Me siento en Ruta. Banda Aceh & Takengon, Indonesia

Vuelvo a estar en ruta. He vuelto a la carretera, a los nuevos paisajes desfilando por la ventana del autobús, a las nuevas camas de hotel barato que son a fin de cuentas mi casa, a volver a empaquetar de nuevo al amanecer, siempre al alba. Estoy en ruta, me Siento en Ruta.

Hace ya 4 días ya que dejé atrás Lampu’uk Beach y mi pequeño nuevo hogar de quita y pon, atrás me queda ya la pequeña rutina que había logrado construir. Esta noche mi bungalow ya no será azotado por los inclementes vientos del Índico, esta noche mi bungalow aparece envuelto entre las livianas brumas del valle del Río Alas. Se ha puesto el sol tras las montañas verdes del corazón de Sumatra y, corrido el velo de la jornada, jirones de bruma toman el valle alzándose sobre el gran río, suspendidas en el aire, como por arte de magia, a la luz de la luna.

Estoy en ruta, me siento en Ruta. 4 jornadas hace ya que dejé atrás Lampu’uk Beach. Dos las pase en Banda Aceh, dos más viajando a través del corazón de esta isla que me tenía enamorado antes de venir y que me sigue enamorando a cada recodo de la carretera, a cada alto en el camino, con cada persona con la que me cruzo.

Banda Aceh, una ciudad antigua renovada por completo de los pies a la cabeza. El famoso tsumani de las navidades del 2004 que azotó los márgenes del océano Índico tuvo su origen frente a las costas del norte de Sumatra y fue aquí donde golpeó con más fuerzas. Más de 150.000 víctimas de un plumazo y más de medio millón de personas sin hogar –se dice rápido- todo en apenas unos minutos y sin previo aviso. La ciudad arrasada y una población devastada. Cargueros tierra a dentro a más de dos kilómetros de la costa y barcos de pesca colgados del tejado de las casas.

Han pasado ya casi ocho años de aquel fatídico 26 de diciembre y cuesta creer que aquí hubiera habido ese nivel de devastación de no ser por un Museo del Tsunami muy futurista pero cerrado a cal y canto, y del par de barcos varados tierra a dentro que han sido convertidos en una especie de parque temático turístico. Por lo demás ni rastro de la ola gigante, ni rastro del desgarro en todas y cada una de las familias ¿Ni rastro?

Voy montado en un labi-labi –furgoneta local con asientos en la parte trasera- y el indonesio de turno me somete al interrogatorio habitual: ¿A dónde vas? ¿De dónde eres? ¿Estás casado? ¿Viajas solo? ¿Cuál es tu trabajo?… Es majo como todos los indonesios que me he encontrado hasta el momento y contraataco con mi batería de preguntas. Fajar tiene mi edad y es de un pueblo a las afueras de Banda Aceh. Está casado y tiene 2 hijos, uno tiene 11 años, el otro murió en el tsunami… Pero él sigue teniendo 2 hijos, aunque uno ya no esté, y aunque aquí nadie hable del tsunami. Al tsunami de muerte y destrucción le parece haber seguido otro de olvido y de ganas de querer mirar al futuro.

Un tsunami que fue trágico pero que no sólo trajo muerte, que también trajo la paz a este rincón de la extensa y diversa Indonesia que durante años clamaba por su singularidad y su independencia. La tragedia hizo que las fuerzas rebeldes del GAM (Gerakan Aceh Merdeka – Movimiento Aceh Libre) y el gobierno de Jakarta depusieran las armas y firmaran la paz en pos de trabajar juntos por el futuro de la población ante la catástrofe. La provincia de Aceh es ahora baluarte del Islam de la ya muy musulmana Indonesia, el primer lugar del sureste asiático en el que desembarcó junto a los mercaderes gujaratis de la India y donde hoy en día se aplica la sharia, la ley islámica.

Pero a pesar de su supuesta radicalidad y de la constante llamada a la oración por toda la ciudad, en Banda Aceh se respira un ambiente muy relajado por las calles. Hay poco que ver, la verdad, y más allá de callejear un rato y de asomarse a sus mercados y los puestos callejeros, lo más destacado de la ciudad es una mezquita del tiempo de los holandeses -construida para ganarse el favor de los locales tras años de conflictos- que destaca por su elegancia y su singularidad y que parece condensar todo el sabor de Las Mil y una Noches con el temple del trópico. Una mezquita coronada por cinco cúpulas de color regaliz, cubiertas de teja roja y paredes blancas rematadas por un catálogo de finos trabajos de marquetería. De día y de noche, la Gran Mezquita de Baiturrahman y los mercados que la rodean son el centro y el alma de esta pequeña ciudad costera que teniendo poco que ver a mí me dejo buen sabor de boca.

Dos días en Banda Aceh y dos días en la carretera camino de Ketambe, la puerta trasera del Parque Nacional Gunung Leuser donde residen los “pequeños hombres rojos”. Dos buenos días de carretera en transporte local, en furgonetas abarrotadas hasta la bandera de lugareños risueños y pacientes cargados con montones inimaginables de fardos y paquetes.

Mi primera jornada arranca con una espera de más de una hora en la estación de bus, a la que le siguen casi 2 horas dando vueltas por toda la comarca de Banda Aceh recogiendo a cuatro encantadoras señoras para acabar volviendo a la estación de autobuses a la que había llegado 3 horas antes. Esto es Indonesia y aquí todo el mundo se lo toma con calma. Arrancamos finalmente y nada mejor para amenizar el viaje que un buen disco de música techno a todo volumen que parece hacer las delicias de todos los pasajeros sin importar la edad. Si no puedes contra el enemigo mejor únete a él, así que ya puestos liémosla parda con las 4 señoras que son 4 maestras camino de Takengon para pasar el fin de semana con sus familias, y que aún estando entradas en años, mantienen una marcha y un buen ritmo envidiables. “Niño que me comas esta fruta”. “Niño que si quieres un coco que nosotras vamos a comprar”. “Niño toma de este pastel que allí España de esto no tenéis”. Así me tratan, como un Rey. Ellas sin hablar inglés y yo sin entender nada de Indonesio.

El paisaje es aburrido mientras seguimos paralelos a la costa camino de Medan, pero al llegar al cruce que nos desvía hace el Valle del Alas la cosa empieza a cambiar. Ganamos altura y el paisaje se vuelve jungla exuberante de palmeras que me recuerdan a palmones de pascua, de escenas de río y merenderos al atardecer y de aldeas coloradas a los márgenes de una carretera que está fuera de las rutas del turismo. El alma de Sumatra en estado puro al atardecer mientras se pone el sol tras la sierra y los lugareños se sientan al umbral de sus casas para charlar con los vecinos o mirar a los niños corretear frente al patio de tierra batida. Casitas de madera coloradas, niños aquí y allá con camisetas del Barça, con los nombres de Messi o de Xavi, una abuela que juguetea con sus nieto tras el último rayo de sol. Estoy en ruta, me siento en Ruta.

Parada técnica nocturna en Takengon, en un hotel más cutre que humilde en el que sólo dormiré para despertar y caminar de nuevo hasta la estación a la búsqueda de un transporte que me lleve hasta la otra mitad del camino. Una segunda jornada de junglas que a cada rato se mezclan con paisajes alpinos que me dejan fuera de lugar. Indonesia será extensa y variada, pero ya la misma Sumatra no deja de sorprenderme. Carretera y manta, y más aldeas pintadas de colores con las más inusuales combinaciones que contradicen todos los cánones y de las que me estoy quedando prendado.

Esta tierra rezuma exuberancia y aislamiento aún estando sorprendentemente bien conectada. Esta tierra es la antesala de mi próxima parada: el villorrio de Ketambe que acabó siendo un trozo del camino del que colgaban desperdigadas algunas casas, unas cuantas ovejas y algún bungalow para turistas fuera de temporada en busca de jungla. Un parada en el camino junto al río Alas que perezoso pero implacable serpentea paralelo a la carretera y sobre el cual, noche tras noche, la niebla se levanta espoleada por el murmullo del agua a la luz de una luna que siempre consigue hacerme sentir en casa. De nuevo, y tras mis dudas y mi parón en Lampu’uk, no sólo estoy en ruta. Siento la alegría ante la incertidumbre de un nuevo día, los nervios y la excitación al llegar a un nuevo destino, el volver a ser capaz de saborear y ver al dios de las pequeñas cosas a cada rincón en el camino. He recuperado la ilusión y por fin vuelvo a sentirme en Ruta.

El cielo es Azul. Lampu’uk Beach, Indonesia

Encontré un lugar bonito al que huir. Encontré el lugar bonito en el que refugiarme de todo y quedarme a solas conmigo mismo. Nada que ver, nada que visitar. A solas con el silencio, a solas con una rutina diaria, a solas con lo bueno y con lo malo que cargara a cuestas. A solas con nadie porque nadie viene a la playa de Lampu’uk por estas fechas. Porque nadie quiere pasar sus días en los confines del mundo sobre los que todavía planea el fantasma de un tsunami que mató de un plumazo a más de 150.000 personas. Y el tiempo, el tiempo es tan malo que no se ve el sol, oculto tras las tormentas del Índico que azotan, inclemente y una tras otra, las costas de la punta norte de Sumatra.

Son días de un intenso gris oscuro. Días en los que un viento feroz arroja sin piedad contra estas costas lluvias inmisericordes que hacen templar los cimientos de la casita de madera colgada de un acantilado en la que me he refugiado.

9 días con sus nueve noches pasé aquí. 9 días marcados por amaneceres pálidos sin color. 9 jornadas marcadas por los cinco cantos del almuecín en la cercana mezquita de la muy musulmana Aceh. Días de atardeceres mustios en los que la luz se desvanecía con más que pena que gloria, atardeceres de nubes negras, bandadas de murciélagos que abandonaban sus cuevas en los acantilados para darse a sus cacerías nocturnas.

Qué bien me siento. Qué ricas me saben las comidas que día tras día me sirven los chicos de los bungalows, siempre las mismas siempre a la misma hora, siempre los mismos sabores sin gracia alguna repetidos hasta la saciedad. Vivo una rutina, pero no es una rutina cualquiera, esto es Divina Rutina. Despertarme con el canto de las 5 de la mezquita, levantarme sobre las 7 cuando el cuarto está ya lleno de luz pálida y descolorida. Encender el ordenador para ver una película, encenderlo para trabajar en los cientos de fotografías que aguardan su momento para florecer en toda su plenitud. Desayuno sobre las nueve, siempre una crepe de plátano con chocolate cuyo grosor varía dependiendo de quién me lo cocine, las de Agung son siempre mejores.

Vuelta al cuarto tras contemplar la playa con la mirada perdida y la mente vacía. Otra película, más fotos y más ratos ausentes con la mirada puesta en un horizonte de olas rotas sentado en el banquito de mi casita. Hora de comer, luego siesta, película, y más fotos. Al atardecer me ducho con agua fría sin apenas presión. Cae la noche y ceno lo mismo que comí: arroz con verduras y con mucho picante. Subo a tientas a mi cuarto por el caminito para una sesión doble de cine, pero ahora ya arropado entre mantas y bajo la mosquitera que da solemnidad a la alcoba. El canto del almuecín haciendo las veces de campanario, el viento de las tormentas rompiendo con sus sacudidas la cadencia de mi rutina divina con su arbitrario ir y venir.

Llueve y tiembla mi casita de madera. Llueve y se cuelan a través de las rendijas las dunas de la playa y la lluvia que este viento inclemente pone de vuelta y media haciéndola correr paralela al suelo en vez de dejarla caer como dios manda. Los días se funden unos con otros. Entre mantas descubro a un Fellini que durmió durante meses en mi filmoteca viajera y que hace cine para sí mismo y para nadie más. Que hace un cine triste o melancólico cargado de dudas y de belleza que desborda a pesar del blanco y el negro. Los días se funden y en realidad pienso más bien poco, aunque reflexione sobre el niño mediterráneo de piel demasiado fina que creció dando por sentado que el sol siempre brilla en el cielo y que las lluvias y las tormentas son un estorbo, un capricho de dioses aborrecibles que no entienden que las cosas sólo son ellas mismas bajo la clara luz del sol.

Tras más de 30 años y la compañía de mi librito de cuentos Zen –el único libro físico que me acompaña en este viaje- el niño mediterráneo de piel fina empieza a entender que las cosas sólo son ellas mismas a la luz del sol, pero que también pueden serlo bajo la luz de un día de tormenta. Y que puede que muchas de las cosas sólo sean más ellas mismas a la luz de la luna o al candor de una vela. El niño que germinó y maduró a la luz de sol y frente a un mar de intenso azur cae en la cuenta y recuerda algo que solía pensar cuando vivió en el implacable invierno finlandés: Que el cielo es siempre azul, que tras la espesa capa de nubes el sol siempre sigue brillando. Que las nubes vienen y van y que al final siempre es cuestión de tiempo que el cielo nos vuelva a parecer azul.

Lo descubrí cuando estaba en Finlandia y lo reencontré años más tarde durante mis cameos con la literatura zen. Pero en algún momento de este viaje olvidé que los recuerdos son mentiras y que inundan la razón. Dejé de mirar en el espejo del día a día para fiarme de mis memorias y acabar olvidando que nada ni nadie vive en un eterno verano y que en los inviernos también pude ser feliz.

9 días con sus nueve noches pasé colgado de un acantilado en la playa de Lampu’uk bajo un cielo de tormenta y calma. Al noveno día amaneció claro y el cielo encapotado dio paso a un cielo azul. Al atardecer se filmó un programa de cocina de la televisión estatal indonesia frente a mi casa. Y por la noche, en mi última noche, brillaba la luna creciente casi llena sobre la playa. No supe no darme un paseo solitario, en este rincón de mundo olvidado. El cielo era claro, brillaban las estrellas pero seguía soplando en viento brutal e implacable que levantaba la arena y me la clavaba en la cara y en las piernas como si fueran alfileres. El azote de las dunas me recordó a las ventiscas de mi adolescencia en los pirineos.

No había pensado mucho, había reflexionado más bien poco, pero dejaba Lampu’uk Beach con el alma en calma, reposada… Cuenta otro de mis cuentitos zen que las aguas de un lago alborotadas no consiguen reflejar la luna con claridad, pero que si se las deja reposar, sin más, al final acaban por convertirse en un espejo que lo refleja todo a la perfección… eso necesitaba yo, dejar de remover mis ideas.

9 días sin nada que ver, ni nada que visitar. 9 días a solas conmigo mismo, con lo bueno y con lo malo que cargara a cuestas. 9 días para darme cuenta que no es que salga el sol, que el sol siempre estuvo allí, que son las nubes las que lo ocultaron, y que pase lo que pase, las nubes son pasajeras por definición. Que la clave está en sobrellevar con calma la tormenta, y si es posible, disfrutarla y saborearla cobijado tras una mosquitera, bajo unas mantas y con una película de Fellini en blanco y negro, mientras afuera el cielo es negro, rugen vientos inmisericordes y sigue lloviendo a cántaros. Pero eso ya da igual, porque yo ya sé que, pase lo que pase, el cielo es siempre Azul.

Estoy despierto ¿Dónde estoy? Pulau Weh, Indonesia

“Estoy despierto ¿Dónde estoy? Estoy en la isla, estoy en Pulau Weh”.

Miro por la ventana del bungalow, una caseta de madera con agujeros por todas partes, el más barato. Son la 5 de la mañana y una luz violeta tamizada por la mosquitera despunta en el horizonte. He dormido bien pero al volver a tomar consciencia mi corazón se encoje. Todo es bello pero yo me siento triste. La cama parece flotar en un oscuro e incierto mar de melancolía y tengo que hacer un esfuerzo para levantar la mosquitera y empezar este nuevo día.

Me visto y voy hacia la playa de Iboih. Haremos una inmersión al alba, en ese momento en el que los peces de la noche vuelven a las profundidades mientras que los que dormían despiertan y emergen al calor del nuevo sol. Es mi primera inmersión desde Koh Tao y no quiero cometer errores con el equipo, estoy inquieto y no quiero olvidar ningún detalle. Montamos en la lancha y la escena no puede ser más preciosa. El pueblo duerme en calma, la superficie del mar resplandece con los colores del amanecer y el lomo de la islita de Pulau Rubiah se recorta contra el horizonte. El viento y el susurro del suave oleaje y el motor de nuestra lancha son la banda sonora de este momento idílico. Las chicas bromean – llevan cientos de inmersiones – y llegamos a destino.

Habrá que descender rápido, la corriente es muy fuerte y podría llevarnos demasiado lejos del grupo. Bajaremos directamente hasta los 30 metros, justo al lado del acantilado en las tinieblas de estas aguas al extremo norte de Sumatra. Bajo el agua me siento como en un sueño. No he dado ese paso fuera de la cama y en realidad me he vuelto a dormir. El paisaje del fondo marino es un peñasco pronunciado que se dobla y se pierde en las profundidades. La fuerte corriente nos empuja y nos agarramos a las rocas cortantes con las manos. Mis gafas se están empañando y respiro demasiado rápido, miro hacia arriba, hacia el mundo que despierta, pero al mirar abajo me parece que estoy nadando en la nada. No es miedo, es otra vez ese sentimiento de melancolía que no me deja. Ahora ya sólo somos dos, el instructor y yo. Navegamos por ese mundo irreal y buscamos tiburones y mantas raya. Hace rato que he perdido la orientación y simplemente me dejo llevar y le sigo. En un momento me señala algo pero tengo las gafas empañadas y no veo nada. Era un tiburón enorme a escasos 5 metros, me comenta al volver a la superficie. Apenas he durado 30 minutos. He respirado demasiado rápido: la corriente y los nervios.

Arriba todo sigue siendo bello y el sol ya ha levantado cabeza sobre el horizonte. Esperamos media hora más hasta que las chicas salen, y siguen riendo y bromeando. Vuelvo al pueblo y por la tarde habrá otra inmersión más. Con Karsten y los franceses. Será al otro lado de la isla, en el jardín de corales y esta vez lo haré mejor. Otra vez en pleno control de mis facultades, otra vez suave y tranquilo.

Pulau Weh es realmente un pequeño paraíso. Me gusta esta isla y me gusta Iboih. Me gustan sus paisajes y la actitud de la gente en su día a día. Me hecho al mar frente a los bungalows y con tan solo unas gafas y un tubo me paseo durante 3 horas y me cruzo con cientos de peces de colores, con un pulpo que me mira y que se cambia de traje a cada movimiento que hago. Una morena gigantesca me da un susto de muerte, y serpientes marinas bailan ingrávidas sobre el fondo de corales. Y arriba en sus cielos vuelan murciélagos enormes al anochecer y durante el día un águila reina en las nubes. Iboih es un sendero del que cuelgan las casas de huéspedes, cerca de las dos playitas, de alguna tienda y algún café. Paseando en un atardecer dirección al colmado miro a lo lejos, al muelle donde pescan algunos lugareños y juegan otros niños. En un instante una enorme raya águila salta del agua para volver a caer y desaparecer unos segundos después. Pulau Weh es un edén.

“Estoy despierto ¿Dónde estoy? Estoy llegando a destino, estoy llegando a Banda Aceh”.

Finalmente dejé atrás Malasia. Los problemas con los pasaportes y las cámaras y finalmente empieza la gran aventura por Indonesia, borrón y cuenta nueva. Aterrizaje en Medan procedente de Kuala Lumpur y primer round con los taxistas para determinar cuánto valen las cosas en este nuevo país. Doy mil vueltas y finalmente consigo un buen precio y un destino acertado. Compro el billete y cruzo de nuevo la ciudad –esta vez en labi-labi– para llegar a la central donde me espera un bus de 12 horas que me llevara al norte, a Banda Aceh.

Hemos llegado y de la estación al muelle vamos 3 turistas en una moto con sidecar pintada con curiosos colorines, colores de Indonesia. Llegamos temprano y tendremos que esperar cinco horas hasta que salga el primer barco. Me gusta Indonesia y me gusta su gente y voy hacia la Isla. Al subir al ferry empieza el festival. Vamos hasta los topes porque es puente y resulta que los muy musulmanes de todo Indonesia están celebrando que Jesucristo subió a los cielos en la segunda pascua. Todo el mundo es tan majo, el mar, la luz del sol, el sentimiento de estar avanzando hacia un lugar remoto en el extremo de la mítica Sumatra. Hablo con la gente, me preguntan y me hacen fotos y se las hago yo, y de repente ERROR 20. No me lo puedo creer, la cámara ha vuelto a fallar. No me lo puedo creer. Respiro hondo, compruebo mil veces. La cámara ha vuelto a fallar y parece ser que aquella nube gris que se formó en Tailandia me ha seguido hasta Indonesia.

Estoy cabreado, harto, triste y frustrado. Me despido cortésmente de la señora y de su familia y voy a perderme a un rincón del ferry. Quiero gritar, quiero mandarlo todo a paseo. En éstas, recostado contra la pared, con las manos en las rodillas y cabizbajo la gente empieza a aplaudir y a gritar. Algo pasa. Levanto la cabeza y una manada de más de 20 delfines nadan hacia nosotros. Saltan, juegan, ¿Danzan? El barco, la isla al fondo, el volcán detrás. ¡Joder con la puta cámara! El azar se ríe de mí en mi puta cara. Estoy cabreado y navego hacia el paraíso y sólo se ha jodido una cámara -la tercera en menos de 6 semanas-. Y es ahí donde aparece Rafis.

continúa en el siguiente post, Rafis y el Taxista…

Postales. Messi 10. Carretera a Lampu’uk

¿Qué edad tendrá? ¿Nueve, diez o 11 años? ¿Qué hará durante el día? ¿Irá todavía a la escuela o estará ya trabajando en los campos o aprendiendo algún oficio en los talleres? No sé nada de Él pero le estoy viendo tumbado sobre una estera en el suelo de la habitación, pensado en el partido de mañana…

Debe ser delantero, claro, no podría ser ni portero, ni defensa, ni centrocampista. Hoy debe haber habido partido o a lo mejor ha estado mirando la tele, algún programa especial. El chico vive en los alrededores Banda Aceh, a casi 10.000km de Barcelona, en la punta norte de Sumatra donde aquel épico tsunami del 2004 se llevó por delante más de 150.000 vidas humanas de un plumazo. Él sobrevivió pero, al igual que todos aquí, seguro que perdió a algún ser querido.

El chico está tumbado y sueña despierto. Sueña que mañana habrá partido y que mañana él será Leo Messi. Tiene que ser de familia humilde, vive a la afueras y la sandalia es de las baratas. Debe ser de familia humilde porque aquí son muchos los que llevan camisetas del F.C. Barcelona y casi nunca tienen pinta de ser ricos. A más a más, siempre hay imitaciones baratas que hacen las veces y que a efectos prácticos sirven igual. Tumbado en la oscuridad del cuarto mira al techo y a las luces que se cuelan por la ventana. Ha tenido una idea, mañana él será Leo Messi.

En un acto de pura psicomagia, de puro vudú, el chico decide tomar partido. Agarra sus chanclas baratas y con el cuchillo de la cocina talla en plástico el nombre y el número de su ídolo, de su diós pagano ¿Lo talla o lo esculpe? Hoy el chico no vestirá el número 10, eso lo hace cualquiera, ha decido ser más radical. Siente y sueña que por el mero hecho de inscribir su nombre en sus sandalias sus pies serán más rápidos y sus piernas más ágiles. El solo nombre del diós pagano bastará para insuflarle la confianza que necesita, la confianza que le falta. Con sus chanclas marcadas como estigmas, hoy será como Leo: Un niño grande que quiso jugar a jugar y a ser feliz con un balón. Sus amigos le aclamarán, le abrazarán, todos intentarán saltar sobre él después del Gol mientras él correrá por el campo gritando, con una mirada y una sonrisa entregadas al cielo sintiéndose rey de reyes.

Todo esto lo pensaba en una parada de labi-labi –el minibús local-, en un cruce frente a un puesto de pescado al borde la carretera. Miré al suelo y entre el barro, junto al arcén, reconocí la sandalia. Con la mirada perdida vi que había algo escrito: Messi 10. Dudé por unos instantes, pero el encuentro me fascinó tanto que me bajé y le tomé una foto mientras los otros pasajeros se reían del bulé –extranjero- y mientras el conductor me chillaba para que volviera a subir.

Nunca he sido amante del fútbol, tampoco lo odio. Me irrita, eso sí, la histeria colectiva que lo envuelve. Y aún así, mientras dejaba atrás Lampu’uk para volver a Banda Aceh, me preguntaba “¿Porqué?”. Durante los últimos días por la calle me llamaban a grito pelado Pep Guardiola. Durante los últimos meses, al pronunciar la palabra Barcelona, las puertas se me abrían, y no era por Gaudí o por las Ramblas, era por el fútbol, era por el Barça.

Hace 10 años leí en un suplemento cultural un artículo de Alejandro Jodorowsky. Argumentaba que el fútbol debía ser algo sagrado para mover el mundo de ese modo. No sé si iba en serio, se reía o simplemente fue un acto reflejo de los suyos, sin más intención.

Sigo sin saberlo pero al ver aquella sandalia de chaval allí tirada en el arcén, con el nombre y el dorsal marcados a conscientes cuchilladas, no pude dejar de pensar que Sí, que ciertamente el fútbol es religión pagana y que al menos, aquel día, hizo sentir a aquel chaval que era más que un simple chico pobre jugando al futbol con los amigos. La pasión por el fútbol y la pasión por el Gol lo elevaron por los cielos, más allá de las miserias y las alegrías de su día a día. Allá arriba, más allá de las nubes, donde aguardan los sueños y las ilusiones.