Nada de susurros. Tana Toraja, Indonesia

¿Vivir por y para la muerte? Parece ser que sí, parece ser que en la tierra de los Toraja uno se pasa la vida como el faraón, pensando en el día que se muera y en todo lo que habrá que dejar dispuesto: el ataúd, la tumba, los preparativos, las estatuas, los sacrificios… Toda una vida pensando en la muerte de uno, y toda la vida pensando en la muerte de tus mayores a los que deberás honrar. En ahorrar la fortuna necesaria para que el funeral esté a la altura de la posición social de la familia, por aquello del qué dirán si el festejo resultara aguado o por debajo de las expectativas.

“Polvo eres y en polvo te convertirás”. Si todo hubiera quedado así la cristiana Tana Toraja sería otra, pero no. La muerte, o en todo caso el funeral, es el momento estelar por excelencia de tu paso por la vida si eres un Toraja. Curiosa paradoja. Todo aquí gira en torno a la muerte y no deja de ser fascinante el hecho de que tan sombrías costumbres florezcan precisamente en un entorno tan exuberante como éste. En el corazón de las montañas de centro de Sulawesi –si es que a esta isla loca se le puede encontrar un centro- rodeado de colinas cubiertas de junglas, de bosques de bambú y de claros escalonados de terrazas de arroz salpicados de pedruscos que parecen huevos de dinosaurio. Toraja es un vergel amable cuyo horizonte aparece moteado por el desparpajo de las cubiertas de sus poblados que asoman entre trozos de jungla. Casas -conocidas como Tongkonan– que flotan sobre pilotes de madera, adornadas con motivos geométricos figurativos que evocan al búfalo de agua -su animal totémico por excelencia-. Casas cuyas cubiertas se pliegan al cielo como las cornamentas de estos bovinos –o eso se especula-. Unas casas que lucen orgullosas en sus fachadas la colección familiar de cuernos de reses sacrificadas en el pasado como muestra de su estatus económico y de su prestigio social en la aldea.

Flotan las casas y flotan las tumbas. Sarcófagos de madera colgados de cuevas, nichos esculpidos a golpe de cincel en las paredes rocosas en estos cementerios verticales en Lemo y Suaya, o ataúdes ocultos en las galerías relamidas por el tiempo en las entrañas de la tierra en Londa. Morir para los Toraja no es desvanecerse, digamos que para ellos morir es pasar a existir en otro plano, distinto del nuestro pero en estrecho contacto, y ahí es donde está el meollo de la cuestión: En realidad nadie se fue, todos siguen aquí. Están para quedarse y para influir –para bien o para mal- en la vida y los destinos de los vivos. A los cadáveres junto a sus tumbas les acompañan sus nuevos cuerpos: retratos esculpidos en madera, o más recientemente, en auténticas copias a escala de los antepasados. Con las dos manos extendidas: una recibiendo honores y ofrendas de los vivos y la otra dando bendiciones a cambio. Morir no es dejar de existir, no es ser polvo y desvanecerse con el viento. Los descendientes vendrán al menos una vez al año a cambiar los ropajes que envuelven los esqueletos, y vendrán a charlar con sus antepasados, y les traerán cigarrillos. La relación con los difuntos es continua y si bien por aquí también pasó la prepotente apisonadora cultural de los misioneros cristianos, con esto no pudieron. Los Toraja son cristianos, sí, pero lo son a su manera.

Lo macabro de las cuevas llenas de calaveras peladas enmohecidas en contraste con la belleza de su entorno. Escenas idílicas de la vida cotidiana en el campo de Sulawesi montado en una moto; artesanos a pie de carretera trabajando la madera para unos ataúdes en forma de lágrima o los bustos de búfalo que adornarán las casas. Y aldeas y más aldeas –suelen ser muy pequeñas- que repiten machaconamente los mismos motivos arquitectónicos. Una buena fórmula constructiva y formal que de tan depurada y estilizada se puede repetir hasta el infinito sin cansar al personal. Y campos y bueyes pastando o embarrados hasta las cejas en los barrizales. Y tumbas cinceladas en gigantescas rocas al margen del camino como por casualidad.

Tana Toraja, sus paisajes, sus cementerios, sus aldeas y sus sagradas hecatombes. Tana Toraja, la sangre de decenas de búfalos brotando a borbotones y empapando la tierra de color escarlata, en un ambiente que huele a muerte en un aire enrarecido por las nubes de moscas negras plañideras.

Llegamos tarde al funeral de hoy y el espectáculo que nos recibe es más macabro si aún cabe, una hecatombe al más puro estilo homérico. Los cuerpos sin vida de una quincena de búfalos despellejados yacen sobre la hierba verde encharcada en sangre. Una treintena de ojos sin párpado mirando al vacío, estupefactos. De una quincena de gargantas abiertas a golpe de machete cuelgan las cornamentas de estos animales sagrados para los Toraja. En una esquina se disponen a tratar las pieles para curtirlas. En las tribunas dispuestas alrededor de la explanada central esperan los vecinos de la aldea y los familiares –llegados para la ocasión de toda Indonesia, y algunos hasta desde Francia-.

Llegamos tarde y andamos algo desubicados -nuestro guía nos ha dejado tirados- y al pasear sin la bendición de ningún local ya nos hemos comido alguna bronca y algunas malas miradas. Esto, a pesar de parecer una fiesta, no deja de ser un funeral. Al final es la carita de santo de Jerome –mi compañero de viaje de hoy, un chico australiano de 15 años que ha dejado a la familia en Batutumonga y que se parece Justin Bieber– la que nos abre las puertas. Conocemos por casualidad a una de las hijas de la difunta homenajeada y conectamos con la fiesta. Como siempre comida, carne y alcohol que sabe a rayos y centellas. Nos invitan a sentarnos con ellos y nos bombardean con la artillería de siempre –nombre, estado civil, país de origen, ocupación, etc…- Hemos comprado unos paquetes de tabaco que no sabemos a quién regalar. Jerome hace las delicias de la indonesias mientras yo aprovecho la bendición de mis nuevos padrinos para darme una vuelta más para contemplar aún estupefacto la orgía de sangre y carne fresca.

Resulta impactante presenciar un espectáculo tan crudo rodeado de un ambiente de fiesta, con nenes jugando y corriendo y la gente mayor charlando y bebiendo, mientras los ojos de los búfalos siguen sin pestañear, clavando su mirada en la nada, como pillados por sorpresa. Aquí no se andan con monsergas, la carne tiene rostro y no se esconde tras el anonimato de una chuleta envuelta en celofán. Lo que en occidente ocultamos aquí se muestra tal cual y no sorprende a nadie. Al grito del maestro de ceremonias cuadrillas de hombres salen de sus tribunas y de disponen a trocear las piezas. Vísceras desparramadas sobre el césped, vientres abiertos en canal, intestinos reventados rebosantes de excrementos. Estas bestias son tan enormes que son necesarios hasta 4 adultos para darles la vuelta. Muchos golpes sordos de machete para trocearlas. Y poco a poco la hecatombe a los espíritus se consuma. Las cornamentas vestirán la casa del clan, las carnes y las pieles se distribuirán entre los invitados o se venderán en el mercado, y para el difunto quedará esta orgía de carne, sangre y fasto. El espectáculo de la muerte, que como la vida misma, es crudo e implacable.

Todo lo opuesto que en occidente. Nada de susurros, nada de ceremonias rápidas ni funerales discretos. Todo a la luz del día con premeditación y alevosía. Toda una vida por y para la muerte, tan planeada que me pregunto si a los Toraja les puede llegar a pillar su fin por sorpresa. ¿De tanto mirar a la muerte a la cara quedan vacunados realmente contra el vértigo frente al vacío que significa dejar de existir? ¿Teniendo tan presente el fin de su existencia lloran menos que nosotros cuando les llega el momento? ¿Es la aceptación de la muerte el bálsamo contra ella? ¿O es una vida vivida plenamente lo que realmente nos permite mirarle a la cara en ese último suspiro? Me lo pregunto porque no sé. Porque todavía no me morí para contarlo y porque todavía ni tan siquiera me crucé con ella cara a cara. Porque nunca viví ese instante que precede al último suspiro y porque la muerte siempre la vi lejos y muy de pasada.

Me quedé sin saber lo que piensan los Toraja cuando mueren, y me quedé sin saber muchas otras cosas más de los Toraja, de los Batak, de Balineses, de los Ngada y de los otros muchos pueblos con los que me crucé durante mis casi 4 meses por Indonesia. Me faltó tiempo, siempre me falta tiempo, siempre me faltará tiempo en esta vida. Aposté fuerte por este país sin saber muy bien lo que me encontraría. Aposté por intuición y por olfato. Y gané, y mucho.

Indonesia, el gigante del sureste asiático de las más de 17.000 islas, el gigante musulmán que es musulmán y muchos credos más. Indonesia, tierra de jungla, fuego y volcanes, de playas del paraíso. Tierra de gente amable y risueña, de pueblos dispersos que vivieron aislados durante milenios y que ahora tienen que aprender a convivir. Tierra de makassar padang, de nasi goreng, de gado gado, de tempe y del picante más salvaje que nunca antes probé. Hará cuatro meses me di la Bienvenida y hoy desde Rantepao ya me despido de ti hasta la próxima, hasta Borneo, hasta las Molucas y hasta Papúa. Indonesia no tiene fin.

Me faltó tiempo, y puede que en el futuro también me falte, pero frente a los pesares de las cosas que no pudieron ser, de todo aquello que se nos quedó en el tintero, conjuro mis angustias con la certeza de saberme que lo que viví lo viví plenamente y con intensidad. Llámese Indonesia, llámese esta Vida de paso.

El Ritual. Bali, Indonesia

Todo el día dando tumbos en la moto, con un destino claro per sin un camino a seguir; torciendo a cada recodo que me pareciera más interesante que lo que tuviera por delante. En la cresta de la caldera del Gunung Batur me eché la siesta sobre un banco de piedra esperando a que bajara el sol y mejorara la luz. Me desperté y conducí cuesta abajo hasta la orilla del lago para darle la vuelta al cono del volcán cuyas caras sur y oeste son pasto de gigantescas lenguas de lava que se convirtieron en roca pelada. Ensimismado en la luz del atardecer se rompe el encanto y caigo en la cuenta que está anocheciendo y que ando todavía en la otra punta de la isla. Agotado, exhausto y tras la puesta de sol tras las montañas emprendo el regreso cuando, por casualidad, paso junto a un ritual en Kintamani… Demasiada gente, demasiada bulla. Mi olfato de niño trastoso y curioso me susurra que tras la tapia están ocurriendo demasiadas cosas, que algo bueno se cuece, y que seguramente valdrá demasiado la pena como para pasar de largo.

Pero reacciono, y en un ejercicio de sentido común y autodisciplina me digo que no. Que estoy muerto, que hay que volver. Que no voy a parar ni tan sólo un minuto, ni para echar un vistacito. ¡Qué no! Grito con voz de perdedor para mis adentros ¡Estoy agotado y llevo ya casi 10 horas de ruta! Pero nada… ¡Cómo si le hablara a la pared! La moto frena suavemente y ya estoy girando hacia el parking cuando me cuento el cuento chino de “sólo un minuto, nomás, un vistazo rápido y nos vamos para casa”.

No se puede comprender Bali sin su religión –una versión del hinduismo que sobrevivió a los embates del budismo, del islam y del cristianismo-; un complejo sistema de rituales y festivales que empapan el día a día. La vida de los balineses se rige por esta espléndida coreografía sagrada cuyas ramificaciones se extienden a la danza y al arte de la escultura. Pero más allá de estas artes clásicas, esta sofisticación y esta espiritualidad las sobrepasan y se desbordan inundando su día a día en una puesta en escena que tiene lugar a cada momento, en cada rincón de la isla y a diferentes escalas. Desde las pequeñas ofrendas diarias en los negocios o en los altares de los familiares en el patio de cada casa, hasta todo un sinfín de ceremonias que marcan y acompañan a todo balinés a lo largo de su paso por esta vida. Rituales practicados de forma individual, rituales practicados en familia o rituales que implican semanas de preparación por parte de todos los miembros de la aldea.

Bali siempre está de gala, de fiesta, de celebración. La mayoría de las veces de forma callada, un susurro en la intimidad. Otras, como cajas de truenos abandonas a su voluntad: ruidosas, caóticas, turbas de fieles devotos que toman las calles por asalto, extasiados, ebrios de jarana. Del nacimiento a la muerte. Pidiendo protección y fortuna a los dioses y a los buenos espíritus que habitan en todos los rincones de esta isla exuberante. Trazando laberintos de símbolos para confundir a los demonios y proteger a los seres queridos o a las cosechas. Cada mañana al alba, en cada rincón de esta isla, se preparan con esmero miles de ofrendas efímeras de una delicadeza exquisita. Miles de ofrendas hechas con hojas de palma trenzadas y flores, frutas, arroz, galletas, no hay límite, o puede que sí lo haya; uno solo, y es preciso: todo debe ser bello y elegante. Una elegancia y un gusto por las cosas bien hechas tan extendido que se aprecia en sus ropas, en las telas que visten ellas, en los pliegues de los tocados que portan ellos. En la sistemática sobriedad barroca de sus templos y templetes. Bali será hindú, sí, pero paseando por sus aldeas y por sus templos no pienso en la India, pienso en otra isla, pienso en Japón y en esa cultura tan suya donde la belleza, como fin último y en sí mismo, se manifiesta en cada acto y en cada gesto.

El Ritual vertebra la vida de esta isla y de estas gentes más allá del implacable avance del turismo durante los últimos 30 años. El ritual se vive con devoción, con orgullo, con una pasión y un frenesí que se contagian. Contagiado y borracho de frenesí corría yo aquella primera noche fría en la cresta del volcán en la que decidí no parar para acabar parando. Desbordado, fascinado, ensoñado en medio de una función que no comprendía, pero cuyo principio atisbé que pasaba por la sistemática ofrenda a cambio de una bendición. Una noche helada en la que corría borracho, embelesado por el efecto narcótico del sonido del chambelan -un instrumento balinés que en realidad son muchos sonando al mismo tiempo- y cuyo misterio hipnótico no fui capaz a descifrar. Un festival por el que andaba suelto el loco del pueblo con una toalla atada a la cabeza; los nenes que me exigían el peaje por estar allí: que les tomara un retrato. Con toda esta gente aldeana que me recibe con sorpresa y con los brazos abiertos, y con sonrisas, muchas sonrisas y algunas carcajadas entre los grupos que se sientan alrededor de un fogoncillo a pasar la noche, a esperar eso que todos vinieron a ver y que yo sigo sin saber qué es. Es noche fría y esto está lejos de acabar, tengo por delante casi dos horas en moto y abandono la partida.

La abandoné, sí, pero ella no me abandonó a mí. Al día siguiente y al otro y al otro, me seguí cruzando con los lugareños atareados en sus preparativos, ellos a lo suyo y ellas con sus asuntos, todos en pleno frenesí, esta vez a la luz del día, ocupados en la preparación de los Ngaben, las cremaciones anuales de sus muertos. Porque es el funeral, que no la muerte en sí misma, el momento clave en la existencia de todo balinés. Un correcto funeral con su correspondiente cremación garantizará la liberación del alma del cuerpo amortajado. De lo contrario el espíritu quedaría errante, nunca más podría volverse a reencarnar, se perdería en una nada que es peor que los infiernos. Es por eso que este dispendio imprescindible y costoso. Y a falta de tiempo para ahorrar el dinero suficiente, las familias entierran temporalmente a sus muertos hasta que reúnan los ahorros para todo el festejo.

Llegada la fecha, toda la aldea se pone en marcha. Desentierran a los suyos, corren a por los preparativos, todos efímeros todos hechos con delicadeza y esmero. Altares de caña y bambú presididos por retratos con guirnaldas de flores del paraíso que honran a los difuntos y guardan sus cuerpos. Se construyen pasos coronados con palios bajo los que se portan animales sagrados: Lembus -toros negros y rojos-, leopardos, engendros mitológicos, leones escarlata con colas de pescado y coronas verdes ¿Serán dragones? Todo preparado con el esmero de lo que se hace para siempre aún a sabiendas que su destino es la hoguera, pasto de las llamas y del fuego purificador.

Si la ceremonia del Ngaben es el ritual por excelencia, por encima de todas las cremaciones está el Palabon, el funeral de un miembro de la familia real. Los planetas se alienaron, y puestos que en mi travesía por Indonesia pasaba por Bali durante esta semana, los dioses dispusieron que el ritual de los rituales, el Palabon, tuviera lugar a escasas tres calles de mi hospedaje durante mi último día en la isla.

…continúa en el siguiente post, El dorado siempre luce