Dos calles y cuatro esquinas. Pulau Nias, Indonesia

Llegar a Pulau Nias no es fácil. Sólo lo conseguirás si realmente quieres. Y una vez allá volverás a estar atrapado de nuevo en otra isla, de modo que no basta con atracar frente a sus costas y conseguir llegar a Teluk Dalam. Tendrás que batallar contra unos lugareños inconscientes totalmente dispuestos a estrangular a la gallina de los huevos de oro, demasiado corrompidos por el maná que llegó un buen día con las olas del mar. Armarte de paciencia y de buen humor para poder recorrer las fascinantes aldeas del sur sin dejarte por el camino la bolsa y la vida.

Llegar a la bella Nias no es imposible pero exige tiempo y aguante. Para sobrellevar las casi ocho de autobús que separan los paisajes alpinos del Danau Toba, de la destartalada Sibolga a la orilla del mar, rodeada por montañas y selva. Para tomar el ferry nocturno y pasar la noche con doscientos parroquianos más durmiendo sobre duras tarimas forradas con hule estampado parqué. Todos demasiado juntos, demasiado humo -¿¡los indonesios también fuman cuando duermen!?-, demasiada música estridente hasta la madrugada y demasiados llantos de bebé a cada momento, cuando no es uno es otro, y cuando no, todos a coro.

Me desperté con el alba. Agotado por la noche que acababa de pasar, con todo el cuerpo dolorido a falta de colchón y con esa sensación de irrealidad que acompaña a las noches en duermevela. Al fondo ya se adivinaba el contorno de la isla, pero por el momento tan solo era una mancha negra y plana en el horizonte púrpura de alta mar. Una mancha negra que para mi sorpresa acabó por ser verde y exuberante, nada que ver con lo que esperaba encontrarme. Una costa de bahías arropadas por palmerales sobre arenas blancas. Yo, que venía a ver aldeas y arquitectura local, de repente me encuentro suspendido en un pequeño paraíso en Sorake Beach: Es una terraza en un primer piso, le cuelgan un par de hamacas perezosas y en el centro hay una mesa con una silla que mira al mar. Mis idolatrados cocoteros me enmarcan la vista, con el otro lado de la bahía al fondo y en frente, olas y más olas perfectas, que parecen desfilar con la precisión de metrónomo.

No es un lugar de playa, no la hay. Entre el mar y la tierra hay un arrecife de coral cubierto de arena que queda a la vista al bajar la marea, y que al subir se vuelve un lago que pone los cielos de Nias al alcance de tu mano. No son las playas de arenas blancas, son sus Olas. Ellas son la clave del acertijo pues Pulau Nias es meca para peregrinos del surf, y son ellas las que trajeron el maná y las rupias sin ton ni son. Las que me convierten a mí y los que vengan como yo, en un billetero que camina al que hay que exprimir sin contemplaciones, con la arrogancia del que confunde la buena suerte con el derecho divino.

Pero yo había venido a ver aldeas y Botohili y Orihili me gustaron, pero Bawomataluo me dejó total y absolutamente impresionado.

Es una atalaya, somos una atalaya apostada sobre un cerro. Una fortaleza rodeada de jungla por tres lados y que mira al horizonte por el cuarto. Bawomataluo son dos avenidas empedradas en cruz que dan para cuatro esquinas: la de la fuente, la de la sala de reuniones de la aldea, y dos esquinas más, abiertas en mirador y llenas de lugareños de cháchara. La escena que uno contempla al llegar al final de la escalera es sobrecogedora, pues desde abajo nada se intuye y con la mirada fija en los más de 100 peldaños no alzas la vista hasta el último instante. Es entonces que cuando se despliega una visión de otro mundo. Una imagen con la que no cargaba ni en mi memoria ni en mi imaginario.

Una espléndida avenida empedrada de no menos de veinticinco metros de ancho se proyecta cientos de metros flanqueada por un baile de cubiertas de paja y chapa requemada. Unas cubiertas enormes que son el elemento más notorio de estas viviendas construidas con madera y cuerdas y que no cuentan con un solo clavo. Unas casas que descansan sobre una maraña de pilares verticales y cruzados -evitando el colapso en caso de los terremotos aquí frecuentes- y que dan la extraña sensación ser las patitas de un insecto gigantesco que en cualquier momento podría echarse a andar. Las cubiertas picudas, el bosque de patitas de pilotes y la única ventana corrida de cada casa le dan al conjunto un aspecto de enormes insectos en letargo o de primitivas máquinas de guerra de alguna película de ciencia ficción.

De entre el baile de cubiertas y fachadas y de ropa tendida destaca la impresionante joroba de la Casa del Rey que, siguiendo el mismo esquema de las otras, multiplica por cinco su tamaño. Frente a ella un belén abstracto de gigantescos megalitos cuyo significado me es un misterio. En el interior de la casa o mejor dicho, del palacio, la atmósfera es mágica, transmite mucha calma. Uno tiene la sensación de estar en la bodega de un barco. La luz es suave y tamizada y los diferentes niveles de repisas, tarimas y estantes bajo la enorme ventana corrida que da a la avenida lo hacen muy acogedor. Más que un palacio parece un enorme y confortable salón de estar. Y si levantas la vista se abre ante ti una impenetrable maraña de oscuridad y vigas y viguetas que sustentan el desmesurado tejado. Un mundo aparte e inaccesible.

Salgo de nuevo a la calle a través del bosque de pilotes de madera de palacio -que aquí son gigantes- para darme una vuelta más por esta aldea que es ante todo una apuesta por un espacio común. Todo se desarrolla en esta plaza pública en forma de cruz desgarbada. Toda la ropa tendida, los cables y los postes de la luz que colgando cual guirnaldas de verbena,  toda la gente sentada y charlando en los porches, y los que no, asomados a las ventanas-mirador de cada casa. Es realmente un lugar especial, supuestamente ya asediado por multitudes de turistas aunque yo no me cruzara con ningún otro bulé ni me asediaran implacables vendedores de souvenirs.

Seguí la jornada improvisando. Pasé por Orihili donde andaba todo el pueblo muy atareado montando un tablado en la calle mayor –una buena juerga se estaba cociendo pero no conseguí descubrir a santo de qué- y por entre senderos monté a través y tras muchas indagaciones conseguí llegar hasta Hilisimaetano. Agotado y satisfecho me monté  en la primera camioneta que pasó, colgado en la parte trasera aturdido por el tufo de bolas de caucho fresco, contento por la jornada pero con muchas ganas de volver a sentarme en aquella mesa que se levanta frente al mar custodiada por las dos hamacas perezosas.

Me quedo con las ganas de haber pasado al menos una noche y haber visto un amanecer en Bawomataluo. Y me quedo también con muchas ganas de haber podido fotografiar todo esto que os he contado. Pero no podré pasar una noche más porque llegar hasta aquí fue todo un ejercicio de manual de viajero, y porque uno no sale de Pulau Nias cuando quiere sino cuando puede –sólo hay dos ferrys semanales de vuelta a Sibolga-. Y tampoco podré mostraros ninguna foto de Bawomataluo, Botohili, Orihili ni de Hilisimaetano porque créanlo o no, la nueva cámara que compré en Banda Aceh hace dos semanas murió ayer –y ya van cuatro en menos de 2 meses…-. Pero esa ya es otra historia que tendrá que esperar su desenlace hasta mi llegada a Yakarta. Hasta nuevo aviso -y espero que por poco tiempo- prosigo el viaje “a ciegas”.

SuperVolcán. Danau Toba, Indonesia

Las enciclopedias definen al Lago Toba como un supervolcán, un cataclismo de magnitudes planetarias que hace unos 70.000 años puso patas arriba el clima del planeta entero. De aquel desbarajuste nació este lago gigantesco de 100 kilómetros de largo por 30 de ancho en el corazón de Sumatra. Pasados los siglos y los milenios, aquella tierra muerta y yerma se convirtió en un lugar tan singular que lo mismo estás paseando entre arrozales junto a la orilla del lago, que ves bosques y paisajes alpinos en las laderas de la montaña, o te tomas un coco bajo las palmeras entre ambos. Y por si el encanto y la calma de este lago no fueran suficientes, la Isla de Samosir y sus alrededores son el hogar de los Toba Batak, un pueblo que levantan casas que parecen barcos a la deriva en medio del monte.

Mi último día en Berastagi amaneció nublado pero poco importaba porque sabía que en cuestión de horas estaría con los pies en remojo a la orilla del Lago Toba. Sin haber previsto nada del viaje pagué la cuenta y dije eso de “Disculpe, ¿Para ir al Lago Toba?”. Era fácil y tomando el bus que salía de la esquina de enfrente sólo necesitaría de dos transbordos para llegar a la pequeña península de Tuk Tuk que le cuelga a la Isla de Samosir, en centro del lago. Una jornada de viaje fácil y limpia a través de la campiña Batak.

Atrás quedan las frondosas junglas de Aceh y la sensación de avanzar por lugares remotos. El territorio Batak es una extensión de tierra fértil y clima templado. Campos de verduras, hortalizas y árboles frutales. Pocos bosques sobre un horizonte interrumpido por la silueta de algún volcán. Cielos azules y aldeas sosas a lado y lado de la carretera. Choca y sorprende este cambio de paisaje tan gradual como radical que va a la par de la desaparición de las omnipresentes mezquitas para dar paso a las más variopintas congregaciones cristinas: los Pentecosteses, los Adventistas del Séptimo Día, alguna que otra iglesia Católica desperdigada y muchos otros credos más que no conseguí retener. Toda esta disparidad de versiones del cristianismo da lugar a pueblos de mala muerte en los que habrán hasta tres iglesias para no más de treinta casitas. Me sorprende constatar que a la febril construcción de mezquitas en Aceh le sigue en Batak la febril proliferación de templos cristianos. Musulmanes o cristianos, los habitantes de Sumatra parecen tener, sea cual sea su credo, un ferviente sentimiento religioso y una pasión por levantar casas para dioses.

El paisaje, más bien indiferente durante todo el trayecto, empieza a ponerse interesante a medida que nos vamos acercando al lago. De repente me doy cuenta que lo que me parecía una llanura era en realidad una meseta que se precipita de forma abrupta sobre el lago. Bosques de pinos y abetos motean las laderas de hierba verde y el azul intenso de las aguas al fondo completan esta escena alpina. Bajamos serpenteando por una carretera de curvas sin fin que a cada giro regala un postal. Al fondo, en las tierras llanas, los campos de arroz maduro amarillean junto a los nuevos brotes de ese verde tan intenso que parece irreal. Es tiempo de siega y de siembra en esta tierra fértil capaz de alternar ambas al mismo tiempo.

A medida que perdemos altura, entre tanta curva, campo y pedazo de lago azul, empiezan a aparecer las cubiertas de las casas de los Toba Batak. Elegantes, estilizadas, caprichosas. Con cubiertas a dos aguas formando una elegante curva en la cumbrera y rematadas en aguja en los extremos. Tradicionalmente de paja, las nuevas cubiertas son ahora de chapa ondulada que envejece mal con el tiempo pero cuyos tonos rojizos casan bien con los fachadas de maderas talladas. Los Toba Batak, al contario de que Karo Batak –sus parientes lejanos de Berastagi– viven en poblados de casas unifamiliares levantadas en una o dos hileras frente una calle o plaza central que es el lugar de encuentro donde se desarrolla la vida diaria. Son espacios cuya esencia es el vacío definido por la espectacular arquitectura que los enmarca  y por el intenso azul del cielo.

Mi paso por el lago me dejó un muy buen sabor de boca, del de esos buenos días recorriendo el mundo montado en una moto. Echarse a la carretera, poco a poco, con toda la calma del mundo disfrutar del paisaje, de la gente y de la arquitectura. A mi ritmo y parando cuando quiero para explorar, para descansar o para charlar con el ejército de curiosos de turno. Fue un buen día en la carretera acompañado de Joline, una chica holandesa que andaba viajando sola por Sumatra.

Más o menos teniendo una ruta clara –la Isla de Samosir tampoco da para muchas variantes- nos dejamos llevar. Y dejándonos llevar encontramos poblados escondidos tras lomas y bosques. Casas tradicionales abandonadas al tiempo que habían envejecido con la sobria elegancia de una buena ruina. Bajamos al lago para ver como se bañaban los búfalos y apostamos por subir a la cima de la montaña para comer. La misma carretera por la que había llegado el día anterior parecía más sinuosa y más empinada en moto, y en medio de una cuesta y a más de cuarenta kilómetros del hostal, mi cadena se salió y en menos que canta un gallo un buen sumatrense se enguarró las manos para enseñarme mecánica al uso y fijar mi moto para el resto del día. Como pago una sonrisa y un buen estrechón de manos, y yo ya aprendí una cosa más.

Llegamos al mirador de Tele al medio día del sol ecuatorial. Nos tomamos una descanso, cominos lo que pudimos y charlé con tres españoles que también se habían perdido por el mundo y llevaban ya como 10 meses. Tras una siesta haciendo tiempo hasta que la luz volviera a estar en su punto emprendimos la vuelta a casa parando a cada rato que el paisaje nos parecía demasiado pintoresco como para pasar de largo. Echándonos a andar por los campos de arroz donde una cuadrilla de jornaleros nos invitaron a té y a falta de palabras nos reímos todos juntos por reírnos durante un buen rato. Un partido de fútbol al atardecer junto a la orilla y unos chavales en cueros dándose el último chapuzón del la jornada a la sombra del volcán.

Se nos está haciendo tarde, y a cada minuto que pasa la luz de torna más cálida bañándolo todo en oro. Siento el impulso de detenerme a cada momento y Joline ya no sé qué pensará, pero no puedo evitarlo. Los dos niños que corren colina abajo hinchando una lona enorme al viento. El horno donde cuecen los ladrillos. Los críos que se bañan con la ropa puesta en la alberca. Dos casitas solitarias que parecen festejar junto al lago al atardecer tras un campo de maíz.

Han sido dos muy buenos días dando tumbos por el lago. Un lugar que por su excesivo tamaño no resulta impresionante –la proporción importa y no siempre más grande significa mejor- pero que te ofrece tal variedad de postales pintorescas que resulta irresistible. Han sido sólo dos días pero me marcho rumbo a la costa oeste convencido de que el Lago Toba es uno de esos lugares exquisitos en su sencillez en los que dejarse perder una semana, dos o media vida. Y me marcho convencido de que siendo un SuperVolcán no lo es tanto por su tamaño desde el aire como por lo intenso y exquisito que sabe a pie de tierra montado en una moto o paseando por sus orillas al atardecer.

Se les mueren las casas. Lingga & Dokam, Indonesia

Las Casas se mueren. Tan sólo quedan sus cadáveres languideciendo, esparcidos por la aldea entre las nuevas casitas de colorines que le brotaron en los tiempos modernos. Poco a poco, a la merced del sol, del viento y de la lluvia, las rumahs -antiguas casas comunales- de los Karo Batak claudican al paso de los años y la dejadez. Se les pudren sus patitas y sus costillas, se les levanta la piel y les crecen musgos y telas de arañas en los rincones de lluvia y sombra. Todo se viene abajo y lo que sobrevive es a base de maquillaje y previo cobro de entrada.

“Dime cómo vives y te diré quién eres”. No son más que casas. Sí, grandes, enormes, de diez metros por diez metros en planta y cubiertas por unos techos que se elevan hacía los cielos pudiendo llegar hasta los quince metros de altura. Casas decoradas con motivos que sólo los Karo Batak comprenderán, cuyos colores y geometrías son un conjunto de símbolos que contienen un mensaje oculto para ti y para mí. Sí, no son más que casas grandes que pertenecen a otros tiempos que ya pasaron y que no volverán. Y aún siendo tan solo más que casas, son mucho más que eso.

Al final del primer semestre de mis estudios de Arquitectura, en la asignatura de Proyectos, nos pusieron un ejercicio. Cada uno de nosotros tendría que tomar su hogar de entonces para vaciarlo completamente –exceptuando los elementos estructurales- y rellenarlo con una nueva propuesta: un hogar para sí mismo. Cada uno hizo su propuesta, y yo la mía, y con los años revisando la mía me di cuenta que aquello no era sólo un dibujo, ni una distribución, ni siquiera un hogar. Aquello era, ni más ni menos, que una proyección bastante certera de mí mismo y de la manera de entender mi relación con los demás. Más allá de calificaciones académicas, tan inconscientemente certera y sincera fue mi propuesta que pasados trece años sigue siendo perfectamente válida -con tan solo algunos ajustes de orden menor-.

Os cuento esto porque, no es que lo crea, es que yo sé que una casa no es sólo una casa. Que la tradición centenaria de construir hogares de un pueblo es mucho más que un bonito ejercicio arquitectónico, antropológico o –en los tiempos modernos- una experiencia turística. Es un modo de vida, y es precisamente la forma en la decidimos vivir nuestras vidas, y como compartirlas, lo que nos define como personas. “Dime cómo vives y te diré quién eres”.

Amanecía una nueva mañana encapotada en Berastagi, y tras mi paso por mi primer volcán me había dado un día de descanso que me había sentado tan bien que quería más. Pero había en la región ejemplos de arquitectura vernácula del pueblo Karo Batak que me arrastraban fuera de la cama. Batallé contra mi pereza y me eché a la calle a por un buen desayuno. Era mi cuarto día en el pueblo, no me había dado ni un paseo por el mercado y sus callejuelas y buscaba, porqué no decirlo, excusas para eludir la visita a Lingga y Dokam. Me hice el remolón perdiéndome por los callejones para descubrir que Berastagi es una calle principal que corre montada en la loma de una colina, y que más allá del mercado y de los arrabales hay un paisaje verde de huertas y campos. Y que en los arrabales de gente humilde corretean niños alegres, la mayoría descalzos, frente a los portales en los que las mujeres lavan la colada, tímidas, sonrientes y sorprendidas de la visita de un bulé –extranjero- descarriado que debe andar perdido para haber llegado hasta aquí. No me perdí, me dejé perder.

El paseo y todas estas sonrisas son un bálsamo contra mi pereza congénita y finalmente me lanzo a una odisea de opelets –mini-buses-, de terminales caóticas sometidas a incomprensibles leyes universales de orden local, a indicaciones contradictorias que tras un buen rato conseguirán llevarme a mis dos destinos a través de la fértil campiña batak: los poblados de Lingga y Dokam.

Porqué ocultarlo: no me siento bienvenido. Me siento, o me hacen sentir, un intruso y me incomoda pasearme por las calles con la cámara al cuello. En Lingga hay casas muy maltrechas y otras en espléndido estado de momificación –restauración forzada por expertos en el asunto-. Los adultos me esquivan y me miran con recelo, tan sólo los niños se prestan al juego de risas y buenas intenciones, de fotos simpáticas sin más. En Dokam, por el contrario, ni los niños sonríen. Me piden dinero y hasta se muestran agresivos. Soy el único extranjero, me muevo discreto y sin armar follón, he pagado las tasas que me han pedido los “guardas” del lugar y pido permiso antes de tomar un retrato, pero todo esto no parece ser suficiente. Al final del día me vuelvo a casa con algunas buenas fotos, pero me queda en el paladar un regusto amargo.

A los Karo Batak se les mueren sus casas aplastadas bajo el peso de los nuevos mundos y los nuevos tiempos. ¿Pero qué es lo que se muere realmente? ¿Qué estilo de vida se desvanece? ¿Cuál fue su propuesta de un hogar para sí mismos?

Sus casas son grandes porque viven muchos y todos juntos. Ocho familias bajo un mismo techo, a la lumbre de 4 fuegos que comparten cada dos familias. Echando un ojo el interior de estas grandes casas sorprende ver que el suelo es un plano continuo, sin paredes ni muebles. Todo cuelga de las vigas del techo y por un momento pienso en la arquitectura de Aires Mateus en Azeitao. Orientadas de norte a sur, con sendas terrazas de bambú a cada lado, estas casas tienen en realidad tres niveles que representan la visión del mundo Karo Batak. El plano inferior, los bajos de las casas, son para los animales. Su segundo plano, el intermedio, es el nivel para los humanos sobre el que se eleva ese gran vacío que conforma el volumen de las cubiertas que son, sin lugar a dudas, el elemento característico de su arquitectura. Es el mundo de los dioses y los espíritus. Esos tres niveles conviven superpuestos, separados pero todos bien juntitos.

Y nosotros ¿Cómo vivimos nosotros? No vivimos en casas, vivimos apilados en pisos porque la tierra en la que vivir es más cara que la tierra que nos alimenta. En cada piso vive una sola familia –si es que vive-, y no siempre con un padre y una madre. De los abuelos ya ni hablo. Por supuesto cada uno en su habitación, nunca todos mezclados, y si hay mezcla será una mezcla boba y en silencio frente al televisor. Pero muchas veces ya ni eso, porque siempre hay más de una tele, y sino ya está internet que antes había un puerto de entrada fijo al ordenador de la casa pero ahora seguro que hay wifi, portátiles, smartphones o tabletas.

Los animales ¿Qué animales? Los animales que nos nutren con su carne y con su leche o con sus huevos. Nadie sabe ni dónde están, ni cómo viven –condiciones de pura crueldad la mayoría de las veces- ni tan siquiera cómo mueren mientras tildamos de salvajes a los pueblos que matan a cuchillada limpia, con sus propias manos y a cara descubierta. Yo nunca maté ni vi morir la carne que comí ¿Y tú?

Y los dioses ¿Dónde quedan los dioses y los espíritus? No hay lugar para los dioses en nuestros pisos de techos planos y bajos, justamente la antítesis de las grandes casas Batak. En pos de la eficiencia y de los estándares modernos y de los mil veces malditos modulores, vendimos el alma al diablo y aceptamos vivir en alturas de 2,40m, según normativa –maldito modulor a 2,20m-. Nuestros dioses no viven en casa, viven en las iglesias regentadas por otros que curiosamente son ante todo aire, mucho aire contenido en paredes de piedra donde entra poca luz –oscuras como las casas Batak-. Vivimos en casas de techos planos pero a todos nos siguen gustando la buhardillas de cubiertas inclinadas y estancias de techos altos. Vivimos solos, cada uno en su cuarto pero recordamos con cariño las fiestas en pijama todos compartiendo bajo un mismo techo.

Se mueren las casas de los Karo Batak, pero yo me pongo triste porque sé que se muere algo más. Se les muere su propuesta de hogar y por ende se les muere su manera de ver el mundo. No es la mejor, ni será perfecta, pero cuando la comparo con la nuestra me doy cuenta que perdimos algo por el camino, y que ellos, siendo prescindibles, siguen siendo únicos e son irremplazables.

*propuesta de ejercicio: ¡ATENCIÓN! SE PERMITE SOÑAR DESPIERTO. Agarra papel, lápiz y colorines y dibuja cómo sería tu hogar. Tómate tu tiempo y sin pensar demasiado, piénsatelo bien. Me lo escaneas o le haces una foto, y me lo mandas -contact@outteresting.com- con pequeño escrito explicándome cómo es tu hogar y qué lo hace tuyo y especial. Si me gusta –si es sincero y honesto seguro que me gustará- yo lo público en el blog. No sufras, se pueden usar pseudónimos para mantener el anonimato, pero que sean divertidos, ok? ¡Adelante valientes!