Tenía que volver. Bangkok, Tailandia

Tenía que volver… Unos dicen que la vida es circular, otros la piensan lineal. Yo todavía no sé, pero sí sé que cuando marché sin dejar algo bien cerrado no me sentó bien, y tarde o temprano, ‘eso’ terminó por volver.

Volví a Bangkok, pero en esta ocasión para no volver más. Volví a Bangkok como tantas otras veces durante este viaje y ésta fue distinta. Tenía que cerrar el círculo, tenía que volver a donde llegué. Volví a la Apple Guesthouse de la que huí hace un año. Volví también al Blues Bar, a aquel lugar donde encontré cobijo cuando andaba muy perdido. Volví y tenía que volver a la Bangkok de las callejuelas, a la Bangkok de la letra pequeña y de las fachadas mugrientas sin autor. A la de los 1000 puestos callejeros donde comer bien por 3 pesetas. Y no volví también.

No volví también al calor y a la seguridad de Khaosan Road. No volví a la Chang Beer ni a las películas petardas que tanto me reconfortaron en su momento. Hará un año huí del Apple Guesthouse pensando que la compañía me haría sentir menos solo. Y estando más acompañado me sentí igual de solo, pero el ruido y el follón, al igual que el alcohol y la falsa familiaridad de un mundo menos ajeno, sirvieron para aletargar mis sentidos y mis angustias.

Y no me arrepiento de aquello porque eso era lo que necesitaba en aquel entonces. Pero ya no. Han pasado 347 días y no sé cuánto he crecido, pero sí sé que al menos ahora puedo mirarle a la cara a la soledad, que no es más que mirarse a la cara a uno mismo en general y a sus miedos e inseguridades en particular.

Volví al Apple Guesthouse y a un cuarto soleado de paredes forradas de plásticos estampados con un patrón floreado de colores pastel. Un cuarto que sonaba a murmullo de barrio que se cuela por las ventanas, a tintineo de platos en el fregadero al anochecer, de televisores encendidos a todas horas y a voces de abuelas que llaman a niños que corretean por el callejón. Volvía al Blues Bar y a sus luces tenues y a su decoración barroca. El maestro me recibió. Volvía a mí mismo, a mis fantasmas. Volví porque quería mirarme de nuevo en el mismo espejo. Y sin ver nada en concreto, al menos -esta vez- no vi miedo.

Mañana India. Mañana una nueva vida ¿Mañana? ¿Qué será de mí mañana?

– FIN –

Día 0: Ligero de equipaje. Bangkok, Tailandia

¿Te has preguntado alguna vez como empieza un viaje alrededor del mundo sin billete de vuelta, sin orden ni destino? ¿Cómo son esos instantes previos en los que cierras la maleta y te diriges al aeropuerto para tomar ese avión? El avión que no sólo te lleva a un lugar, el avión que te cambiará la vida para siempre y del que volverás convertido en otro.

La arrancada ha sido caótica, al más puro estilo “Franc Pallarès López cuándo cojones aprenderemos”. Estuvimos hasta demasiado tarde en La Roofhaciendo la mona y por el Raval de Barcelona bebiendo copas de más. Pero claro, dos de tus mejores amigos te dicen de ir a hacer “la última” horas antes de marcharte tan lejos y durante tanto tiempo, que al igual les dices que no. Y claro, como a más a más a ti tampoco nunca te ha gustado ir de parranda… pues ya la tenemos liada.

En La Roof sesión musical donde lo único que recuerdas son los temas de Tracy Chapman. ¿A lo mejor también un poco de Björk? ¡Ala chicos! Ataque de risa cuando Sam intenta liberarme de no sé qué contracturas y de paso miramos las estrellas un rato y ahora que me viene a la cabeza ¿Estuve todo el rato mirando a Marte?.

Serán las 6 de la madrugada cuando entre las nieblas de un sueño pesado y denso de alcohol en la sangre me despierta el ruido del interfono. ¡Mierda! ¡Me he dormido! Cojo el móbil de la mesita de noche para comprobar qué hora es y veo las 10 llamadas perdidas de mi madre. Resacoso no oí el despertador. No he cerrado la mochila y corro histérico por la habitación. Enciendo el portátil y recurro a la artillería pesada. El “Every Teardrop is a Waterfall” de los Coldplay suena a todo volumen y recupero el norte y la alegría. Empaqueto y cierro la puerta tras de mí. En este preciso instante dejo atrás una vida de 5 años en este edificio de locos. Me siento feliz por lo que dejo y doy mi primer paso al frente hacia este futuro incierto que se me viene encima.

El momento sin duda más emotivo ha sido la despedida con mis padres. Después de subir al coche y ver que el avión salía dos horas más tarde de lo que creía -primera en la frente- y después de equivocarme de terminal -que el ritmo no pare-, al final acabamos llegando a destino, hacemos un poco de tiempo y es ya hora de marchar. Y al decirles adiós, mis padres lo tienen mucho más claro que yo.

Ellos, serenos, dan la talla. Yo, al darme la vuelta, pongo carita de niño chico que está a punto de echarse a llorar. La mujer del control me mira y hace como que no me ha visto. Un giro más en la cola de acceso al control de equipajes, saludo a mis padres sonriendo y saludando con normalidad al estilo Borbón, media vuelta y otra vez pucheros… Paso el control, me pongo de nuevo los bártulos encima y dos saludos más manteniendo la compostura. Hasta que los pierdo de vista y no puedo contener las lágrimas, y una azafata muy guapa pasa junto a mi lado y también hace como que no me ha visto. No contaba con estar tan poco preparado para el momento de la despedida con mis padres.

La espera se hace eterna. Estoy resacoso, con las prisas no me he duchado y además noto los efectos de las últimas dosis de las vacunas del día anterior. Estoy hecho un cromo y por delante quedan unas 20 horas de aviones y transportes hasta que pueda descansar tranquilamente en el hostal. Y a más a más un poco angustiado por la entrada a Tailandia, visados y compañía, cosa que no he previsto en absoluto – pa’ chulo yo-. Al final todo bien, el viaje correcto pero nada relajado. Durante el primer tramo sufro un ataque de clarividencia y empiezo a pensar en que no les he dicho a mis padres que les quiero. Que tanta preparación del viaje de las narices y al final no he previsto algo de lo más importante. Y después paso a los amigos y empiezo a dudar seriamente que haya estado a la altura en este campo tampoco, al tiempo que tengo la certeza que ellos sí lo estuvieron.

La extraña despedida con Cris entre las prisas y la resaca lo deja todo claro. Ella lo ha sentenciado con un contundente “t’estimo molt”. Y eso es precisamente lo que me ha faltado decirle a tanta gente. Tanta preparación con el viaje y al final lo más obvio y elemental queda pendiente. Me quedo dándole vueltas al asunto y cambiando de postura en mi asiento mientras intento conciliar un sueño que no llega. Y no termina de llegar porque hace rato que mi cabeza piensa sola y encima, la muy cabrona lo hace con inusual claridad. Marcho lejos, no sé a qué, sin remordimientos de lo que dejo atrás, pero sin tener ni idea de lo que viene por delante, y lejos de la ilusión de las cosas nuevas que están por llegar me queda el regusto amargo de las cosas que creo no haber cerrado bien.

Consigo dormir y me levanto un poco más despejado. Casi estamos llegando a Bangkok y aterrizamos. Sonrío al salir del avión en medio de este ambiente de irrealidad que es llegar a un lugar nuevo y extraño sabiendo que comienza un juego que quieres jugar pero del que desconoces las reglas. Tren súper rápido al centro, bus local que parece no llegar nunca, caminata y llegada clavada al hostal, de las de manual de viajero. Y todo esto a partir de un mapa dibujado por el Gran León entre cervezas y gintonics en un post-it durante mi fiesta de despedida, la Mucho-Rojo-Bye-Bye-Party.

Las llegadas son siempre confusas. No tanto por la novedad de lugar, más por la novedad de la situación. El próximo destino será más light, espero, pero hoy ha sido un día largo, borroso, confuso, con mucho calor por la mañana y lluvia torrencial por la tarde. Me hierven los pies y el hostal, a pesar de estar bien, no me acaba de convencer: comparto habitación para abaratar costes pero necesito poder dejar el portátil en lugar cerrado y seguro para no tener que cargar con él. Todo me pesa.

Quiero viajar ligero y hoy no he sido capaz. Por un lado el ordenador -lo de menos-, por otro el aluvión de densos pensamientos que me han perseguido durante todo el viaje. ¿Y por delante? Por delante doce meses viajando solo por Asia… ¡Qué dios nos pille confesados!

* Este post fue escrito el 18 de octubre de 2011 tras mi llegada a Bangkok, un año antes de su publicación en este Blog.

BKK Siesta & Fiesta. Bangkok, Tailandia

¿Ascensor planta 40? Se abren las puertas mientras ruge el sonido amortiguado de la música a todo volumen. Por encima de nuestras cabezas la Altitude Party en el Imperial Queen’s Park Hotel de Bangkok. Atrás, en la planta baja de este hotel, un hall de 5 estrellas del que cuelgan unas inmensas lámparas de araña que de tan enormes y lujosas resultan cómicamente grotescas.

Altitude Party: Antenas, tuberías, dos escenarios y dos ambientes y proyecciones en las paredes destartaladas. Una nueva Roof que añadir a mi colección de lugares mágicos y especiales por encima de las nubes. Ésta en concreto flota a la deriva en la noche de un viernes de marzo sobre la megalópolis asiática de Bangkok.

Como suele ocurrir en estas ocasiones, en realidad no debíamos estar aquí. A estas horas teníamos planeado haber vuelto a casa y estar dentro del sobre, pero pasó lo que suele pasar. Anuka, mi anfitriona en mi tercera incursión en Bangkok, estaba cansadísima de trabajar toda la semana. Franc, un servidor, se adaptaba al plan fuera el que fuera. Anuka se sentía mal por dejarme en casa un viernes noche y acordamos que por una cervecita con los Chilenísimos en el Majilis no pasaba nada. Y el Majilis, un local a medio camino entre jardín moro y mansión tropical, fue el marco perfecto para que cuajara la química y el buen rollo con esta buena gente divertida e interesante. Y entre caña y pipa y cojín mullido acordamos que lo mejor era continuar la fiesta, y esta noche tocaba fiesta en las alturas.

Los astros se alinearon: la música, el lugar, las luces de la ciudad y la compañía. Lo pasamos tan en grande que los señores de las escobas que barren cuando todo el mundo ya se ha ido nos tuvieron que pedir por favor que nos fuéramos a casa. Lo pasamos tan bien que al día siguiente tuvimos que repetir. Repitieron Anuka – la maestra de ceremonias -, Francisco – grande Francisco – , Fran – otra viajera por el sureste asiático como yo – y repitió Franc Pallarès López.

Quien tuvo retuvo y durante muchos años fui un adorador de la noche y del pódium y de la última canción. Con el tiempo supongo que evolucioné y opté por ser director de orquesta en la siempre compleja sinfonía de escoger correctamente la secuencia de bares en la noche de Barcelona y aprender a decir que no a esa última copa. Y a pesar de todo esto, desde que empecé este viaje, sólo de pensar en fiesta y follón me entraba mucha de pereza.

Quien tuvo retuvo y a la segunda noche, después de petardear en casa de Anuka y de ponernos mil videos en youtube y de pedir otra Chang más al servicio de habitaciones decidimos que finalmente esta noche también saldríamos, y que iríamos al encuentro de los chilenos – de Fran y Francisco – y que nos disfrazaríamos y que ya puestos me pintaba las uñas de negro y que la vida es corta y que por mucho que digan, nadie te puede quitar lo bailado.

Al Nest primero y luego directos al infierno, al infame Insomnia de Bangkok. Y fiesta, y música atronadora y luces y gente y aquí sí que me llevé la cámara. Lo que bailamos no lo sé, de lo que hablamos no me acuerdo, pero que reímos y saltamos, eso sí que sí. Totalmente agotados al día siguiente, al igual que al día anterior, dormimos más y más. Fiesta & Siesta, Siesta & Fiesta reza uno de los mantras ibéricos por excelencia.

Mis 3 días en Bangkok bajo el auspicio de Anuka fueron el revulsivo perfecto a mi saturación viajero-existencial. Fue la manera ideal de conocer otra cara más de esta Ciudad: la nocturna, la más intensa y fiestera, frívola y extravagante. Y aún así tan esencial y complementaria a aquella que forman los callejones y los canales y los kilómetros de fachadas ennegrecidas por el moho y la lluvia. Un reseteado ideal para encarar las dos próximas semanas. Mañana aterrizan mis padres en Bangkok y durante los siguientes 15 días el viaje, el blog y yo mismo quedo en suspensión para volver a ser el niño de papá y de mamá.

Papa y Mama, Bienvenidos a Asia!

Lo irreal de un día real. Tailandia

Me encanta cuando de repente oigo una canción que me recuerda a otros tiempos y a otras circunstancias completamente diferentes al momento presente: Estoy trabajando en las fotos, sentado en una cafetería frente a un Kentucky Fried Chicken justo al ladito del único enchufe disponible de la Estación de Autobuses del Norte de Bangkok. Esta tarde, mientras espero ocho horas a mi autobús para Mae Sot, he decidido poner U2 en el menú, y cuando ha sonado “with or without” la cabeza se me ha ido a aquellas tardes de lloreras quinceañeras en la discoteca del sábado, el “Privat” de Mataró.

Quién me hubiera dicho entonces que mi vida habría tomado estos caminos. Y no me refiero sólo al mi Viaje por Asia. Pienso también en los estudios de Arquitectura, en mi año en Helsinki, en la vuelta a casa, los viajes por medio mundo y los 5 años en Barcelona, con estudio propio de Arquitectura incluido. Como me gustaría reencontrarme con aquel chaval que fui, mirármelo a la cara y decirle que no se preocupara, que todo iría bien, que iba a ser genial, y que si no metía la pata la vida iba a ser con él extramadamente generosa.

Y ahora aquí estoy. Está mañana desperté al susurro de las olas del mar, en una Isla, frente a una playa de arenas blancas. Me vestí, preparé mi equipaje y fui hacia el embarcadero. Llegamos a tierra firme y en 3 horas volvía a estar en el corazón de la Super-Bangkok mientras cruzaba la ciudad en el Skytrain atiborrado de los thais más “in” del momento. De nuevo en la gran ciudad, tan sólo unas horas. Ahora estoy de nuevo en las afueras, en la estación de Mo Chit, esperando un bus nocturno que me llevará a Mae Sot, en la frontera con Myanmar, donde se concentran alrededor de 100.000 refugiados birmanos y donde Albert, Arquitecto y de Barcelona, me ha invitado a pasar unos días.

Y mientras espero para volver de nuevo a las montañas pienso en lo irreal que puede ser un día real: Isla Paraíso – Bote – Bus – Megalópolis Asiática – Kentucky Fried Chicken – Bus nocturno – Amanecer en las Montañas.

Bangkok: Ciudad de ríos, calles y callejuelas. Tailandia

Hace días que debería haber escrito sobre Bangkok. La ciudad a la que llegué, pero que no tengo muy claro si me recibió. Empecé pensando que hablaría de Bangkok haciendo referencia a dos de los ríos que la cruzan y que en cierto modo la articulan: el antiguo Chao Phraya apunto de desbordarse mientras escribo estas líneas, y el moderno “Tren del Cielo” (Skytrain) que surca la ciudad serpenteando entre rascacileo y rascacielo.

Limitar Bangkok a dos arterias sería no haber querido enterarse. Bangkok, ahora con Yangon en la cabeza, se me antoja como un complejísimo sistema de vasos comunicantes. Un ciudad gigante formada por una intrincada red de canales por los que no necesariamente fluye el agua, aunque a veces sí. Una red de canales donde la gente y sus vidas son protagonistas.

Cada gran avenida conecta con una calle menor, que a su vez conecta con una callejuela, que a su vez conecta con una callejón, que a su vez… El enredo parece no terminar nunca, y es que Bangkok es así. Desembarcar en Chinatown, sumergirse en sus mercados, apostar por el rincón más oscuro y encontrarse con un microcosmos desbordante. Donde los olores, los colores, las miradas, los gritos y los susurros te hacen sentir en mundo contenido dentro de otros muchos mundos. Eres el extraño, exhento, sobrante. Ellos lo saben y te lo hacen saber, sonríen por simpatía y por educación, pero te hacen saber que nunca lo entedarás. No hay grandes verdades, pero sí otra vida muy alejada de tu mundo, mi mundo. Un mundo que tiene campo base en Khaosan Road.

Khaosan Road, o mejor dicho, el “Infame Khaosan Road” es el nido, la burbuja que habitamos los viajeros occidentales que pasamos por Bangkok. Todos acabamos volviendo a él o a alguno sus afluentes. Un centro de gravedad sobre el que extrañamente orbitan gran parte de las rutas (mochileras) por el Sureste asiático. Lo peor de occidente presentado como lo mejor. Una caricatura de nuestro mundo. Un chiste malo que pone de relevancia nuestros defectos de la forma más grotesca. En mi opinión, un paso necesario por Bangkok, no tanto por lo que dice, como por lo que calla.

La última Bangkok -decir última es mucho decir, son muchas más y sus infinitos matices no pueden llegarse a descibrir- de la que hablaré es la Bangkok que se me presenta articulada entorno al Tren del Cielo: el moderno sistema de transporte sobre el que la Bangkok más rabiosamente moderna saca pecho. Sin saber nada de lo que iba encontrarme, habiendo visto ya algunas ciudades potentes del planeta, la Bangkok que me muestra el Sky Train me deja impresionado. Puede que no sea la mejor ciudad del mundo, ni la más más, pero ES. El qué, no lo tengo claro, pero en última instancia esta Ciudad es la manifestación fisica de las aspiraciones de un pueblo, los Thai, que por encima de todo apuestan, y apuestan fuerte. Si el caballo es ganador o perdedor ya se verá, pero visto lo visto, hay que reconocer que apostar así de fuerte es tenerlos puestos.

Esta última Bangkok no es impoluta ni immaculada. En ella habita algún que otro cadáver de la crisis del 1997 en forma de rascacielos agonizante sin terminar. También está surcada por infinidad de pequeñas calles, que albergan callejuelas que conectan a callejones. Detrás de los grandes edificios de oficinas surgen infinidad de puestos de comida callejeros, de carpas, de mesas en las esquinas. Una legión de modernos empleados impolutos atiborran y hacen cola para deleitarse con las excelencias culinarias callejeras: variadas, suculentas y baratas.

Compartí dos horas de cola frente a la embajada de Myanmar con un grupo encantador de cincuentones americanos. Alex (originario de Texas, dos matrimonios y 5 hijos, dueño de un Restaurante Tex-Mex y 10 años en Tailandia) me cuenta muchas anécdotas. Me quedo con una por el momento: Cuando llegó a Bangkok vivió en un pequeño cuarto, con un pequeño baño, una nevera y sin derecho a cocina. Debajo del edificio, en la planta baja, estaba el párking, lleno de mercedes y coches de alta gama. Los habitantes del edificio, al igual que él, no podían permitirse una vivienda mejor, pero siempre había dinero para lucir un Mercedes.

Bangkok? Cúal de ellas? Cúal de sus infinitos afluentes y versiones?.

El cuento de los tres cerditos. Bangkok, Tailandia

Lleva pasándome desde que llegué. Pensaba que sabía lo que sabía, y lo que no sabía no. El caso es que lo segundo ha resultado cierto y lo primero tampoco. Sé que es tontería repetirse sobre estos temas una y otra vez, pero la verdad es que, no a cada momento, pero sí demasiado a menudo, me encuentro preguntándome dónde carajo están mis fundamentos. Como en el cuento de los tres cerditos, yo pensaba que a estas alturas ya tenía una casita de ladrillo montada en mi cabeza, y resulta que a la primera de cambio, la casita es de paja y se desmonta al primer vendaval -ligera brisa en este caso-. Eso sí, los cimientos/fundamentos persisten, y como la casita es de paja -y yo arquitecto- la monto rápida y barata en un visto y no visto.

Y ahora es cuando me pregunto qué es lo que cuenta: la casita en si o los cimientos que persisten pase lo que pase. Me pregunto si el tema es saber como recomponerse a cada momento, o sencillamente no tenerlo que hacer porque ya se hizo bien. Y claro, si esto lo traducimos a la vida que llevaba/llevábamos/llevabais/llevaremos, entonces en qué quedamos. A fin de cuentas ¿No es nuestra vida-montada/casita el lugar en el que nos refugiamos cuando viene el mal tiempo? ¿No son nuestros amigos/familia/entorno, nuestro trabajo, nuestras rutinas, nuestros recuerdos, todos ellos un punto de referencia, un anclaje fijo cuando la barquita/casita va a la deriva a riesgo de perderse en el inmenso mar que puede ser este mal/buen vivir? Es allí donde buscamos el calor y el cariño cuando hace frío o cuando nos han herido. Así pues, si la casita es ahora lo importante, los fundamentos que parecen resistir a todo ¿Dónde quedan? ¿Dónde quedamos? ¿Dónde quedo?

Y todo esto como colofón a una noche tranquila y amable, en un bar pequeño con una blues band más thai que occidental en un local entrañable al que seguro volveré. Como si se tratara de un primer/pequeño nuevo cuartito de mi nueva casita ambulante y dispersa. Un lugar tranquilo y amable al que volver, no cuando haga frío -en Bangkok siempre hace calor- ni cuando me hayan herido -hace falta que te conozcan bien para que te puedan herir- pero sí volver porque sí, porque te sentiste a gusto la primera vez, y porque ya entonces sabías que esta cueva podrías sentirla también como una de tus cuevas.