BKK Siesta & Fiesta. Bangkok, Tailandia

¿Ascensor planta 40? Se abren las puertas mientras ruge el sonido amortiguado de la música a todo volumen. Por encima de nuestras cabezas la Altitude Party en el Imperial Queen’s Park Hotel de Bangkok. Atrás, en la planta baja de este hotel, un hall de 5 estrellas del que cuelgan unas inmensas lámparas de araña que de tan enormes y lujosas resultan cómicamente grotescas.

Altitude Party: Antenas, tuberías, dos escenarios y dos ambientes y proyecciones en las paredes destartaladas. Una nueva Roof que añadir a mi colección de lugares mágicos y especiales por encima de las nubes. Ésta en concreto flota a la deriva en la noche de un viernes de marzo sobre la megalópolis asiática de Bangkok.

Como suele ocurrir en estas ocasiones, en realidad no debíamos estar aquí. A estas horas teníamos planeado haber vuelto a casa y estar dentro del sobre, pero pasó lo que suele pasar. Anuka, mi anfitriona en mi tercera incursión en Bangkok, estaba cansadísima de trabajar toda la semana. Franc, un servidor, se adaptaba al plan fuera el que fuera. Anuka se sentía mal por dejarme en casa un viernes noche y acordamos que por una cervecita con los Chilenísimos en el Majilis no pasaba nada. Y el Majilis, un local a medio camino entre jardín moro y mansión tropical, fue el marco perfecto para que cuajara la química y el buen rollo con esta buena gente divertida e interesante. Y entre caña y pipa y cojín mullido acordamos que lo mejor era continuar la fiesta, y esta noche tocaba fiesta en las alturas.

Los astros se alinearon: la música, el lugar, las luces de la ciudad y la compañía. Lo pasamos tan en grande que los señores de las escobas que barren cuando todo el mundo ya se ha ido nos tuvieron que pedir por favor que nos fuéramos a casa. Lo pasamos tan bien que al día siguiente tuvimos que repetir. Repitieron Anuka – la maestra de ceremonias -, Francisco – grande Francisco – , Fran – otra viajera por el sureste asiático como yo – y repitió Franc Pallarès López.

Quien tuvo retuvo y durante muchos años fui un adorador de la noche y del pódium y de la última canción. Con el tiempo supongo que evolucioné y opté por ser director de orquesta en la siempre compleja sinfonía de escoger correctamente la secuencia de bares en la noche de Barcelona y aprender a decir que no a esa última copa. Y a pesar de todo esto, desde que empecé este viaje, sólo de pensar en fiesta y follón me entraba mucha de pereza.

Quien tuvo retuvo y a la segunda noche, después de petardear en casa de Anuka y de ponernos mil videos en youtube y de pedir otra Chang más al servicio de habitaciones decidimos que finalmente esta noche también saldríamos, y que iríamos al encuentro de los chilenos – de Fran y Francisco – y que nos disfrazaríamos y que ya puestos me pintaba las uñas de negro y que la vida es corta y que por mucho que digan, nadie te puede quitar lo bailado.

Al Nest primero y luego directos al infierno, al infame Insomnia de Bangkok. Y fiesta, y música atronadora y luces y gente y aquí sí que me llevé la cámara. Lo que bailamos no lo sé, de lo que hablamos no me acuerdo, pero que reímos y saltamos, eso sí que sí. Totalmente agotados al día siguiente, al igual que al día anterior, dormimos más y más. Fiesta & Siesta, Siesta & Fiesta reza uno de los mantras ibéricos por excelencia.

Mis 3 días en Bangkok bajo el auspicio de Anuka fueron el revulsivo perfecto a mi saturación viajero-existencial. Fue la manera ideal de conocer otra cara más de esta Ciudad: la nocturna, la más intensa y fiestera, frívola y extravagante. Y aún así tan esencial y complementaria a aquella que forman los callejones y los canales y los kilómetros de fachadas ennegrecidas por el moho y la lluvia. Un reseteado ideal para encarar las dos próximas semanas. Mañana aterrizan mis padres en Bangkok y durante los siguientes 15 días el viaje, el blog y yo mismo quedo en suspensión para volver a ser el niño de papá y de mamá.

Papa y Mama, Bienvenidos a Asia!

Phnom Penh en 5 tomas. Camboya

Las ciudades no son, las ciudades se viven. Phnom Penh puede que no sea muchas cosas, pero por casualidades de la vida yo la viví tan intensamente y de tantas formas que ahora me parece que su tamaño en mis recuerdos es mayor que su tamaño en la realidad. Si tradujéramos mi paso por la ciudad al mundo del cine, el resultado sería una película donde 5 historias yuxtapuestas sin orden ni sentido contarían el mismo evento: 5 jornadas de paso por Phnom Penh.

Toma 5. Humo, luces y música. La noche de Phnom Penh ofrece fiesta, mucha fiesta. El pulso de las ciudades no sólo se mide por sus avenidas, sus monumentos o sus mercados. Diós sabrá cómo se llamaba el club donde bailamos, reímos y saltamos. Yo por supuesto no tengo ni idea ni del nombre ni de cómo hemos llegado. Me dejo llevar por Sebastian y sus amigos, y ya hace rato que todo me parece fantástico. Sebs es mi segundo anfitrión de CouchSurfing en Phnom Penh y tuve la suerte de ir a parar a buen lugar con buena gente. Mientras 3 espectaculares travestis bailan una coreografía perfecta al ritmo de J.Lo & Beyoncé me preguntó dónde quedan todos los callejones que recorrí. Dónde están las sonrisas y todas las miradas chispeantes que me crucé mientras deambulaba medio perdido. Dónde quedan todas las miserias y el dolor de esta ciudad y de este país. El Ritmo de la Noche manda y, como siempre pasa, perdemos a Sebs, pero su compañera de piso reconduce la noche y le encontramos en un bar de mala muerte con baños alicatados de pura poesía. Tuk Tuk hyper-repleto hasta la bandera y bocadillo callejero en la madrugada de una noche que sabe a esa alegría de vivir que sólo las veladas memorables de fiesta urbana pueden y saben dar.

Toma 4. Esta mañana ha amanecido lluviosa y en lo que se tarda en llegar en moto desde casa de Sebastian hasta un super-hotel de lujo, yo, Franc Pallarès López, he pasado de ser Arquitecto a convertirme en Merchandising Assitant. Hoy ando de gala con la única ropa formal que cargo en mi mochila: unos tejanos baratos que compré en Mae Sot y una camiseta azul celeste que arramblé en Chiang Mai. Sentadito en el hall de este lujoso hotel espero a que Lucía y sus compañeras me recojan. Los dioses quisieron que esta amiga del instituto estuviera trabajando en Phnom Penh los mismos días que yo andaba de paso. Era, de hecho, la primera persona de la vida pasada que se cruzaba en mi viaje, y cuando la noche anterior, entre broma y copichuela me propuso que las acompañara al día siguiente no me lo pensé dos veces. Han venido en representación de una importante marca de moda española y el plan del día es visitar dos fábricas en la periferia de la ciudad. Sé que les parecerá aburrido, pero a mí me resultó super interesante ver y saber dónde y cómo se hacen las ropas que a buen precio vestimos ustedes y un servidor. Espacios extraños, protegidos por sorprendentes medidas de seguridad, que albergan las naves donde se hacen los jerséis y las camisetas que nos harán lucir tipito en el día a día de nuestra vida, a miles de quilómetros de estas mujeres que trabajan bajo un cielo blanco de luces de neón. Ver como se hacen esas prendas que a nosotros nos parecen tan baratas. Y lo son, claro que lo son. Son baratas porque el precio no lo pagamos nosotros, lo pagan estas personas con unos sueldos de escándalo y con unos inexistentes derechos laborales. Los trabajadores son todos camboyanos, pero los interlocutores son todos chinos. Una muestra más de la realidad que de este país, a la merced de sus vecinos para prosperar o para sucumbir a los intereses foráneos en nombre de su desarrollo. Y todo tutelado por un gobierno corrupto a más no poder que nos lleva a la siguiente Toma.

Toma 3. Camino sobre un Mar de Arena y cuando miro al horizonte veo a lo lejos la borrosa silueta de la ciudad. Si giro la cabeza y miro atrás, tengo la sensación que el Mar de Arena avanza también en ese sentido y parece que algunas casas de la orilla están a punto de ser engullidas. Pero eso no sucederá. Este mar tiene límites que existen desde tiempos inmemoriales. Esto era antes un lago, el Boeung Bak, y en el margen de ese lago miles de familias humildes sobrevivían como sobreviven todos los pobres de este país: con la dignidad que da tener un trabajo para mantener a los suyos. Pero algún lince de los negocios y del desarrollo le echó un vistazo al plano de la ciudad y vio que junto a ministerios y hoteles de lujo, había un gran vacío sin aprovechar, el Lago. Y fue así como por cuatro chavos se concedió una licencia de uso de los terrenos, que fueron drenados y rellanados de arena. Sus humildes habitantes fueron echados a patadas, reubicados en la periferia de la ciudad, sus casas demolidas y el lago sepultado por la ambición y el desprecio de los que teniéndolo todo quieren más. Fue relativamente fácil: los afectados eran pobres, sin estudios y débiles por no tener voz ni voto. Otra victoria para la falta de escrúpulos y la miseria de almas que son incapaces de sentir el sufrimiento del otro como suyo. Esto es Camboya.

Toma 2. Dicta el guión que cuando se trate de atardeceres siempre siempre siempre, debe haber una playa de por medio, con su mar, sus nubes y su brisita. En Phnom Penh, el atardecer perfecto tiene lugar en el Estadio Olímpico. Éste es un templo a la gloria de arquitectos anónimos que supieron cómo infundir solemnidad al hormigón armado. Éste es el lugar donde los atardeceres en la ciudad alcanzan mayor glamour. Diviértanse mirando el partido de fútbol de la liga local, perdiéndose por el genial polideportivo al ritmo de los freestylers camboyanos. Bailen al son del Techno más duro con las abuelitas de la ciudad. Toquen el ukelele con niños de mofletes regordetes. Todo eso y mil historias más tienen lugar en los atardeceres urbanos más palpitantes y menos tópicos de todos los tiempos, en un Estadio Olímpico que nunca albergó olimpiada alguna.

Toma 1. Y mientras tanto ¿Dónde anda la ciudad de Phnom Penh? Esquinas como cantos rodados que no puedo parar de fotografiar. Mercados en los que me pierdo y pensado que ya lo había visto todo, descubro un laberinto de salones de belleza bajo techos de hojalata: peluquería, manicura, mascarillas, mechas, extensiones, masajes, peelings. ¡Qué bueno! ¡Qué mundo! ¿Y luego? Luego el caos y los hedores del mercador ruso. Un laberinto en tres niveles y el mar de parasoles verdes y amarillos que lo rodean y que me hacen pensar en un estanque urbano de gigantescos nenúfares de lona. Y bajo los toldos flores y plátanos. Y en uno un hombre descuartiza un cerdo que se le escurre resbalando por el tablón, húmedo de sangre, de agua o de sudor. Ruido de motos que rugen en todas direcciones bajo la atenta mirada de fachadas mugrientas que recuerdan tiempos mejores. Cafés de corte occidental con aire oriental que con buen gusto seducen a la gente de bien. Mi cena en un bar de carretera, más allá del puente Japonés mientras esperé 4 horas a que mi primer anfitrión volviera a casa. La clase de dicción inglesa que di a un policía muerto del aburrimiento que me detuvo a medio cruzar del puente bajo aquel sol de justicia.

Toma 0. Dolor, tortura, sinrazón, miedo. No se puede venir a Phnom Penh y no pasar por “La Escuela” ni dar un paseo por “Los Campos”. Una parte de la historia reciente del país sin la cual es imposible comprender el porqué de demasiadas cosas que todavía ocurren en Camboya. Una parte de la historia que merece un punto y aparte y que tendrá que esperar al siguente post.

“To tube or not to tube” esa es la cuestión. Vang Vieng, Laos

En las afueras del pueblecito de Vang Vieng hay una cueva y su nombre es Tham Phu Kham. Puedes llegar a ella atravesando la llanura de arrozales que rellenan los espacios vacíos entre los macizos kársticos que salpican el paisaje. Al final del camino está la masa negra de la montaña que esconde un laberinto de galerías nacaradas en sus entrañas. El único modo de llegar a la boca de la cueva es ascendiendo por un sendero vertical, una escalera caprichosa e irregular tallada en la roca que enfilándose por la vertiente nos deja sin aliento y nos exprime hasta la última gota de sudor.

En Vang Vieng hay una cueva y es bueno llegar pronto. Aprovechar esos momentos en los que el resto de las almas perdidas en la fiesta de la noche anterior todavía duermen. La cueva es una catedral tallada en la roca, horadada en la montaña. Es algo mágico adentrarse en las entrañas de la tierra y jugar a ser niños que descubren por primera vez galerías subterráneas que esconden tesoros olvidados: Pilares de roca bulbosos que brillan como cubiertos por piedras preciosas, pedruscos afilados cortantes como navajas que ahora yacen en el suelo y que hace tan solo unos miles de años colgaban del techo, raíces de descuelgan de estalactitas y que vinieron de tierra arriba perforando la roca en busca de agua. El tiempo geológico, la negra noche y el silencio reinan en estos mundos subterráneos a las afueras de Vang Vieng. Y a pesar de Tham Phu Kham este pueblecito del centro de Laos es famoso por su Tubing.

“To tube or not to tube, just tube?”

“Un tipo ha saltado al río y no ha vuelto a salir a la superficie”. Pasaron varios minutos hasta que la gente comprendió lo que realmente estaba pasando y empezó a tirarse al agua para buscar a no sé quien no sé dónde. Los locales estaban asustados pero la música a todo volumen no dejó de sonar y la gran mayoría no paró de bailar. Al cabo un par de minutos más alguien lo encontró y durante un buen rato, mientras esperaban a la ambulancia, le intentaron reanimar. El enorme cuerpo inerte resbalaba y a punto estuvo varias veces de volver a caer al río. En todo momento la música no dejó de sonar y más de la mitad del bar ni se enteró.

El Tubing es una fiesta diaria donde el desfase reina y en la que el límite lo pones tú. De hecho, el único límite que hay es la muerte de los veinte y tantos occidentales que cada año se ahogan en sus tranquilas aguas. La corriente es suave, pero caer al agua inconsciente, puesto hasta las cejas de drogas y alcohol nunca estuvo en los manuales autoconservación.

El día anterior lo pasamos en kayak, en un descenso por este mismo río que ahora se llevaba la vida de este chico. La primera visión de la zona tubing no defraudó, para mal. Uauh! Pensé. Uauh! Volví a pensar. Menuda locura y desenfreno: una veintena de bares jalonan ambas orillas a lo largo de pocos quilómetros en los que navegar repantingados en un lujoso y confortable neumático de camión. “To tube or not to tube” pensamos. Pero Serge, Flavie, Vanessa y los daneses no lo dudamos. Habíamos encontrado nuestro grupito y disfrutamos de la fiesta como veníamos disfrutando de todo el viaje. Y así fue: llegamos, vimos y disfrutamos. Y lo pasamos en grande bailando, navegando, riendo y volviendo a bailar.

 A estas alturas sigo sin tener claro porqué me preguntaba sin cesar eso del ir o no ir. ¿Cargaba con mala conciencia por traicionar mi código deontológico de viajero dicharachero? ¿O me preocupaba más traicionar la imagen de alternatividad, integridad y autenticidad que buscaba proyectar en este Blog? Creo que lo peor para mi alma pura y mi recto sentido de lo políticamente correcto fue cuando tuve que ser honesto conmigo mismo y aceptar que me encantó, y que no me  habría importado pasar otro día más haciendo la mona de forma despreocupada.

Entonces ¿Dónde han quedado aquellas ansias de ir siempre más lejos, de salirme de la ruta marcada, de cruzar junglas para conocer aldeas remotas donde reside la esencia del país en el que viajo? ¿Dónde quedan mis reproches a eso progreso que torpemente contamina la pureza de estilos que vida que han sobrevivido inalterados durante cientos de años? ¿Porqué me parece bien que aquí y ahora, este pueblecito que tan solo hace 10 años era un paraíso se haya convertido en el patio de recreo de turbas occidentales?

Creo que la clave del meollo está en la última pregunta, en plantear este asunto como una lucha entre el bien y el mal. De hecho no hay tal confrontación. El Tubing y los 50 bares clónicos que proyectan sin parar temporada tras temporada de Friends en el centro de pueblo son un hecho. Una realidad que podrá ser desafortunada y en muchas ocasiones poco agraciada, pero que por otro lado da de comer a mucha gente cuya alternativa eran los trabajos duros en el campo de sol a sol. Es más, cuando el día anterior, tras un par de cervezas, le pregunté a nuestro guía en plan confianza qué pensaba de todo esto me esbozó una sonrisa pícara y me confesó que a él lo único que le molestaba de todo el tinglado eran las gentes paseándose sin camiseta por las calles del pueblo. A los laosianos les va la fiesta, pero siguen siendo pudorosos.

No se trata de trabajos forzados, no se venden a los hijos para la prostitución, no se trata de humillar a los locales ni de expoliar sus recursos naturales. De hecho Vang Vieng sigue bastante bien la bondades del esquema Benidorm, acotando el mal irremediable en un espacio muy concreto y delimitado más allá del cual la vida sigue como antes, solo que las gentes tienen una fuente de ingresos más. Habrán perdido el alma, la habrán vendido al diablo, pero quién no lo hizo, quién se mantuvo puro y libre de mancha. Nadie.

La vida es un trueque, un viaje en el que cada vez que tomamos, tenemos que dejar algo a cambio, porque sino la mochila se vuelve tan pesada que es imposible avanzar. Y pretender vivir en una burbuja, ajenos a lo que pasa en el mundo es no querer entender que del mismo modo que envejecemos, o el paisaje se erosiona, los modos de vida se degradan para morir o evolucionar. Sería fantástico que no fuera así y habrá alternativas de eco-turismo al turismo de borrachera, pero eso demanda atención y inversión, y sino que nos lo digan en España. ¿Quién aportará ambas a un país pequeño y pobre como Laos?

Llegados a este punto lo que menos me preocupa es que centenares de jóvenes beban, bailen y se lo pasen a lo grande en medio de un paisaje idílico. Llegados a este punto creo que lo más importante de este meollo es que los locales, gracias a las nuevas fuentes de ingreso, puedan acceder a los niveles de educación suficientes que les permitan a la larga gestionar este patrimonio, extrayendo los máximos beneficios de sus recursos al tiempo que son capaces de seguirlos manteniendo bien cercados en una zona concreta que no salpique al resto de la región como bien han hecho hasta el momento.

Por lo demás Vang Vieng es un buen lugar para conocer gente mientras se desciende el río en kayak. Un buen lugar para descubrir en bici o en moto sus alrededores y para hacer viajes al centro de la tierra. Y claro, como no, Vang Vieng es el lugar donde disfrutar de una cerveza flotando sobre un neumático río abajo mientras el sol ya se pone por detrás de las montañas.

“To tube or not to tube. You’ll never know until you tube”

Postales. Filosofía de Retrete. Phnom Penh

¿Cuántas veces habré teorizado en mis Cátedras de Crápula sobre el Arte del Salir de Fiesta? Deben ser alrededor de unas 1253, más o menos. Y aún así, desde que empecé este viaje la verdad es que puedo contar con los dedos una mano mis noches de parranda.

En mi última noche en Phnom Penh retomé esa cadena de encuentros fortuitos y mágicos. Cruces que a veces toman la forma de inscripciones en las paredes de los retretes a altas horas de la madrugada, bañadas por luces de neón y envueltas en un rumor de música amortiguada por paredes alicatadas. Exquisita Filosofía de Retrete que te hace caer en la cuenta y consigue arrancarte esa gran sonrisa.

 

ENJOY! Koh Samet. Tailandia

Playa de Koh Samet

Renuevo mi fe y mi desesperanza en la gente, en las personas. A cada día que pasa en este viaje me queda más claro que nada tiene sentido por si solo. Con a “nada” me refiero a los paisajes, a las ciudades, a los monumentos o a las playas más paradisíacas. No tendrán ante ustedes nunca a un apóstol de la soledad, aunque precisamente haya decidido viajar solo durante un año por Asia. Tampoco tendrán a un junkie de la compañía a cualquier precio: la gente que no te “enriquece” siempre sobra, por muy solo que uno pueda llegar a sentirse.

Pero la verdad es que necesitaba unos días de calma, para descansar, pero sobre todo para digerir y procesar todo el torrente de trabajo y contenido que supone tirar adelante Outteresting.com al ritmo y al nivel que quiero.

Siguiendo el consejo de unos encantadores cincuentones americanos que conocí en la cola del visado birmano y que casualmente reencontré a la vuelta, mi destino se llamó Koh Samet. Encontré la playa, encontré la habitación y al cabo de unas pocas horas en la pequeña isla, mis compañeras de viaje me encontraron a mí. Un par de ángeles cántabros llamados Paula y Ana fueron mis compañeras de isla durante 5 días. Por el camino perdimos a Víctor, pero sumamos a Adai, un canario que a pesar de habitar en un mundo que creía lejano al final me resultó sorprendentemente próximo (niños!: ni fumen, ni beban, ni tengan prejuicios que son mucho más malos que todo lo anterior).

Durante los días en la isla, más allá de disfrutar de la vida, renovar y perder mi fe en la gente, y procesar fotos y más fotos, lo más remarcable fue mi primera y única farra desde que empecé este viaje. No sé si la necesitaba, pero valió la pena y la disfruté como una de ésas “a recordar”. Nuevamente el factor clave fue la buena gente, que en esta ocasión se llamó “Matías y los noruegos”. Un grupillo muy majo de amigotes que andaban de relax en la isla. Yo ya me iba a la cama (como siempre me pasa) cuando Ana Relaciones Públicas S.A. me condujo hasta ellos. A partir de aquí, quitarse la camiseta y pintarse el cuerpo entero con pintura fosforescente fue la única opción razonable.

En medio de la vorágine de la noche, del buen rollo y de la Fiesta (nótese que se añade la mayúscula), cuando Adai me preguntó “¿qué te pinto en el pecho?” mi respuesta fue rápida y obvia: ENJOY! (disfruta!)