La Cima de la Montaña. Gunung Rinjani, Indonesia

Un paso, tomo aire, levanto un pie y otro paso…

Éste es ahora mi mundo. Mi universo ha quedado reducido a esto, a este paso que sigue a otro que puede que siga al siguiente; todo lo demás ha dejado de existir. El sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás, tres al frente y otro atrás. Hago mis cuentas y me digo que “todo está bien Franc, te salen dos hacia adelante”. A cada resbalón estoy un poco más cerca de la cumbre.

La ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa. Marchamos torpemente por el filo de la navaja en una extraña procesión pagana, somos muchos pero estoy a solas. Hay caminos que sólo puede recorrer uno mismo. La luna como testigo, el gigantesco cráter solitario sobre el mar de nubes, el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo, brillan mis ojos en la noche y sonrío para mis adentros a cada vistazo rápido al espectáculo que me rodea. Por algún extraño motivo mis paraísos son siempre así, momentos como éste: lugares de nada, de vacío, hechos de noche o de alba, de luna, de nubes, lugares donde no se puede estar, lugares de paso. Lugares de una belleza solemne. Lugares sagrados que las palabras nunca podrán describir porque dejaron de ser lugares en el mundo para convertirse en estados del alma.

Cargo a cuestas, tonto de mí, la cámara, dos lentes y el trípode. Justo antes de encarar la última cresta me detengo para tomar un par de fotos, no puedo resistirme. Sé que este lugar y este momento son y serán eternos hasta el día que me muera. Se me hielan las manos, estoy tiritando, Eva y Guillem reaparecen mientras el resto sigue montaña arriba.¿Qué puedo decir de este cielo, de este lago de escamas plateadas, del mar de nubes que se extiende hacia los confines del mundo?¿Qué puedo contar de la luna que alumbra las tinieblas por las que desfilamos, de estos cielos infinitos?

Entre foto y foto ya no me siento los dedos, hace demasiado frío y hay que continuar. Me despido de Guillem y Eva y enfilo el último tramo de 3 días de travesía desde Senaru. Mi mirada fija en el suelo, mi atención fija en mi respiración. Mis ojos puestos en las sombras que la luna arroja sobre la gravilla. Es ahí donde hay que pisar, donde otros antes pusieron sus pies, donde sé que si piso no resbalaré. Ya no veo nada, sólo pienso en el siguiente paso, sólo pienso en la cima y en el frío, y en el sol. En el sol que está por venir, el sol que siempre termina por salir. Perdí la noción del tiempo, perdí la noción de la distancia. La cumbre me parece tan lejana, estoy agotado, pero tengo fuerzas, las justas, servirán, sé que llegaré, sí, pero tengo que relajarme.

El filo de la navaja por el que subimos es un no-lugar, un sendero resbaladizo de no más de un metro y medio de ancho expuesto a los elementos, a lado y lado una caída sin final. Hace demasiado frío, tengo que descansar pero el viento es demasiado intenso como para quedarme parado aquí sin más. Hay un corte, unas rocas y ahí me escondo, agazapado en cuclillas, viendo a los demás pasar, tomando aire y un traguito de agua. Un par de minutos, con sólo 2 minutos bastará, respiro hondo y sonrío para mis adentros una vez más, empapado y en calma, alegre, atrapado en este ahora sin ayer ni mañana. Cálculo que quedarán tres cuartos de hora más cuando al girar la cuesta y tras cinco minutos de marcha me sorprendo a mí mismo en la cima. ¿¡Qué demonios hago ya aquí!? Se me escapa una carcajada, me río de mí mismo y de mi torpeza. Esperándome lo peor me sorprendo diciéndome que tampoco fue para tanto. Las cimas de ayer empequeñecen ante las conquistas de hoy. Pero todavía está todo por llegar. Sin el sol ni un atisbo del alba, todavía sigo en la noche, en el frío, envuelto en un viento más crudo que nunca, cada soplo un latigazo.

El mundo es un lugar extraño y las cimas de las montañas lo son aún más. Los vastos horizontes, los espacios infinitos y los mil y un caminos a seguir desaparecen en las cimas de las montañas. Son pequeñas, cabemos todos sí, pero siguen siendo pequeñas, puntos en el mundo que representan una paradoja, la del callejón sin salida abierto a los cuatro vientos, otro no-lugar. Estamos rodeados de precipicios, de trampas mortales, de estrellas, de un mar de nubes, de lagos volcánicos en los que nacen otros volcanes. ¿Pero para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo?

Sigue soplando el viento, tirito sin parar. Me encontré con Conrad y con nuestros porteadores. Me dan galletas que me saben a gloria pero ahora sólo rezo –¿Rezo?- para que salga el sol. Cargué hasta la cima del Rinjani con mi trípode, las lentes y la cámara pero tendría que haber traído una muda seca… tonto. No quiero caer enfermo pero como siempre, al final, se trata de aguantar hasta que el horizonte claree sobre Sumbawa, hasta que las estrellas empiecen a desvanecerse y se rompa el hechizo de la noche.

Amanece finalmente sobre los mares de Indonesia alumbrando un espectacular diálogo de colosos pues lo único que destaca en este paisaje onírico son las mastodónticas cimas del Gunung Agung en Bali y el Gunung Tambora en Sumbawa, el sol que viene y la luna que se va, y una misteriosa sombra triangular gigantesca que se pliega sobre el horizonte… ¿Qué demonios es eso? ¿Estoy alucinando por el cansancio? Tardo unos segundos en adivinar que somos nosotros, es la cima de Rinjani proyectándose sobre el mar de nubes y ¡Plegándose en vertical sobre el horizonte! ¿Sobre el horizonte? ¡El horizonte no es un lugar, el horizonte es la línea imaginaria en la que se encuentran cielo y tierra, pero en esencia no existe! ¡Y aún así, al alba en la cima del Rinjani el horizonte se convierte en un plano concreto -como en los confines del Show de Truman– donde las sombras del mundo terrenal remontan los cielos!

Ya ha salido el sol y los temblores y el frío de hace un rato ya son sólo recuerdos. Los otros grupos emprenden la vuelta a casa y Eva y Guillem siguen sin aparecer. Tampoco el último porteador que los acompañaba. La pareja alemana tampoco ha llegado y Conrad y los otros dos porteadores están también de vuelta. Quedan unas cuantas horas de descenso hasta llegar a Sembalun Lawang así que no puedo entretenerme más en la cima. Hecho el último vistazo a mi alrededor y pese a no haber estado más de una hora me despido como si éste fuera ya uno de mis lugares. Por delante la bajada, por delante el descenso al trote loco saltando por la gravilla, recreándome en el paisaje espléndido que la noche y el cansancio ocultaron. Haciendo balance de los pasos que me llevaron hasta aquí a través de una sinfonía de paisajes cambiantes, de amaneceres y atardeceres. De dos noches muy frías en las que apenas ninguno de nosotros pudo pegar ojo. Del baño en aguas sulfurosas en el río, junto a la cascada. Balance y vuelta una vez más a ese momento en la noche en el que todo mi universo se resumía a ese siguiente paso.

Pensaba entonces en lo elemental de toda existencia, en la futilidad de elucubrar sobre posibles mañanas cuando a duras penas uno se tiene en el ahora. Pensé por un momento que debía ser así como los ya miles de personas que me he cruzado en el camino hacían para sobrevivir en su implacable día a día, azotados por la pobreza, por la enfermedad, por la incertidumbre del próximo bocado. Pensaba con el juicio nublado por la noche y el cansancio que puede que sea éste el motivo por el que la gente de mundo de bien, con todas las necesidades básicas cubiertas emprende aventuras como éstas. No es la cima, es el camino, y tampoco es el camino, es la vuelta a ese estado primordial de incertidumbre en el que vive la inmensa de la humanidad. Es la incertidumbre en la que vivieron muchos de nuestros padres cuando eran niños en los años grises de la posguerra española. Es la consciencia de que el ahora es preciado y que de sueños puede que se viva –o se malviva- pero que de ellos ni come ni viste uno.

¿Para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo innecesario? A toro pasado, con la panza llena y tras la cumbre habría dicho que vine por los impresionantes paisajes y momentos que este trekking de 3 días me ha regalado, para superarme a mí mismo o para tener batallitas que contar a los nietos. Pero con la panza vacía, mientras sufría y padecía sin necesidad a las 3 de la madrugada, helado de frío y resbalando en esta maldita cuesta de arenilla –purito castigo divino urdido por sádicas deidades griegas- te diría que vine aquí para sufrir y para sentirme vivo, para volver ese estado primordial de incertidumbre que es infinitamente más natural al ser humano que la nómina a final de mes y el contrato indefinido.

Al final resultó que la cima de la montaña -ese callejón sin salida abierto a los cuatro vientos- no fue la única paradoja. La otra y la que más, es que una vez logrado lo que siempre añoramos –la seguridad y la certeza de una agradable vida previsible y sin demasiados sobresaltos- miles de occidentales recorremos medio mundo para someternos a situaciones innecesarias que nos vuelvan a hacer sentir vivos. Y los que no, se quedan en casa y flirtean con la vecina o el vecino para no sentir que ya está todo dicho y hecho. Y los que no, tienen hijos sin saber cómo ni porqué o porque les dicen que ya toca. Una huída constante hacia adelante, un búsqueda sistemática de la novedad, una versión encubierta de ese estado primordial de incertidumbre que nos define como seres humanos, nos guste o no, seamos conscientes de ello o no.

Guapa. Bali, Indonesia

Aterricé en Kuta con un pie en Bali y otro en la vecina Lombok, por si acaso. Por si todo lo que había oído cierto. Por si era terreno trillado de turismo de borrachera o pantomima de alto standing, tan edulcorada, tan maquillada y tan diluida que de la Bali de siempre quedaran tan sólo las migajas. Más de 30 años de intensa actividad turística procedente de todo el mundo entero habría tenido que hacer mella en el alma de esta isla y ya mucho había leído y mucho me habían contado en el camino como para hacerme ilusiones.

Y todo lo que me contaron era cierto, lo que pasa que no era todo. Se dejaron la mitad del libro, la película sin terminar. La otra media Bali que sigue viva, que sigue bella, que sigue alegre. Una Bali guapa e intensa, una Bali de ensueño que se esconde justo tras la cara torpe del que querer gustar a los foráneos a cualquier precio. Venía por 4 días, me quedé 7, y si no hubiera quedado con Eva y Guillem para subir a la cima del Rinjani, de buen seguro habrían sido no menos de 10 días en Bali, esta isla tan soñada como denostada. ¿Qué dónde está? ¿Dónde se oculta esa otra Bali que ha sobrevivido a lo previsible y a lo rancio? ¿Cómo encontrarla? Con suerte y con muchas ganas.

Con la suerte que tuve de que el Allan de Bromo me viniese a recoger al aeropuerto de Kuta pasada la media noche para llevarme a su casa en Denpasar. Con la suerte de que Allan, este balinesio de veinte-y-pocos y estudiante de diseño gráfico en Bandung, hiciera gala de la generosidad local. Pasé la noche en una buena cama –mi plan era dormir otra vez en el suelo del aeropuerto- con aire acondicionado y con un rico desayuno, y no contento con esto me llevó en su moto hasta Ubud, mi campo base para la semana que venía por delante.

Con la suerte que no encontré la habitación barata que la guía mandaba, sino que encontré otra más barata aún, más bonita si cabe, y con la pega, sí, de tener un piscina en construcción al umbral de mi puerta. Y que me digo yo que cuando por 7 euros duermes con un príncipe y desayunas como un rey, qué más da tener que saltar montones de arena para llegar a la cama. ¿Desayunos? ¿Alguien habló de desayunos? ¡Ai los desayunos! ¡Ai de mis desayunos en Bali…!

Yo, hombre amante de estructuras y de planes de ataque de quita y pon, organicé mi paso la isla en torno a un desayuno glorioso, sencillo y con unas vistas exquisitas desde una atalaya donde contemplar el despertar de Ubud, esa guardería gigantesca para adultos occidentales de la que sólo puedo hablar bien. La bruma matutina, las tapias, los árboles y los musgos que todo lo cubren; el bosque con sus árboles tropicales y las copas desmelenadas de las palmeras al fondo. Un homenaje a los sentidos y al buen gusto que sistemáticamente se repitió día tras día y que saboreé intensamente con la plena consciencia del que se sabe y siente privilegiado.

¿Y luego? Y luego Bali, luego una moto y un destino y déjate perder. ¿Qué como sé visita Balí? Pues así, escogiendo un destino e improvisando el camino. 4 jornadas en moto que al final fueron 3 porque la otra quedé atrapado entre una buena conversación con Pablo y esa diabólica terraza de la Guesthouse.

Mi primer destino, el volcán Gunung Batur pasando por el templo Gunung Kawi. Mi segundo destino, el templo Pura Luhur Bakaratu al que no conseguí llegar tras cruzar media isla por caminos que no te sabría decir. Y para el final, el Pura Besakih que yace a los pies del imponente volcán Gunung Agung. Mis destinos fueron importantes pero fue sobretodo fue por sus caminos por lo que Bali me enamoró.

¿Que qué vi? ¿Que qué me sedujo? ¡Ai, si yo te contara!… Interminables trozos de monte sesgado, un mar de olas verdes superpuestas, de crestas mullidas cubiertas de hierba. Eran las terrazas de arroz de Bali, envueltas en selva y palmerales, jardines del edén más que graneros para humanos. Bosques y más bosques que separan aldeas, y aldeas sin nombre con casas que parecen templos y de las que más de una vez me echaron a grito pelado. Porque de tan bonitas que eran y de tan decoradas que estaban y de tan sagradas que me parecieron yo pensé que eran templos mientras cruzaba el umbral y me metía dentro, y me salía al paso el señor de turno en pijama para decirme que qué hacía yo en su casa echando fotos.

¿Que qué vi? Vi caminos que no llevaban a ninguna parte, arriba en las montañas, y también vi a media aldea vestida de gala para honrar a sus seres queridos. Vi a los miles de artesanos que pican piedra, tejen y pintan en todos los rincones de esta isla. Me perdí y me volví a perder para ver a los centenares de cometas que inundan los cielos al atardecer, mastodónticas, con silueta de escualo, de 2 por 3 metros, que surcan los cielos de la isla  sin llevarse milagrosamente por los aires a los nenes que las comandan desde tierra. Vi ¿Qué vi? Vi el templo de mi Baraka, el Gunung Kawi, la postal que adornó la pared de mi habitación en Helsinki durante las noches negras de invierno y las noches blancas del verano. Siendo poco dado a la idolatría –un poquito en verdad- pasearme por el Gunung Kawi fue un no va más de mi paso por esta isla.

Y siempre Ubud, la vuelta a Ubud al final de la jornada. Un pueblo que supo crecer manteniendo el encanto en sus márgenes. Un pueblo que creció como un pulpo espatarrado, extendiendo sus tentáculos en todas direcciones sin mancillar el trozo de paraíso que quedó entre tentáculo y tentáculo. Y así es como si te sales de las tres calles principales de Ubud te sientes como si hubieras ido a parar a un pueblo de la montañas. Tranquila y rodeada de campos verdes y pequeñas gargantas por las que corren arroyos. Un encanto puede que saber algo enlatado, sí, pero bien mantenido, fresco, un gusto para los sentidos y paz para el alma trotamunda dada al cutrerio por falta de medios.

Y la gente, siempre su gente, porque mi paso por Bali no hubiera sido lo mismo de no haber tenido suerte también con esto. Primero con Allan, que se fue el mejor anfitrión y el mejor embajador de Bali. Luego con el patriarca que regentaba la Rumah Roda Guesthouse, una buena mezcla entre tendero de pueblo, hombre de negocios y sabio conocedor de los secretos de la isla y de sus rituales. Y luego los mozos del restaurante que se reían de mí ya al tercer día cuando me apostaba en mi rincón para escribir mis notas o mis relatos y adivinaban mis deseos sin tan siquiera mirarme: “One Bintang,please  -Una cerveza, por favor-”. Y mi amiga, la balinesa que regentaba 1 de los 3 únicos lugares de comida local –y no exorbitadamente cara- de todo Ubud. ¿En el menú? Lo de siempre y viva la divina rutina del arroz con tempe, picante y más tempe y más picante hasta reventar por 12000 rupias -1euro- las dos raciones.

Y ¿Y? Y Joaquín, y Ana, y Pablo y otra Ana que con una no basta. Pablo y Ana, una pareja argentina emigrada a Australia tan encantadora e interesante que qué les voy a contar: un lujo de gente con la que uno se pasaría horas de charla, guapos por fuera y por dentro. Y Ana y Joaquín, pareja vagamunda -guapa también- con los que nos reencontramos en Bali tras nuestra última quedada en Hanoi, cuando con Joaquín nos conocimos en la cima de la Montaña de la Luna a la afueras de Yangshuo, China, hará ya 3 años ¿Para cuándo, por fin, un buen vino y un buen jamón en la madre patria?

Me voy de Bali, habiendo comprendido que la mitad de esta isla son sus paisajes, y que la otra mitad son sus rituales. Y que lo que une a ambas mitades y les da sentido son sus gentes. No la bulla y los pesados de turno que te puedan atosigar en algún momento –fueron los menos-, sino los otros muchos balineses que te sonríen a cada momento, que son amables, que cuando andas perdido se ríen de ti –a buenas- y te muestran el camino –no siempre el correcto-. Me voy de Bali repitiéndome para mis adentros aquello de “¡Pero qué guapa eres!”. Qué guapa es Bali, cuánto cariño y devoción profieren sus gentes en los detalles más nimios de la vida diaria. Qué guapos son sus muchos templos anónimos en los que te pierdes a la hora del ángelus y por los que no corre ni una alma. Qué guapos fueron mis anfitriones y qué guapos fueron –y son- las dos parejas con las que compartí mis veladas al final de mis jornadas ciclomoteras.

Bali, que digan de ti lo que quieran, que será cierto y tendrán razón pero que sepas que yo, por ti, me parto la camisa cuando haga falta, porque Bali -a pesar de todo lo que le ha caído, y que no es poco- sigue siendo guapa, sí, y pa’ colmo, si la buscas se deja encontrar.

El dorado siempre luce. Bali, Indonesia

…viene del post anterior, El Ritual

Durante una semana, en la esquina de Jalan Raya con Jalan Suweta, junto al Palacio Real de Ubud, habían estado armando un enorme Lembu, un toro negro estilo Osborne versión calé –con mucho oro colgándole del cuello-; todo de mentira, sí, pero no por eso menos sugerente. Y tras el toro se encaramaba hacia los cielos un templete, una hornacina fuera de escala, un no sé qué que quién sabría decir para qué serviría o qué finalidad tendría. Demonios, dragones, jabalíes, elefantes, y dorado, mucho de dorado que eso siempre luce.

Llegado el día señalado las calles amanecieron tomadas por el ejército para -supongo- proteger a los locales de las hordas de turistas que infestamos el paso del sepelio armados con nuestras cámaras, atrincherados tras nuestros visores, dispuestos a documentar el Palabon, lo más sagrado de lo sagrado, cómo si ésta fuera nuestra exclusiva y cómo si nadie lo hubiese hecho antes –cada año, por estas fechas, ocurre exactamente lo mismo-. Pues allí estaba yo, con mi mochila a cuestas, con mi equipo de lentes dispuestas en el bolsillo lateral izquierdo; primero tímido, luego gallardo e intrépido, descarado al final. Atento a los címbalos y a los tambores, a los movimientos dentro del complejo palaciego hasta que se abrieron las puertas y empezaron a salir los notables, y los más más notables se me suben al templete que hace esquina y que será el mirador de intocables. La pamplina real que lo mismo lleva una glamurosa flor de hibisco tras la oreja, lo mismo se prende un gadget bluetooth para el teléfono móvil mientras le ríe las gracias al general de turno. El mundo de los poderosos envuelto en la siempre inaccesible áurea aristocrática, tan cerca y tan lejos de nosotros, la peble.

Los aledaños de los dos pasos se van animando. Salen las damas de la corte vestidas de púrpura, enfundadas en sedas y encajes. Corre por allá, como sorprendida por el desbarajuste general, la familia del difunto cuyo primogénito porta el regio retrato. Andan sueltas en medio del follón las reinas de la belleza que, vistiendo el púrpura también, montan sobre sillas gestatorias a los hombros del populacho. Un populacho que parece orgulloso de cargar a cuestas los muertos de la realeza, y que me digo yo que qué menos que cada uno cargue con los suyos. Pues no, que aquí le dieron también la vuelta al calcetín y los que mandan se las ingeniaron para que hasta en la muerte fueran los de abajo los que carretearan los despojos de los suyos mientras ellos se lo miran desde la tribuna o dirigen la procesión montando el toro calé.

¡Qué locura! ¡Qué desbarajuste! ¡Qué suenen los timbales! ¡Golpead los gongs, los platillos y qué viva Bali! Esto ya no es un entierro ¿Esto es? ¡Esto ya no sé que es! Se han alzado los pasos y un señor con un altavoz grita, y otros silban silbatos y todos chillan y la policía grita que nos apartemos, que vienen, que van, que pasan ¡Que por dios! ¡Que se quiten que los van a aplastar! ¿Dónde está el entierro? ¿Qué fue del funeral? La descomunal estructura, híbrido de paso de semana santa sevillana y falla valenciana, avanza entre vaivenes y trompicones por la calle mayor ¡Corren como locos! ¿Alguien manda? Parece que aquí mandan todos y no manda nadie. Tambores, címbalos, gongs a porrazo de militar de servicio que perdió la hoja de ruta hace rato. El tinglado, el trasto, con sus dragones, sus elefantes y sus jabalíes, y dorado mucho de dorado que eso siempre luce, avanza por la calle mayor, sin impedimentos, que hoy no hay luz en Ubud porque descolgaron los cables, que al medio día pasa el sepelio y con lo grande que es el trasto al igual se lleva por delante todo el cableado y en vez de unas horas no tiramos una semana sin electricidad.

Estoy agotado… Al tiempo que llenaba las tres tarjetas de memoria me ido vaciando yo mismo, así que a medio quehacer me tengo que volver a mi cuarto, a vaciar las tarjetas y recobrar fuerzas. Queda por delante lo mejor, la cremà, pero yo estoy exhausto, cansado y para bien. Cansado de cosas buenas que me han pasado, que llevó ya aquí siete días y muchos rituales. Pero por hoy ya basta, por esta vez ya no más. Y me pierdo la cremà, la pira y las llamas donde arderán el toro calé, el león escarlata con cola de pez y corona verde -un Naga Banda-, y la cosa, el trasto, el tinglado ése enorme que es más alto que todas las casa de Ubud puestas una encima de la otra, y que lleva dorado, mucho de dorado que eso siempre luce.

¡Ay por dios qué follón! ¡Qué desbarajuste! Mejor me quedo en mi cuarto, en la terracita de mi casa de huéspedes, pensando en el ayer, en los otros rituales menos regios, más reposados, más anónimos, puede que menos histéricos pero más sentidos. Ceremonias con las que siempre te puedes encontrar en tus paseos en moto por Bali. Acércate lento, suave, sin armar bulla y vistiendo con decoro. Para ti será sólo una buena foto más, pero para ellos es su vida, su razón de ser. Los balineses son amables y acogedores, sí, pero no siempre fui bienvenido, no siempre me dejaron cruzar la tapia que separa el mundo de los hombres del mundo de los dioses y los espíritus. Y no pasa nada, que da igual, porque para mí es sólo una buena foto más pero para ellos es su vida, su razón de ser, y eso para mí sí que es sagrado.

El Ritual. Bali, Indonesia

Todo el día dando tumbos en la moto, con un destino claro per sin un camino a seguir; torciendo a cada recodo que me pareciera más interesante que lo que tuviera por delante. En la cresta de la caldera del Gunung Batur me eché la siesta sobre un banco de piedra esperando a que bajara el sol y mejorara la luz. Me desperté y conducí cuesta abajo hasta la orilla del lago para darle la vuelta al cono del volcán cuyas caras sur y oeste son pasto de gigantescas lenguas de lava que se convirtieron en roca pelada. Ensimismado en la luz del atardecer se rompe el encanto y caigo en la cuenta que está anocheciendo y que ando todavía en la otra punta de la isla. Agotado, exhausto y tras la puesta de sol tras las montañas emprendo el regreso cuando, por casualidad, paso junto a un ritual en Kintamani… Demasiada gente, demasiada bulla. Mi olfato de niño trastoso y curioso me susurra que tras la tapia están ocurriendo demasiadas cosas, que algo bueno se cuece, y que seguramente valdrá demasiado la pena como para pasar de largo.

Pero reacciono, y en un ejercicio de sentido común y autodisciplina me digo que no. Que estoy muerto, que hay que volver. Que no voy a parar ni tan sólo un minuto, ni para echar un vistacito. ¡Qué no! Grito con voz de perdedor para mis adentros ¡Estoy agotado y llevo ya casi 10 horas de ruta! Pero nada… ¡Cómo si le hablara a la pared! La moto frena suavemente y ya estoy girando hacia el parking cuando me cuento el cuento chino de “sólo un minuto, nomás, un vistazo rápido y nos vamos para casa”.

No se puede comprender Bali sin su religión –una versión del hinduismo que sobrevivió a los embates del budismo, del islam y del cristianismo-; un complejo sistema de rituales y festivales que empapan el día a día. La vida de los balineses se rige por esta espléndida coreografía sagrada cuyas ramificaciones se extienden a la danza y al arte de la escultura. Pero más allá de estas artes clásicas, esta sofisticación y esta espiritualidad las sobrepasan y se desbordan inundando su día a día en una puesta en escena que tiene lugar a cada momento, en cada rincón de la isla y a diferentes escalas. Desde las pequeñas ofrendas diarias en los negocios o en los altares de los familiares en el patio de cada casa, hasta todo un sinfín de ceremonias que marcan y acompañan a todo balinés a lo largo de su paso por esta vida. Rituales practicados de forma individual, rituales practicados en familia o rituales que implican semanas de preparación por parte de todos los miembros de la aldea.

Bali siempre está de gala, de fiesta, de celebración. La mayoría de las veces de forma callada, un susurro en la intimidad. Otras, como cajas de truenos abandonas a su voluntad: ruidosas, caóticas, turbas de fieles devotos que toman las calles por asalto, extasiados, ebrios de jarana. Del nacimiento a la muerte. Pidiendo protección y fortuna a los dioses y a los buenos espíritus que habitan en todos los rincones de esta isla exuberante. Trazando laberintos de símbolos para confundir a los demonios y proteger a los seres queridos o a las cosechas. Cada mañana al alba, en cada rincón de esta isla, se preparan con esmero miles de ofrendas efímeras de una delicadeza exquisita. Miles de ofrendas hechas con hojas de palma trenzadas y flores, frutas, arroz, galletas, no hay límite, o puede que sí lo haya; uno solo, y es preciso: todo debe ser bello y elegante. Una elegancia y un gusto por las cosas bien hechas tan extendido que se aprecia en sus ropas, en las telas que visten ellas, en los pliegues de los tocados que portan ellos. En la sistemática sobriedad barroca de sus templos y templetes. Bali será hindú, sí, pero paseando por sus aldeas y por sus templos no pienso en la India, pienso en otra isla, pienso en Japón y en esa cultura tan suya donde la belleza, como fin último y en sí mismo, se manifiesta en cada acto y en cada gesto.

El Ritual vertebra la vida de esta isla y de estas gentes más allá del implacable avance del turismo durante los últimos 30 años. El ritual se vive con devoción, con orgullo, con una pasión y un frenesí que se contagian. Contagiado y borracho de frenesí corría yo aquella primera noche fría en la cresta del volcán en la que decidí no parar para acabar parando. Desbordado, fascinado, ensoñado en medio de una función que no comprendía, pero cuyo principio atisbé que pasaba por la sistemática ofrenda a cambio de una bendición. Una noche helada en la que corría borracho, embelesado por el efecto narcótico del sonido del chambelan -un instrumento balinés que en realidad son muchos sonando al mismo tiempo- y cuyo misterio hipnótico no fui capaz a descifrar. Un festival por el que andaba suelto el loco del pueblo con una toalla atada a la cabeza; los nenes que me exigían el peaje por estar allí: que les tomara un retrato. Con toda esta gente aldeana que me recibe con sorpresa y con los brazos abiertos, y con sonrisas, muchas sonrisas y algunas carcajadas entre los grupos que se sientan alrededor de un fogoncillo a pasar la noche, a esperar eso que todos vinieron a ver y que yo sigo sin saber qué es. Es noche fría y esto está lejos de acabar, tengo por delante casi dos horas en moto y abandono la partida.

La abandoné, sí, pero ella no me abandonó a mí. Al día siguiente y al otro y al otro, me seguí cruzando con los lugareños atareados en sus preparativos, ellos a lo suyo y ellas con sus asuntos, todos en pleno frenesí, esta vez a la luz del día, ocupados en la preparación de los Ngaben, las cremaciones anuales de sus muertos. Porque es el funeral, que no la muerte en sí misma, el momento clave en la existencia de todo balinés. Un correcto funeral con su correspondiente cremación garantizará la liberación del alma del cuerpo amortajado. De lo contrario el espíritu quedaría errante, nunca más podría volverse a reencarnar, se perdería en una nada que es peor que los infiernos. Es por eso que este dispendio imprescindible y costoso. Y a falta de tiempo para ahorrar el dinero suficiente, las familias entierran temporalmente a sus muertos hasta que reúnan los ahorros para todo el festejo.

Llegada la fecha, toda la aldea se pone en marcha. Desentierran a los suyos, corren a por los preparativos, todos efímeros todos hechos con delicadeza y esmero. Altares de caña y bambú presididos por retratos con guirnaldas de flores del paraíso que honran a los difuntos y guardan sus cuerpos. Se construyen pasos coronados con palios bajo los que se portan animales sagrados: Lembus -toros negros y rojos-, leopardos, engendros mitológicos, leones escarlata con colas de pescado y coronas verdes ¿Serán dragones? Todo preparado con el esmero de lo que se hace para siempre aún a sabiendas que su destino es la hoguera, pasto de las llamas y del fuego purificador.

Si la ceremonia del Ngaben es el ritual por excelencia, por encima de todas las cremaciones está el Palabon, el funeral de un miembro de la familia real. Los planetas se alienaron, y puestos que en mi travesía por Indonesia pasaba por Bali durante esta semana, los dioses dispusieron que el ritual de los rituales, el Palabon, tuviera lugar a escasas tres calles de mi hospedaje durante mi último día en la isla.

…continúa en el siguiente post, El dorado siempre luce

Rutas. Java, Indonesia

1. Recorrido:

Desde Merak (Java) hasta Kuta (Bali) / 19 días (Junio-Julio 2012)
Merak – Ferri desde Sumatrar > Jakarta (1-2) > Bandung (3-4) > Batu Karas (5-6-7-8) > Yogyakarta (9-10-11-12-13) > Bromo (14-15) > Ijen (16-17) > Aeropuerto Bali (18-19)

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2. Presupuesto & Gastos:

Desde Merak (Java) hasta Kuta (Bali) / 18 días (Junio-Julio 2012)
Billete de avión Bali – Kuala Lumpur: 90€  / Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur: 42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 302€ / Gasto medio diario: 16,80€


Cambio Junio-Julio 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 4000 a 12000 Rp
· Precio Cerveza: 25000Rp (botella 660cl)
· Precio Habitación: De 90000Rp de media la noche.

3. Escritos:

01. La última Erección. Jakarta, Indonesia.
02. La Cala Negra. Batu Karas, Indonesia.
03. Postales. ARTE urbano. Bandung. Sección Postales.
04. Te soñé otra. Yogyakarta, Indonesia.
05. GraffCity. Yogyakarta, Indonesia.
06. Lliçons de Pedra. Prambanan & Borobudur, Indonesia.
07. El alba de tu sonrisa. Bromo, Indonesia.
08. La Carga. Kawah Ijen, Indonesia.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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La Carga. Kawah Ijen, Indonesia

Al final tuvimos que madrugar y no le creí hasta que dejamos atrás los campos de arroz; nunca lo habría logrado por mi cuenta con una moto de alquiler. Una vez dentro de la exuberante jungla tropical la calzada está hecha unos zorros, llena de baches y pedruscos en medio del camino, totalmente impracticable a menos que vayas montado en un jeep como el nuestro. A medida que ascendemos por la meseta van quedando atrás las costas orientales de la isla y asoma sobre el horizonte la vecina Isla de Bali. Pero Bali es el mañana, hoy todavía estoy en Java, camino del Kawah Ijen, mi última parada antes de tomar un vuelo a Kuala Lumpur para renovar por dos meses más mi visado indonesio.

De las costas de Banyuwangi a las terrazas de arrozales y bosques de canela y café. De las plantaciones a la jungla, y de la jungla a un paisaje de bosques. En apenas una hora hemos salvado un desnivel de más de 2000 metros hasta llegar a la entrada del parque en el Valle de Paltuding. El lugar donde pagamos peaje los turistas, donde viven y duermen los cargueros, donde están los almacenes. Parece que vayamos de paseo al campo pero aquí todos sabemos que vamos a su encuentro. Antes de subir pasamos por la tienda para comprar agua para nosotros y cigarrillos para Ellos. ¿Ellos?

Son todos hombres, son de aquí y de allá, buscavidas con casa y familia que vienen a pasar dos semanas porque dormir en casa cada noche sería una ruina –demasiado poco lo que ganan para pagarse el autobús a diario-. Son tipos tan duros como afables que llevan años subiéndole y bajándole las dos caras al cráter del Kawah Ijen. A una cara las romanas que marcan el peso de la carga, unas balanzas moralmente desequilibradas incapaces de establecer una relación justa entre el coste de la carga –un trabajo de titanes- y su valor –unos pocos euros al día-. Al otro lado las fumarolas que regurgitan azufre directamente desde el infierno.

Ambas son caras de una misma moneda y ambas son bellas, cada una a su manera. Por un lado el camino zigzagueante -3km de subida constante- que discurre entre frondosos árboles y olor a tierra húmeda. La cara verde, suave, esponjosa donde las rocas de azufre parecen objetos venidos de otro planeta. Por el otro la roca pelada y agrietada. Áspera y rota por el paso del tiempo. El lago turquesa al fondo -tan bello como tóxico- y las columnas de vapor de azufre señalan el camino, el destino, el punto concreto en el que las entrañas de la tierra se encuentran con los hombres de carne y hueso que, a pesar del peligro y la dureza, guerrean con ella a golpe de pico para arrancarle sus tesoros y ganar el pan para los suyos.

El entorno atrapa; los pozos de azufre te atraen. Y mientras más turistas de los que esperaba bajamos por el empinado sendero nos vamos cruzando a cada rato con Ellos. Sonríen, se paran, te piden un cigarrillo y se dejan tomar una foto. Se sientan, se relajan y se lo fuman o se lo guardan en el bolsillo. Yo ni me siento ni me relajo. Estoy tenso porque siento que compro el peso de su carga a un precio demasiado barato. Pero ellos me responden con una sonrisa, con una pregunta “¿De dónde eres?” Se saben protagonistas de la obra ¿Una tragedia? ¿Griega? Sísifos de tez oscura condenados a subir la carga cuesta arriba hasta su último suspiro. Hay orgullo en muchas de sus miradas, sí, pero en otras hay una extraña resignación. Una resignación limpia de reproche donde aún hoy sigo creyendo que debería haberlo. Repaso las fotografías y les vuelvo a mirar a la cara, a sus ojos y sigo viendo lo mismo. Miradas cansadas pero limpias. Miradas conscientes de la dureza de sus vidas pero, creo que, inconscientes de su injusticia.

La realidad es ésta: Viene al Kawah Ijen porque hace muchos años vi un reportaje de James Nachtwey que –como todo lo que él hace- se grabó con fuego en mis recuerdos. Tras venir aquí y subir y bajar, para luego volver a subir, pero justo antes de volver bajar, traté de levantar un par de cestas cargadas de azufre que esperaban en la cima al margen del camino. La realidad es ésta: no pude con la carga, ni un mísero milímetro. Ni por un atisbo fui capaz de levantar los aproximadamente 80 kilos de roca fosforesecente que estos hombres –como tú y como yo- carretean día sí, y día también por un sendero de tierra y rocas, en el que yo sudé la gota gorda, ligero de equipaje y calzando mis botas de montaña, cuando ellos calzan sandalias baratas de plástico. Jugándose la vida a riesgo de despeñarse y dejándose la salud a la merced de las nubes de gases venenosos en las que laboran. Algunos con máscaras, sí, pero muchos otros con pañuelos o camisetas atadas al cuello como única protección. Todo por unos 5 o 6 euros al día a cambio de un azufre que servirá para cosméticos…

La realidad es ésta: He pasado dos meses viajando por Java y Sumatra, dos islas tan bellas como dolorosas. Yo las he disfrutado, y mucho, pero mi última parada en el Kawah Ijen me recuerda que la belleza de este país va a la par de una injusticia social imposible de argumentar; la de otro país rico cuya población sigue siendo pobre.

El alba de tu sonrisa. Bromo, Indonesia

Yo ya viví este momento, y no fue en otra vida, fue en ésta, un recuerdo que guardado en el fondo de un baúl. También era de noche. Noche negra, cerrada y fría. También subíamos cuesta arriba, hacia la montaña, también había niebla en el valle y también brillaba una luna creciente en el cielo que apagaba con su luz las demás estrellas del firmamento. Aquella montaña de mi adolescencia se llamaba Montserrat, una roca de leyenda que se alza sobre las llanuras del Bages en “la meva catalana terra”. La que hoy subimos es un trozo desgajado de caldera que se alza frente al Mar de Arena, una enorme herida abierta en la tierra donde vive un gigante llamado Bromo, un volcán vivo, postrado y roto, un gran ojo azul turquesa que contempla impávido al eterno cielo mientras sigue llorando lágrimas de azufre.

Seguimos subiendo, hace frío y es mejor no parar. Arrancamos a las dos y media de la madrugada pues los amaneceres de Bromo, cuentan, valen bien su peso en oro. Y a falta de oro no tomamos el jeep y lo pagamos con sudor. Y pagamos, vaya que si pagamos. Pero atento a esto el gigante Bromo, que es sabio y generoso, nos ofreció a cambio algo más que amaneceres.

Yo ya viví este momento, pero éste es distinto. El mar que ayer por la tarde era de arenas negras hoy lo es de espesa niebla. Fantaseo, imagino que debe ser en lugares como éste, donde al caer la noche vienen a dormir las nubes pasajeras que surcan los cielos durante el día. Un caldero gigantesco en el que flotan como islas el Gunung Bromo y el Gunung Batok. Un caldero gigantesco repleto de nubes que se mecen como olas al vaivén de la brisa, suavemente. Nubes cuyas entrañas brillan en la noche al paso de la caravana de jeeps cuyos faros iluminan la espesa niebla. Su andar a tientas entre las nubes poco tiene que ver con el solemne espectáculo que se despliega ante nuestros ojos aquí arriba. Un escenario épico, de leyenda, un paraíso frío hecho de roca, luna y niebla. Un paisaje que se desdibuja a cada paso bajo el peso del cansancio. Hace frío y estoy empapado. Elisabeth, Fiona y Allan van por detrás pero no puedo detenerme porque el viento me hiela.

Llegamos a la cumbre del Gunung Penanjakan ya atestada de jeeps a ambos márgenes de la carretera y aún siendo noche cerrada corremos con Allan a la búsqueda de un buen lugar donde apostar los trípodes. Ahora sólo queda esperar.

El amanecer de Bromo es uno de esos hitos viajeros en los que uno sabe perfectamente lo que viene a ver. Es más, arrastraba ya desde mi querida Baraka la postal que tengo ante mis ojos. Y a pesar de ello, la sorpresa ante la belleza de este momento ha sido y será sin lugar a dudas un hito en mi paso por Indonesia. Durante el par de horas que dura este espectáculo de luz y colores el paisaje va mutando. Es la danza de las nubes en el suelo, de las nubes en el cielo. Es una danza de sombras deslizándose sobre los pliegues de la montaña, sobre las llanuras de la caldera, sobre los surcos del cono casi perfecto del Gunung Batok y sobre las grietas desgarradas de Bromo. Son las humaredas de que despide el Gunung Semeru al fondo. Es el gigante Bromo, que sigue llorando sus lágrimas de azufre. Y son sobrretodo sus colores. Un canto celestial a dos voces, un dúo entre los rayos del sol que avanzan implacables sobre el paisaje y la respuesta del paisaje a este baño vida.

Durante las dos horas de espectáculo una multitud de turistas invade el mirador. Pero no importa, porque apostado en primera fila y armado con mi música puedo vivir el momento cómo si sólo estuviera yo. Ha amanecido pero yo sigo tiritando y ya no puedo aguantar más; con una sonrisa en la cara corro hacia los rayos del Sol. Adiós Bromo, ha sido un placer.

Pagamos con sudor nuestra ascensión y al gigante Bromo que es generoso no le bastó con regalarnos la subida, tenía también guardaba para nosotros la bajada. El paisaje va cobrando vida y es deshaciendo camino cuando contemplamos la fértil campiña donde pasamos la noche en Cemoro Lawang y por donde anduvimos esta madrugada. Un vergel que con un corte tan precioso como quebrado se solapa al Mar de Arena. El Mar de Arena en el que pasamos la tarde anterior. Caminando, explorando, escalando. Fascinados por la inmensidad del paisaje, por las texturas y los colores, por el azul del cielo y la nubes que se derramaban sobre la caldera desde las montañas.

Junto a Elisabeth, Fiona y Allan –compañeros de viaje y mejores amigos durante 24 horas- disfruté de un atardecer casi a solas en la cresta del ojo del volcán, en una mezcla de alegría, vértigo y serenidad, un atardecer de fin del mundo que sería el preludió de la noche que habría de vivir. La vida quiso que pasaran casi 15 años y quiso que yo estuviera en la otra punta del mundo. Quiso esperar a que la luna estuviera en lo alto para que un escalofrió recorriera mi cuerpo. Fue entonces cuando recordé un verso que recité hace media vida y que decía así: “M’agrada veure els estels dins la nit dels teus ulls, però m’agrada més encara veure com es dibuixa l’alba del teu somriure”. (“Me gusta ver las estrellas dentro de la noche de tus ojos, pero me gusta todavía más ver como se dibuja el alba de tu sonrisa”.)

El alba de tu sonrisa, el alba de su sonrisa, el alba de mi sonrisa. El gigante Bromo es generoso y esto que os he contado fue su regalo.

Lliçons de Pedra. Prambanan & Borobudur, Indonesia

Selvas, aldeas perdidas ancladas en el tiempo, volcanes gigantescos que se convirtieron en lagos, islas paradisíacas cuyos fondos marinos están poblados por criaturas de leyenda. Playas negras y mega-ciudades superpobladas. Indonesia parece tenerlo todo pero falta algo en esta lista: Piedras.

En Indonesia hay poca piedra -que es como yo le llamo a los vestigios históricos, los monumentos de toda la vida-. Y éste es un dato que dice mucho de las sendas que recorrieron las civilizaciones que se cuajaron en este universo de islas y cuyos testimonios arquitectónicos son más bien escasos. Aunque por suerte siempre hay excepciones, y en este caso ambas se encuentran muy cerca de Yogyakarta. Pasen y vean las glorias hindúes de Prambanan y el gigantesco mandala budista de Borobudur.

Llevaba unos días atrapado en mi divina rutina de Jogja y sabía que tenía pendientes una visita a los conjuntos arqueológicos más importantes de toda Indonesia: Prambanan y Borobudur. La típica excursión turística a la que apuntas y que te pone las cosas fáciles y con la que sin más cumples el expediente. Supongo que me salió mi vena chulesca o mi orgullo viajero, y me negué a pasar por el aro, así que alquilé una moto para ir a mi aire. Y visto lo visto todavía no sé si me salió a cuenta, porque a veces también vale la pena dejar de ser viajero para ser turista sin más y a mucha honra que tampoco es pecado.

El caso es que opté por la moto y teniendo en cuenta que el momento glorioso para visitar Borobudur es el amanecer, sólo me quedaba visitar Prambanan al ocaso. Y como Borobudur está a 60km de Jogja y Prambanan tan sólo a 17km estaba claro el plan de ruta: Alquilar moto al medio día, viaje a Prambanan para disfrutar del atardecer y salir disparado hacia Borobudur antes de que me pille la noche en las siempre alborotadas carreteras javanesas.

Venga valiente, campeón e inconsciente. Ver el atardecer en Prambanan implica comerte la hora punta del final del día en la periferia de Jogya, que aunque la hayas cantado como un pueblo no deja de ser una ciudad bulliciosa que se rige por códigos indonesios. Y eso implica que más te vale estar con los ojos bien abiertos, las orejas limpitas para oír lo que te viene por detrás y la mirada periférica trabajando al 200% si no quieres acabar siendo el bulé tontaina que acabó por los suelos porque no vio las diez motocicletas que le salieron por ambos lados cuando el semáforo estaba todavía en rojo. Atención: Esta no es tierra para cándidos. Sabiendo que voy hacia el este, siendo incapaz de pronunciar todavía hoy día el nombre de estas célebres ruinas, finalmente consigo llegar. Aparco, pago una barbaridad de rupias por la entrada –precio extranjero porque los locales pagan el 15% que yo- y estamos dentro.

Honestamente, venía sin expectativa alguna, incluso dudé en ir, pero por aquello del “venga va, ya que estamos aquí”, pues alá, para allá fuimos. Y honestamente, me encantó. Supongo que el rodaje en el arte de visitar monumentos ayudó. Primer consejo: salte de la bulla. Cuando se trata de monumentos las hordas de turistas no quedan bien en la foto. Así que vete directo hacia donde no hay nadie. Segundo consejo: no vayas donde va Vicente, y si lo que estás viendo es grande, menos. Vicente va al centro del meollo, pero resulta que en estos complejos monumentales siempre es un plus salirte lejos, fuera del camino y poder tener una perspectiva general del todo. Créeme, lo vas a saborear mucho más. Tercero y último: Los dos primeros consejos son el mismo y son válidos pero no son suficientes, así que si todo el mundo está en un sitio es porque hay algo que vale la pena ver. No te hagas el estrecho, vete para allá y se un turista más. Aprender a viajar/vivir implica aprender que todos los roles son válidos. Lo difícil es saber discernir cual es el apropiado a cada momento.

La luz era perfecta, el entorno asilvestrado con montones de sillares esparcidos por el suelo le daban el aire de ruina que le habían despojado las avenidas con parterres que te marcaban el camino central. Y sí, pensaba que Prambanan era el “patito feo” y que iba para fichar, pero me pareció extremadamente elegante. Sus torres alzándose al cielo con porte pero sin soberbia. La textura copiosa de sus muros enfatizada por la luz menguante. La repetición sistemática de un motivo a diferentes tamaños y con ligeras variaciones. La percepción de que el conjunto monumental se expande a medida que te acercas y prestas atención a los murales que narran en piedra las epopeyas de la mitología hindú.

Prambanan es hijo de los tiempos en los que los reinos del sur de la India hacían mella en estas islas y sentaban las bases y las lógicas de las futuras civilizaciones que estaban por llegar. Éste es un templo hindú por su barroquismo, por su esencia vertical y porque su vocabulario, aún sin tener paragón directo en el subcontinente indio, es hijo de ese delirio formal que mana de sus textos sagrados y de su mitología en general que impregna todo lo que toca.

He dado ya suficientes vueltas y va cayendo el sol y estoy más que satisfecho de la visita. Es hora ya de subirme de nuevo a la moto y recorrer los 80 km que me separan de Borobudur. Al final pasé demasiado tiempo aquí y se me viene la noche encima. No es tanto el follón y el caos circulatorio al que al final te acostumbras, es el frío. Durante el día el sol del trópico es tórrido e implacable, pero se va y la noche viene fresca. Y si vas en moto y en camiseta, pues ya no te cuento. Carretera y manta y encuentro una cama en medio de la nada donde pasaré las pocas horas que me separan de la madrugada. Porque Borobudur es madrugada y es amanecer.

Los eruditos lo sabrán mejor que yo, pero no por eso dejaré de contarlo. Borobudur no es un templo, Borodubur es un mandala, un mapa del universo cósmico y de la mente humana visto según la filosofía budista. Y este mapa –como todo mapa del tesoro- muestra un camino, el camino hacia el Nirvana, el fin del sufrimiento en este mundo y los que estén por venir –los budistas como los hindúes creen en la reencarnación de las almas-. El budismo, a diferencia de las religiones occidentales que conocemos –judaísmo, cristianismo e islamismo-, es ateísta –sin dios todopoderoso y omnipresente-. El budismo, más que una religión de fe es un compendio de prácticas, un método o una manera de ejercitar la mente de cada uno con la única intención de pacificarla y liberarla de las cadenas que la atan al sufrimiento humano en esta vida, lo que nos angustia y nos quita el sueño. Ese método, ese camino, es lo que está representado en este mandala –mapa- que es Borobudur, como los pórticos románicos y los murales en nuestras iglesias del medievo. Una manera de dejar constancia de una enseñanza de forma gráfica y explícita más allá de escritos en tiempos de analfabetismo e imprentas por inventar.

Borobudur se construyó en el año 825 de nuestra era, durante la época de influencia del budismo en Java para más tarde ser abandonado y olvidado a la jungla. No fue hasta 1814 que el inglés Thomas Stamford Raffleslo lo presentó al mundo occidental. Allí seguía, erguido en medio de las llanuras de Kedu, enterrado bajo capas de ceniza volcánica, rodeado de jungla, de palmeras y de montañas con el todavía humeante volcán Gunung Merapi al fondo. Borobudur es sinónimo de amanecer, sinónimo de deambular por sus terrazas, de dejarse perder y de perder la mirada en sus paisajes lejanos y en sus frisos cercanos. En los centenares de budas que pueblan este mapa del universo hecho de piedra y silencio.

Borobudur es el reto de huir de las hordas de turistas para repensar que toda aspiración humana siempre es un reto individual que apunta hacia arriba, que toda mejora está basada en un recorrido sin prisa pero sin pausa hacia lo mejor de nosotros mismos. Borobudur es un templo de significado oscuro en una isla lejana de un tiempo antiguo, pero su mensaje es claro y próximo: Que no hay término medio, que todo lo que no avanza hacia la luz se sume en la oscuridad. Que más allá de dioses o demonios, al final eres tú el que escoge ser un poco mejor o un poco peor de lo que fuiste ayer, o de lo que esperas ser mañana… Lliçons de Pedra -lecciones de piedra-.

GraffCity. Yogyakarta, Indonesia

…viene del post anterior, Te soñé otra

Y es que no hay 2 sin 3.

Jogja se distingue de todas las demás ciudades del sureste asiático porque parece ser que los jóvenes de hoy tomaron el relevo de las artes de ayer. El pueblo que se resistió a ser ciudad no pudo escapar a su destino, o a su pasado. Seguiría siendo pueblo pero los recortes de muros de ciudad hablan por sí mismos.

No diré más porque las imágenes lo cuentan todo –al menos para mí y para el que quiera y sepa escuchar- y porque ya hablé de ello en una Postal que ya entonces gritaba Achtung! Acthung! –¡Atención! ¡Atención! en alemán-.

 

Te soñé otra. Yogyakarta, Indonesia

Llevaba tiempo oyendo hablar de ella y cuando finalmente nos encontramos me sorprendió: me la había imaginado distinta. Siempre se referían a ella como la capital cultural del país, la segunda ciudad de Java –no en tamaño- pero sí donde residía el alma javanesa contemporánea. El lugar de los jóvenes –aunque la ciudad universitaria sea Bandung- y el lugar donde todos los bulés –extranjeros- trotamundos de paso siempre querían quedarse, para vivir Indonesia más que para hacer dinero, que el dinero espera en Jakarta. Ciudad de tradición, de cultura y de modernidad. Todas estas cosas repasaba en el listado de mi imaginario mientras cruzaba en tren los exquisitos paisajes del centro de la isla de Java camino de Yogyakarta, la capital cultural de Indonesia.

Te soñé otra, sí, pero te confieso que me enamoraste lo mismo. No pude no rendirme a tus encantos desconchados, a tus maneras informales, a tus colores en los rincones y al ejército de durmientes que vigilan el sueño de una ciudad que se negó a serlo. Yogyakarta no es una ciudad, o sí que lo es, pero es que su encanto reside en el hecho de que la ciudad tal como la concebimos quedó atrapada entre dos trozos de pueblo grande. Como un huevo frito al plato, valga la similitud. Donde la ciudad es la clara que flota entre la yema del Kraton que es un pueblo que quedó atrapado entre ruinas, algunas vivas y otras muertas, y los arrabales de la ciudad propiamente dicha que vuelven a ser trozos de pueblo que le cuelgan de los faldones de la urbe moderna que no pudo con el talante desenfado de la Yogya de siempre.

Ante el desparpajo de la supuesta ciudad que no lo era, estructuré mi paso por Yogyakarta a partir de 3 puntos de referencia que seguí a rajatabla. El primero, mis desayunos copiosos con libro y té. El segundo, pasear por pasear sin rumbo y dejando las glorias del pasado para el final. Y el tercero, no dejar pasar ni una sin retratar el alma joven rebelde y revuelta que embadurna tus paredes con tanto arte.

1 de primero. ¡Ai qué suerte la mía que sin buscarlo lo encontré! Un rincón apartado del poco bullicio matutino de las avenidas desiertas del Kraton. Un lugar donde tenían comida recién hecha ya de buena mañana, donde había una mesita en un rincón a la sombra, con una estera a la espalda por la que se colaban los rayos del sol salpicándolo todo de luz y alegría. Desayuno a la indonesia con mi arroz, mi mucho picante por favor y mis dosis de tempe para calmar el mono. Algo de té y para postre todo el tiempo del mundo para devorar día tras día las palabras de Stieg Larsson ¿Lo devoré yo o me devoró él a mí? Purito estado ingrávito en el que quedaba suspendido saboreando cada instante con una intensidad difícilmente descriptible con palabras. Purito estado de gracia en medio de una cotidianidad en la que yo era claramente un ente extraño que se sentía como en casa.

2 de segundo. Empezaba cada jornada en el punto exacto donde la había dejado el día anterior: en casa de Ale, mi anfitriona de CouchSurfing en Yogya. Una bella ecuatoriana con busto de esfinge, que estudió Bellas Artes en los EE.UU. y que acabó aterrizando en Yogya y estudiar el arte Batik. Que se gana la vida como la mayoría de los otros bulés, dando clases de inglés a las nuevas generaciones de indonesios adinerados, mientras se piensa su siguiente gran salto por el mundo. En el umbral de esa puerta empezaba mi jornada, pero lo que me venía por delante sólo lo sabía la siguiente esquina.

Pronto descubrí que tras las murallas de la antigua ciudad nada había cambiado. Descubrí que todos seguían conociéndose entre ellos y que por eso dejaban las puertas abiertas y las macetas en la calle. Para adornar sus casas, sí, pero para hacer de la calle un lugar de todos. Me quedé atrapado en las puertas, en los marcos, en las contraventanas. En todos esos rincones llenos de colores que se mezclaban sin rubor de formas que yo siempre pensé que serían imposibles o incorrectas. Sin vergüenzas, sin manías, el rojo con el verde, el rosa con el verde limón, y suma y sigue, y déjate llevar que sobre gustos estará todo escrito, pero también está todo por descubrir.

Calles que corren paralelas a palacios tras muros toscos encalados. A cementerios con sus tumbas musulmanas que son el patio de tres casas con su pozo. Y los pozos. ¿Pozos en el corazón de una ciudad histórica? Pues claro que sí, porque el pueblo se convirtió en ciudad, para luego convertirse en histórica, pero siguió siendo pueblo y dónde iban a ir a buscar el agua sino al pozo que está en el patio que es un arenal al que abren todas las puertas. Donde se sientan las señoras y donde corretean los niños. La casa que se abre al patio que se abre a la calle que se abre al mundo. El concepto de espacio privado en Indonesia no existe, y para bien o para mal, vivir allí implica estar dispuesto a salir del baño y encontrarte a los vecinos sentados en tu salón viendo el televisor ¿Porqué debería cerrar la puerta? ¿Por qué pedir permiso para entrar? Si al final todos somos vecinos y tu casa es la mía como la mía es tuya. Yogya, la ciudad que aún siéndolo se resistió a dejar de ser pueblo.

Y entre pozos, patios, cementerios y ropas tendidas aparecen las ruinas de monumentos de otros tiempos de los que la gente cuelga las maravillosas jaulas de los pájaros que cantan los amaneceres. Así, a palo seco, con el mismo desparpajo que rige la vieja Yogya, aparecen de pronto Los Baños del Sultán que me tuvieron a sus pies. Por ser portugués el arquitecto –la arquitectura portuguesa siempre tendrá mi admiración- y por saber dejar de ser él mismo para servir y hacer sentir a los demás. Un vocabulario formal y una sencillez tan escueta que supieron hacer de unas tapias encaladas color crema, rematadas con alguna que otra escultura mitológica, un lugar canto a los sentidos y al placer. El Tamansari -los baños del sultán-, aún siendo una sombra de lo que debieron ser, conservan esa chispa que te hace soñar con el murmullo del agua, con el olor de flores exóticas y raros inciensos. Con cuerpos desnudos chapoteando en las albercas a la luz del sol o en las noches de luna llena. La sensualidad y el erotismo de oriente…

Y tras la puerta del Tamansari otro callejón y la puerta de la casa de enfrente abierta de par en par. Remonto hacia el norte en busca de la línea del ferrocarril y cruzo cajuelas que corren junto a riachuelos, de puentecillos que saltan de lado a lado. Talleres donde hacen y empaquetan artesanalmente los dulces de venderán en la superturística Jalan Malioboro –el equivalente a Las Ramblas de Barcelona– un lugar de paso del que más vale huir.

Yogya, te soñé otra y siendo la que eres me gustas todavía más. Ante tu frescura y tu desparpajo impuse orden y te estructuré en torno a 3 verdades tan incuestionables como arbitrarias. De las 2 primeras he hablado pero de la tercera, por ser lo que es y por ser tan distinta a todo lo demás, dejaré pasar 4 días más. No son palabras lo que está por venir, son imágenes que retratan la excepcionalidad de esta ciudad en la amplia región del sureste asiático.

…continua en el siguiente post, GraffCity

La Cala Negra. Batu Karas, Indonesia

¿Por qué será que a veces las cosas simplemente son? ¿Por qué será que, sin ser un día ni mejor ni peor que el de ayer, hoy me siento eufórico? Deben ser los amaneceres y las noches en vela. Como cuando éramos más jóvenes y no concebíamos que una buena noche de fiesta de verano no acabara en la playa viendo otro nuevo amanecer. Será eso, sí. Será esta delicia de amanecer que me ha recibido en este pequeño rincón de mundo, en esta calita de arenas negras como el carbón de Baltasar y con estos surferos de estar por casa que habitan en Batu Karas.

Noches de fiesta veinteañeras que a los treinta he cambiado por noches de espera, de autobuses y de llegadas de madrugada. Crucé Jakarta en bus, al atardecer, en hora punta y en transporte público, cómo a mí me gusta. Viajando barato, espachurrado como uno más y con la mirada clavada en la ventana, viendo desfilar 18km de la ciudad de Jakarta que no sale en las guías. Una ciudad plana y extensa, monótona, cruzada por canales de aguas estancadas, negras, que desprenden nauseabundos hedores pestilentes que marean. Ciudad vibrante, que desborda de vida a cada esquina, que pareciendo ordenada a primera vista, te acaba por mostrar sus miserias tras la fachada de avenidas relativamente dignas.

Cené en el makasar padang de rigor de la estación y me regalé un helado, como premio y porque sí, mientras esperaba a que saliera mi autobús para Pandangaran. Otra noche de viaje, pero está vez tengo donde apoyar la cabeza, la panza llena y voy hacia la playa. Y por algún motivo extraño que no consigo descifrar me siento eufórico. Una euforia que mana de una mezcla de alegría y seguridad, pero sobretodo de una total indiferencia ante la incertidumbre. Me siento tan sereno y tan seguro de mí mismo que tras más de 8 meses de viaje me atrevo con música triste: Sylvain Chauveau. Muy triste pero no menos bella.

Llegué antes de tiempo, me apeé en la estación y fui hacia la luz del único puesto abierto donde unos parroquianos taciturnos seguían un partido del mundial en el televisor. Serán las 4 de la mañana y me piden un dineral por llevarme a Cijulang. Le digo que sí, que se espere que yo también me espero y que cuando seamos unos cuantos y el precio sea razonable, lo volvemos a hablar. Desenfundo mi portátil, mi USB 3G y ahí me tienen a las 4 de la madrugada trabajando en el Blog la mar de a gusto. No ha amanecido todavía cuando Mr. Driver se lo repiensa y me ofrece el precio razonable que ambos ya sabíamos. Enfundo mi oficina móvil, pago mis dos cafés de sobre y seguimos el viaje. Va prendiendo poco a poco el nuevo día y damos vueltas de más para llenar la bemo para acabar llegando al siguiente destino, donde me vuelven a pedir una millonada, y donde vuelvo a recordarles aquello de que yo prisa no tengo porque a mí nadie me espera, y tras un pis rápido ya tengo a un nuevo Mr. Driver con una propuesta razonable para llevarme de paquete en su moto a la cala negra de Batu Karas.

¡Qué mañana más radiante y qué buenos paisajes desfilan a ambos lados de la carretera! Tras pagar el peaje cruzamos un puente de bambú y cables de acero que seguro están fuera de toda normativa, pero que parece resistir al vaivén de las motos. Llegada espléndida, negociación fácil del precio de una habitación que está a exactamente 8 pasos de la arena de la playa y me siento que lo mío con Batu Karas ha sido un flechazo a primera vista. Nos hemos gustado y más que nos vamos a gustar.

Éste es lugar sencillo y especial. No es de lo más espectacular que uno pueda encontrarse en Java pero cuenta a su favor con una extensión enorme de paisajes preciosos que esperan que los descubras a tu ritmo montado en moto. Si te dejas y le dejas, Batu Karas y sus alrededores te regalan playas de arena negra sobre las que el oleaje descarga sin parar y en las que si esperas siempre acaban por aparecer pescadores que faenan incansables con sus redes. Y si sigues esperando el cielo y los vapores del mar harán que la luz se torne mágica para hacer que los paisajes más elementales irradien alegría y serenidad. Y rematando la faena, estos indonesios que me siguen en sus trece. En sus trece de ser majos a más no poder, de devolverte diez sonrisas por cada una que tú les das. Me río con ellos, se ríen conmigo y nos reímos todos del dormilón que se echa la siesta mientras los demás tiran de las redes para recoger de la mar la pesca de la jornada.

Batu Karas y su Cañón Verde que nunca llegué a visitar. Móntate en una moto tras otro amanecer dorado en la playa negra y déjate llevar por una sucesión de vistas a cual mejor. Campos de arroz de un verde tan intenso que parece irreal. Cielos tan azules que te duelen los ojos de sólo mirarlos. Toda esta zona es un entramado de ríos y canales cuyos márgenes quedan poseídos y desdibujados por palmerales que nacen de las mismas aguas y que se suben a las riveras. Palma, palma y más palma que lo tijeretea todo. El cielo, el río, los campos de arroz. Todo recortado, toda la luz filtrada y rota en mil pedazos. Y tras palma y más palma, cansado de una carretera que ya no me cuenta nada decido dar un giro, la próxima a la derecha. Sin estar perdido ignoro a dónde llegaré, pero sé que el mar está enfrente así que tarde o temprano nos tendremos que encontrar.

Y me encuentro contigo, mar bravo del sur de Java que implacable azotas estas costas de inmensas playas de arenas negras. Me alejo del bullicio de Cabo Tiburón y sigo por un caminito hacia la nada. Cascotes en pie me recuerdan que por aquí también pasó el dichoso Tsunami y que si bien algunos volvieron y reconstruyeron sus casas, la mayoría se cansó de perderlo todo dejando atrás unas cuantas paredes peladas en pie entre una maleza espinosa. Paro y me voy hacia la playa. Una playa y unas olas y un cielo que parecen fuera de escala. Todo es extrañamente inmenso y yo parezco demasiado pequeño, y fantaseo con pasar una noche de luna llena en un lugar como éste. Inmenso, vacío, solitario, a la merced del viento y del rugido del mar.

Cae el sol, se acerca la noche y debo volver a mi rincón de mundo soñado en el que viví cuatro dias. Un último vistazo a estos ríos, a estos campos de verde que te quiero verde, y al puente de bambú que crucé de madrugada tras pagar peaje, y al que volví porque me lo quería mirar bien mirado, del derecho y del revés. Homenaje al ingenio humano.

Me quedé prendado de la pequeña Batu Karas, por ser pequeña, por no tener pretensiones, porque en el chiringuito de la esquina me servían arroz con mucho tempe mientras pasé horas literalmente poseído por Stieg Larsson y su Millennium. Me quedé prendado de Batu Karas porque, de la noche a la mañana sin saber cómo ni porque, siento que he dado un paso de gigante en este viaje.

Lo dicho, me siento eufórico de alegría, de seguridad y de esta total indiferencia ante la incertidumbre que me da mucha paz para afrontar los contratiempos que estén por llegar.

La última Erección. Jakarta, Indonesia

Lo llaman la última erección de Sukarno y en esencia lo es. Es de Sukarno porque fue idea suya, y fue la última porque el final de su construcción llegaba con el golpe de estado que le derrocaría del poder y lo mantendría en arresto domiciliario hasta su muerte dos años más tarde. Pero ¿Quién es Sukarno? ¿Qué tiene que ver el Monumento Nacional con una erección? ¿Y porqué para hablar de Jakarta sólo me ciño al obelisco que domina la enorme extensión de la Merdeka Square –la plaza de la libertad-?

Este obelisco es el centro simbólico de la identidad nacional de la República de Indonesia, un país -el 4º más poblado del planeta- que como todos, nació de forma artificial como una idea concreta pero abstracta en la cabeza de unos pocos. Para luego convertirse en una realidad tangible –aunque arbitraria y discutible- que debió ser aceptada –a veces por las armas- por los otros muchos.

Finalmente dejé las costas de Sumatra para cruzar el Estrecho de la Sonda y acabar llegando de madrugada a Jakarta –antigua Batavia bajo el jugo holandés-, la megalópolis asiática que ejerce de capital de Indonesia. Llegué totalmente extenuado tras un viaje infernal de más de 44 horas seguidas de autobús, sin apenas haber dormido por no tener dónde apoyar la cabeza, por la música techno de DJ Alligator, mucho de heavy metal y los grandes éxitos de los Scorpions. Llegué con el convencimiento de que aun habiéndome ahorrado un buen dinero, más me hubiera valido tomar un avión en Padang y haber llegado a Jakarta en hora y media.

Los paisajes no estuvieron a la altura de la mitad norte de la isla y lo único que mereció la pena fue la compañía de Ita. Una encantadora maestra rural cincuentona de Bukittinggi que iba a pasar las vacaciones a casa de su hermana en Jakarta y que me pedía consejo sobre qué hacer con un marido vago, que le ponía los cuernos y que sólo quería de ella dinero para él y su querida. Mi respuesta clara: “A kick in the ass (Una patada en el culo)”. Ella se reía sabiendo de antemano que eso era lo que debería hacer, para comentarme luego que en Indonesia, las mujeres hacen caso de lo que digan sus padres, y cuando se casan, de lo que mande el marido, aunque sea vago, bebedor y sinvergüenza. Le acompañaba su hija de doce años, más preocupada por los vídeo-juegos que por los estudios y nuevamente Ita me pedía que le diera consejos a la niña. De poco servirían mis palabras, pero creo que escuchando a Ita al menos encontró algo de complicidad y de consuelo, eso espero.

Nos despedimos de madrugada frente al taxi que habíamos compartido, con la vaga promesa que cuando algún día volviera a Bukittinggi iría a su escuela de aldea para explicarles a los chicos que la educación -y no los vídeojuegos- es la única manera de salir de la pobreza. No pude decirle que no, pero tampoco me dio ningún teléfono ni ninguna dirección. La historia de una persona buena y alegre, atrapada en una realidad triste y sin salida.

Y ahí estaba yo, al alba de un nuevo día en esta ciudad de más de 10 millones de habitantes, plantado en medio de la calle de los hostales baratos con mis dos mochilas, buscando una cama que no fuera las que me ofrecían las pocas prostitutas que aún a éstas horas deambulaban buscando algún cliente rezagado. Necesitaba un afeitado, una ducha y un par de horas de sueño antes de echarme a las calles de Jakarta en busca del Centro Oficial de Canon. Objetivo: reparar la cámara estropeada y comprar una compacta para emergencias. He decidido que, pase lo que pase y cueste lo que cueste, yo sin cámara no viajo.

¿Y la erección? ¡Ah, sí! La erección de Sukarno, símbolo nacional de la nueva Indonesia. Y no tanto porque hubiera una vieja previa. Es que esta Indonesia es tan nueva como que en realidad es la primera. Ya ven ustedes que no hay líder, dictador o visionario que no conciba su paso por el mundo sin un monumento gigantesco, bien grande y que se vea en todas partes -en España nos queda el Valle de los Caídos-. Y en el caso de Sukarno –primer presidente del país y ferviente orador nacionalista-, para los que no lo sepan, exigió que el suyo fuera una re-interpretación de la Linga y la Yoni hindúes –símbolos del falo masculino y de la vagina femenina, un ying-yang algo más explícito-. Bien grande, más grande que el de ninguno para que todos se acuerden de él, que tanto hizo por la patria, la nueva patria, porque antes no había otra.

La República de Indonesia está formada por más de 17.000 islas esparcidas por una extensión vastísima que fue punto de cruce y encuentro de las dos civilizaciones más potentes y antiguas que hubiera conocido la humanidad hasta finales del siglo XV: India & China. Un universo de islas que se vio expuesto sucesivamente a las influencias del hinduismo, el budismo, el islamismo, el cristianismo, el colonialismo (portugués y holandés), el independentismo, el autoritarismo y finalmente el capitalismo salvaje. Y todo eso a tiempos distintos, en geografías dispersas y en muchas ocasiones totalmente aisladas las unas de las otras.

El punto decisivo de la Indonesia actual lo marca la llegada de los holandeses y su Compañía de las Indias Orientales -una empresa privada multinacional con el apoyo político y sobretodo militar del gobierno holandés- que paulatinamente y durante más de tres siglos se iría haciendo con el control de los recursos naturales de esta zona del mundo. Un robo a punta de pistola siguiendo la lógica despiadada, colonial e imperialista que inauguró Portugal y que tan implacablemente siguió la recién formada España de los Reyes Católicos.

Más de 300 años de guerras, de diplomacia tramposa y de un desarrollo cuyo único objetivo era facilitar la extracción de materias primas y hacer la vida más cómoda a los expoliadores. Nunca y en ningún caso, este progreso importado de Europa, ni aquí ni en ningún lugar del mundo, fue en interés de ayudar a los legítimos dueños de la tierras conquistadas. Con el paso del tiempo, la gestión de este vasto imperio necesitó de una clase intermedia: Ni holandeses ni plebe local. Una casta de gentes del país occidentalizadas, muchas de las cuales se formarían en las universidades de los Países Bajos para ayudar a gestionar la colonia a su vuelta. Es entre estas nuevas élites que viajan y ven mundo, que están libres del yugo del trabajo de la tierra, en las que nace la semilla de la independencia del poder extranjero: si ellos -los holandeses- deciden su destino ¿Porqué nosotros no? –principios del siglo XX-.

Habría que esperar a la II Guerra Mundial -invasión de Holanda por parte de Alemania  para que las Indias Orientales Holandesas cambiaran de dueño. Los japoneses, buscando la complicidad de los indonesios en contra del poder previo, prometieron independencia a cambio de colaboracionismo y fue durante este período donde se gestaron los primeros resortes del futuro estado inventado. Cayó la primera, cayó la segunda bomba, se asesinó a centenares de miles de inocentes en pocos segundos y a mediados de Agosto del 1945 Japón se rendía incondicionalmente. 2 días más tarde -17 de Agosto de 1945- Sukarno proclamaba la independencia y el nacimiento de la República de Indonesia que comprendía todos los territorios de las Indias Orientales Holandesas –al que 18 años más tarde se sumaría Papúa-. Una nueva patria, una nueva nación, una nueva realidad “única” (Indonesia son muchas), “eterna” (de hecho nunca había existido como tal) e “indivisible” (nunca había estado unida hasta ahora) que en realidad no era más que una casualidad de la historia.

Poco había cambiado. La nueva Indonesia seguían siendo más de 17.000 islas aisladas en su mayor parte. Diferentes historias, diferentes credos, diferentes identidades y sólo un hecho en común: haber sido conquistadas y expoliadas por el mismo poder extranjero durante los últimos 350 años. Y de ahí nace un país y una identidad nacional “incuestionable”. De ahí que se forja una nueva historia colectiva y el bahasa indonesia –que ya lo era en cierto modo- se convierte en la lengua vehicular para este mosaico caleidoscópico de cosas sueltas.

Pero el problema no está en el “si estamos juntos o no”, el problema siempre está en quién manda y porqué, y sobre todo, quien controla la caja y los recursos. La nueva Indonesia se forja y se fragua en la Isla de Java principalmente, y en Java estará la nueva élite gobernante y desde allá se tomarán las decisiones que afecten a todos los demás. Pero… ¡Qué le cuentas a la gente de Aceh! ¿Qué sabrán en Sulawesi o en Papúa de unas gentes tan extranjeras a efectos prácticos como lo fueran los holandeses? “Que sí, que puede que lucharan por su independencia, pero no por la mía que ahora, sin saber quienes son, les debo pleitesía”.

Indonesia es un invento de los tiempos modernos. Como lo pueda ser India. Como lo son también la mayoría de los estados africanos que nacieron del repartimiento del botín en la Conferencia de Berlín. Como lo fueran a su manera Alemania, Italia en su momento o las Españas o las Cataluñas a las que tanto nos gusta evocar a efectos eternos e inmutables en su razón de ser tras el paso de los años.

No tengo la certeza, pero tras haber vivido muchas realidades nacionales históricas, grandes glorias de otro tiempos pasados, en este viaje me empiezo a dar cuenta que a una casualidad histórica o a un afán conquistador puntual, le sigue un afán identitario que reforzado con los años tiende a convertirse en realidad “sagrada” e “indiscutible”. Y les suele pasar a los estados viejos que siempre acaban por hacer referencia a aquellos tiempos en lo que fuimos más grandes, en los que fuimos imperio, en las largas tradiciones y en la supervivencia a las adversidades que glorifican y justifican nuestras posturas actuales.

Cataluña fue una vez un imperio marítimo regional cuya extensión abarcaba el sur de Italia, Sicilia y llegó hasta Grecia. Y aún así ese imperio recibía el nombre de Corona de Aragón, siendo su capital Barcelona y no Zaragoza. Hoy en Aragón no se habla catalán, pero sí se habla en el País Valenciano –valenciano, como argentino es el castellano que se hablá en la Argentina, cito a Raimón- y en las Islas Baleares –a pesar de haber sido en parte colonia inglesa-. Aún así algunos defienden que Cataluña siempre fue parte de España, como también lo fuera Portugal (entre 1580 y 1640) y resulta que al tiempo que Portugal recuperaba su independencia, Cataluña lo intentó sin conseguirlo –Guerra de los Segadores-. Por eso hoy Portugal puede ser un estado europeo indiscutible y Cataluña no. ¿Pero qué Catalunya?¿La Marca Hispánica de Wilfredo el Velloso?¿La del siglo XII con la creación de la Corona de Aragón?¿La que dejó Alfonso el V el Magnánimo?¿La del 1640?¿O la del 1714?

Y mientras, la España como estado inventado por los Reyes Católicos se presenta como realidad eterna, homogénea e indiscutible, pero su esencia centralizada actual sólo data de 1714 –Guerra de Sucesión, inicio de la dinastía francesa de los Borbones-. Antes, los monarcas de España juraban lealtad a las leyes de los demás reinos, fueran catalanes o navarros. Pero España deriva de Hispania, como los lusos –portugueses- lo son por Lusitania –la Portugal romana-. ¿Entonces fueron los romanos los que nos hicieron españoles mucho antes de les Homilies d’Organyà? ¿O fueron los Reyes Godos –tribus centro-europeas y muy poco flamencas que ocuparon la península tras el colapso romano- y que tan efusivamente citaban los libros de texto franquistas? ¡Qué follón! Esto se me escapa de las manos así que mejor me matriculo en Historia porque con los titulares incendiarios de las conversaciones de sobremesa no me basta…

Con todo este embrollo lo que quiero decir es todo y nada. A mí, cuando me preguntan que de dónde soy tiendo a responder que yo soy Ibérico –identidad geográfica supranacional- y más concretamente Layetano, que era la tribu que habitaba las marismas de Iluro –mi actual Mataró-. Aún así la gente piensa que soy italiano, francés y muchos israelíes se dirigen a mí con un shalom. Algunos me han confundido con turco, iraní y en India, más de una vez y de diez, se me han dirigido en hindi pensado que era local.

Y con todo este embrollo lo que quiero decir es todo y nada. Y es que en la Indonesia de hoy en día hay muchos indonesios que se sienten muy Indonesios y no dudo de la honestidad de sus sentimientos. Y las muchedumbres que desfilan frente al Monumento Nacional de la Plaza de la Libertad por la que tantos Indonesios murieron, sienten de verdad su pertinencia a esta comunidad que aún teniendo escasos 65 años de existencia no veo que sea ni menos real ni menos ficticia que la catalana o española. Como tampoco dudo de la identidad de la gente de Aceh -que tiene tanto en común con la gente de Java como lo tenga un gaditano con una sueca– y dudo sinceramente que sean ellos mismos para fastidiar a los habitantes de Jakarta.

Pero ahí queda la última erección de Sukarno para recordarnos lo cómico de lo magnánimo. Recordarnos que aún siendo todo esto bien cierto, no deja de ser la invención de un momento dado, una instantánea en el tiempo, o como mucho una convención, y que por una invención o un acuerdo que lo mismo hoy es uno, que lo mismo mañana lo hablamos y pactamos y acaba siendo otro, por eso, no vale la pena partirse al cara ni enfadarse con el vecino ni con tu hermano. Y que siendo la historia, la memoria y las identidades algo tan real, pero al tiempo tan líquido y escurridizo, mejor es tomárselo con calma y dar tres pasos atrás. Para ver el todo -que es inmenso, complejo e inabarcable (definitivamente tengo que matricularme en Historia)- antes de centrarse para defender a capa y espada lo concreto que -sin dejar de ser menos cierto- suele ser parcial, simplista y a falta de contexto, fácilmente manipulable y mal interpretable.

Digo -y no porque no lo piense, lo digo porque lo siento- que hay dos tipos de personas en este mundo: Las que hacen hincapié en los que nos diferencia y separa, y las que hacen hincapié en los que compartimos y nos une. Y siempre, siempre, siempre, es mucho más lo que compartimos que lo que nos diferencia. No es una opinión, es un hecho.

El reto está en casar este hecho con la pulsión natural de las personas a hablar con su propia voz. Un reto sólo apto para valientes poco perezosos con sangre fría y ganas de zambullirse en la complejidad de la realidad y la historia.