El Primero de la clase. Myanmar

Deberá tener unos 10 años y hoy no irá a clase. Se perderá por el camino y lo más probable es que acabe en el lago. Subirá a alguno de los grandes árboles rodean la orilla, y saltará con todas sus ganas para que el estruendo resulte épico. O puede que todavía sea invierno y ha llegado a la conclusión que lo mejor será invertir el día pescando mientras los demás chicos están en la escuela. Él se lo puede permitir, a fin de cuentas, es el Primero de la Clase.

David es un chico listo y un cachondo. De hecho estos dos atributos suelen ir casi siempre unidos. La primera vez que nuestros caminos se cruzaron fue en Tachileik, cruzada la frontera entre Tailandia y Myanmar. Intentábamos entrar en el país y empezaron las pegas. Nos tocó como guía adjudicado sí o sí. Yo en ese momento cargaba con mi saco de prejuicios, y lo último que quería era llevar a cuestas un guía del gobierno, y encima pagarle el transporte y la comida para que acabara haciéndome lo que llevo haciendo durante los 2 últimos meses.

Resultó que yo andaba equivocado. David, lejos de ser alguien del gobierno, era un chico listo que intentaba ganarse la vida. A más a más, yo no tuve que cargar con David, David cargó conmigo durante los cuatro días que nos movimos por esta zona cerrada de Myanmar. Y para colmo, David era una buena persona que tenía mucho que enseñarme sobre actitudes a tomar en la vida, que aunque puede ser jodida, en Myanmar siempre acaba siéndolo un poquito más que allá en Barcelona.

El Primero de la Clase se tuvo que poner las pilas cuando su padre murió. A los 16 entró a trabajar como mozo de limpieza en un hotel. En éstas entabló amistad con un extranjero que al cabo de 3 meses le mandó un curso de inglés a distancia. En su tiempo libre leía, escuchaba y repetía las cintas. Hablaba sólo. Y solito lo aprendió en 6 meses. De ahí a la recepción, y desde su nueva atalaya profesional/vital/social vislumbró su futuro: sería Guía Turístico. Se movió, aprendió y se acreditó. Y el chico listo siguió creciendo y prosperando. Al cabo de unos años aplicó, ni más ni menos, que a las Naciones Unidas y de los 30 locales él fue el elegido. 2 años trabajando con occidente, aprendiendo de occidente, y viendo lo bueno y lo malo. El proyecto no acabó, pero a él lo despacharon, y siguió y siguió y siguió.

No se corta un pelo al hablar de la situación política del país, pero lo hace con elegancia y bueno humor. Cuando nos encontró en la frontera, hacía ya 3 días que estaba apostado en Tachileik con su traje de gala, esperando a que algún turista le contratara. Pagó de su bolsillo la incapacidad del Gobierno para garantizar una vida digna a gentes que acaban tomando las armas, y acaban haciendo que la zona esté vedada, y haciendo que los turistas no vengan. Acabó pagando también de su bolsillo los sobornos a las patrullas que “vigilan” la carretera y que hicieron inviable su plan de llevar a los turistas hasta Kengtung. Y sigue pagando de su bolsillo el tuk-tuk con el que quería acompañar a turistas por el país. Un tuk-tuk que hoy hemos usado, que llevaba treinta días parado a causa del conflicto, pero que mes a mes, parado o no, él sigue pagando religiosamente.

El Primero de la Clase es el pequeño de 5, de los que sólo quedan 2. 2 se quedaron por el camino siendo niños. La otra, le fue entregada a unos parientes y él no la ve. La que hace 4 se casó y ya no viene por casa. David se siente afortunado: él nació en la ciudad, y eso, en este universo de preciosas aldeas dejadas de la mano de diós, significa que tuvo posibilidad de sobrevivir a las enfermedades. Creció yendo a las escuelas. Temprano por la mañana, dos horas en la escuela China. Luego seis horas más a la birmana y luego de vuelta un par más a la china. David es hijo de la mezcla de este universo poli-étnico conocido como el Estado Shan, cruce de pueblos que se superponen a su propia historia centenaria.

Y ahí sigue él, cantado a grito pelado mientras cruzamos las montañas para llegar a la próxima aldea. Y ahí sigue él, saludando a todo el mundo, repartiendo dulces y jabón a los locales, para que ellos tengan un sonrisa y nosotros nuestra foto. Y ahí estaba él cuando nos conocimos por primera vez, siendo amable conmigo y yo un estirado desconfiado. Y ahí seguirá mañana, cuando volvamos a Tailandia, buscándose la vida, sin renunciar a ser buena persona, aunque en ello se le vaya el sueldo y los ahorros.

Le miras a la cara y tiene cuatro pelos en el bigote y en la perilla. Lleva un gorro de explorador al más puro estilo Dr. Livingston. Y ya me lo estoy viendo pasar de largo de la escuela para ir al lago, con una sonrisa en la cara, consciente de lo que es importante en la vida. Y precisamente por eso hoy no irá a clase, porque hoy el mundo empieza y acaba en un buen chapuzón.

Las Calzadas Birmanas. Myanmar

De todo este universo llamado Myanmar una de las cosas que más me caló fueron sus calzadas. No fue su estado. Ni sus dimensiones ni direcciones. Están en mal conservadas, son estrechas y no casi siempre llegan hasta donde quisieras. Lo que me chocó fue ver como las hacían.

Habrá 100 razones más en este país y en el mundo entero para que a alguien se le encoja el corazón, pero cada vez que pasaba junto a ellos, no podía dejar de sentir esa punzada en el pecho. La mano de obra que las construyen son mujeres y chavales en su mayoría. El proceso es primitivo, lento, exasperante, es un trabajo duro y minucioso, de hecho es artesanal. Se agachan, pican piedra, la recogen y la cargan en cestos, la transportan, la apilan y la aplanan. Y mientras, otros hierven el alquitrán en los bidones y sus humos putrefactos lo impregnan todo. Todos se cubren el cuerpo y las caras. Y bajo el sol abrasador y envueltos por el humo y el polvo de los camiones que no dejan de pasar, siguen de rodillas, agachados, picando piedra, recogiéndola, cargándola y colocándolas una a una.

Creo que lo que me encoge el corazón es saber que ellos saben que esto no durará. Que su trabajo, a pesar de ser necesario, es en vano. Que en pocos meses, todo sucumbirá al trote de los camiones, a las lluvias, al sol, al terreno en perpetuo movimiento. Yo lo sé, pero ellos lo saben mejor. Lo saben porque lo sufren y aún así no tienen alternativa.

Bajando por el Río Grande de Myanmar, un monje, a media voz y pasada la media noche, pedía carreteras para la gente. Lo entendí, pero no lo comprendí. Comprendo ahora que sin carreteras este país es un mar de aldeas que son como islas, y que la gente, sin carreteras, se muere porque no llega al hospital, o no prospera porque no hay quien compre sus cosechas, o no mejora porque no llega a las escuela. En este país nunca faltan carreteras decentes para que lleguemos a los destinos turísticos estrella. Ni tampoco se hecha en falta un metro de buena calzada que no conecte el rosario de bases militares. Si es necesario, se construyen carreteras que cortan la selva a pedazos, y así se aísla a los “rebeldes” y al mismo tiempo se garantiza el acceso a las fuerzas del “orden”.

Y mientras, cruzando el país, se siguen viendo a esas mujeres y a esos chavales agachados, envueltos en el polvo, el calor y los vapores del alquitrán. Piedra a piedra reconstruyen, una vez más, las Calzadas Birmanas.

Buscando paraísos perdidos. Kentung, Myanmar

Como cada mañana, la llanura sobre la que se asienta Kengtung amanece envuelta en una fría y espesa niebla que lo difumina todo. Arrastrando unas sábanas todavía pegadas a la cara y con los ojos a medio abrir por las lagañas salgo de mi cuarto. Voy en busca de los demás que me esperan desayunando en el porche. Tras ellos está la Calle, y en la Calle se representa la vida, la vida birmana en su sencillez y su autenticidad. Sus ropas comunes, sus casas comunes, la bruma, y las mujeres en sus puestos callejeros. Gentes que vienen y van, toda la escena en riguroso plano frontal. Es como un cuadro que representa a la perfección el porqué sentía que tenía que volver a este país.

De nuevo me siento en lugar que escapa al tiempo real en el que he vivido toda mi vida, un lugar anclado no sólo en el pasado, pero también en una serie de actitudes y valores que parece que siempre acaban por perderse con esto de “la modernidad” y que aquí todavía perviven. Al sentarme a la mesa del desayuno mi alegría de estar de vuelta se transforma en un “This is why I wanted to come back (esto es por lo que quería volver)” mientras señalo la calle. Ellos asienten con una sonrisa cómplice. Somos 4 y durante los próximos 4 días tampoco serán más de 4 los extranjeros que nos cruzaremos en el Estado Shan.

Myanmar se asemeja a una isla a la deriva que flota en el sureste asiático, a medio camino entre el subcontinente indio e indochina. Aislada del exterior por la dictadura militar, el país conserva una frescura o inocencia que hasta en España tuvimos pero que hace ya años dejamos atrás. Dentro del país también hay islas, y Kengtung es una de ellas. Se encuentra al este, encajado entre China, Laos y Tailandia, y desde ahí se me presentaba la oportunidad de volver a visitar una vez más a mi primer amor de este viaje. Y de hacerlo por la puerta trasera del escenario, la salida de emergencia, entre bambalinas y fuera del alcance de los focos. Después de un mes en Tailandia me moría de ganas por volver.

Por aire se puede llegar desde el centro del país, pero por tierra los extranjeros y los locales tienen el paso vedado. Sólo a través del norte de Tailandia se puede entrar y hacia allí dirigí mis pasos. Mi primer compañero de viaje se me cruzó en un pick-up mientras dejaba atrás Mae Salong: Robert un Sueco Finlandés. El dúo restante, en el siguiente bus que nos llevaría de un cruce de carretera hasta la frontera: Steve & Wendy. Una pareja de americanos que debían andar entre los 50 y los 60. Los 4 cruzamos la frontera juntos y juntos recibimos las nuevas. Debido a la situación interna en esa zona conflictiva del país, podíamos entrar, pero deberíamos estar en todo momento acompañados por un guía turístico, correr con sus gastos y tener extremadamente limitados nuestros movimientos.

Dudamos, dudé y como viene siendo norma en este viaje empecé ese proceso donde la realidad se superpone a mis planes, al tiempo que estos se van fundiendo para encajar en las nuevas circunstancias. El resultado es que tenía que amoldarme si quería seguir adelante, con lo que mis 10 días de exploración por el este de Myanmar quedaban reducidos a 4, en compañía, eso sí, de excelente comparsa.

Llegar a Kengtung fue una sinfonía de situaciones de esas en las que uno alza la vista hacia los cielos, respira hondo y se repite eso de: que sea lo que tenga que ser. Finalmente arrancamos de verdad, nos montamos en el bus y salimos de Tachileik, ciudad de fronteras. Y vinieron a reconfortar mi alma nuevos paisajes. Nuevas carreteras que serpenteaban a la par con ríos salvajes que se abrían paso a través de junglas espesas que cual murallas romanas franqueaban el camino. Paisaje virgen, fueran selvas o campos de arroz, con alguna que otra aldea de chozas de paja y bambú. Todo bien doradito, bien envuelto en luz atardecer y mi rostro sonriendo contra el cristal de la ventana. Tras cinco horas, llegada confusa pero puntual a la no-estación de autobuses de Kengtung, cena rápida de lo que sea y primera y única ronda de cervezas a cargo de Steve que celebra y agradece que haya dado la cara y que les haya llevado a destino. Se agradece que se agradezca.

Y David, nuestro guía, nos deleita con el menú de escasas aunque suculentas posibilidades que sobrepasan mis expectativas de la zona, ya de por si altas. Los otros lo notan y llega un momento en que me parece infantil ocultarlo: me voy a quedar con las ganas de hacer la mitad de las cosas que David nos está proponiendo, y sé que son muy buenas oportunidades de vivir experiencias únicas.

Aún así los dos días trekking que disfrutamos valieron su peso en oro. El balance económico final arroja un incremento del gasto, pero hay que saber cuándo es el momento de estirar el presupuesto y cuando ser tacaño equivale a ser tonto. Visitamos aldeas Akha donde las mujeres (nunca los hombres) seguían viviendo como siempre. Con sus rutinas y oficios, con sus trajes, y con sus sonrisas cómplices y sus tímidas miradas. Y David orquestó como perfecto maestro de ceremonias, repartiendo presentes cuando tocaba y a quien tocaba. Suavizando el encuentro entre los locales y los cazadores de instantáneas, al tiempo que nos contaba las mil y unas historias y costumbres de estas gentes. Que lujo de guía, que lujo de compañeros de armas y que lujo de aldeanos. Rematamos la jornada como debe de ser. Junto al lago y al atardecer, con unas cervezas y unos snacks de gusanos fritos a los que ahora resulta que soy adicto.

Al segundo día perdimos por el camino a Steve y Wendy que pagaban peaje por las andaduras del día anterior, así que Robert y yo montamos en el pick-up rojo de David y nos dirigimos hacia Moi Lwe, estación de montaña en los tiempos de la Colonia Británica. Más allá del monumental traqueteo del carricoche por los más infames caminos de montaña, para mí el día tuvo algo de especial, dejando a un lado las incomparables aldeas que una vez más visitamos guiados por Peter el Grande. Durante las semanas previas, mi banda sonora literaria, o el libro que me había acompañado eran “Los tiempo Birmanos” de George Orwell, ídolo literario de un servidor. Sentí que Moi Lwe era algo de aquello que fue, y que podía ponerle rostro a las palabras del texto mientras me paseaba por escenarios decadentes coloniales medio abandonados medio restaurados en la cima de la colina.

La vuelta a casa fue una carrera contrarreloj contra la noche birmana en la que la electricidad escasea y hace de las carreteras birmanas el peor enemigo del chasis de todo vehículo rodado. Carreteras, que a juzgar por el modo en que las construyen deberían llamarlas calzadas, las Calzadas Birmanas. En mi primera visita me quedé con las ganas hablar de ellas pero esta vez los dioses, que son sabios y me tienen bajo su cuidado, me brindaron un nuevo encuentro con su realidad. Llegamos tarde, exhaustos, pero satisfechos del pequeño montoncito de momentos y sonrisas que el día había traído consigo.

Se acababa el tiempo y Myanmar empezaba a quedar atrás, de nuevo. Pero por delante quedaba la certeza que lo vivido y sentido la primera vez no fue fruto de la novedad. Sino que Myanmar, y sobre todo su gente y sus paisajes habían conseguido transportarme como nunca antes a un tiempo que corre paralelo a este mundo cada vez más pequeño y más enmarañado. Donde parece que todos jugamos a ser el de al lado, mirando lo que come, viste o piensa, al tiempo que insistimos en ser más que nunca nosotros mismos. Paradoja de los tiempos modernos que me permite ver lo que veo, para alimentarme de ello, y sin ser yo mismo, serlo más.

Y aún así, me tiene preso la certeza que nadie regala nada y que tomar algo nuevo implica dejar por el camino algo viejo. Y me pregunto si ese algo que dejamos atrás por el camino es lo que precisamente vine a buscar de nuevo a Myanmar.