La Metáfora del Porteador. Gunung Rinjani, Indonesia

“…el sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás…”

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

“…el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo…”

Es la Metáfora del Porteador: la mitad del mundo carga a cuestas con la otra mitad. Pudimos llegar a la cima porque otros cargaban mucho por muy poco. Con ese mucho con el que nosotros no pudimos y con el que ellos no tuvieron más remedio que lidiar para ganarse un jornal. En mi épica batallita por la Cumbre del Rinjani olvidé comentar una cosa: llegué a la cima por mi propio pie, sudando mi propio sudor y conjurando a mis propios demonios. Pero si lo conseguí fue porque los Porteadores llevaron mi carga –y la suya- a sus espaldas, no yo.

No es que me repita una y otra vez sobre los mismos temas. Lo que pasa es que los temas vuelven una y otra vez a mí. Cruzando el mundo uno se cruza con ellos. En Hoi An eran los Cuerpos Menudos, en el Kawah Ijen fue La Carga y hoy en el Gunung Rinjani son los Porteadores. No es una opinión, es un hecho: la mitad del mundo carga a cuestas a la otra mitad ¿Una tragedia? Sin lugar a dudas, pero es que no es exactamente así.

En realidad son hasta 3 las personas del tercer mundo que llevan a cuestas a cada uno de los que habitamos en el primer mundo. Y si fuéramos más precisos, es muy probable que llegáramos a la conclusión que la buena vida de cada uno de nosotros le cuesta una vida precaria a 4, 5 o hasta 6 personas de este planeta. Y va en aumento ya que en primeros mundos como España cada día más gente se acerca a la pobreza mientras unos pocos avariciosos insaciables sin escrúpulos concentran más y más dinero para futuras vidas que nunca vivirán.

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

Lo fue para mí que iba bien vestido y bien calzado. No me imagino cómo debió ser para los porteadores que hacían el mismo camino calzando sandalias de plástico baratas y calcetines. No me imagino cómo le sentó el frío de la cima del Rinjani -3726m sobre el nivel de mar- vistiendo sus escasas ropas de abrigo. Y hacer todo esto después de estar dos días carreteando nuestras tiendas, nuestra comida y nuestra agua.

Son todos chavales jóvenes y alegres que al final te acaban confesando que están hasta las narices de subir al Rinjani por undécima vez. Tres jornadas trabajando como una mula por unos ocho euros al día, puede que nueve. Porque toda la batallita épica de mi ascensión al volcán no hubiera sido posible sin ellos. Porque nuestra comodidad tiene un precio, que es barato porque la diferencia la pagan ellos con una vida precaria, no nosotros a pesar de haber abonado el importe en efectivo.

Lo mismo que pasa a pequeña escala ocurre a gran escala. Vivimos con mucho de más porque otros se ven obligados a vivir con mucho de menos. Curiosamente en España estamos empezando a comprender que no es que no haya para todos –que lo hay-, es que unos pocos se lo han metido en el bolsillo y mierda para los demás. Así de crudo y pelado aunque muchos quieran pintarlo más complejo.

Subiendo a la cima del Rinjani también había castas más allá de la de turistas y porteadores. Entre los privilegiados turistas que recorremos medio mundo para ver un amanecer sobre las nubes hay turistas y Turistas –nótese la mayúscula-. Los hay con sus trekking VIP que cargan – si todavía cabe- con más de lo estrictamente innecesario: sillas plegables para sentarse -una piedra en el monte no basta-, refrescos variados según la ocasión, ¿¡Fuegos artificiales!? -¿¡Quién cojones necesita que le carguen fuegos artificiales cuando va subir volcanes en Indonesia!?- y mil bobadas más… Pero sobretodo, sobretodo, sobretodo que no falte el baño privado portátil. Porque, créanlo o no, hay gente que aún estando en el monte no pueden ir a mear junto a un árbol sin más. Son tan especiales que les tienen que cavar un hoyo en el suelo y montar un chiringuito exclusivo…

Suena a chiste pero en realidad es una broma de mal gusto. Si el mundo fuera un lugar más equilibrado estos jóvenes estarían trabajando en sus pueblos junto a sus familias por unos sueldos más decentes que lo que cobran haciendo lo que hacen. Y en ese mundo más equilibrado, cada turista tendría que cargar con sus caprichos y sus privilegios, para tomar consciencia real de lo que vale un peine, o para llegar a la conclusión al final de la primera cuesta de que realmente tanta fanfarria era sencillamente innecesaria. Que con mucho menos también se vive y se disfruta.

Es la Metáfora del Porteador, la metáfora de nuestro de mundo y un revulsivo que te ayuda a comprender y a separar lo superfluo de lo necesario cuando sales al monte y, espero y deseo, cuando vuelva a mi vida de ropas bonitas, copas a 10 euros y sueldos seguros a final de mes.

La Cima de la Montaña. Gunung Rinjani, Indonesia

Un paso, tomo aire, levanto un pie y otro paso…

Éste es ahora mi mundo. Mi universo ha quedado reducido a esto, a este paso que sigue a otro que puede que siga al siguiente; todo lo demás ha dejado de existir. El sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás, tres al frente y otro atrás. Hago mis cuentas y me digo que “todo está bien Franc, te salen dos hacia adelante”. A cada resbalón estoy un poco más cerca de la cumbre.

La ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa. Marchamos torpemente por el filo de la navaja en una extraña procesión pagana, somos muchos pero estoy a solas. Hay caminos que sólo puede recorrer uno mismo. La luna como testigo, el gigantesco cráter solitario sobre el mar de nubes, el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo, brillan mis ojos en la noche y sonrío para mis adentros a cada vistazo rápido al espectáculo que me rodea. Por algún extraño motivo mis paraísos son siempre así, momentos como éste: lugares de nada, de vacío, hechos de noche o de alba, de luna, de nubes, lugares donde no se puede estar, lugares de paso. Lugares de una belleza solemne. Lugares sagrados que las palabras nunca podrán describir porque dejaron de ser lugares en el mundo para convertirse en estados del alma.

Cargo a cuestas, tonto de mí, la cámara, dos lentes y el trípode. Justo antes de encarar la última cresta me detengo para tomar un par de fotos, no puedo resistirme. Sé que este lugar y este momento son y serán eternos hasta el día que me muera. Se me hielan las manos, estoy tiritando, Eva y Guillem reaparecen mientras el resto sigue montaña arriba.¿Qué puedo decir de este cielo, de este lago de escamas plateadas, del mar de nubes que se extiende hacia los confines del mundo?¿Qué puedo contar de la luna que alumbra las tinieblas por las que desfilamos, de estos cielos infinitos?

Entre foto y foto ya no me siento los dedos, hace demasiado frío y hay que continuar. Me despido de Guillem y Eva y enfilo el último tramo de 3 días de travesía desde Senaru. Mi mirada fija en el suelo, mi atención fija en mi respiración. Mis ojos puestos en las sombras que la luna arroja sobre la gravilla. Es ahí donde hay que pisar, donde otros antes pusieron sus pies, donde sé que si piso no resbalaré. Ya no veo nada, sólo pienso en el siguiente paso, sólo pienso en la cima y en el frío, y en el sol. En el sol que está por venir, el sol que siempre termina por salir. Perdí la noción del tiempo, perdí la noción de la distancia. La cumbre me parece tan lejana, estoy agotado, pero tengo fuerzas, las justas, servirán, sé que llegaré, sí, pero tengo que relajarme.

El filo de la navaja por el que subimos es un no-lugar, un sendero resbaladizo de no más de un metro y medio de ancho expuesto a los elementos, a lado y lado una caída sin final. Hace demasiado frío, tengo que descansar pero el viento es demasiado intenso como para quedarme parado aquí sin más. Hay un corte, unas rocas y ahí me escondo, agazapado en cuclillas, viendo a los demás pasar, tomando aire y un traguito de agua. Un par de minutos, con sólo 2 minutos bastará, respiro hondo y sonrío para mis adentros una vez más, empapado y en calma, alegre, atrapado en este ahora sin ayer ni mañana. Cálculo que quedarán tres cuartos de hora más cuando al girar la cuesta y tras cinco minutos de marcha me sorprendo a mí mismo en la cima. ¿¡Qué demonios hago ya aquí!? Se me escapa una carcajada, me río de mí mismo y de mi torpeza. Esperándome lo peor me sorprendo diciéndome que tampoco fue para tanto. Las cimas de ayer empequeñecen ante las conquistas de hoy. Pero todavía está todo por llegar. Sin el sol ni un atisbo del alba, todavía sigo en la noche, en el frío, envuelto en un viento más crudo que nunca, cada soplo un latigazo.

El mundo es un lugar extraño y las cimas de las montañas lo son aún más. Los vastos horizontes, los espacios infinitos y los mil y un caminos a seguir desaparecen en las cimas de las montañas. Son pequeñas, cabemos todos sí, pero siguen siendo pequeñas, puntos en el mundo que representan una paradoja, la del callejón sin salida abierto a los cuatro vientos, otro no-lugar. Estamos rodeados de precipicios, de trampas mortales, de estrellas, de un mar de nubes, de lagos volcánicos en los que nacen otros volcanes. ¿Pero para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo?

Sigue soplando el viento, tirito sin parar. Me encontré con Conrad y con nuestros porteadores. Me dan galletas que me saben a gloria pero ahora sólo rezo –¿Rezo?- para que salga el sol. Cargué hasta la cima del Rinjani con mi trípode, las lentes y la cámara pero tendría que haber traído una muda seca… tonto. No quiero caer enfermo pero como siempre, al final, se trata de aguantar hasta que el horizonte claree sobre Sumbawa, hasta que las estrellas empiecen a desvanecerse y se rompa el hechizo de la noche.

Amanece finalmente sobre los mares de Indonesia alumbrando un espectacular diálogo de colosos pues lo único que destaca en este paisaje onírico son las mastodónticas cimas del Gunung Agung en Bali y el Gunung Tambora en Sumbawa, el sol que viene y la luna que se va, y una misteriosa sombra triangular gigantesca que se pliega sobre el horizonte… ¿Qué demonios es eso? ¿Estoy alucinando por el cansancio? Tardo unos segundos en adivinar que somos nosotros, es la cima de Rinjani proyectándose sobre el mar de nubes y ¡Plegándose en vertical sobre el horizonte! ¿Sobre el horizonte? ¡El horizonte no es un lugar, el horizonte es la línea imaginaria en la que se encuentran cielo y tierra, pero en esencia no existe! ¡Y aún así, al alba en la cima del Rinjani el horizonte se convierte en un plano concreto -como en los confines del Show de Truman– donde las sombras del mundo terrenal remontan los cielos!

Ya ha salido el sol y los temblores y el frío de hace un rato ya son sólo recuerdos. Los otros grupos emprenden la vuelta a casa y Eva y Guillem siguen sin aparecer. Tampoco el último porteador que los acompañaba. La pareja alemana tampoco ha llegado y Conrad y los otros dos porteadores están también de vuelta. Quedan unas cuantas horas de descenso hasta llegar a Sembalun Lawang así que no puedo entretenerme más en la cima. Hecho el último vistazo a mi alrededor y pese a no haber estado más de una hora me despido como si éste fuera ya uno de mis lugares. Por delante la bajada, por delante el descenso al trote loco saltando por la gravilla, recreándome en el paisaje espléndido que la noche y el cansancio ocultaron. Haciendo balance de los pasos que me llevaron hasta aquí a través de una sinfonía de paisajes cambiantes, de amaneceres y atardeceres. De dos noches muy frías en las que apenas ninguno de nosotros pudo pegar ojo. Del baño en aguas sulfurosas en el río, junto a la cascada. Balance y vuelta una vez más a ese momento en la noche en el que todo mi universo se resumía a ese siguiente paso.

Pensaba entonces en lo elemental de toda existencia, en la futilidad de elucubrar sobre posibles mañanas cuando a duras penas uno se tiene en el ahora. Pensé por un momento que debía ser así como los ya miles de personas que me he cruzado en el camino hacían para sobrevivir en su implacable día a día, azotados por la pobreza, por la enfermedad, por la incertidumbre del próximo bocado. Pensaba con el juicio nublado por la noche y el cansancio que puede que sea éste el motivo por el que la gente de mundo de bien, con todas las necesidades básicas cubiertas emprende aventuras como éstas. No es la cima, es el camino, y tampoco es el camino, es la vuelta a ese estado primordial de incertidumbre en el que vive la inmensa de la humanidad. Es la incertidumbre en la que vivieron muchos de nuestros padres cuando eran niños en los años grises de la posguerra española. Es la consciencia de que el ahora es preciado y que de sueños puede que se viva –o se malviva- pero que de ellos ni come ni viste uno.

¿Para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo innecesario? A toro pasado, con la panza llena y tras la cumbre habría dicho que vine por los impresionantes paisajes y momentos que este trekking de 3 días me ha regalado, para superarme a mí mismo o para tener batallitas que contar a los nietos. Pero con la panza vacía, mientras sufría y padecía sin necesidad a las 3 de la madrugada, helado de frío y resbalando en esta maldita cuesta de arenilla –purito castigo divino urdido por sádicas deidades griegas- te diría que vine aquí para sufrir y para sentirme vivo, para volver ese estado primordial de incertidumbre que es infinitamente más natural al ser humano que la nómina a final de mes y el contrato indefinido.

Al final resultó que la cima de la montaña -ese callejón sin salida abierto a los cuatro vientos- no fue la única paradoja. La otra y la que más, es que una vez logrado lo que siempre añoramos –la seguridad y la certeza de una agradable vida previsible y sin demasiados sobresaltos- miles de occidentales recorremos medio mundo para someternos a situaciones innecesarias que nos vuelvan a hacer sentir vivos. Y los que no, se quedan en casa y flirtean con la vecina o el vecino para no sentir que ya está todo dicho y hecho. Y los que no, tienen hijos sin saber cómo ni porqué o porque les dicen que ya toca. Una huída constante hacia adelante, un búsqueda sistemática de la novedad, una versión encubierta de ese estado primordial de incertidumbre que nos define como seres humanos, nos guste o no, seamos conscientes de ello o no.