To mandarin or not to mandarin. Berastagi, Indonesia

Voy montado en la opelet que me lleva de vuelta a Berastagi después de pasar una espléndida mañana recorriendo el Gunung Sibayak, mi primer volcán. Somos varios y en una parada se sube un chavalín ¿Qué tendrá? ¿Diez, doce años? Me quedo con su cara de sorpresa al verme dentro -una más de la muchas con las que me vengo cruzando por el norte de Sumatra- y le devuelvo una sonrisa cortés acompañada de un selamat pagi –buenos días- mientras le hago un guiño cómplice. El chavalín lo flipa y se lo piensa un rato antes de preguntarme de dónde soy. De España, de Barcelona. Al oír la palabra mágica –Barcelona- se le ponen los ojos como platos. Le sonrío consciente de lo que esto pueda significa para él y me agarro fuerte donde puedo para no salir rodando por la puerta entre tanto bache y trompicón.

Se acerca su parada y el pequeño abre su mochila, saca una mandarina, su mandarina, su almuerzo y me lo ofrece con un sonrisa llena de orgullo. Me deja tan descolocado que no sé qué decir. Es un regalo, así que acéptalo -pienso por un lado- , pero es su almuerzo y este chavalín seguro que es de un hogar humilde donde cada cosa vale su precio en oro. No puedo tomar su almuerzo que será lo único que tiene cuando yo “puedo pagarme todo lo que quiera”. Abrumado por su generosidad declino amablemente su regalo dándole las gracias tres, cuatro y hasta diez veces: Terima kasih, terima kasih, terima kasih,…

El pequeño sonríe, me mira y se despide de mí frente la parada que está al lado del campo de fútbol. Hoy es sábado, hay partido y de ahí viene su fascinación ante la palabra Barcelona. Arranca la opelet y me siento un imbécil y un ingrato, pero todavía no sé el porqué.

Tengo que pensarlo mucho antes de caer en la cuenta que por definición tengo un problema: no sé aceptar regalos que no tengan una clara justificación –cumpleaños, trabajo bien hecho, bla bla bla…-. Tengo que pensarlo un rato más para comprender que no saber aceptar un regalo sin motivo es casi tan odioso como no saber darlo. Pero en el fondo yo sé que tiendo a olvidar más fácilmente las deudas que tengan conmigo, que las deudas que yo tenga pendientes con los demás. Entonces ¿Por qué no cogí la mandarina?

Puede que toda esta reflexión les parezca desproporcionada al incidente en sí mismo. Una muestra pura y verdadera de bondad y generosidad, a la que un servidor responde con una muestra de magnánimo sentido común y conveniencia. Pero cuando lo pienso ahora me doy cuenta de que mi magnánima respuesta no fue más que un acto de magnánima soberbia, involuntaria, sí, pero soberbia a fin de cuentas. Con mi negativa le negué la posibilidad de ser bueno y generoso sin motivo alguno con un desconocido. Se la negué por considerarlo insuficientemente rico, demasiado pobre. Mi rechazo no fue un acto honorable, fue un desprecio disfrazado. Curiosamente su generosidad activó mi oculta prepotencia, mi arrogancia y mi mal digerida condición de ser superior por el simple hecho de “poder pagarme todo lo que quiera” en el mercado del pueblo.

No se trata de pobres o ricos, se trata de respeto, y el respeto es algo más que una sonrisa amable y un selamat pagi. Respeto es a fin de cuentas no sólo tratar -eso sería simple cortesía- sino sentir al otro como un igual, y sólo desde esa comprensión y asunción profunda puede ir uno por el mundo con la cabeza en alto, en ese delicado punto en el que la barbilla ni mira hacia abajo ni mira hacia arriba. Es delicado, es sutil, lo sé, y no basta con estar cerca. A mí desde luego no me bastó con estar cerca, y es por eso que ofendí a un chavalín generoso con un corazón enorme, que me respondió como una enorme sonrisa, para acabar sintiéndome torpe, algo imbécil y muy desagradecido… Desde luego un viaje no son sólo destinos visitados. Son las situaciones vividas y lo que cuentan de nosotros.

Se les mueren las casas. Lingga & Dokam, Indonesia

Las Casas se mueren. Tan sólo quedan sus cadáveres languideciendo, esparcidos por la aldea entre las nuevas casitas de colorines que le brotaron en los tiempos modernos. Poco a poco, a la merced del sol, del viento y de la lluvia, las rumahs -antiguas casas comunales- de los Karo Batak claudican al paso de los años y la dejadez. Se les pudren sus patitas y sus costillas, se les levanta la piel y les crecen musgos y telas de arañas en los rincones de lluvia y sombra. Todo se viene abajo y lo que sobrevive es a base de maquillaje y previo cobro de entrada.

“Dime cómo vives y te diré quién eres”. No son más que casas. Sí, grandes, enormes, de diez metros por diez metros en planta y cubiertas por unos techos que se elevan hacía los cielos pudiendo llegar hasta los quince metros de altura. Casas decoradas con motivos que sólo los Karo Batak comprenderán, cuyos colores y geometrías son un conjunto de símbolos que contienen un mensaje oculto para ti y para mí. Sí, no son más que casas grandes que pertenecen a otros tiempos que ya pasaron y que no volverán. Y aún siendo tan solo más que casas, son mucho más que eso.

Al final del primer semestre de mis estudios de Arquitectura, en la asignatura de Proyectos, nos pusieron un ejercicio. Cada uno de nosotros tendría que tomar su hogar de entonces para vaciarlo completamente –exceptuando los elementos estructurales- y rellenarlo con una nueva propuesta: un hogar para sí mismo. Cada uno hizo su propuesta, y yo la mía, y con los años revisando la mía me di cuenta que aquello no era sólo un dibujo, ni una distribución, ni siquiera un hogar. Aquello era, ni más ni menos, que una proyección bastante certera de mí mismo y de la manera de entender mi relación con los demás. Más allá de calificaciones académicas, tan inconscientemente certera y sincera fue mi propuesta que pasados trece años sigue siendo perfectamente válida -con tan solo algunos ajustes de orden menor-.

Os cuento esto porque, no es que lo crea, es que yo sé que una casa no es sólo una casa. Que la tradición centenaria de construir hogares de un pueblo es mucho más que un bonito ejercicio arquitectónico, antropológico o –en los tiempos modernos- una experiencia turística. Es un modo de vida, y es precisamente la forma en la decidimos vivir nuestras vidas, y como compartirlas, lo que nos define como personas. “Dime cómo vives y te diré quién eres”.

Amanecía una nueva mañana encapotada en Berastagi, y tras mi paso por mi primer volcán me había dado un día de descanso que me había sentado tan bien que quería más. Pero había en la región ejemplos de arquitectura vernácula del pueblo Karo Batak que me arrastraban fuera de la cama. Batallé contra mi pereza y me eché a la calle a por un buen desayuno. Era mi cuarto día en el pueblo, no me había dado ni un paseo por el mercado y sus callejuelas y buscaba, porqué no decirlo, excusas para eludir la visita a Lingga y Dokam. Me hice el remolón perdiéndome por los callejones para descubrir que Berastagi es una calle principal que corre montada en la loma de una colina, y que más allá del mercado y de los arrabales hay un paisaje verde de huertas y campos. Y que en los arrabales de gente humilde corretean niños alegres, la mayoría descalzos, frente a los portales en los que las mujeres lavan la colada, tímidas, sonrientes y sorprendidas de la visita de un bulé –extranjero- descarriado que debe andar perdido para haber llegado hasta aquí. No me perdí, me dejé perder.

El paseo y todas estas sonrisas son un bálsamo contra mi pereza congénita y finalmente me lanzo a una odisea de opelets –mini-buses-, de terminales caóticas sometidas a incomprensibles leyes universales de orden local, a indicaciones contradictorias que tras un buen rato conseguirán llevarme a mis dos destinos a través de la fértil campiña batak: los poblados de Lingga y Dokam.

Porqué ocultarlo: no me siento bienvenido. Me siento, o me hacen sentir, un intruso y me incomoda pasearme por las calles con la cámara al cuello. En Lingga hay casas muy maltrechas y otras en espléndido estado de momificación –restauración forzada por expertos en el asunto-. Los adultos me esquivan y me miran con recelo, tan sólo los niños se prestan al juego de risas y buenas intenciones, de fotos simpáticas sin más. En Dokam, por el contrario, ni los niños sonríen. Me piden dinero y hasta se muestran agresivos. Soy el único extranjero, me muevo discreto y sin armar follón, he pagado las tasas que me han pedido los “guardas” del lugar y pido permiso antes de tomar un retrato, pero todo esto no parece ser suficiente. Al final del día me vuelvo a casa con algunas buenas fotos, pero me queda en el paladar un regusto amargo.

A los Karo Batak se les mueren sus casas aplastadas bajo el peso de los nuevos mundos y los nuevos tiempos. ¿Pero qué es lo que se muere realmente? ¿Qué estilo de vida se desvanece? ¿Cuál fue su propuesta de un hogar para sí mismos?

Sus casas son grandes porque viven muchos y todos juntos. Ocho familias bajo un mismo techo, a la lumbre de 4 fuegos que comparten cada dos familias. Echando un ojo el interior de estas grandes casas sorprende ver que el suelo es un plano continuo, sin paredes ni muebles. Todo cuelga de las vigas del techo y por un momento pienso en la arquitectura de Aires Mateus en Azeitao. Orientadas de norte a sur, con sendas terrazas de bambú a cada lado, estas casas tienen en realidad tres niveles que representan la visión del mundo Karo Batak. El plano inferior, los bajos de las casas, son para los animales. Su segundo plano, el intermedio, es el nivel para los humanos sobre el que se eleva ese gran vacío que conforma el volumen de las cubiertas que son, sin lugar a dudas, el elemento característico de su arquitectura. Es el mundo de los dioses y los espíritus. Esos tres niveles conviven superpuestos, separados pero todos bien juntitos.

Y nosotros ¿Cómo vivimos nosotros? No vivimos en casas, vivimos apilados en pisos porque la tierra en la que vivir es más cara que la tierra que nos alimenta. En cada piso vive una sola familia –si es que vive-, y no siempre con un padre y una madre. De los abuelos ya ni hablo. Por supuesto cada uno en su habitación, nunca todos mezclados, y si hay mezcla será una mezcla boba y en silencio frente al televisor. Pero muchas veces ya ni eso, porque siempre hay más de una tele, y sino ya está internet que antes había un puerto de entrada fijo al ordenador de la casa pero ahora seguro que hay wifi, portátiles, smartphones o tabletas.

Los animales ¿Qué animales? Los animales que nos nutren con su carne y con su leche o con sus huevos. Nadie sabe ni dónde están, ni cómo viven –condiciones de pura crueldad la mayoría de las veces- ni tan siquiera cómo mueren mientras tildamos de salvajes a los pueblos que matan a cuchillada limpia, con sus propias manos y a cara descubierta. Yo nunca maté ni vi morir la carne que comí ¿Y tú?

Y los dioses ¿Dónde quedan los dioses y los espíritus? No hay lugar para los dioses en nuestros pisos de techos planos y bajos, justamente la antítesis de las grandes casas Batak. En pos de la eficiencia y de los estándares modernos y de los mil veces malditos modulores, vendimos el alma al diablo y aceptamos vivir en alturas de 2,40m, según normativa –maldito modulor a 2,20m-. Nuestros dioses no viven en casa, viven en las iglesias regentadas por otros que curiosamente son ante todo aire, mucho aire contenido en paredes de piedra donde entra poca luz –oscuras como las casas Batak-. Vivimos en casas de techos planos pero a todos nos siguen gustando la buhardillas de cubiertas inclinadas y estancias de techos altos. Vivimos solos, cada uno en su cuarto pero recordamos con cariño las fiestas en pijama todos compartiendo bajo un mismo techo.

Se mueren las casas de los Karo Batak, pero yo me pongo triste porque sé que se muere algo más. Se les muere su propuesta de hogar y por ende se les muere su manera de ver el mundo. No es la mejor, ni será perfecta, pero cuando la comparo con la nuestra me doy cuenta que perdimos algo por el camino, y que ellos, siendo prescindibles, siguen siendo únicos e son irremplazables.

*propuesta de ejercicio: ¡ATENCIÓN! SE PERMITE SOÑAR DESPIERTO. Agarra papel, lápiz y colorines y dibuja cómo sería tu hogar. Tómate tu tiempo y sin pensar demasiado, piénsatelo bien. Me lo escaneas o le haces una foto, y me lo mandas -contact@outteresting.com- con pequeño escrito explicándome cómo es tu hogar y qué lo hace tuyo y especial. Si me gusta –si es sincero y honesto seguro que me gustará- yo lo público en el blog. No sufras, se pueden usar pseudónimos para mantener el anonimato, pero que sean divertidos, ok? ¡Adelante valientes!

Mi primer Volcán. Berastagi, Indonesia

…este post sabe mucho mejor con música, haz click aquí

Yo nunca antes había estado en un volcán y ahora mismo acabo de llegar de uno, mi Primer Volcán. Se llama Gunung Sibayak y puede que no sea ni el más grande ni el más espectacular, pero es mi primer volcán y hoy, merodeando por el borde de su cráter, corriendo arriba y abajo entre las rocas y echándole un ojo a las fumarolas me he sentido como el niño más feliz del mundo. La de hoy no ha sido una experiencia de adulto, lo de hoy ha sido volver a ser crío y pasearme despierto por un decorado de ensueño. Duro y escarpado, sí, pero sublime y sutil en sus muchos matices, como a mí me gusta.

A pesar de lo contento que estoy ahora tengo que confesar que cuando me he despertado esta mañana me lo he pensado dos veces, o puede que hayan sido tres. En Berastagi ya está fresquito de por sí, de hecho, durante las noches duermo con toda la ropa puesta y dos mantas y paso justito. Y hoy se levanta el día nublado y chispeando. Me hago el remolón en la cama, bajo las mantas, como el niño chico que no quiere ir de excursión y que prefiere hacerse el malito para quedarse en casa viendo la tele. Pero esto del viajar solo, sin nadie que te arrastre, obliga ante todo a mucha disciplina, y me repito aquello de que “¿De tan lejos viniste para quedarte en la cama?”. Ok, vale, arriba chicos que hoy toca ir de excursión y en el menú hay un volcán cuya fama es la de ser el más facilón de todo Indonesia. Día nublado, volcán fácil, creo que podré con ello.

No me visto porque ya llevo la ropa puesta de la noche –ventajas del frío-, salgo a la calle y desayuno al más puro estilo makassar padang indonesio, arrocito con vete tú a saber qué, mucho picante y tempe, que no me falte el tempe. Opelet amarilla -autobús local- en la acera de enfrente y en veinte minutos estoy en la entrada, paga simbólica y por delante un par de horas de ascensión. Y con todas las ganas del mundo me aburro como una ostra durante la siguiente hora y media. Nada que ver, día feote, nadie por el camino y para colmo una buena cuesta al final. Llego a un llano intermedio para no encontrar la escalera que me la han puesto detrás de todo ese mogollón de arbustos –cualquiera la encuentra-. Esto no promete nada, pero de repente la vegetación empieza a cambiar, se vuelve arisca, primitiva, y la escalera adquiere tonos épicos –ni Moisés subiendo al Sinai- y todo se va quedando pelado mientras el viento silba y me zarandea si me despisto. Primer salto de alegría al ver las tres fumarolas que echan humo, purito humo venido de las entrañas de la tierra. Esto ya es otra cosa.

Me lo tomo con calma, saboreo mi presa lentamente, rodeándola, buscando el mejor ángulo de aproximación y cuando la tengo a tiro, disparo. Una tras otras las instantáneas y los puntos de vista se suceden dejándome totalmente extasiado. Éxtasis de principiante que como no sabe no espera, y lo que no se espera es que tras la loma se oculta el cráter y cuando termino por subir la cuesta me quedo con la boca abierta y los ojos como platos. Estoy tan contento, estoy tan alucinado. Puede que no sea el volcán más grande, ni el volcán más espectacular pero yo ando tan contento como un niño el día de reyes.

El enorme muro negro que se alza sobre la laguna de arenas blancas y pálidas aguas turquesas. El amasijo de rocas desmenuzadas que hierve en vapores sulfurosos, una lluvia amarilla que mancha la negra roca y haciéndola brillar de amarillo fosforescente. Los senderos de tierra parda que zigzaguean por todos lados moteados en algún punto de una vegetación escuálida que debió perderse por aquí hace mucho tiempo y que no supo encontrar el camino de vuelta. Lo que viene después son más de dos horas dando vueltas sobre mí mismo, sobre el volcán, descubriendo un par de tiendas ocultas –qué buena idea acampar aquí por la noche bajo la luna y junto al volcán- y vueltas y más vueltas.

No sé dónde estoy. No sé si he viajado en el tiempo, cuando la tierra era un lugar inhóspito y muerto. No sé si viajé en el espacio ¿Esto era la Luna o era Marte? Y tampoco sé si he viajado en la imaginación ¿Crucé las llanuras de Gorgoroth hacia el Monte del Destino? Me lo pienso ya de vuelta en Berastagi, sentado en un puesto cerca del mercado, donde una señora me acaba de servir una mazorca de maíz a la brasa untadita en purito picante chingón. Sudo la gota gorda mientras el día se rompe y finalmente se pone a llover. Van que se me saltan las lágrimas por el picante pero me sabe tan rico que ya me he pedido otra mazorca mientras sigo pensando en la excursión de hoy y en lo que genial que es poder seguir disfrutando la vida como un chaval de 10 años que por primera vez estuvo en un volcán, su primer volcán, Mi primer Volcán.

No es lo mismo. Valle del Alas, Indonesia

Puede que ya lo sepas, pero yo te lo cuento.

No es lo mismo cruzar un país montado en un cómodo todo-terreno de lunas tintadas y aire acondicionado, con refrescos a mano y con buena compañía con la que charlar. No es lo mismo que hacerlo montado en un cochambroso autobús de línea en el que cocerse bajo el sol del trópico para acabar abriendo las ventanas y tragar polvo. No es lo mismo que nadie te entienda y que no puedas hablar con el vecino de al lado que no deja el cigarrillo de clavo ni un momento.

No es lo mismo, porque con la ventana abierta y sin nadie con quien poder charlar no te queda más remedio que mirar a fuera o mirar a dentro. Mirar a fuera, a los paisajes que las lunas tintadas te hubieran enturbiado y cuyos colores habrían marchitado. Mirar a dentro, cuyos pasajeros son los habitantes reales de estas lejanas tierras que viniste a visitar y a conocer. Nadie con quien hablar para poder contemplar la vida que discurre frente a tus ojos, nadie excepto ti mismo con quien comentar y reflexionar, en un ir y venir continuo entre el presente que estás viviendo y el pasado del que procedes. Me pasa que estando solo estoy más atento.

No es lo mismo mascar polvo, sudar y oler a rancio, porque siendo otro bulé más -extranjero-, al menos eres el bulé que comparte su vida y su camino. Y sólo por eso, porque no vistes camisa blanca impoluta y pantalones caquis de explorador aventurero que ignoran lo que es el barro, porque soportaste las incomodidades del viaje como uno más, sólo por eso ya te ganaste las complicidades y las sonrisas –que valen su peso en oro- de estas gentes humildes que atiborran este autobús cargado hasta los topes.

No es ni mejor ni peor, sencillamente es distinto.

Y por eso que un simple trayecto de Ketambe a Berastagi puede convertirse en algo especial: Un reencuentro con Urin y su familia frente a su casa en una parada improvisada en un mercado de carretera, en el señor simpático que sin hablar inglés se ofreció a llevarme en moto a la estación cuando andaba despistado por Kutacane y en todas estas postales de las que mis pupilas se empaparon mientras andaba colgado en la parte trasera de una opelet -furgoneta local- y mientras viajaba espachurrado en el autobús de hojalata.

Y como no es lo mismo, y ni es ni mejor ni peor, a mi sabe siempre más rico viajar así, porque nunca sé cuándo llegaré ni qué ocurrirá en el camino, y ese no saber me mantiene despierto y atento, con los ojos bien abiertos a la vida.