haya pillado la oscuridad. Caen fulminados sobre las aceras y pretenden dormir, y gana el que consigue aguantar hasta el día siguiente, ignorando los bocinazos, la dureza del asfalto contra los huesos, el frío que uno pueda sentir o la lluvia que a uno le pueda caer. Pagan justos por pecadores, por no haber llegado a casa a tiempo, por no tener ni siquiera una casa a la que llegar, ni una chabola, ni una triste lona azul o un techo de uralita corrido a pedradas. Algunos sueltos, otros tantos en familia.

Duermen todos los benditos, que como la bella del cuento, lo son -bellos- tan sólo por el hecho de haber cerrado los ojos. Duermen y pienso que algunos, la mayoría, serán buenos, y pienso -me pregunto- por la cara de los malos… ¿Qué cara ponen los canallas cuando duermen? Los que roban por codicia –que no por hambre-, los que matan, los que violan, los que mienten, todos esos que hacen daño sabiéndolo y queriéndolo…

Duermen plácidamente todos estos rostros bellos y serenos por las calles de Kolkata, pero no es un sueño, es su realidad. No es un juego, es su vida.

A base de malvivir no les quedó más remedio que aprender a tomarse un descanso de su implacable existencia –y seguramente injusta- en cualquier momento y en cualquier rincón. A pesar del barullo, a pesar de las chinas punzantes en los costados. A pesar de todo, de los sinsabores de una vida perra, de la miseria más apabullante, a pesar de todo ello, los rostros de miles de bellos durmientes salpican las calles de la extenuada Kolkata.

Todos con la misma cara, los buenos y los malos. Todos con la misma cara, los ricos y los pobres. Todos con la misma cara de ángeles benditos, todos ellos, como tú y como yo, como tus hijos y como los míos, todos ellos bellos y benditos por el simple hecho de estar dormidos.

Kalighat Road. Kolkata, India

¡Con las pocas mujeres que parece haber por las calles de Kolkata y aquí no hago más que ver cuerpos voluptuosos a cada esquina! ¡Qué caderas más espléndidas! ¡Anchas y tan bien contorneadas cómo para perderse en ellas una y mil noches! ¡Y esos pechos redondos como naranjas desafiando las leyes de la gravedad! ¡Y ya puestos les ponemos ocho brazos que con dos no bastan! …¿Y ellos?… ¡Qué no luzcan tampoco menos de un par de buenos pectorales subrayados por unos perfectamente definidos abdominales sustentados sobre un buen par de firmes nalgas hercúleas!

Que no mal piense nadie, que no ando de paseo a media noche por ningún distrito rojo: es lunes por la mañana y esto es Kalighat Road, un lugar especial de Kolkata donde docenas de artesanos trabajan a destajo y a contra reloj para tener listos todos los ‘murtis’ que desfilarán por las calles durante el festival del Durga Puja.

Vine a parar aquí por una pequeña reseña en la guía de viajes y al leerla supe al instante que esto era para mí; así que, ya que estaba en la zona y tras mostrar mis respetos a la diosa Kali-, me lié a dar vueltas por los callejones de los alrededores. Tras algunos pasos en falso no tardé mucho en darme de bruces con la puerta entreabierta de un taller. El artesano que trabaja en su última obra me mira sorprendido y me invita a pasar con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Qué bien me saben estas pequeñas delicias! Son estos los momentos por los que vale la pena arriesgarse a perderse un poco.

Un patio y un tendal y unas cuantas esculturas a medio hacer: Un Ganesha –dios con cabeza de elefante- casi terminado, algún héroe épico con cuerpazo de estrella de Bollywood y muchas Durgas con curvas de vértigo moldeadas con paja. Todo ello tan sagrado como efímero, hecho con materiales humildes: bambú para la base y el esqueleto; paja para moldear las carnes y definir volúmenes; y barro para concretar los contornos y las facciones. Son murtis –ídolos sagrados- que reencarnarán a la deidad y servirán para las pūjās y las procesiones del próximo festival y cuyo último destino común es el lecho del río Hooghly. Tras unas cuantas fotos me sonríe de nuevo el artesano y -como me debe leer en los ojos que estoy encantado por lo que veo- me invita a entrar por la puerta que tiene tras de sí. ¡Dhanyavaad Mister! ¡Dhanyavaad! (-¡Gracias Señor! ¡Gracias!-).

Otro par de artesanos trabajan en silencio en la penumbra del taller. Uno talla un tronco y el otro se encarga de moldear en barro el rostro de Durga. Me miran tranquilos, sonríen y me indican con la mano que pase, como si estuviera en mi casa, que al fondo hay más y más y más. Y encuentro más y más y más, todo un panteón divino a la espera del gran día. Gesticulando en exceso ellos. Todas ellas dignas y serenas. Con dos brazos, con ocho, con cuatro. Con cabeza de hombre, de mujer, de elefante. Con un león rugiendo, con un tigre pegándole un bocado a otro héroe de tipo Bollywoodiense. Qué rincón de mundo tan extraño, la inquietante tensión petrificada de dioses y héroes suspendida en un silencio tan amable como absoluto.

Me despido de mis encantadores anfitriones con un buen puñado de sonrisas agradecidas y muchos más Dhanyavaads. Salgo al callejón y tras unas vueltas doy finalmente con Kalighat Road. La calle principal salpicada a lado y lado de talleres y esculturas, y de callejones que llevan a más talleres que llevan a almacenes copados hasta los topes de murtis. Todo un ejército de terracota que monta guardia en las entrañas de Kolkata, conteniendo el aliento y en posición, a la espera del gran día en el que se rompa el conjuro que los tiene presos y suene el chasquido de la claqueta al grito de ¡Acción! Y entonces, tal coreografía delirante de Bollywood, todas esas miles de Durgas de barro y paja inundarán las calles de Kolkata y romperán a bailar envueltas en nubes de polvos de colores y música atronadora. Pero esa, ya es otra historia…

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¡Hello India! Kolkata, India

Los muros alicatados, blancos y brillantes. Las luces frías, feas y fluorescentes. Los ventiladores rugiendo a todo trapo y cubiertos de una incomprensible mugre trémula. El tronar de los altavoces mezclado con los gritos, los murmullos y las ‘pūjās’ -rituales-. Camino descalzo –este pedazo de tierra es sagrado- por un suelo cubierto de restos de flores de hibisco muertas, rojas. De restos de comida y ofrendas mezcladas con efluvios negros y aguas infectas de incierta procedencia. Bordeando a trompicones una gran jaula plateada, atrapado en una fila india, desconcertado, repitiendo las fórmulas sagradas incomprensibles que el brahmán de turno que me cazó a la entrada nos canta a mí y a mi compañero de enfrente. Por cuarenta ruppias tienes una flor marchita de segunda mano, un poco de arroz y una marca de color bermellón en la frente. Y de ahí a un peldaño más arriba, camino de una vida mejor en este ciclo eterno de reencarnaciones.

Dentro de la jaula plateada está Kali, la diosa, el avatar destructor de la Madre, la patrona de Kolkata. Kali, una efigie de piedra tan naif como terrorífica, una imagen perturbadora, más cercana a un garabato infantil que a la divinidad, y puede que por eso aún más divina. Negra, con tres ojos rojos y con una grotesca lengua dorada, enorme. Una visión que no te deja indiferente. Tosca y extraña, conmovedoramente primitiva, envuelta en mantos de colores y guirnaldas mil, y la luz blanca de los fluorescentes y el chapoteo de las aguas infectas y el bramido y las prisas de los brahmanes que ofician pūjās con la misma diligencia que exprimen la cola haciendo fluir miles de ruppias que caen como una lluvia pétalos a los pies de Kali.

Del sanctum sanctorum al patio de este Templo del Kalighat, un lugar a medio camino entre lo sagrado y una feria de pueblo alocada. Una espiritualidad vivida como fervor, jaleo -mucho jaleo- y ritual. Y de ahí, tras recoger mis zapatos y pasar los arcos de seguridad y los guardas con ametralladoras y palos, de nuevo a las calles de Kolkata. Ciudad también con nombre de mujer; exhausta, vibrante, que sigue palpitando con la insistencia –puede que tozudez- de una gran dama que se vino abajo pero que se supo guapa en algún momento de su atormentado pasado de hambrunas, odio y violencia.

Hoy era lunes por la mañana y algunas nenas con largas trenzas negras e impolutos vestidos blancos de colegio privado me acompañaron en el vagón medio vacío hasta el sur de Kolkata, pero yo llegué el sábado, desde Bangkok, pensándome curtido por más de once meses por el sureste asiático, preparado para todo, dispuesto a todo. El calor nada más bajar del avión: abrasador. El aeropuerto de una ciudad de 14 millones de habitantes: pequeño, vetusto y con un penetrante olor a lejía. Y a partir de ahí, yo valiente como el que más, me propuse la tarea titánica de llegar al centro en transporte público con el sol prendido en las doce. Cruzar el aparcamiento semidesierto, con más hierbajos que coches, y un par de solares abandonados hasta llegar a una carretera cualquiera. “Hello India” me digo sonriendo para mis adentros. Esto va a doler -lo sé- pero será divertido -también lo sé-. Tengo uno de esos momentos de lucidez en los que comprendes que estás viviendo algo distinto a todo lo vivido hasta el momento, que paseas por un plano vital gobernado por otro orden.

Todo está cubierto de un polvo pardo indefinible, el desbarajuste es monumental, todos me miran y sin perder la compostura pregunto por el bus a los parroquianos apostados junto a un puesto de chucherías varias montado con cuatro palos y una lona. Tras cinco intentonas llega mi bus, me subo, me hago un hueco al fondo por casualidad y clavo la mirada por la ventanilla cubierta de mugre. Los arrabales periféricos de una megalópolis venida a menos que sigue creciendo desfilan por la ventana como un carrusel. El ruido, el caos, el desorden y la superposición de escenas cotidianas me mantienen en suspenso.

Me dicen que me baje, me bajo, me lío, me pierdo y me encuentro de nuevo. Directo al tren en medio de riadas de gente, en hora punta, atiborrado, en un “súbase quien pueda”. Pero a pesar de ello todos son amables; me sonríen extrañados y divertidos y se aseguran de que me baje en la estación correcta. “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos” insistía Huma Rojo. La mayoría hombres bien peinados, con camisas blancas relucientes y sus maletines de piel sintética -el cuero es impuro para los hindúes-. Me asalta el chaval de al lado preguntándome por mi vida y milagros -con sus intimidades- para en escasos minutos contarme la suya: que trabaja y vive a las afueras, que tiene veinte años y que va al centro a cursar su MBA. Ok, perfecto, encantado y nos despedimos con sonrisas y apretones de manos como si nos conociéramos de toda la vida. Y al fin, ahora -mientras subo los últimos peldaños de la boca del metro en Esplanade- pienso: “Hola Kolkata”, “Buenas Kolkata”, “Todavía no te conozco pero ya me gustas”.

Caminar por Park Street bajo una portalada colonial atiborrada de puestos y de gente. Llegarme hasta Sutter Street –el guirigueto occidental- y encontrar alojamiento decadente pero glamuroso en Stuart Lane: una habitación estrecha, de techos altísimos y paredes de un intenso color rojo vino. Tras una ducha en el baño infecto común y una pequeña siesta en cueros bajo un ventilador asesino a máxima potencia para combatir el calor sofocante ya estoy listo para mi primer paseo por esta ciudad que a pesar de sus muchos males –demasiados- me ganó para su causa des del primer momento. No vengan a Kolkata buscando lugares de postal o monumentos gloriosos –alguno hay-. Aquí en esencia no hay nada que ver ya que Todo está por ver.

Todavía hoy no sabría cómo definir ese primer contacto, ése sentirse desbordado por todo porque todo ocurre al mismo tiempo. Como si en cada palmo de esta ciudad tuvieran lugar miles de cosas a la vez y, consciente de ello y muy a tu pesar, no tuvieras tiempo de asimilarlo. ¡Todo, todo, todo! Estas calles son la antítesis a la nada o al vacío. Las fachadas de los edificios, las caras de la gente, sus ropas o harapos, el tráfico absurdo, alocado, copado hasta lo inimaginable: el bus, el taxi, el coche, el auto-ricksaw, la moto, el ricksaw, la bicicleta, el transeúnte, el señor que carga con una cesta gigantesca en la cabeza. Una ciudad saturada que fluye ¿¡Fluye!? Un orden superior lo gobierna todo -siempre ese Todo-, algo que es mayor a la suma de sus partes y que procesa millones de trayectorias, interacciones  y cabriolas para que cada cual acabe llegando a su destino sin tropezarse con los otros miles que se cruzó en el camino y que también querían llegar a casa a la hora de la cena.

Los negocios que se amontonan los unos sobre los ostros. Las gentes en la calle, bañándose, hablándose, vendiendo, comiendo, comprando, meando, cagando. Muchos otros miles sentados en cuclillas con la mirada clavada en el vacío, a la espera de ocurra algo sin que realmente pase nada. Deambulo sin saber a dónde voy, intoxicado, borracho de jaleo -el jaleo me pone, y mucho-. No entiendo cómo pueden crecer los árboles sobre las fachadas, como tampoco alcanzo a comprender a dónde llevan esos portales sumidos en una penumbra demasiado oscura. ¿A Yangon? ¡Claro que sí! Porque en este primer paseo es Yangon quien me viene a la cabeza, porque ambas son ciudades hermanas dispuestas en cuadrículas junto a un río por los mismos amos conquistadores. Agotado y exhausto enfilo una última avenida, apurando los últimos rayos de sol, sin arriesgar demasiado por hoy, cuando en este universo cacofónico cruzo la mirada con una mujer en esta ciudad en la que sorprendentemente escasean. ¡Saltan chispas! En ese instante en el que ella, sorprendida, me esboza una sonrisa picarona al comprender que yo no soy como los otros –un extranjero- y yo, sorprendido, comprendo en ese instante que ella tampoco es como las otras, porque en realidad no es ella sino él, una ‘hijra’, una mujer atrapada en un cuerpo de hombre.

Esta ciudad no se basta con una sola realidad, son múltiples por no usar la palabra infinitas. Amontonadas, superpuestas y solapadas a codazos las unas sobre las otras sin ton ni son. Universos paralelos desfilan ante ti a cada momento, y basta con fijar la mirada en un punto concreto en medio del jaleo más monumental que tu mente pueda concebir para darse cuenta que aquella dama en realidad era un caballero, que aquella ruina fue antes una suntuosa mansión del tiempo de los ingleses y que aquel mendigo tirado en la cuneta que se clava una aguja en el antebrazo -si le miras a la cara- tiene en realidad los delicados rasgos de un príncipe…

¡Hello India! ¡Hola Kolkata!