To mandarin or not to mandarin. Berastagi, Indonesia

Voy montado en la opelet que me lleva de vuelta a Berastagi después de pasar una espléndida mañana recorriendo el Gunung Sibayak, mi primer volcán. Somos varios y en una parada se sube un chavalín ¿Qué tendrá? ¿Diez, doce años? Me quedo con su cara de sorpresa al verme dentro -una más de la muchas con las que me vengo cruzando por el norte de Sumatra- y le devuelvo una sonrisa cortés acompañada de un selamat pagi –buenos días- mientras le hago un guiño cómplice. El chavalín lo flipa y se lo piensa un rato antes de preguntarme de dónde soy. De España, de Barcelona. Al oír la palabra mágica –Barcelona- se le ponen los ojos como platos. Le sonrío consciente de lo que esto pueda significa para él y me agarro fuerte donde puedo para no salir rodando por la puerta entre tanto bache y trompicón.

Se acerca su parada y el pequeño abre su mochila, saca una mandarina, su mandarina, su almuerzo y me lo ofrece con un sonrisa llena de orgullo. Me deja tan descolocado que no sé qué decir. Es un regalo, así que acéptalo -pienso por un lado- , pero es su almuerzo y este chavalín seguro que es de un hogar humilde donde cada cosa vale su precio en oro. No puedo tomar su almuerzo que será lo único que tiene cuando yo “puedo pagarme todo lo que quiera”. Abrumado por su generosidad declino amablemente su regalo dándole las gracias tres, cuatro y hasta diez veces: Terima kasih, terima kasih, terima kasih,…

El pequeño sonríe, me mira y se despide de mí frente la parada que está al lado del campo de fútbol. Hoy es sábado, hay partido y de ahí viene su fascinación ante la palabra Barcelona. Arranca la opelet y me siento un imbécil y un ingrato, pero todavía no sé el porqué.

Tengo que pensarlo mucho antes de caer en la cuenta que por definición tengo un problema: no sé aceptar regalos que no tengan una clara justificación –cumpleaños, trabajo bien hecho, bla bla bla…-. Tengo que pensarlo un rato más para comprender que no saber aceptar un regalo sin motivo es casi tan odioso como no saber darlo. Pero en el fondo yo sé que tiendo a olvidar más fácilmente las deudas que tengan conmigo, que las deudas que yo tenga pendientes con los demás. Entonces ¿Por qué no cogí la mandarina?

Puede que toda esta reflexión les parezca desproporcionada al incidente en sí mismo. Una muestra pura y verdadera de bondad y generosidad, a la que un servidor responde con una muestra de magnánimo sentido común y conveniencia. Pero cuando lo pienso ahora me doy cuenta de que mi magnánima respuesta no fue más que un acto de magnánima soberbia, involuntaria, sí, pero soberbia a fin de cuentas. Con mi negativa le negué la posibilidad de ser bueno y generoso sin motivo alguno con un desconocido. Se la negué por considerarlo insuficientemente rico, demasiado pobre. Mi rechazo no fue un acto honorable, fue un desprecio disfrazado. Curiosamente su generosidad activó mi oculta prepotencia, mi arrogancia y mi mal digerida condición de ser superior por el simple hecho de “poder pagarme todo lo que quiera” en el mercado del pueblo.

No se trata de pobres o ricos, se trata de respeto, y el respeto es algo más que una sonrisa amable y un selamat pagi. Respeto es a fin de cuentas no sólo tratar -eso sería simple cortesía- sino sentir al otro como un igual, y sólo desde esa comprensión y asunción profunda puede ir uno por el mundo con la cabeza en alto, en ese delicado punto en el que la barbilla ni mira hacia abajo ni mira hacia arriba. Es delicado, es sutil, lo sé, y no basta con estar cerca. A mí desde luego no me bastó con estar cerca, y es por eso que ofendí a un chavalín generoso con un corazón enorme, que me respondió como una enorme sonrisa, para acabar sintiéndome torpe, algo imbécil y muy desagradecido… Desde luego un viaje no son sólo destinos visitados. Son las situaciones vividas y lo que cuentan de nosotros.

Día 0: Ligero de equipaje. Bangkok, Tailandia

¿Te has preguntado alguna vez como empieza un viaje alrededor del mundo sin billete de vuelta, sin orden ni destino? ¿Cómo son esos instantes previos en los que cierras la maleta y te diriges al aeropuerto para tomar ese avión? El avión que no sólo te lleva a un lugar, el avión que te cambiará la vida para siempre y del que volverás convertido en otro.

La arrancada ha sido caótica, al más puro estilo “Franc Pallarès López cuándo cojones aprenderemos”. Estuvimos hasta demasiado tarde en La Roofhaciendo la mona y por el Raval de Barcelona bebiendo copas de más. Pero claro, dos de tus mejores amigos te dicen de ir a hacer “la última” horas antes de marcharte tan lejos y durante tanto tiempo, que al igual les dices que no. Y claro, como a más a más a ti tampoco nunca te ha gustado ir de parranda… pues ya la tenemos liada.

En La Roof sesión musical donde lo único que recuerdas son los temas de Tracy Chapman. ¿A lo mejor también un poco de Björk? ¡Ala chicos! Ataque de risa cuando Sam intenta liberarme de no sé qué contracturas y de paso miramos las estrellas un rato y ahora que me viene a la cabeza ¿Estuve todo el rato mirando a Marte?.

Serán las 6 de la madrugada cuando entre las nieblas de un sueño pesado y denso de alcohol en la sangre me despierta el ruido del interfono. ¡Mierda! ¡Me he dormido! Cojo el móbil de la mesita de noche para comprobar qué hora es y veo las 10 llamadas perdidas de mi madre. Resacoso no oí el despertador. No he cerrado la mochila y corro histérico por la habitación. Enciendo el portátil y recurro a la artillería pesada. El “Every Teardrop is a Waterfall” de los Coldplay suena a todo volumen y recupero el norte y la alegría. Empaqueto y cierro la puerta tras de mí. En este preciso instante dejo atrás una vida de 5 años en este edificio de locos. Me siento feliz por lo que dejo y doy mi primer paso al frente hacia este futuro incierto que se me viene encima.

El momento sin duda más emotivo ha sido la despedida con mis padres. Después de subir al coche y ver que el avión salía dos horas más tarde de lo que creía -primera en la frente- y después de equivocarme de terminal -que el ritmo no pare-, al final acabamos llegando a destino, hacemos un poco de tiempo y es ya hora de marchar. Y al decirles adiós, mis padres lo tienen mucho más claro que yo.

Ellos, serenos, dan la talla. Yo, al darme la vuelta, pongo carita de niño chico que está a punto de echarse a llorar. La mujer del control me mira y hace como que no me ha visto. Un giro más en la cola de acceso al control de equipajes, saludo a mis padres sonriendo y saludando con normalidad al estilo Borbón, media vuelta y otra vez pucheros… Paso el control, me pongo de nuevo los bártulos encima y dos saludos más manteniendo la compostura. Hasta que los pierdo de vista y no puedo contener las lágrimas, y una azafata muy guapa pasa junto a mi lado y también hace como que no me ha visto. No contaba con estar tan poco preparado para el momento de la despedida con mis padres.

La espera se hace eterna. Estoy resacoso, con las prisas no me he duchado y además noto los efectos de las últimas dosis de las vacunas del día anterior. Estoy hecho un cromo y por delante quedan unas 20 horas de aviones y transportes hasta que pueda descansar tranquilamente en el hostal. Y a más a más un poco angustiado por la entrada a Tailandia, visados y compañía, cosa que no he previsto en absoluto – pa’ chulo yo-. Al final todo bien, el viaje correcto pero nada relajado. Durante el primer tramo sufro un ataque de clarividencia y empiezo a pensar en que no les he dicho a mis padres que les quiero. Que tanta preparación del viaje de las narices y al final no he previsto algo de lo más importante. Y después paso a los amigos y empiezo a dudar seriamente que haya estado a la altura en este campo tampoco, al tiempo que tengo la certeza que ellos sí lo estuvieron.

La extraña despedida con Cris entre las prisas y la resaca lo deja todo claro. Ella lo ha sentenciado con un contundente “t’estimo molt”. Y eso es precisamente lo que me ha faltado decirle a tanta gente. Tanta preparación con el viaje y al final lo más obvio y elemental queda pendiente. Me quedo dándole vueltas al asunto y cambiando de postura en mi asiento mientras intento conciliar un sueño que no llega. Y no termina de llegar porque hace rato que mi cabeza piensa sola y encima, la muy cabrona lo hace con inusual claridad. Marcho lejos, no sé a qué, sin remordimientos de lo que dejo atrás, pero sin tener ni idea de lo que viene por delante, y lejos de la ilusión de las cosas nuevas que están por llegar me queda el regusto amargo de las cosas que creo no haber cerrado bien.

Consigo dormir y me levanto un poco más despejado. Casi estamos llegando a Bangkok y aterrizamos. Sonrío al salir del avión en medio de este ambiente de irrealidad que es llegar a un lugar nuevo y extraño sabiendo que comienza un juego que quieres jugar pero del que desconoces las reglas. Tren súper rápido al centro, bus local que parece no llegar nunca, caminata y llegada clavada al hostal, de las de manual de viajero. Y todo esto a partir de un mapa dibujado por el Gran León entre cervezas y gintonics en un post-it durante mi fiesta de despedida, la Mucho-Rojo-Bye-Bye-Party.

Las llegadas son siempre confusas. No tanto por la novedad de lugar, más por la novedad de la situación. El próximo destino será más light, espero, pero hoy ha sido un día largo, borroso, confuso, con mucho calor por la mañana y lluvia torrencial por la tarde. Me hierven los pies y el hostal, a pesar de estar bien, no me acaba de convencer: comparto habitación para abaratar costes pero necesito poder dejar el portátil en lugar cerrado y seguro para no tener que cargar con él. Todo me pesa.

Quiero viajar ligero y hoy no he sido capaz. Por un lado el ordenador -lo de menos-, por otro el aluvión de densos pensamientos que me han perseguido durante todo el viaje. ¿Y por delante? Por delante doce meses viajando solo por Asia… ¡Qué dios nos pille confesados!

* Este post fue escrito el 18 de octubre de 2011 tras mi llegada a Bangkok, un año antes de su publicación en este Blog.

Remiendos. Rantepao, Indonesia

Al final he tenido que ceder ante la evidencia: estos pantalones se caen a trozos. Voy paseando mi virginal muslo derecho a través de un tajo de más de un palmo, el último de una interminable secuencia. Los descosidos y los remiendos se cuentan ya por más de una docena, y por cada recosida se abren dos brechas más.

Algunos de estos remiendos podrían ser calificados de épicos. Auténticas obras de ingeniería, remachados cual buques de guerra de la primera contienda mundial. Otros son auténticos cantos al optimismo sin límites. Pongo por ejemplo el remiendo de Sengiggi que cerró discreta y elegantemente una fuga de casi palmo y medio en la entrepierna, la derecha también, la que siempre avanza primero. Pura fe ciega en la destreza de una costurera sin rostro que insufló nueva vida a los pantalones que tendrían que llevarme a la cima del Rinjani. Y se preguntarán a cuento de qué viene esta “Oda al traperío”.

Cuando viajas con tan poco a cuestas cada objeto adquiere una singularidad especial. Con los ojos cerrados podría cantar de carrerilla todo lo que cargo en la mochila, y con los ojos cerrados también podría recordar los momentos en los que me han acompañado. Estos pantalones en concreto ya estaban en las llanuras de Litang y durante los últimos once meses han caminado conmigo, han sudado conmigo y han dormido conmigo. Al final de cada etapa parecían listos para el desahucio, pero siempre aparecía una lavandera diligente e implacable, y por arte de magia recuperaban el color y la compostura. Aparecieron los primeros rotos y empezó el rosario de remiendos. Cada remiendo una cicatriz, y cada cicatriz una historia, un recuerdo y un pedazo de memoria plasmada en un tapiz maltrecho que vestía y lucía con orgullo.

Siempre he sentido un especial cariño por la ropa que me ha vestido y calzado. Mis padres serán testigos que esto que cuento no es nuevo, y que siempre me costó deshacerme de las cosas muy usadas. Y pienso que mi batalla contra los rotos y la defensa a ultranza de mis remiendos tienen que ver con mi visión del mundo en general, y con la visión de Mi Gente en particular.

Siempre he sentido un gran orgullo callado por el hecho de tener muchos amigos que lo son desde hace muchos años. Y cuando digo amigos, quiero decir AMIGOS. Y con los años, a los de la primaria se sumaron los de la secundaria, y a estos los de los veranos, y a estos los de la universidad, y luego vinieron los de Barcelona. Estas relaciones de larga duración no son ni puras ni inmaculadas, están vividas y gastadas, y en algunos casos también tienen algún que otro sonado remiendo. Y a pesar de eso, a pesar de que algunas hayan pasado algunas temporadas en el fondo del armario, para mí siguen siendo tan válidas como el primer día. Y si tienen remiendos mejor que mejor.

Al igual que mis pantalones los luzco con el orgullo de saber que dándose por perdidos se les puso cariño y remedio. Y ahora esos remiendos que son cicatrices pueden contar una historia que, siendo siempre distinta, siempre es la misma. Que un revés no es el final. Que mientras haya partido siempre vale la pena seguir jugando. Que nada ni nadie es perfecto e inmaculado. Y también se cuenta aquí aquella otra historia, la de que es importante aprender a saber ver y entender que hay momentos en los que hay que aceptar lo evidente. Que hay ocasiones en las que ni todas las buenas intenciones del mundo podrán remontar el resultado. Que hay que aprender a saber dejar partir. Que estos pantalones se caen a trozos y que por cada remiendo que les hago, les salen dos rotos más.

Cuerpo menudos. Hoi An, Vietnam

Cuerpos menudos, temblorosos y curtidos por el tiempo. Y aún así en pie, en movimiento. Trabajando de Sol a Sol. En mi vida pasada a menudo cometí el error de pensar que tenía lo que tenía, y que disfrutaba de lo que disfrutaba porque había trabajado duro. Ahora veo que andaba bien errado. Estos cuerpos menudos y curvados por el peso de los años han trabajado más duro de lo que probablemente yo nunca jamás llegaré a hacerlo, y a pesar de todo ahí siguen, sobreviviendo en la más precaria de las existencias.

Mi error no se debió a una falta de honestidad: nunca fui un vago. Mi error fue pensar que sólo por la voluntad propia y el trabajo duro uno puede llegar hasta donde quiera. Mi error fue no ver que eso sólo puede ser cierto en el mundo del que yo vengo. Que mi esfuerzo sólo germinó porque la fortuna y el azar quisieron que yo naciera allá y no acá. Y pienso que si hay pobres y hay ricos, puede que no sea sólo porque los segundos trabajaron más duro o fueron mejores: sencillamente lo tuvieron más fácil. Empezaron la ascensión a la cima de la montaña cerca de la cumbre mientras que a la gran mayoría les toco arrancar, ya no al pié de ésta, sino tan lejos como a la orilla del mar.

Y si es así es porque los que andamos cerca de la cima sabemos que es pequeña y que allá arriba no cabemos todos, y lejos de bajar un poco y compartir los tramos intermedios donde ya sí empieza a haber sitio para todos, preferimos seguir mandando y disponiendo que la gran mayoría de esos cuerpos menudos tengan que seguir partiendo de la nada más absoluta. Deseando secretamente que nunca llegue a darse el caso en que, disfrutando de más de lo que realmente necesitamos, tuviéramos que vivir sencillamente con lo necesario.

 

Una velada con Baraka. Berastagi, Indonesia

La palabra árabe Baraka significa “bendición” divina. Esto lo sé ahora pero la primera vez que la vi y que decidí grabarla con fuego en mi memoria, Baraka significaba algo que no comprendía del todo pero que me marcó de tal modo que casi 20 años más tarde sigo “pagando” las consecuencias de aquel encuentro fortuito a la tierna edad de 12 años.

Fue por la tarde, después de comer, y sería fin de semana o vacaciones cuando al encender el televisor y poner el Plus me topé por primera vez con Baraka. Me quedé pegado al televisor, entre fascinado e incrédulo. No había voz, no había argumento, sólo imágenes y música. No entendía nada pero lo comprendí todo. Esperé a que terminará y grabé con fuego y para siempre su nombre en mis recuerdos: Baraka. Arragué la revista con la programación del mes y busqué el próximo pase. Esta vez estaría allí desde el minuto cero con los ojos de un niño que ha descubierto un mundo, El Mundo.

Después de ese segundo pase tuvieron que transcurrir 11 años hasta que Baraka y yo nos volviéramos a encontrar. Esta vez estaba en Helsinki, y entre charla y charla con el Gran Félix Pousa le hablé de Baraka. Era mediados de mayo y la aventura en Finlandia estaba llegando a su fin, pero quiso la divinidad que durante ese año encontrara una postal de la escena de la Danza Balinesa del Mono -quien la haya visto no la olvidará fácilmente-  y quiso la divinidad que durante ese año esa foto y el recuerdo de Baraka me dieran los buenos días cada mañana junto a la mesita de noche. Un día Félix me comentó que, movido por la curiosidad, la había buscado y encontrado y que tenía la película. Organizamos un pase en mi habitación con la gente del departamento de Arquitectura, con palomitas y tortilla de patata y de todo. Más tarde en esa misma “noche”, durante uno de los eternos amaneceres primaverales de Helsinki, la volví a ver, pero esta vez a solas. Habían pasado 11 años y durante ese tiempo yo había cambiado pero ella no. Ella seguía siendo fresca y poderosa. Baraka me atormentaba de nuevo removiendo mis sueños más alocados.

Hasta mediados del pasado 2011 la volví a ver varias veces, pero recuerdo una especialmente. Fue a mediados de febrero de ese año y fue ésta y no otra la que terminó por evaporar mis miedos y mis reparos: Quería ver mundo, quería ver El Mundo. Quería experimentar Baraka en mi propia piel. Ese último pase tuvo lugar, cómo no, en Gran Via, en el tercero, en buena compañía y con una copa de vino. Ese último pase es el germen de este post: Una velada con Baraka.

Les propongo un plan, un juego, una experiencia. Les invito a pasar una velada con Baraka. Háganse con una copia*. Créanme, compren una original. Baraka es por encima de todo una poesía visual y sonora y la calidad y el tamaño, aquí, sí que importan. Una vez tengan Baraka en sus manos, les aconsejo que le busquen una cajita, pequeñita pero que sea bonita, porque Baraka no es sólo una película ni un documental. Baraka es una puerta al mundo y a los sueños, Baraka es un desafío a nuestra cotidianeidad y a lo que damos por sentado. Baraka es un ejercicio humano de belleza, de poesía, de sensibilidad y es por eso por lo que no sería justo dejarla en un estante sin más.

Esta vez vamos a hacerlo bien y no sólo le vamos a dar al play. Puesto que Baraka no es una película sino una experiencia tendremos que tratarla como a tal. ¿Lugar? El lugar que sea el que cada uno escoja, pero yo apuesto por algo muy nuestro, nada como el sofá de uno mismo para tales momentos/eventos. ¿Atrezzo? La acción se desarrolla en el televisor o en el proyector, pero la sala también debe participar. Apaguen las luces de interruptor y enciendan velas por todo el salón, el antes y el después son casi tan importantes como el durante. ¿Refrescos? Todos, pero siendo un hombre de cervezas, creo que tomarse un buen vino con unas buenas copas es lo más apropiado para esta ocasión. Tinto, porque el contenido es denso y casa mejor que con el blanco –el que yo prefiero-.

¿Compañía? Que cada uno elija que yo propongo. Inviten a sus amigos y hagan de esta velada algo especial para compartir con los suyos. Seamos unos cuantos pero no hagamos cena, mejor un pica-pica para el antes, el durante y el después. Y sí, debe haber un buen caldo con el que consumar esta comunión visual que a la que se descuiden puede acabar siendo existencial. ¡Qué bueno poder comentar al final de la película aquella escena, o aquel paisaje! ¡Qué alguien nos cuente en primera persona cómo son aquellos templos o aquella ciudad que visitó! ¿O porqué no ya puestos nos ponemos todos a soñar despiertos y planeamos un viaje imposible a todos y cada uno de los lugares que acabamos de ver? ¿Porqué no? Soñar es gratis.

¿Compañía? ¿Y si en vez de ser muchos o varios organizamos un velada con la pareja? Ojo, que éstas las carga el diablo y lo mismo acabamos por comprar un billete a cualquier parte que lo zanjamos con una discusión existencial que pone en evidencia destinos y ambiciones existenciales opuestas. Pero, y digo pero, y si resulta que puestos a soñar despiertos encontramos al compañero de aventuras que siempre quisimos tener. Y si resulta que realmente a partir de hoy empieza la cuenta atrás de esa aventura que contaremos a nuestros nietos, de cuando el abuelo y la abuela arramblaron con los bártulos y “bendecidos” por la divinidad se echaron al mundo.

¿Compañía? Con uno mismo. Ojo, éstas sí que las carga el diablo y una botella de vino puede ser demasiado o insuficiente y puede que haya que poner el pause para bajar a comprar más. Nunca, y digo nunca, habrá que verla a solas pero acompañado por un ordenador con conexión a internet y una tarjeta de crédito con saldo. Lo mismo se levanta uno al día siguiente con una resaca memorable y el con el vago recuerdo de la compra de un billete de ida, pero no de vuelta, con destino a Bangkok.

Supongo que a estas alturas los fieles y no tan fieles seguidores de Outteresting.com se habrán percatado que este blog y el camino que decidió tomar un servidor le deben mucho a ese encuentro fortuito con esta película y a esta relación de casi 20 años. A estas alturas habrán comprendido que sin ser mi guía, Baraka es un referente potentísimo de lo que veo y del cómo lo veo. Ya que estamos puestos, les confesaré que las bandas sonoras que menciono en mis amaneceres de Angkor y en los viajes al centro de la tierra en Kong Lo, ambos son en realidad la banda sonora de Baraka, autoría de Dead Can Dance -el vídeo que les he adjuntado al principio de este post-. Esta música no sólo me ha acompañado en esos momentos concretos, y es que muchos, y digo muchos de los posts que he escrito y que espero hayan leído con deleite fueron escritos mientras me intoxicaba con su música.

Baraka será una cosa y Outteresting.com otra muy distinta, pero una bebe de la otra. Y no hablo sólo de música, de destinos o de fotografía. Hablo del hambre de soñar, del hambre de ver y de vivir, del hambre echarse al mundo y mirarle a los ojos a los mil millones de rostros que pueblan el planeta para comprobar como siempre terminan por devolverte la sonrisa. Baraka es una provocación, un desafío y está en tu mano aceptarlo o no.

 

* Si se nos escapa al presupuesto o las ganas de verla nos pueden aquí tienen el link para verla en streaming por Internet. Aún así, insistiré: si pueden regálensela a sí mismos.

¿Se atreven?. Mondulkiri, Camboya

Me lo regalaron por un Sant Jordi ¿Hará unos 6 años? Cristina, “La Ramos”, me había insistido en que valía la pena leerlo y que por una vez no estaría de más dejar a un lado mis arrogantes prejuicios hacia los libros de “auto-ayuda”.

Como reza el dicho “a caballo regalado ya tienes caballo” y como también “es de bien nacido ser agradecido” leí el libro de cabo a rabo, del derecho y del revés. Muchos de los cuentos valieron la pena y los cito a menudo en mis cátedras de taberna y noches taciturnas. Pero éste del elefante se me vino a la cabeza durante mi paso por The Elephant Project Valley y me pareció un buen cierre a esta trilogía de post paquidérmicos:

“Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?”. No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. 

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía… Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad… condicionados por el recuerdo de «no puedo»… Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…”. Jorge Bucay.

No sé a ustedes, pero a mí, después de leer este cuento, siempre me entran ganas de hacer una lista con todas las cosas que siempre creí que no podía hacer para descubrir que estaba equivocado. ¿Se atreven?

Los Ciegos & los Elefantes. Mondulkiri, Camboya

Hará ya más de media vida leí un cuento. Tendría catorce años y andaba yo perdido sobre un cascarón de nuez en la no-tormenta de mi adolescencia. El libro era una biografía de Buda que tenía que leer con un diccionario al lado porque no entendía la mitad de las palabras y aún así, pasados los años, el cuento sobrevivió al olvido. Se titulaba Los Ciegos y los Elefantes:

“Una vez, Buda estaba en Jetavana, en el reino de Sravasti. A la hora de la comida los monjes cogieron sus cuencos y fueron a la ciudad a mendigar alimento. Pero como no era aún mediodía y era muy temprano para entrar en la ciudad decidieron de ir a sentarse un rato a una  sala dónde se reunían los brahmanes. Cogieron sitio y se sentaron.

En aquel momento los brahmanes discutían entre ellos acerca de sus libros santos y se había formado una disputa que no conseguían resolver. Llegando a reñir y enemistarse unos con otros, diciéndose mutuamente: ‘Esto que sabemos es ley; lo que sabéis vosotros, ¿cómo puede ser la ley? Lo que nosotros sabemos está de acuerdo con la doctrina; lo que vosotros sabéis ¿cómo puede estar de acuerdo con la doctrina? Lo que debe decirse después, vosotros lo decís antes. Vuestra ciencia es vana y no tenéis el menor conocimiento’. Era así como repartían los golpes con el arma de la lengua y, por un golpe recibido devolvían tres. Los monjes observando a las dos partes insultarse, no autentificaron ninguna de las opiniones, se levantaron de sus sitios y fueron a mendigar alimento a la ciudad.

De vuelta a Jetavana se sentaron cerca de Buda y le contaron lo sucedido. El Buda contó esta historia:

Hace mucho tiempo, había un rey que comprendía la Ley búdica pero las personas, ministros o gente del pueblo, estaban en la ignorancia, referente a las enseñanzas parciales, tenían fe en el resplandor de cualquier estrella brillante y dudaban de la claridad del sol y de la luna. El rey, deseando que sus gentes no se quedaran entre mares y navegaran por grandes océanos, decidió mostrarles un ejemplo de su ceguera. Ordenó a sus emisarios recorrer el reino para buscar ciegos de nacimiento y traerlos al palacio.

Cuándo los ciegos fueron reunidos en la sala del palacio el rey dijo: ‘enseñadles los elefantes’. Los oficiales llevaron a los ciegos junto a los elefantes y se los mostraron guiándoles las manos. Entre los ciegos uno cogía la nalga del elefante, otro agarraba la cola, otro cogía la raíz de la cola, otro tocaba el vientre, otro, el costado, otro, la espalda, otro una oreja, otro, la cabeza, otro, un colmillo, otro, la trompa.

Los emisarios llevaron después los ciegos al rey quien les preguntó: ‘¿A qué se parece un elefante?’. Aquel que había tocado una nalga contestó: ‘Oh sabio rey, un elefante es como un tubo’. Aquel que había tocado la cola decía que el elefante era como un escoba; aquel que había agarrado la raíz de la cola que era como un bastón; aquel que había tocado el vientre, que era como una pared; aquel que había tocado la espalda que era como un mesa elevada; aquel que había tocado la oreja que era como un gran plato; aquel que había tocado la cabeza, que era como una gran extensión; aquel que había tocado un colmillo; que era como una asta; aquel que había tocado la trompa, contestó ‘Oh gran rey, un elefante es como un cuerda’.

Los ciegos empezaron entonces a discutir, cada uno afirmaba que el estaba en lo cierto y los otros no, diciendo: ‘Oh gran rey, el elefante es realmente como yo lo he descrito’.

El rey rió entonces a carcajadas y dijo: ‘todos vosotros sois como estos ciegos. Discutís inútilmente y pretendéis decir la verdad; habiendo percibido una parte, decís que el resto es falso, y por un elefante, os querelláis’.

El Buda dijo a los monjes: ‘así son estos brahmanes. Sin sabiduría, debido a su ceguera, llegan a disputarse. Y debido a su discusión quedan en la oscuridad y no hacen ningún progreso’. 

Y todo esto viene a cuento de que he pasado dos maravillosos días en Sen Monorom, en la provincia oriental de Mondulkiri, habitando una cabaña en la jungla y conviviendo con 10 increíbles seres de miradas hipnóticas y largas trompas.

Mientras contemplaba embobado a estas fascinantes criaturas recordé este cuento. Y desde la distancia de Camboya pensé en España y en Catalunya, en la situación del país, y en como los dirigentes políticos y la mayoría de la población sigue enfrascada en disputas sobre verdades absolutas, en esa atmósfera del Todo o Nada, el Blanco o Negro y el Conmigo o contra mí. Todos ellos tan seguros de saber cómo es realmente el Elefante.

Cruces, cumbres & calvarios. Kuala Lumpur, Malasia

Cristo cargó con la cruz y murió en ella porque así lo quiso. Siendo dios todopoderoso podría haberse escaqueado, pero la grandeza del mito está en que prefirió morir para poner en evidencia hasta donde pueden llegar la intolerancia, el odio y el fanatismo de los humanos.

Cruces. Cargamos con cruces y también lo hacemos porque queremos, pero al contrario que en el pasaje del calvario, la mayoría de las veces lo hacemos sin saber el porqué. Lo hacemos por miedo, por inercia, por inconsciencia. Cargamos a cuestas con cruces que nos lastran y arrastran hacia nuestro calvario particular. Durante casi los 3 primeros meses de este viaje yo cargué a cuestas con una bien grandota. Una que seguro muchos de ustedes cargan o habrán cargado alguna vez: Tenía que ser feliz.

Era mi primera noche en Yangon y andaba resacoso de tanto Color cuando en la mesa de al lado oí hablar castellano. Saludé, me saludaron y me invitaron a sentarme. Eran Ana y su madre. Ana estaba al final de sus 6 meses de viaje en solitario por Australia y el sureste asiático y su madre la acompañaba durante las últimas semanas por Myanmar. Yo por el contrario estaba al principio del mío y andaba todavía muy muy perdido. Mientras Ana comentaba sus ires y venires hizo una afirmación que me marcaría para los próximos meses: Durante todos y cada uno de los días transcurridos Ana había sido Feliz. Me chocó. Me chocó porque yo llevaba ya una semana y sentía de todo menos felicidad. Estaba angustiado, tenso, ansioso, maravillado, inquieto, excitado, sorprendido, a algunos ratos alegre, pero Feliz, Feliz No.

Durante los siguientes días, semanas y meses sus palabras resonaron en mi cabeza, y a cada momento de calma, cuando me preguntaba honestamente si era feliz mi respuesta era que No. No conseguía ser feliz a cada día que pasaba, no me invadía una sensación de plenitud total ni la consciencia de estar viviendo en una nube. A pesar de ello seguí viajando, seguí conociendo gente maravillosa, viviendo momentos intensos, experimentado chispazos de alegría y de ilusión. Estaba disfrutando pero seguía sin ser Feliz.

Andaba ya por Laos, viajaba río abajo por el Nam Ou y ensayaba en mi cabeza variaciones sobre la conversación por Skype que tenía apalabrada con una buena amiga. Fue entonces cuando caí en la cuenta, se abrieron los cielos y me dije aquello de: ¡Franc, que burro eres! Caí en la cuenta que antes de empezar este viaje había creído que iba a ser un continuo de experiencias increíbles salpicadas de alguna que otra reflexión. A estas alturas me di cuenta que este viaje era todo lo contrario: una continua reflexión salpicada de alguna que otra experiencia increíble.

Caí en la cuenta también que había estado “obsesionado” con ser feliz, no porque así lo creyera desde un buen principio. Andaba “obsesionado” con ser feliz porque otro lo había sido antes que yo, y porque yo acepté su verdad como propia. Cegado por las palabras de Ana había despreciado valores como la serenidad, la calma, la alegría, la ilusión, la belleza, la satisfacción. La culpa, palabra muy ibérica y católica, no era de Ana, la responsabilidad era sólo mía. Yo decidí cargar con la cruz, decidí dar por bueno que debía ser feliz, más allá de mis propias vivencias o méritos. Asumí que la felicidad me correspondía a mí. Asumí que era mía por el simple hecho de estar viajando y viendo mundo. Lastrado por el peso de tan descomunal carga y atrapado en ese simple juego de palabras olvidé que no somos lo que aspiramos, somos lo que hemos sabido vivir, sentir y valorar.

Querer ser feliz no me convierte en una persona feliz. Querer ser una persona alegre no me convierte en una persona alegre. Querer estar en paz no me hace estar en paz. Querer que mi pareja sea perfecta no la convierte en perfecta. Querer que mis amigos sean los mejores no los hace mejorar, y esperar que mis padres sean perfectos no los convierte en dioses.

Lo que marca la diferencia no es lo que me ocurre o quien me rodea, lo que marca la diferencia es como reacciono ante los acontecimientos y como valoro a los míos. ¿Viajar por viajar, vivir por vivir, sentir por sentir, amar por amar? ¿Porqué no? Tomar lo que venga, sea bueno o malo, y ser capaz de sacar lo mejor de ello, sin prejuicios. Sin prejuicios.

Ya no quiero ser feliz. Ya me da igual si llego o no a ser feliz. Me conformo con sentirme alegre cuando tengo motivos para alegrarme. Me conformó con disfrutar de cada momentito a la lumbre de un brasero o la sombra de un cocotero. Me conformó con despertarme sereno en la soledad más absoluta. Doy por buenos todos los malos momentos si consigo darles la vuelta y sacarles algún provecho, por pequeño que sea. Nos quisieron hacer creer que tenemos que llegar a la cumbre y que quedarse a 10 pasos es haber fracasado. Y cuando hablo de cumbre no me refiero al Congreso de los Diputados o a Consejero Delegado del Banco Santander. Nos colaron que la cumbre era Doña Felicidad y que quedarse a medio camino era estar incompleto. ¿Si no me siento feliz quiere decir que soy infeliz? Por suerte, NO. Cuán enfermo hay que estar para menospreciar el esfuerzo, la dedicación y el placer de una escala por el simple hecho de no hacer cumbre. Cuan enfermo tuve que estar para menospreciar tanta alegría, aventura, silencio y el rico abanico de matices y sensaciones que produce el viajar. Y todo porque alguien mencionó que había sido feliz y yo no lo era.

Cargamos con cruces porque alguien nos dijo que seríamos correspondidos por el simple hecho de amar y les creímos. Cargamos con cruces porque alguien nos dijo que si trabajábamos duro seríamos recompensados y les creímos. Cargamos con cruces y nos damos de bruces porque el meollo de todo está en que los corazones alegres son los que toman lo que tienen y no aquellos que viven de lo que tendrán. Cargué con mi cruz porque desprecié lo que tenía en pos de aquello que creía que merecía. Teniéndolo casi todo seguía pareciéndome insuficiente.

No se preocupen, ya ando más ligero. Dejé atrás mis ansias y mis aspiraciones de ser plenamente feliz. Duermo bien por las noches y ya no miro con receló a la gente que sonríe por las calles. Y aún así sigo dándole vueltas al asunto, pensando en todas aquellas verdades que di por buenas porque sí, porque lo manda quien lo mandé o porque lo dice la gente. Y ahí sigo dándole vueltas a todas esas cosas que cargo a cuestas en mi mochila, cruces o no, repasando cuáles son realmente mías y cuáles no, y cuáles son las imprescindibles y me hacen bien, y cuáles son las que sobran y sólo me hacen mal porque pesan tanto que no me dejan avanzar, y ocupan tanto que ya no dejan sitio para las cosas buenas que siempre están por llegar.

Navidad en la Carretera. Oudomxay, Laos

Normalmente los Post van sin instrucciones. Que cada uno los lea como, donde y cuando quiera. Éste las lleva y son claras y precisas, y no seguirlas implica no poderlo comprender y por ende no haberlo leído. Así pues, primero deberás añadirle música clickando aquí. Una vez empiece a sonar volverás al post y mirarás fijamente las fotos pasar mientras cuentas hasta 10. Y ahora, mientras sigue sonando la música, ya puedes leer.

Los dioses, a falta de certezas ya no sé a quién exactamente me encomiendo, quisieron que esto fuera lo último y lo primero que viera del pasado 2011 y del ya presente 2012. Mientras descendíamos en el bote por el Nam Ou atravesando belleza pura hecha roca no podía dejar de sonreír. Llegamos a destino y, al igual que un niño chico, el entusiasmo se me salía por las costuras como si los Reyes Magos hubieran llegado antes de tiempo. Era definitivamente un muy buen lugar para decir adiós al año que fue y saludar al que ha llegado. Y no sólo por lo que veis, pero sobretodo por el radical contraste con los pasados días de Nochebuena y Navidad.

La travesía por la jungla valió la pena, aunque echando la vista atrás, el llegar allá fuera largo, exhausto y penoso. La víspera de Navidad, lo que los castellanos celebran como la Nochebuena, la pasé en un bus que bajo un cielo encapotado cruzaba el norte de Laos. Durante la travesía que apenas duró seis horas intenté convencerme que la Navidad tan sólo era un día más. Debía ser fácil ya que siempre la aborrecí, tanto su vertiente cristiana como su nueva hermana pareja, la consumista. Ese día me deparó dos imágenes que en última instancia acabaron por doblegarme y aclararme el porqué de tanto revuelo.

En una de las infinitas paradas el bus se detiene. El paisaje es algo tosco en contraste con las verdes colinas que hemos venido atravesando durante horas. Cruzamos una mina de carbón al aire libre, de esas que solía haber en León y Asturias, un hachazo a la tierra, bruto y sistemático. El cielo gris que nos acompaña desde que partimos lo dice todo. En un saliente de la carretera un grupo de personas espera y manda parar al autobús. Hay un pequeño revuelo, fardos y paquetes, parece que van a subir todos, pero sólo sube Uno. El resto de la familia aguarda abajo, discuten el precio del billete y ayudan a cargar los bultos.

El nuevo pasajero es un chaval joven, la familia entera lo acompaña y lo despide, pero es la madre la que no puede estarse de acercarse hasta la puerta mientras repite una y otra vez palabras que no comprendo. No hace falta. Su mirada lo dice todo y aunque no me mira a mí se me queda clavaba y todavía ahora la veo con toda claridad. Su cara morena curtida por el sol, el frío y los años. Sus ropas pobres, sus ojos negros. Ojos que le brillan de angustia. Repite y repite palabras que no comprendo mientras el bus arranca y con la mirada sigue al chaval que estoicamente se sienta en su sillón. Le miro y veo en él el sereno orgullo del que se va, la calma y la certeza de los pasos a seguir hasta llegar a su destino. Le miro y veo que en realidad está tenso, inseguro y que precisamente por eso aparenta lo contrario.

El bus avanza a través de interminables curvas y paisajes de ensueño bajo el gris plomizo de este cielo que no nos deja. Tarde o temprano se detendrá de nuevo, y lo hace. Un nuevo corro de gentes esperan en la cuneta. Esta vez suben varios, pero a Ella le cuesta especialmente. Estoy sentado frente a la puerta y el reparto de pasajeros desfila ante mí de modo que me es imposible perder detalle. Realmente le está costando, se diría que es muy mayor pero su rostro se cruza con el mío y me doy cuenta que en realidad es más joven de lo que aparenta. Debe ser su hija la que la ayuda, y la mujer tiembla aún estando bien cubierta por prendas que sin ser harapos tampoco las llamaría ropas.

Finalmente consigue subir los 3 escalones y mientras tirita le miro los pies y veo que sólo lleva calcetines. Se me encoge el corazón más si cabe. Se sientan a mi lado, la madre y la hija, y la hija la asiste y le agarra la mano mientras Ella se recuesta contra la ventana y parece dormir. La hija es una chiquilla y se la ve fuerte y serena. Alguien completa el séquito, pero hace rato que les he perdido la pista, sólo las veo a Ellas dos. Cruzo una mirada con la chica que agarra esa mano de la madre enferma y exhausta. Su mirada es orgullosa, tranquila y certera, es madura y segura. Hay en ella una determinación que borra cualquier duda. Yo ya no dudo, y siento que la mano que aferra tampoco lo hace.

Oudomxay era mi destino, al menos por ese día. Una ciudad de paso: sencilla, fea y torpe. Durante el viaje traté de convencerme que la Navidad, como fiesta cristiana, no tenía significado para mí. Y durante el viaje traté de convencerme que la Navidad, como orgía consumista, tampoco no tenía significado para mí. Y no andaba errado en absoluto, tan sólo que olvidé un pequeño detalle. Y es que no hay pueblo en el mundo entero que nunca no haya buscado una excusa u otra para celebrar el hecho de estar: de estar con los tuyos, con tu gente, con la familia. Debe ser un instinto básico, primitivo, el hecho que al menos, una vez al año, cada uno vuelva a su guarida, a su cueva, con su clan, con los de su tribu, para celebrar que están, y para recordar , aunque no se diga, a los que ya se fueron. Con todo lo bueno y lo malo que eso implique. A pesar que cada familia sea un mundo y a pesar todas escondan un cadáver (o dos) en el armario.

El día de Navidad no fue mejor. Con una jornada de viaje de unas 14 horas a cuestas llegué rendido a un hostal donde unas sábanas frías, una habitación espartana y una baño sin agua caliente me esperaban.

Los dioses, al menos uno de ellos, tomaron nota. Y es por eso que sabían lo que necesitaba, y es por eso que me llevaron hasta Muang Ngoi Neua, y es por eso por lo que les daba la gracias mientras sonreía como un niño chico: por la dicha que mis ojos contemplaban y por la sabia y contundente lección que una vez más había recibido.

Adiós querido 2011, bienvenido seas 2012!

 

30 Primaveras en Mae Sot. Tailandia

Ella tiene 13 años. Padece asma aunque durante mucho tiempo no supo ponerle nombre a su enfermedad. Sencillamente se ahogaba y ahogaba y sentía que a cada instante moría. Vivía en la jungla con su madre y ésta, cansada de ver sufrir a su hija sin razón, sin saber el porqué y no viendo ningún futuro, llegó a envenenarla. Luego se arrepintió, y la niña se salvó.

Ahora yace otra vez en “La Clínica” y Line la vela. Lleva 3 días llorando, pero no es la niña la que llora, es Line. Y la niña, entubada por todas partes, sin apenas poder hablar le sonríe y la consuela. Nos describe su sonrisa, la que desde el primer momento le robó el corazón. Pasados tres años y mil penurias la sonrisa no afloja, aunque su situación deje noqueada a alguien tan fuerte como Line.

Durante estos 3 días en la Clínica llega de la jungla una madre con su bebé recién nacido. No tiene nada, no lleva nada. Tan sólo su bebé enfermo y dos piezas de ropa que cubren su cuerpo. Llega sola y más sola se va. Durante 3 días el pequeño yace en la sala de recién nacidos, acompañado por otros 7 cuerpecitos que luchan por sobrevivir entubados al más puro estilo Matrix, según palabras textuales de Line. Llegó sola y más sola se va. Si el niño sobreviviera la madre tendría que pagar 200 baths (o lo que buenamente pueda), pero si el bebé muere serán 1000. Un dinero que sencillamente ni tiene ni tendrá, pero que acabará pagando no sé cómo para poder llevarse el cuerpecito de su hijo.

Esto nos lo ha contado Line esta noche tomando unas cervezas y justo después yo arranco los 30 con un buen leñazo volviendo a casa con la bici. Un montón de perros callejeros se me han echado encima cuando volvía de tomar algo con mis nuevos amigos y celebrar a pequeña escala la entrada en mi década de los 30. El saldo final es una bici bien estropeada y algún rasguño, pero por dentro me hierve la sangre y siento que me cargaría alguno de esos chuchos que noche tras noche se dedican a dar por el saco al personal. Ahora me toca cargar a cuestas con la bici durante media hora hasta llegar a casa y ya son pasadas las dos y media de la noche.

Al tiempo que me enciendo por momentos me intento calmar. Y es que no me quito de la cabeza lo que nos ha contado Line. Lo sé, lo sé, uno más de miles de dramas que se suceden a diario por todo el mundo. Y a pesar de todo yo me siento mal porque me he caído y me he cargado la bici y no puedo dejar de sentirme un poco cabrón y algo desgraciado por tener coraje de sentirme mal cuando me han contado lo que acaban de contar.

Espero que entre todas la cosas que me quedan por ver y aprender, espero que ésta sea una de las que me lleve conmigo al final de este viaje: Aprender a no quejarme, aprender a no lamentarme y aprender a no perder ni un segundo hurgando y lamiéndome heridas que no son tales.

Lo irreal de un día real. Tailandia

Me encanta cuando de repente oigo una canción que me recuerda a otros tiempos y a otras circunstancias completamente diferentes al momento presente: Estoy trabajando en las fotos, sentado en una cafetería frente a un Kentucky Fried Chicken justo al ladito del único enchufe disponible de la Estación de Autobuses del Norte de Bangkok. Esta tarde, mientras espero ocho horas a mi autobús para Mae Sot, he decidido poner U2 en el menú, y cuando ha sonado “with or without” la cabeza se me ha ido a aquellas tardes de lloreras quinceañeras en la discoteca del sábado, el “Privat” de Mataró.

Quién me hubiera dicho entonces que mi vida habría tomado estos caminos. Y no me refiero sólo al mi Viaje por Asia. Pienso también en los estudios de Arquitectura, en mi año en Helsinki, en la vuelta a casa, los viajes por medio mundo y los 5 años en Barcelona, con estudio propio de Arquitectura incluido. Como me gustaría reencontrarme con aquel chaval que fui, mirármelo a la cara y decirle que no se preocupara, que todo iría bien, que iba a ser genial, y que si no metía la pata la vida iba a ser con él extramadamente generosa.

Y ahora aquí estoy. Está mañana desperté al susurro de las olas del mar, en una Isla, frente a una playa de arenas blancas. Me vestí, preparé mi equipaje y fui hacia el embarcadero. Llegamos a tierra firme y en 3 horas volvía a estar en el corazón de la Super-Bangkok mientras cruzaba la ciudad en el Skytrain atiborrado de los thais más “in” del momento. De nuevo en la gran ciudad, tan sólo unas horas. Ahora estoy de nuevo en las afueras, en la estación de Mo Chit, esperando un bus nocturno que me llevará a Mae Sot, en la frontera con Myanmar, donde se concentran alrededor de 100.000 refugiados birmanos y donde Albert, Arquitecto y de Barcelona, me ha invitado a pasar unos días.

Y mientras espero para volver de nuevo a las montañas pienso en lo irreal que puede ser un día real: Isla Paraíso – Bote – Bus – Megalópolis Asiática – Kentucky Fried Chicken – Bus nocturno – Amanecer en las Montañas.

El cuento de los tres cerditos. Bangkok, Tailandia

Lleva pasándome desde que llegué. Pensaba que sabía lo que sabía, y lo que no sabía no. El caso es que lo segundo ha resultado cierto y lo primero tampoco. Sé que es tontería repetirse sobre estos temas una y otra vez, pero la verdad es que, no a cada momento, pero sí demasiado a menudo, me encuentro preguntándome dónde carajo están mis fundamentos. Como en el cuento de los tres cerditos, yo pensaba que a estas alturas ya tenía una casita de ladrillo montada en mi cabeza, y resulta que a la primera de cambio, la casita es de paja y se desmonta al primer vendaval -ligera brisa en este caso-. Eso sí, los cimientos/fundamentos persisten, y como la casita es de paja -y yo arquitecto- la monto rápida y barata en un visto y no visto.

Y ahora es cuando me pregunto qué es lo que cuenta: la casita en si o los cimientos que persisten pase lo que pase. Me pregunto si el tema es saber como recomponerse a cada momento, o sencillamente no tenerlo que hacer porque ya se hizo bien. Y claro, si esto lo traducimos a la vida que llevaba/llevábamos/llevabais/llevaremos, entonces en qué quedamos. A fin de cuentas ¿No es nuestra vida-montada/casita el lugar en el que nos refugiamos cuando viene el mal tiempo? ¿No son nuestros amigos/familia/entorno, nuestro trabajo, nuestras rutinas, nuestros recuerdos, todos ellos un punto de referencia, un anclaje fijo cuando la barquita/casita va a la deriva a riesgo de perderse en el inmenso mar que puede ser este mal/buen vivir? Es allí donde buscamos el calor y el cariño cuando hace frío o cuando nos han herido. Así pues, si la casita es ahora lo importante, los fundamentos que parecen resistir a todo ¿Dónde quedan? ¿Dónde quedamos? ¿Dónde quedo?

Y todo esto como colofón a una noche tranquila y amable, en un bar pequeño con una blues band más thai que occidental en un local entrañable al que seguro volveré. Como si se tratara de un primer/pequeño nuevo cuartito de mi nueva casita ambulante y dispersa. Un lugar tranquilo y amable al que volver, no cuando haga frío -en Bangkok siempre hace calor- ni cuando me hayan herido -hace falta que te conozcan bien para que te puedan herir- pero sí volver porque sí, porque te sentiste a gusto la primera vez, y porque ya entonces sabías que esta cueva podrías sentirla también como una de tus cuevas.