Cadáver Exquisito. Pulau Togian, Indonesia

Yace en el fondo del mar, es enorme, es antiguo, es el exquisito cadáver de un avión americano de la Segunda Guerra Mundial, un Bombardero C-24. Es una ruina de los tiempos modernos, un animal de guerra convertido en una obra de arte. Los corales que brotan de sus alas y su cola parecen llamas petrificadas por el tiempo, congeladas por las aguas. Corales de color púrpura se alzan desafiantes, esculturas abstractas de delicados pliegues afilados. Otros son de color naranja. Los amarillos, en vez de brotar hacia la superficie desafían la lógica del sol y se desparraman hacía las profundidades cual intrincados racimos sin uvas. Exuberantes, de un amarillo extraño que resulta artificial bajo la luz azulada de sol filtrada tras veinte metros de aguas de un color turquesa que duele de sólo mirar.

El capricho del mar y del tiempo quieren que los últimos corales que descubra me recuerden a varias docenas de cornamentas de ciervo enmarañadas. Aquí abajo nada tiene sentido, aquí abajo se viene a soñar despierto.

Damos vueltas a su alrededor, giramos entorno al avión, en sentido contrario a las agujas del reloj. El coloso yace muerto en el fondo pero todavía queda vida en él. En el armazón de sus alas de aluminio, en sus motores desguazados de acero, en sus corales hay vida. Bancos de pececillos de colores moran en esta ciudad subterránea abarrotada en comparación con el estéril entorno inmediato. La circunvalación termina en la cabina del piloto cuyo asiento está ocupado por un espléndido pez escorpión. Recio, elegante, desafiante.

Es esa silla vacía la que me recuerda que esto no es una escultura, no es una obra de arte ni un animal abatido. Esto fue un avión de guerra que murió y que dio muerte. Y en ese asiento había un chico, un piloto, un joven que fue a encontrar su fin en las remotas Islas Togian, tan lejos de su casa y de su gente. No es sólo el asiento vacío, son las ametralladoras oxidadas de la cola y la cabina. También ellas llevaron muerte y desgarraron otros fuselajes e hicieron pedazos la carne humana de otros muchos inocentes. Ahora yacen en silencio, en el fondo del mar, cubiertas de algas apuntando a la siempre incierta inmensidad del océano.

Doy vueltas y más vueltas alrededor del este cadáver exquisito. Lo circunvalo, como si cumpliera un ritual cuya finalidad ignoro. Sé que si tuviera más aire estaría horas aquí abajo. Pero el aire del tanque se va acabando y es hora de volver a la superficie, al mundo real. Subimos lentamente, hacía la luz. Subimos lentamente dejando atrás el contorno desdibujado de la bestia. Subo lentamente emborrachado una vez más por el mundo onírico del que acabo de beber y emborrachado de irrealidad, de belleza y de pensar al mismo tiempo que todo esto viene del dolor y de la muerte. Y borracho sigo ascendiendo envuelto en bancos de burbujas que parecen medusas.

Un último vistazo y ya, como en un sueño, lo que fuera bello no es más que un recuerdo borroso en el fondo del mar y unas frases cojas que transcribo en este cuaderno de bitácora.

Anthony, no dejes de bailar. Koh Tao, Tailandia

La primera vez que le vi no me gustó. Le creí otro de esos occidentales barrigudos con cuarenta años muy mal llevados que deambulan por Tailandia “seduciendo” a jóvenes bellezas y embelesándolas con sus palabras de “amor” y sus “dineros”. Darling (cariño), Honey (miel) o Sweetheart (dulce corazón), ahora no recuerdo con cuál de ellas se despidió de la chica que le acompañaba antes de darle un repasón de los pies a la cabeza. ¿¡Y encima y para colmo llevaba gafas con cristales amarillos!? ¡Por dios, pensé, ni Bono -el cantante de los U2- las lleva ya!

Esperé cinco minutos más antes de subir a la clase para mi primera lección teórica de submarinismo y cuál fue mi sorpresa cuando le vi entrar y presentarse como el profesor. ¡Dios! ¿Este es el personaje al que le tengo que confiar mi vida cuando esté allá abajo? Intenté mantener el pie sobre el freno de mi cadena de prejuicios para no prejuzgarle demasiado, pero me estaba resultando tremendamente complicado. Estaba hecho todo un payasete. Se movía de una punta a otra, gesticulaba con las manos, con la cara, con el cuerpo. Subía el tono, lo bajaba. Todo parecía una función y lo era. Lo era porque llevaba 20 años haciendo lo mismo y la única forma de no morir en el intento era disfrutándolo. Y la única manera de disfrutarlo era interpretándolo, no de forma sesuda. Interpretándolo de forma delirante, cómica y teatral, sin dejar de transmitir el Mensaje.

Debo confesar que al cabo de un rato me empezó a caer bien, y tiene gracia que el punto de inflexión fuera su verde y delirante sentido del humor. Sencillamente no podía parar de trastear y flirtear con las alumnas del curso al tiempo que alzaba la vista a los cielos clamando amor eterno a la que durante los últimos 10 años había sido su queridísima esposa y madre de su único hijo. Me encontré siendo en el único de la clase que le reía las gracias. Y es que Anthony era muy gracioso y sepan que para estas cosas me considero todo un sommelier. Estaba ante un auténtico enfermo mental incapaz de no encontrarle el doble significado a todo llevándolo siempre hacia el lado oscuro de la fuerza. ¡Grande! En menos de una hora yo me había rendido, él me había reclutado y ya formaba parte de su equipo.

Era un payaso, pero que como buen payaso sabía lo que se hacía y decía. Era un seductor que a falta de tipo usaba el verbo para embelesar, y no sólo a las jóvenes bellezas locales. Poco a poco todos acabamos cayendo en sus redes. Sabía lo que decía y lo que se hacía y todos empezamos a dudar y cuestionarnos esa primera fachada de impresentable que parecía pasear con orgullo.

Había una historia por desvelar y se olía en ambiente y en la cadena de preguntas sin respuesta. El bueno de Anthony ya había confesado que durante los últimos 20 años había sido instructor de buceo. Se había sumergido en las aguas de medio mundo y había tenido encuentros con algunas de las criaturas más maravillosas que pueblan los océanos del planeta. Amaba su vida actual y hacía 10 años que estaba casado con una tailandesa con la que tuvieron un hijo. La amaba a ella, le amaba a él y se amaba a sí mismo y a su vida. ¿Y antes qué?

Anthony, el payaso, el polémico seductor convertido en buceador, ¡Había sido bailarín de danza clásica! Durante su vida pasada, la que empezó en su adolescencia y le duró hasta la vuelta de los 30, Anthony había viajado por todo el mundo bailando en teatros y conviviendo en compañías de jóvenes efebos y damas de porcelana. Cuerpos entregados a la danza, a sí mismos y al placer de su existencia en un extraño paraíso temporal, atrapados en un exclusivo universo endogámico donde todos eran jóvenes, fuertes y bellos. Pasaron los años, las locuras, la magia y la vida en el paraíso empezó a pasarle factura. El paso del tiempo había empezado a hacer mella en su cuerpo cuando el otoño llamó a su puerta.

Huyó como tantos huyeron y huirán. Huyó buscando aire fresco y espacios nuevos en los que aclarar sus sueños y poner en orden sus ideas. Y su osamenta “atormentada” recaló bajo las aguas del Koh Tao virgen de principios de los 90. Y sintió que algo nuevo empezaba, que una nueva vida le reclamaba. Durante dos años compaginó sus dos vidas hasta que acabó por aceptar su realidad, cerrando una puerta que le permitió abrir otra, consciente que, no pudiendo estar en dos sitios a la vez, hay momentos en la vida en los que hay que escoger.

Y pasaron 20 años y Anthony calza ya 47. Clama a los 4 vientos su amor y su devoción por la vida que vive que es la que escogió. La ama a ella, le ama él y se ama sí mismo. Le escucho y dios me libre de dudar de su sinceridad. Pero algo hay que me hace sentir que llegó un momento en su vida que tuvo que elegir y que no fue por gusto. El paso del tiempo se mostró implacable con él y tuvo que aceptar su realidad para dejar atrás una vida que nunca dejó de amar. Aceptó que debía evolucionar sí quería seguir aspirando a ser feliz y escogió.

Le escucho y dios me libre de dudar de su sinceridad, pero hay algo en la insistencia del amor por su dama que me hace dudar. Hay algo en la persistencia de sus flirteos que me hace pensar que cambió porque supo que no tenía más opción. Hay algo en las tristes miradas perdidas entre broma y broma y en sus sesudos silencios que me hace pensar que éste fue para él el mal menor. Y aún así le veo feliz y le veo como un valiente, que consciente que podía equivocarse, comprendió aquello de “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. Que la vida cambia para todos y que quedarse estancado por miedo a tener que escoger es morir en vida. Porque estar vivo es más que respirar, estar vivo también es saber entender tus tiempos y saber adaptarse a los cambios.

Anthony dejó los escenarios pero no dejó nunca de bailar. Siguió bailando bajo las aguas de medio mundo. Siguió bailando cuando haciendo el payasete nos transmitió su amor por el mar y por la vida. Y me gusta pensar que cuando los tiempos vuelvan a cambiar para él, volverá a ser valiente una vez más y seguirá bailándole a la vida aún a riesgo de equivocarse.

Luna verde. Koh Tao, Tailandia

“Pues polvo eres y en polvo te convertirás” Gn 3:19

Éstas son palabras del Génesis y puede que anden en lo cierto una vez muertos. Pero mientras estemos vivos nunca seremos polvo. Mientras sigamos vivos siempre seremos Agua.

Cómo describir el mundo perceptivo que se abre ante un humano cuando se sumerge por primera vez bajo el mar y por las artes mágicas de la técnica le es dada la oportunidad de respirar bajo las aguas. Lo primero que uno descubre es que el mundo en el que siempre vivió nunca fue realmente tridimensional. En teoría sí, pero en la práctica la fuerza de la gravedad siempre nos mantuvo pegados a la tierra y el ir hacia arriba siempre fue un ir hacia delante más trabajoso. Bajo el agua, desaparecida la tiranía de la gravedad, sólo queda flotar y desplazarse a voluntad.

Cómo describir ése instante en el que se comprende que la superficie del mar es realmente una frontera tan radical y definitiva como lo pueda ser la última capa de la atmósfera terrestre. Más allá de la superficie, espejo de feria que todo lo distorsiona, está nuestro mundo donde las cosas caen y sólo existen la izquierda y la derecha y el delante y el atrás. Tras esa frontera no son sólo las leyes físicas las que se alteran. Los océanos constituyen un mundo habitado por criaturas que ya siguen otra lógica. Es realmente otro planeta que si bien hoy en día nos parece cercano gracias a la televisión, en realidad está lejos, muy lejos.

Bajo las aguas, alimentados por la técnica y nuestro tanque de oxígeno, el ruido de nuestra respiración se vuelve atronador. Las burbujas, prueba de que seguimos vivos, se convierten en el latido, en el compás que marca nuestra existencia. Los sonidos aparecen amortiguados. Todo es más azul, oscuro y conceptos como la línea del horizonte ya carecen de sentido. El infinito mundo de los océanos se manifiesta poco a poco, la visibilidad es reducida y más allá de los diez, veinte o treinta metros que nos permita ver el estado de la mar, lo que percibiremos a todo nuestro alrededor es la nada oscura, profunda e insondable.

Son estas tinieblas y las criaturas que las habitan lo que ha atemorizado y fascinado a los humanos durante siglos. Son esas tinieblas y ese misterio y las ansias por descubrir y comprender la belleza de los océanos lo que atrae a miles de personas hacia las aguas, ése medio hostil para los humanos, para bucear, comprender y empezar a amar un mundo que siéndonos extraño es a fin de cuentas el nuestro. A fin de cuentas y mientras estemos vivos, somos y seremos agua.

Vine a la isla de Koh Tao guiado por una fe ciega en las Crónicas de una Cámara: descubrir el sureste asiático era una misión que requeriría adquirir habilidades especiales entre las que el submarinismo era una de las esenciales. Koh Tao: una pequeña isla a un tiro de piedra de Bangkok en la que en 4 días puedes aprender a bucear, conocer a gente espléndida y saborear exquisitos atardeceres a la orilla del mar y noches fiesta de baja intensidad. Una maquinaria perfectamente engrasada para disfrutar y aprender.

En mi primer asalto me acompañaron mis padres, Conchi & Txelo, y durante mi curso de Open Water los dioses me regalaron la compañía de Tiina, Marcus, Christina & Rahel, el Clan Koh Tao. Y no sólo eso, porque el bueno de Anthony fue nuestro instructor y lo pasamos en grande bajo las aguas, en el barco y en el playa frente a las hogueras en las cálidas noches del golfo de Tailandia.

Volví a Bangkok a pasar los últimos días con la familia, y el mismo día en que mis padres volvían a España se manifestó entre las brumas mañaneras del infame Khao San Road Dora la Exploradora –mi amiga Cristina de toda la vida-. Al cabo de unas horas, tras despedirme de mis papás ya estábamos montados de nuevo en el bus nocturno que nos llevaría al muelle, y de allí a la isla.

Atrás queda todo, atrás queda el mundo de los sueños que palpita en la impenetrable oscuridad de la noche bajo el manto de las aguas. Estoy en la cubierta del barco y la noche de Koh Tao me parece clara y cristalina, todo es intenso y bien perfilado. Las luces de la orilla, la silueta de las colinas, las estrellas de este cielo y una luna bastante llena. Estoy solo, saboreando estos momentos posteriores a mi primera inmersión nocturna. Y es que acabo de soñar de despierto y deambular en vida en la nada oscura que es éste inmenso desierto negro, el océano tras ponerse el sol.

Salté a las aguas oscuras y los músculos más inverosímiles me empezaron a atormentar. Calambres por todas partes, en las piernas, en ambas, en los gemelos y en los muslos, por delante y por detrás. Por unos instantes el dolor me invade por completo y tengo la certeza que no podré hacerlo, y parecen ser los nervios y las excitación los que me juegan malas pasadas. Tomo aire y en el agua estiro y me trago mi dolor. Las ganas me pueden y esta noche, sí o sí, viajaré despierto al mundo de los sueños.

Para mí no es tanto lo que vi durante aquella inmersión. Para mí fue la sensación y la certeza que el mundo es más denso y más complejo de lo que siempre dimos por supuesto. Que realmente hay diferentes planos y diferentes dimensiones en esta misma realidad. La simple oscuridad y el vacío inmenso e impenetrable que es el mar te transporta a un estado de suspenso que te hace dudar de tus sentidos. Y en este mundo de nada los jardines de coral y las criaturas marinas te hacen sentir como un cosmonauta en el espacio exterior. El haz de luz de nuestras linternas es el machete que corta la materia densa y gelatinosa y con estos nuestros cuchillos nos vamos abriendo paso a través de la espesura de esta nada.

Apago mi luz por unos instantes para mirar hacia abajo. Nada Negro Nada Vacío. Apago mi luz por unos instantes para mirar hacia arriba y una luna verde y temblorosa se alza victoriosa tras la superficie como la única referencia en este mundo. Éste es el gran momento, el que recordaré para siempre en la brumas de mi memoria, el paisaje más elemental que nunca mi imaginación ni mis sueños más locos alcanzaron a alumbrar. Tan abstracto, tan onírico y aún sí tan hijo legítimo de la más pura realidad tamizada por el vaivén de las olas del mar. Una luna verde desdibujada que danza sobre un fondo negro, húmedo y frío.