Esta jungla es un desierto. Taman Negara, Malasia

En el corazón de Taman Negara todo fluye. Todo fluye porque el agua reina. Reina el agua por los cauces de aguas turbias que cuartean el parque. Reina el agua en la inclemente lluvia torrencial que, implacable, barre sistemáticamente las llanuras y las colinas. Y sigue reinando el agua en un ambiente sofocante donde la humedad no baja del 100% y reina el agua que fluye por los troncos de los árboles que pecando de orgullo se alzan rectos y majestuosos hacia los cielos siempre opacos. Pecan de orgullo porque si bien saben que el terreno es arcilloso e inestable, no saben cómo dejar de ser ellos mismos y acaban sucumbiendo a las tormentas, que ablandarán la tierra, y a los vientos, que atormentarán sus vanidosas copas para terminar tumbándolos de nuevo sobre el suelo de la jungla. Y tras la caída y el estruendo, el agua seguirá fluyendo por los ríos turbios, los troncos rectos y por nuestras sienes empapadas.

Esta es la jungla más antigua del planeta, un lugar que durante 130 millones de años –los dinosaurios se extinguieron hace tan sólo 65 millones- escapó a los cataclismos planetarios y a los cambios climáticos. Yo sabía que venía a ver jungla, mucho verde, a sudar a borbotones y a vérmelas de nuevo con las sanguijuelas. Lo que no sabía es que comprendería que no todas las llamadas junglas lo son, ni que sudar es una cosa y otra bien distinta es vivir empapado, ni que las sanguijuelas son ciertamente un animal tan repugnante como fascinante, y que aquí, en Taman Negara, cientos de ellas acechan en los caminos a la espera de su próximo huésped.

Llegamos en barco hasta Kuala Tahan tras 3 horas de travesía en lancha por el río y saldríamos de aquí a la mañana siguiente rumbo al norte donde tras 2 horas río arriba. A lado y lado siempre la impenetrable jungla envuelta en jirones de niebla, que en realidad son nubes cargadas de humedad preparándose para el nuevo chaparrón. Somos 7 y nuestro guía, Hakim. Un tipo menudo y fibrado que me cuenta que si de joven fue un poco bebedor y pendenciero, desde que nació su pequeña se ha vuelto un buen musulmán y un abnegado padre. Que le gusta su trabajo –aunque cargue con una mochila que bien podría equivaler a su peso corporal y que ninguno de nosotros conseguimos levantar- pero que en lo único que piensa cuando está en la jungla es en volver a casa para ver a su pequeña.

Los demás miembros del grupo son un pareja francesa muy parisiense, tres amigos alemanes y otra pareja, de alemanes también, que sorprenden por su edad, su buena forma física y lo bien que se toman todas las contrariedades de la ruta. Son uno de esos casos que me reconforta encontrar para comprobar que esto del viajar y vivir aventuras no termina ni a los 30, ni a los 40, ni a los 70. Somos un buen grupo, extenso y variado y de una sana alegría contenida.

La ruta por el bosque lluvioso es lenta y pesada. Empezamos todos muy dispuestos a hacer lo imposible por no embarrarnos hasta que uno tras otro comprendemos que será imposible, que esta arcilla clara en la que se asienta el bosque será tan parte nuestra como lo será el sudor y el agua de ríos que tendremos que cruzar y que nos calará hasta los huesos. Porque habrá que cruzarlos, claro que sí. Todo fluye en este parque y si bien los caminos siguen trazados fijos, el tamaño y la profundidad de los riachuelos puede variar de un día para otro. Lo que ayer era un arroyo, hoy significa cargar la mochila sobre la cabeza y adentrarse en aguas embarradas donde es imposible saber qué se pisa y cuándo darás el paso en falso. Cruzamos ríos, y no fueron ni uno ni dos ni tres, cruzamos ríos y fueron hasta siete.

Y entre río y río las sanguijuelas me suben por las piernas, y a cada rato me las voy quitando. De nada sirven los esprais ni los pantalones largos. Al final, lo mejor, y lo que nos recomienda Hakim es vestir corto y estar atento. Sólo así las podrás ver escalándote la pantorrilla para arrancarlas a tiempo. Pero deberás ser ágil e implacable porque ellas son rápidas y astutas como el mismísimo demonio. Por otro lado, si consiguen morderte sin que te enteres, mejor será dejarlas hacer hasta que hinchadas de sangre y exhaustas se dejen caer por sí mismas porque sólo así te ahorrarás la hemorragia –las sanguijuelas aplican en anestésico para la mordedura y un anticoagulante durante el proceso de succión-.

Y pesar del barro, de los ríos y de las sanguijuelas siento que esta jungla es decididamente distinta a todas las anteriores que visité en este viaje. Es la humedad, es su impenetrabilidad, es la sensación de ver como todo es un constante germinar, crecer, morir y podrirse. Es la exuberancia de una naturaleza en su estado más indómito y agresivo. Es entender que perderte aquí sería morir, que este ambiente te es hostil y que con una noche bastará. Una noche que pasaremos en una cueva en el corazón de la jungla, Gua Kepayang. Una cueva con el piso de barro seco, cubierta murciélagos, pero que nos cobijará durante el diluvio nocturno. Una cueva inhóspita pero que tras el paso por la jungla nos reconforta como el más cálido de los hogares. En la noche y a la lumbre de las velas, mientras pretendemos secar nuestras ropas empapadas que nunca secarán, siento que son estos instantes los hacen que valga la pena todo el sin sentido de este hoy y del mañana. Este deambular por esta tierra de nadie sin rumbo ni destino.

O puede que vaya errado, puede que esta tierra sí sea de alguien. Porque Taman Negara está poblada por centenares de criaturas, criaturas entre las cuales también cuentan los humanos, y más concreto los Batek. De los Batek sorprende sobretodo su aspecto. Sorprende porque no tienen rasgos asiáticos en absoluto y por el contrario recuerdan a los pueblos de Nueva Guinea o a los aborígenes australianos. Taman Negara es una jungla pero también fue una isla o una cárcel, una cárcel que atrapó y aisló a los Batek durante miles de años en su migración hacia tierras lejanas. Y los aisló mientras los nuevos malayos llegaban del norte y repoblaban la península. Quiso el paso de los años y la llegada de la civilización, romper el hechizo y liberar a los Batek de su aislamiento. Pero la liberación fue más una conquista.

Hoy en día los Batek no pueden vivir dentro de los límites de parque, su hogar ancestral. Han sido despojados de todo título de propiedad y por supuesto condenados a vivir en una estado semi-nómada en los márgenes. En un mundo de nada que no es la vida moderna que ni pidieron ni quisieron, ni su vida pasada a la que nunca renunciaron. Sin educación ni organización no pueden plantar cara a la nueva Malasia que ha tomado posesión de su mundo, y sólo les queda un mal vivir y mal vender su ancestral sabiduría a turistas sin escrúpulos a los enseñar cómo hacer fuego o cómo disparar una cerbatana. Para más no sirven y para más no cuentan. Totalmente marginados y expoliados navegan a la deriva de los márgenes del parque hasta que el último de los suyos se haya diluido en este mundo moderno implacable con el débil que no tiene voz.

Amanece y la luz del nuevo día se cuela a través del techo de la jungla hasta el interior de la cueva mientras desayunamos y recogemos el campamento. No hace ni 24h que estamos aquí pero todos tenemos la sensación que ha pasado mucho más tiempo. Nos vestimos de nuevo con las ropas empapadas de ayer que no se secaron y retomamos la marcha.

Los recuerdos y las sensaciones de la jornada de hoy se confunden con los de ayer. Esta jungla será verde, pero en realidad es un desierto cuya solemne monotonía es precisamente lo que engancha y enamora. Esta jungla es un desierto habitado por elefantes, tigres, leopardos y hasta rinocerontes. Pero todos ellos son tímidos o precavidos y bien se cuidan de perderse en las entrañas de la jungla, bien lejos de los humanos. Aislados del mundo por la humedad sofocante que todo lo empapa, aislados por las lluvias torrenciales que azotan día sí y día también esta tierra, aislados por la maraña de ríos y riachuelos de aguas que embarradas que fluyen sin parar cincelando con su lento devenir la historia de la selva más antigua del planeta Tierra.

Postales. Una vela. Gua Kepayang

A fuera hay tormenta y aquí dentro hay una vela encendida. A fuera llueve a cántaros y a cada rato el cielo estalla haciendo de la noche día.

A buen resguardo y con la mirada fija en esa vela, mi mente se catapulta al pasado, a las tormentas de mi niñez, cuando era noche cerrada y a veces saltaban los plomos. Corríamos mi hermano y yo por el piso clamando lo evidente, gritando “¡Se ha ido la luz! ¡Se ha ido la luz!”. Aparecían entonces las velas y se hacía de nuevo la Luz, pero ésta era distinta, ésta era especial. Siempre las mismas velas bien guardas en un estante de la despensa, en el bote de la tapa naranja, aguardaban durante meses a la espera de un nuevo apagón para poder salir y volver a prender. Habría muchas más, feotas y medio rotas, pero yo recuerdo sobre todo la del bautizo -el de mi hermano Xavi o el mío, quién sabe-, toda ella recargada de florituras muy pascuales.

Durante unos minutos y por arte de magia, al prender la llama la casa se transformaba en otro lugar. La oscuridad la hacía más grande y más densa, y el silencio y la calma se hacían más y más profundos. Pasear por la casa en la penumbra, siguiendo el rastro del resplandor de las velas que se derramaba por los pasillos y rebotaba en las ventanas y en los mil reflejos de la lámpara de araña del comedor. ¿Y qué decir de los espejos? Es en la oscuridad y a la luz de las velas cuando los espejos se transforman, volviéndose objetos tenebrosos que devuelven imágenes nuevas, imágenes que ya dejaron de ser el simple reflejo de la realidad. Pasear por la casa en la penumbra, siguiendo el rastro de las voces de mis padres o de mi hermano. Voces que la oscuridad tornaba en ecos, murmullos, susurros o los gritos de mi madre: “Franc! ¿Dónde estás?”.

Me encantaban esos momentos pero la alegría me duraba poco. Siendo un niño de ciudad nacido en los tiempos modernos no entendía la diversión de una noche sin electricidad y pronto me aburría. Finalizada la exploración de todo el piso sólo me quedaba esperar hastiado y ansioso a que volviera la luz para ir corriendo a encender la tele y comprobar que efectivamente de los enchufes volvía a manar el precioso fluido eléctrico.

Pasaron los años, y las velas y su luz pasaron a significar cosas nuevas. Velas alrededor de las cuales se ocultaban mejor las vergüenzas y los miedos, haciendo más fáciles las confesiones entre amigos en aquellas tardes de sábado durante los primeros años de universidad. O las 200 velas que alguna noche ardieron a la vez en un ático de Barcelona, bajo La Roof, inundando el salón de una luz tan cálida y tan intensa que bien podría haberse desbordado por el balcón hacia la Gran Vía, derramándose lentamente por la fachada como una cascada de una lava ligera e inmaterial.

Y ahora una vela arde de nuevo en el suelo de esta cueva, Gua Kepayang, en el corazón de una jungla muy antigua llamada Taman Negara. Una vela que adquiere un nuevo significado. No hay nada que explorar, no hay nada que compartir, nada está a punto de desbordar. Hoy esta vela sólo significa silencio, calma, reposo. Esta vela que me ha hecho pensar en el pasado ahora me invita a recostarme sobre mi lecho para contemplar con la mente en blanco las siluetas recortadas de unos árboles y unas palmeras que asoman a la entrada de esta cueva. Unos árboles y unas palmeras que a cada nueva descarga cobran nueva vida al tiempo que danzan al son de los vientos de la tormenta y de la noche.