¿Se atreven?. Mondulkiri, Camboya

Me lo regalaron por un Sant Jordi ¿Hará unos 6 años? Cristina, “La Ramos”, me había insistido en que valía la pena leerlo y que por una vez no estaría de más dejar a un lado mis arrogantes prejuicios hacia los libros de “auto-ayuda”.

Como reza el dicho “a caballo regalado ya tienes caballo” y como también “es de bien nacido ser agradecido” leí el libro de cabo a rabo, del derecho y del revés. Muchos de los cuentos valieron la pena y los cito a menudo en mis cátedras de taberna y noches taciturnas. Pero éste del elefante se me vino a la cabeza durante mi paso por The Elephant Project Valley y me pareció un buen cierre a esta trilogía de post paquidérmicos:

“Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?”. No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. 

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía… Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad… condicionados por el recuerdo de «no puedo»… Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…”. Jorge Bucay.

No sé a ustedes, pero a mí, después de leer este cuento, siempre me entran ganas de hacer una lista con todas las cosas que siempre creí que no podía hacer para descubrir que estaba equivocado. ¿Se atreven?

10 seres maravillosos (1 de 2). Sen Monorom, Camboya

Hay gente que se pasa la vida zanjando cualquier situación con un simple “no puedo”, un “no sé” o un “yo siempre lo he hecho así”. Cualquier duda, cualquier desafío, cualquier cuestionamiento de la realidad que vaya más allá de sus supuestos límites se desvanece en ese agujero negro que es el miedo. El miedo a fracasar, el miedo a equivocarse o el gran miedo a descubrir que se estaba equivocado. Del mismo modo, y para compensar este desequilibrio hay gente que pasa la vida diciendo “sí puedo”, “si no sé, aprenderé” o “siempre lo hice así porque nunca lo intenté de otro modo”.

Yo había ido hasta Sen Monorom para seguir descubriendo el Este de Camboya en ese largo rodeo antes de aterrizar en los grandes enclaves turísticos. Y lo que me atrajo hasta aquí fue una ojeada a la guía y cuatro líneas leídas en diagonal googleando un blog. Mencionaban un santuario de elefantes rescatados y me pareció que en este lugar, tan “aislado” de todo, podría ser el momento ideal para Conocer a un Elefante en persona. Lo que no esperaba era que los días en este rincón de Camboya se convertirían en algunos de los más especiales del viaje. Y con lo que tampoco contaba era cruzarme con Jack, uno de esos seres que mantienen el equilibrio del universo repitiéndose ante la adversidad que “sí pueden y que si no saben, ya aprenderán”.

Al principio dudé. Había ido a informarme y los precios me echaron atrás. Se salía bastante de mi presupuesto diario pero tenía muchas ganas de visitar el Santuario. El dueño de la agencia lo supo ver y me propuso una alternativa: pasar medio día con los elefantes y la otra mitad haciendo “voluntariado” (removiendo caquita de elefante con las manitas para abonar los plataneros). El precio bajó y ya me pareció más razonable. Y por si fuera poco, a esto le añadió la posibilidad de hacer noche allí, con lo que cerré un plan redondo. Nos recogieron a las 3 de la tarde y nada más salir de la ciudad el paisaje empezó a mutar. Cabe decir que lo visto entre Kratie y Sen Monorom no había valido mucho la pena, pero como suele ocurrir, la belleza y las sorpresas suelen esperarnos siempre a la vuelta de la siguiente esquina.

Bajo un cielo azotado por el viento y con unas nubes bellas como pocas he visto hasta el momento, el paisaje de suaves colinas cubiertas de jungla se perdía en el horizonte. Sólo el camino de tierra roja y la nube de polvo que levantábamos a nuestro paso enturbiaban está escena idílica y lo que me ha parecido el entorno más bello de Camboya. Nos dirigíamos al oeste, hacía donde el sol se pone. Y al llegar a destino y tras pasear la mirada por el Gran Salón ya había decidido que me había enamorado, que no sería una, que serían dos noches y dos días para disfrutar de Esto. Y Esto era un gran mirador sobre la jungla que al atardecer, sobre un buen sofá de ratán y algo de zumo de cebada, se convertía en uno de esos centros del universo donde reinan los silencios y los suspiros, y donde las palabras están de más.

El proyecto de Elephant Valley Project es joven en el tiempo pero muy maduro en su realidad. Hacía tan sólo 6 años que Jack aterrizó en la zona. Tras sus dos años como mahoud (nombre que reciben los cuidadores de elefantes) en Tailandia y aprendiendo las artes del oficio, este inglés de apenas 24 años, había aprendido que las cosas nunca vienen solas, y que los problemas hay que entenderlos en su conjunto. Por un lado una población de elefantes que en Camboya ronda sobre el centenar: una mitad en libertad y la otra en cautividad, trabajando en el turismo o como animales de carga. Una población ridícula si se plantea su supervivencia teniendo en cuenta el segundo gran problema de Camboya: Una deforestación galopante de sus bosques para malvender baratas maderas caras, para luego acabar creando monocultivos de caucho. Y finalmente el tercero y sin el cual los dos primeros no tienen solución: Un país pobre donde la gente necesita el dinero para sobrevivir. Y es por eso que explotan a sus animales, porque no tienen más remedio. Y es por eso por lo que malvenden sus tierras, eso cuando no se las expropian. Son vulnerables y analfabetos, y en este país tan corrupto, por unos dólares alguien puede conseguir un papel oficial que diga que las tierras que cultivaste toda tu vida son suyas.

La propuesta de Jack era sencilla: Alquilaría los bosques a la comunidad, de modo que cada mes tendrían unos ingresos regulares y fijos sin necesidad de malvender sus tierras. El segundo frente consistía en alquilar los Elefantes a sus propietarios, de modo que ellos también recibirían un dinero fijo a cada mes, fuera temporada baja o temporada alta. Y a más, si quisieran, podrían venir a tener cuidado del animal, con lo que generarían un sueldo más. El resto de las familias de la aldea podrían trabajar en el centro que aspiraba a convertirse en un polo turístico con respeto a las personas, a los animales y al entorno. El resultado es que los elefantes explotados por pura necesidad durante años tenían la posibilidad de escapar sin que eso implicara el fin de su fuente de supervivencia de las familias que no habían tenido otra opción.

… continúa en el siguiente post

Los Ciegos & los Elefantes. Mondulkiri, Camboya

Hará ya más de media vida leí un cuento. Tendría catorce años y andaba yo perdido sobre un cascarón de nuez en la no-tormenta de mi adolescencia. El libro era una biografía de Buda que tenía que leer con un diccionario al lado porque no entendía la mitad de las palabras y aún así, pasados los años, el cuento sobrevivió al olvido. Se titulaba Los Ciegos y los Elefantes:

“Una vez, Buda estaba en Jetavana, en el reino de Sravasti. A la hora de la comida los monjes cogieron sus cuencos y fueron a la ciudad a mendigar alimento. Pero como no era aún mediodía y era muy temprano para entrar en la ciudad decidieron de ir a sentarse un rato a una  sala dónde se reunían los brahmanes. Cogieron sitio y se sentaron.

En aquel momento los brahmanes discutían entre ellos acerca de sus libros santos y se había formado una disputa que no conseguían resolver. Llegando a reñir y enemistarse unos con otros, diciéndose mutuamente: ‘Esto que sabemos es ley; lo que sabéis vosotros, ¿cómo puede ser la ley? Lo que nosotros sabemos está de acuerdo con la doctrina; lo que vosotros sabéis ¿cómo puede estar de acuerdo con la doctrina? Lo que debe decirse después, vosotros lo decís antes. Vuestra ciencia es vana y no tenéis el menor conocimiento’. Era así como repartían los golpes con el arma de la lengua y, por un golpe recibido devolvían tres. Los monjes observando a las dos partes insultarse, no autentificaron ninguna de las opiniones, se levantaron de sus sitios y fueron a mendigar alimento a la ciudad.

De vuelta a Jetavana se sentaron cerca de Buda y le contaron lo sucedido. El Buda contó esta historia:

Hace mucho tiempo, había un rey que comprendía la Ley búdica pero las personas, ministros o gente del pueblo, estaban en la ignorancia, referente a las enseñanzas parciales, tenían fe en el resplandor de cualquier estrella brillante y dudaban de la claridad del sol y de la luna. El rey, deseando que sus gentes no se quedaran entre mares y navegaran por grandes océanos, decidió mostrarles un ejemplo de su ceguera. Ordenó a sus emisarios recorrer el reino para buscar ciegos de nacimiento y traerlos al palacio.

Cuándo los ciegos fueron reunidos en la sala del palacio el rey dijo: ‘enseñadles los elefantes’. Los oficiales llevaron a los ciegos junto a los elefantes y se los mostraron guiándoles las manos. Entre los ciegos uno cogía la nalga del elefante, otro agarraba la cola, otro cogía la raíz de la cola, otro tocaba el vientre, otro, el costado, otro, la espalda, otro una oreja, otro, la cabeza, otro, un colmillo, otro, la trompa.

Los emisarios llevaron después los ciegos al rey quien les preguntó: ‘¿A qué se parece un elefante?’. Aquel que había tocado una nalga contestó: ‘Oh sabio rey, un elefante es como un tubo’. Aquel que había tocado la cola decía que el elefante era como un escoba; aquel que había agarrado la raíz de la cola que era como un bastón; aquel que había tocado el vientre, que era como una pared; aquel que había tocado la espalda que era como un mesa elevada; aquel que había tocado la oreja que era como un gran plato; aquel que había tocado la cabeza, que era como una gran extensión; aquel que había tocado un colmillo; que era como una asta; aquel que había tocado la trompa, contestó ‘Oh gran rey, un elefante es como un cuerda’.

Los ciegos empezaron entonces a discutir, cada uno afirmaba que el estaba en lo cierto y los otros no, diciendo: ‘Oh gran rey, el elefante es realmente como yo lo he descrito’.

El rey rió entonces a carcajadas y dijo: ‘todos vosotros sois como estos ciegos. Discutís inútilmente y pretendéis decir la verdad; habiendo percibido una parte, decís que el resto es falso, y por un elefante, os querelláis’.

El Buda dijo a los monjes: ‘así son estos brahmanes. Sin sabiduría, debido a su ceguera, llegan a disputarse. Y debido a su discusión quedan en la oscuridad y no hacen ningún progreso’. 

Y todo esto viene a cuento de que he pasado dos maravillosos días en Sen Monorom, en la provincia oriental de Mondulkiri, habitando una cabaña en la jungla y conviviendo con 10 increíbles seres de miradas hipnóticas y largas trompas.

Mientras contemplaba embobado a estas fascinantes criaturas recordé este cuento. Y desde la distancia de Camboya pensé en España y en Catalunya, en la situación del país, y en como los dirigentes políticos y la mayoría de la población sigue enfrascada en disputas sobre verdades absolutas, en esa atmósfera del Todo o Nada, el Blanco o Negro y el Conmigo o contra mí. Todos ellos tan seguros de saber cómo es realmente el Elefante.