Espejismos. Kolkata, India

Naranjas. Miles de naranjas. Centenares de miles de naranjas. ¡Qué despropósito! Ni un melón, ni una papaya y ni un solo mango. Tan sólo todos los millones de naranjas que parecen haber podido reunir en un insensato ejercicio de exhibicionismo.

En mi quinto día en la ciudad creía haberle tomado ya el pulso, haber comprendido que aquí, por cada metro cuadrado, sencillamente ocurren 20 cosas más al mismo tiempo que en una ciudad, pongamos, como Barcelona. Así que para pasar una tarde tranquila ideé un plan sencillo: Tomar el metro hasta MG Road y girar la primera calle a la derecha en dirección al río. Tras andar escaso kilómetro y medio me encontraría con el gran Puente Howrah y con el Mercado de Flores del Mullik Ghat al atardecer. Sobre el insulso mapa de la guía no se podía anticipar ningún inconveniente a tan asumible hoja de ruta. Pero ay de los imprudentes que caminen por la India sin esperar lo más inesperado a cada vuelta de la esquina.

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No ando más de cien metros antes de advertir que la supuesta avenida gris del mapa que debería llevarme directo al río está cortada. Cortada por camiones tuneados al más puro estilo hindi de los que penden tendales de lona azul. Y el suelo todo cubierto de paja. Y entre el suelo de paja y el techo azul de los tendales millones de naranjas amontonadas. Centeneras de hombres vendiendo naranjas. Y otros centenares carreteando sobre la cabeza cestas enormes que cargan, evidentemente, más naranjas. La sensación de irrealidad se impone y mientras avanzo con la boca abierta todo el mundo me saluda y me pide la foto para el compañero –nunca para ellos mismos, son tímidos estos indios-. Y yo pregunto ¿Porqué naranjas? ¿Porqué no otras frutas? ¿Y porqué compran éstas y no las otras? Porque a mí, al fin y al cabo, ¡Todas me parecen iguales! Y ellos se ríen y me piden otra foto meneando la cabeza como sólo ellos saben hacerlo. Y yo no me detengo, sigo adelante, porque a fin de cuentas esto era sólo una triste línea gris en el mapa y a mí me está esperando el río Hooghly al atardecer.

¿Les suena aquello de salir del fuego para caer en las brasas? Pues aquí fue justo al revés: Salí de las brasas para saltar -con los dos pies- directo a las llamas. Al desbarajuste del Mercado de las Naranjas le siguió el desbarajuste del Mercado de las Alhajas, el del Mercado de las Especies, el de los Herreros, el de las Ropas, y una secuencia interminables de bazares dispuestos en calles de apenas pocos metros de ancho colapsadas hasta los topes –y un poco más-. Un magma espeso y burbujeante de seres humanos que parecen salir de todas partes y al que se le suman los ricksaws, las motos, los carros cargados hasta la bandera, y por si fuera poco algún coche iluminado que se ve con la ¿Valentía? ¿Osadía? ¿Falta total de sentido común? de pretender circular por la calle con semejante algarabía.

Doy vueltas sobre mí mismo –literalmente- con la cámara en mano, arrastrado por remolinos de gente vociferando en plena ebullición. Totalmente desbordado por este bombardeo inmisericorde de estímulos a cada cual más sugerente, más estimulante. Deliro por unos instantes y fantaseo con que esto no es real: tiene que ser un montaje. No puede ser que todo el mundo esté aquí, lo mismo que no puede ser que hubiera tantas naranjas todas juntas tan solo unas calles más atrás. El resto de la ciudad debe estar ahora mismo vacío y en las despensas de media Kolkata tampoco quedan naranjas. Pero no es así, ésta es su realidad en estado puro: intensa, desbordante, caleidoscópica y abrumadoramente apabullante. Un día cualquiera, así, sin más.

Kolkata_109_Franc-Pallarès-LópezSe acaba Cotton Street, llego a un cruce y no hay más calle por donde seguir ¿Me he perdido? Pregunto por el Mullik Ghat y veinte manos me señalan al frente, a la no-calle. Ante mi mirada incrédula -y mi insistencia- a las veinte primeras manos se le suman otras veinte manos más que me insisten meando al unísono la cabeza como sólo los indios saben hacerlo. Se retiran los carros, los camiones y la riada de gente y por un instante se asoma una minúscula puerta al otro lado: el camino. Debo cruzar aquel umbral para adentrarme en las entrañas de ladrillo de la mole de azul pálido. ¡Y en las entrañas de la ciudad encuentro otro bazar! Más estrecho si cabe, más denso, más irreal. Un bazar lleno hasta los topes pero sin el consuelo del cielo abierto. Serpenteo por el hormiguero intentando mantener el rumbo hasta que finalmente llego a la desembocadura. Un delta, tan fértil de vida y frenética actividad que hace las delicias de mi atormentada alma. Las calles, los viaductos, los camiones de carga y descarga que alimentan y se alimentan de los bazares. Tranvías rellenos de gente en plena hora punta. Porteadores paseándose con sus descomunales mercancías sobre la cabeza y al fondo, omnipotente, el gran Puente Howrah: poesía de los ingleses hecha de pura lógica y metal.

Ya está cerca, ya está aquí el río. Cruzar unas cuantas calles más, jugarse la vida un par de veces anticipando las trayectorias de media docena de vehículos dispares que parecen coincidir precisamente donde a uno le da por pararse a tomar aliento, y ya estamos listos: Mercado de Flores, de color y un ambiente inevitablemente descafeinado después del desbarajuste del que vengo.

Terriblemente agotado –es más mental que físico pero me pesa en el cuerpo lo mismo- no me queda otra opción que emprender el camino de vuelta, esta vez por la avenida principal, Mahatma Gandhi Road. No menos caótica, con aceras porticadas tan desbordadas que de hecho, andar por en medio la calle se me presenta como la opción más razonable –en última instancia, así lo hacen ellos-. La ciudad palpitando de forma espasmódica pero acompasada; un par de paradas más para tomar algunas fotos a unos encantadores señores que regentan una sastrería del tiempo de los ingleses, o de otros chicos que venden pantalones tejanos. Fachadas de edificios coloniales sobre las que incomprensiblemente siguen naciendo árboles; todas ellas cubiertas por una capa de tiempo y mugre. Algunas de ladrillo, muchas de hormigón mohoso que resiste mal a los monzones, y de vez en cuando alguna joya de marquetería venida a menos: balcones con aires mogoles que le dan sabor de oriente de las mil y una noches.

Kolkata, una ciudad tan exasperante como emocionante. Una ciudad que al rato te noquea con sus histerias y miserias, y al rato deja con el paso cambiado sorprendiéndote un domingo por la mañana con avenidas desiertas de hombres, que no de pollos…

Kolkata_066_Franc-Pallarès-LópezPollos. Miles de Pollos. Centenares de miles de Pollos. Todos los millones de pollos que parecen haber podido reunir en otro insensato ejercicio de exhibicionismo. Subiendo por Mirza Ghalib Street hasta Market Street los domingos por la mañana sólo encontrarás cestas y más cestas de pollos. Algún que otro humano también -claro-, vendiendo o carreteando manojos de pollos atados a lado y lado de su bicicleta. Y dentro del mercado más pollos si cabe. Y también enormes pescados –el mar no anda tan lejos-. Y también alguna que otra cabeza de ¿!Vaca!? -habría que ser hindú para comprender las connotaciones religiosas y humanas que tiene jugar con la cabeza de una vaca en Kolkata-. Y a pesar de todo este hombre juguetea con la vaca sagrada y exige su foto.

Perderse por los diferentes mercados es un macabro salto a una dimensión paralela tan repulsiva que te atrapa. Aunque pueda que la exquisita amabilidad de la gente ayude algo –estos rincones quedan lejos del trajín turístico y todos aquí son encantadores- y puede que ayude también la atmósfera de inframundo que se experimenta dentro de estos edificios neoclásicos, con sus órdenes y ritmos, impregnados de una densidad que se masca y remojados en una luz cenital etérea que a ratos tiene algo de místico. Lo repulsivo, con lo amable, con lo etéreo. Un cóctel de buenas sensaciones que me catapulta hasta la zona administrativa alrededor de Lal Dighi y a los márgenes del río. Otro mundo, neoclásico también, pero vacío, yermo. Todavía es demasiado pronto y Kolkata, la ciudad impracticable, se hace la remolona bajo las sábanas de domingo para seguirme deleitando con sus avenidas vacías.

Avanza la mañana, sigue subiendo el sol imparable y me acerco para echar un vistazo a ese río que dio sentido a la fundación de la ciudad, allá en la zona de los embarcaderos donde hay poco que ver más allá de la gente bañándose en las aguas color chocolate del Hooghly -a falta de agua, limpiarse en aguas sucias es mejor que no limpiarse-. De aquí al norte, serpenteando entre calles coloniales decadentes salpicadas de chabolas –tristes plásticos contra un muro- y talleres en plena vereda. Busco la Iglesia Armenia, vestigios de una Kolkata multicultural que una vez existió, y me sorprendo al encontrar el pequeño edificio impoluto sepultado por la ciudad nueva que se ve tan y tan vieja. Irrumpo discretamente por el lateral en pleno sermón del domingo, lleno hasta los topes de fieles de tez clarita. Un edificio mágico, tan blanco en una ciudad tan gastada; con el piso alfombrado en una ciudad de asfaltos desmigajados; alumbrado por decenas de lamparitas que caen del cielo. Cantan, ofician misa media docena de sacerdotes siguiendo el ancestral rito armenio y me maravillo al contemplar por este ventanuco otro pedazo de pasado atrapado en el tiempo.

De Armenia a China en sólo tres manzanas, en una China Town que brilla por la ausencia de ojos rasgados y hanzis –caracteres chinos- y en el que abundan las barbas largas y los trazos estilizados del Corán. Alguna mujer sepultada bajo un niqab negro destaca sobre una mayoría aplastante de hombres en plena zona musulmana –curiosamente en la Kolkata hindú también cuesta ver mujeres por la calle-. Retratos de la Meca presidiendo todas las tiendas y restaurantes, y en el momento de la oración, un estallido atronador de almuecines compitiendo fieramente por la clientela no hacen más que alejar los pocos vestigios que pudieran quedar de esta supuesta colonia China. El barrio es de lo más intenso y sugerente, pero se me acabó el tiempo: el implacable sol del trópico ha alcanzado su cenit dejando las calles sin sombra bajo la que refugiarse.

Huyo al sur de la ciudad, de vuelta a mi glamurosamente decadente habitación roja. Huyo a por mi ducha de agua fría y mi siesta en cueros bajo las aspas del ventilador que baten sin parar a la espera de que llegue la tarde, y con ella el cielo se vuelva negro y descargue la nueva tormenta proveniente de las aguas del Golfo de Bengala. Las aguas de las que bebe el Maidan, el gran parque de Kolkata, un jardín asilvestrado, un gran manto verde salpicado por grandes árboles que cumple la precisa función de devolver algo de esperanza a una ciudad que se ahoga sobre si misma. El lugar para pasear a caballo oliendo a hierba fresca tras el chaparrón; prados donde revolcarse y celebrar las victorias de cricket; algunos arbustos tras los que esconderse en compañía de las discretas mujeres que ofrecen sus servicios al mejor postor.

Kolkata_094_Franc-Pallarès-LópezTodos llegan al Maidan en busca de un respiro, huyendo de la obstinada la ciudad arisca, porque soñar sale barato y en el Maidan es más fácil: a lo lejos, sobre un mar alborotado de copas verdes, tintinean contra el cielo azul cúpulas de mármol blanco. Un espejismo que aún siendo físicamente real es, por su concepción y su entorno, reflejo de una pantomima de vanidades vagas. Un monumento a una emperatriz muerta, que siempre estuvo vacío y que llegó tarde a una ciudad pobre faltada de casi todo. El Victoria Memorial es el espejismo que completa Kolkata, la paradoja última que da sentido a ese todo. Al igual que el espejismo del oasis es precisamente la ilusión que manifiesta la realidad última de la crudeza del desierto, así el Monumento a la reina Victoria es, en su absurdidad, la culminación que pone en evidencia la brutalidad y la precariedad de Kolkata. Una ciudad exhausta que es al mismo tiempo esperanza y desazón para los millares que día tras día siguen llegando del campo en busca de ese futuro mejor que sencillamente no existe. Esperanza y desazón también para los que ya nacieron atrapados en esta maraña de la que posiblemente nunca lograrán escapar.

Intentando hacerle comprender a una buena amiga de Barcelona mi paso por Kolkata, le contaba algo tal que así:

“Imagínate que te colocaran en el centro de una habitación cuyas paredes, techo y suelo, estuvieran todas forradas de pantallas. Imagina que todas estas pantallas encendidas al mismo tiempo proyectaran a todo volumen cada una algo distinto, e imagínate por un instante que para colmo todas y cada una de esas pantallas emitieran algo que a ti te pareciera irresistiblemente interesante: dulce, brutal, bello, angustiante, putrefacto, alegre, decadente, elegante, tierno,… ¿¡Te lo imaginas!?”

Pues así es como me sentí en Kolkata cada vez que salí a la calle durante los 10 días que pasé en esta ciudad, que a pesar de sus muchos pesares, fue mi bautizo en la India y uno de mis grandes amores en este viaje.

La Ciudad Frígida. Singapur

Espectacular, recauchutada, tensa, de piel lisa, limpia, sin mácula, impoluta. Con todo en su sitio, con sus medidas perfectas. Mujer de relucientes escamas de cristal y muslos de acero. La ciudades tienen nombre de mujer y Singapur es una joven dama de oriente que nació de padres occidentales –en 1819 por el británico Stamford Raffles y la Compañía Británica de las Indias Orientales- pero que alcanzó su mayoría de edad en 1965 cuando fue expulsada de la Federación Malaya por desavenencias raciales.

Tras este doloroso portazo en las narices -la malaya Malasia exigía a la china Singapur que renunciara a derechos básicos en favor de la minoría malaya- y tras un fulgurante resurgir económico la nueva dama quiso ser tan o más divina que Nueva York, y no contenta con ello le quiso pisar los talones a la híbrida de las híbridas: Hong Kong. Pero hay algo en esta mujer espectacular que lejos de atraer te deja indiferente, hay un algo en ese “todo tan demasiado bien puesto” que cuando te dispones a tomarla entre tus brazos para zambullirte en sus misterios te echa para atrás. A pesar de las curvas de sus edificios futuristas y de los labios carnosos de su infinidad de parques, a pesar de ese rostro perfecto de acero y cristal, a pesar de todo ello la tomas y su cuerpo no responde. Un bloque de hielo, rígido y sin vida, sin deseo. El amor y la fascinación por las ciudades se rigen también por las leyes de la erótica y de la atracción, y Singapur -a pesar de todas sus bondades objetivas- es una ciudad frígida.

Me paseo por su Little India y todo está en un sitio, ligeramente indio pero perfectamente empaquetado y encapsulado. Me paseo por su Chinatown y todo sigue en su sitio, ligeramente chino pero perfectamente empaquetado y encapsulado. Aterrizo en su flamante aeropuerto que brilla en cada rincón y que luce unos suelos impolutos en los que se podría comer –mucho más higiénicos que la mayoría de vajillas en las que vengo comiendo-. El impacto viene acrecentado porque tres noches atrás dormía en la jungla en Batutumonga, pero el impacto se mantendrá fresco incluso a mi llegada al flamante aeropuerto de Bangkok que comparado con éste sabe a vecino humilde de recursos limitados. En Singapur hay mucho dinero y se gasta copiosamente en un afán por hacer que cada rincón de esta ciudad esté libre de mácula.

Y la prueba de fuego no está en el centro financiero, ni en las turísticas Chinatown o Little India, o en la nueva flamante Marina Bay. La prueba de fuego está en las barriadas, en los barrios periféricos que separan el centro del aeropuerto. En esas tierras donde nunca hay nada que ver y en las que viven las clases obreras. Son estos barrios los que en cualquier gran ciudad del planeta te dan una medida más exacta de la situación social de un país más allá de las imágenes de postal. Así pues ¿Cómo son sus barrios obreros? Bloques enormes de hormigón sin gracia alguna, todos impolutos, como recién pintados y rodeados de parques y vegetación. Decentes e intachables, humildes y sencillos pero espléndidos. Nada dejado al azar, nada de lo que avergonzarse ante las visitas. Una fachada impecable e implacable.

Impecable e implacable… Ésta podría ser una buena definición de cómo se ha llegado hasta aquí. Antes de que yo llegara me lo pensé bien un par de veces: porque es ciudad cara y yo pobre, y porque ya me habían contado… Al final opté por hacer lo de siempre: comprobarlo por mí mismo.

Joaquín y Ana me hablaron de ella en Ubud como la encarnación del mal. Un lugar sin alma, opulento hasta el insulto construido con los dineros más negros del planeta –Singapur es un paraíso fiscal, y como tal es destino de fortunas turbias hechas a expensas del sufrimiento de otros-. Un lugar que como todo lugar esplendoroso –sirva cualquier gran gloria occidental o nuevas urbes asiáticas o pérsicas- funciona gracias a una clase social esclava que trabaja mucho por muy poco. Un lugar que se pasa muchos de los derechos humanos por el arco del triunfo y cuyos índices de libertad de expresión y democracia están muy por dejado de naciones diabólicas como la China comunista. Y aún así, Singapur está muy lejos de cualquier eje del mal o de cualquier condena occidental. Lo dicho, Ana y Joaquín la veían como la encarnación del mal, donde el dinero es el valor supremo y lo demás -las personas, lo importante- es prescindible.

Me hablan de ella Ido y Roten que han estado unos días en casa de unos familiares que viven aquí desde hace unos años. Me comentan que el índice de suicidios de jóvenes en Singapur es de los más altos del mundo –a pesar de los altísimos estándares de vida, nadie aquí se mata por falta de comida en el plato-. La presión en la existencia de todo ciudadano de esta ciudad-estado por triunfar es tan grande, la competitividad a estas tempranas edades tan salvaje, que muchos no pueden con la presión. Me recuerda a las historias que me contaba Randal en Barcelona sobre su natal Hong Kong, donde los jóvenes dejaron de tener amigos –friendships– para centrarse en tener contactos –networking-.

Argumenta Astrid –gala y profesora de francés aquí durante un año- que el modelo penitenciario en Singapur es un éxito. Fruto de un sistema legal de los más restrictivos y brutales que incluye la pena de muerte y hasta la prohibición de los chicles, o si lo prefieres latigazos por vandalismo callejero -con rayar y pintar un coche basta-. Todo un sin fin de leyes que regulan la vida diaria de la ciudad. Argumenta que los índices de criminalidad en esta ciudad son de los más bajos del mundo entero, y no puedo no contestarle que suele pasar también en el mundo entero que en lugares tan ricos y con tantos medios económicos la gente suele tener alternativas más viables a la delincuencia y la cárcel. No tienen tanta suerte los que nacieron pobres en las barriadas de la vecina Jakarta, en ambientes hostiles que les empujan inevitablemente a verse en situaciones donde la delincuencia es la menos mala de la opciones.

Y me lo cuenta mi amigo Hans –una de las razones por las que al final decidí hacer escala en Singapur en mi camino a Bangkok-. Con Hans hacía 8 años que no nos veíamos –desde que partí de Helsinki– y parece mentira qué poco pueden llegar a cambiar las cosas en tanto tiempo. Hans, un tipo finlandés medio sueco y medio koreano que en este intervalo de tiempo ha vivido en Nueva York, Nairobi y en Tokio. Un ciudadano del mundo, culto e interesante, y despierto, sorprendentemente despierto. Descubro tras sus lentes Le Corbusierianas unos ojos rasgados que te observan desde muy adentro. Descubro mientras acompaña sus precisas y meditadas explicaciones con sus manos de pianista que las mueve exactamente igual que Félix, otro apátrida de los tiempos fineses, cuya mirada -también muy precisa- venía desde muy adentro.

Hans ha vivido durante casi dos años en Singapur trabajando como mercenario de la arquitectura -quién no lo es- y ya está listo para marchar. ¿La razón? No es ni el sueldo –es bueno-, ni el piso –es bonito y bien ubicado-, ni el clima –donde antes viviera fuera tan o más extremo que aquí-. Hans se quiere ir porque la vida en Singapur es reguladamente estéril y asfixiante, culturalmente luce un espléndido encefalograma plano a golpe de talonario, y más allá del ambiente afterwork de clubs sofisticados se cuece muy poco en esta ciudad muy cosmopolita pero vital e intelectualmente poco estimulante. Hans -un devoto de su amada Tokio– me confirma con sus otras palabras y con su experiencia directa lo que yo ya venía sintiendo mientras intentaba enrollarme con la despampanante Singapur por sus callejones y por sus caras más punkies hypermaquilladas. Singapur estará todo lo buena que tú quieras, pero es frígida, todo fachada: de tan impecable te resbala.

Y todo esto Hans me lo va contando a ratos. Un rato en el court food del barrio junto a su casa –la comida en toda la ciudad es excelente, variada y barata-. Y me lo cuenta en otro rato mientras nos hacemos los divos en el bar del Marriott Hotel, él con una copa de vino blanco y yo con mi gin&tonic de hendricks y su rodaja de pepino. Y me lo sigue contando mientras pacientemente espera a que tome las fotos de la espectacular Singapur en su momento de máximo esplendor: la Noche, cuando todos los gatos son pardos. Pero la Singapur nocturna es de todo menos parda: divina, brillante, vibrante y multicolor. La mujer perfecta de día lo es más noche cuando viste su traje de luces y lentejuelas tras su máscara de maquillaje ¿Una máscara que enfatiza o que oculta?

“Ocurre con las ciudades como con los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un miedo. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra.” Italo Calvino, en Las Ciudades Invisibles.

No lo oculto: ¡Me fascinan las ciudades! Me fascinan porque las veo como lo que son: el objeto más gigantesco y más complejo fruto de los seres humanos. La expresión última -consciente o inconsciente- de unas aspiraciones, de unos deseos. De unos deseos, o de sus reversos, de unos miedos. Las ciudades pueden ser como las personas -y tiene su lógica porque son hijas las unas de las otras-. Y porque las ciudades son como las personas no puedo dejar de preguntarme porqué Singapur es frígida ¿Porqué cuando eras una cría te rechazaron y aún a pesar de eso -y de muchos sacrificios- ahora brillas como una gran dama? ¿O porque buscando obsesivamente tu pureza y tu perfección, acabaste por olvidar tu impureza y tu imperfección, condiciones sin las cuales resulta casi imposible enamorarse de las ciudades o de las personas?

Las Dos Torres. Kuala Lumpur, Malasia

Las dos Torres Petronas despuntan en cielo de Kuala Lumpur, dos agujas plateadas de cantos afilados brillando en la negrura de la noche. Las Torres Petronas fueron el hito que puso a Malasia -en general- y a Kuala Lumpur -en particular- en mapa mundial de las ciudades más avanzadas, la hija ejemplar de una de las economías más dinámicas del planeta. Fue el mito de las dos Torres Petronas el que alimentaba mis expectativas mientras me dirigía por primera vez hacia una ciudad a la que volví hasta 4 veces más y que en mi imaginario había crecido por encima de su tamaño en la realidad.

Fue esa ilusión, cocinada a fuego lento en mi cabeza durante tantos años, la que me hizo ver en aquella madrugada de miércoles una ciudad venida del mundo de los sueños. Una megalópolis asiática idílica en la que elegantes torres de apartamentos de acero y cristal se alzaban orgullosas iluminadas en la noche sobre pedazos de jungla parcheada por cinturones de autopistas de corte occidental. Un mundo perfecto de ficción desfilando ante mi mirada atónita y mi mandíbula desencajada mientras Cristina seguía durmiendo en el sillón de al lado. De noche todos los gatos son pardos y una fotografía es, por definición, una ilusión. Y fue así que a la mañana siguiente y durante los días posteriores fui descartando la errónea idea preconcebida que cargaba a cuestas para zambullirme en la ciudad real que me hechizó con su naturalidad y fresca variedad. Una ciudad que también contaba con sus muestrario de callejones truculentos y barrios periféricos dignos, pero sin alma ni gracia alguna.

A la cuarta Kuala Lumpur que visité la encontré todavía de noche y totalmente vacía. Serían las 5 de la madrugada cuando desembarcaba por sorpresa, procedente de las Islas Perhentian, en una terminal que desconocía. Despertaba al alba del día anterior en un paraíso pero con el corazón encogido por una morriña intensa que se explicaba, en gran parte, porque ese día se casaban mis amigos Marta y Víctor. Había pasado toda la jornada viajando y esperando como ocho horas para volver a viajar de noche. Todo el mundo iba a estar allá, todos juntos y todos guapos y todos alegres y felices. Y sin saberlo yo lo sabía. Sabía que los echaba de menos.

Hice tiempo en la soledad de un restaurante abierto hasta el amanecer, esperando que abrieran el monoraíl. Esperando a que amaneciera para que esta ciudad me pareciera menos dura, aunque la verdad era que ya me sentía como en casa. Cuando a las ocho de la mañana llegué al hostal lo primero que hice fue conectarme para ver si algún despistado se había dejado el skype abierto. Y sí, allí estaban todos, todos bien entonados y alegres y felices porque un par de los nuestros se habían casado aquella tarde. Amanecía en mi pequeña Kuala Lumpur y yo, ya con el corazón contento, saluda en vivo a mis amigos en las madrugadas del Maresme.

Kuala Lumpur ya me la siento como muy mía. Muy mía no tanto porque la visitara tantas veces. Me la siento tan mía porque Kuala Lumpur es en realidad una ciudad pequeña y abarcable. Un trocito de mundo muy bien conectado por una gran variedad de transporte público de última generación. Una ciudad que te podrá ofrecer alojamiento algo caro pero que a cambio te regala comida variada por todas partes y a buen precio. Variada y abarcable: su Chinatown, su Little India y sus zonas de grandes megamalls –grandes centros comericales- están en realidad a un tiro de piedra los unos de los otros. Las elegantes Torres Petronas por otra parte tampoco están tan lejos y siempre puedes dejarte caer dándote un paseo. Es una ciudad que mezcla bien su pasado colonial británico con sus callejones mugrientos y sus boutiques de diseño vanguardista donde todo lo que se vende tiene precios prohibitivos.

Es una ciudad nueva cuyo nombre significa en realidad “confluencia del río fangoso”. Una ciudad que tiene su fundación en unas minas de estaño explotadas por emigrantes chinos -1850- y que empezó a crecer a golpe de ladrillo bajo mano inglesa alrededor de 1890. Una ciudad que es tan nueva que avistándola desde la Torre KL nos damos cuenta con Cristina que su perfil no nos impresiona, y dándole vueltas descubrimos que es porque muchos edificios están a oscuras al caer la noche, para extrañamente constatar al día siguiente paseando por el centro que muchos de ellos siguen vacíos aún teniendo ya varios años.

Tengo una extraña sensación caminando por una ciudad de megamalls muchos de los cuales ya pasaron sus mejores años y vegetan en la más triste de las decadencias, mientras a tres cuadras más allá se renueva la apuesta de querer seguir siendo eternamente la más joven y la más guapa del baile. Solamente eso y nada más. Ese tipo de apuestas vitales que envejecen mal y que aquí se hace tristemente plausible.

Es una ciudad que luce orgullosamente su independencia reconquistada, al tiempo que jóvenes acampan en la Merdeka Square pidiendo un sistema político hecho por y para cuatro. Una Kuala Lumpur que se jacta de estar en vanguardia y que lo está por reflejar también los problemas del mundo entero: Una multiculturalidad intrínseca a si misma que parece no estar del todo resuelta. Una minoría china que lleva centenares de años viviendo allí y que siendo emprendedora por naturaleza disfruta de menos derechos que los “técnicamente” malayos. Otra minoría antigua -pero renovada recientemente- que viene de India, Sri Lanka, Bangladesh, Pakistán o de la vecina Indonesia. La casta inferior obrera que levantó las dos Torres y todo lo demás. La que fue bienvenida cuando nadie quería trabajar tan duro por tan poco y que ahora es etiquetada como un “problema” aún debiéndosele gran parte de las glorias tan insignes de las que presume Malasia.

Una gloria que, una vez más, es reflejo del dinero que es poder, y del poder que es dinero. Un poder económico que quiere manar de la vanguardia, pero que reside, guste o no, en el estaño, el aceite de palma –que ha arrasado centenares de miles de hectáreas de selva virgen- y del todo poderoso petróleo. Las Dos Torres se llaman Petronas, y Petronas vende petróleo. Es el oro negro el que una vez más pagó vanidades y sueños locos que aún siendo prescindibles no dejan de maravillarnos.

Kuala Lumpur, por no hablar de Malasia, es un pequeño rompecabezas con sus escasos 28 millones de habitantes. La ciudad y el país son reflejo de muchos mundos y muchos tiempos condensados en un mismo instante y en un mismo lugar. Y aún así, tras mi 5ª visita, me la siento muy mía. Como un pueblo grande, como un joven portento adolescente que en la virulencia de la afirmación de su contrariada identidad despierta una empatía que mana del saberse que todos hemos estado o estamos atrapados en los mismos retos y las mismas incertidumbres.

Y todos tan distintos. Georgetown, Malasia

A la pregunta de por qué me hice arquitecto le he ido cambiando la respuesta con los años. Si hoy me lo preguntan diré que me hice arquitecto porque creo fervientemente que en lugar bonito es más fácil ser feliz. Tan sencillo como esto.

Llegué a la isla de Penang en uno de esos increíbles autobuses malayos a través de una de esas increíbles autopistas malayas. Después de 6 meses porque carreteras infames en transportes al borde del desguace, viajar por Malasia se está convirtiendo en algo sumamente placentero, todo un lujo teniendo en cuenta mis elementales estándares de confort. Llegué a la isla de Penang un poco a la expectativa de lo que me encontraría tras la desilusión de Malacca y creo que esta vez tuve la suerte de ir a parar a uno de eso lugares bonitos y confortables que tanto han escaseado en mi ruta. No es que no los haya, es que no me los puedo pagar porque se me salen del presupuesto. Pero la Old Penang Guesthose cumplía todos los requisitos y ya en el preciso instante en el que crucé el umbral entendí que aquí iba a estar muy a gusto. Dejar los trastos en el dormitorio, darme una ducha y listos para salir a la calle cámara nueva en mano para descubrir una ciudad que me sedujo des del primer minuto.

Georgetown, aunque los malayos se empecinen en referirse a ella como Penang, es fruto de esa globalización que empezó mucho antes del internet. Fue la globalización que acompañaba al colonialismo más feroz y esa fue la razón por la que en 1786 desembarcó en esta isla escasamente poblada uno de esos buscavidas de las Indias Orientales. El inglés Francis Light estableció un nuevo puerto, construyó la fortaleza de rigor y empezó el florecimiento de esta ciudad que vendría a ser punto de encuentro de muchas razas del mundo entero. Los malayos por supuesto, aún no pareciendo la mayoría. Los chinos, que sin ser mayoría parecen abarcarlo todo. Y luego los indios, los bengalíes, inmigrantes de Sri Lanka, Bangladesh, Myanmar, Japón, y por supuesto, Ingleses. Y más, muchos más para esta ciudad que supo cómo mezclar y que todavía conserva todos esos aires al mismo tiempo.

La excelente arquitectura colonial inglesa, neoclásica y victoriana, contrasta con la omnipresente trama urbana colmada de arquitectura china de las colonias. Casas y más casitas adosadas las unas a las otras, construidas con los mismos motivos pero dispuestos con tal infinita variedad que a cada rato me sorprendo fotografiando otra puerta más, con sus ventanucos y la serigrafías particulares con el nombre de la familia trazados en estilosos caracteres chinos.

Luego te descuidas y te encuentras en medio de una pequeña Little India con su música a todo volumen dando ambiente a las calle y rodeado de tiendas de saris de brillantes colores y mucha lentejuela, y dorado, que no falte el dorado que eso siempre luce. Un pequeño templo de colores pastel que parece hecho de caramelo en el estilo del sur de la India y uno ya se vuelve a ver catapultado hacía la trama urbana de casitas bajas que está moteada a cada rato por sus templos de tejados estilizados y sus casas comunales: una especie de club social y lugar de culto a los ancestros.

Y al final de cada escapada siempre dispuesto a volver a mi hogar, a mi lugar bonito en el que refugiarme. Georgetown puede que no tenga para tanto, pero yo le dediqué hasta seis días y no me sobró ninguno. Al compás del desayuno con tostadas y mermelada, y marcado por el ritmo del chaparrón del medio día que tornaba los cielos del color del plomo y descargaba tal cantidad de agua que parecía dar la jornada por finalizada. Pero siempre volvía a salir el sol y era la excusa perfecta para visitar la exquisita catedral protestante y la espacialmente sorprendente catedral católica. Y luego estaba la mezquita malaya y el templo chino envuelto en una nube de incienso y colmado mugre en los rincones.

Pero toda esta bella historia de multiculturalidad y mundos encontrados no fue siempre pacífica. Cada nacionalidad tenía y vivía en zona, mezclados pero no revueltos. En el transcurso de los siglos también hubieron momentos de tensiones, de matanzas y de toda la tropelía de salvajadas a las que recurren los humanos cuando ponen más acento en lo poco que les separa que en lo mucho que los une. Los años oscuros ya pasaron y las tres culturas parecen convivir en serena armonía, cada uno a lo suyo sin darse pisotones ni robarse las novias.

Tras ya varios días en la ciudad, y dando por finiquitado lo que tenía que ofrecerme todavía me sorprendió con algunos pequeños regalos caídos de cielo. Un domingo por la mañana, un paseo por el antiguo distrito financiero acabó con una muy sugerente puesta en escena de las supuestamente recatadas mujeres malayas. Una masiva clase de aeróbic en plena calle, de mujeres de todas las edades, la mayoría cubiertas con su velo musulmán. Recatadas sí, pero cuando la música empezó a sonar sus cuerpos empezaron a moverse con las posturas más sensuales que he visto en pocas discotecas en occidente. Aún con las calenturas frescas de la clase de aeróbic, decidí seguir andando hasta los muelles para encontrarme por casualidad con los jettys. Y un jetty viene a ser algo así como un pueblito de madera que cuelga de una calle, pero que en vez de estar en tierra, se levanta sobre el mar. Que manual de rincones amables y de vida sencilla. Que reguero de casitas de muñecas de los más variopintos colores.

Y cerrando ese mismo domingo, al atardecer, tras el aguacero del medio día, me dejé caer por el cementerio protestante. Era una tarde lúgubre y oscura, en la que merodeé a solas entre tumbas antiguas y monumentales, cubiertas de musgos tiernos de un verde intenso que sabía a vida y que contrastaba con la muerte del lugar. Un buen rincón de la ciudad donde fantasear un poco y preguntarse el porqué de tanta tumba suntuosa si total al final acabamos todos igual.

Me voy despidiendo ya de Georgetown no si antes mencionar una manifestación. No fue la virgen ni buda ni ningún santo musulmán. La manifestación en cuestión era de un amplio grupo de la sociedad de este país que anda cansada de una democracia de paripé en la que siempre acaban mandando los mismos para si mismos. Que hacen y deshacen las leyes según les convenga y que siguen respaldando a una realeza –los diferentes sultanes- que gozan de unos privilegios por encima de la población por el simple hecho de ser hijos de su padre y de su madre –quién no lo es-. Me pilló por sorpresa que a tantos miles de kilómetros de distancia de España y Cataluña hubiera en las calles de Georgetown y en las de todo el país, un grueso de gente manifestándose por unos motivos que bien podrían ser los nuestros.

Ya ven ustedes, la globalización y todos tan distintos para al final acabar compartiendo los mismos anhelos y las mismas inquietudes. Da igual que sean malayos, chinos, hindúes, españoles o catalanes. Un mundo en el que interés y los privilegios de unos pocos prevalece sobre el interés de la mayoría es un mundo que siempre valdrá la pena desafiar.

Bangkok: Ciudad de ríos, calles y callejuelas. Tailandia

Hace días que debería haber escrito sobre Bangkok. La ciudad a la que llegué, pero que no tengo muy claro si me recibió. Empecé pensando que hablaría de Bangkok haciendo referencia a dos de los ríos que la cruzan y que en cierto modo la articulan: el antiguo Chao Phraya apunto de desbordarse mientras escribo estas líneas, y el moderno “Tren del Cielo” (Skytrain) que surca la ciudad serpenteando entre rascacileo y rascacielo.

Limitar Bangkok a dos arterias sería no haber querido enterarse. Bangkok, ahora con Yangon en la cabeza, se me antoja como un complejísimo sistema de vasos comunicantes. Un ciudad gigante formada por una intrincada red de canales por los que no necesariamente fluye el agua, aunque a veces sí. Una red de canales donde la gente y sus vidas son protagonistas.

Cada gran avenida conecta con una calle menor, que a su vez conecta con una callejuela, que a su vez conecta con una callejón, que a su vez… El enredo parece no terminar nunca, y es que Bangkok es así. Desembarcar en Chinatown, sumergirse en sus mercados, apostar por el rincón más oscuro y encontrarse con un microcosmos desbordante. Donde los olores, los colores, las miradas, los gritos y los susurros te hacen sentir en mundo contenido dentro de otros muchos mundos. Eres el extraño, exhento, sobrante. Ellos lo saben y te lo hacen saber, sonríen por simpatía y por educación, pero te hacen saber que nunca lo entedarás. No hay grandes verdades, pero sí otra vida muy alejada de tu mundo, mi mundo. Un mundo que tiene campo base en Khaosan Road.

Khaosan Road, o mejor dicho, el “Infame Khaosan Road” es el nido, la burbuja que habitamos los viajeros occidentales que pasamos por Bangkok. Todos acabamos volviendo a él o a alguno sus afluentes. Un centro de gravedad sobre el que extrañamente orbitan gran parte de las rutas (mochileras) por el Sureste asiático. Lo peor de occidente presentado como lo mejor. Una caricatura de nuestro mundo. Un chiste malo que pone de relevancia nuestros defectos de la forma más grotesca. En mi opinión, un paso necesario por Bangkok, no tanto por lo que dice, como por lo que calla.

La última Bangkok -decir última es mucho decir, son muchas más y sus infinitos matices no pueden llegarse a descibrir- de la que hablaré es la Bangkok que se me presenta articulada entorno al Tren del Cielo: el moderno sistema de transporte sobre el que la Bangkok más rabiosamente moderna saca pecho. Sin saber nada de lo que iba encontrarme, habiendo visto ya algunas ciudades potentes del planeta, la Bangkok que me muestra el Sky Train me deja impresionado. Puede que no sea la mejor ciudad del mundo, ni la más más, pero ES. El qué, no lo tengo claro, pero en última instancia esta Ciudad es la manifestación fisica de las aspiraciones de un pueblo, los Thai, que por encima de todo apuestan, y apuestan fuerte. Si el caballo es ganador o perdedor ya se verá, pero visto lo visto, hay que reconocer que apostar así de fuerte es tenerlos puestos.

Esta última Bangkok no es impoluta ni immaculada. En ella habita algún que otro cadáver de la crisis del 1997 en forma de rascacielos agonizante sin terminar. También está surcada por infinidad de pequeñas calles, que albergan callejuelas que conectan a callejones. Detrás de los grandes edificios de oficinas surgen infinidad de puestos de comida callejeros, de carpas, de mesas en las esquinas. Una legión de modernos empleados impolutos atiborran y hacen cola para deleitarse con las excelencias culinarias callejeras: variadas, suculentas y baratas.

Compartí dos horas de cola frente a la embajada de Myanmar con un grupo encantador de cincuentones americanos. Alex (originario de Texas, dos matrimonios y 5 hijos, dueño de un Restaurante Tex-Mex y 10 años en Tailandia) me cuenta muchas anécdotas. Me quedo con una por el momento: Cuando llegó a Bangkok vivió en un pequeño cuarto, con un pequeño baño, una nevera y sin derecho a cocina. Debajo del edificio, en la planta baja, estaba el párking, lleno de mercedes y coches de alta gama. Los habitantes del edificio, al igual que él, no podían permitirse una vivienda mejor, pero siempre había dinero para lucir un Mercedes.

Bangkok? Cúal de ellas? Cúal de sus infinitos afluentes y versiones?.