La Ciudad Hueca. Chiang Mai, Tailandia

Con Chiang Mai a mis espaldas y ya dentro de mi cabeza encapsulada en forma de recuerdo, la ciudad toma la forma de Cascarón Elíptico. Y como toda buena Elipse, mi ciudad mental se genera a partir de dos centros. Sus centros son dos mercados que, como dos almas distintas, opuestas y complementarias, la definen.

El Primero, el que visité el domingo por la noche nada más llegar, me pareció enorme, silencioso, ordenado, bonito. No recuerdo haber estado nunca en uno igual. Siendo honesto y sin ser un comprador compulsivo ni sufrir el Síndrome de Diógenes, creo que me habría llevado la mitad de lo visto si hubiera dispuesto del dinero y del lugar donde meter esa montaña de bellos trastos de escasa utilidad. Estando a reventar, la gente circulaba ordenadamente, nadie alzaba la voz y un sinfín de artistas callejeros perfectamente dispuestos amenizaban la velada. Los habitantes de este centro, de este primer polo, eran mayoritariamente thais, de lo más “in” y la mayoría gente joven. El resto, la minoría invitada, éramos los occidentales. Me gustó lo que vi, y aun percibiendo que todo había sido dispuesto y que había poco margen para la improvisación, me pareció un lugar/evento muy recomendable.

Al día siguiente andé y andé por la ciudad, como me es costumbre, conectando los puntos de interés a través de las rutas más aleatorias e innecesarias, con la clara intención de encontrarme con la verdadera ciudad y descubrir los pequeños tesoros cotidianos que siempre se esconden a la vuelta de la esquina más insospechada. En éstas llegué al Otro Mercado, al suyo. Uno más de los ya muchos que llevo grabados en la retina. Lleno hasta los topes, caótico, ruidoso, envuelto en un permanente olor a no se sabe qué. Esa mezcla que es la infinidad de frutas, carnes, pescados y verduras, a medio camino entre la frescura y la putrefacción. Subí unas escaleras, caminé por corredores y me dejé perder de nuevo en un mundo sin referencias esperando a que la siguiente esquina me sorprendiera.

Ese mercado era como los demás, y ya me gustaba así, pero me pareció feo. Las ropas no tenían gracia alguna, las canastas de pescado seco me producían ese doble efecto de curiosidad y repulsión. Todo estaba amontonado y a pesar de algún pasillo lateral escondido surtido de la más amplia variedad de redes, nada me sedujo. Aún así éste era el “suyo”, ésta era “la realidad”, aunque puede que sólo fuera la suya, pero no la de la Ciudad.

Chiang Mai es una ciudad hueca, que no vacía, y aunque sus murallas la dibujen cuadrada, yo la pienso elíptica. Sus dos centros reflejan una realidad complementaria, a mi entender no bien resuelta. Por un lado un mundo salpicado de templos, que se mezclan con una densa trama de hoteles, casas de huéspedes, cafés, centros de masajes, spas y tiendas chick. Sobre estas dos tramas, y rellenando los huecos, florece o languidece la ciudad thai propiamente dicha, siendo ésta la mayoritaria. Y aún así, sumando las tres, Chiang Mai me ha parecido una ciudad con alma, pero con un alma hueca y siamesa, claramente definida en su perímetro pero vacía en su interior. Ninguna de las tres (la ciudad histórica, la ciudad turística y la ciudad thai)* ha sido capaz de imponerse claramente, ni tampoco de fundirse “armónicamente” con las otras. La sentí como una buena declaración de intenciones a falta de concretar.

Y aún así, con Chiang Mia a mis espaldas, debo admitir que en un primer instante me sedujo, y que pasados unos días reafirmo lo primero que pensé: Es una ciudad joven, no tanto por su edad (es antigua) más por cierta cándida inmadurez que bien llevada puede convertirla en un buen rincón en el que vivir. ¿Cuál será su destino? ¿Cómo evolucionara el joven mozo? ¿Tendrá el coraje de tomar las riendas de su propia identidad o esperará a que otros decidan por él/ella?

*Existe otra Ciudad que no menciono. Es la enorme Universidad rellena de buenos rincones en los que dejarse caer. Pero ésta, en relación con las demás, me parece más un satélite orbitando en la periferia, a la espera, espero, de colisionar con el planeta Chiang Mai.

“El Doctor” Pi Jo. Tailandia

Pi Jo pulveriza la conversación con la implacable sencillez de su lógica. Y es que su lógica no bebe en fuentes abstractas sólo aptas sabios o eruditos. Su lógica nace de la experiencia, y no de la del vecino o de la lectura de aquel u otro libro. El sólo se limita a contar lo que ha vivido y a partir de ahí, quien pueda y quiera, que abra el debate. Estamos en la Pun Pun Farm, a las afueras de Chiang Mai, epicentro de arquitecturas transversales y sentido común.

La parábola es tan sencilla como lo que sigue: “Dos chicos se conocieron en la Universidad donde estudiaron y se formaron juntos. Acabados los estudios sus destinos se separaron, y por esos azares, Pi Jo pasó por Nuevo Méjico, concretamente por el poblado de Taos. Y vio lo que había y se maravilló, tanto como a mi me puedan maravillar las casas de bambú en la selva o a otros los rascacielos de Nueva York. En Taos, las casas eran de barro. Y Pi Jo se hizo la siempre osada pregunta: “¿Y porqué no?”.

“Volvió a su hogar, un pequeño pueblo en el noreste de Tailandia, y decidió que de ese modo construiría su primera casa. Durante tres meses, al acabar su jornada laboral, levantó, ladrillo a ladrillo su primer hogar. Día tras día las gentes del pueblo venían a visitarle, a reírse de él y darle “ánimos”. Le llamaban “El Doctor”. Y es que para las gentes del pueblo “El Doctor” era un perdedor, un fracasado. Alguien que fue a la gran ciudad para estudiar y triunfar, que incluso visitó los EEUU, para al final acabar volviendo a la aldea derrotado para construirse una casa de barro”.

“El Doctor” terminó la casa. No era perfecta, ni la mejor que se podía hacer, pero era un hogar y no se detuvo ahí. Algunos de los aldeanos, aquellos que tantos “ánimos” le habían dado, empezaron a construir sus casas con adobe también. Y Pi Jo decidió ayudarles, y de tanto construir y construir lleva ya 14 años levantando edificios (van 300) y enseñando a otros cómo hacerlo. La parábola llega ya a su fin, y nada sabemos de aquel compañero de universidad que siguió su propio camino, éste sí, como Doctor “de verdad”. Pi Jo le da la puntilla a ésta parábola con una pícara sonrisa: Su amigo el Doctor necesitará 30 años para pagar su casa, a él tan sólo le hicieron falta 3 meses de sus ratos libres”.

A un servidor, degenerado Arquitecto de oficio y profesión, hijo de la Escuela de Barcelona, estas arquitecturas transversales siempre le causaron cierta cándida simpatía. Cuando Albert me propuso acompañarles en este fin de semana de Arquitecturas de Adobes y Bambúes dije que sí sin pensarlo. Me pareció que podría resultar interesante aprender algunas “palabras nuevas” de vocabulario formal y constructivo. Como si esto del barro y del bambú sólo fueran nuevas poses que poder adoptar. La llegada a Mae Sot y la primera tarde con Albert me dejaron bien claro que había algo más detrás.

Detrás y más allá de lo bonito que pueda quedar en la foto y del qué dirán las visitas cuando vengan a cenar, queda el sentido común. La necesidad de tener un hogar para poder vivir, sin que el hecho de tenerlo implique una vida de esclavitud para poder pagar un préstamo, o la comúnmente dicha, hipoteca. Detrás y más allá de lo bonito que quede en la foto, está el hecho que pocas cosas hay que eleven más la autoestima de cualquier ser humano que el hecho de poder construir su propia casa, y la casa que será de sus hijos y de sus nietos. Detrás de todo esto está descubrir que las casas, al igual que las vidas de las personas, se pueden construir de muchas formas distintas y que mientras sirvan a su propósito dignamente, realmente qué importa cuales sean los medios.

Siento como si el fin de semana hubiera transcurrido alrededor de aquella mesa donde desayunamos el primer día, al tiempo que Pi Jo respondía a nuestra lluvia de preguntas. Con aquellos angelicales críos endemoniados revoloteando alrededor. Aprendí un montón de todas aquellas cosas que ya sabía de la universidad sobre el arte de levantar un muro. Que las sabía como el que sabe de un cuadro que vio en un libro, pero nunca contempló en la realidad, con calma, y con el maestro autor a su lado.

El perdido de “El Doctor” ahora ha sido elevado a erudito del arte de hacer las cosas fáciles, sencillas y baratas. Le invitan a dar conferencias por el mundo y tiene la oportunidad de interactuar con colegas suyos, doctos maestros en el milenario arte del barro. Y nos cuenta como le fascina y le maravilla la sutil y sofisticada capacidad que tienen algunos bienintencionados maestros occidentales, a los que no les basta con comprobar como se hacen las cosas de forma sencilla, que necesitan complicar el proceso, para poder escribir libros que casi nadie entienda.

No es un reproche, ni un grito al cielo, ni perderá un minuto rasgándose las vestiduras cuando se pregunta y nos pregunta “¿Porqué insisten en hacer difícil lo que es tan sencillo?”. Y ahí da en el meollo de la cuestión: “El rey anda desnudo”, y es que en occidente nos cuesta horrores no complicarnos la vida con tal de sentirnos “vivos, necesarios o especiales”. Nos complicamos queriendo tener más y mejor de lo que seguramente necesitaríamos. Nos complicamos buscando y esperando que nuestra pareja, amigos o familiares sean más y mejores de lo que seguramente merezcamos. ¿Saben a lo que me refiero?…

Los Nombres Propios. Mae Sot, Tailandia

En Occidente pecamos o sufrimos del “síndrome de las buenas intenciones”, o así me lo parece a mí desde aquí. Y me lo parece porque así reaccioné en un primer momento cuando me contaron sobre el drama Karen que lleva en marcha décadas y aún así es totalmente ignorado, al menos, en España.

Por un momento pensé que debía contarlo, que debía fotografiarlo, que debía salvar al universo. Exagero un poco, lo sé, pero a pequeña escala fue algo parecido. Luego me sentí un poco frívolo y bastante desconsiderado al tratar de fotografiar el campo de Mae La como si campara por un zoo, ignorando el sufrimiento y la angustia que yacían bajo el mar de chozas: la vida del refugiado, la impotencia de saber que no puedes volver atrás (Myanmar) ni tampoco avanzar hacía delante (Tailandia), que cada día será igual al anterior en esta cárcel que sin serlo, lo es. Entonces vi que me venía grande salvar el mundo yo solito y me di cuenta que no “debía”, pero que si “podría” empezar por otro lado, por el lado humano, por el de Los Nombres Propios.

Tuve la suerte de conocer a Albert en Myanmar. Así que me vine a Mae Sot. Albert me presentó a Line y Line a Koe Taw. Y después de Koe Taw vinieron Phillipa, Pah Me, Peter y toda la troupe de los Ga Yaw Ga Yaw. Y como todavía andaba algo sobrado de suerte, mi estancia coincidió con la celebración del Sweet December y con un road trip de 4 días por Chiang Mai, la frontera con Myanmar y la visita en plena jungla a la aldeas de refugiados de Noh Bo y Maw Kwee.

Me sentí afortunado porque durante unas horas volví a tener 14 años, y estábamos de campamentos maristas. Celebrábamos el comienzo de adviento, y con guitarras, velas y algún cancionero pasábamos un rato juntos, chicos y chicas. Todo era inocente pero con segundas intenciones que no sabíamos como concretar. Era emocionante y las risas nerviosas, tanto de ellos y como de ellas, valían por 10 borracheras y 15 bailoteos desenfrenados en una discoteca. No había alcohol ni era necesario porque la tensión subía por las nubes con tan sólo proponer un juego. Con algo de mirinda, coca-cola y muchas galletas en enormes latas de hojalata tuvimos, en Mae Sot, más que de sobras para pasar una noche memorable, en la que Albert y un servidor acabamos cantando aquello de “pero mira como beben los peces en el río”. Y todo lo estaba reviviendo con 30 años, muy lejos de mi hogar y con un par de nuevos amigos que al cabo de unos días ya serían cinco.

Me sentí afortunado porque aterricé en la Pun Pun Farm y conocí a algunas personas y algunos modos de hacer y vivir que nada tenían que ver conmigo hasta el momento. ¿Qué sentido tiene jugar a un juego del que ya sabes todas las respuestas? ¿No es mejor que te cuenten chistes nuevos o que te sorprendan con algún argumento que te descoloque? La Pun Pun Farm es uno de esos sitios que allá en Barcelona seguramente nunca visitaría, y que una vez visitado sólo puedo decir que lo disfruté. Que aprendí y que me sorprendieron con otros planes de vida. Planes que seguramente nunca lleve a cabo ni falta que hace, pero que expandieron mis horizontes y me hicieron replantearme cosas. A partir de ahí, cuantos más matices y colores tenga mi paleta, más amplias serán mis opciones. Los modos de vida distintos al mío, mientras sean coherentes, siempre tendrán mi respeto y atención.

Pero sobretodo me sentí especial porque me hicieron sentir normal, como uno más del equipo. Fue un road trip en todo regla, a bordo de nuestro lujoso 4×4 de alquiler. Escuchamos el mismo disco 20 veces seguidas, hablamos de todo para luego estar callados durante horas. Nos reímos, me reí y se rieron de mí. Discretos pero precisos, Koe Taw y Phillipa no desperdiciaron ocasión de hacerme la burla y bautizarme con un mote en karen (a ver si alguien lo adivina). Y como uno más del equipo compartieron conmigo su vida. Y me llevaron a su hogar Noh Bo, al campo base del Clan Ga Yaw Ga Yaw, y me fui enterando de su presente, pero sobretodo de su pasado. Del drama de su vidas y sus familias. Amanecí en la jungla envuelto en espesa niebla para ser invitado al primer aniversario de la hija de Pah Me. Y luego más dosis de realidad de la vida de esta gente. El Orfanato de diseño nórdico que quedó como manifiesto a la soberbia de los jóvenes arquitectos occidentales. O La Academia que ofrece la única posibilidad a los jóvenes karen para salir adelante: la Educación -nótese la mayúscula-. Y rematamos la jornada con la visita a Maw Kwee, una aldea perdida en el corazón de la jungla, donde toda visión idílica y edulcorada de la vida de otros tiempos queda vapuleada por la cruda realidad de un día a día lleno de alegrías, pero también de carencias y limitaciones. Cuando ya creía que mis 4 días habían sido una lluvia de experiencias impagables, me quedaba todavía un último capítulo por descubrir.

Me despierto mientras conducíamos por la carretera que bordea el rió Salween, paralelos a la frontera con Myanmar. Un mar de chozas de bambú y techos de hojas secas inunda el valle y se enfila por las colinas, montaña arriba. Todo ello enmarcado en un paisaje idílico que con los últimos rayos del sol roza lo sublime. No comprendo lo que veo, porque no es un pueblo, es demasiado grande. Tampoco es una ciudad, demasiado primitivo. Y pregunto a Line y me responde que estamos en Mae Lha el campo de refugiados más grande Tailandia. Y caigo en la cuenta que una valla de alambre lo cierra y que militares tailandeses vigilan sus accesos. Line le cede la palabra a Koe Taw que pasó en él su adolescencia. Una cárcel sin oportunidades, sin futuro ni porvenir. Hará dos años que mis compañeros de viaje y nuevos amigos tuvieron que dejar a medias una escuela que construían para coger las armas e ir al frente a luchar. Koe Taw esquivó las balas en un ataque y por suerte aquí le tenemos conduciendo el coche mientras Line me lo cuenta.

Dentro del campo tampoco hay dinero y Phillipa se detiene un momento para echarle un cable a un familiar y pasarle un billete de los grandes a través de la alambrada. Mientras, yo, que ya me veía con mi reportaje fotográfico de intrépido viajero, me quedé atónito, avergonzado y lleno de dudas ante la visión de ese lugar bello a primera vista que ocultaba un mar de dramas personales, de gente que paga las consecuencias de las decisiones de otros. Son los débiles, los pobres, los analfabetos que pagan las deudas de un conflicto que padecen y cuyo fin escapa a su voluntad.

Al final del viaje no fueron los grandes titulares los me impactaron y me hicieron comprender. Fueron los Nombres Propios con sus historias personales, fueron Koe Taw, Phillipa, Pah Me y todos los demás. Va por ustedes.