La Herida de Flecha. Cuentos Chinos de la India 3/3

Presta atención, Malunkyaputra:

Supón que un hombre fuera atravesado por una flecha untada en veneno, y que sus parientes llamaran a un médico. Supón entonces que el hombre dijera: “No me sacaré esta flecha hasta que sepa algo sobre el hombre que la lanzó, su nombre y su clan, si es alto o bajo, o de estatura mediana, si es de pelo negro o rubio, si es de tal o cual aldea, suburbio o ciudad…”

“No me sacaré esta flecha hasta que sepa algo sobre el arco, por quién estuvo hecho, y si era un arco o una ballesta. No me sacaré esta flecha hasta que me digan algo sobre la cuerda del arco, si era de una enredadera, junco, tendón, de cáñamo o árbol de savia… hasta que conozca la flecha con la que he sido atravesado, si era de junco o había sido formada con un arbolillo, hasta que conozca sus plumas…” y así hasta el final.

Pues bien, Malu, ese hombre morirá, pero sin haber conocido las respuestas.

– F I N –

El Valor de la Duda. Cuentos Chinos de la India 2/3

En una ocasión, cuando Buda viajaba con un grupo de monjes por el país de Kosala, al norte de Kausambi, llegó a Kesaputra, un pueblo de los nobles kalama. Los kalama, cuando oyeron el rumor de que el asceta Gautama había llegado a Kesaputra, fueron a su encuentro; y al abordarle le dijeron:

– Señor, hay en nuestro pueblo algunos religiosos y brahmanes que alaban sus propias opiniones, pero que implacablemente desgarran las de los otros. En realidad, señor, los religiosos y brahmanes vienen continuamente a Kesaputra para hacer eso. Y cuando los escuchamos, las dudas y las vacilaciones surgen en nosotros, pues no sabemos quiénes de ellos están diciendo la verdad y quiénes la mentira. ¡No sabemos a quién creer!

– Vuestras dudas, kalamas, están bien fundamentadas -respondió el Iluminado-. Bien fundadas están ciertamente vuestras vacilaciones; pues surgen con respecto a una materia que está abierta a duda.

Grabaos bien mis palabras, kalamas. No creed nada sobre la base de la simple herejía, pensando que debe ser cierto porque lo habéis oído desde hace mucho tiempo. No creáis en las tradiciones simplemente porque son antiguas y han sido transmitidas a través de muchas generaciones. No creed nada por simples rumores que la gente pueda extender sin utilizar su capacidad de razonamiento.

No creed nada sólo porque esté de acuerdo con el testimonio de vuestras escrituras. No creed nada sobre la base de la suposición o la mera deducción. No creed nada porque la presunción vaya a su favor. No creed nada sólo porque concuerde con vuestras ideas preconcebidas. No creed nada por la simple autoridad de vuestros maestros y sacerdotes; sólo porque ellos puedan ser agradables al hablar, tengan una personalidad encantadora o exijan el respeto de la gente.

Siempre que por vosotros mismos sepáis: “Estas enseñanzas no son buenas, están llenas de faltas, son condenadas por los santos, cuando se siguen y se ponen en práctica conducen a la disputa, la ruina y la pena”, siempre que sepáis eso, kalamas, rechazadlas.

Pero siempre que conozcáis por vosotros mismos, tras una completa investigación: “Estas enseñanzas son buenas, están libres de faltas, son alabadas por los santos, cuando se siguen y se ponen en práctica conducen al bienestar y la felicidad nuestra y de los otros seres”, entonces, kalamas, aceptadlas como ciertas, vivid según ellas, actuad de acuerdo con ellas.

“Lo mismo que los prudentes comprueban el oro cortándolo y examinando la veta que deja al frotarlos sobre una piedra de toque, así deberíais aceptar mis palabras sólo tras examinarlas de acuerdo con vuestra propia experiencias y razón, y no simplemente por respeto a mí.”

Así habló el Supremamente Despertado a los kalamas de Kesaputra.

–  F I N  –

La Semilla de Mostaza. Cuentos Chinos de la India 1/3

Un día, cuando la estación lluviosa hubo terminado, Krsa Gautami, la esposa de un hombre rico, estaba muy apenada por la pérdida de su único hijo, un niño que acababa de morir, cuando empezaba a tener edad para andar.

En su pena, Krsa Gautami llevaba al niño muerto a todos sus vecinos de Kapilavastu, pidiéndoles una medicina. Al verla, la gente sacudía la cabeza con tristeza, pues se apiadaban de ella.

– ¡Pobre mujer! La pena le ha hecho perder el sentido. A este niño ya no le pueden ayudar las medicinas.

Incapaz de aceptar el hecho de la muerte de su hijo, Krsa deambuló entonces por las calles de la ciudad, pidiendo ayuda a cualquiera que encontraba.

– ¡Por favor, señor, dadme una medicina que cure a mi niño! –le dijo a un hombre.

El desconocido miró a los ojos del niño y vio que estaba muerto.

– Ay, no tengo medicinas para tu hijo –le contestó-. Pero conozco a un médico que puede darte lo que necesitas.

– Por favor, señor, dígame dónde puedo encontrar a ese médico.

– Buena mujer, ve a ser al Shakyamuni, el Buda, que reside ahora en el Parque Bania.

Krsa acudió a toda prisa al Nigrodharama; y los monjes la llevaron ante Buda.

– ¡Reverendo señor, dame la medicina que curará a mi hijo! – le dijo llorando.

El señor Buda, océano de la compasión infinita, miró con piedad a la mujer sobrecogida por la pena.

– Has hecho bien en venir aquí a buscar esa medicina, Krsa Gautami. Ve a la ciudad y consigue un puñado de semillas de mostaza –le dijo el Perfecto, añadiendo después-: las semillas de mostaza deberán cogerse de una casa en la que nadie haya perdido un niño, esposo, padre o amigo.

– ¡Sí, señor! –exclamí Krsa, muy contenta-. ¡Conseguiré la semilla de mostaza enseguida!

La pobre Krsa Gautami fue de casa en casa con su petición, y la gente, apiadándose de ella, le decía:

– Aquí tienes las semillas de mostaza, coge todas las que quieras.

Entonces, Krsa les preguntaba:

– ¿Ha muerto en vuestra familia algún hijo o hija, padre o madre?

– ¡Ay! Los vivos son pocos, pero los muertos muchos. ¡No nos recuerdes nuestra pena más profunda!

Y no hubo ninguna casa en la que no hubiera muerto algún pariente, algún ser querido.

Fatigada y con la esperanza perdida, Krsa Gautami se sentó al lado del camino, observando apenada las luces de la ciudad que parpadeaban encendiéndose y volviéndose a apagar. Y finalmente, las sombras profundas de la noche sumergieron el mundo en la oscuridad.

Considerando el destino de los seres humanos, el hecho de que sus vidas se encienden para volverse a extinguir, la desconsolada madre comprendió de pronto que Buda, en su compasión por ella, la había enviado para que aprendiera la verdad.

– ¡Qué egoísta soy en mi pena! –pensó-. La muerte es universal.

Dejando aparte el egoísmo de su afecto por su hijo, Krsa Gautami fue al borde de un bosque y tiernamente puso el cuerpo muerto sobre un montón de flores silvestres.

– Hijito – le dijo tomando la mano del niño-. Pensaba que la muerte sólo te había sobrevenido a ti; pero no es a ti sólo, pues es común a todas las gentes.

Y lo dejó allí, y cuando el amanecer iluminó el cielo oriental, regresó junto al Perfecto.

– Krsa Gautami –le preguntó el Tathagata-. ¿Conseguiste un puñado de semillas de mostaza en una casa en la que nadie haya perdido nunca a un pariente o amigo?

– Eso, señor, ya ha pasado –dijo ella-. Concédeme apoyo.

– Buena mujer, la vida de los mortales en este mundo se ve turbada y es breve, e inseparable del sufrimiento – declaró Buda-. Pues no hay ningún medio, ni lo habrá nunca, por el que los que han nacido puedan evitar la muerte. Todos los seres vivos son de tal naturaleza que deben morir, alcancen o no la vejez.

“Lo mismo que las frutas que maduran temprano están en peligro de caer, los mortales, cuando nacen, están siempre en peligro de morir. Lo mismo que los recipientes de arcilla que hace el alfarero terminan rotos, así sucede con la vida de los mortales. Jóvenes y viejos, los estúpidos y los prudentes, todos caen en el polvo de la muerte, todos están sometidos a ella.”

“De los que se separan de esta vida, vencidos por la muerte, un padre no puede salvar a su hijo, ni los parientes a sus familiares. Mientras los parientes miran y se lamentan, uno a uno los mortales desaparecen, como bueyes llevados al matadero. La gente muere, y su destino tras la muerte estará de acuerdo con sus actos. Esos son los términos del mundo.”

“No por llorar ni lamentarse obtendrá nadie la paz de la mente. Por el contrario, su dolor será mucho mayor y arruinará su salud. Enfermará y palidecerá; pero con sus lamentos no se restaurará el cuerpo muerto.”

“Ahora que has oído al Tathagata, Krsa, rechaza la pena, no dejes que entre en tu mente. Cuando veas a alguien muerto, debes saber con seguridad: “Nunca volveré a verlo en esta existencia.”

“Y lo mismo que el fuego de una casa incendiada se apaga, también una persona sabia y contemplativa esparce el poder de la pena, con experiencia y rápidamente, tal como el viento esparce las semillas del algodón.”

“El que busca la paz debe sacarse la flecha de las lamentaciones, los anhelos inútiles y las punzadas de dolor que él mismo se provoca. El que se ha quitado esa flecha malsana y se ha tranquilizado, conseguirá la paz de la mente. Verdaderamente, quien haya vencido a la pena estará siempre libre de ella, sano e inmune, confiado, feliz y cerca del nirvana, eso es lo que digo.”

– F I N –

El Árbol de Buda. Bodh Gaya, India

Puede que esta escena no haya cambiado en siglos: Al alba, bajo un cielo sin nubes, pequeños grupos de mujeres y niños caminan sobre los arenales del lecho seco de un gran río, uno más de esos muchos grandes ríos marchitos ‘sin nombre conocido’ que surcan la India.

Entre jirones de bruma y cañaverales se entrevén las siluetas espigadas de ellas, envueltas en sus saris y muselinas, tan irreales como los contornos de niños que corretean con el magro ganado desvaneciéndose en la neblina entre risas. Al alba, los colores mustios y las voces lejanas de las madres que llaman a sus hijos, confunden al viajero y le invitan a soñar que sigue soñando. De no ser por el viento templado que te azota la cara, y por algún que otro bache en el camino desde Gaya, es posible que no supieras decir si dejaste ya de soñar o sigues atrapado en el anhelo de la India que temes no llegar a conocer nunca.

Dos mil quinientos años atrás, otro hombre saludaba al nuevo día junto a este mismo río, el Nairañjana. Fue aquí donde se encontró con la joven Sujata que, tomándolo por un dios, le dio a comer gachas dulces de arroz cocido con leche. Fue en un bosquecillo que había cerca de este río ahora seco, donde al atardecer de ese mismo día se topó con el segador Svastika que le dio los ocho puñados de hierba aromática con los que aquel hombre dispondría el Trono del Diamante bajo un gran árbol Bodhi. El hombre que se sentó a meditar bajo aquel gran árbol se llamaba Siddhartha Gautama, príncipe heredero del reino guerrero de los Shakya a los pies de los Himalayas. Pero el hombre que se alzó al alba del nuevo día era ya otro. Tras su lucha contra Mara y sus demonios –la duda y el miedo, el hambre, la sed y la pereza-, ganó la batalla sobre sí mismo y, poniendo a la Tierra por testigo, reclamó su nueva condición de Buddha.

Bodhgaya_37_Franc-Pallarès-LópezAndo algo cansado tras una larga noche en tren, pasando mucho frío en la sleeper class y apenas habiendo pegado ojo por temor a pasarme mi parada. A las 5 de la mañana llegaba a una alborotada estación de trenes en medio del estado de Bihar. Demasiada gente para una ciudad pequeña como Gaya: los andenes atiborrados, y los vestíbulos y también todo el frente de la estación. Gente durmiendo en el suelo entre bultos y más bultos por todas partes. En Gaya no hay nada remarcable pero a escasos 11 kilómetros al sur se encuentra el Templo Mahabodhi, el lugar en el que el Buddha Shakyamuni alcanzó la iluminación y que pasados más de dos milenios sigue siendo lugar de peregrinación para budistas y no tan budistas. Así es la India, capaz de dar a luz a una religión universal como el Budismo; hacer que prácticamente desaparezca de su territorio; y acabar absorbiendo sus lugares de culto como si le fueran propios a su religión hinduista. Son tan pocos los monjes budistas que se hacen casi tan raros como nosotros, los turistas. Todos los rincones del templo y sus cuidados jardines están copados de peregrinos hindúes, siempre en grupos y siempre dirigidos por un brahmán orquestando las pujas -rituales-. Hoy han venido a Bodh Gaya para celebrar el Shraaddha, el festival de los ancestros, y como para los hindúes Buddha no es más que otra reencarnación de Visnhú, a final todo sigue dentro del guión. ¡Infinita capacidad de la India de absorber y asimilar la heterodoxia!

Los peregrinos de hoy son gente muy humilde. Gentes sencillas de campo que han visto muy poco de este mundo: todo les sorprende, todo les fascina. Hay en todos ellos una mansedumbre, un desconcierto y una candidez tal, que resulta imposible no empatizar con ellos. Se les ve desconcertados e ilusionados a la vez. Siguen con devoción incondicional las palabras y los gestos del pujari –sacerdote del templo- y en sus rostros se lee a ratos incomprensión, a ratos esperanza. Y luego están rus ropas sencillas, y sus cuerpos delgados y fibrosos, con los tendones marcándose bajo una piel oscura apergaminada.Y están también las prisas del que no se siente en casa, que contrastan con la calma de los escasos monjes budistas –todos extranjeros- que se toman su tiempo leyendo y meditando en los alrededores de árbol Bodhi.

Bodhgaya_21_Franc-Pallarès-LópezLa prisa y la calma, ambas opuestas y ambas complementarias. Puede que ésta sea una de las diferencias más remarcables entre los laicos y los religiosos. A unos les basta con pasar por allí, cumplir el ritual y a fin de cuentas, fichar para acumular algo de buen karma que les ayude en la próxima reencarnación. Pedir un favor al Buddha, a la Virgen Negra o besarle los pies al santo de turno. A los otros, los religiosos, no les basta con pasar por allí. Meditar y reflexionar les es tan vital como respirar, comer o dormir. Dos mundos que también en  Bodh Gaya se cruzan sin llegar a tocarse. Éste es un centro espiritual que, como todo centro espiritual –independientemente del credo, en España los tenemos a montones-, al final siempre se ve mancillado por su hermano gemelo bastardo, superpuesto o suplantado por el ambiente de feria y mercadillo de baratijas religiosas que poco o nada tienen que ver con ese fin último más elevado que fue su razón de ser. Y a lo que aquí, a más a más, se le añade el hecho de contar con un pequeño ‘parque temático’ del budismo con varios templos cada uno de un país y una escuela distinta.

Así que paseando por sus calles lo mismo te encuentras con el Templo Butanés, con otro Japonés, con un Tailandés y así suma y sigue. Un ‘parque temático’ –de poco interés y poca calidad arquitectónica comparados con sus originales– que ofrece imágenes impagables como la de la venerable anciana hindú adorando a un Buda en un templo de estilo zen. Suma y sigue, y un buda es un buda, sea éste un templo japonés y yo una devota hindú. Y por si la fusión de credos y estilos no fuera suficiente, al no encontrar alojamiento en la zona de bien, acabé pasando un par de noches en el pequeño barrio musulmán, justo detrás del Templo Chino. Un pueblito de gentes muy humildes que, aún viviendo justo al lado de la espiritual Bodh Gaya, quedaban años luz en tiempo y en el espacio, si bien no en cuerpo, si en el alma.

Bodhgaya_46_Franc-Pallarès-LópezLa contradicción y la paradoja no son sólo cuestiones exclusivas de nuestros tiempos, la cosa viene de lejos y Bodh Gaya tan solo es un ejemplo más. Lo importante, supongo, es no resistirse, dejarse llevar, pero sin perder el norte. Ese norte, en Bodh Gaya, lo marca un árbol bajo el cual se sentó un príncipe que teniendo todo lo que se pueda desear, le pareció prescindible. Conmovido y atormentado tras haber entrevisto tras los barrotes de su jaula dorada la vejez, la enfermedad y la muerte, decidió renunciar al mundo dejando atrás mujer, hijo, amigos y riquezas, para buscar un camino que pusiera fin al sufrimiento propio y al ajeno. Esto es lo que encontró dentro suyo y bajo este árbol hoy sagrado: Las Cuatro Nobles Verdades. Sobre ellas meditó durante 7 semanas antes de levantarse y emprender de nuevo su marcha hacia su próximo destino, mi próximo destino: Kashi, La Ciudad de la Luz, la mundialmente conocida como Varanasi.

Si te gustó, no te pierdas los tres ‘Cuentos Chinos de la India’,
una mini-selección de tres cuentos que contó Buda
y que siempre me acompañan.

Los Ciegos & los Elefantes. Mondulkiri, Camboya

Hará ya más de media vida leí un cuento. Tendría catorce años y andaba yo perdido sobre un cascarón de nuez en la no-tormenta de mi adolescencia. El libro era una biografía de Buda que tenía que leer con un diccionario al lado porque no entendía la mitad de las palabras y aún así, pasados los años, el cuento sobrevivió al olvido. Se titulaba Los Ciegos y los Elefantes:

“Una vez, Buda estaba en Jetavana, en el reino de Sravasti. A la hora de la comida los monjes cogieron sus cuencos y fueron a la ciudad a mendigar alimento. Pero como no era aún mediodía y era muy temprano para entrar en la ciudad decidieron de ir a sentarse un rato a una  sala dónde se reunían los brahmanes. Cogieron sitio y se sentaron.

En aquel momento los brahmanes discutían entre ellos acerca de sus libros santos y se había formado una disputa que no conseguían resolver. Llegando a reñir y enemistarse unos con otros, diciéndose mutuamente: ‘Esto que sabemos es ley; lo que sabéis vosotros, ¿cómo puede ser la ley? Lo que nosotros sabemos está de acuerdo con la doctrina; lo que vosotros sabéis ¿cómo puede estar de acuerdo con la doctrina? Lo que debe decirse después, vosotros lo decís antes. Vuestra ciencia es vana y no tenéis el menor conocimiento’. Era así como repartían los golpes con el arma de la lengua y, por un golpe recibido devolvían tres. Los monjes observando a las dos partes insultarse, no autentificaron ninguna de las opiniones, se levantaron de sus sitios y fueron a mendigar alimento a la ciudad.

De vuelta a Jetavana se sentaron cerca de Buda y le contaron lo sucedido. El Buda contó esta historia:

Hace mucho tiempo, había un rey que comprendía la Ley búdica pero las personas, ministros o gente del pueblo, estaban en la ignorancia, referente a las enseñanzas parciales, tenían fe en el resplandor de cualquier estrella brillante y dudaban de la claridad del sol y de la luna. El rey, deseando que sus gentes no se quedaran entre mares y navegaran por grandes océanos, decidió mostrarles un ejemplo de su ceguera. Ordenó a sus emisarios recorrer el reino para buscar ciegos de nacimiento y traerlos al palacio.

Cuándo los ciegos fueron reunidos en la sala del palacio el rey dijo: ‘enseñadles los elefantes’. Los oficiales llevaron a los ciegos junto a los elefantes y se los mostraron guiándoles las manos. Entre los ciegos uno cogía la nalga del elefante, otro agarraba la cola, otro cogía la raíz de la cola, otro tocaba el vientre, otro, el costado, otro, la espalda, otro una oreja, otro, la cabeza, otro, un colmillo, otro, la trompa.

Los emisarios llevaron después los ciegos al rey quien les preguntó: ‘¿A qué se parece un elefante?’. Aquel que había tocado una nalga contestó: ‘Oh sabio rey, un elefante es como un tubo’. Aquel que había tocado la cola decía que el elefante era como un escoba; aquel que había agarrado la raíz de la cola que era como un bastón; aquel que había tocado el vientre, que era como una pared; aquel que había tocado la espalda que era como un mesa elevada; aquel que había tocado la oreja que era como un gran plato; aquel que había tocado la cabeza, que era como una gran extensión; aquel que había tocado un colmillo; que era como una asta; aquel que había tocado la trompa, contestó ‘Oh gran rey, un elefante es como un cuerda’.

Los ciegos empezaron entonces a discutir, cada uno afirmaba que el estaba en lo cierto y los otros no, diciendo: ‘Oh gran rey, el elefante es realmente como yo lo he descrito’.

El rey rió entonces a carcajadas y dijo: ‘todos vosotros sois como estos ciegos. Discutís inútilmente y pretendéis decir la verdad; habiendo percibido una parte, decís que el resto es falso, y por un elefante, os querelláis’.

El Buda dijo a los monjes: ‘así son estos brahmanes. Sin sabiduría, debido a su ceguera, llegan a disputarse. Y debido a su discusión quedan en la oscuridad y no hacen ningún progreso’. 

Y todo esto viene a cuento de que he pasado dos maravillosos días en Sen Monorom, en la provincia oriental de Mondulkiri, habitando una cabaña en la jungla y conviviendo con 10 increíbles seres de miradas hipnóticas y largas trompas.

Mientras contemplaba embobado a estas fascinantes criaturas recordé este cuento. Y desde la distancia de Camboya pensé en España y en Catalunya, en la situación del país, y en como los dirigentes políticos y la mayoría de la población sigue enfrascada en disputas sobre verdades absolutas, en esa atmósfera del Todo o Nada, el Blanco o Negro y el Conmigo o contra mí. Todos ellos tan seguros de saber cómo es realmente el Elefante.