Inle, un lago inundado por el Ingenio. Myanmar

Hoy he dormido un poco más de lo que viene siendo habitual y ya son las 7 de la mañana cuando salgo al balcón del hotel que da una calle trasera frente al canal. Botes que van y vienen en un día que amanece nublado a la espera que el sol acabe por calentar y se desvanezca la niebla matutina. Frente a los puestos de comida grupos de gente charlan y observan a otros que, mientras, descargan los botes que vienen a Nyaungshwe de todas las partes del lago para vender sus mercancías. Me gusta este balcón, desde esta pequeña atalaya puedo espiar el ir y venir de la vida diaria de las gentes del lago, aunque éste no es un lago cualquiera. Éste es un universo a parte regido por sus propias leyes. Señoras y señores: Bienvenidos al Lago Inle.

Mientras escribo estas líneas, la ciudad de Bangkok yace medio submergida bajo las aguas del Chao Praya. Y esto lo comento porque cuando llegamos al Lago Inle y nos montamos en la lancha que nos llevaría a cruzar el lago hacía nuestro destino, por un momento pensé que estábamos de vuelta en Bangkok. Las calles inundadas, los postes de electricidad brotando del agua, al igual que las casas y las escuelas. Pero no era así.

Y es que en Inle las cosas funcionan un poco al revés. Al principio había una lago normal y tranquilo, cercado por colinas y rodeado de marismas y cañaverales. Pero resulta que alguien lo encontró, y no contentos con vivir tranquilos en sus orillas decidieron, en este caso, ser ellos los que inundaran el lago. Lo inundaron de cabañas, casas, puentes, calles y tendidos eléctricos cruzando en todas direcciones. Luego se envalentonaron y decidieron que ya no querían acercarse hasta la orilla a cultivar los huertos, que ya puestos, los plantarían sobre las aguas y así no tendrían porque volver.

Su vida sólo tendría sentido sobre sus canoas y sus lanchas, y sólo de vez en cuando recurrían a la tierra para caminar. Cuando las aldeas se volvieron más densas optaron por ceder un poco, y entre casa y casa siguieron inundando las aguas por un estrecha y precisa trama de caminos de barro blando que se hunde al paso. El lago, respondió y contraatacó, de modo que lentamente se va tragando el barro de los caminos y los cimientos de las casas, que por momentos parecen a punto de doblarse para acabar plegándose como un castillo de naipes.

El carácter de estas gentes optó por replantear lo obvio y darle un vuelta de tuerca a la realidad. Así pues, a parte de llenar las aguas poco profundas de campos y más campos de tomateras que brotan en grandes extensiones, pensaron que en el arte de pescar también se tendría que reinventar. Y así es que se puede ver a los hombres pescando en sus canoas sobre un pie, al tiempo que reman con el otro, tiran o recogen las redes con una mano, y saludan o se urgan la nariz con la otra. ¿Porqué, después de haber ganado la partida a las aguas, iban a conformarse con hacer las cosas de forma sencilla pudiendo hacerlas más complejas y bellas? Todo un espéctaculo para la vista, un homenaje al ingenio y las habilidades humanas.

Porque esto es lo que me transmitó el Lago Inle, un lugar sencillo, sin grandes paisajes o impresionantes arquitecturas. Un lugar único donde hace mucho tiempo, hombres y mujeres, dieron con otra manera de vivir, inviertiendo la lógica que rige nuestro mundo para acabar siendo ellos los que ganaran la partida a las aguas y inundaran el lago con su ingenio.

Tótó Big Heart. Kalaw, Myanmar

¿Puede el corazón de una persona ser más grande que ella misma? Yo creo que sí, les presento a Toetoe.

Me he encontrado con Scott por el pueblo y los dos andamos buscando guía para un trekking de 3 días desde Kalaw hasta el Lago Inle. Después de preguntar aquí y allá, nos queda una última opción: Hemos quedado a las 5 en punto en el Eastern Paradise para hablar con “Tótó” y ver que nos propone. Ahí llega, nos la presentan y resulta que Toetoe* (aunque se pronuncie Tótó) es una mujer. Quedamos enamorados de su voz y su sonrisa. Pausadamente nos propone su ruta y nos cuenta lo que nos mostrará. Su voz es suave, transmite paz, tranquilidad y cariño. Habrá que esperar un día más para el trekking pero a mi ya hace rato que me ha convencido.

Y nos echamos al monte el grupo entero. Ella viste unos pantalones largos de color rosado, algo gastados por el tiempo. En la mano un paraguas para protegerse del sol. En la cabeza un simpático sombrero de paja. En la cara, unos ojos bellísimos, su sonrisa hipnótica y contagiosa, y bastante thanaka. Es realmente bella. Camina pausadamente con sus zapatos algo demasiado grandes. Son buenos, pero decididamente no son su talla. Alguien se los regaló y ella los usa. Hablamos todos con todos, cambiando de compañero de charla a cada rato. Cuando me toca con ella me da por preguntarle si ha vivido toda la vida en Kalaw. Pregunta genérica y trivial, pero es que nos acabamos de conocer y todavía no hay confianza.

Trivial fue la pregunta, pero nada de trivial tuvo la respuesta. Toetoe me cuenta como llegó a los 10 años a Kalaw, huyendo en cierto modo de su aldea, cuando una noche, alguien no cuidó bien el fuego y la casa de palma y madera prendió, y con ella la aldea entera y con ella muchos de sus habitantes. La familia de Toetoe huyó, otros quisieron salvar “lo valioso” y acabaron por perder la vida. Toetoe conservó la suya pero perdió todo lo demás. Así que a los 10 años empezó una nueva vida en Kalaw donde un familiar los acogió. Y todo esto me lo cuenta pausadamente, sin hacer estruendo, sin dramatizar, sin pizca alguna del orgullo o la lástima del superviviente. Serena y tranquila.

Con la mirada todavía atónita y la mandíbula ligeramente desencajada, decido que la próxima pregunta será sobre el tiempo o sobre el nombre de éste o aquel árbol. El día avanza y acabamos pasando por una aldea donde hay una escuela y se oyen unas voces que claman al cielo a grito pelado el abecedario en inglés. Esto hay que verlo. Y después del juego, de las fotos, los hellos y los bye-byes no puedo dejar de preguntarle a Toetoe si tienes hijos. Y me responde irónicamente entre risas y carcajadas que 10. Algo ya me olía yo. Y es que es muy extraño que una mujer de 33 años se dedique en estas tierras a hacer la veces de guía con extranjeros. La amplia sonrisa de Toetoe se reserva algún misterio más. Empiezo a elucubrar teorías, pero al rato una de las chicas es más descarada que yo, y sirviéndose de la complicidad femenina le sonsaca su historia.

Los hombres por estos lares hacen más bien poco. Las mujeres llevan la pesada carga, una vez más, de tirar para adelante la casa y los niños. Los hombres se juntan, hacen algo, o simplemente beben whisky barato que en realidad es etanol con aromas y colorantes. La rotunda Toetoe concluye que visto lo visto ella lo tiene claro: nada de hombres. Las madres, nos cuenta, cuidan a los niños y estos en realidad sólo las quieren a ellas. El padre poco pinta, y habiendo poco roce hay poco cariño y así es difícil que los hijos les quieran. En el camino nos cruzamos con una madre que, al tiempo que trabaja en la cosecha del trigo, carga a sus espaldas con su bebé de apenas 2 meses.

La historia de Toetoe en concreto pasa por un matrimonio arreglado a los 20 años por su madre, con un hombre que para colmo es musulmán siendo ella budista, y que al poco de estar casados ya tiene una amante. El contrato apenas dura 3 años pero Toetoe ya tiene dos hijos. Curiosamente a la mayor la conocí en el cyber-café el día antes, y me sorprendió su inglés, su soltura y su educado descaro para buscar clientes. Caigo en la cuenta de todo esto cuando Toetoe empieza a hablar de ella. Sí, la niña del cyber sólo puede ser su hija. Y el chico, su otro hijo, a pesar de ser bueno es vago, y parece destinado a convertirse en otro hombre más de la aldea.

A Toetoe no le gusta su trabajo, y a todos nos sorprende porque a cada rato no para de sonreír. Sonríe, te mira, sonríe. Lleva 5 años haciéndolo y cuenta con hacerlo 3 más. Y luego, a lo mejor ser maestra o poner una casa de té. Pero por el momento toca seguir yendo arriba y abajo, paseando a los turistas. Hay que pagar las facturas, y las clases de inglés especiales para su hija, y las clases particulares de informática, también para la pequeña que ya tiene 13 años y que si hubiera nacido en occidente ya les digo yo que se comía el mundo con su desparpajo y su salero.

Y mientras Toetoe sigue andando, habla con todo el mundo en las aldeas por donde pasamos, y nos baña a cada minuto con su sonrisa. Con sus preciosos ojos negros que nos miran alegres bajo la sombra de su gorro de paja. Y esto mientras nos cuenta, después de cruzarnos con una aldeana muy muy mayor que nos pide medicamentos para aliviar el dolor de su pierna, que ella quiere morirse a los 40. Morir joven para no tener que sufrir la vejez en estas tierras. Son paisajes bellos los que vamos cruzando pero también los pueblan mujeres como la de antes: pasados los 70, delgada como un palo, piel curtida como el cuero, con una pierna dolorida, y todavía en el campo, trabajando de sol a sol.

Al final del viaje Toetoe nos ha contado 3 cosas. De las 3 bastaría una sola para ensombrecer el corazón más alegre, pero no han sido suficientes para nublar el suyo. Me quedan muchas preguntas para Toetoe, muchas dudas, me gustaría saber más de ella y de su vida. Aún así, al menos hay una cosa que me ha quedado clara, pero que muy clara, y es que Toetoe tiene un corazón tan tan grande que todas las penas son pocas. Tan tan Grande que si se la miran detenidamente en la foto verán como se le sale por los ojos y le brilla a través de su alegre sonrisa.

* A todo el grupo nos encanta su nombre y no perdemos oportunidad de pronunciarlo. A mi, por el momento se me hace imposible hablar de ella sin mencionarlo a cada tres palabras.

A través de paisajes sencillos y sutiles. Trekking Lago Inle, Myanmar

Escribo este post un poco bastante a destiempo. Y no porque la experiencia que narraré no valiera la pena, ni porque fuera tan indescriptible que escape a las limitaciones de mi palabra escrita. Me aventuro a pensar que la experiencia fue tan sencilla (que no simple) que es por es por eso que se me escurre entre las manos.

Fueron tres días de trekking saliendo desde Kalaw y caminando a través de colinas, campos y aldeas hasta las orillas del Lago Inle. Como todo en esta vida, el camino era el motivo y por fin podíamos descansar de coches, monjes, calles, pagodas, luces. Al menos yo lo necesitaba. Como necesitaba también un poco de actividad física intensa, de sol, aire, sudor, nubes y dolor en los pies. Necesitaba de esa grata sensación que reporta el haber llegado a un lugar por el propio esfuerzo, porque fueron tus piernas y tu voluntad las que te llevaron a tu destino. Esto era lo que necesitaba, pero no tenía claro lo que esperaba. De hecho no esperaba nada y tuve la suerte de encontrarme con casi todo.

Primero con el hecho que nuestra guía fuera “la Guía” y que sin Tótó todo hubiera sido distinto, aunque no sabría decir en que manera. Tótó sencillamente emanaba luz y tranquilidad, era agradable belleza andante, sazonada con un poco de sencillez, amabilidad y algo de picardía. La receta perfecta.

Lo segundo que percibí como generoso regalo de los dioses fueron mis compañeros de viaje. El equipo estaba integrado por un interesante y bien equilibrado conjunto de personas “easygoing” como aquí se les llama, con más de cinco dedos de frente por cabeza y con muchas ganas de disfrutar y poner las cosas fáciles a los demás: Scott, Savina, Jarkko, Oliver y Nadja. Lo tuve clarísimo pasadas las dos primeras horas, cuando todos ya habían hablado con todos, se habían presentado y habíamos empezado a compartir el viaje, que no sólo es andar por el monte y tirar fotos. Que también es conocer y interactuar con quien te acompaña.

Los paisajes no fueron impresionantes pero fueron sutiles, creo que tampoco los tildaría de bonitos. Bellos, suaves o delicados serían palabras más adecuadas. Y tan distintos de todo lo que había visto hasta el momento a lo largo de Myanmar donde la jungla y cierta “sabana” parecen ser la norma común y general. Las fotos se explicarán mejor que las palabras, y seguramente también se quedarán cortas en comparación con la realidad.

De todo lo bueno, de todos esos centenares de pequeños momentos, de todas esas charlas sin significado que tanto pueden llegar a significar, de todo ello me quedo con el segundo día entero. Con mi despertar autista habitual al son del Unplugged de Lauryn Hill mientras disfruto del amanecer, de mis compañeros, del desayuno y de las verdades como puños que canta la buena de Lauryn. Con todo el paisaje que casi ininterrumpidamente nos acompaña y con los campos de semillas de sésamo que todo lo salpican de amarillo. Con un cielo rabiosamente azul y con unas nubes rabiosamente blancas y contorneadas. Con un vendedor ambulante de “porras” que surge de la nada montado en su moto. Con el hecho que Tótó ha escogido una ruta donde no encontramos ningún otro turista.

La primera noche estuvo bien, durmiendo en casa de gente local. Pero durante la segunda noche esquivamos al dichoso monasterio y la pasamos en Una Aldea. Ese paseo con el grupo al atardecer, la tontería de los niños y el canto de unas mujeres, que a estas horas todavía siguen faenando los campos con buen humor. Ni las fotos de este atardecer ni las palabras de un servidor nunca podrán describir la sensación de gratitud que sentí. Gratitud con no sé qué. Pero a fin de cuentas Gratitud por un día tan bello que de tan sencillo se me ha hecho tan difícil de escribir.