El Limbo. Ha Long Bay, Vietnam

Me gusta como cuentan las cosas las leyendas, y cuenta esta leyenda que la bahía de Ha Long –en vietnamita, el dragón desciende- se formó cuando los dioses antiguos decidieron intervenir y ayudar a los vietnamitas en su lucha contra los invasores del norte. La familia de dragones enviada por los cielos escupió perlas y jade que ser convirtieron en islotes formando una barrera impenetrable que rehuyó a los barcos invasores. Terminada la contienda los dragones ansiosos de paz y en busca de un lugar bello que habitar decidieron permanecer para siempre en la bahía. Me gusta como cuentan las cosas las leyendas porque sin ser necesariamente la verdad casi siempre saben mejor.

Me apunté a la excursión de dos días por la aguas y entre los islotes de Ha Long Bay por el capricho de pasar una noche en un bote anclado en algún lugar de la bahía. El capricho era pasar una noche en el bote pero acabaron siendo como dos días suspendido en el Limbo. Y no fue tanto por las impresionantes constelaciones de roca y vegetación sumidas en la bruma y en la lluvia. Anduve suspendido en el limbo de la brisa fresca que atonta los sentidos, anduve suspendido en la deliciosa certeza que siempre podría dejar la cubierta para refugiarme en el interior del barco que capitaneaban un entrañable trío de isleños con los que no me entendía pero ente los que me sentí como en casa y que no sabían más que cocinar un solo plato.

El primer día aislado en un grupo de 7 en el que yo, para variar, era el número impar, el resto franceses. Me agradan muchos franceses pero tampoco me sorprendió que el grupo hiciera caso omiso de mí al comprobar que no, que efectivamente no hablaba francés. Y siempre pasa que hay alguien con corazón que se apiada de las almas solitarias y que sin hablar el mejor inglés del grupo intenta hacerte sentir a gusto. Y yo se lo agradezco infinitamente, pero agradezco todavía más el haber aprendido en este viaje a no necesitar de mendigar la compañía de quien no me desea.

Y subí y bajé y tome doscientas veces la misma foto del mar gris y el peñasco del que inexplicablemente brotan los árboles. Y llegamos a un atasco de barcos que precedía la visita a una cueva y de mala gana –estaba tan agusto pasando frío en la cubierta de aquel barco- bajé a tierra para comprobar sorprendido que la cueva de Sung Sot era espléndida, a pesar de haber sido reconvertida en un circo de lo más torpe.

Y volvimos al barco y quedaron atrás los francos y vinieron gentes nuevas a pasar noche en la bahía. Y amarrados en aquella casucha de tablones azul turquesa flotando sobre bidones pasamos la noche. Una velada excepcional de cháchara, de música, de cervezas y de complejos y prejuicios que se derretían por momentos. Deliciosa la noche, deliciosa la luna medio llena que a ratos se dejó entrever a través del cielo encapotado. Delicioso el despertar en la bahía inundada de bruma y deliciosa la primera bocanada de aire fresco al subir a cubierta.

Y al día siguiente más de lo mismo. Más de nada y de todo, y algo de kayak y vuelta al atasco que precede a una cueva. Pero sobretodo más de ese gris y de ese frío, y de esa sensación que es de paso pero que sabe a eternidad. La bahía de Ha Long es un lugar espectacular, se supone, pero a mí lejos de impresionarme me enamoró. Fue como si de algún modo la ligereza de sus brumas, la rotundidad de sus islotes en contraste con el ligero trajín de los pescadores y la sensación de saberse en un laberinto finito pero ilimitado me transportara a un lugar que ya no era físico. Sabiendo bien donde estaba me sentía como en ninguna parte y ese no saberse encontrar me sentó como un gran alivio.

El barco ya está de vuelta y de repente aparecen de nuevo las fachadas de Cat Ba Town. Y han pasado 2 días y siento que como si volviera a casa y eso que allá tan solo estuve 2 días más. 4 días en total que me parecen una eternidad, pero de esas eternidades que uno gustaría de repetir una vez más. Me sorprendo sorprendido de cómo me ha gustado el frío, la niebla, el negro, la lluvia, la nada. Todas ellas balanceadas por una excelente compañía, la de Adam y su novia, la del francés simpático, la de la tripulación dicharachera de abordo y en esta ocasión, la mía también.

El Exilio. Tamcoc & Cat Ba, Vietnam

Hace frío y a fuera está nublado. Salgo al balcón vistiendo todas mis ropas de abrigo y respiro hondo y me siento en la silla junto a la mesita mientras me tomo una cerveza y miro al horizonte. La bahía gris acurruca la flota pesquera entera mientras llovizna sin parar bajo este cielo encapotado desde hace días. Cat Ba, esta ciudad veraniega agoniza a principios de marzo y no hay un alma viva deambulando por sus calles.

El frente marítimo desdibujado por la niebla que va y viene sugiere decadencia, tristeza y vacío. Y a pesar de todo esto me siento muy a gusto. A gusto acurrucado bajo las mantas mientras miro películas y escribo. A gusto respirando este aire frío y ligero tras meses de calor denso y asfixiante en el sur de Vietnam, Camboya y Laos. A gusto de estar a solas en una ciudad vacía y aletargada en los últimos coletazos del invierno del norte de Vietnam. Me quedan ya pocos días en el país y antes de tomar un vuelo de vuelta a Bangkok he hecho escala en el triángulo kárstico de Vietnam: Tamcoc, Cat Ba y la mítica bahía de Ha Long.

Sentado en este balcón de hotel vacío y deambulando por las calles desiertas camino del mercado local me siento como en el Exilio. Pero éste no es un exilio forzado, ni tan sólo buscado. Es un exilio que me ha encontrado y por el que me he dejado seducir. Ya al zarpar el bote desde Haiphong, en medio de la niebla y entre los grandes cargueros amarrados en los muelles de este importante puerto comercial, sentí que avanzábamos a tientas hacía otra nada. Venía de Tamcoc, el hermano pequeño de los paisajes kársticos del surestes asiático, un destino que a toro pasado me pareció muy prescindible. Arribados a puerto, y el desembarco y el trayecto en bus hasta la otra punta de la isla de Cat Ba –la más grande de la bahía de Ha Long- no hicieron más que acentuar la sensación. Paisajes vacíos de playas al descubierto por la marea baja y singulares montañas calizas despuntando a cada curva de la carretera.

La Cat Ba Town que me recibió parecía salida de un film del fin del mundo y tras encontrar buena habitación a buen precio me eché a la calle para confirmar lo que ya intuía: fuera del mercado local y algunas tiendas la ciudad veraniega había echado el cierre. Y casi que me sentí a gusto inmediatamente a sabiendas de que disfrutaría de este lugar singular sin el burullo de las hordas de grupos de turistas que vienen acá cuando brilla el sol y los cielos son azules y las hojas de los árboles son verdes en vez de negras. Yo me quedo con el negro y el gris plata de los macizos que emergen verticales de estas aguas que a pesar de todo mantienen su color verde esmeralda.

La Isla de Cat Ba que me recibió, y que recorrí en moto, era una costa pelada y agreste que arropaba extensas playas de piedras y arena, pero cuyo interior era un corazón verde, puro parque jurásico, cruzado por carreteras que como cabos sueltos llevaban cada una de ellas a un fin del mundo en particular. Y en el centro de la isla un parque nacional, y en centro del parque un montaña y en centro de ésta una torre de acero rojizo oxidado que se alza temblorosa en medio de un mar de gigantescas olas verdes que son colinas recubiertas de espesa vegetación que se mece con el viento. Subí la escalera de metal oxidado y maderas carcomidas sin tenerlas todas y bien agarrado a la barandilla.

Arriba otro momento para mí a solas y abajo Ilonà, una belga viajera solitaria con la que continué el viaje durante aquella jornada. Yo en mi scooter con cambio automático –la primera de este viaje- y ella con su motocicleta Minsk de fabricación ucraniana que compró de segunda mano hará tan solo una semanas en Laos por 200 euros. Ilonà viaja sola, en moto y sin carnet porque aprendió también durante el camino. Ha estudiado filosofía y en realidad no viaja sola, la acompañan un montón de dudas que buscan respuestas en un mochila llena de libros al tiempo que recorre el sureste asiático.

Parece ser que los que recalamos en Cat Ba en estas épocas sombrías y decidimos quedarnos y explorarla andamos en busca de algo más que bellos paisajes, que ya los hay. Aquí hay silencio y calma y muchas nubes grises que en su monotonía parecen ayudar a enfocar la vista más hacia a dentro que hacia fuera. Y aun así Cat Ba es solo una isla más en el universo kárstico de la Bahía de Ha Long y la Bahía de Ha Long es un lugar único en el mundo entero.

continuará  en el siguiente post, El Limbo…